«Apostemos» Temporada III

Capítulo 20: Juego de niños

— ¿Entendiste bien los requisitos?

— ¡Sí, hombre! No es gran ciencia. Partida de nacimiento, DNI, análisis de sangre al día… En fin, todo eso.

— ¿Y puedes solo?

— Claro. Mis documentos personales los tiene mi madre en la casa.

— Te tomo la palabra. — Miré el reloj que yacía colgado en la pared. Las nueve y treinta de la noche.

— Despreocúpate. Si llevo todo eso, empezaré en dos semanas. ¡Estoy muy entusiasmado! — Sonreí al verlo tan lleno de energías y predisposición para comenzar a forjar su futuro. Había valido la pena invertir un gran porcentaje de mis ahorros en la educación de Sam. Sin duda me sentía esperanzado de sacarlo de tanta mierda. —. Oye, Gus, ¿y el tema de Santos?

— No volví a verlo. Fue aquella vez y ya.

— No te fíes.

— Sé cómo manejarme con gente así, Sam. Descuida —dije y me puse de pie con mi plato vacío entre las manos. Ambos habíamos terminado de cenar hacía unos quince minutos, pero era agradable charlar con alguien después de toda una vida viviendo solo.

— Tú sí. Pero, ¿y tu novia?, ¿o tu hermana? — Prendí el grifo y dejé correr el agua caliente sobre el plato lleno de salsa y aceite. Empecé a fregarlo con una esponja y detergente; todo sin responder. —. Tampoco vas a dejar de hacer tu vida por ese imbécil, desde luego —meditó parándose con un poco de dificultad todavía, pero mucho mejor en comparación a días anteriores.

Tomé el plato que me extendía y también lo lavé. Mi cabeza daba vueltas y vueltas, pensando en miles de posibilidades, pero ninguna era bonita. Todas se basaban en tragedias y problemas acerca de lo mismo: Santos. —. Oye, Gustav —dijo acaparando de nuevo mi atención.

— ¿Qué pasa?

— Tocaron el timbre, tío. ¿Esperas a alguien en especial? — Fruncí el seño y me quedé unos segundos meditando en silencio. Finalmente reaccioné y me sequé las manos con impaciencia.

Salí de la cocina y me encaminé hacia la entrada preguntándome una y otra vez quién demonios podía ser. Había charlado con Nicolás por mensajes de texto y nos despedimos hasta el día siguiente, así que él quedaba totalmente descartado. ¿Franco? No, no. Él tampoco. No tenía razones para visitarme a aquellas horas.

Miré por la mirilla y me alarmé de sobremanera al ver a Richael sonriendo en la puerta, esperando a ser atendida e impaciente por querer tocar de nuevo el timbre.

— ¡Demonios! — Exclamé tomando las llaves que pendían de un pequeño clavo torcido en la pared. La puse en la cerradura y giré dos veces. Finalmente abrí la puerta y me recibió con un fuerte abrazo, tan efusivo que por un momento olvidé el riesgo que representaba su presencia en el barrio a esa hora.

— ¡Te extrañé mucho! — Sonreí de lado por segundos y después la solté de improviso, alarmándola.

— ¿Qué haces aquí a esta hora? ¿Acaso no piensas en los riesgos?

— Pienso que te extraño. Es todo. — Se excusó sin borrar esa sonrisa de niña pequeña de su cara.

Cerré la puerta cuando estuvo totalmente adentro de mi hogar, ya sacándose su impermeable rojo y dejándolo sobre el respaldo del sofá.

— ¿Viniste sola?

— Sí. Dejé mi auto aparcado en la esquina. Gustav, ¿qué pasa? — Se aproximó a mí y, tomando mis mejillas con sus manos frías, depositó un beso suave y tierno en mi boca. —. Te noto tenso.

— Es sólo que es tarde. No piensas en las consecuencias, Rich —dije ya más comprensivo. Al fin de cuentas, adoraba que me extrañara. —. Este no es un barrio seguro, y menos para una mujer tan hermosa y de tu clase.

— No me va a pasar nada, amor. Además salí del estudio hace media hora; hoy terminamos tarde. — De la cocina salía Sam con una expresión de curiosidad y preocupación.

— ¿Todo en orden? — Preguntó. Richael volteó y le sonrió con simpatía.

— ¡Hola, Sam!

— Oh, Richael. — Noté que intentaba sonar carismático cuando la saludaba con un beso en la mejilla, pero lo conocía lo suficiente para descifrar su rostro de “es mala idea”. Y era así. Era muy arriesgado que ella estuviera en mi casa, sin prestarle tanta atención al barrio ni a la hora, sino por la situación con quien mantenía el barrio vigilado las veinticuatro horas del día. Lógicamente me refiero a Santos.

— Gustav, yo me voy a descansar, ¿sí? Mañana tengo que ir temprano a la casa de mi madre a buscar eso que te dije —comentó el mudo a modo de despedida.

— Vale. Descansa, tío. — Y después de unas sonrisas forzadas, se retiró al que era temporalmente su cuarto.

Una vez solos, se tomó la libertad de reposar sobre el sofá, botando un suspiro y sonriéndome finalmente. La miré pícaramente extrañado, en un juego de sonrisas que me resultaba muy tentador.

Me eché a su lado, haciendo crujir el sofá por el impacto. Me recosté sobre su pecho y cerré mis ojos como un bebé. Abracé su vientre y me sentí realmente vivo y feliz.

— ¿A qué se debe tu buen humor? — Pregunté.

— Tengo una excelente noticia para darte —dijo después de reír en voz baja.

— Y yo tengo una mala —tercié—. Lo siento.

— Cuéntame. — Solté su cintura y me incorporé en el sillón. Extendí una de mis manos y acaricié su mejilla con suavidad y ternura. Ella me miraba con la seriedad que ameritaba la situación.

— ¿Recuerdas a Santos?

— Sí. El tipo que mantiene al barrio fuera de la vigilancia policial.

— Sí, entre otras cosas —resumí—. El punto es que la situación no anda bien, Richael. Tuvimos un enfrentamiento y él salió perdiendo mucho dinero. En fin…, conozco a este sujeto y estoy seguro que va a vengarse de una u otra manera. Entonces, quiero tomar medidas al respecto. Ya sabes, mejor prevenir que curar.

— Y esas medidas tienen que ver con tu ataque de histeria de hace un rato, ¿verdad?

— Sí —respondí y ella sonrió con cierto enfado—. Pero es temporal, amor.

— No puedo venir más a visitarte.

— No es tan así —dije—. Vamos a seguir viéndonos, desde luego, pero de ahora en más acordaremos otros sitios. — Me acerqué un poco más a su cuerpo y volví a abrazarla, pero ahora por los hombros, dejando un tímido beso en su mejilla. —. Iré a tu departamento más seguido.

— Gustav, tú no puedes salir de aquí —dijo ya sin ese entusiasmo que mostró en un principio. Se la veía triste, como desanimada. —. Eres un prófugo de la justicia, ¿recuerdas? No andaremos de emboscada.

— Lo solucionaré pronto. Lo prometo.

— No —cortó tomando mi brazo y cortando el contacto efectuado en mi abrazo—. Este es un tema que jamás charlamos. ¿Cómo haremos con tu tema con la justicia, Gus?

— ¿Por qué quieres hablar de eso justo ahora?

— Porque viene perfectamente al caso —justificó alzando un poco la voz—. No estoy contigo momentáneamente, ¿sabes? Quiero un futuro contigo, quiero proyectos contigo, quiero… una familia contigo. ¿Vamos a pasar el resto de nuestras vidas refugiados en este barrio porque eres un prófugo de la ley?

— La única solución es entregarme, o… — Dejé la frase a medio acabar. No quería proponerle algo tan osado cuando nuestra reconciliación era tan reciente.

— ¿O…? Anda, dilo. Soy abogada, ¿recuerdas?, yo sé cuál es la solución de la que hablas.

— Irnos del país —formulé por lo bajo—. Pero sería una pésima idea.

— Y serías más que un prófugo. — Bajé la mirada al suelo al encontrarme en aquella situación. Nunca me planteé cómo sería mi vida exactamente ahora que tenía a una mujer firme a mi lado. No tenía salida. O era un prófugo nacional, o uno mundial. —. Conozco otra forma…, pero tendrías que cumplir dos condenas en una.

— ¿De qué hablas? — Pregunté elevando mi mirada, algo esperanzado, lo admito.

— Existen clínicas de rehabilitación bajo el control judicial para gente condenada a ciertos años en prisión. Pero tu condena no debe exceder los tres años.

— Bueno… Hasta donde sé, Bill se encargó de limpiar mi legajo cada vez que se lo pedí, o que lo extorsionaba, mejor dicho —rectifiqué—. A excepción del último episodio.

— ¿Cómo fue ese asunto exactamente?, el del peaje.

— Había que cruzar el peaje de Hamburgo con un camión lleno de droga. Se suponía que estaba todo arreglado para que no existiera ninguna revisación. Pero Bill me traicionó y los policías dieron con el cargamento. Detuvieron no sólo la droga, valuada en miles de dólares, sino que también a los dos hermanos que manejaban. Éstos me dieron un plazo de tiempo determinado; si no los sacaba de la cárcel antes del segundo interrogatorio, confesarían los nombres de los otros miembros del grupo; entre ellos, Nicolás y yo.

— Pero tú no eras el cabecilla de esa organización, ¿o sí?

— No, no. El que siempre está detrás de esos grandes golpes, es Santos. Yo actuaba de cebo.

— Entonces, gracias a la corrupción de Kaulitz y del oficial Molina, tu única causa judicial es esta.

— Así es.

— Si te entregas, no te darán más de dos años —dijo con confianza.

— ¿Tú crees?

— Me ha tocado defender a gente metida en esta clase de problemas; temas de drogas, narcotráfico, enriquecimiento ilícito, etcétera. Estoy segura que serán dos años, o dos años y medio cuanto mucho.

— Entonces puedo rehabilitarme y cumplir una condena al mismo tiempo.

— Sí. Siempre y cuando te entregues y pagues el tratamiento —dijo—. Pero lógicamente, no es como una clínica común, sino que se trata de un régimen mucho más estricto.

— Lo sé, me imaginaba. — Nos quedamos en silencio unos minutos. Sentía que quien debía quebrantar este silencio era yo con mi respuesta. No era algo sencillo entregarme así como así. Yo pensaba en rehabilitarme en otro país, con otro nombre y comenzar una vida nueva como siempre he hecho: fuera del marco de la ley. Pero esta vez era distinto. No podía comenzar a vivir una vida normal con cuentas atrasadas. Si quería limpiarme por completo, tenía que enfrentar mis errores y remendarlos. —. ¡Justo me vengo a enroscar con una abogada! — Bromeé para romper el hielo y conseguí que ella riera.

— ¿Lo vas a hacer?

— Quiero pensarlo. — Ella asintió tomándome de la mano y apretando con fuerza, en señal de apoyo y condicionalidad absoluta. —. Tengo un problema bien grande antes.

— Santos —dijo con voz cansina.

— Exacto. Y mientras tanto te quiero bien lejos del barrio. ¿Puedes hacer eso?

— Lo haré —aseguró—. Esta será la última noche que pase aquí.

— Bien… Ahora dime, ¿de qué se trataba esa buena noticia que ibas a darme?

— Oh, nada. Olvídalo, no tiene importancia. — Fruncí el seño sobre ella. —. Créeme, era una bobada. — Finalmente me sonrió, y yo pude corresponderle sintiéndome más aliviado.

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By Tom

Rezongué después de la tercera serie de golpes a la puerta de mi hermanastro sin recibir respuesta alguna. Me recargué en el marco de la misma y esperé unos segundos, sintiéndome impaciente. Sabía que estaba ahí adentro, seguramente arreglándose para otro día laboral, haciendo caso omiso a mis llamados. El día anterior, en el estudio, siquiera me había hablado, y se negó a cenar en la noche. En el estudio Andreas vino a increparme acerca de la pelea, pero siquiera le respondí. ¿Qué cuentas tenía que rendirle a ese sujeto? Fue una pelea de hermanos, era todo. ¿Qué otra contestación esperaba? Yo que él, me preocupaba más acerca de lo ocurrido en la noche, y no tanto en lo de la mañana. ¡Si supiera que los cuernos no lo dejan en paz ni a sol ni a sombra! Pero ya saben lo que dicen; los cornudos son los más orgullosos de serlo.

— Anda, Bill. Sé que estás ahí. ¿Vas a estar el resto de tu vida ignorándome? — Nada. Siquiera un “púdrete” como respuesta. No quedaba nada más que resignarme y largarme de ahí. Dije que no me volvería a rebajar, y eso haría en cuanto a nuestra relación sentimental; pero en lo que compete a la hermandad, no podía dejar pasar una hora más sin pedir disculpas por mis reproches y mis acotaciones fuera de lugar. Lo había culpado de mi accidente, cuando en realidad no era así. Vi un momento de vulnerabilidad y me aproveché, al igual que en lo de Simone… No debí acudir a algo tan íntimo en la vida de Jörg y suya, por una simple pelea. Actué muy mal, y sólo quería remendarlo.

— ¿Qué necesitas? — Preguntó abriendo la puerta de improviso, y yo me quedé paralizado algunos segundos, con una laguna en mi cabeza después de planear todo un discurso perfectamente cuidadoso y limpio durante toda la noche. —. ¿Necesitas algo? — Insistió.

— Necesito disculparme —dije. Inexpresivo, calló durante un momento y después se encogió de hombros.

— ¿Por qué?

— No te hagas, Bill —susurré virando mis ojos—. Sabes bien por qué.

— No, en serio. Dime. La lista es larga y quisiera saber por cuál de todas las cosas que me hiciste y dijiste, te disculparás. — Comenzaba con una provocación al más puro estilo Kaulitz: ironía.

— Por lo de Simone, y por culparte de mi accidente. No debí entrometerme en algo tan privado. Y en cuanto al accidente, no es verdad. Sólo lo dije porque estaba furioso.

— Por lo de mi madre, es a Jörg a quien debes pedirle disculpas. Y lo del accidente, es inútil. Supongo que tú también te sentiste culpable cuando me drogué después de nuestra discusión, en la que me llamaste “drogadicto”.

— Pero tú jamás me echaste la culpa de eso.

— Claro que no —dijo saliendo de su recámara y cerrando la puerta—. Pero ya; no todos pensamos igual, ¿no?

— ¿Y eso qué quiere decir? — Pregunté desconcertado. Al fin y al cabo, no me decía si me perdonaba o no.

Comenzó a caminar hacia las escaleras, descendiendo tranquilamente mientras abrochaba su saco botón por botón.

— Quiere decir que ya pasó, Thomas. Olvídalo.

— Al menos dime si aceptas mis disculpas —pedí como un reclamo.

— ¿Sabes lo que significa la palabra “disculpa”, Tom? — Me sorprendió su cambio de tema tan repentino. Pero callé de todos modos, y me detuve al pie de las escaleras, viéndolo tomar sus llaves y finalmente voltearse hacia mí, viéndome con ojos inexpresivos. —. Deshacerse de las culpas. Eso mismo significa —dijo—. El pedido de disculpas sólo libera a quien ofende, pues alivia sus remordimientos. Pero el ofendido sigue igual; nada cambia para él. Si yo te disculpara, te estaría haciendo un favor, Tom. ¿Y qué me queda a mí?

— Para mí, pedir disculpas es aceptar un error y querer remendarlo.

— Lo lamento por ti, hermano —terció—. Un error se remienda no cometiéndolo. Es el único modo. — Volvió a encogerse de hombros y me sonrió cínicamente. —. Lo hubieras pensado dos veces. Te veo en el estudio. — Saludó dándose la vuelta y retirándose una hora y media más temprano que el horario normal para ir a trabajar.

Yo me quedé parado a los pies de las escaleras con miles de palabras atragantadas en la garganta. Era un caso perdido. ¿Qué iba a hacer? Bill siempre había sido un tipo muy hábil cuando se trataba de persuadir o evadir a alguien, y era claro que no quería saber nada sobre mí. Ni siquiera me dejó preguntar acerca de su mudanza hacia Grecia.

Decidí esfumar esos pensamientos de mi cabeza y reposar algunos minutos en el sofá mirando alguna película o serie. Lo que sea mientras me sacara de aquella nebulosa de preguntas sin respuestas que me atolondraba a todo momento.

La situación era concreta: ambos teníamos motivos para estar enfadados con el otro. ¿Sus errores? Ser un maldito orgulloso que no sabía evaluar y comprender mi temor de arruinar su vida, de arruinar la vida de nuestro padre, y arruinar el rango que tenía en la sociedad de clase alta que había habitado toda su vida. Él tenía que perdonar mi maldita costumbre de siempre pensar en él, antes que en mí. Luego cura sus heridas con ese imbécil de Andreas, el famoso plan B, el que sobra en esta historia de dos. ¡Me iba a volver loco! ¡Se iba a casar con él, y me confesaba su amor en el hospital! ¡¿Qué juego malévolo planeaba jugarle a mi cabeza?! Porque no había sido un estúpido sueño, o una fantasía producida por mi estado de coma. Había sido real. Yo sentí su voz en mi oído diciéndome que me amaba, que siempre lo había hecho y que jamás podría dejar de hacerlo. ¡Él es un cobarde! ¡Se supone que si amas a alguien, dejarás todo por esa persona! ¡De eso se trata el amor! Al menos, mi amor se trata de eso… Cuando Andreas me contó lo que era el amor para él, en el hospital, me dijo que se basaba en aceptar la felicidad del otro, aun cuando no sea al lado de uno, ¿recuerdan? Pues yo tenía una versión un poco diferente de lo que era el amor. Para mí se trataba de pelear, de dar batalla hasta el final. Luchar y luchar hasta que no quedara ni una sola chance de salir victorioso. ¡Se trataba de enfrentar cada tormenta y tornado como si pudiéramos derrotarlo, y con la convicción de que sí se puede! ¿Y la felicidad del otro? ¿Dónde queda eso?, preguntarán ustedes. Porque hasta el momento mi versión es meramente egoísta. Pues no. Si tú amas de verdad, con lo más profundo de tu corazón, ¿cómo no vas a ser la felicidad de esa persona? Si estás convencido que puedes darle sólo lo mejor de ti, ¿cómo no podrías hacerlo feliz? Por eso no me resigno, ni me resignaré jamás. Sé que puedo hacerlo feliz; su cuerpo me lo dice, así como sus ojos a cada mirada. Sé que me ama, y sé que no quiere unir el resto de sus días a una persona como Andreas. Sin embargo, le dije que ya no lucharía más…, pero aquello era sólo una estrategia por mover sus emociones. ¡Y misión cumplida! ¿Acaso no lloró, no se enojó, no sacó lo peor de él? Logré que dejara salir su dolor; ese dolor me demostraba que la noche que pasamos juntos no era solamente una noche de sexo y ya. Para él significó mucho más que eso, al igual que para mí. El amor era inevitable.

Y mis errores… Bueno, supongo que es natural que cueste admitir mis propias falencias, puesto que no veo ninguna. Sé que lo lastimé dejándolo por Richael, y sé también que lo lastimé con llamar ‘buen sexo’ a una noche de amor…, pero no eran mis verdaderas intenciones. En realidad jamás amé a Richael, ni quise estar con ella. Y esa noche significó más para mí que la primera que compartimos juntos. Pero, ¿dónde está el problema? Él no lo sabe. Él no ve mis intenciones ni mi esencia. Él vio lo que yo quise que viera, y ahora no puedo echarme atrás. Le conté la verdad y pedí perdón, pero su dolor y orgullo fue más grande y poderoso. Y ahora no sólo se va a casar, sino que se va a ir del país. ¿Qué hacía yo con eso? ¿Qué solución había para un problema que avanzaba y avanzaba?

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By Bill

— De nuevo le agradezco que se quede lo que resta de hora, licenciado —repitió Charles aún estrechándome la mano.

— Por favor, señor Gómez, usted sabe que es un placer visitar a Milagros. Además jamás estuve presente en ninguna de sus sesiones.

— Ella pone mucha voluntad —comentó soltándome y metiendo sus manos en los bolsillos de sus pantalones desdeñados. Miraba a su hija con cierto brillo en los ojos. —. Hace que todo valga la pena.

— Todo camino puede andar, Charles —dije—. Todo puede andar.

— Gracias, licenciado. — Volvió sus ojos hacia mí y se dispuso a partir. —. Pasaré a retirarla en media hora. Ahora me retiro; no quiero llegar tarde a mi primer día de trabajo. — Charles había comenzado a trabajar en venta al público en un local de artículos para el hogar, y aquel era su primer día.

— Que tenga suerte. — Una última sonrisa y se marchó procurando no hacer tanto ruido con la puerta chillona del consultorio.

Era una sala amplia, con paredes blancas y ventanas con las persianas completamente cerradas, casi pareciendo rotas. La luz no faltaba, pero no era la adecuada. Tres largos tubos desfilaban en el techo, emanando una luz blanca por demás cegadora. Marcel siempre me comentaba que el paso de la luz natural del día era fundamental para el positivismo del paciente. Además, está científicamente comprobado, que el sol tiene capacidades curativas sobre el ser humano. Sin embargo, aquella sala no tenía ni un rayo de sol filtrándose por una mínima cavidad. Nada.

— A ver, Milagros… — La doctora era una joven de unos veintidós años, carismática y de apariencia fiable. Le daba ánimos a Milagros, quien (con su ayuda) ahora dejaba la silla de ruedas y concentraba toda su fuerza en sus brazos, que se sostenían firmemente de dos barras de acero. Estas barandillas se extendían unos dos metros por el consultorio, afirmadas al suelo, y con una colchoneta antideslizante cubriendo sus alrededores, por posibles caídas. —. Tienes una visita especial el día de hoy, así que debes lucirte como otras veces, ¿de acuerdo?

— ¡De acuerdo! — Respondió mirándome con una expresión de alegría que siempre llegaba a conmoverme. Yo le devolví el gesto y opté por guardar silencio y simplemente observar a una distancia prudencial, cruzado de brazos.

Las piernas de Milagros colgaban de su cadera involuntariamente, sin reflejos ni reacciones. Sus bracitos temblaban aferrándose con fuerza a las barandillas. Sus pies cubiertos por unas Converse blancas, se deslizaban por la colchoneta color púrpura sin ejercer la menor fuerza o apoyo. Le costaba muchísimo dar cada “paso”, o, mejor dicho, avanzar unos pocos centímetros a cada vez que intercalaba un brazo y otro sobre los tubos. Pronto la doctora, entre exclamaciones de ánimo, dejó de sostenerla y se agachó a la altura de las pequeñas piernas de Mili para acomodar bien sus pies a cada “pisada”. No necesitaba saber mucho acerca del tema para darme cuenta que sus extremidades no mostraban el menor avance.

— Vamos, Milagros. Un poco más; ya casi llegas al extremo. — A pesar de los intentos totalmente inútiles que hacía la traumatóloga, Milagros perdió la fuerza en sus brazos, y en un mal apoyo de su pie izquierdo (profundamente dormido), cayó al suelo provocando un ruido de palmas gracias a los reflejos de amortiguar la caída con sus manos.

La doctora emitió una mueca de entre pena y dolor, pero yo me mostré parcial; aun cuando Milagros me observó desde el suelo, algo avergonzada, para descubrir cuál era mi reacción. Nada. No se movió ni un solo músculo de mi rostro.

— Tranquila, Mili. Todo está bien. Esto va a pasar muchas veces —consolaba la doctora a Milagros, quien estaba totalmente morada por el esfuerzo que había hecho con sus bracitos.

Pronto estuvo sentada nuevamente en su silla, con el brazo flexionado y el codo sobre el apoya brazo. Su mentón era sostenido por su mano, provocando un pequeño puchero en su boquita.

Fue ahí cuando me aproximé a la doctora, y en susurros cuidados le hablé al oído para que Milagros no escuchara.

— ¿Sería tan amable de dejarnos a solas unos minutos? — Ella asintió y volvió a dirigirse a Milagros.

— Mili, iré a buscar las almohadillas inflables que usamos el martes pasado, para seguir trabajando. — Milagros asintió sin siquiera mirarla; sus ojos estaban firmes en el suelo, y su seño fruncido dejaba en evidencia que estaba realmente enfadada. La doctora se fue y yo esperé unos cuantos segundos antes de aproximarme hacia una silla de oficina que la doctora tenía en su escritorio y deslizarla hasta donde la silla de ruedas tenía lugar. Me senté frente a ella y me crucé de piernas, dejando que el silencio se prolongara un poco más.

— Milagros —llamé, pero sin respuesta—. ¿Estás enfadada, Milagros? — Asintió a regañadientes, sin mirarme. Sus ojos estaban acuosos y su mandíbula apretada. —. ¿Estás enojada con Albert, el señor que te hizo esto? — No respondió siquiera con un movimiento de cabeza. Pero eso era mejor para la situación… Sabía exactamente qué hacer y qué decirle. —. ¿Estás enojada con tu papá, que decidió venir a vivir aquí, a Alemania, y comprar esa casa? — Silencio. —. ¿Estás enfadada con la doctora?… ¿Estás enojada conmigo? — Una lágrima cayó, pesada, por su mejilla sonrojada. Y yo sentía que se me escurría el alma de tristeza. —. ¿Estás enojada contigo misma?

— No —musitó.

— ¿Y con quién estás enojada, Milagros?

— Con la vida —respondió firmemente, pero con su voz ahogada en el nudo que tenía en la garganta—. Estoy enojada con ese Dios que tanto nombra mi mamá… Ese que supuestamente debe protegerme. — Apretó sus párpados con fuerza y sus manitos se volvieron puños. —. Si me cuidaba, ¿por qué dejó que me pasara esto?

Carraspeé y medité unos segundos las palabras correctas y concretas para que fuera sencillo entenderme. No quería crearle una confusión en un momento tan delicado.

— Escucha —comencé, pero sin recibir su mirada aún—. Cuando yo me enfadé con la vida, o con Dios, como quieras llamarle, tenía casi tu misma edad. Era muy pequeño. Resulta que yo tenía algo que creía que tendría para toda la vida, o al menos que tendría hasta que dejara de necesitar —dije y me tomé unos segundos de silencio—. Me acosté una noche sabiendo que la tenía a mi lado, y a la mañana siguiente se había ido para siempre.

— ¿La tenías a tu lado? — Repitió. —. ¿Era una novia? — Reí por lo bajo y negué.

— No, Mili. Estoy hablando de mi mamá. — Sus ojos, tímidos, fueron amoldándose a una mirada tierna y compasiva. También su postura de niña enojada desapareció.

— ¿Tu mamá murió cuando eras chiquito?

— Así es. — Sonreí tristemente, encogiendo mis hombros. —. Y, ¿sabes?, al igual que tú, yo también me enfadé muchísimo. Me enfadé con mi papá, conmigo mismo porque era muy chiquito y no pude hacer nada, con ella porque no se cuidó lo suficiente, con los médicos que no pudieron hacer nada…, y me enojé con la vida también. Me enojé con Dios porque me había arrebatado a lo más preciado que tenía. — Sus ojitos brillosos por las lágrimas estaban pegados a los míos, y supe que se estaba formando un vínculo nuevo entre nosotros. —. ¿Conoces el dicho “todo en la vida tiene solución, menos la muerte”? — Asintió lentamente. —. Bueno, eso decía todo el tiempo mi mamá…, y me enfadé mucho cuando supe que lo único que no tenía solución, le había ocurrido a mi madre finalmente. Dime, Milagros, ¿eso no te hace sentir mejor? — No respondió. Pero no porque no tuviera una respuesta, sino porque aquella niña era muy inteligente, y sabía que ahí no terminaría mi relato. Ella sabía que yo mismo respondería. Siempre tuvimos esa química al hablar. Los silencios prolongados dejaban lugar a las miradas y a la reflexión, y una pregunta no siempre debe ser contestada. A veces el silencio mismo era una buena respuesta. —. No has pasado por lo único que no tiene solución; todo lo demás tiene una vuelta para darle. Mírate —dije avivando mi voz—. Tienes brazos para abrazar, voz para hablar, ojos para ver. Tienes a tus padres, a tu hermanito, me tienes a mí. ¡Pero, hey! — Me puse de pie de un bote, generándole una sonrisa de sorpresa en su rostro morado y sus mejillas mojadas. —. ¿Crees que los médicos te estarían brindando estas sesiones si no hubiera ninguna chance de que vuelvas a caminar? ¡No! — Sonreí ampliamente y alboroté sus cabellos en una caricia. —. ¿Crees que yo les hubiera dado dinero a tus padres sólo para hacer un tratamiento que no dará resultados? ¡Anda, respóndeme!

— ¡No! — Exclamó con mi mismo entusiasmo.

Remangué mi pantalón a la altura de mis muslos y me agaché a su altura. Despejé su hermoso rostro de los mechones de cabello que atolondraban su visión, y me deleité con esa sonrisita invencible a pesar de todo.

— Mili, si tú definitivamente no pudieras caminar, yo les hubiera comprado a tus padres una casa, o un auto, o te hubiera comprado a ti miles de muñecas como Tamara y CD’s de Demi Lovato, ¿no te parece? Sin embargo, quise invertir en esto porque aún hay posibilidades. — Asintió ya más animada y me tomé el atrevimiento de secar sus mejillas con ambas manos. —. Pueden cortar todas las flores, pero nadie puede detener la primavera, Milagros.

— Gracias, Billy —susurró tomando mis manos entre las suyas, pequeñas y tibias.

— De nada, preciosa.

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By Gustav

— Amor —dijo rodeando mi cintura con sus delgados brazos, y reposando el mentón en uno de mis hombros—, se me ocurrió una idea genial para esta noche.

— Ah, ¿sí? — Interrogué jugando con las palabras. Terminé de verter el café en las dos tazas y ahora le ponía azúcar a uno, y edulcorante a otro.

— Síp… Una cena a la luz de las velas, buen vino. Los dos solos en mi departamento. — Volteé mi cuerpo con ambas tazas en las manos, y ella me soltó lentamente. Me topé de frente con su espléndida sonrisa matutina en su rostro adormilado todavía. —. ¿Qué te parece? — Tomó su respectiva taza y le dio un sorbo, gustosa.

— Es una idea magnífica.

— ¿Me pasas a buscar por el estudio hoy?

— Claro que sí. Dime a qué hora sales.

— A las siete. — Asentí y tomé unos cuantos tragos sin poder dejar de imaginarme las cientos de variantes para aquella noche. —… Y de paso te doy esa buena noticia que no te di anoche.

— ¡Oh, no! — Exclamé con un gracioso puchero de niño caprichoso en la cara. Ella simplemente estalló en una carcajada. —. ¡No podré esperar hasta la noche!

— ¡Te vas a tener que aguantar!

— ¡Qué mala eres! — Dejé en su boca un beso breve y ruidoso. Su risa, su voz, su sola presencia, le daban a mi mañana un toque mágico y diferente. ¡Qué hermoso era comenzar el día a su lado!

De pronto el timbre nos sacó de nuestro ambiente de broma y romanticismo. De inmediato deduje que Nicolás se anticipaba algunas horas, como era costumbre en él.

Dejé la taza de café sobre la mesa de la cocina y salí a los trotes por la sala hasta el recibidor.

Abrí la puerta sin fijarme quién era (de nuevo), y quedé paralizado desde el primer segundo en que sus ojos negros como petróleo se posaron en los míos.

— Buenos días, Schäfer.

— ¿Qué quieres aquí de nuevo, Santos? — Una sonrisa que pretendía ser amistosa, ocultaba toda la maldad que albergaba su ser. Me veía con su mirada penetrante y calculadora, estudiando los interiores de la casa de vez en vez. Yo estaba tenso y nervioso, ya que Richael estaba en la cocina en paños menores y la posibilidad de que la descubriera me revolvía el estómago.

— Sólo pasaba a saludarte.

— ¿Saludarme? ¿Desde cuándo tan amable?

— Desde que entendí que reaccioné pésimamente la otra vez, Gustav —dijo—. Me desubiqué, me sobrepasé de mis límites. Tenía que haber respetado tu decisión; al fin y al cabo, eso hacen los amigos, ¿o no? — No creía ni una sola palabra que me decía. No creía en sus gestos, y mucho menos creía en sus intenciones. Jamás había hecho nada que no lo terminara beneficiando de uno u otro modo, ¿por qué lo haría ahora? Perdió millones; no era usual en él una reacción pacífica.

— Para empezar, nosotros no somos amigos, Santos.

— Somos socios, lo sé —interrumpió—, pero para mí eres como un amigo después de tantos años.

— Pero no lo somos —repetí—. Y en segunda, tú no tienes nada que hacer aquí. Ya conversamos el asunto y sigo firme en mi decisión.

— Quizás, con más tiempo para pensar, cambiaste tu rotundo “no”, por un “sí”.

— No —dije—. No quiero saber más nada de estos negocios, ni de drogas, ni de otros colegas. Nada. — Hablar del tema no me ayudaba bajo ningún concepto. La abstinencia empezaba a pesar en mi espalda, y ver a Santos sólo me recordaba mis ganas de consumir una línea de cocaína.

— De acuerdo, de acuerdo —terció alzando ambas manos—. Lo respeto y felicito tu coraje. Te deseo mucha suerte en tu recuperación —dijo y se tomó el atrevimiento de palmear mi hombro. —. Me retiro.

— Vale. Cuídate.

— Espero recibir tu visita en mi hogar próximamente. — Asentí sin darle más importancia de la necesaria, y finalmente cerré la puerta y le eché cerrojo.

— ¿Quién era, amor? — La voz de Richael saliendo de la cocina me hizo volver a la realidad y en cierto modo me calmó.

— Franco, hermosa —mentí—. Era Franco… Volvamos a esa interesante charla sobre esta noche —dije volviéndome hacia ella con una ceja en alto y mis dientes mordiendo mi labio inferior. Ella sonrió picaronamente y asintió animada.

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By Santos

Me subí a mi vehículo del lado del copiloto, botando un suspiro de mero hartazgo. Odiaba la insolencia, y más aún la falta de respeto. Maldito Schäfer. ¿Quién mierda se creía que era?

— ¿Y qué tal, señor? — Preguntó Javier con sus manos sobre el volante aun cuando el motor del automóvil estaba apagado.

— No piensa ceder.

— ¿Le advirtió que no se quedaría de brazos cruzados?

— Javier, Gustav me conoce desde hace diez años —dije—. Él ya sabe cómo pienso. El que me las hace, me las paga.

— Me parece excelente, señor. Dígame, ¿lo llevo a su casa?

— No, no —respondí—. Quiero esperar aquí. Tengo un presentimiento certero. — De la guantera del vehículo tomé mi cajetilla de cigarros y el mechero. Saqué uno con paciencia, casi disfrutando la desorientación en el rostro de mi compañero, y el filo del cigarrillo deslizándose por el papel metalizado del paquete.

— ¿De qué se trata?

— Conozco a Gustav, Javier —comencé, entreabriendo mis labios y dejando entre ellos el cigarro. Lo prendí y le di una profunda primera calada. Mis pulmones se llenaron placenteramente y el humo escapó por mis fosas nasales. —, él es un tipo reservado. No invita a cualquier a su casa, y menos a una mujer. Si lo hace, es porque ésta tiene un significado vital en su vida.

— ¿Y eso qué tiene que ver? — Lo miré y sonreí al ver su mueca de sosiego.

— Sobre el sofá había un impermeable rojo de mujer —respondí—. Gustav estaba con una dama en la casa, y esperaré pacientemente hasta que la misma se marche.

— ¿Y si se va en la noche?

— Vale la pena esperar, Javier —tercié—. Aunque no creo que se quede demasiado tiempo más. Gustav tiene cosas que hacer, y no puede perder todo un día.

— A ver, Santos —dijo mientras yo me concentraba en aquella puerta, al otro lado de la calle, y le daba otra pitada a mi cigarro. —, ¿qué vas a hacer exactamente con esa mujer?

— La vamos a interceptar y la vamos a invitar a tomar algo en mi hogar, ¿qué te parece?

— La vas a secuestrar.

— Soy como un libro abierto ante ti, viejo amigo. — Dejé escapar una risotada y pude notar que un escalofrío lo recorría. —. ¿Qué pasa contigo? No sería la primera vez, ¿o sí?

— No…, pero jamás te metiste con una mujer.

— No me estoy metiendo con ella; me estoy metiendo con Schäfer.

— ¿Y cuál sería el objetivo? ¿Quieres que acepte el trato a la fuerza?

— El trato ya está perdido, Javier —respondí áspero—. Tenía que tener una afirmativa para hoy mismo, y no la tengo. Olvídalo, todo se perdió. Lo que quiero es dejarle a Schäfer bien en claro que nadie se sube y se baja de este negocio tan fácilmente. Esto no es un juego de niños. — Volví mis ojos hacia el frente y noté el movimiento. Un radio taxi había frenado delante de la casa de Schäfer y el mismo abría la puerta y miraba hacia ambos lados de la calle, sin saber que aquel día mi carro era uno diferente, que pasaba más desapercibido que mi Ferrari roja. —. Mira —anuncié y Javier giró su rostro hacia donde la escena tenía lugar. Gustav salió por completo del hogar y ahora le daba paso a una hermosa mujer, de cabellos negros en ondas pronunciadas, notoriamente de una clase social muy elevada, y ese impermeable rojo llama cubría su cuerpo, tal y como supuse desde un comienzo. —. ¿Ya ves? — Schäfer la besó con pasión y después ella subió al auto, sin perder esa sonrisa que en cuestión de un momento borraría.

— ¿Qué hago ahora? — Preguntó mi compañero.

— Espera a que Schäfer se meta dentro, y sigue a ese taxi. — Y tal como dije, el vehículo arrancó y Schäfer se metió tranquilamente a su casa. —. ¡Arranca!

Continúa…

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por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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