Temporada II. Por Amy-Stalinalsky
Capítulo 21
Ni siquiera me dio tiempo de hacerle ver mis intenciones pues a mitad de camino Steve llamó y apenas y pusimos un pie en el departamento, Tom ya estaba sobre el portátil tecleando lo que, seguramente, Steve le decía. Me quedé mirando y fui incapaz de hacer algo mientras atendía sus asuntos. Apuesto que ni siquiera me escuchó decirle «cuando quieras» mientras iba a la habitación.
Sigo tendido sobre su lado en la cama y a estas alturas ya he calmado el nudo que tenía en la garganta, contuve los reclamos y el enojo que me hacía sentir el ser ignorado por más de una hora. Los minutos transcurrieron de manera tan lenta que se sentía algo irreal.
¡Joder! Y todo lo que logré asimilar mientras él aún hablaba por teléfono, tan sólo me llevaba a algo; la culpa es mía. Tom es de los que no se andan con rodeos, necesita escuchar las palabras directamente o hará de cuenta que jamás escuchó nada. No lo dije con palabras ¡¿En qué carajos pensaba?! Que le conozco y sé cómo le gustan las cosas, pero él tampoco es ningún tonto como para no darse cuenta de lo que insinuaba. Pudo decirlo en cualquier momento, lo peor de todo es que yo también pude hacerlo, pero no.
«¡No, al señor eso no le va!»
Me reclamo y ahora me quedo con la culpa en las manos por querer que él respondiera a mis jugueteos.
¡¿Pero qué había de malo con ellos?! Creí que teníamos lo mismo en mente, que estábamos en sintonía y durante toda la semana mis intentos fueron en vano porque él tampoco me dijo que esperaba de esto. Me dejó confundido, pero yo tampoco pregunté nada, creí erróneamente que podía solucionarlo como solía hacerlo, pero ya lo tengo todo claro. Nada puede ser igual que antes.
Me levanto de golpe ya resignado a que podamos tratar esto, seguramente mañana se quedará como algo que jamás ocurrió, lo olvidaremos y así terminará el asunto.
Estiro las sábanas de un jalón, aventando uno de los cojines al suelo, rodeo la cama y lo pateo porque me estorba para acomodarme y sacarme los zapatos, luego desabrocho mis pantalones y me deshago de la camiseta. Ya no tiene caso que espere por él porque es obvio que estará con Steve y el portátil por un rato más.
—No, esta noche ya no hay tiempo para ti, Bill— me digo a mí mismo.
—No hagas nada hasta entonces, dile a Keana que espero la llamada— escucho a Tom decir y me asomo para verle dejar el móvil.
Me muerdo los labios, suelto la respiración y arrugo la camiseta entre mis manos. Soy incapaz de quedarme con las palabras en los labios, entonces voy a la estancia y me planto frente a él y la mesa de centro.
—Has de saber una cosa, Tom— empiezo a decir—. Pasaste un rato al teléfono y haciendo no sé qué en el portátil, así que ya no te preocupes por nuestra conversación a medias porque ya no es algo que quiera tratar contigo justo ahora.
—¿Seguro? Porque te veías impaciente hace un rato— me analiza con la mirada hasta que no soy capaz de sostener el contacto visual con él—. Pero no puedes esperar, ¿cierto? Conmigo no puedes esperar.
Menciona lo mismo que le dije la otra vez y eso me jode.
—Lo siento, ¿ya? Lamento el haberme equivocado e insistido. Sé que las cosas no serán como solían ser, pero yo solo quería que tú y yo siguiéramos con lo nuestro, así como nos gustaba a ambos. Ya veo que tú tienes muy planteado el que no sea de esa manera, así que fin de la discusión. Buenas noches.
Regreso sobre mis pasos. No sé si me ha seguido o no porque no vuelvo la mirada. Al igual que él, me pesa admitir que me equivoqué.
—Las cosas no son así— me dice al hacerme volver a verle.
—Evidentemente sí, Tom— respondo acelerado. Veo el tipo de mirada que me dirige y sé que mi tono no ha sido lo mejor y no quiero cagarla aún más—. Perdón, me he pasado de mamón.
—Entiendo lo que tú querías, pero no sé si hay alguna otra razón— su mano toma la mía, de alguna forma pretende calmarme y de paso calmarse también.
—¿Crees que la hay? —me muerdo el interior de las mejillas y trago pesado.
Estoy seguro de que Leo le pasa por la mente justo ahora y temo que quiera sacarlo en la conversación.
—Pudiste decirme lo que querías sin andarte con rodeos— veo que se esfuerza por no explotar justo ahora, igual como intentó no hacerlo antes de venir a casa—. Pero fue estúpido esperar a que lo hicieras. No, espera, fue realmente estúpido aguardar a que el otro lo hiciera, porque tú esperabas ciertas palabras de mi parte y yo también esperaba algo de ti. Pero en ocasiones somos así, esperamos mucho, aunque estemos ardiendo el uno por el otro.
Le miro con cuidado y me pienso lo que le voy a decir. Por primera vez y tratándose de esto, escogeré bien mis palabras.
—No creas que no quiero que pase.
—¿El qué?
—El estar contigo, Bill, pero siento que hay algo que no entiendes del todo y yo tampoco me acerqué a decirte— hace una mueca de arrepentimiento y suelta mi mano.
—¿Qué cosa?
—La razón por la cual las cosas no pueden ser tal cual iniciaron es porque cuando llegaste a mí lo único que buscaba era saciar mi necesidad de un encuentro. Yo sólo quería que te entregaras a mí, pero tal y como una vez dijiste; te traté diferente. Te miré diferente, Bill. Dejé que me conocieras, dejé que estuvieras conmigo, tuvimos algo sin la necesidad de etiquetarnos a pesar de que tú buscabas toda vía más. Siempre has de buscar más…
Me quedo callado y sin mirarle. Sé que mi silencio le está dando la razón, y además tampoco sé que decir.
—No puede ser igual porque ahora todo es diferente, quiero que sea como debió de haber sido, pero el dejar fluir las cosas de tal manera, no es algo tuyo. Y sí, fue un error mío no haberlo mencionado, está claro.
Hago ademan de ponerme la camiseta, pero me detiene y su mirada se clava a la mía. No digo nada y él tampoco, en su lugar, escucho lo pesada que está su respiración y es porque, seguramente, tratar esto no es fácil y mucho menos con mi actitud.
—¿No vas a decir nada? —duda sobre tomarme por los hombros hasta que lo hace. Siento como mi piel se eriza ante su tacto.
—Pudimos decirnos lo que queríamos, pero somos así, tú lo has dicho. Siempre queriendo que el otro descifre lo que deseamos, ¿no? Ya, pues no me equivocaba en realidad y está bien. Tú no quieres un encuentro conmigo tanto como yo quisiera, no hay más. Quieres que pase ¿qué, exactamente? —me cruzo de brazos y le veo controlar la poca tranquilidad que tiene ahora. No sé ni siquiera por qué se pone así.
—Escucha— su tono me deja helado—, tú siempre vas a querer que las cosas sean de otra manera y yo también. Pero siempre hemos funcionado así, y siempre encontramos la manera de cumplir lo tuyo y lo mío, así que no veo por qué ahora debe ser una excepción— no entiendo sus palabras—. No te quedes callado, dime algo.
—La culpa es mía— respondo en un susurro.
—Bill…— su tono insistente pretende hacerme cambiar de opinión. Tom no lo considera así, seguramente.
—Lo es y te molestaste en más de una ocasión, ¿o lo vas a negar?
—No lo niego. Sabes que, si se trata de sado o el intercambio, las insistencias no me van. Y lo acepto, en algún punto pensé que te ponía a prueba y que al final al dirías lo que querías, pero también lo jodí todo.
Cansado, lanzo un suspiro y bajo la mirada, pero él me toma por la barbilla y me hace verle. Siento que, si le sigo mirando, se me harán agua los ojos o dejaré escapar un sollozo.
Su móvil suena desde la estancia y sé de más que si contesta no volveremos a tomar esta conversación, pero no quiero que lo haga. Pongo distancia y me aclaro la garganta para pedirle que no conteste y que duerma conmigo, pero me quita el habla.
—Podemos, por favor…
—No lo creo— niego con un cabecero y me arrepiento de decir aquello, pero no hay más—. Dijiste lo que tenías que decir y yo también— digo con pesar ya sin siquiera mirarle.
No puedo verlo a los ojos, me da un vuelco siquiera pensar el hacerlo.
—No puede ser como antes, pero puede ser diferente, Bill. Puede ser mejor— ahora sé lo mucho que a él le incomodó lo que hice. Estaba realmente equivocado respecto a todo, supongo—. Duerme bien— toma mi mano y le miro en acto reflejo, la lleva a sus labios y me da un beso al interior de la muñeca.
Cuando me lanza una sonrisa culpable apenas visible, siento que en verdad esto debería quedarse en el olvido. Me muerdo los labios mientras escucho lo que dice ahora al teléfono.
—Yo sólo quería que…— no termino de decir y me dejo caer en la cama. Que estupidez y que necedad la mía.
La luz de la estancia se quedó encendida hasta pasadas las dos de la mañana, Tom había terminado su llamada una hora antes y cuando llegó a la cama se quedó dormido de inmediato. Pero yo no logré conciliar el sueño como él y las horas transcurrieron con lentitud. Mi mente estaba llena de un montón de pensamientos respecto a lo que dijo y no dejé de darle vueltas al asunto. No dejé de pensar en que, el que Tom no aceptara, se debía a lo ocurrido la primera vez conmigo y que le recordó a Alina. Y seguro cree que mi insistencia se debía a la manera en la que Leo y yo llevamos la relación. No quiero que esa idea siga rondando mis pensamientos o siquiera que a Tom se le ocurra.
Si estamos juntos, debería importar eso y nada más. No Alina, no Leo, ni tampoco los demás. No tiene por qué pasar.
Debo relajarme, necesito dormir, pero no podré hacerlo si sigo dando vueltas a lo mismo. Suelto la respiración y me voy haciendo a la idea de que voy a vaciar la mente.
Estiro las piernas pues he estado largo rato encogido entre las sábanas y libero también la almohada de mis puños. La sabana me cubre hasta los oídos y la bajo a la altura de mi pecho. Me siento terriblemente mal por haberle dado la espalda a Tom durante toda la noche.
Muerdo mi labio inferior al mirar mi reflejo en los cristales, la ciudad está en calma y las luces aún brillan en la oscuridad —tal vez amanezca pronto—. Finalmente vuelvo la vista al cristal y noto que Tom también está dándome la espalda. Poco a poco, me giro para verle. Se ha quitado la sabana, ni siquiera me di cuenta, estaba tan metido en mi propia cabeza que no sentí cuando lo hizo.
—¿Tom? —digo en un tono muy bajo.
Me acerco con lentitud para no despertarlo. Pretendo abrazarle antes de cubrir su cuerpo con las sábanas, pero en su lugar, acaricio su espalda desnuda y siento lo fría que está si piel. Maldigo por lo bajo. Fui yo quien le convenció mover la cama hasta la ventana para despertar acompañados de la vista, sé que lo hizo sólo porque quería darme ese gusto, pero realmente no le agradaba dormir aquí por el frío que solía sentir por las noches.
No se opuso. Tom lo hizo por mí, al igual que hace por mí el intentar llevar lo nuestro en un ritmo pausado.
¡Joder! Que me siento un maldito egoísta.
Mi mano va al final de su espalda, pero la aparto de inmediato para colocarle las sábanas y lo abrazo por debajo de éstas. No puedo rodearlo por completo, pero no importa, me acurruco a él para sentirlo cerca y que él me sienta también.
—Lo lamento mucho— susurro a su oído. Espero que lo escuche en sueños.
Le doy un besito cerca del hombro y vuelvo la cabeza a la almohada, percibiendo su aroma. Cierro los ojos y empiezo a quedarme dormido apenas siento la calidez que hay entre nosotros.
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Desperté y fui consiente de cómo Bill permanecía abrazado a mí. Me volví a verle con sumo cuidado y no hacerle despertar. Su cabello estaba revuelto, tenía los labios entre abiertos y la luz tenue que atravesaba los cristales de las ventanas, formó un halo de luz detrás de él.
Permanecí quieto y sin volver a cerrar los ojos para dormir un rato más, pensé en lo que le dije anoche y como él se quedó callado. Quizás el abrazarse a mi mientras dormíamos fue su manera de ceder ante mí, si estoy en lo cierto, me toca hacerlo también.
Salgo de la cama, levanto su brazo y acomodo la almohada para que abrace ésta en mi ausencia. No conforme con haberle visto, le tomo una foto con el móvil. Que se ve precioso así.
Visto lo mismo que tenía puesto ayer y me dirijo al living a por la chaqueta. Sobre la mesa de centro veo el portátil y la agenda que traje conmigo. Tomo el bolígrafo y en una de las últimas hojas escribo algo para Bill. Regreso a la cama y sacando la hoja, la doblo y dejo sobre la almohada que abraza.
Se me sale una sonrisa y me inclino para darle un beso diminuto en la nariz. Una vez salgo del departamento hago una llamada rápida y abordo el primer taxi que veo pasar por la calle.
Son quizás las siete de la mañana. Bill despertará en unas horas, probablemente. Su carrera de sueño es bastante larga, o como le digo yo, es un perezoso.
El auto me lleva a donde le indico. Me he demorado bastante, pero cuando tengo la sorpresa de Bill en mis manos, regreso a casa. Veo la cafetería que está en la otra calle y entro para pedir algo. Regreso al departamento dispuesto a tenerle el desayuno antes de que despierte, pero mi sorpresa es verle a la carrera poniéndose los zapatos. Me detengo en la puerta y él me mira con una exagerada sorpresa.
—¿Qué crees que haces? —pregunto confundido y se levanta del suelo.
—Iba a por ti.
—Bueno… ¿y sabías donde encontrarme? —me adentro dejando la puerta cerrada a mis espaldas y coloco la bolsa de papel sobre la barra en la cocina.
—Estaba a punto de llamarte— logra decir de inmediato.
—Vamos, quítate eso— me acerco y le saco la chaqueta.
—¿A dónde fuiste?
—Ve a la cama y espera unos minutos— digo al encaminarle de regreso.
—¿Qué es eso? —hace ademán de asomarse por encima de mi hombro, pero lo bloqueo.
—Ya te enterarás, de momento espérame aquí— le pido y él se sienta en la cama.
—¿Por qué te fuiste? —al tomarme de la mano me impide volver. La preocupación toda vía no se ha desvanecido de su rostro casi adormilado.
—Ya te enterarás— repito con una sonrisa pequeña en los labios y voy a la cocina.
Acomodo los alimentos en la barra desayunador, del bolsillo de la chaqueta tomo un sobrecito y lo pongo junto a su plato. Cuando tengo lista la cafetera, echo un vistazo para saber si está espiando, pero como no lo hace, voy de regreso a con él.
—¿A dónde fuiste y por qué tanto misterio? —salta de inmediato con las preguntas.
—Que impaciente— menciono con humor, pero eso no le va en lo absoluto—. ¿Dormiste bien? Su cara es un poema. No dice nada cuando me acerco y dejo la chaqueta a un lado.
—¿Bill?
—¿Ah?
—Te pregunté si…
—¿Por qué le das vueltas al asunto? —medio frunce el ceño tal cual un chiquillo. Me hace gracia.
—Fui por algo— voy sobre él y le hago recostarse en la cama. Me tumbo a su lado y me mira aún sin entender.
—¿Qué cosa?
—Te traje el desayuno. Lo hubiese preparado yo, pero me conoces y no se cocinar— lo que he dicho parece que le ha relajado un poco. Ahora hasta contiene una sonrisa, pero ésta se borra por escasos segundos.
—Cuando desperté y no te vi, creí que algo había pasado. Sólo una vez te desapareciste así y ahora…— noto el temor en sus palabras.
Sé a qué se refiere y no me va el recordarlo ahora, tampoco que él creyera algo semejante.
—¿Por qué creíste que había pasado algo como la vez en que me encontré con Alina? Se encoge de hombros y responde en un tono muy bajo: —No importa, lo siento.
Bill no quiere continuar con eso y yo tampoco voy a s insistir.
—Bien— llevo una mano hasta su rostro y él acuna la mejilla contra ésta—. Tengo algo para ti.
—¿Qué es? —me mira con atención y por un momento su mirada se enciende—. ¿Tiene que ver con la nota que me dejaste?
—¿Nota? ¿Qué nota?
—Me dejaste una nota y como siempre, el final no fue claro.
Me incorporo en la cama, pero él me alcanza de inmediato y sube a mis piernas, hago que las abrace a mi cintura y le atraigo un poco más.
—Yo no te dejé una nota.
—Lo hiciste…
—No es cierto— le interrumpo y me mira sorprendido—. Te escribí una carta, Precioso.
—Una carta— repite.
—Y decía que…
—¿La leerías para mí? —se atreve a pedir. Sus mejillas adquieren un tono rosado, pero intenta ocultar el rostro.
—¿No la has leído ya?
—No— responde travieso y pone distancia sólo para ir debajo de la almohada y entregarme un papel medio arrugado—. ¿La lees?
Me mira con ojos inocentes y su sonrisa provoca algo en mi interior. Al aclararme la garganta y desdoblar el papel, siento que no podré evitar que mi rostro termine sonrosado como el suyo.
—B-Bien…— al momento en que cruzo la mirada con él, regreso la vista al papel—. Precioso chiquillo insistente— hago una pausa y le miro—. Vamos, sabes que lo eres— le digo con humor y él tuerce los labios. Yo continúo: — No espero que recuerdes todo lo que alguna vez te dije, y no me refiero a lo que tú ya sabes, me refiero a algo de hace tiempo. Como sé que sueles olvidar hasta lo que vestías uno o dos días atrás, te haré memoria.
—No soy tan olvidadizo— protesta, pero por mucho que se esfuerce, no puede verse ni un poco enfadado justo ahora. En sus labios se oculta una sonrisa.
—Lo eres— se me sale la risa—. Además, apuesto que ya la leíste, así que vayamos a comer lo que te traje, ¿te parece?
—Nonono— me impide el siquiera moverme, me gana el peso y él queda a horcajadas sobre mí—. Sigue leyendo.
—No puedo leerla si estoy acostado y tú encima de mí.
—Si puedes, anda— se acomoda sobre mi cuerpo.
Desvanezco la sonrisa de mis labios, los humedezco y vuelvo a leer desde el inicio.
—Precioso chiquillo insistente… No espero que recuerdes todo lo que alguna vez te dije, y no me refiero a lo que tú ya sabes, me refiero a algo de hace tiempo. Como sé que sueles olvidar lo que vestías uno o dos días atrás, te haré memoria. Fue hace meses cuando te dije algo por primera vez, y me lo dijiste también. Igual te mencioné que había algunas formas de querer y no me creíste— estoy tentado en mirarle, pero no lo hago—. Querer a alguien y que no se vaya. Querer estar con alguien, compartir más y también querer llevarle a la cama. Y y-yo te quiero a ti de esa y otras maneras, Precioso. Ahora estoy seguro de que me crees.
—Te creo.
—Posdata… Nadie puede desearte tanto como yo, y no sólo me dejes follarte, déjame quererte a mi manera.
Le miro con los ojos muy abiertos, vuelvo al papel, regreso la vista a él y repito la acción unas cuentas veces antes de decirle algo.
—La posdata la escribiste tú, ¿no es así?
—¡¿Qué?! ¡No! Que es tu letra y…
—Yo no recuerdo haberlo escrito. A que es cosa tuya, pero, de todos modos, esas palabras tienen toda la razón— hablo tan rápido e intentando no romper a carcajadas por lo que en realidad sí escribí.
No quiero imaginarme ni cómo me veo, ya siento la cara arder de vergüenza y cómo he contenido el aire hasta el punto de sacarlo en forma ruidosa.
—¿La tienen? —pregunta con curiosidad mientras se acerca.
Se ve provocativo. Su ingenuidad me puede, y el tipo de mirada y sonrisa que me dirige me provoca un subidón. Lanzo el papel hacia un lado y le tomo con la fuerza suficiente para invertir las posiciones. Bill entreabre los labios para decir algo, pero le beso. Mis manos estrujan parte de las sábanas y de su camiseta, las suelto y logro deslizar las manos debajo de su prenda, sintiendo su espalda y medio encajando las puntas de los dedos en su piel. Bill acaricia mis labios entreabiertos con su lengua e intento capturarla con los dientes, pero en su lugar es su labio inferior el que muerdo y jaloneo hasta liberarlo.
—Tengo una propuesta para ti— digo reponiendo la compostura, pero sé que, si a Bill se le ocurre tocarme, enloqueceré de inmediato.
—Dime.
—De la noche a la mañana pueden pasar muchas cosas; nosotros podremos olvidarnos de toda esa mierda y empezar de nuevo— pongo distancia para verle y de inmediato me toma del rostro—. ¿Qué dices, Precioso? Sólo tú y yo en Italia intentando averiguar qué tan interesante puede volverse la noche.
—Digo que, si estás seguro y tienes todo preparado…
—Claro que sí— le interrumpo.
—Estoy sorprendido e impaciente— dice de inmediato y me acerca a él—. Digo que sí. Sí, sí y sí
—Los billetes de avión esperan junto con el desayuno— le digo entre besos.
—¿Cuándo nos vamos? —pone distancia para mirarme. Que se ve tan emocionado y deseoso.
—Mañana temprano.
—¿Y qué haremos cuando lleguemos allá? —su pregunta me da algo de gracia
—«No sólo me dejes follarte, déjame quererte a mi manera»
—Seguir al pie de la letra la posdata ¡Perfecto! —me sigue la corriente.
Me acerco hasta poder chocar las narices y le dedico un asentimiento. Voy a sus labios imponiendo el ritmo frenético que acostumbrábamos.
Continúa…
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