II Compláceme 17

Temporada II. Por Amy-Stalinalsky

Capítulo 17

¿Quieres escucharme?

¡¿Y quieres decirme por qué pasó eso?! —le exijo. Estoy controlando las ganas de voltear el estudio de cabeza o mandar a la mierda todo lo que está frente a mí en el escritorio, pero esas rabietas de niño ya no me van y me limito a solo cerrar el puño y golpear el brazo de la silla cómoda—. Creí que… Bill, me dijiste que lo dejarías.

Ya que te lo dije— Bill, a diferencia de mí, ha mantenido la calma los últimos minutos.

¡Creí que al poner un pie en Londres harías algo como evitarlo o qué se yo!

Ya sé, Tom. Ya sé.

¡¿Y entonces?! —desesperado, me levanto echando la silla para atrás y voy a por un trago—. Asististe a esa gala con él y frente a todo el mundo dijo que eran pareja.

Tom…

¡Te abrazó y te besó! Todos te vieron, Bill ¡TODOS! —al prepararme el trago, llevo el vaso hasta mis labios, pero me detengo al escuchar a Bill.

Sí, incluso tú.

No cómo interpretar su tono de voz, pero no me quedo callado.

Lamentablemente— digo de inmediato y corto la llamada.

Se me han ido las ganas de beber. Se me han ido las jodidas ganas de todo.

Esta mañana Alina dejó un sobre para en la recepción y, ¡joder! que estoy haciendo lo que ella esperaba al reventar ahora mismo que he visto lo que contenía ese sobre. Todo el maldito día estuve tentado en llevarlo hacia la trituradora de papeles, pero me lo pensé a fondo y ya que he visto impreso un artículo de una gala en Londres donde Bill asistió junto con Leo y les tomaron un millón de fotografías, estoy que me lleva la mierda.

Dejo en vaso sobre la mesita de centro cuando voy al living en cortos y fuertes pasos hasta que me dejo caer y miro el techo. Los celos me están llevando verdaderamente lejos y debo dejar de pensar en ello, pero es que no puedo ¡No puedo!

El móvil suena con insistencia entre mis manos y espero que deje de sonar. No pasa ni un segundo cuando Bill ya está llamando otra vez, entonces pongo el altavoz y dejo el móvil en mi pecho.

¡Qué!

¡¿En serio, Tom?! Es que tienes cinco años para colgarme el teléfono, ¿eh?

Cállate antes de que cuelgue de nuevo. Tus reclamos no me van.

¡Ah! Pero tú supones que a mí sí me van los tuyos, ¿no? Respondo con un bufido y llevo ambas manos hasta mis ojos.

D-Debí suponer que eso pasaría. Y tú debiste dejar que me hiciera cargo de Leo, te lo dije. Te dije, Bill, que no volvieras a Londres porque yo podría hacer algo al respecto— menciono ahora en calma. No estoy del todo relajado, pero sé que seguir gritándole no llevará nada bueno—. Pudiste decirle que no querías ir a la gala y ya.

Tom, escúchame.

Dime si estás viviendo con él— le interrumpo antes de que pueda decir algo más. Bill se queda callado, yo aprieto los labios en espera de su respuesta, pero como no dice nada, entonces prosigo: —Si lo estás haciendo…

No, no vivo con Leo.

¿Pero el primer día volviste a con él?

Quiero que diga que no. Quiero caer en cuenta de lo equivocado que estoy, sólo así podría sentirme aliviado.

Sí.

Con esa simple respuesta Bill logra pulverizarme desde adentro. Mis latidos torpes hacen que mi corazón poco a poco empiece a bajarme hasta el estómago. Los labios me tiemblan y me niego en abrir los ojos y separar las manos de mi rostro.

E-Entonces creo q-q-que necesitas un tiempo para asimilar las cosas nuevamente, Bill— nervioso, espero unos momentos para seguir hablando.

No sé si te estoy entendiendo— le escucho esnifar, entonces me incorporo sobre el sofá y tomo el móvil hasta llevarlo cerca de mis labios.

T-Tal vez te apresuraste en venir a buscarme y ambos fuimos demasiado rápido al prometernos cosas. F-Fue demasiado rápido prometernos a-algo que no íbamos a cumplir.

Ni siquiera me has dejado decir nada respecto a él. ¿O es que pretendes que terminemos como la última vez?

¿En serio no vas a dejar que me justifique?

No lo hagamos más difícil.

¡Difícil! —dice con sorpresa—. Me duele que estés diciendo esto, Tom. Que quien ha decidido por mí eres tú y mira que estoy por mandarte a la mierda, pero no lo haré. Y no entiendo para qué…

Ya sabes, un tiempo para que consideres las cosas— vuelvo a interrumpir sus palabras—. Y no vernos el sábado como teníamos pensado.

No tienes ni idea de lo mucho que me duele que no creas en mi palabra.

Y tú no tienes idea de cuánto me dolió verte con él— digo en un tono tan cortante que puedo escuchar como eso le quita el aliento—. Eres un gran actor, Bill. Las sonrisas y los besos se te dan bastante bien— me hiere decirle esto, pero ya ni sé en qué estoy pensando. Estoy hablando por hablar y no quisiera detenerme, es necesario, extrañamente, para hacerme sentir mejor.

El tiempo que, según necesito, me caería bien si fuera contigo.

Sus palabras pinchan en mi interior y entonces dejo de hablar por un momento. Él también se limita a solo dejar que su respiración choque contra el teléfono durante largos minutos. Necesitábamos calmarnos.

Si no pudiste hacerlo en estos días, en un mes o quizás dos… ¡Aff! No quiero ni imaginarlo.

Bueno, pero olvidarte de Alina tampoco ocurrió de la noche a la mañana, ¿o sí?

Que diga aquello me jode y ahora el interruptor de mi enfado sube hasta el último nivel.

Pues dime cual era tu plan al llegar con Leo— comienzo a impacientarme—. Pensabas decirle que habías venido a verme y creíste que él lo aceptaría, así como si nada, ¿eh? Nonono. Ya sé— mi altanería es tal cual la de un crio—, ibas a causar un conflicto para que él te dejara porque no tienes las agallas para decir ‘ya no quiero estar contigo’. ¡Tan fácil que es! O seguro esperabas a que se aburriera y así no meterías las manos para…

¡Basta! ¡Ya basta!

¡Entonces dime cual era tu maravilloso plan!

No había un plan. No uno que pintara bien— responde después de soltar la respiración. Niego con la cabeza, siento que todo se está perdiendo en estos momentos.

Idiota. Eso es lo que eres tú, un idiota monumental.

Ya, que seguro pudiste hacerlo mucho mejor, ¿no? No. Tal vez no pude hacerlo mejor.

No quiero discutir con él. Resulta algo estúpido pues sabía los riesgos de que entre los dos hubiera un plan no tan especifico. Amantes, somos eso. Ya, ¿qué es lo que dice ‘Amantes’ de nosotros?

¿Por qué has de ser tan noble? ¿Por qué con él?

No soy el tipo de persona que le de igual jugar con las personas.

Odio que estés en medio de ambos— confieso con esfuerzos. No sabía si era correcto decir aquello, pero ya qué. Ya lo he hecho.

también estuviste en medio una vez— menciona y a quién se refiere.

Alina. Solo ella es capaz de… De jodernos todo.

Creo que hemos vuelto a caer, Bill— ahora mi tono es más uno de disculpa. Trago con pesadez y miro el techo imaginando que nada de esto está pasando. No he dicho nada durante unos instantes, a que él a necesita escuchar algo de mí—. L-Lo siento, Precioso. No debería dejarme llevar nuevamente por las tretas de Alina, pero…

¿Sirve de algo si digo que tenías razón? —me corta. A que no quiere que hablemos más de ella o que implique lo que estábamos discutiendo desde un inicio.

¿Respecto a qué?

Leo.

¿Te ha dicho algo? Bill, si te ha puesto una mano encima…

No. Pero hice lo que prometí.

Eso logra expulsar todo de mí. Se me hiela el pensamiento o algo, no qué es, sólo se me ha vaciado la mente y un pinchazo en mi interior hace que la duda se me suba hasta el pecho.

¿Te fuiste de con él? —sólo necesito saber si es cierto o no—. ¡Oh, joder! ¡Bill, responde ya! ¿Le has dejado?

Sí. De una buena vez— responde después de varios segundos.

¿Y por qué fue? ¿Qué le dijiste? ¿Él te hizo algo?

Te lo contaré cuando nos veamos el sábado— apenas y escucho su voz por la risita orgullosa que suelta—. Pero le he dejado.

¿No mientes?

No.

¿Me juras que es verdad, Precioso?

Tom, tengamos una de esas conversaciones que te gustaban antes de que te enamoraras de mí. No hagamos preguntas.

Que se ha pasado de listo, pero eso solo me resulta de lo más inocentón, así como antes. Reprimo una risa nerviosa y entonces insisto: —Sólo dime si le dejaste, Precioso. Q-Quiero saberlo.

Lo dejé por ti, Tom. Para poder estar juntos, así como prometimos.

No recuerdo cuando fue la última vez que estuve en cama hasta muy tarde. Anoche no dejaba de pensar lo que Bill me dijo por teléfono el jueves y eso me dio el empuje necesario para esperar a que llegara el sábado y volviéramos a vernos. Pues he ahí las nuevas, ya es sábado. Anoche también hablamos por teléfono y no fue la llamada que esperaba. Estuvo llena de silencios y terminé por colgar antes de quedarme dormido por el cansancio. Bill lo comprendió, pero no pude dormir y apenas iba a amanecer y fue como si algo dentro de mí se apagara. Pensé en mi padre y en cómo hace un año me sentía tan devastado por todo lo sucedido.

Le lloré lo que en todo un año e incluso el mismo día de su partida no hice. Lloré hasta quedarme seco, exhausto y sin el más mínimo suspiro.

Creo que ya puedo recordar. La última vez que estuve más o menos en este estado fue cuando tenía doce, lo que no recuerdo es qué me hizo salir de la cama. Ya da igual a estas alturas.

Encogido en medio de la cama y con las sabanas hasta los hombros, ignoro los llamados de Steve. Hace unos veinte minutos que vino a ver si ya había despertado y hace otros quince minutos llamó a la puerta para despertarme como quedó en hacerlo puntual, a las ocho de la mañana. Steve hubiese entrado, pero puse el seguro desde anoche y supongo que por eso da vueltas y vueltas tan seguido hasta la puerta de la habitación. Creo que teme a que me pierda el almuerzo que seguro ya mandó pedir y espera fuera de la habitación, o tal vez cree que estoy noqueado en la cama. Ayer estuve bebiendo un poco o no, tal vez bebí mucho. Eso explicaría por qué estaba tan ido y cansado y cómo es que me siento ahora.

—La ceremonia es a las doce, ¿ya quiere que aliste el auto?

Oh…, la ceremonia.

Me vienen los recuerdos de cuando era un crío y las veces que hice travesuras a mi padre. Los veranos en los que se olvidaba por una semana solamente que existía el hotel y me llevaba a otras ciudades. Las veces que me mantenía ya sea muy quieto y sin mover un musculo o verdaderamente entretenido con su asistente mientras le esperaba sentado fuera de las juntas con los accionistas en los días en que mi madre salía a no sé dónde. Cuando fui creciendo, empezamos a alejarnos. Para los dieciocho años casi no nos dirigíamos la palabra y lo pasaba con Cimone casi a diario. Cuando llegó Steve, es como si nos hubiésemos olvidado de que existamos o siquiera que formábamos parte de una familia.

Me vuelvo en la cama hasta mirarme en el espejo del techo y limpio las lágrimas que aún permanecen en mis pestañas. Lo echo de menos. Lo he echado de menos todo este tiempo, a decir verdad.

—S-Seños Kaulitz…— escucho la voz titubeante de Steve detrás de la puerta y unos toquidos leves—. No querrá llegar tarde a la ceremonia en honor a su padre, ¿o sí?

No respondo. Ni siquiera dejo escapar la respiración que he contenido desde que le escuché llamar a la puerta. Miro la hora en el reloj sobre la mesa de noche y después vuelvo la vista al espejo sobre mí.

—¿Está ahí? —insiste—. Su madre espera abajo para irse juntos.

Hago caso omiso. No quiero salir de la cama, necesito un par de minutos más y ya.

—Señor Kaulitz, si no abre, iré a por la llave.

—Claro, la llave representa la amenaza más grande para mí en estos momentos. En serio estoy temblando de miedo— digo sólo para mis oídos medio arrastrando las palabras.

Dejo de escuchar sus toquidos, me levanto sin ánimos y después de ir a la ducha empiezo a vestirme. Para cuando me dispongo a salir, escucho un click en la puerta y ésta se abre para mostrarme a Steve con cara de susto. Ha demorado en ir a por su amenaza y venir hasta aquí.

—Se ha levantado— dice con una exagerada sorpresa—. Creí que… Es decir, buenos días.

Paso de él sin responder a sus palabras y continúo por el pasillo.

—¿Sucede algo?

—No.

—¿Está usted seguro?

—Sí.

—¿Volverá a darme respuestas cortas igual que ayer?

Le miro por el rabillo del ojo—. Sólo quiero que estés listo para ir al aeropuerto a las tres.

—¿Al aeropuerto? —me detengo en seco antes de bajar los últimos escalones y miro a mi madre acercarse. Empiezo a sentirme nervioso—. ¿A qué vas ahí?

Bajo los escalones faltantes, suelto la respiración y evito torcer los labios.

—Debemos hablar de algo.

Le indico por donde dirigirnos y vamos hasta el living. Ella toma asiento en el sillón individual y yo en el que está junto a ella. Me mira en espera de una explicación, pero no sé por dónde empezar. Sólo puedo sentir aquella emoción en forma de corriente eléctrica recorrerme, no en su alto voltaje, pero sí es bastante notoria. Y todo se debe a Bill.

—¿Qué tienes que decirme? ¿Es respecto a tu padre?

—No, no es totalmente respecto a él.

—Ya pasó un año, Tom.

—Y fue bastante rápido— consigo decir sin mirarla—. Lo echo de menos.

—Yo también. Lo extraño mucho, muchísimo, Tom.

—Hace falta mirarte a los ojos para darse cuenta— suelto de golpe. Ella está avergonzada y noto como se voltea para esquivarme la mirada que le dirijo fugazmente.

—¿Aún te sientes mal por ello?

—No. Ya no— se me encoge levemente el corazón—. Estoy… Bien, ¿supongo?

Cimone me dedica una sonrisa triste acompañada de un ligero asentimiento. Juego con mis manos mientras bajo la mirada y tomo valor para decirlo. Cierro los ojos y me obligo a decirlo de una vez y no perder más el tiempo.

—Me voy.

—¿Te vas? —lleva una mano a su pecho y niega con la cabeza—. ¡Cómo que te vas! ¿A dónde o con quién?

—Cimone, relájate.

—No me hables así— sentencia—. Sólo cuando estás por joder las cosas me hablas así. Entorno los ojos. Qué manera de cambiar el ritmo de una conversación.

—Sólo me iré por un mes y…

—¡Pero a dónde vas!

—A Londres— no pierdo la paciencia ante su tono de voz—. Estaré allá un mes.

—Ya, y con quien ¿eh?

Antes de responder, oculto una sonrisa y desvió la mirada. Me incorporo y cuando estoy listo, cruzo la mirada con ella y respondo:

—Con Bill. Iré a con él porque somos pareja.

Ella se queda en blanco, incapaz de digerir lo que he dicho. Truena las uñas unas contra otras y se remueve en su lugar.

—C-Cuándo… ¿Cuándo pasó eso?

—Él vino la semana pasada y hablamos mucho— recuerdo con emoción, pero aun oculto la sonrisa de mis labios y me limito a mirarla—. Estuvimos juntos unos días, volvimos a casa y… Se quedó hasta mi cumpleaños.

—¿Y bastaron solo unos días y ya? —su gesto de extrañeza me hace abandonar un poco la emoción que me hace poder decir que él y yo estamos juntos de nuevo—. Perdón es decir…

—¿Qué?

Apretando los labios, niega con la cabeza y extiende su mano para alcanzar la mía. Extiendo la mano también y entonces veo que una sonrisa pequeña aparece en su rostro.

—Y arreglaron las cosas tan pronto porque se quieren, ¿verdad?

—Pensé que ibas a decir…

—¿Qué cosa? ¿Qué me oponía? —cuestiona y le dedico un asentimiento—. No voy a negarte que estoy sorprendida, más que la primera vez que les vi juntos.

—¿Y…?

—Y estoy algo…, no sé. Tom, desde ese día supe que tú pintabas a con otro tipo de parejas.

—¿Te molesta? —pregunto con algo de temor.

—Estoy sorprendida— intenta retirar su mano de nuestro agarre, pero no la dejo.

—Lo amo en verdad. Yo jamás te hubiese dicho nada sino fuera porque…

Estoy estático ante mis palabras. Le he dicho a mi madre que amo a un chico. que amo a Bill, exactamente. Y en serio que jamás le hubiese dicho nada. Siempre temí a lo que ella pensara.

—Sí, lo sé— dice de pronto.

—Iré a con él.

—Porque son pareja— se pone de pie y se acerca para besarme las mejillas—. Está bien, Tom. Está muy bien si quieres…, ya sabes, tener una vida con él. Yo lo entiendo y recuerdo haberte dicho que no importaba en realidad si ibas a con una chica o si te gustaba un joven. Si es con él con quien eres feliz… Bueno, tú sabes a lo que me refiero.

—Gracias Cimone— me levanto de inmediato y la estrecho contra mí.

&

Después de la ceremonia en memoria de mi padre, Cimone y yo dejamos una corona pequeña de flores en su lugar de descanso. Ella supuso que necesitaba tiempo a solas con él y se lo agradecí sin palabras. Estuve frente a él casi una hora, diciendo tantas cosas que sólo él y yo guardaremos el secreto, pero me gustaría tanto gritar por todos los vientos y en todas las luces de día que le he pedido disculpas por no haberle visitado durante meses y por tantísimas cosas más.

Mis pestañas volvieron a humedecerse y antes de partir le dije cuanto le echaba de menos y prometí volver en cuando estuviera nuevamente en la ciudad. Vuelvo sobre mis pasos y de lejos veo un auto aparcado detrás del que nos trajo a mi madre y a mí. Steve sale de la puerta de conductor y acelero el paso mientras seco mis ojos. Cimone sale del otro auto y entonces nos despedimos cuando estoy ahí. No termina de decirme que en mi ausencia llevará bajo control el hotel y que espera que un mes me parezca interminable. También me ha dicho que si pienso volver tendrá que ser con Bill. Cuando pongo distancia y nuestro abrazo se desvanece, me trata como un chiquillo y me llena de besos. Tengo que decir que Steve está detrás mirándonos, pero a ella no le importa. Le don un beso y después de decirle adiós, subo al auto y Steve me lleva al aeropuerto.

Mientras esperamos en el hangar, controlo el nerviosismo y el desenfrenado entusiasmo que me da el estar tan cerca de volver a ver a Bill. Pero esas emociones se combinan con lo que he sentido al ver a mi padre y pensar en él y ahora todo es un sube y baja de sentimientos repentinos.

He tomado el móvil y llamado a Bill para decirle que estaba a punto de subir al jet, recordándole a qué hora es mi llegada a Londres, pero el buen ánimo que le hago saber aún tiene un sentimiento en el fondo. Muchos, para ser honesto, y él se ha percatado.

—¿Todo bien con la ceremonia de tu padre?

Su pregunta me deja callado. Aprieto los labios y paseo con lentitud de un lado a otro sin decir nada.

—No lo llevas muy bien, ¿cierto?

—Estoy bien— le digo para calmarle, pero repongo: —Estaré bien, Bill.

—Tienes razón. Estarás bien o muchísimo mejor cuando hablemos al respecto y me dejes abrazarte para reconfortarte.

Sus intenciones hacen que se me salga una sonrisa.

—Gracias, Precioso— levanto la mirada y veo a Steve acercarse, me indica que todo está listo y le hago una señal para que se adelante—. Bill, debo subir al jet.

—Está bien. Nos vemos aquí, Precioso— juega un poco con la situación.

—¿Cuándo será el día que no me llames así? —pregunto a modo de broma y voy tras los pasos de Steve.

—Cuando me lo digas cien veces.

—En unas horas, entonces— me rio por lo bajo y él me imita—. Debo colgar. Nos vemos en unas horas, Precioso.

—Ya quiero que llegues, te tengo una sorpresa— dice emocionado.

—¿Sí?

—Sí, pero anda al jet. Te amo, Tom.

—Y yo te amo a ti— respondo en medio de una sonrisa.

Continúa…

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