«Apostemos» Temporada II

Capítulo 23: Conoce a tus enemigos

— Espero que la estadía aquí haya sido agradable.

— Ni lo dude, Helga. Estoy muy agradecido por esta semana aquí; conocerla fue un enorme placer.

— Digo lo mismo — Me recibió en sus brazos fraternalmente, y me dejé regocijar en el calor de estos. —. Ojalá puedan volver muy pronto.

— Volveremos en cuanto los juicios acaben, lo prometemos — expresó Tom a un lado.

— Mucha suerte con eso precisamente — asentí agradecido y nos separamos —; lo lograrán.

— Gracias por todo, mamá. Te amo.

— Hijo mío… — musitó casi sin palabras abriendo sus brazos ahora a mi hermanastro. La escena fue tan conmovedora que casi llegaba a llorar, pero me contuve. —. Te amo — Se alejaron y permanecieron con sus miradas conectadas unos breves segundos hasta que Thomas tomó sus maletas como costándole hacer cada movimiento. Yo llegué a comprenderlo; si se tratara de mi madre, sería difícil volver a alejarme de ella. —. ¡Que tengan un buen viaje!

Luego de bajar del avión y ser recibidos por el auto familiar, con John al volante, la misma imagen que se reproducía tras la ventanilla volvía a entretenerme otra vez y hacerme pensar. Los mismos árboles, las mismas casas… Era el principio de Alemania.

Había echado tanto de menos mi país, y sin mencionar a mi círculo de personas importantes. Extrañaba exageradamente a mi padre (a pesar de haber estado comunicados permanentemente por teléfono celular), a Susan, a Georg, a Marcel y hasta a Andreas. Añoraba encontrarme de nuevo con el estudio y mi oficina, con Albert y mi trabajo rutinario de vuelta.

Ahora estrenaría una nueva manera de pensar, algo más relajado y tranquilo. Solamente quería abrazar a mi padre y sentirlo a salvo entre mis brazos. Sabía que se encontraba bien porque hablamos minutos antes de subir al avión, pero el miedo estuvo presente toda esta semana. Hoy era lunes, y a las siete de la tarde todo podría cambiar… todo podría empeorar.

— Mamá sabe de lo nuestro — enunció Thomas devolviéndome a la realidad.

— ¿A qué te refieres?

— Nuestra relación — Volteó sus ojos hacia mí y guiñó uno de ellos. —, lo sabe todo.

— ¿¡Qué!? — procuré no elevar la voz ni llamar la atención de nuestro chofer. —, ¿cómo?

— Es demasiado astuta y me conoce de sobra.

— Jesucristo… — me lamenté y su mano acarició mi rodilla con suavidad.

— Lo aceptó de maravilla.

— ¿Hablas en serio?

— Totalmente. Ella me ve feliz y eso le basta y sobra — No pude evitar mostrarle una sonrisa.

— No me imaginaba algo así.

— Ni yo — rió

— Hemos llegado, señores — anunció el chofer bajando del vehículo.

— Al fin… — susurré haciendo lo mismo por mi puerta.

Observé la fachada de la casa con una sonrisa de lado. Los guardaespaldas abrieron la reja del porche y avancé sin dudarlo, oyendo los pasos de Thomas tras los míos.

— ¡Bienvenidos de nuevo! — dijo Jimmy abriendo la puerta de la casa y haciendo un gesto amable con sus manos.

Aquel aroma me invadió por dentro. Mi casa, mi hogar… nunca había estado tan feliz de estar allí. Todos los adornos y los muebles de madera. Las cortinas en los ventanales enormes que daban al jardín.

— ¡Papá! — grité observando nada más que la cima de las escaleras. Esperaba verlo bajar con su pijama de entre casa y sus lentes de lectura.

— ¡Papá, llegamos! — Ahora fue Tom.

— ¿Dónde está él, Tom?

— Supongo que arriba — fruncí el seño —. ¡Susan! — exclamó contento al verla salir de la cocina anonadada.

— ¡Chicos, qué grata sorpresa! — Se saludaron con cariño y algo de entusiasmo, a pesar que la relación entre ellos no era tan estrecha como conmigo. —. ¡Mi pequeño Billy! — Yo no pude decir palabra alguna, sólo me limité a abrazarla con fuerza y a sonreír. —. ¿Cómo has estado?

— Fantástico. Te extrañé muchísimo — Soltó una exclamación entrañable y unas cuantas lágrimas.

— ¿Dónde está mi papá? Quiero verlo.

— Tranquilo, Bill — dijo Thomas palmeando mi hombro.

— Quiero verlo — repetí.

— Entonces voltea — Me sorprendió la voz de quien buscaba a mis espaldas.

.

By Tom

— ¡Papá! — Ambos se fundieron en un efusivo abrazo, con llanto y risa al mismo tiempo. Noté a mi hermano aliviado, como sacándose un gran peso de encima. Y Jörg lucía espléndido, tan vivaz y animado que llegaba a contagiarle a uno ese ánimo.

Susan secaba sus lágrimas de emoción al contemplar tal imagen. Después de tantos años de conflictos y enfrentamientos, ¿quién diría que ese abrazo llegaría a concretarse?

— Perdón papá, perdóname.

— ¿Qué? — Oh, no…

— Perdón por todo…

— ¿Qué dice? — me preguntó confundido.

— Nada, nada. Debe ser el cansancio del viaje y, bueno… te echó mucho de menos — Ojalá aquello haya sonado convincente, aunque a juzgar por la mueca de mi padre y Susan, la actitud de Bill llegó a preocuparlos.

— Señor, ¿subimos las maletas a los cuartos?

— Sí, por favor — le afirmé a Jimmy.

— Cuéntenos, ¿cómo les fue?

— En la cena les contaremos todo con lujos y detalles — dije contento. Bill seguía actuando algo extraño, llamando la atención de nuestro padre. —. Tengo que hacer una llamada.

— ¿Apenas llegas y ya te pondrás a trabajar?

— No papá, llamaré a mi madre para avisarle que ya estamos aquí — mentí.

— De acuerdo. Estaremos en la cocina — comunicó y asentí alejándome hacia la puerta que daba al jardín. Ahí podría hablar tranquilo.

Al salir, me senté en una de las sillas de mimbre y empecé a manipular el aparato.

— Diga.

— Georg, disculpa la interrupción. ¿Dormías? — pregunté aunque era aún temprano.

— ¿Thomas? ¿Ya están de vuelta? — ignoró mi pregunta.

— Sí, llegamos hace un momento.

— Imagino que concretaremos lo pactado esta misma noche, ¿cierto?

— Ganas no me faltan, ¿pero qué hay de ti?

— Paso a buscarte en media hora. Inventa algo — Aquella había sido respuesta suficiente.

— De acuerdo, aquí te espero. Ah, Georg — recordé.

— Dime.

—, ¿tienes lo que te pedí?

— Lo tengo — aseguró y cortó la llamada.

— No puedo creerle a los oídos que te escuchan…

— Creas o no, es así. Desde luego, Bill se siente totalmente culpable porque, de cierta forma, todo esto comienza el día en que la policía arresta a esos tipos en el peaje de Berlín.

— Sí, pero también es muy valedero que Bill se deshizo al fin de esos sujetos — asentí —. Oye, no creo que haya alguien ahí dentro — murmuró mirando por la ventanilla en dirección a la casa precaria que se lucía del otro lado de la calle. El único faro que alumbraba aquel barrio desolado, era el que se situaba justo en donde habíamos aparcado, los demás se veían dañados por pedradas o falta de mantenimiento. —. Seguro se mudó.

— No, mira — dije apresurado cuando una de las ventanas se iluminó del lado de adentro —. Está ahí.

— ¿Y si no es él?

— Es él. Estoy seguro — Desabroché mi cinturón de seguridad y le quité el seguro a la puerta.

— ¡Espera! Vamos a quedarnos aquí hasta que salga, y luego lo interceptamos.

— No. Iré ahora mismo — dije con determinación y salí del carro. El aire frío no me detuvo a pesar de mi liviana vestimenta.

En el borde de mis jeans, bajo la sudadera, se encontraba el revólver listo para ser disparado contra aquel sujeto si llegaba a pasar algún límite.

Me detuve frente a la casa, a unos cuantos metros de la puerta. No iba a ser tan gentil de tocar el timbre y esperar pacientemente, no.

— ¡Schäfer! — grité —. ¡He venido a arreglar algunos temas contigo, cobarde! ¡Da la cara! — Ningún movimiento o cambio. Había alguien ahí adentro, la luz lo había delatado. Pero ese alguien estaba tomando la opción equivocada si no salía en breve. —. ¡O sales, o entro, tú escoges! — De repente, la luz que se había encendido en la ventana lateral, ahora se apagaba.

No pude esconder mi sonrisa de satisfacción al lograr mi cometido.

La puerta hizo un sonido de llave, en la cerradura, y al abrirse nada se divisó. La penumbra era absoluta.

— Me gustaría decir que es una sorpresa tu visita, Trümper, pero estaría mintiendo — La silueta del sujeto era confusa, pero cuando avanzó unos cuantos pasos hacia afuera, pude verlo a poca distancia de mí. —. Tan predecible como tu hermano.

— ¡Ven aquí, bastardo! — Lo tomé por el cuello de su cazadora de cuero y lo arrastré calle arriba, hacia el auto. Georg se hallaba recostado en el capot del mismo y al ver la escena, se alarmó mirando al sujeto —. Hoy arreglaremos algunos asuntos.

— No creo tener ningún asunto en común contigo… Hola, Georg — saludó a mi acompañante con una mueca extraña.

Georg no pudo resistirse y lo pilló por el brazo con zafiedad, haciendo que el tipo soltara un gemido de dolor y su cuerpo formara un ángulo recto, con su pecho y perfil contra el capot del auto sin remedio alguno.

— Mi hermano.

— ¿Tu hermano es un asunto?

— No te quieras pasar de vivo conmigo, Schäfer.

— No, desde luego que no. No me gusta subestimar a las personas, Thomas. ¿Y a ti? — Estaba empleando un tono cínico que me resultaba insoportable. —. Sabía que vendrías.

— ¿Quién subestima a quién ahora? — dije.

— Para nada. Yo sólo me tomé el atrevimiento de conocerte un poco. Ya sabes, conoce a tus enemigos.

— No tienes ni puta idea de quién soy — sentencié inclinándome casi a su altura para poder mirarlo a los ojos fijamente.

— No, pero sé cómo obras — rió por lo bajo —. Te estaba esperando, pero no pensé que vendrías acompañado — dijo —. Yo no vivo aquí desde hace algunas semanas, Trümper, pero veo que tu detective no actualizó esa información — lo miré atónito —. No te sorprendas, yo sé casi todo sobre ti y lo logré por mis propios medios; tú tuviste que pagarle a un sujeto para que me siguiera.

— ¡Cierra la boca, imbécil! No es por eso que estamos aquí — interfirió Georg apretando más su brazo. Eso debía estar doliendo en grande.

— ¿Y a qué vinieron?, ¿a matarme?

— No te equivoques, no soy un asesino como tú.

— Pero si yo no soy un asesino, Tom.

— ¿No?, ¡¿no eres un maldito asesino?! — vociferé.

— No — respondió, en cambio, simplemente.

— ¡¿Cuántas veces casi se muere mi hermano por tu causa, infeliz?!

— Yo no lo hice.

— ¡¿No fuiste tú quien amenazó con matar a mi padre hoy?! ¡¿Eso no es ser un asesino?!

— Los asesinos son personas que matan por azar y placer — habló tranquilamente —; a tu hermano casi lo matan sus propias decisiones, al igual que hoy, cuando tu padre muera, será gracias a las decisiones que él tomó.

— No me digas… ¿La decisión de traicionarte, según tú?

— Exacto — Exasperado, saqué el arma de donde estaba escondida y apunté directo a su cabeza.

Georg se vio obligado a soltarlo cuando yo lo tomé por la parte trasera de su abrigo y lo empujé hacia el suelo. El tipo calló al asfalto mojado entre risas socarronas que me hacía perder aún más el juicio. Me paré ante él y tuve el impulso de exterminarlo de un disparo, pero pensé por una fracción de segundo y eché esa idea en el olvido.

— ¿Esa es la teoría que te deja dormir por las noches? Después de tantos niños a los que les has cagado la vida, ¿te refugias detrás de conceptos que tú mismo has creado, gusano? ¿Qué clase de elección puede tener un crío de diecisiete años?

— Bill tuvo sus opciones, yo no lo obligué a nada — se defendió ahora más cabreado, dejando de lado su tonito irónico —. Le di a escoger entre seguir llorando la muerte de su madre y tu partida, o comenzar a actuar como se actúa a esa edad. Le hice vivir un mundo en donde no había preocupaciones ni problemas, en donde podía hacer lo que se le plazca. Él se ganó el dinero con negocios en el barrio para comprar sus drogas, yo jamás le regalé nada ya que entendía que era un simple muchacho, pero con la cordura intacta como para saber qué está bien y qué está mal.

— ¡Tú eres el causante de todos sus males, infeliz!

— ¡¿Yo, o tú?! — gritó igual desde el suelo — ¿Quién se comió el papel de hermano perfecto y luego lo abandonó, dejándolo solo? ¿Quién borró su huella del mapa cuando Bill más lo necesitaba? ¿Yo hice eso, Trümper? — Enmudecí —. No me alcanzan los dedos de las manos para contar las ocasiones en que Bill se echó a llorar como un niño pequeño y yo estaba ahí para consolarlo. Me convertí en su hermano en poco tiempo, y jamás lo decepcioné.

— No sabes cómo fueron las cosas. No tienes idea de lo que me llevó a alejarme de él.

— No me importan los motivos, y creo que a Bill tampoco le importaban — Cuando intentó ponerse de pie, una fuerte patada de Georg en la espalda hizo que se retorciera en el suelo, soltando un grito desgarrador.

— ¿Esa es tu estrategia, cierto? Usas palabras bonitas para confundir a las personas.

— Tengo… tengo una manera diferente de ver las cosas, sólo eso.

— Pues esta noche eso se acaba — Fijó sus ojos en los míos y sonrió de lado.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!