«Apostemos» Temporada III

Capítulo 23: Culpabilidad

Ya había pasado casi una hora. Una maldita hora y yo como un inútil sin poder hacer nada para ayudar a Richael, ni a mi hermanastro. ¿Qué rayos estarían hablando? ¿Y si las cosas se salieron de control y todo se fue al diablo? ¿Y si alguno estaba…? No. No quería siquiera imaginarme algo así. Intentaría ser positivo, pero era complicado serlo adosado a un carro y con tres tipos con sus ojos fijos en mí en la lejanía.

No podía quedarme quieto. Le había dado como cincuenta vueltas al auto, había mirado el reloj unas cien, y ya no tenía uñas. Necesitaba tener novedades, necesitaba saber que todo había salido bien y que el problema estaba ya resuelto.

Eran las doce y media de la medianoche, y hacía un frío aterrorizante. Pronto llovería.

De repente me pareció escuchar unos ruidos en la lejanía, y las miradas que se echaron los guardias me confirmaron que no había escuchado mal. Me puse en alerta y me incorporé firmemente sobre mis pies. Miré hacia la entrada. La puerta se abrió y divisé a dos tipos acarreando a Gustav, quien se movía frenéticamente gritando y pataleando. Me asusté de sobremanera y a pesar de aquel trío de estúpidos, troté algunos metros adentrándome más en el porche. Gustav lloraba, y Richael lo escoltaba algunos pasos más atrás con un aspecto deprimente.

— ¡Gustav! — Exclamé pero no hubo caso. Él estaba enceguecido por la bronca misma.

— ¡Dejen salir a mi amigo, malditos! ¡Exijo saber qué mierda le están haciendo allí dentro! — Aquellas palabras me helaron por dentro. Me detuve en seco y sentí mis manos temblar.

Los dos tipos lo arrojaron hacia adelante, haciéndolo trastabillar unos cuantos pasos, pero rápidamente se repuso. Los gorilas se dieron la vuelta y se metieron de nuevo a la casa. —. ¡Maldición! — Gustav secó su rostro empapado de lágrimas y dio algunos golpes al aire.

— Gustav, ¿dónde está mi hermano? ¡Responde! — Zamarreé al susodicho, contagiándome su sosiego.

— Lo siento, Thomas… Me sacaron, no pude hacer nada.

— ¡¿De qué coño hablas?!

— ¡Tom! — El grito de Richael me hizo volver a la tierra y dejar de sacudir a aquel pobre infeliz. Lo solté en un estado de shock y retrocedí unos cuantos pasos. —. Santos retuvo a Bill en la casa. Ni Gustav ni yo sabemos el porqué, pero tranquilízate.

— No, no… — Ya estaba llorando, sintiéndome encerrado en mi propio cuerpo. —. ¡No, maldita sea!

— Cálmate, Trümper —susurró Gustav apoyándome una mano en mi hombro izquierdo—. Nos quedaremos aquí hasta que…

— No —corté rápidamente, girándome—. Richael está embarazada y han sido muchas tensiones para un solo día. Llévala a su casa ahora mismo, Schäfer.

— Pero, ¿y dejarte solo?

— Yo puedo tomar un taxi sin problema —dijo Richael interviniendo en la conversación. Vi que Gustav no estaba del todo convencido. Me ponía en sus zapatos, y era una situación realmente penosa.

— Haremos esto —dije secando mis lágrimas y sacando mi móvil del interior de mi chaqueta—. Llama a John, mi chofer. Él te llevará a mi casa y ahí pasarás la noche mientras nosotros resolvemos esto. — Ella asintió y tomó mi celular, que ya estaba llamando al móvil del chofer. Se alejó algunos pasos para hablar más calmada.

— Gracias, Trümper.

— Olvídalo.

— Así que tú ya sabías lo del embarazo… — Le sonreí de lado y asentí en silencio.

— Felicitaciones.

— Era lo que necesitaba para salir del todo de esta inmensa bola de mierda. — Volví hacia el vehículo y me recosté en el capot, donde me eché a llorar como un pequeño niño.

Me sentía tan impotente al no poder colaborar de ninguna manera. ¡Quién sabía qué mierdas le estaban haciendo a mi hermano en esos momentos! ¡Maldita sea todo!

— Todo estará bien, Trümper… — Gustav se sentó junto a mí y pasó su brazo por mi cuello, en algo así como un abrazo. Yo sólo sollozaba más y más fuerte, imaginando sólo lo peor. Escuché los tacos de Richael acercarse, pero no me detuve. Necesitaba dejar salir todo lo que tenía dentro. Tanto miedo y congoja acabarían por matarme si no los expulsaba.

— Tom —llamó Richael—. Thomas…

— ¿Qué pasa? — Sorbí mi nariz y alcé la mirada hacia ella, quien me extendía el móvil.

— Te está llamando Andreas.

— Oh, genial… Lo que faltaba. — Agarré el aparato y medité un momento si responder o no. ¿Qué ganaría? Gritos y reproches totalmente inútiles para la situación. Yo solamente quería ver a mi hermanastro salir por aquella puerta enorme caminando con la seguridad y la convicción con la que había entrado. No necesitaba hablar con aquel muñeco de pastel que no pinchaba ni cortaba en la situación. Entonces lo apagué. Apagué el teléfono y volví a meterlo en mi chaqueta. Que aquel infeliz explotara por dentro. Tanto matrimonio y felicidad no le servía de nada si no tenía ni puta idea de lo que le estaba pasando a Bill ahora mismo. A ese rubio estúpido solamente le interesaba el Bill exitoso, con todo bajo control, con una imagen impecable de abogado reluciente. A Andreas le valía madres este lado oculto que tantas veces colaboró en esconder y mantener en las sombras. Cada vez que lo ayudaba a Bill con alguno de los chantajes de Gustav apelando al dinero y a los contactos, manteniendo todo en una perfecta ficción, demostraba que lo primero era que nada se supiera, y luego, si quedaba algo de tiempo, enfrentar esos viejos miedos y fantasmas. ¡Era un maldito hijo de puta!

— Oye, ¿estás seguro de eso? — Preguntó Gustav. No me dio tiempo a responder cuando una bocina se oyó en las afueras del porche. Era el auto de Jonh. —. Llegó el chofer, amor. — Richael siquiera se animó a saludarme. Yo estaba con la mirada clavada en el suelo, absorto de todo. Ambos se encaminaron hacia el portón para que la morocha se marchara y resguardara su salud de una buena vez.

Entre el sonido del portón abriéndose, y el motor de John en lo lejos, yo me concentré en unos ruidos indescifrables en la lejanía. Intenté agudizar mi oído y fijé mis ojos en la puerta de la casa nuevamente, inmóvil, sin novedades.

— Muchísimas gracias por esto y por todo, Trümper. — Las palabras de Gustav de nuevo a mi lado me sonaron lejanas y pasaron totalmente desapercibidas. Yo tenía el presentimiento de que algo sucedería en breve.

Y así fue.

— ¡¡Bill!! — Grité con todas mis fuerzas y salí corriendo a su encuentro, como un desesperado, totalmente fuera de mí mismo.

Mi hermano siquiera podía mantenerse de pie. Esos sujetos, Mike y Javier, reían a carcajadas mientras bajaban las escaleras acarreándolo de sus delgados brazos desnudos en su camiseta mangas cortas, ya que ese tal Javier tenía su cazadora de cuero en una mano. Bajaron las escaleras mientras Bill arrastraba sus piernas por cada escalón, y finalmente lo arrojaron al suelo, a unos cuantos metros de mí que no dejé de correr un solo segundo. Lanzaron su cazadora y esos dos cagones se dieron vuelta y se metieron de nuevo en la casa antes de que yo pudiera agarrarlos.

— ¡¡Cagones hijos de puta!! — Grité desgarrando mi garganta. Me arrojé al suelo sin frenar, raspando mis rodillas en el suelo húmedo por la llovizna que empezaba a empaparlo. —. ¡No, no, no, Billy! ¡Despiértate, enano! — Volteé su cuerpo en el suelo, y la imagen me destrozó por dentro…

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— Bill… ¡Bill! — Lo llamé moviéndolo por el brazo. Estaba pálido, totalmente blanco. Chasqueé la lengua y desaté el fuerte nudo con que esa manguera se amarraba a su piel. Una vez libre, sobé la zona. Estaba hinchada. — Bill, despierta… por favor. — sollocé y sus ojos se entreabrieron ante mis movimientos en su cuerpo. — ¡Bill!

— Mmhm… yo… sí. — Ninguno de sus balbuceos parecían tener sentido. Sus ojos no se podían fijar en ningún punto en particular, sino que divagaban por doquier. El techo era su lugar favorito.

— Bill, escúchame. ¡Escúchame! — Me miró por unos pocos segundos, pero volvió a cerrarlos. — ¡No debes dormir, Bill!

— Eh… sí.

— ¡Bill! Vamos, por favor…— Apretó sus párpados para luego abrirlos de nuevo. — ¿Por qué hiciste esto, enano? ¿Por qué? — susurré sin dejar de mover su brazo, para mantenerlo despierto.

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— ¡Maldito hijo de puta! — Gustav gritó detrás de mí. —. Lo drogaron. Esa es la marca a la que se refería… — No entendí de qué hablaba. Solamente tenía cabeza y ojos para mi hermanastro. La comisura de su boca sangraba, producto de alguna trompada. Sus ojos divagaban por todos lados totalmente incapaces de enfocarse en algo preciso, y su boca tenía dibujada una sonrisa estúpida que producía que un hilo de saliva se cayera por su mejilla izquierda. Miré sus brazos, en la articulación del codo, con dos grandes hematomas entre violetas y verdes y algo de sangre acumulada también.

— ¡Bill, mírame a mí! — Me senté totalmente en el suelo y apoyé su cabeza en mis piernas. Palmeé su rostro con mis manos e intenté que focalizara sus ojos en los míos. Él sólo reía, absorto y a años luz de distancia de este mundo. —. ¡Bill, no te duermas, anda!

— Ya llamé a la ambulancia —anunció Gustav detrás de mí.

— ¡Maldita sea, Gustav! ¡¿Cuándo podrá salir de esto finalmente?! ¡Dime! — Me eché a llorar abrazando el cuerpo adormecido de mi hermanastro, y la llovizna se transformó en tormenta. Schäfer se arrodilló a mi lado y apoyó su mano en mi espalda. —. ¡Dímelo! ¡¿Cuándo volverá a ser el Bill de antes?! ¡Si nunca me hubiera ido…! ¡Si sólo me hubiera quedado con él…! — Grité envuelto en un llanto desgarrador, y él sólo escuchaba respetuosamente, sobando mi espalda para brindarme cierto apoyo.

— Ya… —susurró mi hermanastro en mi oreja. Me alejé rápidamente de él y esperé a que volviera a hablar. —. No llores, mami…

— Está delirando —dijo Gustav mientras revisaba sus brazos con cautela—. Lo empastillaron hasta la médula y lo inyectaron algunas veces, Tom… — Su tono de voz fue dramático.

— ¿Y eso es muy malo? — No me respondió. —. ¡Gustav! ¡¿Es muy malo?!

— Si no viene la ambulancia ahora mismo, se va a morir. — Negué frenéticamente con la cabeza, testarudo y cerrado a esa sola idea. ¿Morirse? ¡NO! Bill no se podía morir. El que se iba a morir antes, era yo. Siempre había sido así. Estaba escrito en algún lugar; él no moriría antes que yo. De ninguna manera. —. ¡Thomas, despiértalo! — Bajé la mirada a mi hermano y me paralicé al ver sus ojos cerrados y su boca seca entreabierta. —. ¡Trümper, reacciona, maldita sea! — No podía mover mis manos ante la sola idea del amor de mi vida muerto en mis brazos.

Gustav se arrodilló del todo sobre el suelo mojado y empezó a oprimir su pecho con desespero.

— Vamos, amigo, vamos…— Se inclinó hacia su rostro y tapando su nariz le dio oxígeno de boca a boca, volviendo a repetir luego la acción de opresión en su tórax. —. Todo va a estar bien, Bill. Eres inmortal, viejo. ¡No te vas a morir!

Las luces verdes parpadeantes de la ambulancia iluminaron todo el porche.

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By Gustav

Apenas entró a su departamento, se sacó el blazer y se dejó caer en el sofá totalmente agotada.

— Lamento todo esto —dije en voz baja, cerrando la puerta tras de mí y recargándome en ella.

— No lo lamentes. Esto no es culpa tuya, mi amor. — A pesar del cansancio de la hora, ella me seguía obsequiando esas sonrisas que me derretían por dentro. —. Ven aquí, junto a mí. — Obedecí con paso cansado, sentándome a su lado y recostándome en su hombro. Mi mano fue directo a su vientre plano todavía, pero por mi ansiedad ya lo veía abultado y sabiendo el sexo de aquel bebé.

— Será niño, estoy seguro. — Soltó una risilla por lo bajo y acarició mi nuca con el filo de sus uñas, causándome escalofríos.

— Sólo son algunas semanas.

— Este bebé salvó nuestras vidas, Rich —susurré alzando la mirada. Sus ojos estaban fijos al frente, pensativos. —. Y no me refiero sólo a esta noche, sino a mi vida en general. Este bebé será mi cable a tierra de ahora en adelante.

— Creo lo mismo. — Me miró y besó mi frente con ternura. —. Cuando supe de mi atraso, tramé un plan horroroso…—confesó cabizbaja.

— ¿Decirle a Trümper que era suyo? — Asintió avergonzada. —. Nadie querría tener un hijo con un asesino, ¿no?

— No digas eso. Ahora pienso totalmente diferente. De hecho te lo iba a decir anoche en tu casa, pero cuando me hablaste de todo este problema con Santos, quise guardármelo un tiempo más hasta que todo se solucionara. — Asentí en silencio y ella volvió a acariciar mi nuca.

— Cuando Bill dijo que estabas esperando un bebé mío, todas mis fuerzas se duplicaron. No me interesó nada más en el mundo que tu bienestar. Fue asombroso.

— Yo temí por la vida de este bebé, antes que por la mía propia —meditó—. Algo irónico en realidad. — Alcé la mirada nuevamente y ahora me incorporé en mi lugar para poder estar frente a frente a ella. Tomé su mano y entrelacé nuestros dedos.

— Te amo, Richael. Eres el amor de mi vida, y este pequeño… — Posé mi mano nuevamente en su estómago y sentí un cosquilleo en el mío. —, es el mejor regalo que pudiste darme.

— Yo te amo a ti, mi amor. — Acunó mi rostro entre sus delicadas manos y me besó con lentitud y devoción. Nos separamos y nos sonreímos como dos adolescentes. —. Cuéntame de Bill.

— Oh… — Borré mi sonrisa y sentí una amargura en mi boca. —. Está internado. Intentarán hacerle una diálisis y un lavaje estomacal. Lo dieron vuelta, Richael. Estaba irreconocible.

— ¿Cómo pudieron caer tan bajo? — Cuestionó indignada.

— Así es esa gente, cariño. Te dan lecciones… Si a eso se le puede llamar lección.

— Pero saldrá, ¿cierto?

— No sé. La verdad que es incierto. — Sus ojos se desorbitaron.

— ¿Qué?

— Bill es de hierro, Richael. Él salió de muchas como esta, pero cada vez es peor. Él estaba en abstinencia desde hacía mucho, y una sobredosis como esta es un vuelco al sistema de cualquier persona. Bill se puede morir, puede quedar con secuelas, puede recaer en la adicción, o puede salir como si nada del hospital bailando bachata. Es incierto.

— Yo confío en él y en su fortaleza… Son los genes. Su mamá sobrellevó un cáncer sin tratamientos durante meses, su papá carga con problemas cardíacos desde hace diez años, Thomas sobrevivió a un accidente automovilístico devastador, y él también saldrá… — Una lágrima cayó por su mejilla y yo me alarmé de inmediato. ¿Ella llorando por Bill? —. Siento que es por mi culpa también.

— ¿Qué dices?

— Él fue allá a salvarme, Gus. Él nos ayudó y ahora está en un maldito hospital.

— Cualquier podría haber terminado en un hospital hoy —recordé—. Además Bill es un gran amigo; si la situación hubiera sido a la inversa yo también hubiera ofrecido mi pellejo por él. Lo conozco, y odiaría que te estés echando culpas. Deja de hacerlo, amor.

— Estaré tranquila cuando él esté bien… No quiero una muerte a cambio de una vida. —dijo sobando su vientre.

— Tranquila. Thomas llamó al médico personal de Bill… Ese tal Marcel, y él sabe cómo tratar esta situación. En la mañana estará arribando al aeropuerto de Alemania y esta pesadilla habrá acabado.

— ¿Y qué harán con Jörg? Él está muy enfermo y hay que tratar todo este asunto con cuidado. — Asentí en silencio.

— Ayudaré a Thomas en ese asunto, pero no podré hacer mucho. Jörg Kaulitz me odia profundamente. Trümper me dijo que inventaría algo para no involucrarme… La verdad que agradezco eso.

— Yo quiero ir al hospital. Thomas está muy solo ahí, creo que debemos acompañarlo. — No me molestó aquella acotación, aunque creí que lo haría teniendo en cuenta el noviazgo entre éstos. Sin embargo, lo tomé como una fuerte amistad que se había formado. Había ciertos lazos nuevos imposibles de deshacer.

— Tú te vas a quedar aquí a descansar. Te mantendré informada si hay novedades.

— ¿Iras solo?

— Así es. De todos modos, Trümper no está solo. Listing lo acompaña.

— ¿Le avisaron a Georg? — Preguntó sorprendida. —. Se hubiera enfadado muchísimo si no lo hacían. Él adora a Bill. — Asentí. —. ¿Y qué hay de Andreas?

— ¿Qué pasa con él?

— Imagino que le avisaron. Digo, es su futuro marido, ¿no?

— Trümper necesitaba apoyo, no un estúpido que le carcomiera la cabeza a gritos o le metiera unos puñetazos en la cara. Ya se enterará por su cuenta. Además mientras menos movimientos haya en el hospital, el perfil se mantendrá bajo y Bill lo agradecerá en su momento.

— Entiendo…

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By Tom

Bebí unos sorbos del caliente café que Georg me acababa de traer. El frío se sentía aun con la calefacción del hospital, y mi estómago estaba hecho una bola de nervios. Nos quedamos parados, en silencio, al costado de la hilera de butacas de plástico en el pasillo de espera.

— ¿Estás un poco más tranquilo después de hablar con el médico?

— Supongo. — Él asintió y permanecimos callados lo que restó de tiempo hasta que el teléfono móvil de Bill volvió a sonar. Se lo habíamos sacado de la cazadora cuando la arrojaron al suelo aquellos hijos de puta. Andreas no dejaba de joder, y seguramente mi teléfono tenía la casilla de mensajes hasta el tope.

— Tarde o temprano se enterará.

— No quiero que sepa nada hasta que Marcel esté aquí y me dé un diagnóstico concreto. — A Bill le iban a practicar una diálisis y lo tendrían en observación hasta la tarde de mañana. A todo esto, yo pediría la opinión de Marcel sólo para estar verdaderamente confiado y tranquilo.

— ¿Y qué le dirás a tu padre?

— Pensé en decirle que Bill sufrió una sobredosis. Que se drogó y ya…

— Por salvar a ese Schäfer, vas a perjudicar a tu hermano —reprochó con toda la razón del mundo.

— ¿Y cuál es tu idea?

— Yo lo mantendría en secreto. Habla con Andreas y pónganse de acuerdo para inventarle algo… No sé… Alguna excusa para justificar la ausencia de Bill.

— ¿Te refieres a alguna salida o algo?

— ¡Claro! Por ejemplo, Andreas y Bill salieron a las afueras de la ciudad a pasar el día. Ahí tienes el teléfono móvil de Bill; mándale un mensaje a Jörg y no sospechará nada.

— Es una buena idea… — Quise sonar convincente, pero estaba demasiado deprimido como para siquiera fingirlo.

— Todo irá bien. Confía.

— Estoy harto de confiar, Georg. Esto no es más que un eslabón de la larga cadena de desgracias que nos andan rondando a todos. — Él me observó asustado. —. ¿No lo ves?

— Estás siendo pesimista, Trümper.

— Quizás. — Bajé la mirada a mi vaso térmico cargado con café negro hasta la mitad. —. Sólo espero que el sol de la mañana también nos traiga un poco de luz a nuestras vidas.

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By Andreas

Una mujer anciana se me interpuso en el camino con su lento andar y mi hombro dio contra el suyo bruscamente. La ignoré y seguí avanzando a lo largo del pasillo con un paso acelerado. Las habitaciones iban pasando a mis costados y el olor a enfermedad aumentaba a cada metro. Otra vez ir a buscar a Bill a un sucio hospital. ¡Otra vez la historia se repetía! ¿Hasta cuándo esas seguidillas de altas y bajas? Estábamos a poco de nuestra gran boda; ya lo teníamos todo preparado, y sucedía algo así. En lugar de estar viviendo una hermosa vida pre-boda, nos encontrábamos cada vez más distantes.

— ¡Trümper! — El susodicho volteó su rostro hacia mi dirección y tornó sus ojos blancos. Caí en cuenta que con esa exclamación había alarmado demasiado a las personas que estaban cerca, así que elegí bajar el temperamento. —. Explícame ahora mismo qué mierda pasó con mi pareja.

— Cálmate, Andreas —dijo Georg desde atrás de Trümper.

— Me calmaré cuando sepa que mi futuro esposo está bien.

— Bueno, entonces lárgate porque él no está bien —terció Trümper.

— ¡¿Qué?! ¡Explícate!

— Lo drogaron —dijo sereno. Yo estaba a punto de estallar y armar un escándalo en aquel sitio. —. La historia es larga, pero tenemos que cambiarla y decirle otra cosa a mi padre para tapar todo este asunto.

— ¡Oh, claro, claro! Anda, amigo mío, cuéntame qué ideas tienes para no joder a Jörg y para que tú quedes bien parado también —ironicé.

— ¿De qué hablas, Andreas? — Preguntó cansado.

— Hablo de que eres una influencia de mierda; de eso hablo.

— ¿Insinúas que todo esto es culpa mía?

— Desde que llegaste Bill no ha dejado de meterse en problemas y en recaídas.

— ¡Te acabo de decir que lo drogaron! ¿Acaso crees que también yo lo drogué?

— Lo único que sé es que, si Bill no sale bien de esta, yo te mato, Trümper. — Se aproximó repentinamente a mí, con sus dientes apretados y sus manos sujetando el cuello de mi camisa.

— ¡Mi hermano casi se me muere en los brazos, desgraciado! — Noté que Georg lo tomaba sutilmente por sus hombros, intentando que me soltara. —. No vuelvas siquiera a insinuar que tuve algo que ver. Si existe alguien que le hace daño aquí, ese eres tú. — Me soltó súbitamente y mis piernas se desestabilizaron. Recobré la compostura rápidamente y me posicioné firme frente a él.

— ¿De qué vas, Trümper? ¿A dónde quieres llegar? — Cuestioné sonriéndome.

— A que no sé qué carajos haces aquí si Bill no te interesa en lo más mínimo. Siquiera te puedo pedir una puta colaboración. ¿Por qué no te esfumas? Te prometo que lo tendrás radiante a tu lado para la próxima entrevista que te hagan.

— Mi relación con tu hermano va mucho más allá de nuestras vidas públicas.

— Oh, ¿en serio? Se me hace que este circo de la boda duraría lo que un pedo en una jaula si se supiera este incidente.

— A ti sólo te queda desprestigiarme porque jamás serás lo que yo soy para Bill —solté y él soltó una risotada.

— ¡No me digas! ¿Y qué eres para Bill?

— Una persona con la que no tiene lazos de sangre. — En honor a mi amado Bill: Touché. —. Estás resentido porque jamás podrás deshacer la barrera que los separa. Porque la sangre no se puede cambiar, Trümper. — Noté la rabia en su expresión.

— Y tú jamás vas a poder contra el amor, rubio. ¿O te piensas que porque se va a casar contigo, te ama? Estás muy confundido. Por nuestras venas correrá la misma sangre, sí. Pero un papel no te va a garantizar su amor, y eso es algo que jamás podrás combatir, tío. — Sonrió de lado. —. Ahora sí… Qué te explote la vena de bronca.

— ¡Eres un enfermo!

— Qué bajo has caído, Markett. — Se volteó y me dio la espalda.

Yo me fui rumbo a la recepción del hospital para exigir algún parte médico o charlar con un médico responsable para saber cómo se encontraba Bill. Pero no podía negar que en mi cabeza solamente se repetían una y otra vez las palabras de Trümper… Un papel no me garantizará el amor de Bill.

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By Bill

Bajé las escaleras con cuidado de no hacer ruido. Los escalones de madera siempre habían rechinado mucho, y parecía que en la noche ese ruido se intensificaba. Un momento… ¿Era de noche? Pues sí. Yo traía mi pijama, así que debía ser de noche. Estaba desvelado, pero con sueño. Bajé a la sala porque estaba sediento y recordé el delicioso zumo de durazno que Susan me había preparado en la tarde cuando estaba jugando en el jardín, corriendo entre las plantas con Tobby, mi labrador.

Entré a la cocina en puntitas de pie. No quería ser visto, no quería ser escuchado ni percibido, pero no entendía el porqué. Finalmente estaba hidratando mi seca garganta, hasta que el vaso de vidrio estuvo vacío.

Ruidos en la sala. ¿Quién estaría despierto a aquella hora? Nadie. No había posibilidad de que alguien estuviera despierto en la madrugada. Mi papá se despertaba temprano para trabajar, y Susan dormía hasta las siete.

Era una especie de llanto… Era la acongojada voz de una mujer. Una mujer que conocía perfectamente.

— ¿Mamá? — Fue involuntario. Salí corriendo de la cocina con el corazón a mil por hora. ¡¿Cuántos años tenía?! ¡¿Por qué mi madre estaba en mi sala?! —. ¡Mamá! — Grité con todas mis fuerzas, deteniéndome a sus espaldas. No podía moverme. Ella estaba arrodillada en el suelo y frente a sus rodillas, sobre el suelo, una caja de recuerdos familiares toda desparramada. —. ¡Mamá, mírame! ¿Acaso no me oyes? — Estaba tan confundido… Tanto tiempo extrañándola y ahora no podía desahogar mis deseos de estrecharla entre mis brazos. —. Mamá, ¿por qué lloras? Dime, ¿por qué estás llorando? — Nada. Ella seguía llorando, con sus brazos doblados hacia su pecho. Algo estaba oprimiendo contra él. —. ¿Es porque me drogué? ¿Es porque estoy de nuevo en un hospital? ¡Sé que te fallé, pero yo no lo hice! ¡Me drogaron, mamá, yo no hice nada! ¡Lo juro, lo juro! — Yo también estaba llorando. Pude mover mis brazos solamente para secar mi rostro, entonces vi mis manos normales. No eran pequeñas como cuando era un niño, sino que tenía hasta mis uñas pintadas de plateado, como solía colorearlas. No era pequeño en absoluto. Tenía mis casi veintitrés años intactos y mi madre estaba frente a mí en mi sala.

— Tú no tuviste la culpa de lo que pasó, Billy —susurró sin dejar de llorar—… Tienes que entenderlo; no tuviste la culpa de nada… Ahora estás solo, pero es así como debía ser.

— ¿Qué? — Sentía que estaba hablándome de otra cosa. —. ¿Qué quieres decir, mamá? No te entiendo.

— Lamento no poder quedarme para contenerte… Lamento todo esto. — Su rostro comenzó a girar hacia mí. Sus mejillas sonrojadas de tanto llorar y sus ojos húmedos brillando a la luz. Mi corazón dio un vuelco. Aquello a lo que se aferraba con tanta devoción cayó al suelo lentamente. Era una foto de mi padre. —. Lamento haberme llevado a tu papá…

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— ¡No! — Mi garganta ardió cuando ese grito emergió de ella. Me senté en la camilla y sentí el suero tirar en mi brazo. —. ¡No, no! — Continué fuera de mí, sacudiéndome en aquella rechinante camilla.

Sentí unos brazos rodearme y comenzar a ejercer cierta fuerza sobre mí. Intentaban contenerme y no tenía idea de quién. Yo estaba fuera de mí, totalmente ciego.

— ¡Mi papá, mi papá! — Miré los ojos del hombre que me retenía y me zamarreaba. Algo me estaba diciendo, pero no lo entendía. —. ¡¿Dónde se fue mi mamá?! ¡Mi mamá tiene que explicarme esto!

— ¡Cálmate, Bill! ¡No me obligues a sedarte! — Una terrible arcada me sacudió por dentro. Tapé mi boca con ambas manos y aquel tipo me soltó. Pronto puso un balde de plástico color blanco frente a mí y solté un hilo de sangre que me desgarró por dentro. Tosí reiteradas veces, expulsando algunas gotas más y eso fue todo. —. Tranquilo, tranquilo…— Me incorporé y miré al médico que había estado conmigo durante todo ese tiempo y que no registré en lo más mínimo.

— ¿Marcel? — Sonrió y alejó el balde de mi vista.

— Hola, Bill. ¿Cómo te sientes?

— Como la mierda —respondí—. ¿Qué haces aquí? ¡Mierda! ¿Te llamaron por esta estupidez?

— Nada de estupidez. Eres el primero en mi lista de pacientes y amigos, ¿cómo no tomar el primer vuelo y venir a verte? — Sentí una gota de sudor caer por mi sien. Estaba sudando frío. —. Menudos desgraciados los que te hicieron esto, ¿eh? Casi no la cuentas. — Miré mis brazos…

— Oh, rayos…—musité—. Esto no se ve bien. — Tenía unos manchones impresionantes en los brazos. Daban miedo. —. ¿Qué consecuencias tendrá esto?

— Es un milagro que estés vivo —dijo serio.

— No es mi hora.

— Tu hermano allá fuera me puso al tanto de lo que pasó. Deberías hacer la denuncia correspondiente y…

— No, Marcel —corté—. Nada de denuncias. ¿Qué diría? “Fui a defender a mi amigo narcotraficante porque su novia abogada está embarazada y la ama a pesar de haber matado a su mejor amigo”. Es una locura.

— Vale, no entendí nada. — Rió. —. Quiero hacerte algunos estudios y seguir tu evolución de cerca, ¿sí? — Asentí desganado. —. Cuéntame cómo te sientes ahora. — Sus ojos celestes lucían más brillosos que de costumbre.

— Me siento cansado. — Intenté descifrar los signos que me enviaba mi cuerpo, pero todo era un paradigma. —. Estoy nervioso.

— Bueno, estabas soñando con tu madre.

— No entiendo qué significó eso… —medité—. Quiero irme a casa, Marc.

— Yo sé. — Su mano derecha se acercó a mi rostro y se deslizó suavemente por mi mejilla. Subió por ella hasta mi ojo derecho y su otra mano acercó una linternilla. La luz me encegueció por un momento, hasta que me soltó. —. Iré a firmar el papeleo que te deja bajo mi responsabilidad y te irás a casa, ¿sí?

— Gracias, Marc. — Él me sonrió con calidez y asintió.

— Algo importante: tu padre no sabe nada de lo que pasó. Tu pareja le inventó una buena excusa. — Asentí pensativo.

— Es lo mejor. — Unos segundos en silencio mientras yo lo miraba expectante. —. Nos debemos una charla, ¿no crees? — Él desvió la mirada avergonzado. —. Creo que hay que aclarar algunas cosas…

— Te vas a casar —cortó con voz extraña.

— Sí, bueno…

— Entonces no hay nada que charlar. — Finalmente me sonrió, pero pude percibir tristeza en sus ojos claros. —. Iré a organizar todo el papeleo. — Con paso decidido salió de la habitación, dejando su fragancia esparcida por el aire.

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— Un nene, ¿eh? — reí.

— ¿Puedes creer? ¿Me ves cambiando pañales? ¡No lo creo!

— Quién sabe. La paternidad es como la cárcel: saca cosas inimaginables de uno.

— ¡Gracias, es una hermosa comparación! — Ironizó y ambos reímos. —. Lo que es una cárcel es esta abstinencia que me está devorando por dentro.

— ¿Cómo lo llevas?

— Muy mal. Anoche, cuando Richael se fue, me di unas líneas.

— Qué mierda. Necesitas internarte cuanto antes, tío.

— Son demasiados años de pastillas, jeringas, polvo y hierba. ¿Crees que podré? — Estaba preocupado. Toda su expresión y movimientos lo delataban.

— Claro que sí. Tienes que aferrarte a algo que ames demasiado y sostenerte de eso.

— Mi hijo —dijo sonriendo. Asentí con la cabeza. Aquel mínimo movimiento me provocó una punzada aguda en mi sien izquierda. Con mis dedos masajeé la zona, con los ojos cerrados y una mueca de dolor en el rostro. —. Buena cruda, eh.

— Cállate. No recuerdo una mierda.

— Se podría decir que el flamante abogado Kaulitz ya carga con dieciocho casos invictos. — Lo miré con mis cejas alzadas y una sonrisa. —. Jamás podré terminar de agradecerte, Bill.

— Ya… Olvídalo, Gustav. Tú lo hubieras hecho por mí, ¿no? — Palmeó mi hombro.

— Claro que sí. Eres un amigo de oro.

— Ya, ya, hombre. No nos pongamos sentimentales que no es el momento adecuado. — Rió y asintió.

— Afuera están Andreas, Georg y Thomas.

— ¿Y no se mataron entre ellos? Es un milagro.

— Un milagro es que estés vivo, hablando conmigo como si nada. — Asentí en silencio, sin mirarlo.

— Últimamente nos rondan mucho los milagros a los Kaulitz, ¿no crees?

— Eres inmortal. — Suspiré prolongadamente, cerrando mis ojos unos instantes. —. Terminó mi tiempo. Me voy antes que me saquen.

— Gustav — Alzó sus ojos hacia mí. —, necesito que me averigües a qué hora me largo de aquí. — Me sentía realmente tenso, irritado, fastidioso. Intentaba disimularlo para no alarmarlo, pero me resultaba imposible no sentirme prisionero en mi cuerpo. Me faltaba el aire de sólo recordar la cantidad de veces que estuve en una camilla de hospital atado a un suero.

— De acuerdo. Buscaré a Fournier y le preguntaré.

— Gracias, tío.

— Te ves cansado. Me voy. — Estreché su mano con nuestro saludo de siempre y lo despedí con una sonrisa.

Apenas la puerta se cerró y me encontré al fin en soledad, me arranqué el suero de un tirón. Éste se chorreó en el suelo hasta que dejó de hacerlo. Miré mis brazos… Parecían maquillados. Hematomas negros en cada uno, como dos grandes manchones. Maldije por lo bajo y me senté en la camilla, dejando mis piernas colgando.

Eché la cabeza hacia atrás, miré al techo blanco con el tubo de luz encendido a pesar de la claridad que se filtraba entre las cortinas de la ventana. Las paredes, igual de blancas y lisas. El suelo con baldosas amarillas, todas iguales. Las mismas medidas, el mismo tono en todas, las mismas divisiones de cemento de color gris… Era hipnótico cómo todo se repetía y se repetía y se repetía… Vueltas. Todo se basaba en eso. Con decir que el mundo daba vueltas constantemente, sin detenerse. Nada se detiene. Todo es un cambio y movimiento constante. Estamos en constante cambio.

Cuando me di cuenta, estaba parado en medio de la habitación, sintiendo el frío helado del suelo en mis pies descalzos. Me tambaleé y me sostuve de la pared en un acto reflejo por no romperme la cabeza.

Algo me faltaba. Me sentía débil, encerrado en una prisión, mi boca estaba seca y mi cuerpo comenzó a sudar. Oh, no… Aquella era una sensación tan conocida, que podía verla venir desde lo lejos. La maldita ansiedad.

— Marcel… —susurré por lo bajo. Era un delirio pensar que podría oírme. —. Alguien que me ayude, por favor… — Divisé el balde blanco en el suelo, junto a la camilla y allí fui. Me lancé al suelo de rodillas, provocando un ruido doloroso y desagradable. Pero no sentí nada. Sujeté el elemento entre mis débiles manos y convulsioné en dos fuertes arcadas. Mi voz sonó idéntica a la de esos monstruos que pasan en los comerciales de noche de brujas, y después emergió de mí un chorro generoso de sangre. Gemí del dolor y me dejé caer del todo en el suelo, soltando el balde sin darme cuenta. Tomé mi estómago con fuerza y me hice una bolita en el piso helado. Después mi cabeza… ¡Oh, mierda, cómo dolía!

— ¡Marcel! — Grité con todas las fuerzas que pude acumular.

Después de unos minutos, la puerta se abrió de un golpe. Unos zapatos se acercaron a mí de a pronunciados pasos.

En la lejanía escuché que me llamaban a los gritos, y luego unas manos tiraron de mí hacia arriba.

Más pasos… Más manos. Me movía más rápido.

.

By Tom

Firmé el alta de Bill y la mujer de unos cincuenta años tomó la hoja para archivarla. Me quedé parado en la recepción, sobando mi cansado rostro. No había podido pegar un ojo en toda la maldita noche. Una noche de mierda.

En el bolsillo de mis pantalones sentí vibrar el teléfono de Bill. Lo saqué intentando espabilarme y leí el mensaje de mi padre varias veces, hasta que al fin lo entendí. “Disfruta de tu salida, hijo. Te lo mereces. Dale mis saludos a Andreas. Te amo.” Sonreí con cinismo y lo guardé de nuevo en mi bolsillo. Caminé hacia los asientos de plástico de la gran sala de recepción, mirando hacia la puerta del hospital. Los vidrios polarizados me dejaban ver hacia afuera a la gente apurada caminando en ambas dirección en la vereda. Los autos pasaban y pasaban por la avenida. Todos viviendo a mil. Todos vivimos a mil.

Bill acababa de sufrir una especie de colapso emocional. Le había bajado la presión y vomitó una gran parte del primer litro de sangre que le donamos para la diálisis. Me mantenía calmado recordando que hace algunos meses también le practicaron ese tratamiento y era normal vomitar, ya que el cuerpo lo toma como un cambio radical y se resiste a ello.

De todas formas…

— Dios… —susurré con mis ojos cerrados y mis manos entrelazadas entre mis rodillas. —, no sé bien cómo hacer esto; de hecho no tengo ni idea de por qué lo estoy haciendo… — Me quedé en silencio un momento y solté un bufido de fastidio. Eso era ridículo. —. Ayuda a mi hermano, por favor. Él sí cree en ti. — Abrí mis ojos y me sentí un estúpido. Pero no era el único. En frente mío, una anciana sollozaba en silencio aferrada a un rosario mientras murmuraba algo para sí misma. Sentí pena por ella. Así eran esas situaciones… La fe es aquello a lo que nos basamos cuando estamos desesperados. Es curioso cuán desesperado debes estar para aferrarte a algo que no puedes ver ni tocar.

Continúa…

Gracias por la visita. Te invitamos a continuar con la lectura.

por Antonella Ayelen

Escritora del fandom

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