
«Apostemos» Temporada III
Capítulo 24: Infiel
— Vamos a tener que seguir con el tratamiento. No podemos dejar pasar crisis como las de ayer. — Asentí en silencio con la cabeza agachada, viendo pasar las baldosas blancas por el suelo del hospital. Después de mi repentino ataque de nervios, me retuvieron veinticuatro horas más dentro de ese gran edificio de enfermedades y milagros que jamás ocurren. —. ¿Cómo te sientes después de la segunda sesión de diálisis? — Me encogí de hombros sin decir palabra. Nos metimos dentro del ascensor, el cual pillamos vacío. Las puertas metálicas se cerraron y yo me recargué en uno de los extremos. Me sentía abatido. —. Oye, ¿qué ocurre? Te noto apagado —comentó a mi lado, con sus manos en los bolsillos de su guardapolvo blanco reluciente. Había empezado a usar lentes de descanso que lo hacían ver intelectual y sofisticado. Lucía una barba de tres días y sus ojos celestes estaban cansados por el insomnio.
— Quiero que hablemos, Marcel —dije ignorando el verdadero motivo de su preocupación. Su expresión se tensó y velozmente desvió la mirada. —. No puedes fingir que nada pasó.
— No significó nada. Olvídalo ya Bill, por favor.
— Un beso nunca significa nada —dije firme y el elevador llegó a destino—. Llámame por favor.
— Lo haré. — Salimos del cubículo y continuamos caminando como si aquella conversación hubiera nacido y fallecido entre esos espejos.
Thomas me vio acercarme desde la hilera de sillas plásticas junto a la salida y se puso de pie de inmediato. Sonreía de lado, ciertamente triste.
— Fournier —saludó estrechándole la mano a Marcel.
— ¿Puedo contar contigo para que cerciores el cumplimiento de la dieta?
— Desde luego.
— No duden en llamarme ante cualquier complicación. De todas formas me quedaré algunas semanas en Alemania, así que los visitaré con frecuencia.
— Bien —respondió brevemente Thomas.
— Te veo en los próximos días, Bill. — Alcé la mirada hacia él, sintiendo que aquella charla tendría que haber dudado mucho más tiempo.
— Recuerda lo que te dije. — Él asintió y luego se despidió con un beso en la mejilla.
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En el auto sólo reinaba el silencio y la incomodidad. Mi mirada al frente, en la carretera secándose al sol otoñal que asomaba tímidamente entre los árboles de las veredas.
Un semáforo en rojo. Tom apretó lentamente el freno hasta que el auto se detuvo totalmente. Soltó un suspiro y sus brazos se destensaron. Sus manos habían estado apretando el volante de tal manera, que sus nudillos yacían blancos.
— ¿Tenso? — Volteó su rostro hacia mí súbitamente.
— ¿Por qué lo dices?
— Porque en cada semáforo en rojo te vuelve el alma al cuerpo.
— Bueno… —rió nervioso—, es complicado.
— Oh… — Reprimí un insulto para mí mismo al recordar. ¿Dónde tenía la cabeza? —. Lo siento. Olvidé lo del accidente.
— Descuida.
— No tienes que hacerlo si sientes temor.
— Tú no puedes manejar en tu estado. Estás muy débil.
— Pero podría haber venido John, ¿no?
— Estuve con el corazón en la boca por ti en estos dos días. ¿Cómo perderme la mejor parte? Tu vuelta a casa.
— Gracias —susurré.
— Además eres tú el que siempre dice que los miedos se vencen cuando se los enfrenta. — De nuevo el silencio. Miré mis manos lastimadas, con las marcas de mis uñas en las palmas. Estaba todo marcado. Mi cuerpo tenía hematomas producidos por la contención de Marcel y otros médicos cuando entré en pánico, por mi caída al suelo, por los golpes de ese hijo de puta de Mike… En fin, estaba lleno de moratones. —. ¿Qué tanto piensas?
— Debo reorganizar mi vida.
— ¿A qué te refieres? — Su voz sonó extraña; diría entusiasta.
— A plantearme de nuevo ciertas cuestiones y darle un vuelco rotundo a esta situación.
— Pero sé más específico —insistió—. ¿Hablas de cambiar algo en especial?
— Thomas, la luz. — Señalé con mi dedo el semáforo en verde.
— Respóndeme, por favor. — Miré sus ojos brillantes. ¿Acaso era esperanza lo que veía en ellos?
— Arranca si no quieres que aquellos automovilistas bajen y nos caguen a palazos. — Volvió a fijar sus ojos en el frente y arrancó. Otra vez sus extremidades se tensaban aun cuando nos movíamos a paso de hombre.
— ¿Y bien?
— ¿Qué?
— Contesta mi pregunta. ¿A qué te refieres con darle un vuelco a la situación?
— Me refiero a todo en general, Thomas. Para ya con tanta insistencia inútil.
— Insisto porque hablaste de un cambio, de plantearte de nuevo algunas cuestiones. Quiero saber de qué se trata. — Callé. —. ¡Maldición! — Pegué un boté de susto en mi lugar después de ese grito y el volantazo hacia la izquierda. Aparcó junto a un parque que, dadas las condiciones climáticas, estaba desolado.
— ¿Qué haces, Thomas? — Pregunté desconcertado cuando apagó el motor del coche y el silencio fue absoluto. Se desprendió el cinturón de seguridad y se giró hacia mí en su asiento.
— No puedo manejar con esta duda en la cabeza. Vamos, aclárame eso que dijiste. — Desconocía esa actitud. — ¿Acaso vas a replantearte lo de tu boda?
— Oh Tom, por favor…—murmuré con tono cansino. —. Deja ya ese asunto, ¿sí?
— Tú sacaste el tema.
— No. No pongas en mi boca palabras que no dije. Hablé en general, no de un tema en específico. Es que tú entiendes lo que quieres. — Me sentía tan débil, que me irritaba tener que estar lidiando con una situación semejante. Otra vez remover el pasado y cuestiones cerradas.
— Sólo dime si se trata de esa estúpida idea de casarte. — Noté miedo en su expresión. Como quien está a un paso de averiguar algo ansiado y temido al mismo tiempo.
— Se trata de mi casamiento, sí—dije, pero de inmediato continué—, pero no cómo tú piensas.
— ¿Qué quieres decir? Sólo hay una forma de interpretarlo. Tienes dudas si casarte o no.
— No Tom. Lo siento.
— ¿Qué? — Me partía el corazón esa expresión.
— Quiero visitar a Albert unos días para arreglar todo el papeleo de la casa en Grecia. A eso me refería, Tom. — Parpadeó algunas veces, bajando la mirada. Tomé aire y me armé de valor. —. Quiero replantearme el rumbo de mi vida… Quiero empezar de nuevo muy lejos de toda esta mierda.
— Mierda, eh… No pensé que llamabas así a tu vida, a tu trabajo, a tu familia…, a mí.
— No lo digo por eso. Hablo de lo que pasó en casa de Santos. Hablo de las drogas, de los problemas, de este pasado horrible que no puedo eliminar del todo. ¿Entiendes ahora?
— Y te vas a ir a vivir al otro lado del mundo con un sujeto que no amas, para alejarte de las drogas. ¡Porque en Grecia nadie se droga, Bill! — Ironizó perdiendo el tono sereno que manteníamos.
— Jamás me entenderás si lo ves todo desde ese lado.
— ¡Es que no hay otro lado más que el de la verdad!
— ¿La verdad? ¿Y cuál sería el lado que me corresponde a mí? ¿El de la mentira? — Cuando iba a hablar, lo interrumpí con voz calmada. —. Sólo hay dos formas de ver toda esta situación, Thomas. Tu forma y la mía, y eres incapaz de ver ambas.
— ¿Y tú sí?
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— Sí. Soy cuidadoso con todo esto. Intento no herirte, e intentó no herirme. Pero tú escarbas y escarbas en una herida punzante todo el tiempo. Deja de lastimarte en vano, por favor.
— ¡Vale, vale! Me pondré en tus zapatos, como quien dice. — Se acomodó en su asiento y comenzó a mover sus manos con nerviosismo. —. Qué veo… Veo que estás decidido a casarte con alguien que no amas y que no te merece. Veo que estás cometiendo el peor error de tu vida. Eso veo.
— Ahora ponte en mis zapatos.
— Ya lo hice y eso fue lo que vi.
— No me digas —reí con desgano, con indignación—. Eres incapaz de salir de la burbuja que sólo te deja ver hasta tu nariz, Thomas. Si lo vieras de la forma en que yo lo veo, verías lo que es Andreas en mi vida, verías lo bueno que es, verías todo lo que hizo por mí incluso en mis peores momentos. Andreas merece cada cambio que yo haga en mi vida. Yo decidí casarme, así lo acepté y me mantengo firme en mi decisión, Thomas. No me voy a echar atrás como un niño sólo por otra de tus escenas.
— Eres un puto egoísta —soltó como veneno.
— Soy un egoísta, eh. — Sacudí mi cabeza y me sentí atrapado. Otra vez… Maldición, otra vez se repetía esa sensación de ser un prisionero de mi cuerpo. Necesitaba aire. —. ¡No me digas egoísta, maldita sea! — Le propiné un golpe brusco y seco al frente del auto y finalmente salí de él. Caminé dos pasos por la vereda y volví a mi lugar. Era una jaula. ¡Mi cabeza era una maldita jaula! —. ¡No me llames egoísta después de haber estado en ese jodido hospital con zondas atravesándome el cuerpo por pensar en los demás primero! — Vociferé. Él también había salido del auto. Estaba parado del lado del piloto con sus brazos cruzados a la altura del pecho. —. ¡No metas todo en la misma bolsa, maldición!
— Lo siento —dijo en voz baja—. No pensé lo que dije, mezclé las cosas. Perdóname.
— ¡Ahí tienes tu maldito problema! ¿Hay que llegar a este punto? Respóndeme, Thomas. ¿Hay que llegar al borde del abismo, e incluso saltar, para que caigas en cuenta del veneno que escupes?
— Ya… Por favor, cálmate, Bill.
— Si te pararas en mis zapatos verías todo lo que sufrí con esta situación. ¿O crees que me dio igual todo lo que pasó entre nosotros? ¡¿Crees que yo no lloré, que no sufrí?! ¡¿Era necesario tratarme como a una puta aquella noche en que hicimos el amor, para que veas mi dolor?! ¡¿Cuán enfermo eres, Thomas?! ¡Por Dios! Necesitabas ver mis lágrimas para constatarte de mi dolor. — No sé en qué momento de la discusión las lágrimas empezaron a mojar mis mejillas. —. ¿Te sirvió de algo? ¿Se agrandó más aún tu sagrado orgullo aquella noche?
— Bill, no…
— Ahí tienes otra razón de por qué elijo a Andreas antes que nada. Él jamás se nutriría de mi dolor.
— Yo no me nutrí de tu dolor.
— Él sabe si algo me duele sólo con mirar mis ojos —corté—. Él sabe cuando estoy triste, cuando estoy contento, cuando algo me preocupa. Él me lee como un libro abierto; así como creí que tú me leías también. — Desvió sus ojos avellanas de mí. —. Andreas me da seguridad, Tom. Yo ya no puedo sentirme seguro contigo nunca más… Quizás te duela, pero es la única manera que veo para hacerte entrar un poco de razón en esa cabeza cerrada que tienes. — Oí sus gemidos de dolor por el llanto por lo bajo.
— Todo lo que hice, lo hice por ti. No pensaba más que en tu bien.
— Pensabas por mí. Yo no soy un niño vulnerable que necesita que todo el mundo lo proteja con murallas de cemento para que ninguna piedra llegue. No me dolían esas pedradas si te tenía a ti a mi lado. Eso es algo que jamás entendiste, y dudo que entiendas.
— Cuando el sentimiento es sincero, se perdona y se intenta otra vez. Borrón y cuenta nueva, ¿nunca se te ocurrió eso? — Sus ojos empapados en lágrimas se posaron con dolor e ira en los míos.
— Sí. Se me ocurrió en nuestro viaje a Nueva York —tercié—.Ahí fue cuando se me ocurrió eliminar cada gota de resentimiento y de pánico a volver a sufrir. Ahí fue que dejé de basarme en el pasado y volví a confiar. Y es ahora que entiendo que cuando uno olvida su pasado, lo repite inevitablemente. — Tocuhé. —. ¿Me llamas egoísta porque no estoy pensando en ti? ¡Entonces tú te encargaste de pensar por los dos!
— No existe segundo en el que no me arrepienta de eso. — No dejaba de llorar. Las lágrimas caían por su rostro sin filtro alguno. Era como si hubieran estado guardadas por años. —. Tú te encuentras bien con Andreas y estarás mejor dentro de algunos meses, estando muy lejos de mí. Pero, ¿qué hay de mí? Eso, hermanito— Se acercó a mí con sus dientes apretados y su dedo índice chocó contra mi pecho con cierto impacto. —, se llama egoísmo. Vete al Congo si quieres, pero estoy seguro que no podrás borrar ni la mitad de lo que sientes por mí.
— No, tienes razón. No puedo ni quiero. Sin embargo así debe ser. ¿Sabes qué es egoísmo verdaderamente? — Me acerqué a su rostro, desafiante. —. Subirme a ese auto contigo y desaparecer para siempre, cagándome en nuestro padre, en nuestro trabajo, en nuestras vidas y en Andreas. — Enmudeció. —. ¡Eso es egoísmo! Sin embargo, desde hace tiempo que no pienso en mí mismo.
— Y entonces hagámoslo—dijo tomando mi mano entre las suyas—. ¡Vayámonos a la mierda, Bill! ¿A quién le importa el mundo?
— No, Thomas. — Moví mi mano y retrocedí un paso, cortando cualquier tipo de contacto que pudiera existir. —. Estoy seguro que fantasear con esa idea es hermoso, pero nuestra historia dio un giro de ciento ochenta grados y no se puede ignorar… Lo que solía haber, ya no está. Lo que solía ser, ya no es. Y los que solíamos ser, ya no somos.
— No, no… —murmuró con voz quebrada, secando como un niño pequeño sus lágrimas—. Yo no puedo resignarme.
— No es resignarse. Es aceptar que todo tiene un tiempo, y nuestro tiempo pasó. Esto se terminó para siempre. — Negó con la cabeza y me dio la espalda para volver al auto. Yo inflé mi pecho de oxígeno y lo expulsé de un soplido.
Volvió a reinar el silencio y la incomodidad.
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Me encerré en mi habitación en la hora de la cena. La comida me revolvía el estómago y estaba seguro que nada de lo que consumiera se quedaría en mi estómago por más de quince minutos. Prefería tumbarme en la cama o escuchar música en soledad. Además, la cosa con mi hermanastro estaba tensa desde que llegamos. No cruzamos palabra desde la tarde, siquiera para preguntarnos algo acerca del estudio. Nada. No existía ningún tema en común que pudiéramos tratar.
Acostado en el mullido colchón, miraba el techo de madera uniforme, igual por donde se lo mirase. Comencé a marearme… Sí, me mareaba de nuevo. La cama daba vueltas dentro de mi cuarto. Una vuelta, otra vuelta… Veinte vueltas. Ciento treinta y nueve vueltas. Infinitas vueltas.
Abrí mis ojos. No sé en qué momento los había cerrado. ¿Cuánto tiempo había estado encerrado en esas cuatro paredes? Toda la vida. Desde el día de mi nacimiento había estado encerrado en una caja de madera, acorralado, asfixiándome y dando miles de vueltas a lo largo de mi vida. Me liberé sólo una vez… Me sentí verdaderamente libre cuando probé las drogas, la libertad de vivir como verdaderamente deseaba vivir. Sin embargo, esa misma libertad acabaría por destruirme al cabo de un tiempo. Como a Gustav. Él podrá estar vivo, pero por dentro está destruido y a su alrededor la mismísima soledad. La libertad tiene su precio, su peso, su mochila por cargar. Hay que tener mucha valentía para soportar los efectos secundarios de vivir como se quieres, sin reglas, sin normas, sin tapujos, sin dar explicaciones de nada.
Me senté en el borde de la cama y me pregunté una y otra vez por qué carajos estaba haciendo tanta alegoría sobre algo pasado y pisado. Rasqué mis ojos y parpadeé reiteradas veces. Por un
Momento mi vista se nubló, pero rápidamente todo se esclareció.
La melodía chillona de mi teléfono sobre la cama interrumpió el silencio del cuarto. Miré la pantalla parpadeante que anunciaba un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abrí y leí el mensaje varias veces. Una dirección. Era Marcel que me enviaba el número la dirección del edificio en donde estaba alquilando.
Decidido, me puse de pie y volví a ponerme la chaqueta de cuero. Tenía ese asunto revoloteando en mi cabeza y quería eliminarlo de una buena vez.
Emprendí paso hacia la puerta y apagué la luz, dejando mi cuarto patas para arriba, todo desordenado como desde hacía días.
Le envié un mensaje rápido y breve a Andreas, comunicándole que me sentía muy cansado y que prefería posponer nuestro encuentro. Tendría que compensarlo; él estaba muy preocupado por mi salud y yo le mentía. ¿Pero con qué razón? ¿Por qué le mentía si no había nada malo en lo que estaba haciendo? Iba a ir a ver a Marcel, a mi médico. No había nada de malo en eso, ¿o sí? Lo malo estaba en el asunto que trataríamos.
— Bill. — Mi padre me llamaba desde el comedor. Susan dejó de beber su jugo de arándanos para observarme con notoria preocupación. Helga me sonrió como un saludo y continuó comiendo. —. ¿A dónde vas?
— Saldré. Vuelvo en un rato.
— Sé que saldrás. Eso salta a la luz. Te pregunté a dónde vas.
— ¿Disculpa? — Me crucé de brazos y alcé una ceja cuestionándolo.
— Pasaste dos días fuera porque saliste con tu pareja y te merecías cierto descanso, pero me parece que ha sido bastante. — Le eché una mirada fugaz a mi hermanastro, quien se hizo el desentendido y siguió comiendo, totalmente despreocupado.
— Mañana estaré temprano en el estudio para cumplir con mis obligaciones. — Cuando me iba retirar y seguir mi curso, volvió a hablar, pero ahora en un tono de voz más elevado, casi en un grito.
— ¿Sabes lo que pasa, William?, que mientras vivas bajo mi techo, tienes que apegarte a mis reglas. Sigues sin decirme a dónde vas. — Harto de tanta pregunta, me decidí a responder.
— Voy a ver a Marcel.
— ¿A Marcel? — Preguntó mi padre algo desconcertado. Thomas levantó su mirada hacia mí, como en una demanda. —. ¿Marcel está en el país?
— Sí —respondí tranquilamente—. Vino a ver qué tal voy con mis medicaciones.
— Oh… Qué atento. Y ahora vas a ir, a las nueve de la noche, a verlo.
— Claro.
— No es el comportamiento de alguien que se está por casar, hijo.
— ¿Qué insinúas?
— Yo no insinúo nada. Te digo lo que se ve a los ojos de los demás.
— A mí me valen madres los demás, papá. Yo sé lo que soy. — No le di oportunidad a que volviera a retrucarme nada. Me giré sobre mis pies y me fui.
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Golpeé la puerta del departamento de Marcel y esperé, replanteándome qué era lo que hacía allí.
El pomo giró al ser manipulado desde adentro, y la puerta se abrió. Marcel vestía unos jeans negros, algo pegados a sus piernas y unas Converse blancas algo gastadas. Una camisa a cuadros color azul desprendida en los primeros botones y sus ojos celestes detrás del vidrio de sus lentes de lectura. Noté que en su mano derecha sostenía un libro.
— ¿Molesto?
— Bill… —murmuró—. No, no, en absoluto. Es que me tomas por sorpresa. Pasa, por favor. — Se hizo a un lado y me adentré en el loft. Muy acogedor y sencillo, como si estuviera hecho justamente para él.
— ¿Hice mal en no avisar? — Pregunté mientras me adentraba a paso lento en lo que era la sala. Si bien la única habitación que estaba dividida por paredes y una puerta, era el baño, un biombo con letras chinas le daba al área de la cama cierta intimidad, semejante a un dormitorio. —. Es que apenas recibí el mensaje, quise venir a verte. — Aquello sonó extraño.
— No te preocupes. Estaba leyendo un poco. No me acostumbro al nuevo hogar —comentó alzando sus manos y señalando los alrededores. —. De todas formas será temporal.
— Es muy hermoso. Te felicito; tienes un gusto excelente. — Él asintió en silencio y después de unos segundos, me invitó a sentarme. Así lo hice, en el sofá de cuero ecológico blanco.
— ¿Gustas tomar algo?
— Un whisky sería genial. — Bromeé. —. Te agradezco, así estoy bien.
— De acuerdo. — Dejó el libro sobre la mesita de madera de junto y se quitó los lentes lentamente, rascando sus párpados después.
— ¿Puedo fumar? — Asintió a regañadientes y me di el permiso de sacar un cigarro de la cajita y encenderlo entre mis labios.
— ¿Cómo te estás sintiendo?
— Como el culo —dije expulsando el humo de la primera calada—. Me mareo a cada rato y siento que estoy encerrado entre cuatro paredes que se van cerrando cada vez más rápido.
— Vértigo —meditó—. ¿Sientes ansiedad?
— No. Aún no.
— ¿Cómo que “aún”? Un poco de confianza, por favor.
— Es que siempre me vuelven las ganas de alguna línea o pastilla después de un episodio así.
— Esta vez será diferente. — Asentí sin mirarlo, aspirando con fuerza y prolongadamente aquel cigarro. —. Así que vas a casarte. — Posé mis ojos en los suyos, sorprendido.
— Sí. Pero no quiero hablar de eso.
— ¿No quieres hablar de ese tema, o no quieres hablarlo conmigo?
— Es un poco bajo aplicar tus conocimientos de psicología con un abogado, ¿no te parece? — Rió. —. Es de otra cosa de lo que quiero hablar, y lo sabes.
— Por favor, quiero que olvides eso. Te pido disculpas por confundir así las cosas. No volverá a pasar.
— Oye, no te precipites así —tercié—. Solamente quiero preguntarte algo. — Sus ojos se abrieron desmesuradamente y comenzó a hiperventilar. —. ¿Hace cuánto tiempo que sientes algo por mí? O sentías, mejor dicho.
— Desde el primer día que te vi en la clínica. — Guardé silencio y sentí la ceniza del cigarrillo caer sobre mi pierna izquierda. —. ¿Ya está?
— Emm… Sí, claro. Quería saber eso solamente. — Le di una pitada al cigarro y bajé la mirada al suelo alfombrado.
¡Carajo! ¿Por qué carajo atraigo a las personas equivocadas? Primero a mi hermanastro y ahora a mi doctor, que encima tenía treinta y dos años. Aunque la edad jamás fue un impedimento para mí… ¿Qué mierda estoy pensando?
— Te dejo descansar. Seguro mañana tienes que madrugar y no quiero importunarte.
— Como quieras. A mí no me molesta. Es más, siempre me alegro de verte. — Sonreí y le di una última calada a mi cigarro. Él me ofreció un pequeño platillo donde se colocaban sahumerios para apagar el cigarro. Después de un rato conversando de temas al azar, tales como las próximas visitas al médico y las recetas de mis medicaciones, me dispuse a volver a mi casa. El ambiente se había puesto tenso y notaba que Marcel estaba avergonzado por su reciente confesión. Su sonrojo me resultó de lo más tierno y divertido, ya que quedaba al descubierto un lado hasta el momento desconocido para mí.
— Te veo en la semana entonces —comenté caminando a su par hacia la puerta.
— Sí, claro. — Tomó las llaves y las puso en la cerradura, pero antes de que las girase y abriera la puerta, me miró a los ojos en silencio. —. Antes de que te vayas quiero responderte a algo que quedó flotando en el aire pero que para mí no pasó desapercibido.
— ¿De qué hablas? — No recordaba haberle hecho otra pregunta. Había sido claro en su respuesta. Se sintió atraído por mí desde el primer momento en que me vio. ¿Qué más quería aclarar o agregar?
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— Respecto a lo dijiste anteriormente; aún sigo sintiendo cosas por ti, Bill —dijo y luego reinó el silencio y el desconcierto. No supe cómo reaccionar. Me encontraba colgando de un hilo de nuevo, estaba en un momento de mi vida verdaderamente trágico, rodeado de mierda y de cambios drásticos. Y quizás fue eso lo que me impidió alejarlo de mí cuando sus manos estaban aprisionando mi rostro y sus labios invadiendo los míos. Quizás fue todo ese huracán de emociones el que me dejó hundido en la duda y la imprevisibilidad. Lo cierto era que ahí estaba yo, contra la madera fría de aquella puerta, besando con fervor a quien había sido mi médico personal durante años. Sus manos bajaron a mi cuello y ejercieron cierta presión, nuestras lenguas jugaban deseosas, y podía sentir su respiración agitada saliendo de su nariz chocar contra mí. Me aferré a su camisa a cuadros e inconscientemente le clavé las uñas en sus costados.
Nos separamos unos centímetros, agitados y con nuestras bocas moradas. Miré sus ojos celestes y me recordaron a los de Andreas… Esos ojos tan hermosos, tan demostrativos. Recuerdo que Andreas jamás quería dejarse ver cuando lloraba… Él sentía que era un símbolo de debilidad el llanto, y sin embargo lo destruía verme a mí hacerlo.
Pero estaba con Marcel, y no con Andreas. No estaba con quien me casaría en pocas semanas. Estaba con otro hombre, siéndole infiel. Pero no quería parar. Quería seguir.
— ¿Estás…?
— No me preguntes si estoy seguro o no —interrumpí con desespero.
— No quiero que te arrepientas en la mañana.
— No soy un niño, Marcel —dije—. Y las mejores sensaciones de mi vida, las experimenté sin pensar demasiado. — Rió contra mi boca y volvió a ella, ahora con lentitud. Al mismo compás caminamos en medio del beso. De espaldas me iba guiando a la cama, la cual estaba a unos pocos metros. Por la mitad del camino se alejó de mí para deslizarme la chaqueta por los brazos y dejarla caer al suelo. Lo miré con profundidad, sonriéndole con cierta malicia. Era morboso pensar que aquel tipo había sido mi doctor durante tanto tiempo, un hombre con títulos y honores que ahora violaba una de las normas de conducta de cualquier profesional: no relacionarse con un paciente/colega/alumno. El morbo… El mismo que existía cada vez que me acostaba con Thomas. Saber que estás haciendo algo prohibido, algo arriesgado. La sangre corre el doble de rápido por el cuerpo y sientes que el único antídoto a tanta adrenalina es devorarte a quien tienes debajo de ti. Pero no estaba con mi hermano.
En el borde de la cama, todavía de pie los dos, le desabroché la camisa con lentitud. El primer rastro de piel que quedó descubierto, me sorprendió por completo. Dos pectorales bien marcados se hinchaban y deshinchaban a raíz de su respiración agitada. Mordí mi labio inferior y seguí. Todo su torso era la gloria… Estaba casi tan marcado como Thomas… ¡Mierda! ¿Otra vez Thomas?
— No puedo creer que me haya perdido esto durante tantos años —comenté ensanchando mi sonrisa. Él rió por lo bajo con cierto aire seductor; o será que estaba tan caliente que todo lo que él hiciera en ese momento me resultaría sensual.
Le saqué la camisa por completo y me saqué yo solo mi camiseta, lanzándola a lo lejos, cerca del biombo que dividía el departamento. Antes de que pudiera darme cuenta, me tomó por la cintura con sus fuertes manos y me dio vuelta, dejándome en el borde de la cama. Aquel cambio de mando me encantó, debo admitir.
Me empujó en la cama y caí en medio de una risilla. Remojé mis labios y me deleité con la vista que tenía de su cuerpo desde allí abajo. Con esos jeans pegados aún puestos, gateó por encima de mí, dejándome acorralado entre sus piernas y sus fornidos brazos. Me tomé el atrevimiento de dejar divagar por su pecho la punta de mis dedos. Acercó su rostro al mío y comenzó a besarme lentamente, haciendo unos movimientos deliciosos con su lengua. Me sentía tan jodidamente a gusto… Otro cuerpo. No sentía ningún tipo de culpa. Con Andreas ya caía en una rutina, y me cortaba el rollo cada vez que escuchaba un “te amo” salir de su boca. Y tampoco era Thomas, con el que se me salía el corazón por la boca a cada beso, pero también me invadía la tristeza al saber que simplemente no podía ser… No. Marcel era una especie de escapatoria. Una hermosa escapatoria.
Finalizó el beso y bajó por mi pecho, repartiendo algunas lamidas y mordiscos. Yo estiré mis brazos arriba de mi cabeza, desarreglando las sábanas, y una tonta sonrisa se dibujó en mi cara. Me encantaba cómo se desvivía con tal de hacerme gozar. Lo podía sentir en cada uno de sus contactos. Sentía su calor y sus ganas.
Miré hacia abajo y me topé con sus ojos celestes fijos en mí y mis reacciones. Me sonrió y volvió a mi rostro, pero su boca dio con mi oído derecho. Al hablar, pequeños escalofríos se distribuían por todo mi cuerpo.
— ¿Cómo te gusta? — Esa pregunta me causó mucha curiosidad. Creo que nunca me preguntaron de qué modo me gustaban las relaciones. Y a decir verdad, no entendí del todo a qué se refería.
— Espontáneo. — Quizás fue una respuesta equívoca, pero era lo único que se me ocurría. Él rió suavemente y elevó su cabeza para mirar mis ojos. Noté que se enderezaba un poco sobre sus rodillas y sus dedos palpaban mis pantalones. Miré fugazmente aquella zona y sentí mi polla tensarse de inmediato.
— Me refiero a si eres pasivo o activo. — Me quedé sin habla. Intenté responder o emitir algún sonido, pero no salió nada. Intercalé mis ojos en los suyos, esperando algún “era broma” o algo así, pero hablaba en serio. ¿Yo ser activo? He estado en esa posición sólo una vez, con el hijo de un socio de mi padre, y la verdad que gocé mucho porque él era un niño y estaba teniendo su primera vez. Pero no me imaginaba dándole a un hombre más grande que yo. No, no. Definitivamente no me molaría en lo más mínimo. De todas formas me encantó que me lo preguntara; había sido un detalle tan atento, que me fue imposible no besarlo. Él se dejó hacer sin necesidad de una explicación. Sin deshacer el beso, lo incité a girar en el colchón, algo a lo que no mostró imponencia.
Se tumbó en la cama y al separarnos nuestras bocas produjeron un sonido divertido. Bajé de la cama para quitarme los pantalones y me causó gracia cuando él se sentó en el colchón y bajó la mirada a esa zona en específico.
— ¿Y tú qué ves? — Bromeé con un tono desafiante.
— Dios, Bill… — Jadeó cuando me bajé los jeans con bóxer y todo. Sentí una mezcla de pudor y excitación que me resultó tan agradable…
Me incliné hacia adelante y comencé a desprenderle los jeans a él, quien me dejó vía libre cuando elevó sus caderas para que se los bajara hasta los tobillos.
Luego sólo quedaron los gemidos y los besos. Abrazaba mi cintura y me susurraba una y mil veces cuánto había soñado aquel momento. Yo me desarmaba sobre él, sintiendo algo parecido a la libertad. No sentía ningún tipo de culpa; estaba gozando de su cuerpo y del mío. Con él. Justo con la persona que tantas veces veló por mi bienestar, hoy me hacía sentir en las putas nubes. Y aunque en la mañana todo siguiera exactamente igual en mi caótica vida, quería disfrutar sólo del momento. El aquí y ahora…
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By Gustav
— Ustedes, junto con mi hermano del alma Bill, son las únicas personas que me importan en este mundo. — Priscila estaba sentada al lado de Fabián, su marido. Un tipo de treinta años, simpático pero reservado. De espalda ancha y un poco más alto que mi hermana. Se notaba una buena vibra entre ellos, debo reconocer a pesar de mis celos naturales de hermano mayor. Sam ya estaba mucho mejor, con un pequeño corte en la ceja derecha que ya estaba hecho cáscara para luego ser una pequeña cicatriz. Y a mi lado, mi flamante pareja. Richael sostenía mi mano por debajo de la mesa, apretándome de vez en vez para hacerme notar su presencia. Estábamos en el departamento de ella, almorzando unas pastas con salsa cuatro quesos y tomando un vino de excelente cosecha que Fabián llevó. — Estoy feliz de poder decir que tengo una familia luego de tantos años de soledad. — Samuel sonrió de lado. Se lo veía emocionado, y yo también lo estaba. Aquel muchacho dio un vuelco a su vida. Se alejó de la marihuana y las pastillas, y ahora vestía de camisa y jeans, con su cabello alineado y una postura segura. Faltaban pocos días para que ingresara a la Universidad, y su rotundo cambio era una forma de devolverme el dinero invertido. —. Y este almuerzo es el momento ideal para comunicar dos noticias de suma importancia en mi vida. — Miré a mi novia buscando el puntapié inicial para dar los anuncios. Ella me brindó el apoyo que siempre me hacía capaz de mover cielo y tierra. Ella me daba la fuerza de mil hombres y una voluntad de hierro. La amaba.
— Adelante, hermano —dijo Priscila con una cálida sonrisa—. Basta de tanto misterio.
— La primera noticia es que me voy a entregar. — La sonrisa de mi hermana se borró. —. Voy a cumplir una sentencia de dos años en una clínica de rehabilitación apegada a la ley. Será como matar dos pájaros de un solo tiro.
— ¿Qué? — Preguntó mi hermana totalmente desconcertada. —. Sabía que andabas en algo raro, ¿pero la cárcel?
— Así es, Prisci. No he sido un tipo bueno en este tiempo.
— Claro que lo fuiste —dijo Sam alzando la voz con decisión—. No tuviste una vida fácil y te las rebuscaste como pudiste. Yo estoy totalmente orgulloso de ti, tío.
— Gracias —susurré mirándolo con el mismo sentimiento que me acababa de expresar: orgullo.
— Bueno… Yo también creo que es muy valiente tu decisión, Gus, pero no salgo de mi asombro.
— Sé que es fuerte, Prisci, pero quiero dejar de esconderme y escapar. Quiero salir en dos años siendo otra persona y pudiendo caminar por la calle con la frente en alto. — Sentí la mano de Richael apretar más aún la mía.
— Qué noticia fuerte —comentó mi cuñado—. Apenas conozco a mi cuñado y ya perderé contacto. — Todos reímos brevemente.
— ¿Acaso no piensan visitarme?
— ¡Desde luego! — Dijo la pareja al unísono.
— Además tienen que permanecer bien cerca de mí y de mi novia, Richael —dije con una sonrisa pícara. Ella bajó la mirada sonriendo avergonzada, y ninguno de los presentes comprendió. —. Van a tener que cuidar de mi novia y mi hijo en mi ausencia. — La cara de mi hermana se volvió un poema. Samuel echó una carcajada de felicidad mientras aplaudía al aire.
— ¡Ese es mi amigo, carajo! ¡Ven aquí! — Nos pusimos de pie y fui a su encuentro entre risas y casi lágrimas. Estaba emocionadísimo. Eran demasiadas emociones juntas para mí; sentía tanta felicidad agolparse en mi pecho que buscaba salir por medio de las lágrimas. Le di un fuerte abrazo y a en la mesa comenzaron los susurros. Se oyó un “¿es verdad lo que dice?” de mi hermana, y luego risas y felicitaciones a Richael.
— Espero que me sigas considerando tu hijo después de esto, eh —comentó en mi oído el mudo.
— Desde luego. Siempre serás como un hijo para mí. — Unas palmadas a mi espalda y luego nos separamos. Pude verlo secar sus mejillas cuando me dio la espalda para volver a su asiento.
— ¡Voy a ser tía! — Todos se echaron a reír cuando Priscila pegó un salto de la silla y extendió sus brazos al techo, como dando una alabanza. Recién había caído en cuenta de la seriedad del asunto. Iba a ser papá, era el creador de una nueva vida, de un nuevo ser. Me había convertido en un hombre. —. ¡No puedo creerlo! — Rodeé la mesa y fui a su encuentro. Acunó mi rostro con ambas manos y me llenó de besos ruidosos y efusivos que me recordaron a los besos de mi madre antes de irme al colegio. —. Te amo, hermano. Estoy muy feliz por ti.
— Gracias, Prisci. — Se alejó de mí y se quedó viéndome a los ojos unos segundos, acariciando mis mejillas con sus dedos fríos. Después se aproximó mi cuñado, estrechando mi mano y dedicándome una radiante sonrisa.
— Felicitaciones, Gustav.
— Muchas gracias, Fabián. — Respondí.
— ¡Esto hay que celebrarlo con un brindis! ¡Hay que abrir ese champagne que traje! — Exclamó Sam pegando un salto.
— Yo no bebo —comentó Richael tímidamente volviéndose a sentar después de los saludos brindados.
— ¡Desde luego que no! — Añadió mi hermana con voz severa y luego riendo.
— Acompáñame, colega. — Seguí a Samuel a la cocina sintiendo una adrenalina hermosa correr por mis venas. Una adrenalina que ni cien líneas de cocaína me harían experimentar.
Al entrar a la cocina, la sonrisa jovial de Sam y su alegre caminar se borraron. Se detuvo en seco junto a la mesada de mármol y me miró con cierta preocupación.
— ¿Qué pasa, tío?
— Nicolás —dijo—. Eso pasa.
— ¿Qué hay con él? —cuestioné y al instante continué—. Fuiste testigo de las últimas discusiones y entredichos. No lo siento invitarlo y sentarlo en la misma mesa con mi familia.
— Vale, pero no me refería a eso exactamente.
— ¿Entonces de qué vas?
— Me refiero a que lo consideraste tu hermano por mucho tiempo, ¿pero estás seguro de regalarle los frutos de toda una vida de trabajo en bandeja dorada? Tus contactos, tus negocios, tu dinero, tu casa, el barrio, el respeto. Todo.
— Todo eso fue indispensable en su momento —dije—, pero ahora sólo me importa la gente que tengo a mi alrededor y cambiar por ellos. La vida que hice y el dinero que gané, quedaron en el pasado. Mi presente es muy distinto ahora.
— Te entiendo perfectamente. Es hora que de los dos dejemos el pasado atrás y miremos al futuro. — Palmeó mi hombro y sonrió ampliamente.
Continúa…
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