Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 16
Estoy realmente exhausto. No he sido capaz de cerrar los ojos para descansar por lo menos cinco minutos porque he estado viéndole dormir toda la noche. Su posición no ha cambiado desde que cayó dormido, pero eso sí, ha hecho gestos ante algo, lo que fuera que estuviese soñando seguro era malo. Ha arrugado la nariz, torció suavemente los labios e incluso dijo algo que no entendí. Aquello me hizo recordar lo que me contó de esa pesadilla y por un momento quise despertarle, pero después se relajó lo suficiente y entendí que tan sólo tenía un sueño como cualquier otro. Hasta me dio gracia cuando volvió a decir algo, pues recuerdo que cuando dormíamos juntos, ocasionalmente yo despertaba a mitad de la noche y le escuchaba decir cosas sin sentido o apenas lograba balbucear quien sabe que cosas.
Anoche sucedió algo que aún no termino de explicarme. Suelto la respiración y, mirando al techo, intento hacerme a la idea de que hemos estado juntos otra vez. No tenía otro plan en mente que no fuera quererlo y ya, dar por entendidas las cosas con una simple mirada y saltarnos la parte en la que éramos conscientes del daño que nos hicimos.
Todo va bien hasta ahora. Se me sale una sonrisa cuando recuerdo la manera en la que salimos del hotel y gente que ni siquiera conocía, nos miró detenidamente porque íbamos juntos. Íbamos tomados de la mano y se percibía totalmente lo que fluía dentro de nosotros. ¡Qué se nos salía por los poros! Y al llegar afuera, Steve simplemente sonrió con complicidad. No habría logrado llegar hasta aquí sin él. Le di las gracias con una mirada y Tom y yo subimos al helicóptero que nos trajo a Los Ángeles. Llevamos tres días aquí. Resultó extraño al principio, no lo niego, pero simplemente sobraron las palabras. Él me lo gritaba con la mirada, quería estar conmigo como hace tanto tiempo y yo en verdad necesitaba sentirle cerca. Ni siquiera salimos de la habitación en este tiempo, realmente no necesitábamos mucho del exterior.
Anoche caímos —de una manera frenética—, en esta cama que tanto había echado de menos compartir con él y, si lo sigo pensando, mi piel reacciona al recuerdo de como sus manos e incluso sus labios reconocieron nuevamente cada parte de mi cuerpo. Siento sobre mi piel su tacto, las palabras que susurraba, su aliento ir y venir, aumentando más la excitación que me consumía. Incluso volvía a mí la manera en la que me sujetaba, con esa ansia y temor a perderme al estar con él. Ese sentimiento ardiente que atravesaba mi corazón y latigueaba en mi interior, aún seguía dentro de mí, acelerando mi corazón y logrando entorpecer mi respiración. Pero lo único que había logrado hacer estallar todo lo que sentía, fue el hecho de haberle escuchado decir mi nombre. Me miró a los ojos y dijo mi nombre.
No pude con eso. No pude con la descomunal sensación que provocó en mí. Jamás había sentido el desvanecerme y estallar por dentro al mismo tiempo. Jamás había sentido tanta euforia provocada por algo semejante.
Quise ocultar el rostro para no dejarme vencer y llorar ante él. Quise besarle hasta que se me extinguieran los labios y no escuchar una palabra más. No porque no quisiera, sino para no sentir lo que se desbordaba en mi interior. No lo sé explicar. Fue algo que me hizo dudar sobre lo bueno o malo que había sido aquello, pero finalmente y después de tanto, no todo era una fantasía. Había ocurrido. Fue real y mi cuerpo aun tiembla ante los estragos de las últimas noches en las que volví a sentirme tan suyo.
Cuando cierro los ojos y me acurruco a él, revivo aquello y tengo tantas ganas de volver a ceder. Lo haría sin pensarlo. Lo haría siempre.
Amaneció tan rápido que todo lo que había abordado mi mente, ahora parece ser diminuto. Al entrar los primeros rayos de sol a la habitación, levanté la vista hacia su rostro. Noto que sus cabellos siguen despeinados y me parece increíble que su frente y los pequeños cabellos que se adhirieron a su piel, aún se vean adornados por diminutas y brillantes gotitas de sudor.
—Hola…— dije muy cerca de sus labios. No esperaba que respondiera, hablé tan bajo que jamás podría haberle despertado.
Le admiro en silencio. Siento la brisa que entra por la puerta corrediza y el sonido de las olas apenas se distingue junto con su respiración. Mi mano va hasta su frente, peino sus cabellos llevándolos hacia atrás, las puntas de mis dedos reconocieron sus cejas y bajo mi tacto pude sentir la punta de sus pestañas rosar mi piel. Descendí hasta su nariz, después delineé sus labios con mi pulgar hasta acunar su rostro en la palma de mi mano. Se me sale una sonrisa y acaricio sus cabellos sueltos hasta llegar a su hombro, acariciando su brazo hasta volver a subir y dejar mi mano inerte en su pecho, sintiendo bajo mis dedos el dije plateado. Hemos estado llevándolo por turnos, no sé por qué, pero se ha vuelto muy cómplice. Muy nuestro. Miro el anillo en mi dedo y después veo el suyo. Anoche me dijo que, a partir de hoy, no nos los quitaríamos por ninguna razón y que el dije lo llevaría yo hasta la siguiente ocasión en la que nos viéramos, lo llevaría él.
Todo lo que hemos dicho, prometido y confesado estos días, me tiene en el limbo. Me resulta más que perfecto el que hayamos dejado en el olvido todo lo ocurrido y empezado de nuevo, más bien, tratar de volver a comenzar algo diferente, pero no puedo evitar pensar en lo que pasará. No creo en el arrepentimiento a estas alturas, pero hay una culpa en mi pecho que intenta absorber todo lo que recién estamos construyendo.
Adoro la cercanía que tenemos a todo momento. Mi corazón se sacude con locura ante la emoción y una sensación de llamaradas en mi pecho me acompaña a todo momento. Estoy bien. Jodidamente bien, pero eso que me encanta es lo que me hace querer retroceder. Hay algo que me dice que estoy a punto de ser feliz y, de alguna manera, siento que ese algo viene por parte de Leo.
No he sido sincero con Tom. Él cree que sí y cree que lo llevaré bien en cuanto a Leo se trate, pero no será así. Ni yo mismo entiendo cómo puedo estar y no estar de acuerdo con lo que dije.
—Lo siento— le digo y tomo su mano por debajo de las sábanas—. Voy a resolverlo, créeme.
La verdad, si sigo con esto, no sentiré siquiera que haya tenido derecho a haber vuelto. Voy a resolverlo. Dejaré de pensar en todo lo demás, voy a fijarme que sólo importamos nosotros y, aunque me hiera bastante, me iré de con Leo.
—Será cuestión de tiempo, te lo prometo.
Estoy tentado. Quiero besarle hasta hacerle despertar, pero no lo hago. No quiero limitarme, pero no puedo despertarle, luce tan tranquilo que no tengo derecho a interrumpir su descanso. Finalmente me atrevo. Muevo mis labios sobre los suyos, pero no consigo despertarle. Con mucho cuidado, quito la sábana de su cuerpo y subo a horcajadas sobre su cuerpo desnudo.
—Tom…— me inclino a besarle la frente, la nariz y los labios—. Despierta. Feliz cumpleaños.
Sigo besándole hasta hacerle despertar. Se remueve debajo de mi cuerpo y lanza un suspiro cuando pongo poca distancia entre nuestros rostros. Cansado, abre los ojos y pestañea un par de veces. Lleva las manos hasta sus ojos para restregar el revés contra ellos y así despabilarse un poco. Sonríe con cansancio y me dedica una mirada entrecerrada.
—¿Qué hora es?
—¿Es tu cumpleaños y sólo te preocupas por la hora? —vuelvo a besarle.
—¿Es hoy?
—No, mañana— bromeo. Nos reímos al unísono. Tom me mira y pasa las manos por mi cabello hasta que toma mi rostro.
—Sería un alivio que así fuera, pero los milagros no existen— sus cejas se juntan un poco y se le hace esa línea en la frente—. No quiero que te vayas.
Culpable, bajo la mirada por haberle hecho aceptar que hoy sería nuestro último día en casa. Había insistido tanto en que cambiara de opinión, pero no lo hice y al final cedió. Era lo mejor.
—Es temprano, por si te preocupaba. Tom, aún tenemos tiempo para nosotros.
—No hagas eso.
—¿El qué?
Confundido, le miro directamente y él me analiza con lentitud. Se incorpora y entonces me muevo para volver a mi lado de la cama.
—No hagas eso. No me mires como si quisieras compensarme por esto. Aun siento que te irás y que, de alguna manera, pasará como la última vez— lleva la mano hasta mi barbilla y me hace levantar la mirada—. Todo ocurrió en mi cumpleaños y ahora te vas de nuevo. Temo a que no nos veamos dentro de mucho. Temo a que si sales por la puerta yo… Mm. Quiero tenerte aquí. Quiero que sigas conmigo y quiero seguir viéndote así.
—Así, ¿cómo?
—Así como ahora, recostado cerca de mí, como si descansaras en la luna.
Sin perder tiempo, acorta la distancia y sus labios van a los míos. Su beso es lento, apenas y acariciando mis labios con los suyos, dejando que el frenesí crezca en mi interior y lo contenga lo suficiente para sólo dejar escapar suspiros cuando intenta poner distancia. Me inclino a la derecha para poder encajar más que a la perfección, pero siento como esta situación le hiere y me retiro al instante.
—Han sido los cumpleaños más horribles que he tenido y no quisiera…, es que yo no quiero que te vayas. Bill, no quiero perderte de nuevo— me estrecha entre sus brazos y se aferra a mí tanto como puede—. No puedo con eso, ¿entiendes? No puedo hacerme a la idea de que te irás.
—Lo siento. Pero voy a volver y lo sabes— intento calmarle, no quiero que tengamos esta conversación de nuevo.
—Que lastima que sólo pueda escuchar eso. Supongo que lo averiguaremos en una semana, ¿no? Está inseguro sobre todo esto, no hay que ser un genio para saberlo, se nota demasiado.
Me incorporo en la cama y recargo la espalda en el cabezal. Miro el anillo en mi dedo, me lo quito y me lo pongo una y otra vez mientras pienso qué haré hasta que me levanto y voy detrás de sus pasos. Abro la puerta con sigilo y me adentro sólo para verle a través de los cristales empañados. Digo su nombre, pero él ni se vuelve a verme. Pasa las manos por su cabello y deja que el agua siga corriendo por su cuerpo, cuando abro la puerta de la ducha, Tom gira un poco la cabeza para verme. Doy un paso y le rodeo con los brazos, juntando mi pecho a su espalda y posando la mejilla en su hombro. Le digo que nada fuera de nuestras promesas pasará esta semana hasta que nos veamos en Londres. Le hago confiar en esto y hasta propongo algo más para que deje de dudar, Tom miente tan bien diciendo que lo siente y que haremos sólo lo que teníamos planeado, pero yo sé que su mayor temor es a cómo vaya yo a actuar con Leo y a último minuto no lo deje.
Más tarde, cuando tengo listo el equipaje, llega Steve para llevarnos. Tom ha insistido tanto en que tome su Jet, pero me he negado totalmente. No quiero retrasar mi regreso pues sé que, si tomo su Jet, él me hará quedar hasta el anochecer o incluso hasta mañana. Debo volver pronto, no quiero que Leo levante sospechas.
Cuando vamos camino al aeropuerto, Tom me da la dirección del piso que ha rentado en Londres y un número móvil para que pueda llamarle, pero de ahí en fuera no hemos cruzado más palabras. No lo está llevando tan bien como dijo antes de que subiéramos al auto. A penas y me mira, tan sólo me toma de la mano y sólo puedo sentir como se rompe por dentro.
Steve intenta hacer más ameno el camino, pero no da resultado. Ha mencionado que hay asuntos importantes en el hotel, así que Tom deberá ir al helipuerto después de dejarme a mí.
El transcurso es lento, silencioso e hiriente. Cuando llegamos, Steve espera en el auto y me despido de él sólo con un corto abrazo. Tom me acompaña al registro del billete de avión y en silencio, aun tomados de la mano, nos dirigimos hasta el segundo piso. Me detiene antes de llegar a las escaleras eléctricas, sabe bien lo que va a suceder. Una vez que las suba, pasaré el primer módulo de seguridad y no podrá acompañarme y dudo demasiado que quiera limitarse a solo ver cómo me pierdo en la distancia.
—Me llamarás cuando llegues, ¿cierto?
—Sí, pero después de eso no hablemos tan seguido, al menos no el próximo par de días. Quiero estar seguro que Leo no sospeche, tú sabes…— respondo bajando la mirada y jalando con nerviosismo la correa del equipaje de mano—. Vas a… ¿Vas a extrañarme? —pregunto ahora mirándole a los ojos.
—Creo que todo el mundo es malísimo con las despedidas— dice sin siquiera mirarme—. Pero para responderte… Comencé a extrañarte desde que me dijiste cuando pensabas partir.
—Eh, Precioso, no me hagas llorar— digo ocultando mi tristeza y la de él con un poco de humor.
—¡Oh, calla! —me abraza repentinamente y suelta la respiración junto a mi oído—. Que el que está a punto de quebrarse soy yo.
—¿Crees que yo no?
Se queda callado y su agarre se vuelve un poco más fuerte. Tampoco quiero dejarlo y me aferro a él tanto como puedo. Me parece increíble que ahora si tengamos una despedida.
—Te amo— se apresura a decir y toma distancia para ahora llevar sus manos a mi cara—. Te amo. Te amo. Te amo, Precioso— y beso a beso, vuelve a pronunciar esas palabras—. Nos vemos en una semana.
Se me está partiendo el corazón, puedo sentir los pedacitos que se desprenden cuando éste late tan acelerado.
—Debo irme…
—Nonono. Uno más, por favor.
Sus labios van a los míos para reclamarlos a su manera y rompo la cercanía cuando el aire es necesario.
—Una semana— me recuerda y le dedico un asentimiento. Lleva ambas manos a su nuca para quitarse el dije y entonces me lo pone—. Y no me digas adiós porque en cuanto te vuelva a ver…
—Está bien— su falsa advertencia me hace reír. Le calmo dándole un último beso—. Nos vemos.
—Nos vemos, Precioso. Te amo.
Le dedico una sonrisa triste y él retrocede para verme de lejos. Estoy tentado en bajar las escaleras y arrojarme a sus brazos, pero me contengo. Levanto la mano y la sacudo levemente a los lados, él hace lo mismo hasta que me vuelvo y le doy la espalda. Para cuando estoy en el avión, siento un hueco en el pecho y volver a Londres se me hace bastante pesado. Durante todo el vuelo he llevado la mano en el pecho y sujetando el dije, leyendo en ocasiones la leyenda que tiene detrás y después lo guardo junto con el anillo en el bolsillo interno de la chaqueta.
Las horas pasan realmente rápido y no me lo puedo explicar, cuando menos me di cuenta ya estaba en Londres a punto de tomar el auto que me llevaría a casa.
Estoy tan nervioso y dudoso. Me duele estar en esta posición, en medio de Tom y Leo. Tal vez soy el culpable de todo y debería salir de sus vidas cuanto antes, dejar que todo se enfríe sin importar cuanto tiempo me tome, pero no hay vuelta a la hoja. He prometido algo a Tom y no sé si sea capaz justo ahora de llevar acabo lo que tenía pensado. Leo no ha hecho más que buscar que sea feliz y no puedo lastimarle tan brutalmente como tenía en mente hacerlo.
Mi móvil no ha dejado de sonar y sigo sin tomar la llamada de Leo. No quiero hacerlo. Temo a que a que actúe como un loco por lo que pasó antes de irme. Los primeros días él ni siquiera llamaba tan insistentemente y ahora no sé por qué lo hace o qué es lo que quiere.
Cuando llego a casa no dispongo ni de cinco minutos para tomar un respiro y poder avisar a Tom que finalmente he llegado porque ya están llamando a la puerta. Me asomo por la ventana de la habitación y veo el auto de Leo estacionado en frente. Miro el móvil y éste me muestra una llamada entrante suya. No sé si contestar. No sé si bajar y abrir. Estoy que se me sale el corazón y espero con todas mis fuerzas a que, si hago alguna de las dos cosas, no vaya a flaquear ante lo que sea que me diga.
Finalmente me decido a bajar. El timbre dejó de sonar repetidas veces para dejarme escuchar sus toquidos desesperados, incluso me ha llamado para que fuera a abrirle.
Mi interior es un revoltijo tremendo y un latigueo casi electrizante me paraliza por completo antes de abrir la puerta.
Tomo una respiración y trago con pesadez para después abrir. Leo aparece frente a mí más que desaliñado y desesperado. Luce un tanto agitado y el gesto que me dedica es uno que demuestra la incertidumbre que siente en su interior.
—¡Precioso! —se adentra por la pequeña abertura de la puerta y me estrecha entre sus brazos—. Lo lamento. En serio que lo lamento tanto.
—Leo…— intento alejarlo de mí, pero no puedo.
—Lo sé, lo sé. Yo sé que no quieres verme por como terminó nuestra discusión antes de irme, pero escucha; volví a por ti. Fue estúpido, ¿sí? Y…— se detiene de golpe y me aparta de sí—. ¿Y ese equipaje? —me muerdo las mejillas por dentro y le miro sin decir nada. Va hasta el equipaje y después de vuelve a mí—. ¿A dónde vas? O más bien, ¿de dónde vienes?
—No vengo de ningún lado— respondo de inmediato.
Leo me mira de manera suplicante, pero no pidiendo una respuesta, sino otra cosa. Sé perfectamente que quiere que le perdone. Eso va contra todo lo que tenía pensado hacer y decir para que termináramos más que distanciados en cuanto pusiera un pie en Londres, pero no contaba con que él volvería tan pronto de Australia.
—¿Regresarás a casa conmigo? —se acerca a mí y retrocedo instintivamente. Temo ser demasiado idiota como para decirle con una mirada todas mis intenciones—. Volví antes por ti, Precioso. Dejé tantas cosas pendientes, pero tú no respondías las llamadas y debía verte cuanto antes para disculparme. No quiero estar así contigo, Bill, por favor.
Bajo la mirada y mil ideas cruzan por mi mente tan rápido que logran atontarme por completo.
—Leo, quiero…
—Yo también quiero muchas cosas, Precioso y una de ellas es que vuelvas conmigo. Mira que fui a casa y al no verte vine aquí tan rápido. Sólo quería…, Bill, yo sólo…
Mi mente está realmente hecha un desastre y verle aquí pidiéndome eso, hace que se me remueva el corazón y no puedo con eso. No puedo con la manera en que me mira y bajo la mirada, tentado en rasguñar la tela de los jeans, pero él está frente a mí y toma de mi barbilla para hacerme levantar el rostro y mirarlo a los ojos.
—Lo lamento tanto— murmura muy cerca de mí.
Aprieto los labios y siendo incapaz de resistir esto, me arrepiento totalmente sobre cualquier estúpido plan en mi mente y lucho contra el nudo que nace en mi garganta.
—No venía de ningún lugar, de hecho, yo iba… Leo, yo…— no me sale la voz, pero él lo deduce y sonriendo de manera reconfortante, me abraza y siento la calidez al momento.
No puedo hacerlo. No hoy, quizás tampoco mañana. Le quiero y no puedo lastimarlo así. Yo no soy así. Yo no…
¡Mierda!
Oculto el rostro en su cuello y me esfuerzo por no llorar. Cuando dije a Tom que me iría de con Leo, deduje que no sería sencillo, pero no sabía que tanto iba a doler el intentarlo y que tan difícil sería el poder tratar de evadirlo.
—Perdón, tan idiota como pocas veces he sido contigo, Bill.
—El equipaje es porque pretendía volver a casa— miento y su agarre se vuelve reconfortante—. T-Te perdono, Leo.
Continúa…
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