«Apostemos» Temporada II
Capítulo 20: Esporádica confusión
— ¿Y, qué tal? — preguntó medio tímido, como con cierto temor. Yo lucía serio, pero no por molestia o enojo, sino por todo lo que Helga me había contado. Era demasiado, y a su vez no quería volver a pelear con papá. Al fin de cuentas, aquella historia es más de Thomas, mi padre y Hel, no mía.
— Tú madre es maravillosa, Tom.
— Lo es — se enorgulleció —. Se te notó distendido durante la cena. No sabes lo aliviador que eso es para mí — comentó abandonando su posición frente a la ventana y caminando hacia mí —. Estoy feliz de estar al fin en casa — Se sentó a mi lado y mi respuesta fue una sonrisa.
— ¿En serio estás feliz?
— Totalmente. Y más al tenerte conmigo aquí. Quiero mostrarte todo el lugar, estoy ansioso por eso.
— Calma, amor. En la mañana…
— No — me interrumpió abruptamente —; ahora. ¿No ves que tenemos una semana apenas? Quiero aprovechar al máximo cada minuto — Así como se había sentado, se paró del colchón y volvió a la ventana.
— ¿A dónde quieres ir?, ya es medianoche.
— Ese no es un impedimento. Por aquí todo es tranquilo. Anda, párate — dijo volteándose y tirando de mí por el brazo. Me paré desequilibrado y formulé una mueca de extrañeza. Estaba excitado por la idea de pirárselas de la casa cuanto antes.
— ¿Y tu madre? Está durmiendo.
— Ella sabe cómo soy. Cuando se levanta y no me ve en la casa es porque me agarró uno de mis ataques de locura — sonreí de lado.
Me dirigí al mueble en donde guardé mis cazadoras y demás abrigos.
— Además llegaremos a donde tengo pensado en un santiamén. El auto que rentamos por esta semana es una luz.
— ‘Gracias, Bill’ — dije sarcástico recordándole que rentar el auto había sido idea mía.
— Sí, sí — despreció riendo —. Vámonos ya. Esto será genial, te encantará.
— ¿A dónde iremos?
— A un sitio increíble; aprovecharemos esta noche cálida. Todo conspira a nuestro favor, hermanito
Cuando avanzaba hacia la salida de la recámara, lo detuve por el antebrazo y de un veloz movimiento que él no impidió, lo acorralé contra la pared lateral que se encontraba a pocos pasos de nosotros.
— Me encantas, ¿te lo dije? Es en serio. Me fascina todo de ti.
— No creo que eso sea muy cierto. Debe haber algo que te moleste o te haga enfadar… — dedujo sonriéndome —, por muy chico que sea.
— Es probable — reconocí —, pero lo más importante es que me haces muy feliz — admití ya sin importarme demasiado hacerlo, honestamente.
Musitó un susurro anonadado, concentrado más en sus pensamientos que en mis ojos. Mi sonrojo ha de haberse notado a millas de distancia debido al calor que me invadía en el rostro. Entonces me dejé caer en su cuerpo, juntando mis manos con su pecho y quedando unos centímetros más bajo que su tamaño.
— Entonces estoy cumpliendo mi objetivo — ¿Cómo es que puede poderme tanto? Es tan adorable, tan sinceras parecían sus palabras que me da vuelta cuan calcetín en cuestión de segundos.
— Ahora quiero ser yo quien te haga feliz — Sonrió y simplemente se inclinó a besar mis labios lentamente y de manera inocente.
.
By Tom
Con mucha calma nos adentrábamos en el espacio de pasto, plantas ordinarias pero hermosas y algunos árboles, donde al final estaba el lago que tanto me recordaba al que se encuentra en Alemania, en donde le confesé por primera vez a Bill que lo amaba. De hecho, era la primera vez en que le decía te amo a alguien que no fuera mi madre. Fue tan hermoso…
— Tiene semejanzas, pero no se compara.
— Esto es tan hermoso, Tom — balbuceó recorriendo el horizonte del agua con la luna reflejada sobre la superficie. No lo culpaba; era una postal mágica, llena de historias y vida. Era un lugar que te enamoraba al instante. —. Tú sí que conoces sitios fantásticos. Y eso que creía que no existía lugar hermoso en el que yo no haya estado.
— La belleza cobra diferente formas, Bill — Mordió su labio bajo y, como embelesado con el asombroso paisaje, remangó desde sus muslos, los pants caseros que llevaba puestos y sencillamente empezó un descenso hacia la tierra, sin apartar ni por un segundo sus ojos del agua moviéndose como víctima de una atenuada melodía. Las ramas y hojas de los árboles parecían acompañar las tranquilas olas con un ritmo natural y único. Y yo recordaba años pasados.
Imité su reciente movimiento y adopté esa misma postura en el suelo, bien a su lado. Su mano, por acto reflejo, buscó la mía y éstas se entrelazaron sobre mi propia rodilla flexionada. Mis piernas entrelazadas y las suyas en curva contra su pecho, aguantaba el peso total de su cuerpo gracias a su mano derecha sobre el suelo.
— Me encanta venir aquí cuando estoy triste, cuando me siento asfixiado.
— Sirve mucho. Puedes respirar y sólo oyes el agua, como queriendo consolarte con sus palabras mojadas. Épico — Tal y como dije, inflé mis pulmones con el puro aire de cielo, de flores despertando en la temporada correcta, de masas de agua chocando contra las piedras o algún que otro tronco de la orilla.
— Este lugar te hace sentir liviano, ¿lo notas? — Volteó su mirada hacia mí buscando una aprobación. Entonces lo miré y simplemente asentí enmudecido por el momento tan perfecto. Pero aquellos ojos inocentes en busca de una confirmación a sus propios sentimientos y opiniones, cambiaron y ahora lucían preocupados. No entendí ese parpadeo entrecortado y el movimiento delator de sus labios, pero sí me inquieté.
— ¿Ocurre algo, Bill?
— Dije que me sentía liviano, pero uno no puede estarlo ocultando cosas.
— No comprendo… ¿Qué me ocultas?
— Hay algo grave que ocurrirá al finalizar la semana, el lunes.
— No me asustes, por favor.
— Ian… Él no es un asesor de imagen simple y común, Tom.
—Si no lo es, ¿por qué cumple esas funciones? — Su mano apretó, quizás inconscientemente, la mía.
— La noche en que se celebró tu ascenso, Gustav estaba ahí, ¿lo recuerdas?
— Sí.
— Ian lo acompañaba, sin que nadie supiera. Y mientras Gustav hablaba conmigo, Ian le hacía creer a mi padre, con títulos y honores falsos, que era uno.
— Espera, espera. ¿Con qué intención?
— ¿Recuerdas el negocio en el que no quise ayudarlo?
— Sí. En todos lados hablan de eso.
— Y que dos tipos cayeron presos, relativamente, por culpa mía.
—… Creo que ya voy entendiendo.
— Gustav dice que debo sacarlos antes del lunes a las siete, hora en que se realizará la segunda ronda de interrogatorios. Si para esa hora, esos dos tipos no están libres, entonces contarán todo lo que saben y la policía irá tras Gustav, Ian y todos aquellos que hayan tenido algo que ver en ese negocio fallido. Y si eso pasa, los ex socios de Gustav van a matarlo. Es decir, es una cadena de inconvenientes producto de mi actitud.
— ¿Y qué has hecho respecto a esto?
— Intenté contactarme con Molina, pero después de dejarlo plantado aquella vez, no ha querido comunicarse conmigo, no atiende mis llamados ni contesta mis mensajes. No existe otra persona que pueda ayudarme — negó molesto consigo mismo —. Estoy acorralado.
— Espera, cálmate. Poniéndote de este modo sólo consigues hacerte daño a ti mismo; nada se soluciona — Silencio. —. Dime, ¿qué ocurre si esos tipos continúan encerrados para el lunes en la tarde?
— Ian cumplirá con su trabajo.
— ¿Cuál es su trabajo?
— Él es un sicario… — Esa tremenda información me dejó completamente descolocado. —. Tiene órdenes directas de Gustav de matar a papá — Desvió la mirada devastado y yo no salía de mi asombro. Aquello era peor de lo que había podido imaginarme. —. Maldita sea… ¿Te das cuenta de lo serio que es esto? ¡Y esta vez sí es culpa mía! — soltó con desespero. Yo volví a tierra al oírlo y me concentré en distraerlo, ya que en mi mente tenía un plan armado.
— No, no, no. Por favor, Bill, no te pongas así… — negó frenéticamente y quiso soltar mi mano. Al percatarme de esto, más la suprimí entre mis dedos, volteando su rostro hacia mí con mi mano izquierda. —. No me sueltes.
— ¡Es tu padre también, Tom!
— ¿Y? ¿Crees que algo malo sucederá? — Me precipité a continuar antes que él lo hiciera. —. Nada pasará.
— ¿Cómo…? ¡Vamos, Tom! ¿Cómo es que estás tan seguro de eso? Todo está dicho.
.
— El destino lo escribimos nosotros, amor. Deja ya de martirizarte tanto. Además, si esto pasará el lunes que viene, disfruta de este día, del ahora. Y ahora estás conmigo. Papá está seguro en casa con los guardaespaldas cuidando de él, está con Susan y nada podría estar mejor — Logré que llegara a sonreír y me sentí aliviado.
— No sé cómo carajos haces, pero siempre consigues lo que quieres, sin importar qué sea o en qué circunstancias sea.
— Es un don que se me da con frecuencia, sí — Reímos al unísono por mi soberbia y él volvió a mirar el agua. Yo, sin embargo, me quedé observando su perfil unos segundos más sin que él supiera. —. ¿Quieres meterte?
— ¿En el agua dices? ¡Claro que no! — Reí bajo y me puse de pie sin previo aviso. —. ¿Tú sí?
— Yes.
— Entonces anda.
— ¿No vendrás? — negó con la cabeza claramente sin pensar siquiera en analizar mi propuesta. — Bien — Hice el amague de voltearme en dirección al agua y sencillamente irme, pero rápidamente volví hacia él y me incliné hacia el suelo.
Jalé de su brazo con fuerza hacia arriba y, después de algunos centímetros arrastrándolo por la tierra, no tuvo de otra más que ponerse de pie y resistirse a mi altura, si es que no quería terminar con las piernas raspadas.
— ¡No te resistas, enano!
— ¡No, Thomas, espera! — Volvió a gritar sin ser capaz de ocultar también la risa que lo atacaba por lo cómico del momento, al igual que a mí. —, ¡Detente!
— ¡Agua, allá vamos! — Y volviendo a inclinarme, arrasé con sus piernas, separando sus pies del suelo. Admito que tengo un tímpano de oro al poder soportar menudo grito que soltó cuando lo cargué cuan bolsa de papas.
— ¡¿Cómo te atreves, Trümper?! ¡Suéltame! — Troté, también riendo, hasta el agua, a pocos metros apenas. Estaba templada de todo el día estar expuesta bajo el caluroso sol, así que menos comprendí por qué se negaba tanto. —. ¡Jodido seas!
— ¡Enano al aguaaaa! — Lo solté ya adentrado al agua, llegándome hasta arriba del estómago a mí, casi al pecho.
— ¡Aaaaahg…! — gritó agudo y al sumergirse sus gritos se acallaron; pero mis estrepitosas carcajadas apenas comenzaban a oírse. —. ¡Dios, Tom! — gritó saliendo a la superficie con lo poco de maquillaje que llevaba puesto, chorreando por sus mejillas blancas.
— ¿Ves que no es tan malo bañarse, gatito?
— ¿’Gatito’?
— Le temes al agua — justifiqué encogiendo mis hombros y recibí un fuerte golpe en mi brazo derecho —… ¡Ouch! ¿Quieres pelear, maldito? ¡En guardia!
— ¿Crees que esto es esgrima?
Rompió su falsa y mal formada coraza de enojo y sonrió abrazando mi cuello, pegando un divertido salto en el agua.
— Te quiero, Bill — Toda su respuesta se basó en sus labios posándose en la piel de mi cuello y dejando allí pequeños y cortos besos húmedos. Yo sonreí cerrando mis ojos y experimentando distintos tipos de avispas, tábanos y moscas de diversos basurales volando por mi estómago a sus santas voluntades. Nada les importaba, pues allí estaban haciendo estragos en mí.
— Te quiero, Tom — dijo volviendo a mirarme, alejándose de mi perfil y quedando ambos frente a frente —. Estás abarcando todo en mí.
Callé acercándome a sus labios, entrecerrando mis ojos y acariciando toda la piel de su espalda entre las prendas que flotaban bajo el agua.
— Guarda todas esas hermosas palabras para decírmelas al oído mientras te haga el amor — Concluida esta frase, su boca abarcó de manera desesperada la mía, correspondiéndome a todas mis necesidades y deseos más profundos.
Sus dedos ansiosos se movían con entusiasmo en mis mejillas mientras que los míos apretaban la tersa piel de su cintura, espalda y toda esa zona de tanta importancia para mi locura. Nuestras lenguas peleaban y los dientes, divertidos, mordían labios haciéndonos reír en medio del gesto. Ninguna otra boca podría encontrar con la misma esencia.
Y entonces bajé mis brazos hasta sus muslos, los cuales impulsé para que se enredaran por mi cadera. Y será lo mucho que nos conocemos, que apenas bajé hasta ellos, él solo saltó y adoptó esa posición. —… ¿Qué me pasa contigo, Bill? — me pregunté más a mí mismo que a él, puesto que él no podría tener una respuesta a esto. Nos limitamos a mirarnos en el reflejo de la luna testigo de ya varios encuentros de nuestros calientes cuerpos cuando, al colarse por la ventana de nuestra habitación en esas noches alocadas, nos iluminaba.
— Lo mismo que me pasa a mí contigo — sonreí avergonzado, pero de todos modos dudaba de la verdad en esas palabras. ¿Sentía lo mismo? Podía jurar que el corazón salía de su sitio y alborotaba mis pensamientos, se colaba en mi mente, que sólo tenía espacio para él.
Sin poder aguantarme más las ganas de hacerlo mío de nuevo, de recorrer su cuerpo con mis manos, besarlo hasta cansarme los labios y terminar, y volver a empezar varias veces durante toda la noche, empecé a caminar lentamente, con nuestras miradas conectadas y sus manos acariciando mis omóplatos, rumbo a la orilla. Y es que, si allí me quedaba pensando en cada una de las ideas que cruzaban mi mente de norte a sur, enloquecería y me volvería todo un paranoico.
Paso a paso, el corazón se me desnudaba; se salían sus capas y poco me interesaba que quedara totalmente al descubierto, abierto para que sus manos lo manosearan a su antojo e hiciera de él un florero en el cual escoja las flores que quisiera poner, aun si éstas traían filosas espinas. ¿Era eso sano? ¡Vamos, Thomas! ¿Qué es ese montón paranoia junta que tienes? Has sentido lo que es el amor con esa misma persona que tienes en brazos ahora mismo, ¿no puedes reconocerlo aún? Te enamoraste perdidamente de él, y luego a fuerzas tuviste que borrar ese amor de tu corazón. ¿Todavía recuerdas cómo se siente eso? Bueno, compáralo con tenerlo aquí, tan cerca de ti. ¿Se parece?
— No — susurré ya arrodillado en el suelo, entre sus piernas; él sentado frente a mí, continuando con sus manos en mi cuello, casi en mis hombros.
— ¿Qué pasa?
— ¿Eh? Ah… nada — dije intentando sonreír. No se parecía a lo que sentíamos, no. Era distinto. —; pensé en voz alta, enano — Recibir su sonrisa de vuelta de alguna manera me tranquilizó. Mi pequeña metida de pata estaba ya reparada.
— Odio y amo que me llames así — manifestó bajando sus manos hacia mi pecho, y no se detuvo ahí, sino que siguió hasta dar con el borde de mi camiseta. Sin embargo, no queríamos apurarnos ya que nadie nos corría. —, es porque me molesta el apodo, pero sé que sólo tú me lo dices. Tiene tu toque personal.
— En realidad no sabría decirte el porqué de llamarte de ese modo. Eres casi más alto que yo.
— Viene de la edad seguramente.
— Aun así — continué, como insatisfecho con mi propia explicación. —… me has demostrado ser mucho más maduro que yo; nada tiene que ver la edad con esto.
— No soy más maduro, sino que soy más malhumorado — Ambos reímos.
Cualquiera que llegue a conocerlo en profundidad y descubra su otro lado, me sabrá comprender.
No pude resistirme al analizar lo ideal de su persona y tener el consciente privilegio de que, al menos en ese instante, me pertenecía.
Fue instintiva la acción de guiar mis manos donde las suyas y posarlas sobre las mismas. Ante esto, nuestra forma de mirarnos cambió, volviéndose ahora más pasional y deseosa de sentirnos juntos. Subí. Y así como lo hice yo, sus manos me acompañaban y arrastrábamos la camiseta que me cubría. Estaba empapada como todas nuestras prendas, y al estar en ese estado la brisa que chocaba contra nosotros se hacía más placentera por lo helada que se volvía. El calor de la noche era impresionante, y el de nuestros cuerpos intolerable.
No me sacié con su placer de ver mi torso desnudo. Y, quizás algo egoísta, siquiera dejé que se deleitara con sus manos, sino que tomé su camiseta con velocidad e impaciencia. La jalé hacia arriba recibiendo una hermosa sonrisa de su parte, como si eso que para mí era egoísta, para él fuera tierno o agradable. Lo deseaba, eso era evidente. ¿A quién no le agrada que lo deseen?
.
— Nunca me cansaré de decir cuán hermoso eres — jadeé abrazándome a su estrecho torso y yendo por su cuello y hombros primero. Él se dejó hacer sin oponer resistencias ni proponer algún otro comienzo.
Mis labios se deslizaban como por arriba de la seda más perfecta, besaban de vez en cuando, pero en realidad disfrutaba más sentir la cosquilla de su piel arrastrándose por mis labios entreabiertos. Mi lengua apenas saboreó la curvatura de sus hombros con las intenciones más perturbadoras: oír uno de sus jadeos. Y así se cumplió y su respiración salió de entre sus labios violentamente impulsada por el placer.
Mi lengua subió hasta su oído, donde le dediqué unas cuantas palabras entre dulces y morbosas, que lo hicieron suspirar y reír perspicazmente. Disfrutábamos porque era el modo de crearnos un ambiente propio, un lugar pequeño donde cabíamos perfectamente nosotros dos, a pesar de que en realidad el lugar era enorme. No había nadie, ni físicamente ni mentalmente, aparte de nosotros dos.
Nuestros labios se juntaron sin prisas, simulando un gesto ocasional que en realidad era tan deseado como cada movimiento o roce entre los dos. Todo era buscado, pero nada planeado en realidad. Nuestras lenguas no querían soltarse y los dientes, cada vez que se les antojaba, mordían y se lucían con una sonrisa en medio de tanta lujuria. ¿Las manos? Sería difícil hallar una ubicación exacta para estas traviesas. Estaban por todas partes, tocándolo todo. Pasaban desapercibidas, pero en realidad eran fundamentales. Si me preguntan en dónde estaban mis manos, podría responderles con facilidad que se encontraban, una en su mejilla derecha, como si su rostro fuera a despegarse del mío y esto me causara terror; y la otra yacía en el suelo mientras nuestras figuras decaían en éste. Pero, si llegaran a preguntarme dónde se encontraban las suyas, sería difícil, mientras el beso durara, responder. Puesto que toda la atención estaba en los movimientos dentro de nuestras bocas y en mis manos explorando su cuerpo. Aunque, seguramente, si dejara de tocarme ahora, lo sentiría.
Al separarnos, nuestros pulmones exigieron oxígeno simultáneamente. Fue al observar sus labios que me di cuenta lo apasionado que había sido este encuentro. Sonreí.
Entonces me di cuenta de la ubicación de sus manos justo cuando arañó de mera maldad mi abdomen. Estuvieron allí todo el tiempo. Y al bajar la mirada hacia nuestros estómagos para bajar sus pants, corroboré que había estado rasguñándome desde que el beso inició, puesto que tantas marcas no se hacían en un solo momento. Sonreí de lado encantado con que marcara mi piel. Cuando estoy lejos de él, les echo un vistazo a éstas y me acuerdo de nuestros encuentros o de la circunstancia en que fueron realizadas.
Colando mis dedos en el borde de sus pantalones y, de paso, invadiendo también el interior de sus bóxers, los bajé muy lento. Sabía que no se negaría y que en realidad estaba más ansioso que yo (créanme, se notaba), sino que lo hacía a modo de detalle, para que vea que en realidad no quería sólo follarlo y ya, sino que notara que deseaba disfrutar de todo, de cada paso.
¿Por qué? Aún no lo sabía. O, mejor dicho, no lo entendía.
Pero lo cierto era que necesitaba todo el tiempo demostrarle que era en serio todo lo que decía, o cada gesto que le dedicaba. Cada sonrisa afloraba desde lo más profundo de mi corazón. Temía que dudara de mi sinceridad. Quizá porque ya ha dudado antes y pienso que lo hará de nuevo… ¿Qué me pasa?
— Tengo el presentimiento de que recordaré esta noche para siempre.
— ¿Por qué? — cuestioné apartando la mirada de sus hermosas piernas y dejando caer los pantalones sin prestar atención dónde o sobre qué. De hecho, creo que formulé ese interrogatorio demasiado rápido, como desesperado. Y sospecho lo notó.
— Porque tengo todo para hacerlo. El cielo estrellado, los árboles, el agua, tú, yo. ¿Qué falta? Todo es perfecto — sonreí contento. Me sentía muy… ¿Feliz? Eso sonaba extremo.
— Además, yo haré que sea inolvidable — susurré, cuando se sentó ante mí.
Yo mismo empecé a desabrochar mis jeans a velocidad media. Él solamente aguardó a que yo terminara para ser quien los bajara hasta mis rodillas al tiempo que acariciaba mis piernas. Pronto éstos dejaron de importar, ya todos mojados quizás se ensuciarían con la tierra y el pasto. Pero tampoco interesaba eso.
Gimió sensualmente en mi oído cuando me incliné de lleno a su cuerpo, apoyando mis manos en la tierra, con sus brazos fuertemente abrazados a mi cuerpo.
— Hazlo, amor — susurré simplemente extasiado por aquel arrollador tono con el que dijo mi nombre, envuelto en un torbellino de placer inigualable.
Oh, Jesucristo, no creo en ti en absoluto, pero supongo que así se debe sentir ese paraíso que tanto describe la Biblia. La sensación auténticamente exquisita de sus largos dedos enrollándose en mi miembro que acabó de erguirse por el contacto, no se asemeja a nada más sobre esta tierra. Si este no ha de ser el paraíso, ¿qué más podría serlo? Nada se le parece, como dije, a tal placer.
Era un momento tan pueril para mí; como un pequeño niño experimentando su primer beso, o un adolescente en plena relación sexual, preguntándose cómo es que ha podido vivir tantos años sin esa dosis de sexo diariamente.
Expulsó el aire contenido durante la penetración con fuerza en mi cuello, para luego adosar sus labios allí como si no existiera un mañana, como si quisiera morir ahí, saboreando y brindándole pequeñas mordidas a mi piel tersa.
Ya estaba totalmente dentro de él. No sabría decirles el momento exacto en que empecé a necesitar de esto como se necesita al mismísimo aire. No el sexo en sí, sino ser uno los dos. Invadir su privacidad y tener el conocimiento de que nadie más estaría allí, ingresando así a su cuerpo, hacerle sentir todas esas placenteras sensaciones. Nadie escucharía sus gemidos; esos sonidillos tan íntimos que hacen cambiar su voz, esas guarradas que me murmura al oído, las miradas que me dedica… Sólo yo tenía ese privilegio. Era dueño y señor de su ser.
— Tú estás descompaginando mi vida, ¿sabes? — Oí su risa. Una risa breve pero tan valedera.
— ¿Por qué dices eso?
— Esto no estaba en mis planes.
— Dime qué — Eso mismo: ¿Qué? ¿Qué era lo que no estaba en mis planes? Me oía asustado, nervioso a cada palabra respecto a ese esto. Ni yo entendía el porqué.
— Este momento — mentí. Sí, sí. Yo sé que mentí. Quise llegar a estar ahí con él, pero lo que realmente no estaba en mis planes era sentir esto, justamente.
Sus brazos se aferraron más a mí unos segundos después de iniciar mis movimientos en su cuerpo. Entrar y salir; no bastaba con hacerlo una o dos veces. Quería hacerlo muchas veces, cada vez más rápido. Sin embargo, esta vez sería distinto a otras veces. No empezaríamos lento y acabaríamos rápido, sino que sería lento todo el tiempo, hasta el final. Y quizás volveríamos al principio.
— Me encantas, Bill… Me gustas mucho — ¡Mierda! Eso no era cierto. No llegaba a expresarlo por completo. —. Te quiero demasiado, ¿lo sabías? — Casi, pero aun así no… —. ¡Carajo!
— Es como si te enojaras cada vez que tenemos sexo — dijo titubeando la última palabra, como si le costara verlo como simplemente sexo.
— Me enojo conmigo mismo — admití depositando un breve beso en su hombro —. Me enojo porque cada encuentro es más… Ya, sólo quiero disfrutar de esto — dije sonriendo y alejándome de su piel, quería verlo a los ojos fijamente.
— Yo quiero disfrutar de ti — me dijo magnánimo, con una bella sonrisa en el rostro mientras su hermoso cuerpo descansaba en la tierra húmeda por nuestros propios cuerpos.
Una de sus manos tomó la mía, entrelazando nuestros dedos al costado de ambas figuras acaloradas. Y su otro brazo se hallaba estático en la tierra, cómodo y lo hacía ver tan sensual y frágil al mismo tiempo. Yo no dejé de moverme en ningún momento. Y me gustaba tener una hermosa imagen de primer plano sólo para mí de todo lo que era su cuerpo y sus gestos de goce.
— ¿Qué pasa por tu cabeza ahora?
— Que no me importa cuándo — Apretó más mi mano y ahora (con la que reposaba en el suelo) acariciaba mi rostro, impulsándome a besarlo. Fue algo a lo que no me negué, moviendo mis labios suavemente sobre los suyos. —…, dónde, ni cómo — Al hablar, nuestras bocas se rozaban y el aire que expulsábamos por nuestras respiraciones agitadas se juntaban entre nosotros, dándonos una sensación caliente. —…, sólo sé que quiero repetir esto todo el tiempo que sea necesario. Créeme… Necesito de ti para siempre — Esta frase me llegó tan profundo, que temblé de puro miedo. Para disimular este temor, sólo atiné a besarlo con pasión. Cerramos nuestros ojos y en la oscuridad medité. ‘Necesito de ti para siempre’… Cuánta presión. ¿Qué es esto de temer, de sentirme presionado? No puedo aceptarlo, y mucho menos en un momento como ese, en ese encuentro tan personal y cercano con Bill. Era como achicarme en un terreno en el cual soy muy bueno. Él me achicaba, me intimidaba. ¿Qué está pasándome contigo, Bill? Dime.
— ¿Estás seguro de tomar esta decisión, hijo?
— Sí papá — respondí sin mirarlo, observando la puerta de su cuarto, que más que una simple habitación parecía un despacho. Con su clásico escritorio de roble y unos sillones elegantísimos de Suecia, regalo de un viejo amigo y socio.
— Así que irás a estudiar a Nueva York… No veo lo asombroso en esas Universidades públicas, Tom. Aquí puedo asegurarte una inscripción en la más cara de…
— Papá — intervine agobiado, fijando mis ojos en los suyos —, ya hemos hablado de esto. Quiero valerme por mí mismo, no depender de tu dinero y tus contactos. Quiero ganarme mi título con estudio y sacrificio, sin tu apellido o tu referencia — formuló una mueca de disgusto.
— Pero tú te mereces solamente lo mejor, Thomas. Mira a Bill…
— Bill está acostumbrado a todo esto, pero no ocurre lo mismo conmigo, papá.
— No habrá manera de cambiar tu opinión.
— Totalmente — asintió resignado.
— Verás a tu madre, algo que es completamente válido — asentí desviando la mirada de nuevo. Adosé el peso de mi cabeza en mi puño cerrado, mirando sin mirar nada en particular. Si él supiera la verdad… Si él supiera que Bill estaría mejor sin mí, que él sería un grandioso abogado y el orgullo del apellido Kaulitz. Lo amaba, y no era por nadie más que tomaba esta decisión que por él. Quería amarlo, pero él no podía amarme a mí.
.
Me volvió al mundo real con sus dulces gemidos bien pegados a mi boca. Yo tenía los ojos fijo en los suyos, apretándolos de vez en cuando por los fuertes espasmos de placer.
Lo sentía tan cerca, tan bien. Recordar aquellas épocas en las que tuve que superar uno de los dolores más fuertes de mi vida me hacía sentir un poco de empatía. Me identificaba de algún modo con aquel Thomas, dado que ahora mismo podría alejarme de Bill si es que eso lo ayuda a prosperar o a hacerse más fuerte. De hecho, veo los frutos de aquella decisión. No sólo en el ámbito laboral, sino también en lo personal. Bill es lo suficientemente fuerte como para plantarse ante el mundo si es necesario y decir: ‘Aquí estoy, mírenme’. Y me siento orgulloso de eso.
Al mirar sus ojos, veo tan lejos a aquel Bill que solía conocer, de quien me enamoré. Con esa inocencia e ingenuidad calcada en su carita angelical siempre sonriente. Pero si llegas a conocerlo en la actualidad, viendo lo que realmente es; verás todo eso de vuelta. Ahora lo veo. Aquel niño que me enloqueció.
Y sigue enloqueciéndome. No duden de eso. Su voz, sus gestos, su forma de caminar, el sonido de su risa; son pequeñeces que me enamoran de nuevo.
Gemí su nombre separándome de él… ¿Qué acabo de pensar? ¿Me enamoran? No. Nada de él me enamora, en absoluto. No. ¡No!
— Ven — susurré tomando su cintura con firmes manos; él me abrazó por el cuello y así rodamos por el suelo, justo arriba de nuestras camisetas y pantalones. Mordí mi labio inferior cuando reanudó casi de inmediato el movimiento impecable que llevábamos hasta hace unos segundos. Ahora yo exploraba su espalda y sus brazos a pura libertad. Su cuerpo encorvado sobre mí, con su boquita soltando jadeos y gemidos contra mi cuello y su cabello haciéndome cosquillas por el viento. La luna continuaba acompañándonos como desde el inicio lo hacía y el agua no dejaba de renovarse, de cambiar, de evolucionar.
Dios… ¡Quisiera saber qué carajos me está pasando ahora! ¿Qué es lo que estoy sintiendo? Dije que no era ese amor que solía sentir hace cinco años, así que no es amor específicamente. Pero, ¿y entonces? No entiendo; no me entiendo.
Se enderezó sobre mí, sosteniéndose en sus firmes piernas blancas y delgadas. Acarició con sus uñas mi vientre y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Su cabeza tapaba la luna, dejándome ver su armonioso rostro a la perfección. Yo sólo seguía sujetando su cintura, no interesaba nada más que él y yo. Y fue cuando lo vi así, cuando me miró así, de esa forma tan… tan inexplicable, que comprendí. ¿Qué comprendí? Sencillamente todo. Al mirar sus ojos y ver lo esencial de él, volví a encontrarme con el inicio de todo.
— Estoy nervioso, mamá. ¿Cómo más podría estar ahora? Para empezar, esta casa es diez u once veces el tamaño de la nuestra. Después, papá viste traje Armani diariamente, como yo uso mis pañuelos. Y para finalizar, conoceré a mi hermanastro que ha de ser igual o peor que él.
— Suenas aterrorizado, bebé.
— Es que ya no son nervios, o ansiedad; ahora es terror, es pánico, ¡es mucho miedo!
— Bebé, escúchame — callé ante su pedido soltando una gigantesca bocanada de aire podrido. —. Tu hermanastro tiene quince años, ¿qué tan aterrador puede ser conocer a un adolescente, a un niño prácticamente? — Medité eso todo el viaje, ¡todo el maldito viaje, joder! —. Además él debe estar igual que tú.
— Maldición, mamá.
— ¡Thomas! — Rayos… —, nada de maldiciones.
— Lo siento, pero es que…
— ¡Tom, te presento a tu primogénito! — exclamó desde las escaleras de enfrente Jörg bajando pintorescamente. Junto a él descendía un muchacho con los ojos pintados de un negro salvaje y unas ropas al más puro estilo Rolling Stone, con su cabello pintado de rubio en unas cuantas mechas y en un corte desmechado cayendo por sus ojos, los cuales eran idénticos a los míos, debo admitir. —: Bill.
— Hola — saludó finalmente frente a mí y creí que hablaba con una especie de ángel celestial.
— Hola. Amm… Soy Tom — titubeé.
— Sé quién eres — dijo sonriendo y acabó de conquistarme —. Un gusto, Tom — Estrechamos nuestras manos y una sensación tan extraña y desconocida me invadió por dentro. Su mano, su piel… No sabría describirlo.
— ¡Hijo! ¿Por qué no me respondes?
— Oh, mamá. Emm… luego hablamos, ¿sí? Te quiero — Corté guardando mi teléfono en el bolsillo de los jeans. Me concentré en sonreírle al maravilloso ser que tenía enfrente. Y lo mejor era que él me correspondía ese gesto y era sencillamente perfecto.
Fue como esa primera vez que lo vi, sin conocerlo en absoluto presentía que habíamos vivido toda una vida juntos, el tiempo suficiente como para asegurar conocerlo y sentirme seguro a su lado.
Oh… Maldita sea. Acabo de darme cuenta de lo que está ocurriendo aquí. Créanme que se siente maravilloso, pero es algo desastroso dadas las circunstancias. Esto no era ese amor del comienzo, de hace cinco años atrás… No era ese amor de adolescentes, no estaba enamorado como aquella vez. Sino que era más serio. De hecho, siento que jamás dejé de sentir ese amor, sólo que lo confundí con odio al comienzo y luego con obsesión, pero fue sólo eso, una esporádica confusión. Jamás dejé de sentir todas esas mariposas, ni dejé de querer protegerlo y hacerlo feliz… sólo me distraje de esa función.
Y contemplando el panorama de esta situación, entiendo que estamos haciendo el amor, o que al menos yo estoy haciéndole el amor.
No puedo ya negarlo, es absurdo y tonto. Puedo negárselo a él o a todo el mundo si es necesario, pero no puedo negármelo a mí, sería como engañarme con uso de razón; es patética la sola idea.
Porque estoy enamorado de mi hermanastro. Eso mismo. Y jamás dejé de estarlo, nunca dejé de sentir este inmenso amor; por el contrario, cada día creció más y más. Por eso no se parece a aquellas veces en que andábamos juntos como pareja, porque ahora ese amor se hizo más fuerte. Yo lo amo más que antes, mucho más. Sería capaz de hacer cosas extremas por él, lo daría todo por él. Y fíjense qué ironía es esta, que caí en mi propia trampa. Acabo de perder (mentalmente) esa apuesta que idee para que ÉL perdiera, para que ÉL se enamorara, para divertirme con ÉL. Yo he perdido, aunque aún no oficialmente. Pero me enamoré de él, y eso habla por sí solo.
Me enderecé sorpresivamente en mi sitio, quedando sentado y con mi rostro a sólo centímetros del suyo, sorprendido por mi acercamiento repentino.
— ¿Qué ocurre? — preguntó sonriendo, algo agitado. Yo remojé mis labios acercándome más. Mis manos tomaron posesión de su espalda, subiendo por ella con mis dedos totalmente extendidos, hasta dar con su nuca. Allí hice una leve presión y apoyé su frente contra la mía. —. Tom…
— Estoy enamorándome de ti.
— ¿Qué? — preguntó riendo —. ¿Ahora hablas español? Eso es trampa.
— Olvídalo — rió abrazándose a mi cuello y suspiró haciendo más lento el sube y baja de su cuerpo sobre el mío. —. Bill… — gemí y aspiré el aroma que emanaba su piel —. Quiero amanecer contigo aquí.
— Hagámoslo entonces.
Continúa…
Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.