«Apostemos» Temporada II

Capítulo 10: Invariables reacciones (P.1)

Estábamos a poco tiempo de los juicios y las tenciones subían a un punto ya inmanejable. Los llamados no cesaban y constantes reclamos se oían por teléfono local. Mierda.

— Hola — atendí despreocupadamente cuando se trató de la melodía de mi teléfono celular, la cual sonaba desde hacía diez segundos.

— Sr. Trümper, ¿llega a reconocer mi voz?

— Dígame — Dejé de manipular la birome color azul petróleo sobre el documento y me quedé estático.

— Quería informarle que ya he reunido suficiente material. Así que podríamos vernos en cuanto disponga.

— Mañana en la mañana puedo.

— ¿Le parece el parque en frente de la Universidad?

— Sí, el parque está bien.

— Hasta entonces.

— Adiós, y gracias.

— No agradezca, por favor

Alejé el aparato de mi perfil y lo dejé reposar sobre el escritorio. Respiré hondo observándolo aún, como si él fuera a darme algún adelanto sobre lo que debía decirme este… hombre. Ayer había sido muy claro con él; debía apurarse. Vaya eficacia.

.

By Bill

Rechinaban mis dientes y mis ojos lloraban involuntariamente. El fuerte viento dándome en la cara provocaba una sensación de sequedad en mis pupilas y el lagrimal producía el llanto como un método de autodefensa. Mis manos sudaban de tanto que las sobaba entre sí y mis pies se levantaban en el empeine, golpeándose contra el pedal del freno y el acelerador, pero sin presionarlos como para accionarlos. De todos modos, el freno de mano estaba puesto y el auto permanecía totalmente apagado. Yo miraba y no veía el exterior de mi carro. La ventanilla abierta por completo apuntaba hacia la puerta de la Jefatura de Policías y una disyuntiva rondaba en mi mente. No podía alejarla de allí. ¿Entrar o no? Parpadeaba con energía a medida que volteaba la mirada a diferentes direcciones sin ninguna lógica en concreto, ya que volvía a ver ese edificio. De por medio, una plaza donde algunos niños con uniformes escolares distintos jugaban en el tobogán, corrían o armaban castillos de sueños con arena. Se cruzaban en mi visión y me relajaban provocándome una sonrisa al recordar que alguna vez fui así y fui feliz. Todavía me acompañan esos días en donde no entrábamos al colegio con Georg y nos refugiábamos en plazas repletas de juegos y algodones de azúcar de diferentes colores y formas. Él conocía a una chica y yo esperaba sentado en un banquillo, que el terminara de hablarle de las muñecas que ella tenía, del colegio a donde ella asistía y demás temas de interés único de la niña. Georg se aburría y solamente asentía esperando que le regalaran su primer beso. Se cansaba y volvía a divertirse con su gran amigo con quien sí tenía mucho en común, con quien tenía toda una breve vida ya vivida. Yo no podía regalarle su primer beso, ¡pero cómo nos divertíamos! Aunque… cuando en verdad dio su primer beso, no le agradó descubrir que la chica tenía un piercing que perforaba su lengua. Dijo que fue totalmente vergonzoso al no saber cómo actuar exactamente con ese objeto extraño atravesando la lengua de la muchacha de igual edad que nosotros, catorce. Luego, su primera experiencia sexual fue con una chica de la Universidad, unos cinco años más grande que él. Desde ahí me di cuenta que le gustaban las mujeres que marcaran un camino y que él tuviera que seguirlo sin réplica alguna. Yo, por mi parte, tuve mi primer y único encuentro amoroso con una chica que se llamaba… amm… bueno, eso dejó de importar hace tiempo. Lo cierto es que fue hermoso, jamás me olvidaré de ése momento en concreto. Pero la actitud que tomó después de que yo le quitara su virginidad a la edad de quince años, me desagradó. Comenzó a vestir más sensual, a maquillarse excesivamente y a sonreírle a cuanto chico pasaba. La dejé y mi personal imagen de las mujeres, que hasta el momento era perfecta, se defenestró. Una figura tan hermosa, tan perfecta aún con sus múltiples formas, variedades y modelos, de repente se volvió amorfa. Vi en mi primer amor de colegio, en mi primera vez hermosa, la deformación de una mujer por el sexo. Sé que no todas son así ahora, pero la gran mayoría se molesta porque la llaman puta, sin embargo se comportan como tal.

Sonreí. En verdad tuve hermosas experiencias en el colegio hasta que Thomas se marchó. Entonces peleé con Georg apenas ingresado a la Escuela de Derechos. Me alejé de él y de nuestro alrededor social en común. Creí encontrar a la gente indicada y, en definitiva, luego de un tiempo, viene una parte oscura… Hasta que vuelvo a encontrarme con Georg, ya internado en Francia. Mi mejor amigo apareció en mi peor momento y en el que más lo necesitaba.

— Joder. La hora — El reloj en mi muñeca se hizo presente entre mi visión y el volante, cuando apoyé mi mano en él y la manga de mi traje se deslizó. Marcaba las tres con diez. Aún estaba a tiempo de entrar a ese edificio y pedir disculpas algo avergonzado por mi tardanza. Pero entonces estaría cometiendo el mismo error que antes y nunca ha de acabar este círculo vicioso. Vale, ya estuvo bueno, ¿qué hacer?

Girando la llave que encendía el motor, quité el freno de mano, y el auto rugió. Miré una vez más la edificación de enfrente y finalmente arranqué rumbo, no al estudio como debía; sino a mi casa.

.

— ¡Hola! — saludé cerrando la puerta sin echarle llave. Me introduje en el interior de la sala buscando con la mirada a algún terrícola a la vista. Como resultado, Susan asomó por el vano de la cocina, asombrándose por mi presencia en la casa.

— ¿Qué haces aquí, Bill?

— Quisiera hablarte — dije persuadiendo su interrogante. Avancé siguiéndola al interior de la cocina. Allí ella guardaba unos platos y cubiertos que reposaban en fila sobre la mesada de mármol.

— Dime — Me crucé de brazos recargándome sobre el marco, sin penetrar del todo la habitación. Ella me observaba de vez en vez por sobre su hombro. —. ¿Qué pasa?

— Quiero disculparme — dije sin mucho esfuerzo. Nunca me costó disculparme con ella, es sólo que nos ha estado faltando práctica —… por lo de esta mañana. Te traté como si fueras una empleada y eso no es así — Ella dejó de hacer sus labores y se acercó a mí a medida que secaba sus delgadas manos en el delantal que cubría sus ropas de servicio.

— Pequeño… — musitó emocionada y acarició mi mejilla derecha. Un escalofrío me atacó por lo congelada de sus manos. ¿Lavaba con agua fría en otoño? ¡Estaba loca! —. He tenido un mal día y me desquité contigo, no sientas que tuviste toda la culpa.

— ¿Qué pasó?

— No te preocupes, no fue nada. Es sólo que a veces me da lo nostálgica por las mañanas.

— ¿Qué extrañas? Cuéntame — insistí intrigado.

— Lo mismo que tú. A la misma persona.

— A mamá — asintió. —. Era como una hermana para ti.

— Lo era. Pero no quiero que te deprimas.

— No me deprime recordarla, sino saber que no habrá nada que me haga tenerla de vuelta. Es un pensamiento algo inmaduro.

— Es un pensamiento digno de un hijo — asentí suponiendo que así era. —. Pero dime, ¿qué haces tú aquí a las tres y media de la tarde?

— Sentía la necesidad de hablar con papá.

— ¿En serio?

— Sí. Necesito hablarle — Se encendió un brillito en sus ojos. —. Y no llores.

— No lloraré. Sólo es que me siento orgullosa de que sigas mis consejos.

— Siempre seguiré tus consejos, así que procura nunca equivocarte con ellos. ¿Está en su recámara? — asintió soltándome.—. Tú guarda esos platos solamente, ¿de acuerdo? Siéntate a ver unas películas o descansa. No sé. Pero no hagas más nada.

— De acuerdo — respondió en todo cansado. Siempre que yo esté cerca, ella debía estar descansando o comportándose como la reina que es.

Besé su frente antes de girarme y emprender rumbo hacia las escaleras. Entonces recordé mi inquietud. Ya eran las tres y media y todo estaba decidido. Ahora sí no podría volver atrás.

Caminé inaudiblemente sobre la alfombra color granate que cubría el suelo del pasillo conector de todas las habitaciones. Mi puerta estaba cerrada en su totalidad, mientras que la de Tom se encontraba entreabierta y se veía su ordenador con algunos libros en su repisa de madera. Sonreí de lado y me detuve en la puerta final, con un picaporte al más puro estilo Italiano, de esos redondos que uno gira. Una puerta oscura barnizada que reflejaba a la perfección la personalidad de mi padre; seriedad por donde se mire. Pero esa seriedad se quebranta cuando Thomas o yo entramos en escena en su vida.

Abrí la puerta despacio y pausadamente, haciéndola crujir. Siempre hacía eso de pequeño; no había forma de inculcarme la buena costumbre de tocar antes de ingresar a algún sitio privado. Entonces, mi madre me enseñó a abrir las puertas procurando anunciarme y así darle tiempo al otro de gritar: ‘¡Largo de aquí!’

— Permiso — dije asomando mi cabeza y encontrándolo tendido en su cama, acostado del lado que, desde que se casó con mi madre, le corresponde. Jamás se acuesta donde ella lo hacía. Una costumbre que tiene. —. Papá — Llamé sin alzar demasiado la voz, confirmándome con su silencio que dormía profundamente. Entonces penetré del todo la recámara y dejé entreabierta la puerta. Caminé por el espacio en dirección a él, viendo con curiosidad la libreta donde siempre estaba escribiendo. Sus lentes de lectura permanecían junto a ella y la costosa birome que lo acompañaba permanentemente tenía su tinta oculta y también yacía al lado de la agenda. Intrigado por leer su contenido, estiré mi mano hacia ella, sin observar a mi padre que ya había abierto sus ojos.

— ¿Bill? — preguntó adormilado y volví mi brazo a un lado de mi cuerpo velozmente.

— Hola papá — Olvidando ese pequeño libro, me senté en el borde del colchón, con sus piernas reaccionando al lado mío.

— ¿Ya son las siete?

— No. Son las tres y media — Al oír esas palabras se incorporó de forma rápida, sentándose en su sitio algo alterado. —. Calma.

— ¿Ocurrió algo en el estudio?

— No. Simplemente… no podía ir a otro lado que no fuese aquí.

— ¿Y eso?

— Digamos que he tomado una decisión que puede cambiarlo todo, y ahora estoy arrepintiéndome.

— ¿Tú arrepintiéndote de algo? ¿Qué tan grave es ese asunto?

— Papá, ¿yo podría decepcionarte alguna vez? — interrogué necesitado su respuesta.

— Jamás. No me decepcionaste siquiera cuando tuve que internarte. Eres mi orgullo, hijo. Pero cuéntame qué pasa contigo. ¿Qué te hizo faltar a tus obligaciones? Siempre estás pendiente de ellas y hoy no. Es raro en ti.

— Lo sé. Sé que dejé a Tom con todo el trabajo solo… pero en serio no soy útil hoy.

— Pero dime qué ocurre. Quizás puedo ayudarte sólo con oírte, hijo — Miré con temor sus ojos tan comprensivos. Temía que esa confianza y garantía de que me entendería, se marchara. —. Anda, dime.

— Yo… digamos que he tomado una decisión rotunda y ahora temo sus consecuencias — Hablé procurando no delatar del todo la verdad, sino basarme en lo fundamental del problema. —. Sé que es necesario poner un alto a algunas cosas malas que se vuelven cotidianas, pero sus repercusiones son y serán inevitables.

— Somos lo que hacemos — Habló apoyando una de sus manos en mi rodilla, como lo hacía mamá y lo hace Susan. —, así de sencillo es decirlo, pero hacerlo es una tarea ardua y compleja. Tienes que saber que tus decisiones te forman como persona todos los días. Aquellas cosas que son incorrectas, pero las haces de todos modos, te convierten en una persona prisionera de lo equívoco, de obedecer órdenes o mandatos de alguien más. Jamás serás libre si vives sometido a algo en particular, Bill. Serás libre el día en que seas capaz de decir: ‘No haré esto y es definitivo’. Quizás ese día haya llegado.

— Pero tengo miedo… — susurré esforzándome porque mi voz no dejara de sonar normal.

— Lo sé. Da miedo tener el control a veces. Nuestras elecciones siempre tienen sus consecuencias y muchas veces no sólo nos perjudican a nosotros, hay ocasiones en que involucra a personas que queremos. Por eso hay que ser muy valiente para saber poner un punto final a una situación en particular.

— Yo creo que hice lo correcto.

— Entonces me siento orgulloso de ti.

— ¿En serio?

— Seguro, hijo. Yo confío en que has tomado una excelente decisión, sea cual fuere. Además, si esto de alguna manera te ayuda, pues estaré de acuerdo.

— Gracias, papá.

— Me pone muy feliz tener esta clase de charlas contigo, ya que jamás las tuve. Nunca supe exactamente qué pensabas, qué te gustaba hacer; en pocas palabras, nunca llegué a conocerte del todo.

— Estás a tiempo. Y quiero que conozcas a un nuevo Bill, no a esto en que me he convertido.

— Eres mi hijo — intervino preciso. —, jamás te veré como un monstruo o una decepción, si es que eso insinúas. Siempre serás mi imperfectamente perfecto hijo — Ambos reímos y me sentí más calmado. —. ¡Oh, casi lo olvido! He organizado una ligera cena en casa esta noche. Tendremos a un invitado de honor.

— ¿A quién?

— A Albert. — sonreí de lado asintiendo de acuerdo con su elección.

— Genial. Será bueno salir del protocolo del caso únicamente. No quiero olvidar la importancia que él tiene en nuestras vidas.

— Totalmente. Y si quieres puede quedarse Andreas también. Dijo que tenía que hablar de un tema de seriedad hoy y pensé que podría quedarse a cenar también. — Oh, carajo. No.

— Papá, yo creo que no recuerdas lo que te conté hace unos días.

— ¿Qué?

— Yo ya no estoy con Andreas; no somos novios.

— Dijiste que se habían tomado un tiempo.

— Lo sé. Pero las cosas cambiaron y esto se volvió definitivo. Tenemos una excelente relación, pero invitarlo a cenar como si continuara siendo parte de la familia, es exagerado — manifesté nervioso de solo pensar una mesa en donde Thomas y Andreas compartan cinco minutos seguidos.

— Pues qué pena, porque me encanta Andreas para ti. Él te ama tan sinceramente que sería tu pareja ideal.

— No creo.

— Es tu vida y no me meteré, pero deberían pensar bien esto y hablarlo — Le di la temporal razón de un gesto. ¿Para qué continuar con este tema si no cambiaría mi postura? En vano. —. Los juicios se acercan, hijo. ¿Qué sientes ante esto?

— Ansiedad. Pienso que todo empezará a tomar un rumbo viable cuando comiencen.

— ¿Han juntado buenas pruebas?

— Sí. Hemos pensado bien cada posible estrategia de la contraparte. Eso nos da cierta ventaja.

— Muy bien. Yo no quiero sembrar presiones, pero espero que la presidencia quede en las manos de alguno de ustedes.

— Papá… — musité rodando los ojos.

— Lo digo en verdad. Aunque no depende de mí, sino de ustedes mismos. Ignora los rumores que corren, diciendo que tú serás el nuevo presidente sin cuestionamientos. No. Ni tú, ni nadie, tiene la presidencia comprada, ¿de acuerdo?

— Siempre lo tuve en claro.

— Lo sé.

— ¿Y qué hiciste hoy, papá? — interrogué intentando dejar el tema laboral y el montón de obligaciones de lado.

— Desayuné sentado en la mesa. Eso ya es sorprendente en mí.

— Totalmente.

— Luego empecé a ver una película, pero me picó el sueño nuevamente y la dejé grabándose. Me acosté y aquí estás tú ahora. Jamás tuve un día tan light.

— Ya iba siendo hora. Siempre de una punta a la otra, a las corridas. Ya no estás para esas cosas, eh.

— No me trates como a un anciano — reí estrepitosamente en su cara.

— ¡Más viejo que yo, eres! Y siquiera yo tolero todo este ambiente a veces, ni imagino tú.

— Pues yo me he criado con esto. Es…no, no es diferente. Tú también — Cambió de opinión en plena oración.

— Lo sé. Es sólo que algunas personas nacieron para esto. No creo que yo sea una de ellas.

— ¿Aun con dieciséis casos invictos? Lo dudo.

— Te regalo esos casos.

— No los necesito, pequeñín. Yo cuento con veintisiete en toda mi carrera — Abrí la boca indignado, siguiendo la corriente de su juego de soberbia.

— ¡Desgraciado!… Oye, papá. ¿Y si vemos esa película que me contaste?

— No creo que te guste.

— ¡Me gustará! ¿La grabaste aquí? — pregunté mirando la televisión apagada por sobre mi hombro. Menudo LCD.

— Sí. Déjame que enciendo esto… — Mientras él intentaba encontrar el botón de Power en el control remoto, yo gateé en la cama de a grandes saltos, cuan niño de ocho años, acomodándome a su lado. El lado de mi madre en esa cama. Entonces apoyé mi cabeza en la mullida almohada y me cubrí con la cálida frazada. De mera curiosidad e ilusión, llevé esa sábana hasta arriba de mi boca, aspirando el aroma de ésta con fuerza. Con un leve deje de decepción (pero sabiendo que mi idea era totalmente descabellada), la alejé al aspirar el aroma de mi padre únicamente. Si pudiera haber conservado algo de mi madre, hubiera sido su inigualable perfume, sin dudar. —. Trata de dos hombres a los que les pronostican diferentes tipos de cáncer — Habló y volví a la realidad. La tele ya emanaba sonido y luz propia, mientras Jörg buscaba la película en la lista de grabaciones. —, y le dan un tiempo de vida bastante corto. Uno es dueño de ese mismo hospital, y otro un ordinario mecánico. Entonces hacen una lista con todas las cosas que quisieran hacer antes de morir.

— ¿Cómo se llama?

— ‘Antes de partir’.

— Oh. La escuché nombrar.

— Es una hermosa película. Podría verla una y otra vez.

— ¿Me hará llorar?

— Sí, pero también reirás mucho. Son grandes actores — Asentí entusiasmado y el film empezó a reproducirse. Siquiera en mis más remotas ideas se encontraba este momento que algún día pudiese concretarse.

.

By Tom

— ¡Susan! … La puta madre. ¡Susan! — grité como un demente entrando a la casa y cerrando la puerta de un golpe sonoro.

— Sí. Aquí estoy — Se anunció viniendo desde el jardín del fondo.

— ¿Bill está aquí?

— Correcto. Se encuentra en la recámara de Jörg, con él. — fruncí el seño.

— ¿Desde qué hora? — Me desprendí de mi chamarra a medida que entablaba la conversación con ella. Al notar esto, vino hacia mí y la tomó en sus brazos para guardarla o algo así. Qué sé yo.

— Desde temprano. Las tres y media creo.

— ¡Y yo solo en el estudio!

— Thomas, él estaba algo deprimido — Parpadeé seguido y asentí pausado. Quizás… yo estaba un poco estresado por toda la responsabilidad del estudio y esté exagerando. —. Si vas a pelear con él, déjalo para después porque ahora está más calmo.

— Ya… es que estoy nervioso — chasqueé la lengua. —. Disculpa por el tono en que te hablé.

— Olvídalo.

— Iré a verlos. — comuniqué avanzando hacia las escaleras. El estómago me chillaba a lo loco. Menudo hambre. A cada escalón que subía, más me calmaba. Había un aire extraño en el ambiente. Era un clima liviano y calmo. Parecía que todo andaba bien.

Al llegar casi a las corridas a la puerta de mi padre, golpeé impaciente y la voz de éste al otro lado, me indicó el permiso solicitado. Y entusiasmado por ver plasmada tan hermosa escena, ingresé ya con una sonrisa pintada en mi cara.

— ¡Hola! — gritó Bill extendiendo sus brazos desde la cama de mi padre, con él a su lado sentado. La televisión estaba encendida enfrente de ambos y las ventanas con las cortinas totalmente abiertas dejaban ver que ya oscurecía.

— ¡Hey! — Grité igual que él mientras mi padre me sonreía reconfortantemente. — ¿¡Qué onda!?

— ¡Aaaah, no! — gritó horrorizado mi padre cuando tomé carrera hacia la cama y luego salté sin miedo entre sus dos figuras, las cuales se hicieron a sus respectivos costados para evitar el choque.

Nos carcajeamos al unísono… Era hermoso.

— Muy gracioso. Podrías habernos aplastado.

— Aquí el gordito eres tú, papá — lo piqué apuntando su estómago que se hacía notar hasta debajo de las sábanas. Éste rió vergonzoso y calló. —. Oye enano, te he llamado toda la maldita tarde.

— Lo siento, apagué el celular.

— ¿Por qué no fuiste al estudio? — pregunté girándome un poco a su lado y mirando fugazmente sus labios. Qué ganas de comerme esa boca tenía.

— Luego te explico. Ahora no quiero amargarme el momento, ¿vale?

— Vale — sonreí ampliamente y mis ojos fueron hacia la televisión. —. ¿Qué ven?

— Antes de Partir — respondió mi padre.

— ¡Oh, la de los dos hombres con cáncer!

— ¡Es genial! ¿La conoces?

— Sí. Tenía una amiga de Argentina a la que le encantaba, siempre la veía, la muy viciosa. Se llamaba… umh… ¡Antonella! Sí.

— ¿Llamaba?

— No sé si murió, pero andaba en la droga.

— Vale. — Jörg volvió la vista al aparato y yo sonreí sintiéndome feliz.

— Estoy cansado… caray. Qué día.

— ¿Pasó algo malo? — preguntó Bill en tono preocupado.

— No exactamente. Es Richael que me enferma con sus nervios.

— Tendré que hacer algo con esa muchacha — meditó mi padre con seriedad.

— Ya. Es entendible en parte.

— No la defiendas, hijo. En mi carrera me cambiaron de compañero a dos días de la sentencia. Nada me pasó y no asesiné a nadie. No tiene derecho a tomarse atribuciones que nadie le ha atribuido.

— No quiero oírla nombrar más — Observé a Bill con una sonrisilla pícara.

— Estoy de acuerdo. Yo les recomendaría que fueran a sus habitaciones a cambiarse porque Albert suele llegar antes de tiempo.

— ¿Albert?

— Sí, Tom. Papá lo invitó a comer.

— Yo que creía que podría dormir hasta mañana — murmuré algo molesto, pero sin querer ofender al mencionado sujeto, ya que para mi hermano y mi padre era un importantísimo pilar en sus vidas.

.

— ¿Y por qué viene?

— Papá no lo ve desde hace tiempo.

— Pero nosotros lo vemos casi todos los días. ¿Por qué no se van a un restaurante o algo así?

— Ve tú a disuadirlo de sus planes — Habló dándome la espalda al buscar algo ‘elegante’ para ponerse. Yo sólo estaba recostado en la puerta cerrada de su cuarto, intentando desesperadamente salirme de la obligación de hacer un inútil acto de presencia en una cena donde nada tenía que ver. Nada me unía a ese sujeto.

— Unas dos o tres horas fingiendo.

— Ya, Tom. Aunque sea intenta mostrar algo de entusiasmo — Shit. Ya estaba enojado. Mentalmente me insulté y me pateé en el culo. Siempre la cagaba él y últimamente la ando cagando yo.

— ¿Sabes por qué tengo entusiasmo ahora?

— No. No sé — Sonreí de lado cuando empezó a desprenderse la camisa mirando hacia la pared, en la misma orientación que yo.

— Por estar contigo. Ambos solos, nadie más — Aunque no veía su rostro, supe que sonreía de manera perversa, así como yo lo hacía ahora. Caminé a paso calmo hasta donde él se encontraba parado, ya con su camisa desprendida pero aún estorbando en su figura. —. Nadie me importa más que tú — Eso… ¿eso dije yo? Fue extraño. De repente esas palabras sencillamente salieron de manera espontánea. ¿Cómo se explica eso? No lo pensé y, sin embargo, las dije.

Para quitarle importancia a esta frase imprevista, fui directo a su cuello, oliendo primero. Aspirando de manera natural el aroma de su piel. Adoraba su cuello ahora que lucía expuesto gracias a su peinado nuevo. Y mis manos aprovecharon su disposición y tomaron con cautela los bordes de la camisa, rozando la piel de su abdomen con la imperceptible punta de mis dedos. Fue un roce mínimo que lo hizo estremecer. Los cabellos de su nuca se erizaron y yo quise devorarlo.

— La hora…

— Sigues con esa maldita palabra en tu boca — murmuré y después besé esa zona sensible. Le encantaba y perdía cuando descubro esa debilidad. —. Olvida el tiempo. Yo siento que cuando estoy contigo no existe tal cosa.

— Sigo paranoico con ese tema — Habló dejando que la prenda fina y delicada se deslizara por sus brazos y quedara en mi completa posesión. La arrojé al suelo y apoyé mis manos en su cintura, pegando mi pelvis a su cuerpo de sopetón. Lo sentí jadear y, desde la increíble vista directa a su perfil, noté que mordió su labio inferior. Si no lo violaba brutalmente entre estas cuatro paredes, me amputaría el miembro y se lo arrojaría a los perros. —, pero intento manejarlo.

— ¿Llamas manejar a creerme?

— No — Cree un sensual recorrido por lo largo de su cuello, con mi lengua. Llegué hasta su oreja y mordí su lóbulo. —; llamo manejar a no desconfiar de ti. Es distinto — astuto. —. Mierda, Thomas. No hagas eso — dijo cuando empecé a rozarme contra su cuerpo, simulando unas leves embestidas. Mientras mis labios divagaban ahora por su nuca. Pocas veces he estado tan deseoso de él como ahora lo estaba. —. Para o…

— ¿O, qué?

— O no podremos parar — Sin previo aviso se giró entre mis brazos, quedando frente a mí y regalándome esa carita de pecado tan perfecto, tan hermoso. Gustoso iría al infierno por él. Relamió sus labios con sus castaños ojos clavados en los míos y se abalanzó a mi boca con impaciencia. Fue instinto puro lo que me hizo abrazarlo con posesión por la espalda, adosando mis palmas completamente abiertas en su fría piel. Gimió entre el enredo de nuestras lenguas aceleradas. Ejercía una presión en mi nuca y el beso se hacía más profundo. Sus dientes se deslizaron por lo largo de mi lengua cuando iba saliendo de su boca, así creaba más deseo en mí y me obligaba a volver a ingresar en ella.

Sin separarse ni un centímetro de mí, sus manos se entrometieron entre nosotros y fueron desabrochando los primeros y únicos tres botones de una polera color pardo que traía puesta. Una vez hecho, tiró de ella desde abajo, descubriendo mi estómago.

— Siempre termino convenciéndote — dije apenas separadas nuestras bocas. Alcé mis brazos antes de ver una sonrisilla delatora en su cara. Por mi cabeza deslizó con rapidez la prenda y así se deshizo de ella perdiéndola de vista.

— ¿Vas a echármelo en cara todo el día? — interrogó simulando enojo y luego posó sus uñas en mi fornido pecho, bajando dolorosamente lento. Pero no me dolió más de lo que me gustó. Mientras mordía su labio inferior sensualmente, fui retrocediendo en el cuarto hasta la cama. A cada paso, mientras nuestros ojos no se desprendían de los del otro ni por un instante, la apetencia por el otro iba cuesta arriba. Ahora sí no le importaba ni Albert, ni la jodida cena, ni nada más que estar conmigo. De a poco me iba convirtiendo en algo imposible de posponer. Quién lo hubiera dicho hace dos meses atrás. —. ¿Cómo haces para estar tan bueno, Tom? — cuestionó llegando al filo de mis pantalones con sus afiladas uñas. Yo bajé la mirada hacia allí y me sorprendí al ver…

— Carajo, Bill. ¿Y esas marcas?

— Indican que eres mío — Lo observé con la cabeza inclinada hacia abajo, alzando una ceja y sonriendo de lado.

— ¿Hablas en serio?

— De este modo ninguna zorra te tocará — Acto seguido, se puso en plan de desabrochar mi cinturón y seguidamente mi cremallera. —. Me perteneces.

— No me digas — ironicé dejándome hacer. —. ¿Y esas ‘zorras’ se resumen en Richael, cierto?

— Eres muy listo — apremió soltando mis anchos pantalones y, de esta manera, simplemente cayeron al suelo.

— Oh, genial. Ahora sí me tienes — Sonrió ampliamente y, así de semidesnudo como estaba, agarré su antebrazo y lo giré por la fuerza. El muy psicópata sólo rió escandalosamente; a mí me hubiera dolido. —. No soy yo quien debe cuidarse de otras personas — dije pegado a su rostro. —, sino tú.

— ¿Yo?

— Sólo espero que ese rubiecito no de algún paso tramposo. Quedaron en algo y debe respetarlo, ¿vale?

— Andreas no hará nada — lo defendió sabiendo que me hervía la sangre cuando lo hacía. —. De nuestra relación sólo quedaron recuerdos.

— Pues mejor así.

— Los recuerdos de unas maravillosas noches en su departamento — ¿¡Qué carajo…!?

Ante ese ataque de prepotencia, lo empujé hacia la cama y él cayó invadido por una carcajada. Será desgraciado.

— ¿Duele escuchar la verdad?

— Tú sabes que esa no es la verdad.

— ¿No? — cuestionó con suspicacia. Yo bajé mis ojos por su cuerpo, por sus tatuajes, por la suave piel que tantas marcas hechas por mí tuvo. Pero sus manos desabrochando con sensualidad sus pantalones acapararon toda mi atención en un santiamén. —¿Y cuál es la verdad?

— Que no existe persona en esta tierra que te guste tanto como yo.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!