Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 18
El interior se me revuelve a un nivel apenas distinguible. El jet me ha dejado en el hangar privado y me he adentrado al aeropuerto por las puertas del mismo servicio. Paso por las dos revisiones de seguridad y me pierdo en el mar de gente en llegadas internacionales una vez cruzo el umbral.
Tengo el móvil en la mano y marco de memoria el número de Bill para avisarle que he llegado y que apenas tome un taxi, estaré en el piso que he rentado. Bill no responde la llamada. Vuelvo a intentar mientras me hago espacio entre la gente y controlo la valija de ruedas que se empieza a tambalear por esquivar a tantas personas.
—¡Hey!
Me reprende una señora bastante pequeña y robusta quien casi tropieza con mi equipaje. Ni siquiera le pido disculpas. No soy quien ha ocasionado aquello, sino un señor que me obstaculizaba el paso y… ¡Ahg! Hoy nadie podría joderme el momento ¡Que estoy a punto de estallar por la pura emoción!
Me encamino hacia un espacio libre e intento marcar a Bill, pero cuando dejo el equipaje junto a mí y llevo el móvil hasta mi oído, alguien desde atrás me pincha el hombro. Me vuelvo desde la izquierda y una chica me entrega algo que he dejado caer. Le agradezco sin prestar tanta atención al papel doblado que me entrega y lo guardo en el bolsillo de la chaqueta para después moverme a uno de los muros de enfrente.
Trago con pesadez intentando calmar mi desenfreno y espero a que esta vez Bill si conteste. Pasados los tres tonos, escucho ruido desde la otra línea y se me sale una sonrisa antes de siquiera saludarle.
—Hazme un favor y voltea a la derecha.
No entiendo lo que dice de inmediato y tardo un poco en procesarlo. Confundido, levanto la mirada y hago lo que me pide casi en automático. Pero entre tanta gente no veo nada. Busco rápidamente hasta que veo como un brazo que se agita levemente sobresale de entre las personas que pasan y pasan.
—¡Tom! ¡Hey, Tom!
Me siento ido. En medio de todo y nada, y casi desvaneciéndome de la pura felicidad. ¡Joder! Pero que sonrisa tan más bonita es la que me dedica.
Dejo escapar una risa bastante corta mientras él se acerca a paso acelerado, moviéndose entre la gente y empujando con torpeza a unos cuantos sin siquiera disculparse. Su mirada está fija en la mía, lo que me hace sentir una oleada suave desde el interior y como mi corazón se sacude de un lado a otro. Veo cómo se guarda el móvil y yo, impaciente, arrastro el equipaje conmigo para acortar la distancia que hay entre nosotros. Una vez estando a dos pasos, Bill se lanza a mí, rodeando mi cuello con sus brazos y casi haciéndome perder el equilibrio. Me recupero y lo estrecho contra mi cuerpo en un abrazo fuerte. Bill no para de reírse y logra contagiarme las carcajadas.
—¡Sorpresa-Sorpresa!
—¡Qué haces aquí!
—Bueno…— toma poca distancia para mirarme—. Quise hacerte favor de venir a por ti.
—¡Vaya, vaya… Precioso! ¿Tú vienes a hacerme el favor a mí?
—Sí, así que te llevo ventaja ahora.
—Bill lo que dices no tiene sentido— me burlo y él me planta un beso para hacerme callar.
—¡Shhht! Te hice favor y punto.
—Bueno, quien cruzó el océano fui yo, tú sólo atravesaste la ciudad. Dime quien hace el favor a quien…
—¡Tom! Cierra la boca, estás matando el momento.
—¿Momento? ¿Qué momento?
—Este momento…
Se precipita y me da un corto beso, luego dos, tres y muchos más hasta que él empieza a reírse nuevamente. Bill marca un ritmo diferente momentos después, lo sigo con gusto y no me importa que haya gente alrededor, pues ya chupo sus labios hasta tener el inferior entre mis dientes y lo jaloneo hasta que escapa de mi boca.
—Te eché de menos— dice en medio de un ronroneo—. Pero ya estás aquí.
—Estamos— le corrijo y él asiente. Siento su sonrisa acercarse hasta que después de unos segundos me da un beso corto.
—Y ya que estás aquí…— la mirada pícara que me dirige enardece lo que siento dentro—, es hora de tu sorpresa.
—¿Qué no era esta?
—Nonono. La sorpresa aguarda en casa— lo dice en un tono tan bajo y cerca de mi oído como si el secreto fuese a peligrar.
—¿Entraste al departamento que renté? — expectante, levanto una ceja cuando se vuelve para mirarme y él asiente como si fuera un chiquillo.
—Sí, pero me reservo el decir cómo logré hacerlo.
—¡Te has colado!
—No me he colado, usé la llave. Todos en Londres acostumbran dejar el duplicado en los floreros de la entrada— su justificación me parece realmente graciosa, lo es, en parte, por el gesto que hace. Yo controlo la risa tanto como puedo, pero él parece molesto por eso. ¡Vamos! Solo finge para que me calle y ya.
—Pero eso no quita el hecho de que te colaste. ¿Cuándo te volviste así? —mi vista está fija en la suya. Pronto entrecierro los ojos y mis intenciones, tanto como las suyas, cambian—. Mmm…
—¿Qué? Es un crimen querer entrar y prepararte una sorpresa, ¿eh?
—No si vale la pena…
—Te gustará, ya lo verás. ¡Ah! Y te digo de una vez que te hacían falta cosas y yo me encargué de llevarlas— sus manos juegan con el cuello de la chaqueta y sus dedos siguen el borde del cierre hasta llegar abajo y jugar con éste, subiéndolo y bajándolo.
—Como por ejemplo…— hago esa mueca de Mr. Interesante que tanto le da gracia y sonríe de inmediato. Bill alza las cejas fugazmente y se acerca con lentitud diciendo: —Una cama.
—Era un departamento amueblado, imposible que faltara una cama.
—Sí, si faltaba. Pero qué hago yo contándote esto aquí… ¡Vámonos! —me toma de la mano y se gira para hacerme caminar y guiarme el paso, pero le detengo y atraigo de nuevo sin perder el agarre en su mano.
—¿Cuál es la urgencia?
Veo cómo se muerde los labios evitando ensanchar la sonrisa y tira de mi mano para que me mueva, pero no lo hago.
—Si te digo, arruinaría los planes.
—¿Sabes…? Con eso, casi me convences de querer ir a casa.
—Puedo mejorar, pero…
La manera en la que ha dicho aquello ha provocado un salto en mi corazón y una pequeña chispa ha logrado calentarlo. Chupo mis labios hasta morder suavemente el inferior y corto de inmediato esa insinuación con una sonrisa igual de pícara que la suya.
—Vámonos ya.
—Sí, señor— alza las cejas y estira con suavidad las comisuras de los labios.
Bill me da la espalda y comienza a caminar. Niego con la cabeza y alcanzo el equipaje con la otra mano. Entrelazando los dedos, aprieto mi agarre a su mano y le dejo guiarme hasta la salida y subimos al taxi en el que él había llegado.
No cruzamos palabras. Miro por la ventanilla empañada y cubierta de gotitas de lluvia desde el exterior. Paso la mano para lograr ver y me distraigo un momento mirando las calles una vez salimos del aeropuerto. Bill me toma de la misma mano que he utilizado para desempañar la ventana y su agarre se vuelve cálido. Su mano entibia la mía que, hasta hace segundos, estaba helada.
—¿Estás bien?
—Sí, es solo un poco de cansancio.
—¡Oh, vamos! Recién pasa de medio día.
—Ya, fue un viaje largo, pero igual no voy a caerme dormido. Quiero ver esa sorpresa de la que tanto hablas.
—Perfecto— alza las cejas de manera juguetona—. Y… ¿Cómo estuvo la ceremonia? —el que mencione aquello hace que me dé un vuelco en el interior y aquel torbellino que sentí antes de subir al jet y venir hasta aquí, se vuelve a apoderar de mí, pero no con la misma intensidad—. Me dijiste que sería algo pequeño, ¿tu familia estuvo ahí? —Bill reprime el maldecir por lo que ha dicho de último y le calmo diciéndole con la mirada que no pasa nada. Mi familia ya solo se conforma de dos personas y los demás no cuentan—. Lo siento, pero cuando hablamos por teléfono no te escuché muy bien. Había algo en tu voz que la hacía temblar.
—No era nada— niego con un cabeceo, pero como no me cree, se acerca—. Y la ceremonia estuvo bien, asistieron pocas personas, de hecho.
—Tom— dice con seriedad y se acerca más hasta poder chocar las narices—, sé que mientes—añade en un tono mucho más bajo—. Te conozco, ¿crees que puedes despistarme?
Evito lanzar un suspiro y lamento tanto no mirarlo directamente a los ojos justo ahora.
—Sé que ya hablamos de esto, pero…
—Es que no lo entiendes— le corto de repente porque no quiero continuar.
— Pero te entiendo a ti y sé que te duele— me hace mirarle.
—No vine hasta aquí para hacer llover el día, literalmente. Te ves realmente animado como para tocar el tema y yo lo joda todo— menciono en un tono igual que el suyo. Quiero que dejemos de hablar de esto, pero lo que he dicho al parecer le ha entrado por un oído y le ha salido por el otro.
—No lo vas a joder— me convence en medio de un susurro. Entiendo que intenta hacerme sentir mejor y le agradezco—. Si sientes que en algún momento todo se arruina, vayámonos a otro lugar. No querrás que nos inundemos donde sea que estemos, ¿o sí?
Su ocurrencia me hace soltar una risa. La verdad, encuentro aquello un tanto ridículo.
—Bien.
Su mirada solemne, su caricia y la sonrisa que me dirige, hacen que se me derrita el corazón. Acepto de inmediato y le dedico un asentimiento antes de acercarme para poder besarlo.
—¿Y qué me dices tú? —pongo distancia para mirarle, llevo la diestra hacia su mejilla y después de repartir unas cuantas caricias y mirar perdidamente el cómo lo hago, vuelvo a mirarle y llevo la mano a mi regazo—. ¿Qué fue lo que pasó con Leo?
Bill lanza la respiración que ha contenido y su mano va hasta la mía.
—Lo dejé.
—Y te creo, pero no quiero saber cómo hiciste eso.
Su cara es un poema. Sin comprender, sacude la cabeza, supongo que para caer en cuenta de si lo que dije fue real o algo que sólo diría en su imaginación.
—Pero, ¿cómo? Incluso me preguntaste sí… Es que tu querías saber todo y yo te dije que cuando llegaras, lo sabrías.
—Nonono. Yo te creo. Si me dices que le has dejado y que por fin eso ha quedado atrás, te creeré. Ahora sólo quiero saber qué sucedió con Leo el día que regresaste aquí.
—No importa. Leo no importa. Se supone que tú y yo estamos juntos, ¿no? Ya me he alejado de él y no fue por algo que Leo haya hecho y yo he aprovechado. No fue por lo ocurrido en la gala, tampoco porque se haya enterado que tú y yo nos hemos visto y mucho menos tenía que ver con las mentiras que me había dicho. Fue porque se lo dije. Las palabras se me habían atorado en la garganta desde que volví y él fue a buscarme. No tuve el valor para decírselo en ese momento, Tom, y la moral me llevó por otro lado, pero me hice a la idea y te parecerá poco creíble. Pero lo hice, te juro que sí. Me fui de con él y nada más.
—Espera…— me quedo en blanco, procesar todo lo que ha dicho me va a costar un poco más de tiempo. Le miro con detenimiento hasta que junto las cejas y repaso mentalmente lo que me ha dicho. De todas sus palabras solamente una frase es la que suena como eco dentro de mi cabeza—. ¿Sabía Leo que estabas conmigo?
—A la mierda el cómo lo supo. A mí…, a nosotros, es decir, sólo debe importarnos que todo quedó atrás. ¿No?
Desvío la mirada y me pienso muy bien las cosas. Busco que todo concuerde, pero la verdad a estas alturas sí que importa una mierda. No voy a poner en duda lo que dice, no otra vez. Quiero que estemos bien y si él dice que ya todo quedó atrás por mucho que me impresione que haya ocurrido en tan solo una semana, voy a creerle.
Le miro y sólo puedo querer definir lo que somos justo ahora. No pienso perder más tiempo.
—Entonces, Precioso, si ya todo quedó atrás, dime que sí.
—¿A qué? ¿Te refieres a lo de Leo? Tom, ¿es que no me escuchas? Te digo que…
—Nonono— le corto. Bill se ve confundido—. Tú responde que sí— insisto.
—¿Para qué? No entiendo.
—Bill, di que sí.
—Está bien, sí— su gesto entre confundido y nervioso logra darme gracia. Tomo su mano para entrelazar los dedos y veo en anillo en uno de ellos—. Tom, a-a… ¿a qué he dicho que sí?
Llevo mi otra mano a su frente para relajar su expresión y mirándole a los ojos confieso:
—A ser mi novio.
&
Para cuando llegamos al piso que he rentado, miro a detalle lo pequeño que es. Me quito la chaqueta y la dejo en el sofá. A la izquierda está el living con una sala pequeña y un televisor enorme en el muro. Seguido de un mueble que tiene las separaciones exactas para colocar algunos CD o películas. En el muro de junto hay algunos cuadros que realmente me parecen innecesarios, me vuelvo y a la derecha de la entrada se encuentra la cocina y una barra de desayunador. Está bien, pero en las imágenes que vi, ésta lucía más amplia.
—No pensé que fuese tan pequeño. En el sitio de internet lucía grande.
—Ya, igual y nos acostumbramos— se encoge de hombros haciendo una mueca graciosa y niego con la cabeza ante su gesto.
En medio hay un muro que deja el paso a la izquierda y derecha. Voy por uno de los lados y Bill por el otro, y al adentrarme en esa separación de la casa, noto el dormitorio y que es exactamente igual a como lo había visto por la web. Éste, a diferencia de la sala y la cocina, sí que es amplio. A la izquierda está el baño y a la derecha hay un closet de puertas blancas. Lo que da el plus a este lugar es la vista que tenemos. Las ventanas que van del techo al suelo se encuentran detrás de una cortina delgada color naranja. Bill se encarga de correrlas y veo que una inmensa sonrisa se dibuja en sus labios.
—Esta es la mejor parte de todo. ¡Mira que vista tenemos! Me encanta, ¿a ti no?
—Apuesto que quieres pasarlo aquí la mayor parte del tiempo— digo mientras me acerco a él.
—No apuestes, lo confieso. De hecho, pensaba que la cama quedaría muy bien aquí, ¿ves? El espacio es de… no sé— intenta hacer la medición al estirar los brazos y me rio por sus intentos—. Es realmente grande— concluye y me reprende mediante una mirada para que deje de burlarme de él.
—Sí, igual y después pensamos en una pequeña remodelación.
Bill, jugando a molestarse conmigo, me esquiva y, luciendo maravillado unos momentos después, se queda mirando por la ventana. Veo como sus ojos van de un lado a otro, ladea la cabeza y al fin se vuelve y su mirada conecta con la mía. No dejo de verle, él se ve divertido, niega con la cabeza mientras desvía la mirada hacia la ciudad y termina por volver a verme.
—¿Qué? —noto como sus mejillas se ruborizan, no por vergüenza, se trata de algo más.
—Es una vista increíble.
—Lo que dije era una sugerencia— añade conteniendo una sonrisita sugerente al cambiarme de conversación y se acerca a la cama.
—¡Uh! Sí, pero tu sugerencia me ha gustado— le sigo muy de cerca y me recuesto a su lado.
—Ni siquiera miraste por la ventana— me reclama una vez estando ahí y me esquiva a la hora de darle un beso. Si quiere jugar, jugaremos.
—Sí lo hice y dije que se veía realmente increíble.
—Lo dijiste sólo por mí— se inclina más a la derecha dejándome a la vista su cuello y los lunares diminutos que tanto me gusta recorrer. En cierto ángulo forman una T.
No respondo. Le doy un casto beso en cada uno de sus lunares y él vuelve su mirada hasta la mía. No dice nada, pero sé que quiere hacerlo. Una sonrisita se oculta detrás de la seriedad momentánea que finge y alza un poco las cejas.
—Fue una T lo que dibujaste en mi cuello, ¿cierto?
—Sí, eso fue— vuelvo a besar sus lunares y antes de ir a por el tercero, Bill me hace verle.
—¿Qué?
—Nada, sólo me gusta que me mires.
Me acomodo a su lado y comienzo a sentir algo que se enciende en mi interior. Bill lo ha venido provocando desde el aeropuerto y ahora estar aquí, sólo me hace pensar en esa dichosa sorpresa que tiene para mí. Miro sus labios y ahora permanecen casi planos, bajo la vista y tomo su mano izquierda para acercarla y darle un beso en el interior de la muñeca como solía hacerlo.
—Me gusta que dejes libres tus tatuajes. Bueno, al menos este. Los otros sólo pueden verse en privado— levanto la vista y algo me contagian sus ojos castaños. Es algo tan electrizante que logra hacer vibrar mi corazón—. ¿Ves? Éste lleva una T—digo al dibujarla.
—Tú te verías bien con un tatuaje.
Bajo la mirada y veo su mano y luego lo veo a él. Aprieto los labios al sentir nuevamente algo encenderse en mi interior, pero ahora con un poco más de intensidad.
—Sí, bueno… Esas cosas no me van. En ti se ven muy sugerentes.
—¿Lo dices por la T? —sonríe y mi vista se queda clavada en sus labios. Solo puedo negar con torpeza—. ¿Es por la estrella?
—Creo— trago con pesadez.
Cada gesto, cada palabra y cada mirada que Bill me dirige, hacen que empiece a perder el control. Me encanta la manera en la que finge no ser consciente de sus intenciones. Cree que puede tentarme lo suficiente y hacer lo mejor para hacerme delirar, estoy seguro de ello. Pero en serio que no puedo justo ahora. Está actuando de una manera tan falsamente inocentona pero provocativa, que me hace cuestionarme qué rayos tiene en mente y cuándo será aquello. Si algo he aprendido de él, es que puede ser tan predecible como tomarme por sorpresa con algo fuera del alcance de mi imaginación. Tengo una ligera sospecha, puedo adivinarlo con tan solo mirarle, pero no estoy seguro.
Bill se mueve y yo le miro atento. Sin hacer gesto alguno y sólo limitándose a mantener unidas nuestras miradas, logra subir a horcajadas sobre mí. Me limito a lo mismo hasta cerrar los ojos gracias a la cercanía. Me ha estallado el interior y un calorcito me recorre la espina dorsal hasta alojarse en mi nuca, pero concentra su mayor intensidad en mi espalda baja.
Está provocándome mientras se acerca y se aleja. Sus manos pasean por mi pecho y cuando le tomo por las nalgas al introducir mis manos en sus pequeños bolcillos traseros, le hago restregarse contra mí y Bill deja escapar sus jadeos cortantes sobre mi rostro. ¡Con lo que me pone escuchar aquello! ¡Joder! Que estoy a punto de carbonizarme.
Bill pone distancia, lleva una de sus manos hasta sus cabellos y los peina hacia atrás. Un mechoncito rebelde baja hasta la altura de sus cejas, me mira extasiado, yo chupo mis labios y mirándole, sigo la línea de su nariz y desciendo hasta encontrar sus labios. Pasea su lengua por estos tan lascivamente que me provoca querer ser yo quien lo haga. Ahora se acomoda sobre mí para tomarme por los hombros y poder friccionarse una y dos veces de una manera tan lenta y deliciosa que me hace notar el bulto en mis pantalones. Aprieto los labios al sentir que el calor aumenta, pero él me hace entreabrirlos cuando se acerca y no me besa. Sigue vacilando y eso me pone al mil porque intento acercarme para ser yo quien le bese y me esquiva.
—Déjame marcar tu piel con mi nombre.
Me quedo sin aliento al escucharle decir eso. En parte por sus palabras y también por su mano que se desliza por mi abdomen hasta introducirse en mis pantalones. Le hago poner distancia, ni siquiera puedo describir el tipo de mirada que le dirijo. Estoy acalorado y totalmente extasiado. Las palabras se me revuelven en la garganta y sé que, si hablo justo ahora, no diré algo coherente.
Sus manos ya están subiendo mi camiseta. Le miro hacerlo mientras él sonríe provocativamente.
Jugaré con la situación porque soy incapaz de pensar en algo más. Sus manos van a mi rostro, me acerca hacia él y pretende juntar nuestros labios, pero nuevamente no lo hace.
—Voy a considerarlo— consigo decir sin tartamudear.
—¿Se trata de negociar? Porque soy bueno en ello, me conoces —siento como se ensancha su sonrisa y toma distancia cuando estoy realmente tentado en besarle. Me deja con las ganas, lo sabe y disfrutó el hacerlo. Estoy tan cerca y tan lejos de poder saciar el deseo que crece avivadamente en mi interior—. Déjame marcar tu piel con mi nombre— vuelve a pedir, pero esta vez lo hace en medio de un ronroneo muy bajo.
—Ya te dije, voy a considerarlo.
—Está bien, toma tu tiempo— se acerca a mi oído después de lamer el lóbulo de mi oreja, dice en un susurro bastante excitante: —Quiero mostrarte algo.
Miro el techo y maldigo por lo bajo. La desesperación se suma a todo lo que se aloja dentro de mí. Aprieto los puños en su ropa y hago un intento por mantener su cuerpo sobre el mío, pero en instantes ya le he soltado.
Necesito que me muestre aquello. Lo necesito ahora. Se mueve de encima hasta bajar de la cama y le imito.
—No te impacientes, ¿de acuerdo?
—Ya quiero tenerla en las manos— le digo cuando se encamina a una de las mesitas de noche y me detiene cuando pretendo ir tras sus pasos—. ¿Qué?
—Tú esperarás aquí. Y para evitar tu curiosidad usarás esto— esconde algo detrás de sí, se acerca y me hace tomar asiento en la cama hasta mostrarme lo que ocultaba.
—¿Es en serio?
—Muy en serio— pone el antifaz se seda color dorado sobre mis manos—. ¿O quieres que lo haga yo?
Niego con la cabeza conteniendo las ganas de decirle que, por mucho que tenga ganas de jugar y sus intenciones estén matándome, sólo yo puedo mandar. Es la excitación del momento lo que me hace ceder, pero sólo por esta vez. En cuanto me muestre lo que supuestamente es sorpresa, podré tomar las riendas de todo.
—No te levantes ni te quites eso, ¿sí? —me pide cuando tomo el antifaz y me lo pongo.
Suelto la respiración y no cruzamos palabras de momento. Hay un silencio inquietante y ya siento que me muero. Sé que han pasado unos segundos, pero no creo resistir más de un minuto así, ya escucho mi pesada respiración y los latidos de mi corazón desbocado. Intrigado, resisto las ganas de levantar el antifaz para saber qué hace porque aún le escucho cerca, pero me limito a removerme en la cama y juntar las manos hasta jugar con los pulgares. Algo ha sacado de un cajón y eso me pone alerta. El sonido de un objeto crujir me hace prestar más atención y es como si Bill sacara algo de una caja y le quitara la envoltura plástica. Le escucho moverse de lugar hasta que algo cae con pesadez al suelo. En mi mente se crea la imagen de él aventando los zapatos sobre el alfombrado y me imagino lo que viene ahora.
Me aclaro la garganta y nuevamente escucho que se mueve de lugar.
¡Zipp!
Ese sonido logra dejarme congelado. Ha sido la cremallera de sus pantalones. Escucho como se los saca y los avienta a la cama. Trago con pesadez y recuerdo la manera en la que él solía desvestirse delante de mí.
Bill también se aclara la garganta y lo visualizo manteniendo su mirada sobre la mía a unos tres pasos de distancia y empezando a quitarse la camiseta. Hoy lleva puesta una de color gris con mangas largas y cuello un tanto abierto, mostrando lo tersa que es su piel blanquecina y unos cuantos lunares asomándose por sus clavículas.
Cuando se la quita, puedo apreciar sus tatuajes. Le hago una señal para que se acerque y él se pasa la lengua por los labios, lo que empieza a deshacerme por dentro. Mis ojos se fijan en su estrella, su ombligo y después en el aretillo de su pezón. Lleva ambas manos hasta su ropa interior, los desliza para que éstos caigan al suelo y los hace a un lado con ayuda del pie.
Un calorcito recorre mi interior y sigo fantaseando. Me muerdo los labios al ver su excitación y le pido que se acerque hasta subir sobre mis piernas haciendo otra señal con la mano. Pero la fantasía se esfuma porque he escuchado un sonidito que no logro definir todavía. Presto más atención y ya no le escucho cerca, es más, ahora sí levanto el antifaz y veo alrededor. Él no está y sus ropas tampoco yacen en la cama, pero sí noto que la puerta del baño está cerrada.
Quiero verlo de una buena vez. Comienzo a carbonizarme. Cuento los segundos porque no quiero seguir fantaseando.
—¿Qué rayos haces, Precioso?
Me bajo el antifaz y espero un poco más. ¡Joder! Que estoy impaciente.
Escucho como se abre la puerta instantes después. Se me acelera el corazón, me da un subidón tremendo, el calor se intensifica y siento como si las telas de mis prendas me quemaran la piel. Trago con pesadez y me mentalizo para lo que viene.
—¿Tom?
—Ya…— me aclaro la garganta y continuo: — ¿Ya puedo ver?
No me responde, en su lugar, siento como voltea mis manos para dejar algo sobre las palmas. Al cerrar los puños, siento algo suave, voluptuoso y que cosquillea. En los pliegues de mis dedos siento algo fino, liso y casi frío. Yo sé que es eso que me ha entregado y estoy enloquecido, tanto que de inmediato me deshago del antifaz y lo dejo caer en el suelo. Miro mis manos y el plug plateado y de abultado pelito blanco me hace vibrar el corazón.
Quiere que juguemos. Me ha dicho que quiere marcar mi piel con su nombre y no puedo ni imaginarme de qué manera comenzará a hacerlo, pero estoy ardiendo ante la idea.
No soy capaz de creerme este momento. Bill está ahí parado esperando por mí. Está deseoso, veo eso que tanto hace que me carbonice cuando fijo mi vista en sus ojos. Momentáneamente algo cruza por mi cabeza, aquella ocasión en que estuvimos juntos, ese día cuando volvió, habíamos terminado en un encuentro como había esperado. En mi mente estaba grabado todo lo ocurrido y la manera en la que involucramos algo más, lo hicimos porque la ocasión lo ameritaba. Mi necesidad de él seguía creciendo mientras le tenía bajo mi cuerpo, pero no pude hacer nada más o usar la fuerza. No quería darle a entender otra cosa, mucho menos tenía idea de lo que buscaba. Ahora es diferente porque sé exactamente qué quiere. Ahora sí puedo desinhibirme de todo; mostrarle mi necesidad de él, lo incontrolable que se torna el deseo que se instala en mí, usar mi fuerza, mostrarle lo tanto que se acumularon las cosas durante este tiempo. Quiero volver a escuchar la manera sofocada en la que dice mi nombre, ver su piel enrojecida, sus labios brillosos y levemente hinchados por tantos besos. Necesito aspirar su aroma, llegar tan profundo hasta reconocer las sensaciones que me embriagaban en un momento así. Ansío el momento en que su espalda se curvee, como aferra las uñas a las sabanas o en mi piel, sentir su aliento recorrerme, ver sus muecas y hacerle ver que es tan mío como el primer día en que le vi de esta manera; como un delicioso e inocentón conejito.
Me pongo de pie, soportando todo lo que se origina en mi interior y las ganas de ir a por él y tumbarlo en la cama, atarle con las sabanas si hace falta sólo para buscar nuestro placer.
Suelto la respiración y vuelvo a recorrerle con la mirada. Las orejitas de conejo sobresalen de su cabeza y están ligeramente dobladas. Se ve realmente exquisito.
Las veces que llegó a usar eso y las ocasiones en las que lo imaginé haciéndolo, siempre me hicieron sentir como un lobo al acecho. Inevitablemente humedezco mis labios al ver su excitación, sé que estuvo masturbando su mente, así como yo lo hice.
Acorto la distancia entre nosotros, pero él empieza a retroceder.
—¿Qué pasa, Conejito mío? —le hago retroceder un par de pasos más para que su espalda choque contra la ventana cuando le acorralo, se remueve y se aferra con una mano a la cinturilla de mis pantalones para no juntar la espalda contra el cristal y se mantiene así tanto como puede—. ¿Te aterra estar casi al borde del vacío? Mira que ahora estás mostrando tu desnudez a todo Londres. ¿Qué se siente estar así expuesto ante la ciudad? A que es excitante, ¿no? Lo has hecho frente muchas personas, qué tiene de malo hacerlo ahora.
—No me asusta— responde sin dejar de mirarme.
—¿Entonces por qué te aferras a mí? —me inclino un poco para poder encajar con sus labios, pero tan sólo le tiento. Es lo justo, él lo hizo antes conmigo.
—Quiero que juegues conmigo, así como lo hacías antes. Tom, quiero que me tomes y me hagas sentir tan deseado por ti como antes— dice de inmediato. Veo las ganas tan intensas que tiene porque esto pase—. Hazme sentir…
—Tuyo— decimos al unísono.
—Sí.
—Lo haría sin pensarlo o sin que me lo pidieras, Precioso… — algo que no sé definir, me da vueltas en el interior. Mis pensamientos cruzan unos con otros y no dejo de mirarle. Siento el calor que ya emana su piel y me hace arder por la cercanía—. Puedes soltarte de mí, ¿o sigues temiendo que podrías caer?
Le inclino un poco más y su espalda toca el cristal. Dirijo una de mis manos a sus nalgas y siento como aún se resiste a pegarse por completo a la superficie. Le obligo a dar el último paso y mi mano queda en medio de su nalga y el cristal.
—Quería que saltaras conmigo.
Por un momento sentí que estaba prolongando el momento antes de devorarle a besos, pero al ver su gesto insistente por llamar mi atención y sentir alivio en espera de mis palabras, lo medito unos momentos
—¿Ya no me conoces, Precioso? —sigo la línea de su quijada con el índice—. No necesitas ‘querer’ que yo salte contigo. Lo haría de inmediato— le digo al oído—. Pero ahora, por favor, salta a la cama conmigo y te haré sentir más de lo que ya me has pedido porque eres mío…
—Y es curioso— me corta—, porque recuerdo que tú mencionaste que me sentías tuyo y a la vez no, y yo te dije que, aunque llevara tu nombre en mi piel, no dejarías de creer aquello— consigue decir un tanto sofocado. Permanecer en esta posición no ha de ser lo mejor para él—. Ahora debo pedirte otra cosa.
Le tomo por los codos y le acerco a mí, retrocediendo al instante y en cuanto puedo, le alzo para que aferre sus piernas a mi cintura y sus brazos rodeen mi cuello.
—No sé cuánto tiempo me tuviste esperando y mira que empecé a hacerme de ideas, pero esto supera lo que tenía en mente, Conejito. Anda ya y dime en qué otra cosa quieres, porque no puedo aguantar un minuto más sin tenerte para mí.
—Quiero que lo hagas ahora, Tom. Deja tu nombre marcado en mí— me entrega algo, bajo la mirada y veo un rotulador pequeño—. Escribe en mí, Tom. Hazlo donde quieras y déjame a mí poner mi nombre en tu piel.
Me muerdo el labio inferior y pongo poca distancia. Conozco cada parte de su cuerpo, lo he recorrido cientos de veces tanto a ciegas, con los labios y las manos, e incluso bajo la luz de la habitación. Le conozco de memoria. Sé que su tatuaje tiene una T. Sé que sus lunares llegan a formar la inicial de mi nombre si es que son señalados, pero esto que me pide es difícil. Cualquier lugar de su cuerpo es apto para llevar mi nombre. Sobre su estrella, en su clavícula de lado derecho, en la muñeca o en el dedo anular. Marcaría mi nombre incluso en un lugar de sus caderas, arriba de alguna de sus nalgas o en el interior de sus muslos. Podría seguir descendiendo para buscar el lugar apropiado y marcar mi nombre cerca de su tobillo. Pero escribir en él…
—¿Ya se te olvidó que mi nombre ya está en tu piel? Los besos, susurros, mordidas y lengüetazos pequeños, ¿no son nada? Haz memoria, Precioso. En cada una de esas acciones he dejado mi nombre en tu piel, ¿y quieres que ahora lo escriba?
Con la mano izquierda, paseo la punta del plug contra su hendidura, Bill se remueve, pero no le dejo caer. Poco a poco lo introduzco en él. Su respiración se entrecorta, cierra los ojos con poca fuerza y separa los labios. Aprovechando, me acerco para darle un lengüetazo a su labio inferior y después jalonearlo.
—Sí, aun quiero que lo escribas— responde bastante decidido.
—Bueno…
Le bajo de mí y tomo el rotulador de su mano. Bill intenta acercarse, extiende los brazos para poder alcanzarme y yo lo alejo. Quiero ver cómo reacciona si es que le privo unos momentos del tacto y con la punta del plumón delineo sus facciones, dibujo sus clavículas y en su pecho escribo mi nombre de manera invisible hasta detenerme en el aretillo en su pezón. Escribo una T, desciendo sin despegar de su piel la punta del rotulador. Veo como contiene la respiración cuando me detengo en su ombligo y dibujo una O. Le lanzo una mirada y él me corresponde, algo destella en sus ojos y me encanta. Me vuelve loco. Y justo arriba del nacimiento de su miembro escribo una M.
Bill muerde la esquina de su labio inferior y llevo la punta del rotulador a sus labios, lo besa y le da un lengüetazo. Me provoca. Bill me tiene jodidamente carbonizado.
—Lo haré a mi manera— digo al fin y guardo el rotulador en uno de mis bolsillos—. Con palabras, caricias, lamidas y mordidas. Y sólo tú podrás verlo— tomo su mano y la acerco a mí, le doy un besito en el interior de la muñeca y ahora su mirada cambia. Vuelve a destellar de tal manera que ya no aguanta más y yo tampoco, quiero poseerlo cuanto antes—. ¿Ves? Ahora lo he escrito ya en tu muñeca, sobre tu tatuaje, en el interior de tu brazo y ahora en tu hombro— digo a medida que voy subiendo beso a beso.
Me acerco a sus labios y voy a por ellos, introduzco mi lengua para acariciar la suya y hago presión ligeramente al mordisquearle el labio interior con el ansia que ya no cabe en mí. Tomo su rostro entre mis manos para tener mejor agarre mientras él se aferra a mis hombros y junta su cuerpo al mío. Muevo mis manos sin despegarlas de su cuerpo hasta dejarlas inertes en sus nalgas, le estrujo, casi desesperado y hago que se restriegue contra mí. Siento su erección y la mía demanda esa fricción contra él. Bill comienza a sofocarse tanto como yo y en las fracciones de segundos en las que nos separamos para volver a encajar nuevamente, he escuchado sus jadeos y lo agitada que ahora está mi respiración. Dirijo la diestra hasta su hendidura y siento el abultado rabito de conejo. Le guio un par de pasos hasta la cama, él pone un poco de distancia y hace ademán de subir, pero le atraigo tomándole con fuerza.
—Vamos, Precioso— con la diestra le tomo por la quijada—. Tócate para mí.
Lo empujo hacia atrás para que caiga en la cama y le miro con algo de altura, levantando la barbilla antes de sacarme la camiseta. La malicia se instala en él y sin decir nada, sube hasta la altura de las almohadas, pero se lo impido al estirarme y alcanzar sus tobillos para atraerlo nuevamente y se quede dónde estaba.
—Me gustaría que me recuerdes cómo es que castigaba tus faltas— le pido al momento en que desabrocho mis pantalones y dejo que la hebilla del cinturón cuelgue un poco.
—Con… ¿un guantazo? —intenta adivinar. Su mano va hasta las orejitas de conejo para quitárselas, pero se lo prohíbo mediante una señal.
«Y de momento llevas dos, Precioso»
Veo cómo se muerde el labio inferior y ahora sí dirige una de sus manos hasta su miembro.
Mediante un gesto le pido que no deje de mirarme. Él lo entiende, se incorpora, separa un poco las piernas y sin dejar de verme, acaricia su erección repetidas veces, deteniéndose en la punta y dibujando circulitos con el pulgar o sujetando desde la base hasta que las puntas de sus dedos tocan sus testículos. Veo como entrecierra los ojos, como su pecho sube y baja, miro el aretillo en su pezón y le digo que juegue con él. Contrae las piernas a causa del placer. Se ruboriza por el calor que se instala en su rostro y se arquea ligeramente sólo para provocarme.
Sabe cuánto me pone verlo así. Ya ha de querer que vaya a por él.
Sigo de pie frente a Bill, solo mirándolo y ya. Ni siquiera he terminado de desvestirme y no sé por qué estoy tardando tanto, así que me saco las prendas que me faltan. Él ha hecho un sonidito especialmente delicioso y voy a por él antes de que continúe y alcance un orgasmo sin que yo le haya tocado antes.
—Tom…
Me detiene jugueteando al posar las puntas de sus pies contra mi pecho. Le tomo de los tobillos y hago que baje las piernas con lentitud. Cuando vuelvo a acercarme, son sus rodillas las que me detienen. Está provocándome y no quiero alargar más el momento y poder tomarlo. Separo sus piernas al tomarle de las pantorrillas, luego posiciono sus pies en mi pecho, me encojo y le atraigo tomándole con fuerza de las caderas. Al momento de erguirme, sus tobillos quedan sobre mis hombros y él me mira totalmente alucinado. Veo sus manos, éstas se deslizan por su torso hasta llegar a su erección, pero la diestra sujeta la mía y una vez las junta, ambas manos se dedican a masturbarnos.
Siento como una oleada caliente crece en mi abdomen, me da un vuelco incomparable y echo la cabeza hacia atrás a causa de ello.
Es intenso, suave e incesante. Me llena de placer y quiero que este aumente.
Le escucho jadear mientras yo guardo esos sonidos para mis adentros. Me limito a solo dejar escapar la respiración porque siento que, si la contengo un segundo más, algo va a estallar en mi pecho.
Mis manos pasean por sus piernas repetidas veces, yendo a la cara interna de sus muslos y continuo con suavidad en la flexión detrás de sus rodillas. Cuando su tacto sobre mi miembro se vuelve intenso y sus movimientos cambian, le sujeto con fuerza por los tobillos, aprieto los labios y detengo las ganas de dejarme caer a la cama. Las piernas me tiemblan levemente y siento que no puedo seguir de pie, así que bajo con lentitud las piernas de Bill, él me mira y se impulsa para subir hasta las almohadas. Me acerco, voy sobre él y le hago darse vuelta. Bill pretende ponerse a horcajadas, le devuelvo sobre las almohadas y tomo sus manos para subirlas arriba de su cabeza. Escucho una risa ahogada por su parte y entonces aferra las manos a uno de los cojines de encima.
Se le han caído las orejitas de conejo y las acomodo de inmediato. Desciendo con lentitud, aspiro su aroma hasta que la punta de mi nariz acaricia su nuca. Aprecio sus lunares, pero esta vez no iré a por ellos primero. Con besos y lamidas, voy descendiendo por su espalda, sintiendo como se tensa y se remueve. Su piel se ha erizado al momento en que llego a su espalda baja, me deleito con ello, sujetándole con un poco más de fuerza y bajo hasta esa zona donde el nombre de la espaldilla se pierde totalmente. Le doy un lametón, siento el comienzo de su hendidura y me detengo ahí. Vuelvo a pasar mi legua por su piel cuando veo las reacciones que tiene su cuerpo. Dejo escapar mi aliento sobre los círculos de saliva que aún son notorios. Bill se estremece y termina por encogerse. Le doy un mordisquito, sólo uno y es suficiente para hacerle arquearse de placer.
Le escucho ahogar un gemido, estrujo sus nalgas y la tentación por verlas enrojecidas me hace enloquecer. Bill se incorpora y yo tomo distancia para mirarle. Mis manos se aferran a sus costados y le hago ponerse a horcajadas. Cuando veo su espalda totalmente curveada, le doy un guantazo tan fuerte que la mano me pica y su nalga queda roja, la estrujo y ahora le doy un guantazo más leve a la otra nalga.
Me gusta verle así, mi mano se ha marcado en su piel y la postura en la que permanece provoca pequeñas explosiones en mi interior.
Llevo la diestra a su hendidura y sobre el abultado rabo de conejo hasta sacarlo. Juego con su entrada, le hago creer que voy a introducirme en él para buscar aquel punto al que le gusta que llegue. Voy hasta su miembro, tiro de el sin nada de fuerza y le recorro de arriba abajo repetidas veces. Mi otra mano se detiene en su abdomen y le hago incorporarse. Junto mi cuerpo al de Bill y le sostengo para que no caiga. Se acomoda y entonces empiezo un vaivén de movimientos contra su entrada. Friccionándome contra él y masturbándolo al mismo tiempo, siento que podría extinguirme. Su piel arde contra la mía. Me quema, prolonga la sensación hirviente en mi pecho y se expande como fuego por mis venas. Bill empieza a sentirse resbaloso por el sudor y sus jadeos le cortan las palabras, pero eso no me impide querer tenerlo más cerca o escucharle por completo.
Bill aferra una de sus manos a mi cadera hasta mantenerla inerte en mi nalga e impulsarme cada vez más. Su otra mano ayuda a las caricias que reparto en su erección. Le siento temblar, se encoge y cae para apoyar las manos en la cama. Le doy un último guantazo, le tomo con determinación y hago que se dé la vuelta tan rápido que su mirada desorientada me causa algo de gracia.
Voy a por él, me hago espacio en sus piernas y me fricciono lo más intenso posible. Él me mira con los ojos muy abiertos, su boca forma una O y contiene un jadeo. Voy a sus labios, besándole con fuerza mientras mis manos se hunden a sus costados y estrujo la ropa de cama en mis puños. Bill aferra las piernas a mi cintura y se mueve debajo de mí siguiendo el mismo ritmo. Sus manos pasean por mis hombros, mi espalda y me encaja las uñas en las costillas. Aumento el ritmo y ahora sus dedos se entierran en mi piel, descendiendo hasta mi cadera e impulsarme al estrujar mis nalgas.
Pongo distancia, le miro detenidamente y el deseo que me transmite me hace estallar por completo. Le quito las orejitas, invierto las posiciones y le tomo por la cintura, pero él escapa de mi agarre. Sus manos aprisionan las mías a ambos lados. Me remuevo sobre la cama mientras su lengua acaricia mis labios y luego me mordisquea como yo hice con él en algún momento. Se acerca hasta mi oído, pero no dice nada, en su lugar, deja escapar su respiración junto a mí. Sus manos ahora se posan en mi pecho y al restregarse contra mí, siento sus uñas encajarse en mi piel. Vuelve a besarme y poco a poco empieza a descender a mi cuello, chupa la piel sobre mi nuez de Adán, desciende un poco más y se detiene en medio de mis clavículas y me marca un chupetón que duele ligeramente. Escucho su risa ante mis quejidos y sus uñas rasguñan mi pecho hasta bajar y detenerse en mis oblicuos.
Soy incapaz de decir algo. Esto me gusta. ¡Joder, que me tiene aún más carbonizado!
Hundo la cabeza entre las almohadas, separo los labios y dejo escapar un jadeo. Su tacto logra incrementar el calor que emana mi cuerpo y la respiración se me agita un poco más. Esto sí que es placentero, Bill está a nada de llegar a mi erección y yo tan sólo puedo sentir como me deshago por dentro.
Cierro los puños y me tenso por completo cuando sus manos serpentean por mis muslos hasta subir y tomar mi longitud. Siento que comienzo a extinguirme. Estoy más que carbonizado y descolocado ante la manera en la que me masturba. Pronto siento el calor de su boca acercándose a mi punta, casi hundo las caderas ante ello. De todos modos, Bill deja caer su aliento sobre mí, haciéndome estremecer y maldecir por lo cabo. ¡Ahg! Siento mi miembro palpitar entre sus manos y mi piel arde ante su tacto. Mi respiración se ha vuelto más que ruidosa y no dejo de estremecerme. La piel se me ha erizado y de un momento a otro Bill se detiene. Siento su peso sobre mí, cómo se acerca y al compartir un beso, se mueve sobre mi cuerpo, su miembro se cruza con mi pene mientras se restriega cada vez con más intensidad. Me muevo debajo de él tanto como puedo, pero es difícil. Los músculos se me tensan de inmediato y me encojo debajo de él. Siento su sonrisa ensancharse junto a mis labios y como se sofoca de un beso momentos después.
Vuelve a moverse sobre mí y desciende tan rápido como es posible sin despegar los labios de mi piel. Pronto mi longitud se encuentra en su boca. Bill va de arriba abajo tan rápido que apenas soy consciente de las sensaciones que logran hacerme llegar al exceso. Ya ni siquiera escucho mi respiración, lo único que puedo percibir es su legua dibujando círculos en mi punta y como lame hasta la base. Las puntas de sus besos acarician cada textura de mi piel hasta jalonear ligeramente debajo de los testículos, dándome una punzada que sube a mi abdomen y se reparte como miles de flechas hasta llegar a mi pecho.
El corazón me ha estallado de lo agitado que está y una sensación ardiente me quema desde adentro.
No puedo más con lo frenético que se ha vuelto esto. El ansia de Bill se adhiere a mí el doble de fuerte que seguro le ataca a él. Su habilidad para hacerme temblar ante la tibiez de su boca y lo placentero que se siente cuando su lengua va una y otra vez sobre mi punta, hace que sienta las palpitaciones de mi pene contra su lengua.
Un gemido escapa de mi garganta, contraigo los brazos tanto como puedo, sintiendo como sobresalen los músculos y me siento derretir en la cama, pero aún no me he corrido. La boca de Bill me libera y nuevamente siento que sube a mí. La cama se hunde a mis costados y agitado, solo espero escucharle decir algo. En su lugar, me mira y toma mi miembro para poder bajar las caderas hasta que se haya penetrado. Ahora sus manos van a mis hombros y las mías estrujan sus nalgas y entierro los dedos en su piel al hacerle moverse rápido sobre mí.
La intensidad del momento me hace echar la cabeza hacia atrás, hundiéndola entre las almohadas y cerrar los ojos con tanta fuerza que, al abrirlos, la imagen no es clara.
Bill se sigue moviendo sobre mí, ahora una de sus manos se dedica a darse más placer y le ayudo en la búsqueda de la sensación más fuerte que podría llegar a sentir. Le veo. Veo cómo se muere carbonizado ante esto y lo desesperado que está por llegar a la cima.
Me introduzco en él a un ritmo frenético. Pronto todas las sensaciones se maximizan. El calor aumenta y los espasmos de placer hacen que me curvee. La piel se me ha erizado, algo intenta estallar dentro de mi pecho y entonces aumento más el ritmo. Bill se dobla de placer, mis movimientos y los suyos se detienen, él apoya las manos en mis hombros y se acerca para poder besarme, pero no lo hace. Me esquiva y deja escapar un gemido cerca de mi oído.
Bill sale de mí y se derrite sobre mi pecho. Le hago incorporarse, me doy cuenta que sólo he salpicado cerca de su entrada y necesito terminar por correrme. Cuando Bill vuelve a restregarse contra mí, junta su erección con la mía y siento lo poco pegajosos que estamos. Él intenta morder su labio para acallar sus sonidos de placer, pero no puede ante un gemido que deja escapar junto a mis labios. Continúa moviéndose sobre mí por pura inercia, me mira al levantarse un poco, pero después cierra los ojos con fuerza, suelta la respiración y vuelve a gemir. Se ha corrido en mi abdomen y se ha dejado caer sobre mi cuerpo. Invierto las posiciones, me fricciono contra él tanto como puedo. lo siento cerca. Siento como todo se calienta. Y tomando nuestros miembros, logro correrme también. Bill me hace ahogar un gemido cuando me besa y termina mordiendo mi labio inferior. Me aparto de momento, le miro y tomando mi punta, dibujo sobre su abdomen algo que solo yo puedo ver.
Las sensaciones me hacen desvanecerme, las piernas me tiemblan y poco a poco me derrito en la cama, soltando el aliento e intentando apaciguar mi respiración.
Hacía tanto que esperaba un momento así de intenso. Hacía tiempo que necesitaba sentir como me extinguía el llegar a un orgasmo. Pasamos muchísimo tiempo separados y ni siquiera todas las veces que hemos estado juntos en la cama podrían igualarse con esto.
Quedamos tendidos en la cama, Bill ha de estar tan exhausto como yo como para haber cerrado los ojos y extender los brazos sobre la cama. Su pecho sube y baja aun incontrolablemente y sus labios permanecen entreabiertos. Aun siento la humedad y el líquido pegajoso en mi abdomen y me apetece una ducha.
El tiempo pasa y el placer se desvanece. Le escaneo lascivamente mientras descanso a su lado.
«Eres bastante precioso, Bill».
Le sorprendo mirándome, lanza una sonrisa fugaz, pero ésta se borra cuando ve que me incorporo y salgo de la cama.
—¿A dónde vas?
—A la ducha— se me sale una risa cuando noto la manera en la que ha dicho eso.
—Quédate y duerme conmigo— me pide, pero me imita también al levantarse.
A un paso de distancia se detiene y baja la mirada. Se agacha y toma aquello que ha pateado. En su mano veo el rotulador y sin pensarlo se lo quito. Que se me ha ocurrido una idea antes de ir a la ducha.
Lanzándome una mirada juguetona, se acerca un poco más, pero le detengo y le rodeo.
—Cierra los ojos.
—¿Qué tramas?
—Sólo hazlo.
—Pero dime— insiste.
—Anda ya— estoy detrás de él y me acerco a su oído—, ciérralos.
—Bien…
Escaneándolo con la mirada, vuelvo a rodearlo mientras paseo la punta del rotulador por su piel dibujando líneas imaginarias y pensando donde es que luciría bien mi nombre en su piel. Me detengo frente a él, le veo sonreír y lamerse los labios. Destapo el rotulador y escribo mi nombre.
—Aquí es donde quiero que lo lleves, que me lleves a mí, más bien— termino por corregir—. Y estoy seguro de lo imposible que será que te olvides de esto, Precioso.
Bill abre los ojos echa un vistazo. Su mano va hasta su piel y sus dedos delinean las letras.
—Tom— lee mi nombre y alza la mirada para unirla a la mía—. Me gusta como se ve en mi piel.
Continúa…
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