«Apostemos» Temporada III
Capítulo 17: Gestando una esperanza
— ¿Por qué estaba Santos aquí? ¿Acaso vino por mí? — Preguntó Sam con voz temblorosa.
— ¡¿Quieres callarte, mocoso?! Para Santos no eres más que un niñato inválido —respondió Nicolás con furia, provocando que el susodicho se achicara en su asiento, asustado.
— ¡Oye! No le hables así —intervine—. Vino para ofrecerme un trato bastante generoso, Sam —expliqué—. Pero le dije que no estaba más en el negocio y se enfadó como pudiste ver. Fin de la historia. — Terminé de beber el whisky que había dejado suspendido durante la árida charla.
— ¿Así nada más? — Cuestionó Nicolás incrédulo. —. ¿Sólo se enojó?
— ¿Qué más quieres?
— ¡Quiero que te tomes esto con la seriedad que requiere! Estamos hablando de Santos, el narcotraficante más poderoso y peligroso del continente; por favor, no lo subestimes.
— Él me subestimó a mí —tercié—. A ver, dime, ¿cómo debería reaccionar?
— Tienes que tomar precauciones, Gustav. Ve a hablar con él y acepta el trato, como un último golpe antes de retirarte finalmente.
— Si acepto este, habrá otro más tarde. ¿Cuándo me bajaré en verdad? — Negué con la cabeza reiteradas veces, firme en mi decisión. —. Es ahora o nunca.
— Tú más que nadie conoces a ese sujeto —dijo—. Sabes que no se quedará de brazos cruzados, sabes que no amenaza en vano.
— ¿Qué insinúas? — Interrogué intentando no caer en el juego de temor al que me quería meter mi amigo.
— Santos ataca a donde más duele —sentenció—. ¿Y si se desquita con algún ser querido tuyo?
— ¿Con quién? ¡Estoy más solo que un perro! — Exclamé echándole una disimulada mirada a Samuel, quien era el único que sabía de la existencia de Priscila. Éste me guiñó un ojo desde el sofá, gesto con el que me garantizó su silencio.
— ¿Y qué me dices de la abogada? — Eso consiguió paralizarme de pies a cabeza. Richael… No había pensado en ella.
— Santos no sabe de su existencia —expuso Sam en voz baja a ver que yo no era capaz de emitir palabra alguna.
— Es verdad —dije saliendo de mi estado de shock—. A no ser que ande vigilando el barrio, lo cual no tiene sentido.
— Quizás no lo haya hecho hasta ahora, pero yo te recomendaría que pongas en alerta a esa muchacha —advirtió mi mejor amigo, quien rara vez lucía tan preocupado y alarmado como en esa ocasión—. Santos estará tras tus pasos, y en cuanto encuentre algún punto débil no dudará en atacar. Créeme.
— ¡Deja de tentar al diablo, Nicolás! — Solté alzando la voz con más miedo que enojo.
— Yo sólo te recuerdo con quién estamos tratando. Tú lo conoces y no me dejarás mentir —dijo alzando su dedo índice hacia mí—. Sabes que es un sujeto impredecible y despiadado cuando le dicen que no. Hazme caso y ve con cuidado.
— Ya, ya — Me incliné y tomé el vaso del que había bebido aquel bastardo, ya vacío. Me volví y fui hacia la cocina, con las palabras de mi amigo resonando en mi cabeza una y otra vez…
Tenía cuatro puntos débiles en los que Santos podía llegar a atacar, pero dos que eran totalmente vulnerables: Priscila y Richael. Si le hiciera algo a cualquiera de las dos, yo moriría. Nicolás no estaba tan errado. Él y yo conocíamos de sobra cómo se manejaban los sujetos como él. Era un tipo frívolo y despiadado cuando lo traicionaban. Y si bien yo no ejecuté ninguna traición hacia él, que un colega se bajara del negocio, era intolerable. Era un mundo del que no se podía salir, y yo lo sabía perfectamente. Sin embargo, ahora tenía motivos suficientes para ser fuerte y alejarme para siempre de aquella mala vida. Tenía a mi hermanita después de casi quince años. Ella era una mujer de trabajo, honesta, amable, servicial, con un hogar y un esposo. Yo no quería arruinar su vida con mis adicciones y mis trabajos sucios. Ella merecía a un hermano mayor capaz de protegerla, y no que le arruinara sus años felices. Por otra parte estaba Richael. El amor al fin había vuelto a mi vida y no iba a dejarlo ir por el dinero fácil y los vicios. ¿Lo ven? ¡Tenía la oportunidad de volver a ser feliz de una vez por todas! ¡Me valía Santos y todos sus matones! Sabía, desde el momento en que decidí poner en marcha mi cambio de vida, que habría consecuencias… Muy malas consecuencias. Si no me plantaba y les hacía frente, jamás saldría del todo de este mundo. Si quería cambiar mi vida, tenía que comportarme como un hombre. Si vale la pena, costará. Eso seguro.
— ¿Qué piensas hacer? — Sam llegaba caminando con dificultad hasta el marco de la cocina. Una media sonrisa dolorosa dibujada en su rostro lleno de golpes y de moratones me daba la esperanza de que no todo estuviera perdido. Él me daba el ejemplo perfecto de lo que Santos era capaz de hacer.
— Voy a tomar medidas —respondí dejando los vasos en la pileta del grifo y cruzándome de brazos frente a él—. Voy a tratar de que Priscila y Richael ya no vengan aquí. Y en cuanto a ti, te voy a sacar de esta casa lo más pronto posible. — Él asintió pensativo. —. Pero no daré el brazo a torcer. Santos no podrá conmigo. — Su sonrisa se ensanchó a pesar del dolor, y yo le correspondí con dulzura. —. Ven aquí, tío. — Me aproximé a él y lo abracé con fuerza. Adosé mi mentón sobre su cabeza y palmeé su espalda con cuidado.
En realidad tenía mucho miedo… Necesitaba alejar de mi lado a todos los que quería, para protegerlos. Priscila, Richael, Sam y Bill… ¿Contra quién decidiría vengarse ese mal nacido?
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By Bill
— ¿Crees que me veo bien, Su?
— ¡Estás hermoso, mi pequeño! — Dejé un beso en su frente y luego sobé sus brazos flacos y desnudos en su uniforme de empleada.
— Es que hoy me veo extraño. No sé… Normalmente no tengo tantos problemas con mi imagen. — Miré una última vez mi reflejo en el espejo de mi cuarto sintiéndome poco conforme y me ajusté la corbata al cuello de la camisa.
— No veo ningún problema. Sigues siendo el abogado apuesto que siempre has sido. — Sonreí.
— ¿Georg ya llegó?
— Así es. Está abajo —respondió—. ¿Puedo preguntar por qué vino hasta aquí en lugar de ir directamente hacia el estudio?
— Es que John me dijo esta mañana que mi carro está peor de lo que imaginaba —bufé—. Georg se ofreció a llevarme.
— John podía haberte llevado; para eso está.
— Él es el chofer de mi padre —respondí y me dispuse a bajar a la sala para ver si mi hermanastro ya estaba listo.
Salí del cuarto acompañado por Susan, pero ella se desvió luego a la recámara de mi padre. Yo bajé las escaleras pausadamente, prestando más atención a los botones de mi saco. En eso estaba cuando pude escuchar a mi amigo hablar con mi hermanastro en voz baja, como si fuera una conversación que nadie más podía oír. Desde luego, no me hice notar, y me quedé escondido en el final de las escaleras, inclinado hacia adelante sin ser descubierto tras la pared del segundo piso.
— ¿Y cómo te sientes después de menudo accidente?
— Bien. Afortunadamente, los dolores desaparecen con facilidad a medida que pasan los días.
— ¿Y qué me dices del golpe en la cabeza?
— Nada; ni un hematoma o una marca. Es como si no hubiese existido jamás.
— Los doctores lo llamaron milagro.
— Bueno… Yo preferiría llamarlo “buenos genes”. — Ambos rieron.
— ¿Y qué hay de Bill? — Preguntó Georg y mis oídos zumbaron. Intenté inclinarme más todavía, así podía escuchar con exactitud la respuesta de Thomas; pero si lo hacía iba a rodar escaleras abajo y sería lamentable. —. Me refiero a la relación.
— Normal. — Silencio…—. Bueno, si es que se le puede llamar así.
— Él se siente muy culpable con todo esto. Hablo en serio, Tom. Pasó días sin comer y sin dormir en ese hospital. Sentía que así pagaba sus culpas.
— ¡Eso es una pavada! Él no tuvo la culpa de lo que ocurrió; se lo dije cuando me fue a visitar. — Fruncí mis labios para reprimir un grito desesperado. La culpa todavía estaba en mí. A pesar de todo lo que él me dijo ese día, continuaba siendo un motivo para no dormir en las noches. —. Creo que tiene otros motivos para sentirse culpable…
— ¿A qué te refieres? — Mis ojos se abrieron como platos, pero Georg estaba ahí para dispersar mis dudas.
— Me refiero a que pretende que hagamos el papel de hermanos comunes y corrientes… Está loco.
— Él se va a casar…
— ¡Estoy hasta los cojones de esa boda! — Murmuró furioso. —. No se puede estar bien con Dios y con el Diablo, Georg. No puede pretender que yo haga de cuenta que nada ha pasado entre nosotros y comience a actuar como hermano y cuñado. — Sentí una fuerte punzada en el centro de mi pecho al escuchar esas palabras tan ciertas.
— Pero no puedes remediarlo. Nada de lo que hagas cambiará la realidad.
— Lo sé. Pero habrá cambios —dijo—. Yo no voy a actuar como el hermano mayor perfecto. Si quiere un hermano, que le pida a Jörg que le haga uno —sentenció—. Yo no puedo ser su hermano. Mientras menos diálogo y contacto haya, será mejor. — Después de semejantes palabras, bajé las escaleras como si no hubiera escuchado nada. Impecable e indiferente mientras alineaba el cuello de mi saco con elegancia, pero por dentro tenía clavado un puñal en el corazón.
— Georg, ¿cómo estás? — Ambos se pusieron de pie y mi amigo me saludó con un beso en la mejilla. Thomas, en cambio, actuaba como si no hubiera dicho nada.
— Muy bien. ¿Y tú? — Asentí en silencio y observé a mi hermano ya cambiado y listo para ir al estudio.
— ¿Ya vas a salir, Tom? — Le pregunté y él me miró con unos ojos tan fríos y distantes, que me demolió por completo.
— Sí. Quiero llegar antes para ponerme al día después de mi ausencia.
— De todas formas Tania se encargó de actualizar tu agenda y tus citas —dijo Geo.
— ¿Qué sería de nosotros sin Tania? — Bromeé y aunque hubo risas, el clima no dejó de ser incómodo. —. ¿Quieres que te alcancemos? — Propuse sabiendo que a Georg no le molestaría en absoluto.
— No, gracias. Me lleva John.
— Entonces tendrás que esperar a papá, porque a él también lo llevará —tercié.
— Te equivocas —cortó emprendiendo marcha hacia la salida—. Papá ya se fue hace rato. — Y finalmente, la puerta se abrió y se cerró dejando el silencio en su lugar.
Me quedé paralizado mirando el recibidor por donde mi hermanastro se marchó, sintiéndome vacío por dentro. La mano de mi mejor amigo se apoyó en mi hombro y fue ahí cuando volví a la realidad. A la triste realidad.
— ¿Qué sientes?
— Siento que está haciendo hasta lo imposible para evitarme. — Volteé mi rostro hacia el de él e intentó sonreírme. —. Los escuché.
— Lamento decirte esto, pero tiene algo de razón.
— Tiene toda la razón —dije—. Pero no es de él, ni de mí, de quien quiero hablar. Quiero saber de ti. — Le devolví el gesto con esfuerzo. —. ¿Quieres tomar un café o algo antes de entrar al estudio?
— Es una gran idea. Vamos. — Emprendimos nuestra caminata hacia la salida intentando comenzar bien el día, a pesar de las probabilidades.
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— ¿Cómo vas con esa mujer? ¿Han vuelto a verse?
— ¿Sarah? — Asentí levemente con la taza de té entre mis labios. Él encogió sus hombros y viró los ojos, como restándole importancia, pero en el fondo yo podía percibir su dolor. —. Ya no nos hablamos ni nos vemos. La noche de la fiesta había sido muy esperada por ambos; íbamos a escaparnos y pasarla juntos en un lugar especial. Pero con todo lo de Tom, tuve que cancelarle. Ella no me supo comprender y dijo que si salía por la puerta, no volviera a buscarla. — Alcé ambas cejas y luego dejé reposar la taza de té sobre el platillo de porcelana. —. Así como oyes. Se ve que no era para mí…
— ¿No intentaste recurrir al diálogo? — Él rió.
— Ojalá el amor fuera como un caso. — No entendí bien el comentario, pero luego lo relacioné con la famosa reunión conciliadora que tiene lugar antes de los juicios, dependiendo la demanda. —. No, no volvimos a hablar. Ella fue clara con su postura, ¿por qué la buscaría? No quiero ser rechazado.
— Pero tú la querías, Geo.
— Yo la amo —dijo y consiguió sorprenderme—. Pero el amor jamás ha sido para mí, ¿por qué iba a funcionar ahora?
— No tienes que darte por vencido —insistí—. Dale una oportunidad al amor, amigo. Piensa que lo de ustedes es posible, que no son hermanos —reí.
— De todas formas es un amor mal visto para la sociedad, así como el de Thomas y tú —dijo—. La diferencia de edad y su matrimonio con Seeger son motivos suficientes para juzgarnos. — Tomó un poco de su café e inmediatamente volvió a hablar, como si se hubiera acordado de algo importante mientras bebía. —. ¡Porque encima se niega a pedirle el divorcio a su marido!
— ¿En serio? — Negué reiteradas veces. —. Esa tipa no es para ti. Te ve como a un amante nada más.
— Lo sé, lo sé. Supongo que era masoquista. — Miró su reloj de pulsera y pareció dar por finalizado el desayuno. —. Es hora de trabajar, amigo.
— Claro. — Sacudí los pensamientos que había sembrado mi amigo en mí y me puse de pie corriendo la silla detrás de mis piernas. —. Yo pago —dije alzando mi mano en señal de que detuviera su acción de hurgar en su billetera. Dejé un billete de cincuenta sobre la mesa con propina incluida y me calcé los lentes de sol para salir. —. Oye, Geo —llamé mientras caminábamos entre las mesas de la cafetería rumbo a la puerta. —, lamento no poder ayudarte. Es que soy el menos indicado cuando de amor se trata. — Oí que reía y luego levantó su mano en señal de asentimiento.
Salimos de la cafetería y nos metimos al auto rápidamente. El frío era abrazador y más a esa hora de la mañana, cercana al mediodía.
En el trayecto no pude evitar pensar en lo que mi amigo me acababa de contar acerca de su mala suerte en el amor. Él jamás se había enamorado, y cuando lo hacía era de una mujer mayor y casada. Como le dije, lamentaba no poder aconsejarlo o hacer algo para aliviar su pesar, pero siquiera tenía palabras de consuelo para mí mismo. Había muchas posibles variantes; quizás no era amor auténtico y la ruptura daba paso a algo mejor y recíproco. O tal vez sí era amor verdadero y pronto volvería más renovado todavía. Era todo un misterio.
— ¿Cómo van Andreas y tú con los preparativos para la boda? — Preguntó sacándome de mis pensamientos.
— Se está encargando su familia —dije—. Ya sabes, su madre y hermana.
— Pero es tu boda, y tú eres muy quisquilloso con los detalles.
— Los detalles de las cosas que me importan —tercié y me miró desconcertado—. No te hagas el sorprendido. No es novedad que mi vida dio un vuelco en estos días.
— Tu vida es un vuelco constante, Kaulitz. Pero creí que esto te entusiasmaba. ¿Por qué rayos te vas a casar, si no es lo que tú realmente quieres? No estamos hablando de una cena o una cita al cine, ¡hablamos de un casamiento!
— Lo hago por Andi…
— ¡Oh, genial! — No pude hacer otra cosa más que reír. La situación era tan penosa y lamentable, que me causaba gracia. —. Vas a unir tu vida a la de Andreas sólo porque lo quieres. Eso no es suficiente, y además estás siendo muy cruel contigo mismo.
— ¡Georg! — Regañé un poco enfadado y volteó su rostro hacia mí con sorpresa. —. Hace algunos meses, cuando corté mi relación con él, eran tú y mi padre quienes me insistían con que me estaba equivocando y que Andreas era el indicado para mí. Ahora que me voy a casar con él, parecen echarse para atrás.
— Es que no puedes negar que hubo un gran cambio en ti, Bill. Al separarte de Andreas te convertiste en otra persona… ¡En el viejo Billy! — Alcé una ceja y observé su perfil con incredulidad. Él sonreía como un idiota recordando a mi viejo yo de quince años. —. Eras un tipo despreocupado, alegre, simpático, ¿te recuerdas? — Asentí el silencio, pero él no lo notó. —. Y hace un mes atrás estabas volviendo a ser ese Billy de años atrás. ¡Hasta te habías reconciliado con tu padre!
— Todo eso no fue producto de mi ruptura con Andreas —dije—. Eso fue porque había vuelto con Tom.
— ¿Tú crees? — Ambos sabíamos que era así, pero nos costaba admitirlo. Opté por guardar silencio y volver a mirar hacia afuera del vehículo. —. Bill, ¿tú sigues enamorado de Thomas?
— Ya estuvo bueno, Geo, ¿sí?
— No —determinó con voz severa, tomándome por el brazo y haciendo que lo mirara, aprovechándose del semáforo que se había puesto morado. Él me conocía tanto, que mis ojos podían llegar a delatarme. —… Todavía sientes amor por él. A pesar de todo, así sigue siendo.
— Thomas es parte de mi pasado, ¿vale? Él tiene que hacer su vida con otra persona, como yo estoy haciendo. Al fin y al cabo, es mi hermano. Ya basta. — Me sacudí de su agarre y conseguí que me soltara.
— Bill, tú oíste nuestra conversación hoy en tu casa; Tom nunca será tu hermano.
— ¿Y qué puedo hacer? — Me asusté por lo frágil de mi voz.
— O mandas al diablo a Andreas y a ese absurdo matrimonio por cariño, o te olvidas de Thomas para siempre. Lo siento, tío, pero no hay más opciones. — Volvió a mirar al frente y aceleró para transitar las últimas dos cuadras hasta el estudio. Yo guardé silencio, pensando en sus palabras… No podía estar bien con Dios y con el Diablo. Tenía que elegir. —. ¿Quién rayos estaciona en la puerta del estudio? Ese lugar está reservado. — Se quejó en voz alta, dándole un golpe al volante.
Yo miré hacia el frente y achiné la mirada para poder divisar de quién era esa camioneta; porque a simple vista se notaba que su tamaño no era digno de un auto.
— Oye, tío, eso no es una camioneta.
— Es una ambulancia —dijo en su susurro y me alarmé de inmediato—. ¿Qué habrá sucedido? — A medida que nos acercábamos, más se podían distinguir las sirenas apagadas y la puerta doble en la parte trasera, con el eslogan del Hospital Central.
— ¿Qué…? — Una idea se atravesó como una flecha por mi cabeza y se quedó hincada en mi cerebro. Miré a mi amigo con pánico y comencé a hiperventilar. —. Mi papá, Georg.
— ¿Qué dices? No, no…
— ¡Es mi papá! — Grité entregándome al pánico inconscientemente. Me solté el cinturón de seguridad y le quité el seguro a la puerta para salir corriendo edificio adentro.
— ¡Bill, espera! — Ya de nada servía que intentara tranquilizarme. El terror corría por mis venas y era más fuerte que cualquier signo de cordura.
Subí las escaleras desesperado, a centímetros de tropezar y rodar hacia abajo en varias ocasiones, pero no me importaba. Sentía un calor en el estómago que iba subiendo por mi pecho y garganta. No podía respirar y buscaba aire de a grandes bocanadas.
— ¡Tania! — Llamé apenas finalizar las escaleras. Volví a tomar aire y las palabras salieron con más facilidad. —. Tania, ¿qué pasó? — Ella me observó asustada, lamentándose por mi aspecto, pero seguía sin emitir palabra alguna. Sabía que no estábamos solos en la sala, sabía que había alguien más, pero en ese momento estaba ciego. —. ¿Dónde está mi papá, Tania? ¡Dime!
— Licenciado, cálmese —dijo. Eso no era suficiente. ¡Eso no respondía a mi pregunta!
— ¡¿Dónde está mi papá?! — Volví a preguntar para sólo recibir como respuesta su mirada aterrada. Volteé mi cuerpo decidido a adentrarme a la oficina de mi padre, pero me encontré con mi hermanastro con expresión preocupada por mi ataque de nervios.
— ¡Tranquilízate, Bill! — Me tomó por los hombros y me zamarreó reiteradas veces hasta que caí en razón y pude mirarlo a los ojos y prestarle atención. — ¡Papá está bien! No es por él que la ambulancia está aquí.
— ¿Qué? — Solté con un hilo de voz. —. ¿Entonces qué pasó?
— Es Richael —respondió—. Se desmayó hace un momento y Tania la encontró en su oficina.
— Oh… Yo creí que… — Siquiera me sentí capaz de terminar la oración.
— No. Él está bien — respondió como si hubiera leído mi mente—. Mira, ahí viene. — Señaló la puerta del despacho de nuestra compañera, de la cual salían dos médicos con ambo celeste, y atrás se veía el cabello canoso de Jörg. Recién en ese momento pude respirar aliviado.
Él lucía preocupado por la salud de su abogada, consultándole a los médicos si podía llegar a ser algo grave y cómo tenía que proceder. Lo seguí con la mirada hasta las escaleras, las cuales bajó acompañando a los médicos hacia la salida de forma cordial. En mi mirada se cruzó un Georg agitado y abrumado. Sentí pena por él. Le había hecho pasar uno de los peores sustos de su vida por mis pensamientos.
— Pensé que le había pasado algo malo a papá. — Finalmente, pude decirlo.
— ¿De qué hablas? — Rió. —. ¡Papá está más vivo que nosotros dos juntos, Bill! — Palmeó mi espalda unas cuantas veces para brindarme confianza y sonrió de lado cuando Jörg volvía a aparecer con una expresión seria. —. Hasta te podría decir que primero nos morimos nosotros, y después se muere él.
— Eso no es gracioso considerando que los dos estuvimos al borde de la muerte —dije alejándome de su contacto y mirándolo con recelo. ¿Cómo podía bromear con algo semejante?
— ¿Tú no eras el hermano divertido? — Soltó borrando cualquier rastro de sonrisa y volviéndose hacia su despacho meneando su cabeza para alinear sus trenzas.
— Idiota —mascullé.
De su oficina, salía Richael pálida como un papel, y se metía al despacho de mi padre. Seguramente tendría que soportar un monólogo para nada entretenido de su jefe como si se tratara de su propio progenitor. Vaya uno a saber qué le andaba ocurriendo a esa ex zorra… Seguramente le bajó la presión por tantas presiones y por lo de Axel. Imagínense, tener que afrontar una situación así disimulando ante todos, llorando en secreto.
— Bill —oí a mis espaldas con voz agitada. Volteé y vi a Georg recargado en sus rodillas, intentando recuperar el oxígeno. —. Eres un hijo de puta.
— ¡Oh, lo siento! — Me retracté sintiéndome fatal por haberlo hecho correr tanto.
— Casi muero de un infarto, del susto y por subir las escaleras como un condenado que lo persigue una turbia iracunda.
— En serio, lo siento —repetí—. ¿Qué le habrá ocurrido a Richael? — Se incorporó y se encogió de hombros.
— Este trabajo llega a ocasionar cosas así si no llevas una vida saludable. Uno llega a colapsarse. — Asentí manteniéndome pensativo.
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By Tom
Era la hora del almuerzo, y francamente, mi cerebro se sintió aliviado de que así fuese. Al fin podía dejar suspendido el trabajo por media hora y descansar. Los papeles se habían agolpado sobre mi escritorio como si me hubiera ausentado por más de dos años.
Cerré la notebook y movilicé mis dedos para relajar las articulaciones que se habían entumecido de tanto apretar el bolígrafo.
Me puse de pie y estiré mis brazos hacia el cielo, cerrando los ojos y ladeando la cabeza a un lado y al otro, oyendo el tronar de los huesos. Finalmente, me sentí más liviano.
Caminé por mi oficina y al llegar al sofá junto al enorme ventanal, tomé mi saco y me lo puse. Acto seguido, ya estaba en la recepción sintiendo la calefacción a una temperatura más elevada que en mi oficina.
— ¿Sales a almorzar, Trümper? — Preguntó Andreas al pasar, mientras peinaba su cabellera rubia con aires de superioridad, como siempre, abusándose de su elegancia y carita de niño rico. Bill lo acompañaba, aunque concentrado en la pantalla de su teléfono móvil. Andreas era tan diferente a mí, que no comprendía cómo Bill lo pudo haber escogido para una relación seria. Seguramente por eso mismo: éramos muy distintos, y Bill me odiaba tres años atrás.
— No tengo hambre —respondí—. Prefiero quedarme.
— Como quieras. — Me guiñó un ojo con una sonrisa de lado y se aferró a la cintura de su pareja como si yo pudiera arrebatárselo con la mirada. Y es que así era; Bill podía caer rendido a mis pies sólo con mirarme a los ojos de frente.
Parado ante la puerta de quien todavía era mi pareja (aunque de una manera algo rara), toqué y esperé a que respondiera del otro lado. Finalmente la escuché y pasé a la intimidad de su oficina, sonriéndole apenas verla sentada en su escritorio, mordiéndose las uñas, algo muy extraño en ella.
— Buenas tardes —saludé y ella me sonrió cabizbaja.
— Ponte cómodo —dijo cuando me vio medio dubitativo de si acercarme o no. Su aspecto no era el mejor de su colección.
— ¿Cómo te sientes, Rich? — Pregunté cruzándome de brazos frente al mueble donde se veía una parva de papeles desordenados y arrugados.
— Te debo una charla, ¿no? — Manifestó con voz pesada.
— No vine a eso. Quiero saber qué te había sucedido esta mañana, es todo.
— Ay, Tom… —susurró y luego tapó su rostro con ambas manos y sollozó con una angustia que parecía estar contenida en su pecho desde hacía tiempo.
Me acerqué a ella de inmediato, rodeando el escritorio hasta estar a su lado y medio sentándome en éste. Tomé sus manos con delicadeza y descubrí su rostro. Sus mejillas estaban empapadas por completo y no podía dejar de llorar como una pequeña niña.
— ¿Qué ocurre contigo, Richael? Me estás preocupando.
— No, no —dijo presurosa—. No te asustes.
— ¿Cómo no hacerlo? Te pregunté sobre tu desmayo, y te echaste a llorar. ¿Pasa algo malo con tu salud? — Sequé sus mejillas con mis manos y ella me sonrió con tristeza y los ojos llorosos. —. Dime, por favor.
— Es que tengo miedo…
— ¿Miedo a qué? — Mordió su labio inferior y permaneció en silencio unos cuantos segundos, como pensando si decírmelo o no.
— Estoy embarazada, Tom — Alejé mis manos de su rostro y me eché un poco hacia atrás por la impresión. Siquiera había podido procesar sus palabras y ya me sentía acalorado a pesar del azotador otoño que transitaba en ese momento.
— ¿Cómo…, cómo que embarazada? — Titubeé. —. Richael…, no me digas que seré padre…— Mi mundo entero se encontraba paralizado, solamente existían esas cuatro paredes, ella y yo. En segundos nada más me desmoronaría; de hecho me estaba faltando el aire.
— ¡No! — Medio gritó sacándome del apocalipsis mismo. —. No, Thomas. Tengo un atraso de más tiempo, mucho antes de que yo te extorsionara y seamos pareja.
— ¡Oh, Dios mío! — Solté agarrándome del pecho y estrujando mi camisa entre mis dedos. —. ¡No sabes el susto que me acabas de dar! Estaba a punto de morir. — Créanme, no estaba exagerando en absoluto. ¿Se imaginan el drama que sería esperar un hijo de una mujer que no amaba y, peor aún, a los veinticuatro años, en plena flor de mi carrera? No, no. Gracias. Estuve cerca de la muerte recientemente y puedo decir que prefería la tumba a un biberón.
— No, despreocúpate —dijo riendo un poco, y oírla así por unos segundos me hizo sentir mejor. —. Tom, debo confesarte que en un principio tuve la idea de mentirte y decirte que era tuyo —dijo apenada—. No podía tener un hijo de Gustav, y menos después de lo que le hizo a Axel… Por eso me puse tan mal cuando descubrí que a pesar de todo eso seguía enamorada de él… De un proveedor de drogas y un asesino.
— Esa última parte me la perdí —dije—. No me había enterado eso de que sufriste este último tiempo porque lo amabas; hasta donde recuerdo, tú eres mi chica. — Conseguí que riera más fuerte esta vez, y la observé gustoso.
— Gracias, Tom.
— No hay de qué. Pero dime, ¿qué harás? Las cosas con Schäfer están mal, ¿o no?
— Te equivocas —terció intentando disimular una sonrisa, pero quedaba expuesta ante mí de cualquier modo—. Bill me ayudó mucho en tomar esta decisión, pero finalmente me dijo que corriera detrás de mi verdadero amor, que no desaprovechara la oportunidad que me daba la vida de ser feliz. Y así lo hice. Gustav y yo queremos empezar de cero; con decirte que va a rehabilitarse y abandonar su negocio.
— Bill dijo eso, ¿eh? — Murmuré con una sonrisa estúpida en mi cara. Ojalá algún día siguiera sus propios consejos y corriera detrás de mí para pedirme perdón y perdonarme para poder empezar de nuevo. —. Me alegra lo de Schäfer —dije—. Aunque no haya tenido una buena experiencia con él, no lo conozco en profundidad como para juzgarlo como persona. Pero sé que cuando el amor llega, logra cambios inimaginables.
— ¡Mírame a mí! — Asentí y acaricié su rostro nuevamente, con dulzura y cariño.
— Vas a ser mamá, Richael… —murmuré continuando con mi acción en su perfil izquierdo. Ella asintió mordiéndose el labio inferior con la felicidad resplandeciendo en su cara. —. No tengas miedo de esto. Es algo maravilloso lo que te está pasando, ¿sabes? Tienes vida dentro de ti. Tienes un pequeño ser creciendo y creciendo; alguien que jamás te abandonará por más que pasen los años.
— Me vas a hacer llorar de emoción, Thomas… —susurró ampliando su sonrisa.
— Anda, de pie. — Estiré mi mano hacia ella y la invité a levantarse de su silla de oficina. Así lo hizo y quedó firme ante mí. Mis ojos se concentraron en su vientre, cubierto por su camisa blanca impecable y delineando su figura. Adosé mi mano suavemente sobre él, acariciando con mi pulgar con delicadeza. Pensaba en lo increíble que debía ser sentir a una personita dentro, comenzando a moverse con el transcurso de los meses, acompañando al estómago al agrandarse hasta el punto de casi estallar. ¡Qué hermoso! Y debo admitir, que a pesar de tenerle a Richael un cariño de amiga nada más, recuerdo su cuerpo desnudo a la perfección, y no podía evitar imaginármela desnuda y con una barriga gigante de nueve meses. El cuerpo humano, y más precisamente femenino, era una maravilla en cualquier forma y dimensión. Un milagro de la naturaleza. —. Esto es lo que andabas necesitando, Rich —hablé al fin—. Vas a ser muy feliz. — Alcé la mirada a sus ojos lagrimosos.
— Lo sé… Gracias, Tom. — Asentí alejando mi mano de su vientre.
— ¿Se lo dijiste a mi padre?
— ¡No! — Dijo de inmediato. —. No quiero todavía. Quiero que lo sepa Bill también. — Agregó entusiasmada, y yo me sorprendí un poco.
— Se ve que se hicieron muy amigos en mi ausencia.
— No sé si amigos…, pero él me ayudó mucho.
— ¿Quieres que le envíe un mensaje así viene ahora?
— No, no. No me gustaría interrumpir su almuerzo. — Asentí sintiendo una amargura en mi boca. —. Se lo diré cuando vuelva. Sólo tengo que desocuparme aquí. — Señaló el desorden sobre el escritorio y rió. —. Pero dime, Tom, ¿qué tal él y tú?
— Él se va a casar, y yo estoy soltero. No hay más que decir.
— Me siento terrible por haber causado su separación… Dime qué puedo hacer, por favor.
— Las cosas pasan por algo; todo está escrito para cada uno de nosotros, Richael. No pudimos superar el obstáculo. No éramos tan fuertes como imaginábamos. Es todo.
— ¿Me estás diciendo que no volverán? — Preguntó desilusionada.
— Él se va a casar. — Decidí responder como evitando el rotundo ‘no’. —. Es la realidad.
— Tom… —susurró apenada, siendo ella ahora la que acariciaba mi rostro—. Lo lamento.
— Olvídalo —tercié volviendo mi atención a ella—. Cuéntale a Gustav. Será un gran incentivo para que se rehabilite.
— Sí, lo haré. Veré cómo es la mejor manera de decírselo.
— ¡Qué sea a lo grande! — Ambos reímos convirtiendo el ambiente árido y triste, en jovial y alegre. Después de todo, un bebé siempre trae cosas maravillosas con él.
Continúa…
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