«Apostemos» Temporada III
Capítulo 9: Apariencias
— Habla de una buena vez, Sam.
— Hice unas movidas…
— ¿Dónde? — No respondió. Miré a Nicolás con impaciencia, y él me pidió que me calmara con una simple mirada. —. ¿Dónde, Sam?
— ¡No era la zona de Santos, lo juro!
— ¿Entonces? No veo el problema si es así — dije continuando con las cuentas sobre los gastos y los ingresos que habría en la semana.
— Es que quise sacar más dinero de lo que el negocio me dejaba, y de hecho lo hice.
— ¿De cuánto estamos hablando? — preguntó Nicolás.
— De veinticinco mil.
— ¿Y cuánto sacaste de provechoso?
— En total saqué cuarenta mil — Levanté la mirada al escuchar semejante disparate.
— ¡¿Qué?! — exclamé y Sam saltó en su sitio del susto—. ¿A quién se supone que cagaste de tal manera? Me imagino que a alguien muy ingenuo.
— No del todo… Confió en mí y en mi mercancía, ya que tú eres mi amigo…
— O sea que cagaste a un sujeto gracias a mi nombre — Le di un golpe a la mesa en donde estaban todos los papeles y me puse de pie para buscar un poco de paz caminando por la cocina sin rumbo.
— Lo siento…
— Tú no eres más idiota porque no terminaste los estudios — dijo Nicolás entre dientes, tomándolo por el cabello de su nuca y acercándolo a su rostro para que las palabras fueran más severas. —. ¿Y quién es el tipo?
— Sí. Di el puto nombre de una vez — dije nuevamente, apoyando mis manos en el respaldo de la silla donde antes estaba sentado.
— Joshua — Nicolás le dio un golpe a la mesa y tapó su boca con rabia, con ganas de matarlo literalmente.
— ¡Yo te voy a asesinar, pendejo de mierda! — grité lanzando la silla lejos, haciéndola chocar contra una de las paredes cercanas.
— ¡Por favor, Gustav, cálmate!
— ¡¿Qué me calme?! ¡Te mereces la peor de las muertes, Rogger! ¡Me jugué las bolas por ti, maldito!
— ¿Tú te acuerdas quién es Santos, cierto? — preguntó retóricamente Nicolás, en un tono de voz más calmado, pero no menos furioso que yo.
— Yo sé… ¡Sé que me metí en un gran lío, hombre!
— ¡Tú me vales madres, idiota! — grité de nuevo—. ¡El tema somos nosotros dos, que fuimos a dar la cara por ti para que ahora te mandes otra de tus cagadas!
— Eres un novato, Sam, y lo sabes. ¿Cómo mierda se te ocurre cagar a un tipo de Santos? ¡Encima poniendo como referencia el buen nombre de Gustav!
— ¡Dios santo! — exclamó. Cubrió su rostro y sollozó un largo rato, como un niño que no quiere quedarse solo en el kínder y pide por su mamá. —. Me van a matar, me van a matar… Y a ustedes…
— Lo que nos pase a nosotros, a ti no te interesa — cortó Nicolás—. No te importó cuando decidiste guiarte de tus ambiciones, así que no finjas ahora, ¿vale?
— Sí que me importa… Yo no pensé que iba a pasar todo esto.
— Pero pasó — corté tragando mi bronca. A pesar de todo, lo veía como a un hermano menor. Los hermanos se mandan macanas, pero éste se había excedido. Normalmente los hermanos menores roban un caramelo y viene el kiosquero a reclamarte el dinero; pero Sam había cagado a un colega de uno de los narcotraficantes más poderosos de Alemania y Europa entera. Ahora ese sujeto tiene dos opciones: puede mandarlo a matar a él, o matarme a mí. O peor aún, puede sacarme la protección policial. ¡Ash! ¡Puede hacer tantas cosas! —. Y él no te va a matar. Si alguien tiene que ponerte una bala en la cabeza, seré yo.
— Mientras tanto, no vas a volver a ejercer — dijo Nicolás y asentí de acuerdo cuando Sam me miró buscando apoyo.
— Estoy totalmente de acuerdo.
— Pero…
— ¿Qué? ¿Encima tienes requisitos?
— ¡Pero saqué a pagar muchísimas cosas! ¡Necesito dedicarme a esto!
— ¡Te jodes, pendejo! — grité acercándome a su posición y pegándole un tirón de su camisa hacia atrás. Iba a matarlo, ¡juro que lo mataría…! Pero no podía.
— Lo siento tanto… — repetía una y otra vez. Yo me crucé de brazos cerca del marco de la puerta, pensando en alguna solución o milagro divino. —. Prometo que esta vez haré las cosas bien aquí en el barrio. Volveré a ganarme tu confianza — Mis oídos se pusieron al pendiente de la televisión en la sala cuando escuché al conductor del noticiero nombrar a Jörg Kaulitz. —, y me haré desde abajo, con humildad. Lo prometo. Así debió ser desde un comienzo, lo sé…
— Cállate — dije frunciendo el seño y yendo hacia el living.
— Transmitiendo desde el hospital Frönk, a dos kilómetros de la ruta sesenta y dos. Noticia de último momento — Nicolás se paró a mi lado, también pendiente de la noticia. —. Durante la madrugada de hoy, el licenciado Thomas Trümper sufrió un grave accidente al perder el control de su vehículo cuando iba a chocar contra un camión de carga. El Cadillac que manejaba el licenciado quedó irreconocible carretera abajo, cuando colisionó contra un árbol
— Por Dios… — susurré tapando mi boca de la impresión. La pantalla estaba dividida en dos; de un lado el reportero en la puerta del hospital, y del otro las imágenes del vehículo.
— Recordemos que recientemente, el licenciado acaba de triunfar a favor del ingeniero Albert Cortez, junto con su hermano William Kaulitz en un juicio polémico. Del éxito, a la desgracia, hoy el famoso abogado se debate entre la vida y la muerte — Un escalofrío me recorrió entero cuando oí eso. —. Dentro del hospital se encuentra su padre, Jörg Kaulitz, su hermano, su pareja Richael Karrent y colegas del estudio jurídico — Ni siquiera me interesó oír el nombre de Richael; sólo me interesó lo mal que la debía estar pasando mi amigo.
— Tenemos que ir, Nicolás — dije sin mirarlo mientras me calzaba la cazadora de un tirón y buscaba cosas básicas, como mi teléfono y mis cigarrillos.
— ¿Disculpa?
— Bill nos necesita — dije apurado y me detuve a observarlo. Cruzado de brazos y Sam a su lado.
— ¿Fue Bill o Thomas quien tuvo el accidente?
— Creo que lo oíste bien, ¿o no?
— Es que no me entra en la cabeza cómo es que irás a ver al hijo de puta que te golpeó hasta el hartazgo con el otro idiota de Listing — reprochó en un tono que no acostumbra usar conmigo.
— Sé lo que me hicieron, pero ahora quiero olvidarme de todo e ir a apoyar a mi hermano del alma.
— Pues a mí no se me olvida tu brazo roto, el labio partido y esa bala que casi te meten por el culo — insistió.
— No puedo creer lo que escucho — dije atónito y desilusionado—. Yo no tengo familia, tío. He pasado la mitad de mi vida extrañando a mi madre y a mi hermana. Pasé la mitad de mi maldita vida preguntándome por qué es que un niño tiene que crecer de golpe y hacerse hombre — Sentí los ojos frescos y cada una de mis palabras salían con odio desde adentro. —. Y hoy en día estoy solo, ¿sabes? No tengo madre, ni padre, ni hermana, tampoco hijos, o alguien a quién amar. Todo lo que tengo son amigos — Una lágrima calló por mi mejilla y sentí muchísima furia por ello. No era mi intención que me vieran llorar, pero ahí estaba. —. No me importa enfrentarme a quien sea para defenderlos… Aunque se trate del narco más poderoso del país — Sam levantó la mirada del suelo y me miró avergonzado. —, y aunque me caguen una y mil veces — dije ahora mirándolo también—, pondré la otra mejilla — Palmeé mi perfil derecho y me incorporé, secando las lágrimas de mis ojos. —. Y justo ahora quiero olvidarme de todo eso, y estar ahí para Bill. Y si tú no opinas igual que yo y te guías por rencores, es una verdadera pena — Nicolás desvió la mirada hacia un lado, manteniendo su expresión dura y reacia. —. No pensé que tendrías esta postura. Yo, sin embargo, no pienso así.
— La policía te está buscando — recordó sobre mis palabras. Yo sonreí de lado y tomé las llaves de mi auto.
— Me vale madres la policía. Sólo me interesa mi amigo — repetí y me fui hacia la puerta.
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By Georg
Las horas pasaban, mi estómago lloraba del hambre y los nervios, mi saco a un lado, la corbata por la mitad de mi pecho y mi camisa arrugada. Mi cabello hecho una coleta y mis uñas mordidas llegaban a dar impresión. Los médicos pasaban, las enfermeras igual, y nadie me daba algún dato. De todos modos, si quisieran no podrían, ya que no soy un pariente cercano. De todas formas tenía la esperanza de que esa enfermera Suárez pudiera brindarme algún dato útil, pero nada.
En el bolsillo del sacó busqué mi móvil y apreté una tecla cualquiera para ver si había algún mensaje o llamada perdida. Nada. Sarah no me había dado señales de vida. Bien, todo estaba perdido entonces.
Me lamenté en voz baja, porque a las molestias en el estómago se le sumaba una peor en el pecho. Me había entregado por completo a una mujer por primera vez, y tuve que decirle adiós. No sabía si era un patán o un pobre cretino.
— ¡Georg! — exclamó a mi izquierda Jörg. Atrás de él venía Bill, Susan y Andreas. Me alegré al verlos al fin; era demasiada presión para mí solo.
— ¡Jörg! — Éste me dio un fuerte abrazo, como jamás lo había hecho.
— Sabía que podía confiar en ti… — susurró antes de soltarme y permitirme saludar a los demás. —. Cuéntanos.
— Thomas chocó contra un árbol cuando esquivó a un camión en la ruta, esta madrugada.
— ¿Ruta? — musitó Jörg.
— Exacto. Y la lluvia no ayudaba en nada.
— No caigo en lo que dices — Se sentó en una de las sillas de plástico y tomó su cabeza, encorvando su espalda. —… Mi bebé
— No puedo creer que esto esté pasando… — sollozó Bill—. ¿Y cómo está? ¿Alguien te dio alguna información?
— Una enfermera me trajo aquí y me dijo que estaban reanimándolo con electrochoques.
— Dios mío — dijo tapando su boca con manos temblorosas. Esa señora Susan lloraba y lloraba, sentada a una silla de distancia de Jörg.
Yo volví a sentarme en mi lugar y busqué tranquilizarme, porque si nosotros no conservábamos la calma, no aportábamos nada en absoluto a la situación.
— Te confieso que cuando el guardia del salón me dijo que te fuiste con una mujer, llegué a sentir odio — dijo Jörg mirando hacia el frente—, pero en el fondo sabía que podía confiar en ti — Clisó su mirada con la mía y me sonrió, palmeando luego mi espalda. —. Gracias, Georg.
— No hay de qué. Hice lo que debía hacer.
— Hablo en serio. No encuentro palabras de agradecimiento. Estuviste presente para Bill, y ahora lo estás para Tom — Sonreí al verlo desde ese punto de vista.
— Sus hijos son propensos a meterse en líos de estas características — dije intentando poner humor al momento—. Gracias a usted por confiar en mí — Él asintió sonriendo a pesar de sus mejillas mojadas.
— Hay que avisarle a Helga — dijo Bill parándose frente a su padre, entonces presentí que se aproximaba una pelea.
— No, de ninguna manera.
— ¿Disculpa? Es su madre, y tiene derecho a estar aquí junto a él.
— En cuanto Tom muestre alguna mejoría, me lo llevaré a nuestra clínica privada y estará bien, ¿para qué las molestias?
— ¡No son molestias, papá! — dijo indignado—. Tom quería que su madre estuviera anoche en tu estúpida fiesta, y no estaba. Creo que en una situación como esta, también la necesitaría — Jörg continuaba negando sin mirarlo a la cara, firme en su postura. —. De todas formas no te pregunté nada. Lo haré aunque estés en desacuerdo. Esto no se trata de ti, sino de Tom.
— ¡Por favor, William! Vive al otro lado del mundo. ¿Cómo vendrá hasta aquí?
— Me encargaré de que tome el primer vuelo que salga desde Nueva York hacia Alemania y será cuestión de un par de horas — reparó—. Algún día ibas a tener que enfrentarte a los fantasmas de tu pasado, Kaulitz — soltó antes de alejarse a llamar a esa mujer.
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By Bill
Esperé a que Helga respondiera a mi llamado del otro lado del teléfono. Dios sabía cuán complicado era darle una noticia así a esa mujer. Además, era inevitable sentirme culpable por el estado de Thomas.
Había sido egoísta, había actuado como una basura. Vi a mi hermano llorar a mi lado y sequé su lágrima. Esa lágrima que yo causé con mis actitudes. Di por terminada una especie de relación y quise hacer borrón y cuenta nueva, pero él tenía sus tiempos, y yo no supe respetar. Lo traté como a un hermano común y ordinario e hice de cuenta que me había olvidado de tantos momentos vividos.
— ¿Hola? — Tomé aire y me armé de valor, pero no era suficiente. —. ¿Quién es?
— Helga… Es Bill.
— ¡Billy! Qué alegría escucharte. ¿Cómo estás? — Me mordí el labio inferior y suprimí mis ganas de colgar y evitarle la mala noticia. —. ¿Estás ahí, Bill?
— Sí, Hel… Llamo para contarte algo que no va a alegrarte.
— ¿Qué pasó? — preguntó cambiando su tono de voz—. Por favor, Bill, me preocupas.
— Thomas tuvo un accidente…
— ¡¿Qué?! ¡Mi pequeño! ¿Cómo está? ¿Qué pasó? — Me avasalló a preguntas sonando desesperada.
— Tranquila, Hel, por favor — pedí—. Él está en el hospital y todos estamos con él. Te estoy llamando porque creo que lo mejor es que tú estés aquí — Oí que lloraba al otro lado y me sentí impotente por no poder abrazarla y calmarla. —. Por favor, no llores.
— ¿Cómo iré? No tengo ahorros, ¡y mi niño me necesita ahora mismo!
— Por eso no te preocupes en lo más mínimo — aseguré—. Ahora mismo llamaré a mi secretaria y va a hacer una reserva a mi nombre para el primer vuelo que venga a Alemania. Cuando hayas llegado a Hamburgo, mi chofer te recogerá y te traerá al hospital.
— ¿Harías eso, pequeño? — Sonreí tiernamente.
— Haría eso y mucho más, Hel. Cuando tenga el pasaje de avión reservado, te enviaré un mensaje de texto con mis datos para que lo abordes sin problemas.
— ¡Muchísimas gracias, de todo corazón!
— No digas más. Empaca algunas prendas y prepárate porque en un par de horas tendrás que ir al aeropuerto.
— De acuerdo, me voy a preparar.
— Aquí te espero, y no te desesperes — La comunicación terminó y sentí haber hecho algo bien.
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— No es el momento para andar peleando con tu padre — Abrí los ojos y suspiré. Estaba sentado en una de las sillas con la cabeza apoyada en la pared de atrás. —. ¿Quieres café?
— Gracias — Agradecí agarrando el vasito de plástico que me extendía Susan.
— ¿Qué pasa con ustedes?
— Yo quisiera que todo fuera muy diferente, Su — reconocí revolviendo la infusión—, pero no lo es.
— ¿A qué te refieres, aparte de lo de Thomas?
— Es que eso está incluido de una u otra forma. No me refiero sólo al accidente, sino a todo — Respiré profundo y bebí un poco. El líquido caliente rodeaba mi estómago vacío y creaba una sensación muy agradable. —. Me gustaría que los dos podamos tener una relación de simples hermanos y llevarnos bien con nuestro padre… Ahora lo veo tan lejano…
— Ustedes nunca fueron muy hermanos que digamos — susurró para que ninguna de las otras personas pudiera escuchar—; pero es cuestión de hablarlo y hacer las cosas de a poco. Yo pienso que ahí fallaron. Quisieron hacer de cuenta que no pasaba nada, y no era así — reí desganado.
— Es exactamente lo que pienso yo.
— ¿Y por qué hicieron las cosas así?
— Porque en el momento creí que sería lo mejor… ¿Sabes?, en el momento en que Andreas dijo lo de casarnos frente a todos, tuve la certeza que la reacción de Thomas sería enojo, tristeza, y luego resignación. Pero creí que sería todo de una sola vez y ya. Jamás imaginé que llegaría todo hasta este punto — Negué con la cabeza y bajé la mirada al suelo.
— No quiero creer que te estás sintiendo culpable — No respondí. —. Mi cielo… — Su mano de madre acarició mi rostro con pena, compadeciéndose. Quise llorar como un niño pequeño, pero en lugar de eso sólo tomé más café, queriendo que con cada trago ese nudo en mi garganta se evaporara. —. Pero si tú no eres culpable de nada, Billy. Las cosas suceden por algo, y esto no fue más que un montón de causas y consecuencias.
— Lamento no verlo así — Me dije a mí mismo. —. Mira, te quiero pedir disculpas, Su. Últimamente no fui…
— No importa ahora — dijo sin dejar de sonreír—. Todo está bien — Sonreí agradecido y mirándola, se me cruzó el final del pasillo a lo lejos, y dos sujetos de características familiares se acercaban a paso seguro. Agudicé la mirada hacia ellos y sonreí incrédulamente.
— No puedo creerlo… — susurré antes de ponerme de pie e ir por ellos.
— ¡Hermano! — manifestó Gustav antes de abrazarme fuerte. Cerré mis ojos y me regocijé en aquel gesto, bajo la mirada atónita de todos aquellos que lo conocían de mi pasado…
— Qué bueno que estés aquí.
— No podía fallarte en esta — Nos separamos y abracé igual a Nicolás.
— A ti sí que no te esperaba en absoluto.
— Fue difícil convencerme, debo admitir — reconoció en medio del abrazo.
— ¿Qué rayos hacen aquí estos dos sujetos? — interrogó mi padre a mis espaldas. Noté la incomodidad de Gustav y la sorpresa de Nicolás. Aquello me molestó de sobre manera. —. Retírense ahora mismo, por favor.
— Disculpe señor, pero nosotros venimos por Bill — habló Gustav y preferí ser yo quien lo hiciera entrar en razón a mi padre.
— Muchachos, aguárdenme un segundo — Ambos asintieron de acuerdo y fueron a saludar al resto de nosotros. Miré a mi padre con recelo, adoptando una posición distante con mis brazos cruzados. —. ¿No sabes ver la buena predisposición de la gente?
— Veo que ese sujeto quiso matarme, ¿o te olvidaste de eso? También te quiso matar a ti, y de hecho te mató por dos años — Lanzó como si tuviera todo un monólogo preparado.
— En primera, yo me drogué por mí mismo. Nadie me puso la droga en la cara y me obligó a hacerme adicto — aclaré—. Y en segunda, no. No lo he olvidado. Y recuerda que yo maté a su colega también…
— ¡No puedo creerlo! — exclamó indignado, alzando sus brazos totalmente teatrero en su lugar.
— ¡Sé que no lo justifica! Sólo intento que entiendas que ese asunto está totalmente cerrado. Estás aquí, ¿no?, siquiera te pusieron un puto revólver en la cara, como a mí — Silenció sus quejas después de esto. —. Gustav cambió
— No puedes ser tan ingenuo, William.
— ¿Por qué dices eso? ¿No eras tú acaso el que creía ciegamente en el cambio de las personas? — dije con sarcasmo.
— ¡Sí! Pero me refería al cambio en las actitudes, no en el cartel que ya tienen de por vida.
— ¿De qué hablas ahora?
— ¡Es un maldito asesino! — Viré mis ojos. —. Y definitivamente no quiero a esos dos sujetos cerca de nosotros, y menos de tu hermano.
— ¡Por favor, Jörg! — exclamé harto—. No finjas que esto realmente te importa. Lo único que te interesa de todo esto, es tu maldita imagen. ¡Te conozco!
— ¿Qué? — preguntó en un hilo de voz.
— No pretendas engañarme. Ahora te pones el traje de padre fatal, cuando estuviste quince años negando a un hijo — escupí—. ¡Me das vergüenza! — susurré violentamente con respeto del lugar en donde estábamos. —. ¿Cómo meter en un seno familiar perfecto a un pobretón?
— ¡¿Qué diablos estás diciéndome, William?!
— Yo, a diferencia de ti, tengo buena memoria, y te escuché miles de veces hablar con tus amigos en tu despacho acerca del polvo que se te escapó.
— Te mereces un buen golpe… — susurró con lágrimas de pura bronca empañando su visión.
— ¡Adelante! Quítate las ganas si así lo deseas, Jörg. No sería la primera vez que golpearas a un miembro de tu familia, ¿o no? ¡Siempre pretendiendo ser el licenciado ideal con su familia perfecta! — Sentí una lágrima refrescar mi rostro caliente de la bronca que sentía. Miles de reproches surgían de un momento a otro de mi interior. —. Jamás hubo nada perfecto en nuestras vidas, Jörg. Tú no eras más que un tipo que golpeaba a su mujer en la intimidad de cuatro paredes… Recuerdo los gritos y las lágrimas perfectamente, y luego aparecía la sonrisa en público. ¡Sólo eso te interesa ahora incluso! ¡Tus malditos periodistas y tu maldita imagen! — Me tomé unos segundos para sollozar libremente, sin poder aguantar más la bronca, el dolor que me nacía del alma. —. Incluso ahora que tu hijo está entre la vida y la muerte, piensas en llevarlo a un hospital privado — recordé—, y no me digas que es por su salud porque sabes bien que es mentira. Y respecto a Gustav y Nicolás…, no los quieres aquí porque tienes pánico que te relacionen con un vende droga prófugo de la justicia — Negó con la cabeza frenéticamente, secando sus mejillas. —. Sí, Jörg, sabes que es así.
— Tú no sabes lo que estás diciendo…
— Apariencias, apariencias… Eso colma tu vida. Siquiera yo, tu hijo perfecto, era feliz en tu mundo de lujos e institutos de grandes honores. ¿Nunca has entendido que eso no era lo que un niño de diez años necesitaba? — sollocé buscando sus ojos, los cuales desviaba con vergüenza—, ¿no pensaste que quizás necesitaba un poco de tu amor, un poco de mis padres felices y juntos?
— Deja de nombrar a tu madre, infeliz. Tú no te mereces siquiera tenerla en la memoria — dijo y sentí un puñetazo en el pecho—. Yo la amé.
— ¡No me hagas reír, Kaulitz! Tú jamás sentiste siquiera lástima por ella. Si recuerdo todo como si hubiera sucedido ayer… ¿Creías que no la escuchaba suplicándote que la soltaras? Y luego Susan curándole las heridas.
— Realmente estás delirando…
— ¡Siquiera te compadeciste de ella cuando se enfermó! — Ahí sí, sus ojos se posaron en los míos duramente. Esa típica mirada que era difícil de sostener. —. Aun con cáncer y todo, seguiste ninguneándola y tratándola como a una basura. Y después lloraste… — Puse mi dedo índice en su pecho como acusándolo. Mi mandíbula ya dolía de apretar tanto los dientes al hablar. Sentía las venas de mi cuello marcadas y tensas. —. Lloraste, papá. ¿Con qué cara lo hiciste? ¿Con qué cara se te cayeron las malditas lágrimas? — Negué mirándolo como se mira al peor insecto del universo entero, y casi llegaba a compadecerme de él. —. Y recién casi te opones a que llame a Helga para que venga a ver a su hijo. ¿Qué pasa, Jörg?, ¿te preocupa que tus amigos los paparazis vean a la humilde mujer que elegiste para tener a tu hijo mayor, quien hoy es tu mano derecha? ¿Te das cuenta de lo mierda que eres? Te vale madres lo que Thomas querría en estos momentos tan difíciles de su vida; te sigue interesando el qué dirán… No sabes la pena que me da. Creí que jamás actuarías de este modo. ¿Por qué no te regocijas de esto? — Señalé con mis manos al montículo de personas que aguardaban por la salud de mi hermano, a la cual se sumaba Richael que venía a paso rápido por el hall, haciendo resonar sus tacos aguja. —. ¿No ves que todos se olvidaron de sus diferencias y se unieron por una misma razón? ¿No te preguntas quién llamó a la ambulancia anónimamente? Tu hijo está vivo de milagro y tú te fijas en estas cosas tan pequeñas…
— Para mí no es pequeño que tú te involucres de nuevo con quienes te arruinaron la vida.
— ¡Y vuelves a eso! — exclamé cansado—. Además, ¿tú qué sabes de mi vida? ¿Qué sabes de mi amistad con Gustav? Tú no sabes las veces que lloré, las veces que intenté acabar con todo de una manera cobarde… No sabes de mis miedos a esa edad, ni de mis seguridades y sueños. Para esos momentos estaban ellos dos. Buenos o malos, asesinos o no. No interesa. Ellos estuvieron a mi lado, y no tú. Tú solamente me metiste en esa clínica y te olvidaste de mí hasta que salí. Así que omite la parte en la que crees saber qué es mejor para mí — Finalmente decidí voltearme e ir a donde estaban todos expectantes de la llegada de algún médico que nos diera alguna novedad.
— Lamento el mal momento.
— Olvídalo — dijo Gustav sonriendo de lado. —. Le estaba diciendo a tu amigo que me puedo olvidar de la fractura que me hizo en el brazo, pero él no puede olvidarlo — dijo levantando su brazo izquierdo. Georg sonrió de lado, tomándose las cosas con un poco de humor, porque otra opción no nos quedaba.
— Bill… — Me llamó Richael a mis espaldas. La miré de arriba, a abajo, sin querer parecer despectivo o grosero, pero no conocía otra forma de mirarla más que con asco. —. ¿Hay novedades?
— Sé lo que saben todos — respondí.
— Yo quisiera…
— No importa. Ahora sólo importa la salud de mi hermano — Ella asintió en silencio.
— ¡El doctor! — exclamó Susan apenas lo vio salir de la habitación de urgencias. Los que estaban sentados, se pusieron de pie de inmediato, y los que estábamos de pie, esperamos al doctor los infinitos minutos que tardó en recorrer el hall.
— ¿Familiares de Thomas Trümper?
— Soy el padre — dijo Jörg parándose junto a mí.
— Y yo el hermano.
— ¿Cómo está, doctor? ¿Cómo se encuentra mi hijo?
— El paciente respondió favorablemente a los estímulos eléctricos. Fue complicado, pero finalmente está en terapia intensiva.
— ¡Gracias a Dios! — exclamó Jörg y yo cerré mis ojos por el choque de la noticia. —. ¿Y cómo procederán ahora?
— Está en cuidados intensivos, inconsciente. Esperaremos a que despierte y luego le haremos análisis para ver qué secuelas podría tener. Ahora mismo estamos tratando de controlar una hemorragia provocada por un vidrio del vehículo.
— ¿Ahora mismo? ¿Y qué hace usted aquí? — cuestionó Jörg totalmente fuera de lugar.
— Hay más médicos atendiendo a su hijo, señor Kaulitz. Le pido paciencia.
— Paciencia… sí — susurró dándose la vuelta. Yo me quedé con el doctor para no ser irrespetuoso, porque a pesar de nuestra desesperación, él estaba trabajando por la salud de mi hermano.
— Doctor, ¿usted cree que podría pasar a verlo?
— Lo siento, pero me temo que tendrán que esperar a que él reaccione y tengamos las muestras de sangre listas.
— De acuerdo. Manténganos informados, por favor. Y gracias.
— No hay de qué — dijo retirándose. Yo me giré y vi a Gustav y Nicolás observándome con caras de preocupación. Si algo sabíamos nosotros de todas las veces que nos internaron, era que podías pasar horas y horas, incluso días, a la completa deriva, sin novedades de los que afuera aguardaban por verte, y sin conocimientos de nada. No es una situación agradable y me partía el corazón que mi hermano estuviera pasando por ello.
Continúa…
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