Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 5
—No luce bien.
—Basta, Steve. Deja de preocuparte por mí, estoy en perfecto estado.
—Eso créaselo usted mismo.
—En verdad estoy bien para esto
Me palmea la espalda y entonces salimos del ascensor. Cruzamos entre la muchedumbre hasta la zona de restaurantes cerca del casino.
La llegada de este momento era algo que me quitaba el sueño. Volver a encontrarme con Alina era algo inquietante en el aspecto de saber cómo reaccionar ante ella, pero no estoy nervioso. Ya me he hecho a la idea de todo lo que pueda pasar. La conozco, intentará provocarme de todas las maneras posibles y no caeré ante eso. Le trataré fingiendo demencia, es lo mejor, como si nada hubiese pasado después de su partida por si intenta involucrar a Bill en nuestra charla, eso no me afecte. Sólo nosotros dos y tres preguntas importantes que le haré responder. No tengo la más mínima idea de lo que Alina pueda decirme respecto a lo que necesito saber, por primera vez no hago suposiciones. Sé que mi reacción no será la que ella espera, pues ya me he mentalizado para sus chantajes, reconocer las mentiras que salgan de su boca y no perder la paciencia.
—Tal vez debería excusarse con Alina y no asistir, pienso que ella podría complicarlo todo.
En serio que Steve me ve mal justo ahora. Son figuraciones suyas solamente, estoy en perfecto estado para tratar con mi ex.
—Ya te dije que no, en verdad es necesario que me encuentre con ella. Si me ves un poco mal es…
—¿Por lo que Oliver le entregó?
—Sí— admito de inmediato—. Tú viste que tan nervioso estaba. Después de tomar la decisión para volver a saber de él y esperar noticias, dudé en entrar. No podía darme la vuelta y mostrar mi cobardía, me prometí no volver actuar así y fue por él por quien lo hice, y porque le quiero también.
—Al final yo abrí la puerta— me lanza una sonrisa, pero no le sigo el juego.
—Mi mano ya estaba en la perilla y en verdad iba a entrar— me justifico al mirarlo por el rabillo del ojo—, pero cuando Oliver dijo que Bill se encontraba en Londres…— trago pesadamente y mis labios se vuelven planos—. Fue difícil en verdad.
—¿Qué sintió?
Su pregunta me deja en blanco.
Es difícil describirlo. Miro fijamente hasta donde alcanza mi vista en el casino y las traga monedas. Recuerdo el día en que pasábamos justo por aquí, no será la primera vez que aquello me viene a la memoria. La noche anterior tuvimos una llamada muy candente y por la mañana estaba aquí, le llevé al pent-house y él, ocultando la ilusión que le hacía nuestro plan de ese día, entrelazó su meñique al mío.
Tenso la mano izquierda, siento un hueco en el interior y mis pasos se vuelven lentos hasta que me detengo. Me doy cuenta de que sólo imaginé como volvía a tomar su meñique con el mío.
Steve me mira detenidamente, preguntando qué sucede mediante una mirada. Recuerdo su pregunta y entonces respondo:
—Me dolió. Y mucho, ¿puedes creerlo— suelto la respiración y oculto las manos dentro de los bolsillos. Él asiente y me alienta a continuar nuestro camino—. Por eso tú vas a leer todo aquello que Oliver me entregó y seleccionaras solo lo que le había pedido. No tengo intenciones de llevarme sorpresas con anticipo.
—¿Esperará a que sea Bill quien le diga?
—No, espero verlo con mis propios ojos. ¿Tú qué dices?
—Que es su estilo.
Aquello me hace reír. Vuelvo mi vista a él y agrego: — Lo harás, ¿cierto?
—Claro que sí, señor.
Le dedico una sonrisa y sigo caminando con él a mi costado. Nos dirigimos al restaurante donde me encontraré con Alina. Al final cambié de opinión sobre vernos en el pent-house y Steve me hizo favor de comunicarle en dónde nos veríamos.
—Y ya que me ha pedido aquello, Señor Kaulitz, déjeme decir que me he adelantado un poco— menciona él antes de llegar—. Y pude notar que él se encontraba…
—No me digas nombres, no quiero saberlo— interrumpo de inmediato.
—Se encontraba viajando a muchos lugres— repone—. El día de su cumpleaños estará en…
—Steve…— me detengo frente a él y le tomo por los hombros—, no quiero entrar al restaurante, mirarla a ella y estar ausente al pensar en qué haré para encontrar a Bill al mismo tiempo que me toque domar un toro, ¿sí? Me lo dices después de que termine de hablar con Alina, te lo pido en serio. Entonces podremos ver lo de un boleto de avión o la posibilidad de ir en el jet.
—Está bien.
Suelto el aliento, miro a la derecha y alguien ya me ha abierto la puerta para entrar al restaurante. Regreso la vista a Steve cuando su mano se posa en mi hombro.
—Relájese, todo saldrá bien.
—Lo sé.
—Le esperaré aquí afuera.
Le dedico un asentimiento y agradezco antes de entrar.
El hombre de la recepción sabe que veré a alguien, así que me conduce hasta mi mesa. En la sección privada no hay absolutamente nadie, así como lo ordené, excepto una mujer de espaldas que viste de azul y se encuentra fumando. Su cabellera rojiza cae sobre sus hombros desnudos, noto que su vestido empieza a la mitad de la espalda, dejándome ver la diminuta orquídea que lleva tatuada en el omóplato derecho. Me detengo en seco y pido al hombre que me acompaña que se retire de inmediato. Cuando estoy solo, me acerco a paso lento pero decisivo. Ella sostiene el cigarrillo en lo alto, apoyando el codo en la mesa y sacando el humo hasta que se forma una nube sobre su cabeza.
—Llegaste tarde, Tom. Dos minutos, para ser exactos. A mí no me permitías los retrasos, me castigabas, así como te gustaba— me dice cuando estoy a un paso detrás de ella—. Te vi llegar al hotel hace un par de horas— continúa sin siquiera mirarme—. Lucías…, irresistible.
Puedo imaginarme su sonrisa. Me muevo hasta la silla frente a ella y es entonces cuando mi mirada se cruza con la suya. Alina apaga su cigarrillo y reincorpora en su silla, yo tomo asiento sin romper el contacto visual hasta inclinarme un poco y juntar las manos sobre la mesa.
—No podrás engancharme, querida Alina.
—¿Yo? Que has sido tú quien me mandó llamar con tanta urgencia— estira sus manos y toma las mías. Siento un extraño cosquilleo recorrerme, pero no me eriza la piel—. Debo decir que estoy sorprendida por la manera en la que te diriges a mí y aún más que me buscaras, como ya te he dicho. En el fondo sabía que me pedirías volver a tu lado para empezar de nuevo.
—Alina…— le lanzo una sonrisa fría y la suya se borra de sus labios. Como su contacto no me gusta y me hace sentir incómodo, la aparto de mí—, no te confundas. Entre tú y yo, bueno, que no hay nada más que aclarar si lo sabes perfectamente. Y por favor, evita decir ese tipo de cosas.
—Aclarar, ¿qué? Si aquella vez que nos vimos sólo me diste a entender que aun sientes algo por mí.
—Te aprovechaste de la situación en Massini Nena y sabías que…
—Y fue justo como decías tiempo atrás— ignora mis palabras y prosigue: — No importa lo que sientas por alguien, si está ahí, lo estará siempre.
—Recuerdo el momento en que te dije eso, pero en serio durante todo este tiempo me harté de repudiarte.
La conozco a la perfección y sé que justo ahora le quema el orgullo. Noto como mueve la quijada y se muerde el interior de las mejillas por escasos segundos.
—Perfecto…— me lanza una mirada retadora y las comisuras de sus labios se alzan ligeramente en una sonrisa arrogante—. Tom, la manera en que lo dices me hiere un poco, pero también hace que moje las bragas. A ti te gustaba decirme esas cosas porque sabías que me encantaban. Justo ahora siento que quieres llevarme a la cama.
En serio cree que puede enredarme en su telaraña al hablarme así, mirarme tan provocativa y acariciando mi pierna con su tacón por debajo de la mesa.
Desliza sobre la superficie el pocket rosado con decoraciones adiamantadas para ofrecerme un cigarrillo y sobre éste el zippo dorado con la letra A grabada. Es el que yo le regalé, me sorprende que aún lo conserva.
—¿Te encantaban?
Abro el pocket, tomo un cigarrillo y lo enciendo mientras ella me mira sin perder detalle alguno y asiente con la cabeza.
—No puedo recordar ¡Ah! Ya sé—me mofo de sus palabras al regresarle aquel par de cosas y saco el humo del cigarrillo al reírme—, seguro que eso no es verdad porque entre tú y yo nunca hubo nada— le regreso el gesto de superioridad que ahora me dirige y siento que vamos empatando.
Esto de atacarnos mutuamente era tan nuestro, a decir verdad.
—¡Por favor! — se burla también—. Fui tuya un millón de veces más que ese chiquillo Bill, a quien por cierto sacaste de un basurero.
—Calla— exijo.
—He dado justo donde te duele, ¿no es así?
—No.
Intento relajarme y no fruncir el ceño, cerrar los puños o tensarme por completo.
Ella canta victoria con una enorme sonrisa, se inclina sobre la mesa y cruza los brazos para apoyarse.
—Si no me hiciste venir aquí para hablar sobre nosotros o llevarme a la cama, es obvio que se trata de él.
—A decir verdad, no. Todo esto lo hice por ti, Alina. Mis palabras la toman por sorpresa.
—Mentiroso.
—¿Qué hay de malo? Creo que en algún momento todos los ex se encuentran y charlan con madurez sobre ciertas cosas, ¿no crees?
—Puede que sí— su mirada cambia con un destello de orgullo, aunque su gesto luce ligeramente extrañado—. De qué quieres hablar, con exactitud.
—Vamos, que recién nos estamos saludando y ya quieres ir al punto. Te pareces a mí— le doy una calada al cigarrillo y después soplo el humo en su dirección—. Todo es por ti, ¿me crees?
Apago el cigarrillo a medio terminar. Noto que su piel se ha erizado y su gesto cambia nuevamente. Si sigo enardeciendo su orgullo con mis palabras, ella dirá hasta la última cosa que necesito saber. Estas son las ventajas de conocerle, lo mejor de todo es que no se da cuenta. Cree que puede ir dos pasos a la delantera por esa actitud tan frívola que la distingue, pero no es así.
—Hablábamos de Massini Nena, en Italia. Dime, por favor, por qué fuiste a buscarme. Estábamos ahí por el cumpleaños de Noa y te apareciste de repente.
—Llevaba tiempo buscándote. No fue muy fácil porque esa temporada ibas de un lado a otro hasta que llegaste a mi ciudad.
—¿Desde que tú te fuiste lo pasaste en Italia?
—Sí, estuve.
—¿Con quién? — no pude evitar preguntar.
—Sola.
—No te creo.
Con una sonrisa cómplice, se pone de pie y anda hasta detenerse detrás de mí. Siento sus manos en mis hombros y como aprieta ligeramente.
—¿Celoso?
—¿Debería?
—Yo diría que sí. Hubieses visto la cantidad de hombres que andaban detrás de mí.
—Siempre tuviste algo que llamaba la atención— confieso.
Alina se acerca hasta mi oído y sus labios se alargan en una sonrisa triunfante, lo imagino. Sus brazos rodean mi cuello. Su aroma es justo como lo recordaba, pero ahora no me produce nada.
—Mejor dime qué buscas de mí antes de que me carbonice.
—Entonces hagamos algo— propongo. Ella se separa de mí y es cuando se sienta en mis piernas y me rodea el cuello finamente con los brazos—. Confesaré eso que quieres saber si tú me dices porqué me dejaste y por qué volviste a buscarme. Me parece justo, ¿a ti no?
—Sí, me parece justo… Pero algo me falta.
—¿Qué?
—Podría decirte eso que me pides e incluso mencionarte algo de más, pero no será gratis— su diestra acaricia mi mejilla, la detengo de inmediato y aparto su mano de mí. Me mira directamente y sé que la avaricia destella en sus ojos—. Dime si aceptas, amor.
—¿Son suficientes cuatro ceros?
—Que sean cinco y te dejo quitarme la ropa— dice a medida que se acerca a mis labios.
—Cinco y no hay más propuestas de tu parte— la esquivo y ella suelta una ligera carcajada.
—¿En verdad desperdiciarás la oportunidad, Tom?
—Las veces que sean necesarias.
—¡Ja, Ja! No te creo, pero fingiré que sí. Ah, por cierto, quisiera que firmaras un cheque con anticipo.
—Si vale la pena lo que vas a decirme, lo firmaré. Antes no.
—¿Por?
—No me fío de ti, Alina.
—Deberías. Estuvimos mucho tiempo juntos ¿Ya se te olvidó? — sus manos juegan en mis hombros, después con el cuello de mi camisa hasta tomarme el rostro.
—Lo haremos a mí manera, al fin y al cabo, seré quien pague— le dirijo una mirada profunda. No estoy jugando y lo sabe, así que se deja de estupideces.
—Está bien, tú ganas. Será como en los viejos tiempos…
Se separa ligeramente y hace que le rodee la cintura con los brazos. Me niego, se levanta de mí y sienta en la mesa.
El corazón me late con fuerza y el nerviosismo por saber la verdad intenta consumirme. Debo controlarlo. Puedo hacerlo.
—Fue difícil para mí el dejarte y saber que en cualquier momento hallarías a alguien más. Afortunadamente Luche me mantuvo al tanto y en un tiempo no fuiste capaz de verte con otra persona. Ahí fue cuando me di cuenta de que en verdad me querías.
Sus comisuras se levantan a penas visiblemente.
Quiero decirle que se equivoca, pero en su lugar digo algo diferente:
—¿Luche era tan fiel a mi padre como a ti?
—A decir verdad, no. El que me mantuviera informada de ti me costó mucho. No le creo.
Me estoy impacientando. Siento que en cualquier instante dirá algo que me deje en blanco o me saque de quicio.
—Te fuiste sin nada. ¿Qué tanto pudo haberte costado?
—Tú despides a las personas de tu vida así, sin nada.
—Yo no te despedí, tú te fuiste.
—Sí, bueno. Pero al menos yo no me fui con las manos vacías— se pone de pie y me rodea.
—No te detengas— voy detrás de sus cortos pasos y la encaro—. Sin rodeos, Alina. Dímelo ya— exijo mirándola desde arriba. Aun con tacones no me llega a la altura.
—¿Ahora?
—¡Sí!
—Aquí es donde esos cinco ceros valdrán la pena— se burla y retrocede.
—Dije que ahora, Alina— insisto.
—Me sorprende mucho todo esto y sabía que tendrías la duda de mi partida por siempre. Me fui sin dejar una nota.
—Ese punto ya quedó aclarado. Se quiere pasar de lista.
—Te dejé. Desaparecí y ya, así de simple y gracias a tu padre— ensancha la sonrisa.
—Él qué tiene que ver.
Estoy confundido. Aquello me hace recordar algo, pero necesito que ella lo confirme.
—Tiene que ver en todo, amor.
—¡No me llames así! ¡Y no des tantas vueltas! — la tomo por los codos al acortar la distancia—. No estoy jugando, Alina. Tenemos un acuerdo, ¿no? Firmaré tu cheque, pero dime todo de una vez. ¡DÍMELO!
—¡Me pagaron para irme! — me escupe sus palabras y se zafa de mi agarre.
No quiero un escándalo. Echo un vistazo hacia atrás y nadie asoma las narices. Me vuelvo a ella y, empezando a perder la paciencia, la miro en espera de más respuestas.
—Tus perfectos padres me pagaron. Al inicio fue tu madre quien intentó convencerme a la buena, después tu padre me citó en su despacho y tuvimos una charla interesante. Negocios, tú sabes.
—Él no pudo…
—Sí. Pero quizás tu pregunta es si yo pude hacerlo… ¿O tú qué pensabas? — se mueve hasta otra mesa, intentando ocultarse porque voy tras ella—. Tom, yo si te quise, me creas o no— miente y me detengo antes de volverla a tomar por los codos. Cruzamos miradas y su seriedad cambia, ahora tiene sonrisa cual maldita perra—
. Pero también quería tu dinero y si iba a estar contigo, sería limitada por ti para obtenerlo.
—Jamás cambiaste y me hiciste creer que sí— la sujeto con más fuerza y la pego a mi cuerpo—. Todo ese tiempo…
—¿Me vas a decir que sí me querías?
Iba a escupirle las palabras en la cara, pero después de eso me quedé callado.
—Cómo has reaccionado, yo diría que sí. Y fue por eso que no me querían cerca de ti. Así que tu padre me ofreció una buena cantidad y otros beneficios con tal de que hiciera lo que me pidiera, como dejarte, por ejemplo. Tu madre lo supo y estuvo de acuerdo. Pero el dinero se acaba, Tom, y cuando te volví a buscar fue porque él me lo pidió. Me adivinó el pensamiento porque me había quedado sin un euro. Al parecer hice un buen trabajo puesto que volviste de Italia muy rápido y tú y Bill se distanciaron tanto.
¡No puedo con esto!
La bofetearía si pudiera.
—Sabía de más que era cosa tuya, pero que él te pagara… Más vale que digas la verdad, Alina— termino exigiendo.
—¡Claro que es la verdad!
La ira recorre mi cuerpo, dándome latigazos desde el interior. Demandando ese bofetón, las palmas de las manos me hormiguean en su agarre y siento un calor recorrer me desde el cuello a la cabeza.
—Y adivina qué, amor— se zafa bruscamente de mi agarre, casi tropezando—. La misma persona que me pagó para irme, llegó al precio de tu precioso Bill— aquella cara de asco es simplemente lo peor que pude ver en ella y dolió hasta cierto punto—. Y tu madre lo sabía.
Me quedo en blanco como un estúpido. Intento procesar lo que ha dicho y lo asocio con lo que Bill, entre palabras desesperadas, intentó explicarme y no le permití hacerlo. Estaba hundido en ese momento. Lo estoy ahora también. La rabia me consume. ¿Cimone lo sabía?
Imaginé que al hablar con ella resultaría así al final. Me hice a la idea y también me preparé para lo que sea que ella pudiera decir, intentaría distinguir si ella diría la verdad o me engañaría, pero ahora la veo y lo sé.
Estoy decepcionado. Asqueado. Furioso. Dolido. Y no puedo sentir más culpa ahora por la muerte de mi padre, es más, hasta se lo merecía.
—Escúchame muy bien, que no lo voy a repetir— le advierto volviendo y acortando la distancia—. Ya no hay trato. Lo que te ofrezco ahora es indulgencia, ¿entiendes? Vas a desaparecer de una maldita vez. No quiero volver a verte o saber de ti. ¡Ah! Y no intentes nada, de mí no te llevarás un centavo— mi índice pincha en su sien y me esquiva—. Gracias por soltar esa lengua venenosa que tienes. Perdí mucho por tu culpa, pero juro que no vuelves a llevarte nada mí.
—El trato era…
—¡No hay trato! ¡Vete a la mierda!
Le doy la espalda rápidamente y salgo del restaurante. Escucho sus pasos detrás de mí, me monta una escena frente a unos comensales y al salir, la gente nos observa. Alina grita cosas sin sentido para hacerse notar y que le preste atención, no tengo intenciones de mirarla nuevamente.
Me encuentro con Steve afuera, pero paso de él y enseguida se encarga de Alina. Más que jodido, sigo mi camino y dos hombres se acercan en contra sentido, miro atrás y por encima del hombro, se dirigen a donde se encuentra Steve deteniendo a Alina.
Antes de girar a la izquierda en un pasillo la escucho decirme que me arrepentiré. Y sí, tal vez me arrepiento, pero no de eso. Yo que jamás había pronunciado ese binomio de palabras; «Me arrepiento…» Ahora las sostengo con frustración.
No permití a Bill justificarse, es claro que me dejé llevar, le comparé con Alina hasta en el último aspecto y me sentí engañado. Así como un estúpido. Como ahora. Y Steve tenía razón en algo; Alina complicaría las cosas. Pero era necesario que me lo dijera, que la escuchara yo mismo y mirara en sus ojos que en efecto no mentía. Sin importar el chantaje, soportaría hasta la última palabra, pero que se haya expresado despectivamente hacia Bill y haya mencionado que mi madre, la única persona que creí estaba fuera de todo esto, en realidad lo sabía y hacía sentir la traición como un golpe extremadamente bajo. Hiriente.
Me siento impotente y arrepentido.
Me detengo a mitad del pasillo. Quiero golpear algo. Gritar de la pura frustración o tirarme, ocultar el rostro y llorar.
¡Lo admito, maldita sea!
¡Que sí, joder!
¡Que sí!
¡Me arrepiento!
—¿Señor?
Es Steve. Siento su mano en mi hombro y al instante en que sigo mi camino, limpio lo húmedos que están mis ojos.
—Que no se aparezca por aquí, ¿entendiste? No quiero que Alina…
—¿Está bien? — su cuestionamiento me interrumpe.
—Encárgate de todo en mi ausencia porque no voy a volver.
—¿A dónde va?
—No te incumbe.
Continúa…
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