«Psicología perfecta» de infectedsecret
Capítulo 11
Por Tom
– Una muchacha es como… un amuleto de la fortuna. – Dijo mi hermano Georg, exagerándolo todo, como siempre solía hacerlo. – Debes de valorarla con todo tu ser. Tenlo siempre en cuenta.
– Nunca debes dejarla ir. Nunca lo permitas. – Aclaró Gustav, adentrándose en la conversación. – Tal vez te arrepientas de eso luego.
¿Una muchacha? ¿Una mujer? ¿Quién puede predecir que alguien acabará enamorado de una mujer o de un hombre? Nadie más que uno mismo puede decidir eso. ¿Por qué un hombre siempre debe estar destinado a compartir su vida junto a una mujer? ¿Por qué no pude un hombre compartir su vida con otro hombre? ¿Y por qué también una mujer con otra mujer? Mi opinión es que es injusto. ¿Acaso el Señor no nos entregó la vida para amarnos entre nosotros y ser amados, todos por igual? Sí. Todas las personas nacieron para amar y ser amadas. ¿Por qué no todas poseen el mismo derecho de amarse sin depender del sexo o la orientación sexual? Siempre me he cuestionado lo mismo. Pero nunca logré poder encontrar la respuesta exacta para aquellas cuestiones.
Ahora que lo he recordado, le he mentido a Bill. Le he dicho que no soy una persona que suele enamorarse, cuando en realidad, soy más enamoradizo que cualquier otra persona. Si no fuera de ese modo, no hubiera permitido que un hombre tomara mi cuerpo, tal como Bill lo ha hecho. En pocas palabras, soy un jodido mentiroso. Y bien, que al asistir al psicólogo, lo que menos debes de hacer, es mentir, esconderte. Pero bien, ¿por qué me he escondido? ¿Vergüenza? ¿Desgano? ¿Desinterés? ¿Por qué?
Joder. Katherine, dime qué es lo que debo hacer. Eres el ángel que me ha protegido por todos estos años, solo… Guíame hacia lo que debo hacer. Solo eso. Solo guíame.
De un instante a otro, las ventanas se abrieron de par en par, sin que nada lo provocara –o al menos eso creo- y una corriente de viento se adentró en la habitación. Lo que más me ha extrañado fue que aquella corriente de viento, chocó contra el pálido rostro de mi psicólogo, quitando algunos cabellos que le cubrían. ¿En verdad ella se encontraba allí arriba guiándome? ¿O solo la ventana se ha abierto por casualidad y la corriente de viento se dirigió hacia Bill de la misma manera? Joder, qué desastre de palabras innecesarias.
– Recuerda obsequiarle bombones. – Rió ella observando las olas que se chocaban entre sí del mar. – Seguro que serán de su agrado, Thomas.
– He dicho que no haré nada. – Negué seriamente, achinando mis ojos debido al viento. –Ya te he dicho que solo te amaré a ti y así será para siempre. Para toda mi vida.
– No, no, no, Thomas. ¿Sabes algo? Lo que estás diciendo está mal. Tú serás feliz, tanto que yo esté contigo o no. Y lo sabes… lo sabes. – Rió nuevamente y yo bufé, negando nuevamente.
– Que no está mal, Katherine. Es la verdad. – Aclaré seriamente.
– Tú sabes bien, que en pocos días, yo ya no me encontraré aquí. – Susurró y rozó su mano por la rueda de la silla. – Ya no puedo mantenerme en pie, sintiendo las olas del mar golpeando mis pies y piernas por mi cuenta. Siempre alguien debe de ayudarme. Y ahora, mi corazón, ya no galopará como siempre lo ha hecho.
– Katherine, no… – Sollocé y me aferré su espalda, rodeando su cuello con mis brazos, abrazándole.
– Gracias por traerme hasta aquí, Thomas. Yo… te quiero. – Sonrió débilmente y colocó sus manos sobre las mías.
Ella siempre supo lo que iba a suceder en un futuro, pero sin embargo, siempre negué que fuera a ocurrir. Parece como si ella supiera más de mi futuro que yo. Katherine siempre ha sido fundamental, nunca podría lograr haber vivido sin su persona. Lo era todo para mí.
Hasta que ella me abandonó, junto con toda mi felicidad. Y ahora, pude superar algo, gracias a que alguien más logró ocupar su lugar. No es de idiota, o algo parecido, pero… tal vez ella hizo que yo me encontrara con Bill. Pues, nunca se me ha ocurrido pensar de ese modo, quién sabe por qué motivo ocurrirán las cosas. Las cosas no suceden porque sí, me aclaraba Katherine todo el tiempo. Además, ella era un tanto extraña. Nunca me ha hablado de sus padres, ni de su familia, en general. Solo me ha hablado de su mayor domo y de todos los juguetes que este mismo se dedicaba a obsequiarle; cosas de niñas. Además, Katherine fue educada en el ceno de una familia de millonarios. La típica niña consentida, de habitación rosada, con juguetes en toda su habitación, y todas esas cosas. En fin, así es como yo lo he imaginado cuando era menor.
Pero, siempre he tenido la curiosidad de saber algo de su familia. De seguro… algo debía ocurrirle desde ese entonces; quién sabe. Katherine era muy extraña y nunca intentaba llegar al tema de ‘hablar de la familia’. Y así de extraña, yo la amaba.
Tal vez… yo debería haberle hecho alguna clase de pregunta con respecto a ese tema. Pero, ya que he perdido la oportunidad de hacerlo con Katherine, no lo haré por segunda vez, y se lo preguntaré a Bill. No volveré a cometer el mismo error como un idiota. Bueno, al menos intentaré no hacerlo nuevamente. No me comprometeré a nada.
Suspiré pesadamente y observé a Bill. Maldición, es hermoso. Me acerqué a él lentamente y acaricié su rostro, y seguidamente, deposité un dulce beso sobre sus labios. Me alejé nuevamente, y de un solo movimiento, me coloqué de pie. Joder… todo mi cuerpo duele como la puta madre. Bajé mi mirada e inspeccioné el suelo en busca de mis bóxers, y allí, junto al ropero, les encontré. Los tomé y me los coloqué. Pero me sorprendí cuando, luego de bajar mi mirada nuevamente, debajo de mis bóxers se encontraba una fotografía. La tomé entre mis manos y la observé detenidamente. En la fotografía se encontraban dos niños tomados de las manos, mirándose fijamente el uno al otro, con sus mofletes levemente sonrojados. Logré reconocer a Bill; ya que se encontraba un poco maquillado y un mechón de cabello cubría parte de su delicado rostro. Pero, el otro niño… ¿quién demonios es? Volteé la fotografía y una dedicatoria se encontraba escrita allí, con una delicada caligrafía de color negro.
Eres mi ángel, nunca lo olvides. Siempre recordaré cada momento compartido junto a ti.
Eres lo más importante en mi vida. Por siempre, seré tuyo.
Te ama, Chris Williams.
¿Te ama, Chris Williams? ¿Bill y… Chris? ¿Qué demonios es esto? No logro comprender… ¿quién es este niño? ¿Y qué rayos tiene que ver con Bill?
Me coloqué mis pantalones y guardé la fotografía e uno de sus bolsillos. Tomé mi playera y salí de la habitación. Me dirigí hacia la puerta de entrada/salida, me coloqué mi playera y observé nuevamente aquella fotografía. Negué con la cabeza y salí del apartamento de Bill.
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– Thomas, ¿a dónde irás tan tarde? – Preguntó mi madre desesperada cuando me encontró en mi habitación empacando mis cosas. Era tan desinteresada, que ni me ha preguntado en dónde he estado en la noche. Maldita.
– Me iré a lo de Jared. – Mentí acomodando todas mis cosas. Para aclarar, Jared es un amigo de Andreas que me cae genial, pero nunca logro a verle luego de una noche de alcohol y fiesta. – Por unos meses.
– Oye, ¿qué te ha ocurrido? Tu labio se encuentra gravemente herido. – Dijo preocupada, observando mis labios detenidamente.
– Oh, eso… Solo he tropezado con una roca. – Respondí sin darle interés. Tomé mi guitarra –sí, toco la guitarra- y le guardé en su respectiva funda. – Solo me he tropezado, ¿sí?
– ¿Llevarás tu… guitarra? – Preguntó alzando una ceja, demostrándome lo ‘asqueada’ que se encontraba por ello.
– Exacto. – Sonreí acabando de ordenar todo, cerrando la maleta. – No quiero que intentes llamarme, ni que insistas en hablar conmigo, ¿entendido?
– Entendido, entendido. – Respondió en queja, seguido de un bufido.
– Asistiré al psicólogo desde la casa de Jared. – Dije colocando la guitarra en mi espalda, tomando la maleta, comenzando a caminar.
– Ten cuidado, Thomas. – Dijo en tono preocupado detrás de mí. – No quiero que te ocurra nada. Solo… cuídate.
– Todo se encontrará bien, Simone. No debes preocuparte. – Bufé rodando mis ojos. ¿Desde cuándo tanta preocupación? – Adiós.
– Adiós… hijo. – Respondió ella, bajando el tono de su voz.
– No soy tu maldito hijo. No tienes el puto derecho de llamarme de ese modo sabiendo bien lo que me ha ocurrido. – Aclaré cabreado y salí de la casa, dejándole con su respuesta en el aire. No quería escuchar sus estúpidas respuestas, fingiendo decepción o tristeza. Ella era feliz en esta historia. Yo soy el infeliz aquí.
Bien. Ahora lo que importa aquí, es hablar con Bill acerca de su familia y sobre aquella interesante fotografía. Y luego, intentaré hablarle de mí, aunque sea demasiado complicado, lo haré hasta, finalmente, lograrlo.
– Recuerda hablarle siempre de ti, demuéstrale que puede confiar en ti. – Sonrió Katherine, cubriendo su cuerpo del frío.
– Será jodidamente complicado. – Respondí apretujando el agarre de la silla en donde ella se encontraba sentada.
– No lo es, Thomas. Tú debes soltarte ante la persona. Debes de demostrarle que se puede confiar en ti. Que eres una persona que habla y se muestra ante las personas. – Susurró y rió cuando un poco de agua tocó sus pies.
Suspiré pesadamente y entrecerré los ojos, observando las hermosas olas que se formaban a lo lejos, sobre aquel mar.
Ella me lo ha dicho: Tú debes soltarte ante la persona, y eso es lo que debo hacer. No me negaré nuevamente a hacerlo.
Detuve mi caminar y alcé la cabeza; ya había llegado al apartamento de Bill. Observé aquel timbre, y decidí no alarmarle con un timbrazo de aquellos que provocan que a la gente le dé un infarto, y opté por darle tres suaves golpes a la madera que forma su puerta.
– Joder, joder… ¿quién rayos se atreve a molestarme cuando me encuentro buscando a alguien? – Exclamó del otro lado de la puerta y yo sonreí débilmente.
– Es Tom. – Respondí con un tono de voz tranquilo y oí cómo algo se caí al suelo brutalmente. Negué con la cabeza, sin dejar de sonreír.
– Demonios, chiquillo. Estás aquí… – Dijo cuando se dedicó a abrirme la puerta. Me tomó del rostro y besó mis labios desesperadamente. – Me tenías muy preocupado. ¡Son las ocho de la maldita noche y tú no te encontrabas aquí, joder! ¡¿Acaso quieres que muera de un infarto?!
– Tranquilo, Bill. Solo he ido en busca de mis cosas. – Dije sonriendo al mismo tiempo en el que acariciaba su pecho suavemente.
– ¿Por qué demonios no has dejado una condenada nota? Me encontraba completamente preocupado por ti. – Se quejó adentrándome a su cálido hogar. Cerró la puerta y me aprisionó junto a ella, besando mis labios nuevamente.
– He dicho que te tranquilices, Bill. Estoy aquí, sano y salvo. Ya no te preocupes. – Suspiré cuando separó nuestros labios. – Yo no debes preocuparte, estoy aquí. Junto a ti.
– Dios, pensé que te habías fugado. Que me habías abandonado. – Dijo y yo enredé mis brazos en su cuello, sonriendo con una ceja alzada.
– Sabes que no estoy tan enfermo como para cometer semejante estupidez. – Sonreí besando sus labios y él colocó sus manos en mis caderas, correspondiendo mi beso.
– Tú sabes que yo suelo pensar cualquier chorrada. – Bufó pesadamente acariciando mis caderas suavemente.
– Pero ahora ya sabes que nunca se me ocurriría semejante locura como la de abandonarte. – Sonreí nuevamente y enredé mis dedos en sus suaves rastas.
– ¿Y qué harás ahora, ah? – Preguntó rozando sus labios contra los míos. Cuando los alejó, me mordí el labio inferior.
– ¿Qué es lo que harás tú? – Respondí con una pregunta, apegando su cuerpo al mío. Él sonrió.
– Iré a darme una ducha. ¿Quieres ducharte conmigo? – Cuestionó besando mi cuello y yo mordisqueé mi labio inferior con saña.
– Vamos, por favor. – Me quité la guitarra de mi espalda y me apegué a su cuerpo nuevamente, besando sus labios como si se acabara el mundo por no hacerlo.
Comenzamos a caminar desesperadamente hacia su habitación, sin despegarnos en ningún momento. Su espalda chochó contra la puerta de su cuarto de baño y sonreí. Alejó una de sus manos de mi cadera y abrió la puerta girando el pomo de la misma. Nos adentramos dándonos de pisotones por no alejarnos; respirábamos entrecortadamente, nos encontrábamos agitados; no sé cómo aún continuábamos con vida.
Giró el grifo de la ducha y la lluvia comenzó a caer. Separamos nuestros labios y me quitó la playera que llevaba puesta, lanzándola al otro extremo del cuarto de baño. Fusionó nuevamente nuestros labios, conectando la piel de ambos torsos desnudos –él no llevaba ninguna playera puesta desde que he entrado a la casa-.
– Espera… Nuestros pantalones. – Dije cuando él se encontraba adentrándose a la ducha con sus pantalones colocados.
– Es lo de menos, chiquillo. Entra. – Me tomó de la muñeca, y así como me encontraba, me adentró en la ducha.
Y una vez más, Bill poseía mi cuerpo de la manera más romántica posiblemente existente en este mundo. Ay, Bill. Te amo como nunca he amado a nadie en esta condenada vida que me ha tocado sobrevivir. Gracias, Katherine, por guiarme hacia la mejor persona de este planeta. Todo es gracias a ti, ángel mío.
Continúa…
Espero les guste y comenten muy lindo. Besitos.