«Apostemos» Temporada II
Capítulo 9: Ayúdame a ayudarte
— ¿¡En verdad les parece correcto lo que hicieron!?
— Papá, por favor…
— ¡Contesten! Hoy tenían trabajo. Es un acto de irresponsabilidad tomarse un miércoles como si se tratara de un viernes por la noche.
— Bill, di algo. — Me citó mi hermanastro con desespero. Yacía mi cuerpo cómodamente sentado en el sofá central del living, cruzado de piernas y con mis brazos apoyados en el respaldar del asiento. Ellos dos discutían. Thomas intentaba calmarlo y mi papá no entraba en razón.
— ¿Qué quieres que diga? — preguntamos al unísono Jörg y yo.
— Es verdad, Tom. Nada de lo que diga hará entrar en razón a este hombre — El susodicho se cruzó de brazos aumentando su enojo —. Llegamos puntualmente y cumplimos de modo eficaz con nuestras responsabilidades. Dime qué se puede acotar a esto. Nada.
— ¡Yo…!
— Sin embargo — hablé aumentando el volumen en mis palabras, acallando el exabrupto de mi padre —, él lo ve todo dado vuelta.
— No ayudas, enano.
— ¡Vamos, Thomas! ¿Qué quieres que haga? — Me puse de pie sobando mis manos — Además, siquiera podría responderme a una sencilla pregunta.
— A ver, ¿cuál? — desafió mi progenitor.
— Dime qué es lo correcto y qué no lo es. Anda, dime.
— Bueno…
— Sin titubeos — agregué sonriendo —. ¿Es correcto acostarse temprano y despertar igual al día siguiente? ¿O lo es salir a un club con mi hermano y fortalecer nuestros lazos? — psicología pura, señores.
—… Estás mal.
— No, no. Tú estás mal. — Pasé un brazo por el cuello de mi hermanastro, a quien tenía al lado. Éste sonreía y me abrazaba por la espalda. Le habíamos hecho un gran touché a nuestro padre.
— Ya es suficiente de tu astucia, Bill. No olvides que hablas con tu padre. Lógicamente no me pasas. — alcé una ceja revoloteando mis ojos por los lados.
— Con que de él heredaste tu soberbia. — Me susurró en el oído Thomas.
— Además; ¿Club nocturno? Hasta donde sé, en esos antros hay mujeres alborotadas bailando por ahí. Y, William, tú eres homosexual.
— No fuimos a un club heterosexual — habló mi hermanastro para sorpresa de nuestro padre —, fuimos a uno bisexual.
— Oh… bueno. No sabía que existían esas cosas ahora — expresó —. En ese caso, se sintieron a gusto.
— Sí, yo por dos.
— ¿Cómo? — observé a Thomas sorprendido. ¿Iba a contarle que él…?
— Claro. Como yo soy bisexual, me sentí cómodo allí. — Menuda manera de confesarle a nuestro padre sus preferencias sexuales.
— Disculpa… ¿tú…? ¿Eres bisexual, Tom?
— Sí. ¿No sabías? — fruncí mis labios y solté a mi hermano, mordiéndome la lengua para no estallar en una sonora carcajada. ¡La cara de mi padre estaba tan desencajada que haría reír hasta a un muerto!
Me volví a sentar en el sofá, donde originalmente miraba una telenovela francesa sin sentido alguno. Desde allí, tenía una pudiente mirada de la situación tan embarazosa que se montaba.
— Bueno. Acabo de enterarme.
— Creí que sabías.
— Pues no.
— ¿Y te molesta?
— No, no, no. En absoluto — Se apresuró a responder y se formó un silencio incómodo —. Me hubiera gustado que me cuentes, pero ya para qué.
— Uhm. — Se encogió de hombros.
— Ya. Olvidemos esto. Sólo… sólo no repitan eso de salir un día de semana — acortó chasqueando la lengua luego —. Descansen.
— Gracias.
— ¡Gracias, igual tú! — saludé yo aún conteniendo la risa. Él se dio media vuelta y se retiró rumbo a las escaleras, donde se encontraban las habitaciones; la suya la más grande.
Una vez solos no pude evitar descostillarme de risa.
— ¿De qué te ríes? Al menos se olvidó del enojo.
— Al menos, sí. Pero qué mal nacido eres, Tom. — Con sus manos en su cintura, se aproximó a mí a paso lento. Mantenía su sonrisa y yo solamente lo miraba.
— Cabe aclarar que, a pesar de mis preferencias por ambos sexos…
—… A pesar de pertenecer al grupo social más detestado y repudiado por la iglesia católica…
— Claro, a pesar de todo eso — Al llegar a mi sitio, se inclinó frente a mí y apoyó su peso en el respaldo a los lados de mi cabeza. Su rostro quedó a centímetros del mío y me sentí derretido —, eres el único que me gusta.
— ¿Sí?
— Por completo — Reí bajo y besé sus labios de improviso. Me correspondió dulcemente, decayendo pausadamente sobre mi cuerpo, apoyando su mano en mi cintura —. Me traes loco, enano.
— Deja de decirme así — Me quejé sonriente, recibiéndolo sobre mi cuerpo y ya cambiando mi postura en el sofá. Ya estábamos ambos acostados, él encima de mí y déjenme decirles que tenerlo tan cerca después de un día laboral terrible… era glorioso —. Te quiero.
Abrazando su espalda volví a besarlo. Fue tan lento y cuidadoso aquel beso, que consiguió hacerme sentir dichoso de estar allí.
Carraspeó alguien a nuestras espaldas. Nos separamos de inmediato y miramos de quién se trataba.
— Disculpen. — bromeó Susan observándonos con una sonrisa. Yo enterré mi nuca en lo cómodo del sillón, viéndola a los ojos. Thomas, sin embargo, sólo tuvo que enderezarse apenas entre mis piernas.
— Lo sentimos, Su. — me disculpé sonrojado.
— Olvídalo, pequeño. Sólo venía a preguntarles si querrán comer postre.
— No, no. Gracias.
— De acuerdo — Casi al irse, se detuvo y nos contempló unos segundos más —. Me alegra que las cosas se hayan solucionado.
— Gracias por eso también — Habló, ahora, Thomas, haciendo referencia a sus intervenciones en nuestra pelea. Fue un eslabón vital para que eso pasara. Y sin decir más, se retiró de la sala y volvimos a estar solos —. ¿Dormimos en tu habitación o en la mía?
— Mucha confianza tú.
— Anda — Pidió en tono de niño pequeño acurrucándose en mi cuello —. En la tuya, ¿sí?
— De acuerdo. Mañana viene Marcel.
— ¿Y qué me importa a mí? — Fruncí el seño sorprendido por su desplante.
— Hey, ¿qué pasa ahora?
— Nada. Sólo que no debes nombrar a otros cuando estás conmigo.
— Es Marcel, es mi médico.
— Sí, claro. ¿Serás sincero con él y le contarás de tus ansiedades?
— Sí, tendré que hacerlo. — suspiré.
— Yo estaré si quieres. Puedes contar conmigo. — Sonreí de lado y me dediqué a acariciar su nuca con mis uñas, rascando.
.
— Bill. — Alcé mi dedo índice, callando el llamado de Susan en el marco de la puerta de mi cuarto.
— ¿Cómo dijo?
— Que tengo un tiempo hoy a las tres.
— ¿Tres de la tarde? — Cerré mis ojos echando mi cabeza en dirección al cielorraso.
— Sí, Bill. No hay otro día u horario. Lo tomas o lo dejas. Tengo que colgar. Envíale mis saludos a tu padre.
— Por supuesto. Qué tenga un buen día, comisario — El tono de colgado me dio la libertar de soltar un fastidioso rezongo —. ¡La put…! Susan, ¿qué pasa?
— Marcel llegó y te espera en la sala.
— Dile que iré en un momento — Desanudé mi corbata y la dejé hasta la altura de mi pecho —. ¿Dónde está Thomas?
— Salió. Dijo que iría a comprar algunas cosas para el departamento de un amigo — asentí captando la indirecta. Compraría algunas monerías para el departamento que de ahora en más usaríamos con una frecuencia mayor. Era el único lugar en donde podíamos estar juntos sin máscaras ni ficciones —. ¿Todo está bien?
— Todo está como debe estar — respondí avanzando hacia la puerta y pasando por su lado —. ¿Mi desayuno está hecho? — cuestioné guardando mi teléfono en el bolsillo de mis pantalones blancos. Al llegar a las escaleras inicié el descenso con ella siguiéndome el paso.
— Sí. Jugo exprimido de pera, galletas de arroz integral con jalea de damasco y café suizo con leche descremada.
— Genial. ¿Llamó Cortez? Porque tenía una llamada perdida en mi celular hoy y me quedé con crédito para una llamada solamente.
— Amm… no…
— ¿No recuerdas la fecha exacta en que me cargan el abono del teléfono, cierto? — Me detuve a los pies de las escaleras y giré. Ella frenó de repente y me observó casi molesta —. Susan. —insistí.
— El desayuno está servido, Bill. Soy la mucama, no tu secretaria. — manifestó.
— ¿Disculpa? ¿Qué pasa contigo? — Sin responder pasó por al lado mío y enfiló rumbo al lavadero, el pasillo izquierdo a donde nos encontrábamos — Oh, genial — Eché mi futurístico peinado hacia atrás e ingresé al living viendo a Marcel sentado en el sofá. Manipulaba su Ipad con concentración, mientras esbozaba una mueca de disconformidad. — Hola.
— Bill — Me saludó sonriendo de nuevo y dejando el aparato de lado.
— Si estás ocupado, descuida. Tómate tu tiempo. — Hablé acercándome para luego sentarme a su lado.
— En absoluto — Asentí intentando calmarme. Se suponía que debía ser honesto con él en cuanto al momento por el que pasaba, pero se hacía difícil —. ¿Y bien? — preguntó con la preocupación asomando en su rostro repentinamente — Puedes confiar en mí.
— Sé eso. Es en mí en quien no confío — Esperé a que dijera algo, pero simplemente calló para que pudiera hablar más y detallar esta manifestación —. Últimamente estoy reviviendo viejos miedos, viejas costumbres. Por las noches es en sueños, de día en pensamientos. Quizás una palabra, un aroma o lo que sea basta para que yo reviva todo lo que pasó.
— ¿Tienes ganas de volver a consumir?
— Constantemente. — respondí con temor, pero sin pensarlo demasiado. Sabía que si lo hacía acabaría por acobardarme.
— A ver… ¿Estás siguiendo la dieta que te di?
— Los primeros días lo hacía. Ahora, pues no mucho.
— Ahí tienes un factor.
— No creo que por la comida yo tenga estas ansias.
— No, en absoluto que no. Pero el alto contenido sódico en algunas comidas genera inquietud. Si tú no sigues mis recomendaciones, todo se torna complicado, Bill.
— Pero es que es difícil.
— Nadie dijo que no lo fuera, ¿vale? Pero en la vida a veces se hacen cosas que no queremos, pero que debemos hacerlas. Otras veces ocurre lo opuesto y las consecuencias varían; te rehúsas a hacer algo y finalmente te das cuenta que, después de sufrir un poco, era lo necesario — Asentí en un completo silencio y él se agachó en su lugar para alcanzar el maletín en el suelo, apoyado en el sofá. Lo abrió y de él sacó una agenda entre tantos papeles que traía prolijamente alineados. —. De todos modos te recetaré un biorelajante.
— ¿Eh? No, no. Por favor, Marcel — rogué de inmediato —. No me des pastillas o inyecciones. Por favor.
— ¿Quieres que haga magia?
— Pero tú dijiste que esas cosas quizás empeoren mi situación.
— Por lo que veo, tu situación está empeorando sola. — dijo tajantemente, como si algo le molestara.
— ¡Pero no estoy enfermo para andar con píldoras!
— ¿Piensas que todo aquel que se medica es un enfermo? Alguien que tiene un ordinario dolor de cabeza, toma una pastilla y luego está perfectamente.
— Pero lo mío no es comparable con una jaqueca, Marcel.
Luego de esta exaltación por mi parte, él se quedó observándome con una mueca triste, descontenta. Algo andaba mal.
— Eres un adicto, Bill. Lamento decirte que tu forma de analizar las cosas es digna de un drogadicto.
— ¿Qué?
— Empiezas diciendo que es grave, pero cuando quiero recetarte una medicina, lo aminoras. Entonces lo aminoro también, pero eres tú quien de repente lo magnifica. ¿Te das cuenta? Los síntomas de la recaída son muy claros: retorno del pensamiento obsesivo con respecto al uso, actitud de desafío con respecto al plan de recuperación — Bajé la mirada, aún atónito, a la mesita de té ante mí. —, descuidar el plan de recuperación, aislamiento o pérdida de contacto, irritabilidad, etcétera. Estos síntomas los conoces.
De alguna manera, yo no quería recordarlos o asociarlos conmigo. Creía que nada tenía que ver yo ahí, en el marco de una adicción. Pero ahora comprendo que no es necesario consumir a diario para ser adicto; todo entra en la mente y se procesa allí. Esto está abarcando mi vida de a poco.
— ¿Tengo que internarme? — indagué mirándolo.
— Aún es muy temprano para hablar de eso. Yo te daré un tiempo para que intentes restablecer la dieta, para que te mediques con esta medicina que te daré y para que pienses en frío qué harás. Muy por el contrario, si esto no funciona, tomaremos un vuelo a Francia y te internarás por un año y medio — Cerré mis ojos unos segundos mientras recibía el golpe. Él no debía mentirme. Yo soy mayor y es mi deber entender ciertos aspectos de la vida, ser consciente que todo acto tiene su repercusión y que nadie me obligó a mí a drogarme la primera vez. Uno cae por sus vínculos, sus presiones y por sí mismo —. Pero no quiero presionarte con esto. Es más una advertencia que debes tener en cuenta para hacer las cosas bien — Terminó sonriéndome cálidamente. Fue inevitable no devolverle el gesto afectuoso que siempre termina tranquilizándome. Él siempre me decía en la clínica que podían existir muchas medicinas, comidas o bebidas que ayudaran a curar a un adicto o enfermo en sí, pero que no existía mejor tratamiento que una sonrisa o un abrazo. Éstos te contienen y te centran. Al principio creía que estaba más drogado que yo y que ni loco lo abrazaba. Imaginen, siquiera abrazaba a mi padre, no abrazaré a un extraño que me mantiene encerrado las veinticuatro horas del día. Sin embargo, tuve que caer lo suficientemente bajo, tuve que estar en una de mis crisis más desesperantes, para corresponderle un abrazo y darme cuenta lo efectivo que era. Me sentí seguro y, lo más importante: me sentí capaz —. Dale esta receta al doctor personal de tu padre, él tiene un consultorio aquí y podrá conseguírtelas. Y recuerda la dieta, por favor. Comidas livianas, con bajo contenido sódico, gaseosas de dieta y principalmente el dulce de membrillo. — Arrancando el papelito de su agenda, me lo entregó. Su letra no era todo un desastre, como comúnmente es la de doctor. Sino que era prolija y se desplazaba sobre una perfecta línea imaginaria.
— Marcel.
— Dime. — Estaba concentrado en guardar la agenda sin arrugar o amontonar sus otros papeles. Vaya a saber la vida de qué persona tenía allí dentro.
— Nosotros somos amigos, ¿cierto? — Detuvo su labor, cerró el maletín y asintió con la vista al frente.
— Claro. Somos amigos.
— Bueno, pero no hacemos nada de amigos. Siempre es una relación exclusivamente de doctor a paciente y pronto te marcharás y no nos volveremos a ver.
— Bueno…
— Y tendré que consumir para que vuelvas.
— ¿¡Qué!?
— Sólo bromeo — Rió por lo bajo todavía exaltado por mis palabras dignas de un maníaco —. ¿Qué me dices?
— Pero es que yo no sé lo que tú haces con tus amigos.
— Ahora nada porque no tenemos tiempo. Ambos somos abogados y caminamos sobre la misma línea. Pero solíamos ir a clubes, a bares, nos reuníamos a comer algo o ver una película de risa.
— Tienes que tener en cuenta que nosotros no tenemos la misma edad, Bill. Yo ya soy algo grande para ir a un club.
— ¡Oh, ni que fueras anciano, Marcel! Estás en la plenitud de tu vida.
— Esa la pasé hace rato.
— Pues si no quieres un club, vamos a un bar.
— No puedes beber bebidas alcohólicas.
— Champagne sí. — dije sintiéndome todo un vencedor.
— Jaja… ¿Cómo era que decías…?
— Touché.
— ¡Touché! Qué tiempos…
— Anda, ¿qué me dices?
— Pero Bill, soy tu médico.
— ¿Y? No vendrá la corte de medicina a juzgarte.
— ¿Corte?
— Bueno, como se llame. ¡Respóndeme!
— Vale, vale.
— ¿El viernes a la noche? Porque el sábado tengo la jodida fiesta del estudio.
— Pero viernes es mañana.
— Sí, qué inteligente eres. — Apremié sarcástico.
— Ya, muy bien. No me queda de otra, ¿o sí?
— No.
— Tú ganas.
— Como siempre.
— Deja de echarte rosas, Bill. — Si hay algo que Marcel odia, es la gente soberbia.
— ¡DésoléI!
— Vous Parlez français! C’est un rêve!
Sintiéndome mejor a como me levanté, supe que era gracias a él. Existen pocas personas que son capaces de levantar mi ánimo últimamente. En primer lugar se encuentra Thomas, y muy cerca también este hombre.
Olvidando todo el protocolo y las formalidades que a menudo Marcel establecía, me arrodillé en el sofá y me abalancé a su figura, estrujándolo entre mis brazos.
— ¡Un alien me ataca!
— ¡No seas desgraciado!
— ¡En serio, estás ahorcándome!
— ¡Agua y ajo!
— ¿¡Eh!?
— ¡A aguantarse y a joderse! — Luego de esto solté una estrepitosa carcajada a la cual se sumó después de comprender mi juego de palabras. Gustoso me correspondió el abrazo de manera dulce.
.
— Tania, ¿algún mensaje importante? — interrogué como ansioso, llegando a su escritorio y quitándola de su tarea de revisar esa maldita computadora que siempre la tenía tan concentrada. —, pero en verdad importante porque ando apurado y no tengo tiempo para estupideces.
— Bueno… — Fácilmente a la vista tenía preparado ya el sobre del Banco Central, entre unas carpetas de diferentes colores sobre el buro — llegó su resumen de cuenta del Banco. Como pidió, lo traen directamente aquí.
— Bien — Lo tomé casi arrebatándoselo y, antes de internarme en la tarea de revisarlo, le eché una veloz mirada al reloj que pendía de la pared lateral. Aún tenía tiempo antes de ir al hospital a comerme dos horas de buen samaritano con la pendeja esa —. A ver… — Con rapidez abrí el sobre y saqué el resumen de cuenta que normalmente poco comprendía. Es que los del banco son tan complicados… Normalmente no se logra entender nada con tantos números y palabras extrañas. Tanto problema para decirte que son unos parásitos que están contentos de tenerte de cliente y chuparte el dinero con los intereses y ‘seguridad’ de cuenta. Chúpenla. — ¿Qué coño dice aquí? — pregunté al azar viendo diferentes números, una letra pequeña; en fin… algo andaba ‘cambiado’ — Oye, Tania.
— Dígame. — Dispuso alzando la mirada.
— ¿El licenciado Markett está en su oficina?
— Sí. Él llegó hace media hora.
Sin saludarla o agradecerle, me desprendí del escritorio y marché a la oficina de Andreas a hallar un poco de ayuda en sus conocimientos. Siempre fue bueno con estas mierdas del Banco. De hecho, cuando empecé a manejar grandes sumas de dinero, él me ayudaba a suministrarlo de la manera más correcta para cuidar mi economía e independencia.
Luego de golpear su puerta y recibir la afirmativa de inmediato ingresé.
— Hola, Bill.
— Hola, Andi — Mierda. Tendría que dejar de llamarlo así —. Lamento molestarte.
— No, descuida. Ya casi terminaba con esto — explicó tipeando unas palabras con velocidad en su computador. Yo movilicé el papel en mi mano con impaciencia —. Dime.
— Será rápido. Necesito que por favor me traduzcas esto. — Le extendí el objeto en cuestión y lo agarró riendo ocurrente.
— ¿Que lo traduzca? Veamos. — Con sus ojos claros fue siguiendo la lectura rápidamente, sin expresión alguna que llegara a darme una pista siquiera. Pero de un momento a otro, frunció el seño desbancando mi anterior razonamiento y confundiéndome.
— ¿Pasa algo?
— Bill…, ¿has hecho alguna extracción o transacción últimamente?
— Depende. ¿Es algo malo?
—… Mierda. — susurró para sí mismo.
— ¿Qué?
— Aquí dice que le debes ciento cincuenta mil dólares al banco, Bill.
— ¿¡Qué!? — cuestioné exaltado abriendo mi boca de par en par. Él me observó tan o más sorprendido que yo —. No, no. Es imposible.
— Es posible porque aquí hay un resumen detallado de tus movimientos en la cuenta.
— ¡Te digo que no, Andreas!
— Hay extracciones desde veinticinco mil, hasta cincuenta mil. ¡Joder! ¿¡Qué coño hiciste con este millón de aquí!? — Mientras me hablaba tan exaltadamente, sus dedos se desplazaban por sectores recónditos de la hoja, donde sólo él veía.
Le proporcioné un descuidado golpe al escritorio invadido por una mezcla de bronca, impotencia y desesperación.
— ¿Vas a explicarme a qué se debe esto?
— No. Dámelo — Extendí mi mano en su dirección, pero él alejó la hoja de mi alcance —. Andreas.
— Primero explícame en qué invertiste estas cantidades de dinero. ¡No es cualquier cosa! Tienes que pagar en una semana, Bill. ¿Crees que es una broma?
— No. Pero son cosas mías, ¿desde cuándo debo rendirte cuentas?
— Desde que te volviste tan irresponsable, Bill.
— ¡Ya basta, Andreas! Es suficiente. Dame eso y ya. — Negó rotundamente girando su cabeza a ambos lados.
— Quiero ayudarte.
— No quiero recibir ayuda alguna, sólo quiero que me des ese documento.
— ¿Es en serio? — Se puso de pie de forma repentina y allí se quedó observándome frustrado. — ¿No dejarás que te ayude? Pero si siempre lo hago, sabes que conmigo no hay secretos.
— No dije que hubiera secretos.
— Pero me ocultas algo, ¿o no? — Zarandeó la factura frente a su cara y la dejó caer en la madera sin preocuparse en que ahora sí pudiera agarrarlo y largarme, dando por finalizada la charla. Sabía que ya me tenía atrapado —. El distanciamiento también te quita la confianza en mí.
— Eres en quien más confío.
— ¿Entonces?
— No son cosas buenas, Andreas. No quiero que pienses que soy un maldito enfermo.
— Yo jamás pensaría eso de ti.
— No te apresures si ni siquiera sabes qué fue lo que hice.
— Pues dímelo.
— Lo haces sonar tan fácil.
— Quizás así sea. Los problemas tienen la repercusión en tu vida que elijas darles.
— Todos me dicen eso últimamente.
— ¿Y si nos haces caso? — Me sonrió de lado emprendiendo una lenta caminata alrededor del escritorio y así plantarse ante mí. Yo me di media vuelta y me senté sobre el buro de madera — Anda, dime qué pasó en tu vida por este mes.
Tomé aire y sentí que no habría marcha atrás. ¿Han sentido antes la sensación de que ya no existe modo de que ocurra algo que detenga el rumbo de las cosas? ¿Han sentido que el destino manipula su suerte como si se tratara de un juego de plataformas? ¿Se han sentido una marioneta de lo que otros disponen? ¿Acaso sintieron alguna vez que sólo deben dejarse hacer y sufrir las consecuencias? Seguro sí. Y, sino, los envidio.
— Sigo viendo a Gustav Schäfer — Con temor observé su expresión. Era una pensativa, recapacitando acerca de lo que dije —. ¿Lo recuerdas?
— El sujeto que te vendía la droga. ¿Cómo es que lo sigues viendo?
— Apareció hace casi dos meses y comenzó a sobornarme. Me extorsionaba con que, si no le daba dinero o ayudaba con sus temas legales, iba a contar lo que ya ambos sabemos. Entonces hacía caso y… no mentiré, en ocasiones llegué a necesitarlo también.
— Como cuando tuviste tu recaída.
— Aparte de esa vez, hubo otra.
— ¿Cuál?
— Axel.
— Creo que no entiendo.
Desvié la mirada con temor hacia el suelo.
— ¿Recuerdas cuando Richael me increpó en la recepción? Ella dijo que yo tuve la culpa.
— Sí, recuerdo ese escándalo.
— Nada de escándalo, Andreas. Que Axel renunciara no fue elección voluntaria, sino que yo lo provoqué. Él renunció porque yo lo amenacé con que iba a matarlo si no lo hacía. Se fue de la ciudad, de aquí y de mi vida en general porque había investigado cosas acerca de mí. Él descubrió que había estado en rehabilitación e iba a contárselo a Richael la noche en que decidí mandar a unos tipos a secuestrarlo y llevarlo a los barrios bajos de Hamburgo — Parpadeó con velocidad, pero sin hablar todavía —. Fue una noche terrible… En verdad no iba a hacerlo, pero él continúo averiguando, hurgando en mi vida. A pesar de que le advertí que no lo hiciera. El millón de dólares fue para pagarles a Gustav y a sus hombres — Hice silencio durante unos breves segundos. Esperaba que dijera algo, pero no lo hizo. Hablando claro, se me enredaron las tripas al intestino, el estómago bailaba una saltarina conga y el páncreas mantenía relaciones sexuales con la faringe —. ¿Soy un monstruo ahora?
— Repito: jamás — Anonadado, volteé la mirada a su rostro. Para mi sorpresa, aún me sonreía —. Quizás es chocante que lo hayas hecho tú. No te imagino en ese rol. Pero no creo que hayas hecho algo incorrecto. Yo hubiera hecho lo mismo por ti.
— ¿Hablas en serio?
— Siempre hablo en serio contigo. No te entiendo porque no estuve en una situación así; no tengo secretos de riesgo qué ocultar, pero si hubiera sabido que estaban a punto de arruinar tu carrera y tu vida, lo hubiese hecho sin pensar.
— Gracias, Andreas.
— No debes agradecerme.
— Sí debo. Cualquier persona me juzgaría con razón, pero tú optas por entenderme y hasta decir que fue una elección acertada.
— Pues te corrijo: cualquier persona que te conozca y te quiera aunque sea un poquito, haría eso y mucho más por ti. Conozco a Richael y a Axel y sé que son dos buitres y unos chupasangres. Buscan ascender a como dé lugar, y extorsionándote no sería la manera más limpia de hacerlo. Se lo merecía.
— Bueno, sí. Ellos son dos mierdas. Pero lo que hice…
— Lo que hiciste, correcto o no, te ha ayudado. Ya, ¿no? Fin del tema — Concluyó sonriéndome. No lo imité no por no querer, sino porque era tal mi asombro con su reacción, que todavía creía que era totalmente irreal —. Ahora, en cuanto al banco, yo te ayudaré a pagar.
— ¡No! Eso sí que no lo permitiré.
— Pero Bill…
— Nada. Andreas, jamás me ha faltado el dinero y no me faltará ahora.
— Debes pagar el jueves próximo.
— Y lo haré. Hay siete días por delante aún. Algo se me ocurrirá. Además, tengo mis respaldos económicos.
— ¿Cuáles? A ver, dime.
— Tengo un departamento en Malmö, Suecia; otro en Sofía, Bulgaria y una pequeña casa que Jörg me cedió el año pasado. Tú sabes, la de Canadá. Después está el auto.
— ¿Todo eso cubre tu deuda? Son ciento cincuenta mil.
— Claro que lo cubre.
— Pero recuerda que no debes acaparar la atención de la prensa. ¿Cómo disimular la repentina venta de tres propiedades y un auto de alta gama? ¿Por qué?
— Ya veré cómo surge eso; lo que no puedo permitir y que estoy seguro no permitiré, es retrasarme en el pago y que mi padre tenga que abonar la deuda. Recuerda que es mi garante y se ve afectado en todo lo que a mi economía refiere.
— Lo sé. Por eso pienso que debes hablarle acerca de esto.
— Estás loco. No haré tal cosa.
— ¿Por qué eres tan obstinado?
— Por la misma razón por la que eres tan perseverante. — Su sonrisa se borró un poco, pero no dejó de estar allí.
— No. No es la misma razón. Yo soy bueno contigo porque te amo — enmudecí —. Pero ya. No hay manera de que me dejes ayudarte.
— Ya lo hiciste. Gracias — dije antes de apoyar mi mano en su hombro izquierdo —. Muchas gracias, Andreas.
.
Por primera vez en mi vida me encuentro ante una deuda, y semejante tamaño tiene. ¿Cómo se me ha ido de las manos la situación? Si siempre lo he tenido todo tan planificado, todo en perfecto orden. Supongo que me concentré en liberarme de un tema en particular sin advertir el creacionismo de otros de igual o mayor tamaño detrás.
Si de encontrar al vagón del tren que se descarriló y me ocasionó esta corrida de problemas se tratase, se podría decir que ese vagón se llama Axel. Sin duda ese tío empezó a hacer mi mundo un balde de vómito. Pensarán que fue Gustav, pero en verdad fue ese abogado de mierda.
— Pero no te confíes, Bill. No eres perfecto, nadie lo es. Todos tenemos nuestro pequeño muerto oculto en el ropero; y estoy seguro que tú tienes varios.
— Seguro.
— Ya encontraré alguno y verás cómo olvidarás esas pruebas.
Ahí empezó todo. Creo que esas fueron las palabras que me advirtieron que me detuviera. Debí haber dejado mi jodido ego de lado y devolverle así el favor que tiempo atrás me había brindado él. Pero no. Fui ventajero y estas son las consecuencias.
— Espera, ¿no me presentarás a este… señor?
— No, Axel.
— No, porque puedo presentarme solo. Mi nombre es Gustav Schäfer, soy un cliente de Bill.
— ¿De… Bill?
— ¡Bill! ¡Oye, amigo! — Me detuve en mitad del salón, dándome la vuelta y divisando a Georg histérico por llegar a mi altura — Necesito hablarte.
— Voy de salida, Geo.
— En serio necesito contarte algo.
— Pues empieza porque ya voy tarde. — Asintió intentando recuperar el aire perdido en la carrera desde su despacho a la recepción. Hasta desprolijo estaba; pareciera que siquiera había dormido tres horas seguidas.
— Bill, he hecho algo… Pero esto en verdad es malo.
— Habla ya, Georg. — ¿Qué pudo haber hecho tan ‘malo’? Este tío no rompe un plato.
— Prométeme que no te enojarás.
— No. Habla.
— Dios… — Cargando oxígeno en sus pulmones y valor en sus palabras, pareció convencerse —. Me acosté con la esposa de Seeger.
— ¿¡Qué!? — grité a todo lo que mis pulmones y mi sorpresa me lo permitieron.
— ¡Calla! — se precipitó observando la curiosa mirada de Tania desde su escritorio — Espera…
— ¿¡Te acostaste con…!? ¡Mierda, Georg! ¿¡Qué coño pasa contigo, carajo!?
— Dios…
— ¿¡Enloqueciste!? ¡Dime que te volviste loco!
— ¡Déjame explicar! Y baja ya lo voz, por favor.
— Rayos… estamos arruinados. Estamos todos perdidos… — murmuraba reiteradas veces mientras sobaba mi frente.
— ¿Recuerdas que me gustaba la esposa de Curtz? Bueno… ella nunca se dio por aludida.
— Jesucristo, Georg.
— Entonces fui a por otra presa.
— ¡No te hagas el Animal Planet ahora, maldición!
— ¡Es en serio! En aquella fiesta… bueno, hablamos. Le pasé mi número de celular sin esperanzas de que algo fuera a concretarse — Tragó saliva y continuó. Estaba temblando de nervios —, pero anoche empezamos a charlar, la conversación subió de volumen… Pues, vino a mi departamento aprovechando que Seeger estaba en una importante junta…
— Y te la cogiste.
— Sí.
— ¿Te cogiste a esa vieja?
— Sabes que me gustan las mujeres maduras. Bueno, ella no está mal. Fue después que se fue que caí en cuenta de que la cagué.
— Cagar es poco, Georg. ¡Has arruinado nuestras vidas!
— ¡Claro que no!
— ¡Sí! — Inhalé una fuerte bocanada de aire buscando calmarme un poco — Por culpa de tu pene tieso podemos llegar a perder a uno de los socios más importantes del estudio, ¡por Dios! Sólo imagina lo que eso significaría para mi padre…, para mi hermano, Andreas, para mí, ¡para todos! Se llega a enterar Seeger y será un completo caos. Dejará de formar parte de este vínculo entre Morris y mi padre. Y así no faltaría demasiado tiempo para que también Morris abandonara el contrato. ¡Caray! Los medios divulgarían la noticia y el estudio quebraría. Los clientes se bajarán, comenzaremos a sentir la crisis… ¡Y mi padre! Se morirá con la carrera, que tantos años de éxito lleva, completamente arruinada.
— No. Bill, por favor, detente.
— ¡Arruinaste la jodida existencia de todos, desgraciado! — Sus manos se aferraron a mis brazos y me zarandeó violentamente.
— ¡Entra en razón y ayúdame!
— Yo sólo pienso en aspirar harina por la nariz y tú me pides ayuda.
— Dios… estoy perdido. — Me soltó y alborotó su cabello castaño.
— Eso te pasa por pensar con la pija — Lo acusé señalándolo —. Dios santo. Encima el sábado verás al matrimonio feliz de nuevo… ¿Te imaginas lo que eso acarrea? Dios santo… que Dios nos ayude a todos.
— No iré a esa fiesta.
— ¿¡Estás loco!? No puedes faltar. Tienes que empezar por centrarte. ¡Maldito seas, Georg! Si tan caliente estabas, me hubieras llamado a mí. — Volvió la mirada a la mía, sorprendido.
— ¿Hubieras follado conmigo?
— ¡No, imbécil! Te hubiera mandado algunas putas. Mi hermano conoce de eso.
— Ya. No me gustan las pendejas fáciles.
— Te molan las viejas difíciles. Bueno… menuda atorranta accesible resultó ser la veterana esa.
— Ya.
— Sí, ya. No hay nada más para hacer. Falta que la dejes embarazada y ¡Bingo!
— Cualquier cosa, es de Seeger.
— A ese viejo ya ni se le para, tío.
— Dios…
— Pero la vieja esa debe estar con la menopausia desde los 60’.
— Ya está bueno de ofenderla tanto.
— Tú mereces tres tiros en la frente, amigo. Y si esto llega a saberse y mis dieciséis casos invictos valen lo mismo que un pedo saliendo de tu culo, yo te daré esos tres disparos.
— Lo siento, Bill. En serio no quise… — Negué alzando mis manos y girándome en mi sitio — ¡Perdóname! — Gritó a medida que yo bajaba las escaleras a la salida.
— Menudo personaje este.
Continúa…
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