«Apostemos» Temporada III
Capítulo 32: Manotazo de ahogado
Tom:
Cuando leas esto, hijo, ya no estaré presente en este mundo. No puedo decir con certeza si será verdad eso de que las personas que mueren siguen estando junto a sus seres queridos, pero sé por propia experiencia que uno los mantiene vivos en su corazón. Yo quiero vivir en ti.
Sé todos mis errores y mis fallos. Sé que te falté desde que tienes uso de razón. Sé también que nunca sentí remordimiento alguno, hasta que te conocí. Hasta que te vi hecho un hombre, no supe todo lo que me había perdido.
A pesar de que este último tiempo nuestra relación mejoró hasta niveles inimaginables, no puedo evitar el sentimiento de culpa al recordar el pasado. Me perdí tus primeros pasos, tus días en el jardín de infantas, en la primaria, la secundaria. No pude responder las preguntas que todo hombre necesita hacerle a su padre. Pero la vida es tan justa y buena, que me dio a Bill para que no cometiera el mismo error; para que lo criara como es debido. Y aun así, también fallé. Supongo que nunca supe cómo ser un buen padre porque mi papá jamás lo fue conmigo. Sin embargo, me he propuesto una meta. Quise remendar en los tiempos que corren, todos mis errores, aunque muchos no podrían repararse ni en dos vidas más… Sólo me lleno de este gran amor que siento hacia ti para no hundirme en los remordimientos.
Aprendí de ti, hijo. Sí. Sé que un hijo debe aprender de su padre, pero en este caso fue exactamente al revés. Aprendí de la grandeza de tu espíritu. Aprendí de tu humildad. Porque jamás me reprochaste nada, ni una sola cosa. Me siento bendecido por haber tenido un hijo como tú. Me siento bendecido por la vida al despertarme un día y sentir la necesidad de verte, de conocerte, de saber de ti. Fui bendecido al tenerte en mi vida, sin duda alguna. Y lo único que quiero, es que en mi ausencia (ahora ya definitiva), mantengas tu esencia humilde, solidaria y cariñosa, totalmente intacta en este mundo de frivolidades y avaricia. Eres una persona noble con sentimientos puros, y nadie debe arrebatarte eso; ni el trabajo, ni el dolor diario por las injusticias de todos los días. Mantente firme y fiel a tus convicciones y raíces. Nunca te olvides de dónde vienes, y no pierdas de vista hacia adónde vas. Tienes mucho futuro, hijo. Serás un gigante en este mundo. Tienes todas las armas para serlo. ¡Creo en ti!
Por último, no quiero que pienses que hubo cosas pendientes por vivir, o palabras por decir. Todo lo dijimos y lo demostramos. Lo que vivimos juntos, mucho o poco, fue lo suficiente, lo que necesitábamos. Pido perdón una y mil veces, y también te agradezco. Gracias por formar parte de mi vida. Gracias por hacer el último tiempo de mi vida verdaderamente hermoso. Me has hecho feliz. He vivido feliz a tu lado. Te amo hijo. Mi cuerpo y mi voz ya no están en este mundo, pero mi amor se mantiene vivo en cada lugar que nos vio unidos como padre e hijo. Mi amor sigue intacto en tu corazón. Si mis dos hijos me recuerdan cada día de sus vidas, seré inmortal…
Con amor, tu papá. Jörg.
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Volví a doblar la carta y me quedé inmóvil durante unos minutos. Sequé las lágrimas que corrían por mi rostro y fijé mi mirada en la nada. El silencio se apoderó de mi habitación y me sentí un niño pequeño que se enfrenta con un mundo inmensamente grande.
Tomé aire. Inflé mi pecho y me endereché en la cama. Una sonrisa curvó mis labios y un calorcito regocijó mi cuerpo. Me sentí bien finalmente. Me sentí aliviado.
Metí la carta dentro del sobre y la dejé sobre mi mesita de luz.
Me puse de pie y salí de la alcoba.
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Bill:
Mi bebé… ¡Cuánto has crecido! ¡Cuán lejos has llegado! ¿Tengo que recordarte lo orgulloso que me siento de ti?
Desde que eras un niño ya sabía yo que ibas a hacer cosas increíbles. Siempre tuve mis esperanzas intactas sobre ti. Y sé que no te gusta que te anden comparando conmigo… ¿Sabes qué? A mí tampoco me gusta. Somos muy diferentes. Tú, por ejemplo, tienes un corazón enorme y bueno. Y aunque mi corazón se fue deteriorando con el tabaco, yo siempre dije que se pudrió por tanta ambición…
Pido perdón por no haberte prestado la suficiente atención cuando comenzabas a abrir tus pequeñas alas. Por creer que todo lo que necesitabas tenía que ver con el dinero y cosas materiales. Me olvidé de darte lo más simple. Me olvidé que, para que algo funcione y crezca, debes brindarle tiempo y amor. No lo olvides tú también.
Hemos tenido muchas peleas, y de todas ellas tú saliste invicto. Tienes razón en todo lo que dices. Primero fue Tom, luego Simone, y ahora tú. No aprendo a demostrar cariño. A mis cincuenta y tres años aún no aprendo a cuidar a quienes amo. ¿Puedes perdonarme? Sé que podrás. Eres diferente a mí, como dije. Eres mejor.
¿Recuerdas que mamá te decía: “En la vida los hijos tienen que superar a sus padres, llegar más lejos”? Tú lo has logrado ¡Me ganaste por millas!
Aunque suene repetitivo, hay mucha verdad en la frase “todo lo que hice, lo hice por tu bien”. Esa fue mi mejor excusa durante muchos años, pero hoy es mi gran verdad. Si me ausenté, fue porque estaba muy ocupado ideando un futuro para ti. Pero cuando llegó ese futuro, sólo tenía tu desdén. No te culpes por ello. No me idealices ahora que no estoy. ¡No te atrevas a idealizarme! Si luego de mi muerte, sientes aunque sea por un segundo un gramo de culpa, tienes que saber que me estás decepcionando profundamente, esté donde esté. Mantén tu frente en alto, hijo. ¡No bajes la cabeza siquiera por mí! No merezco tu remordimiento. Tú eras sólo un niño cuando perdiste a tu mamá y te viste solo en el mundo. Solo, a pesar de tenerme a tu lado. Te abandoné con mi presencia, y eso sí que es imperdonable. Te abandoné también cuando tuviste problemas con las adicciones. Te juzgué y no me pregunté por qué lo hiciste. Lo repito: eso sí que es imperdonable.
Me conozco, y sé que lo que me quede de vida lo usaré para equivocarme una y otra vez. Soy así, y ya no puedo cambiar. Sabes que el abuelo me educó de esta manera. Soy una persona soberbia y egoísta, pero afortunado. No hay duda de que tú y tu hermano son mis más grandes tesoros. Tenerlos en mi vida ha sido el más grande obsequio que Dios pudo darme.
Hoy que ya no estoy junto a ti en las mañanas, siquiera para discutir, quiero que mantengas presente los momentos lindos que pasamos. Seguro no muchos, pero sé con certeza que son hermosos.
En cada rincón de la casa oigo tus pasitos, te veo jugar y reír como cuando tenías cinco años, y pienso que cuando muera tú harás lo mismo. Me oirás y me verás, y eso me mantendrá vivo en ti. Cada vez que te comparen conmigo, diles que tú eres mejor de lo que yo fui. En todo sentido.
Puedo irme en paz, pues dejo a dos hombres en esta tierra. Dejo dos huellas enormes e imborrables. Y lo más lindo, es que los dejo juntos y unidos.
Cualquier cosa que elijas hacer, cualquier experiencia que decidas vivir, cualquier decisión que tomes, quiero que lo pienses con el corazón. Piensa en lo que te haga sentir mejor. Siempre pregúntate qué es lo que necesitas y te llena. Tu corazón no se equivocará. Si tú eres feliz, yo seré feliz desde donde esté.
Te amo infinitamente, hijo. Sé tú mismo siempre. Sé fiel a tus principios. Cree en ti; tú todo lo puedes sólo con soñarlo. Recuerda que tuviste un padre al que debes seguir superando. Sé mejor que yo, toma otros caminos, no cometas los mismos errores. Si mis dos hijos me recuerdan cada día de sus vidas, seré inmortal…
Con amor, tu papá. Jörg.
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Alcé la mirada sollozando en silencio. Pero no eran lágrimas de tristeza, sino de felicidad. La carta había calado hondo en mí. Una pequeña semilla de paz quedó en mi interior y comenzó a germinar lentamente.
Sonreí. Dejé la carta a un costado de mi cama y me puse de pie firmemente, alzando la mirada al cielo raso de mi cuarto y cerrando los ojos.
— Te amo, papá… Gracias por esto —susurré—. Por esto y por todo.
Abrí mis ojos y sequé mis mejillas.
Alguien llamó a la puerta. Era Tom, pues no había nadie más en la casa.
— Adelante. —La puerta se abrió rechinando un poco.
— ¿Cómo estás? —Preguntó con una sonrisa de lado. Se notaba en su rostro que había estado llorando. Sin embargo, no era de tristeza. Habíamos experimentado lo mismo.
— Estoy muy bien. ¿Tú?
— Igual. —Asentí y guardé silencio un momento—. Las palabras de papá me ayudaron a entender muchas cosas y a sentirme mejor.
— Me pasó lo mismo—contesté—. Me siento mucho mejor.
Tom entró por completo en la recámara y me abrazó con fuerza. Me aferré a su cintura y sentí cómo esa pequeña germinación de bienestar se expandía y se hacía cada vez más grande. Estaba en paz. Esa era la palabra. Paz.
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El imponente edificio del hotel se enfilaba hacia el cielo con unos treinta y cinco pisos aproximadamente de alto. De la guantera extraje las escrituras de la casa que nuestro padre había dejado a mi nombre para regalarle a Charles y a su familia.
Bajé del auto y crucé la calle en un trote. Entré al edificio anunciándome en la recepción y esperando al hombre y a su pequeña hija.
Cuando el elevador se abrió por tercera vez, dejó ver a ambos.
— ¡Billy! —Exclamó la niña movilizándose en sus muletas nuevas. Me arrodillé y la estreché entre mis brazos. Luego le di mi mano a Charles.
— Licenciado, ¿en qué soy útil?
— Tengo que hablar un asunto con usted. Pasemos al buffet.
Un complejo de habitaciones, la cocina del hotel, y la sala de limpieza. Finalmente, la música de la radio en el buffet llegaron hasta nosotros una vez dentro. Más a la derecha, continuamente, estaba el bar.
— ¿Gusta algo, Charles?
— No Bill, muchas gracias.
— ¿Y tú, princesita?
— ¡Leche con chocolate! —Exclamó eufórica sentada sobre una de las butacas de madera contra el mostrador. El muchacho encargado de los pedidos esperaba el pedido.
— Una leche con chocolate, por favor —dije y se retiró.
— Usted dirá, licenciado —dijo Charles acomodándose hacia mí.
— Ayer con mi hermano fuimos a conocer el testamento de nuestro padre.
— ¿En qué se relaciona eso conmigo?
— En que no todo fue para sus allegados… Él dejó algo a mi nombre para usted.
— ¿Para mí? —Preguntó anonadado—. Me deja totalmente sorprendido.
— Se trata de una casa prefabricada con órdenes de instalarse aquí en Alemania, o en Argentina. Básicamente tienes que escoger entre quedarte en tu país natal o volver a donde criaste a tus hijos —expliqué. El muchacho volvió con el pedido de la niña y le agradecí con un movimiento de cabeza—. Eso es todo.
— ¿Hablas en serio? ¿Así nada más?
— Así nada más. —Me encogí de hombros.
— Estoy… —titubeó—. ¡Estoy muy agradecido!—Exclamó al fin.
— Me alegro, Charles. La verdad que quedé anonadado cuando el testaferro nos dio esta noticia a mi hermano y a mí. No lo esperaba en absoluto.
— Su padre era un buen hombre. Lamento no haber tenido la dicha de conocerlo. —Asentí pensativo y luego palmeé su hombro con una sonrisa.
— Felicitaciones, Charles. Es usted ahora un hombre totalmente independiente.
— ¡Aún no lo creo! —Exclamó incrédulo—. Así que tengo que elegir si me quedo aquí o si vuelvo a Latinoamérica.
— Correcto. Le pido que se tome su tiempo para pensarlo. Es una decisión que tiene que charlar con su familia.
— Lo discutiremos.
— Voy a darle el número de quien será mi abogado en el país para cuando yo no esté. Es mi hermanastro Thomas Trümper —dije ladeando mi figura en la butaca para sacar la tarjeta de Tom. Se la extendí y la tomó dudoso.
— ¿Viajará?
— Me voy a vivir al exterior —respondí en voz baja para no acaparar la atención de Milagros—. Me voy con mi pareja.
— Entiendo. Te deseo lo mejor, Bill —dijo sonriente—, te lo mereces.
— Gracias, Charles —Miré la hora en mi reloj de pulsera e hice el ademán de marcharme—. Me encantaría quedarme, pero tengo papeleos pendientes. —De mi cartera saqué veinte dólares y los dejé sobre el mostrador por la leche de la niña.
— ¿Cuándo viajas? —Preguntó mientras me ponía de pie.
— Pasado mañana en la tarde. Lo atrasamos un día por todo el tema del testamento, pero finalmente me marcho el miércoles.
— Ha sido un placer —expresó estirando su mano hacia mí. La estreché con afecto y sonreí sintiéndome un poco nostálgico—. Milagros —llamó. La niña giró su carita hacia nosotros—, saluda a Bill.
— ¿Ya te vas? —Preguntó desilusionada. Me acerqué a ella y la abracé con fuerza. Sus pequeños bracitos intentaron rodear todo mi cuerpo—. ¿Vendrás a visitarme pronto? —La amargura invadió mi boca.
— Claro… —Sólo eso pude decir. Me alejé y dejé un beso en su frente. Luego acaricié sus mejillas y le regalé una despreocupada sonrisa fingida—. Te extrañaré hasta entonces.
— Yo igual, Billy —sonrió y acarició mi mentón con su manito tibia—. Te quiero.
— Te quiero muchísimo más, hermosa. Pórtate bien, y no dejes de esforzarte en tu tratamiento, ¿de acuerdo?
— De acuerdo.
— Prométeme que seguirás con el mismo entusiasmo que hasta ahora.
— ¡Lo prometo! —Exclamó feliz.
— Muy bien. —Me enderecé y le eché una última mirada a Charles antes de alejarme hacia la salida.
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Conduje todo el mediodía dando vueltas por el parque, merodeando por un barrio de clase media con niños siendo acompañados por sus madres y padres al colegio. Los guardapolvos blancos relucientes cubrían sus pequeños cuerpitos. Sonreían felices cargando con mochilas enormes en sus diminutas espaldas. Era una postal verdaderamente hermosa.
Detuve el auto y apagué el motor frente al parque central, con juegos coloridos y frondosos árboles verdes anunciando la llegada de la primavera. Cerré mis ojos y dejé mi cabeza caer contra el asiento del piloto. Mis últimos días en Alemania.
Mi pierna vibró. El teléfono. Una llamada.
Lo saqué con temor a que algo malo hubiera pasado. Sinceramente no pensé en cuán negativo estaba siendo, pero a juzgar por la seguidilla de cosas malas que acaecían, sólo temí.
— Diga —contesté sin siquiera mirar el número—. ¿Quién es?
— Bill —La voz de Marcel—. Hola.
— Hola, Marc. ¿Cómo estás? Qué raro que me llames.
— ¿Interrumpo algo?
— No, no. En absoluto. Sólo estaba… pensando—dije en un suspiro—. Dime qué ocurre.
— Sólo quería saber de ti. ¿Te irás a Grecia?
— Amm… Sí. Me iré el miércoles.
— Oh. —Silencio.
— Marcel.
— Uhm.
— ¿Qué ocurre? —Nada. Sólo se escuchaba su respiración en un bufido cansador.
— Me voy a Francia esta noche. —No supe qué decir.
— Es definitivo esta vez.
— Ya no habrá motivo para quedarme —respondió—. Vine por ti. Tú ya estás recuperado.
— Gracias, Marc. Siempre estuviste presente cuando mi vida peligró. Jamás encontraré manera de pagarte.
— Con que estés bien, es más que suficiente. —Después de eso sólo se escuchaba su respiración. Yo medité acerca de lo que había ocurrido entre ambos y la manera tan madura en que lo afrontó. Había sido hermoso, pero sólo duró una noche. Ambos lo sabíamos de antemano.
— Te acompañaré al aeropuerto —propuse firmemente.
— No Bill.
— ¿Cómo que no? Pasaré por ti en la noche y te llevaré.
— Tengo un taxi reservado.
— Lo cancelarás. —Otro suspiro—. ¿Qué pasa, Marcel?
— No quiero verte.
— ¿Qué? —Pregunté sorprendido—. ¿Por qué no?
— Si te veo hoy, no te dejaré ir. No nos dejaremos ir —respondió con voz apagada—. No quiero despedidas. No contigo.
— Pero Marc…
— Sólo te llamé para avisarte que ya no estaré en el hotel. No me parecía cortés que intentaras ubicarme por alguna razón y no me encontraras.
— Quiero despedirme de ti —insistí—. ¿Por qué no podemos? Somos adultos, Marcel. Lo de esa noche…
— Fue mucho más para mí que lo que fue para ti. No lo entenderías. —Me tocó a mí callar. Tenía razón.
— Así que es todo, ¿eh?
— Así es.
— Cuídate, ¿sí?
— Tú igual. Te deseo todo lo mejor en esta nueva etapa de tu vida.
— Gracias. Igualmente, Marc. Te quiero…—dije casi con miedo.
— Adiós, Bill. —Unos segundos más y luego se oyó el tono de cortado. Me quedé mirando la pantalla de mi teléfono sin mirarla en realidad. Luego volví a observar el parque, los árboles. Y finalmente, resignado, puse en marcha el auto.
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Sus manos divagaban en mi cintura debajo de las sábanas blancas de su cama. En la ventana la luna brillaba redonda y enorme. No podía dejar de verla y abstraerme de todo. Sus besos en mi cuello, sus caricias, los susurros que le dedicaba a mi oído. Todo pasaba a formar parte de un segundo plano. Sólo miraba la luna, imaginando que en cuestión de horas la vería desde otra parte del mundo, pero sería la misma luna al fin de cuentas. ¿Sería esa la única cosa en común que habría entre los que se quedan, y yo?
Su rostro se interpuso entre la luna y mi visión. Su boca apresó la mía. Le correspondí torpemente. No estaba funcionando…
— Andi… —susurré dentro del beso pero no me oyó. Decidí seguirle el juego. Me aferré a su cuello y profundicé el beso. Busqué concentrarme. Pero no. No había nada. —. Espera —Lo aparté por su pecho desnudo y me miró extrañado desde arriba, apoyando sus brazos como sostén a ambos lados de mi cabeza. Su boca estaba morada por el beso. Sus ojos brillaban más que la luna misma. —. No puedo.
— ¿No puedes? —Repitió en tono burlón.
— Lo siento.
— ¿Vas a dejarme así? —Cuestionó molesto. Desvié la mirada de vuelta hacia la luna—. Vale. —Se incorporó y salió de la cama, completamente desnudo. Tomó sus jeans y se los puso de un tirón. Me volteé y me hice una bolita en el colchón. Me sentía solo. Muy, muy solo.
Andreas salió del cuarto y luego se escucharon ruidos en la cocina.
Esperé unos minutos en silencio, concentrado en los ruidos del refrigerador abriéndose y luego cerrándose. Un momento y se repetía.
Los pasos descalzos de Andreas acercándose de nuevo. Encendió la luz y sentí mis ojos arder. Entrecerré mi visión y me volteé hacia la puerta. Ahí estaba él, en una despreocupada pose de chico malo bebiendo una cerveza contra el marco de la puerta. Su torso desnudo, trabajado y marcado. ¿Qué había de malo en él? ¿Por qué rayos no podía amarlo?
— ¿Esto va a ser así siempre? —Preguntó secamente.
— No lo sé, Andreas. Al menos hoy, no puedo. —Me paré de un bote. Sólo tenía mis bóxers puestos. Dentro de ellos ni un rastro de erección.
— ¿Es mi culpa?
— No lo sé —dije mientras me ponía los pants y una camiseta.
— Ah, no lo sabes —dijo sarcásticamente—. ¡Claro que no es mi culpa! Eres tú que no quieres ni acostarte conmigo.
— Quiero—aclaré—, pero no puedo.
— Somos pareja, Bill.
— Deben ser los nervios, Andreas. —No quería pelear. Intenté por todos los medios evadir su mirada acusadora, pero se me hacía imposible.
— ¡No eres una niña virgen!
— Me refiero a los nervios del viaje.
— Ah, perfecto. Entonces tengo que esperar hasta que estemos en Grecia para poder tener sexo con mi novio. ¡Excelente, excelente! —Se marchó otra vez. Decidí seguirlo para intentar calmarlo. No quería que se sintiera despreciado.
Salí del cuarto y seguí por el hall hasta llegar a la cocina. Ahora bebía su cerveza contra la mesada. Al verme aparecer, viró los ojos.
— No quiero pelear —dije con voz calmada—. Y no hay nada de malo en ninguno de los dos. Estamos pasando por un momento complicado, Andreas, no es una novedad. —Él me miraba inexpresivo. Me acerqué e intenté acariciar su rostro, pero se alejó hacia atrás. Me crucé de brazos frente a él y negué suavemente con la cabeza—. Es difícil si te pones en este plan.
— ¿Cuál plan?
— Este —repetí ya sintiendo el enojo ir en aumento—. Abre tu mente a lo que te digo y verás que es real.
— Sólo quiero estar bien con mi pareja, ¿eso está mal?
— No. No lo está.
— ¿O es que no te excito? —Preguntó asustado—. ¿Es eso, Bill?, ¿ya no te gusto?
— ¡No! —Ahora sí pude colocar mi mano en su mejilla—. No es eso, Andi. Me gusta todo lo que haces. Pero no tengo cabeza para esto hoy. No te estoy hablando de un “para siempre”. Es por hoy. Esta noche.
— ¿Y para qué tienes cabeza? —Preguntó en tono frío nuevamente—. O, mejor dicho, para quién. —Aparté mi mano de su rostro de inmediato apenas oír eso.
— Me tienes harto con eso —respondí haciendo el ademán de irme. Su mano aprisionó mi brazo, evitándome el paso—. Suéltame.
— Niégamelo.
— Suéltame, Andreas.
— Niégame que es por tu hermano. —Su mano no me apretaba. Fácilmente podría zafarme. Pero era como una traba para no dejarlo con la palabra en la boca. Quería una respuesta.
— Te miro y no logro entender en qué momento te volviste tan incomprensivo—solté mirándolo fijo—. No tengo cabeza para coger, Andreas. No tengo cabeza para estar gritando de placer como una puta. No tiene que ver ni contigo, ni conmigo, ni con Thomas, ¡por Dios! —Me sacudí y conseguí librarme de su agarre—. Si tanto quieres meterla, entonces vete y consíguete algún par de piernas abiertas por ahí. —Enmudeció—. Sólo esperaba que me entendieras y te acostaras junto a mí, me abrazaras y me dijeras que no importa. Pero ya —Sequé la puta lágrima que estaba cayendo por mi mejilla derecha—. Te prometo que cuando estemos en nuestra nueva casa dejaré que me folles las veces que quieras si es tan importante para ti. — Me volteé y comencé a caminar tranquilamente hacia el cuarto.
— Bill, lo siento —dijo arrepentido mientras me iba. Levanté una mano y la sacudí como restándole importancia al asunto.
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By Tom
Martes.
— ¡Adelante! —Grité apurando el cigarrillo que descansaba entre mis dedos. Expulsé esa última bocanada y lo apagué en el cenicero que era de mi padre. Mi primer día al mando.
— Permiso —dijo Richael en tono alegre. Sonreí al verla y dejé de leer esos papeles durante un momento para dedicarle algunos minutos a la futura mamá. Su vientre ya abultado se marcaba perfectamente debajo de ese vestido a rayas salmón—. No te quitaré demasiado tiempo, Tom. Sólo vine a traerte mi licencia. —Mientras se acercaba resonando sus tacos por el piso de madera de mi despacho, alzaba una carpeta solapada.
— Muy bien. —La tomé y la ojeé superficialmente—. Felicitaciones de nuevo.
— Felicitaciones a ti —repuso ensanchando su sonrisa—. ¡Presidente de Kaulitz & Asociados! ¿Quién lo diría, eh?
— Gracias. —Dejé la carpeta a un lado y entrelacé mis manos sobre el escritorio. Ella tomó asiento enfrente de mí—. ¿Gustav?
— En mi departamento. En una semana se interna.
— Es muy pronto.
— Es mejor ahora. No podrá hacerlo cuando Bill empiece a patear —comentó acariciando su vientre.
— ¿Bill? —Repetí sonriendo—. ¿Lo llamarán Bill? —Asintió luciendo feliz.
— De no ser por él yo estaría muerta. Bill arriesgó su vida heroicamente por mi hijo y por mí.
— Es cierto. ¿Él ya lo sabe? —Negó.
— Gustav va a decírselo cuando se despidan hoy en la tarde. Como Gus no puede hacerse ver en lugares públicos, acordó un encuentro en mi departamento para poder saludarlo de forma privada.
— Ah…
— Tom —Llamó, pero yo ya estaba de vuelta con mis papeles—. Tom
— Dime—dije sin alzar la mirada.
— ¿Cómo te sienta el viaje de Bill? —Hice de cuenta que esa pregunta no modificó nada en mí. Que ese dolor en el pecho no existió jamás. Me encogí de hombros—. Puedes hablar conmigo…—No respondí, sólo asentí. Oí que suspiraba y luego se ponía de pie. Rodeó lentamente el escritorio y se aproximó a mí. Levanté la mirada hacia ella y luego recibí una suave caricia en la mejilla. Sonreí agradecido y a modo de despedida me devolvió el gesto. Se retiró de la oficina y volví a quedarme solo.
Sacudí mi cabeza y mis ideas, intentando hallar la concentración necesaria para volver a mis papeles y documentos.
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Recargado en el ventanal contemplaba el centro de la ciudad. Le di una profunda calada al cigarrillo y luego expulsé el humo.
La idea de que Bill se marchara, hoy era una realidad. En menos de veinticuatro horas, mi gran amor quedaría desterrado de mi vida.
— ¿Me llamaste? —Georg había entrado a mi oficina. Volteé y asentí en silencio. Siguió mi mano y al ver el cigarrillo, su expresión se transformó—. Toda la vida intenté evadir a Bill de ese horrendo vicio—Llegó hasta mí y me arrebató el cigarro de los dedos. Lo apagó en el cenicero, observando las otras siete colillas—. Tú no por favor
— ¿Cómo estás, Listing? —Pregunté cordialmente ignorando su planteo.
— Bien. Estoy bien—Se recargó en el escritorio y cruzó sus brazos—. ¿Y tú?
— Me enteré que rechazaste una propuesta millonaria de Seeger.
— Lo hice. No me interesa el dinero.
— Eso quiere decir que te vas a quedar aquí, ¿cierto? —Asintió y no pude evitar sonreír—. Me alegra mucho saber que puedo seguir contando contigo, Georg.
— ¿Qué va a pasar con este lugar ahora que Bill, el socio con el cuarenta y cinco por ciento de las acciones, se va del país?
— A tu lado está la respuesta. —Señalé el buro. Junto sus piernas había un contrato de conciliación en donde Bill me vendía sus acciones y el estudio quedaba completamente bajo mi poder.
— Te vendió su parte.
— Sí. Pero la respuesta es que me negué a comprarla. ¿Ves? —Señalé con más insistencia hacia el papel—. No firmé.
— ¿Y cómo queda la situación ahora?
— Igual. Él tiene sus acciones, yo tengo las mías. No lo voy a demandar por abandono de trabajo.
— ¿Tienes esperanzas de que en algún momento vuelva y se haga cargo de su parte? —Preguntó incrédulo.
— No. Quiero respetar los deseos de Jörg. No dejó el estudio completamente en mi poder, sino en el de ambos.
— Entiendo—murmuró acomodándose mejor en el escritorio. Afianzó sus brazos cruzados y echó la cabeza hacia atrás, mirándome con altivez—. ¿Cómo estás?
— Con la cabeza fría.
— La cabeza fría. Lo que quiere decir que estás en negación.
— ¿Qué es ese término de faculta de medicina? —Me burlé.
— Para mañana en la noche, tu vida será muy distinta y no pareces darte por enterado.
— Hay que seguir, ¿no? Viví muchos años sin William.
— Oh, genial —ironizó—, ¿y cuáles son tus planes de vida?
— Me siento algo atacado —manifesté mirándolo fijamente, sonriendo.
— En absoluto —se excusó alzando sus manos—. Sólo quiero saber cómo te ves en los próximos años.
— Bueno. Para empezar, me mudaré a un piso por aquí cerca así no tengo que andar dependiendo de auto ni de chofer. Me haré cargo del estudio, lo sacaré adelante. Contrataré más abogados, les ofreceré contratos muy suculentos que no podrán rechazar. Me aseguraré de que mi madre sepa administrar bien la parte de la herencia que le dejó Jörg. Quiero que al fin tenga su casa propia y viva tranquila. —Seguía mirándome como si esperara más.
— ¿Es todo? —Rió—. Ahora voy a traducir todo lo que acabas de decir. Vas a comprar un piso para vivir solo, como un pequeño ermitaño. Seguirás amarrado al miedo de subirte a un auto. Todos los días te levantarás media hora antes de entrar al estudio; tiempo suficiente para asearte y comprar un café expreso camino aquí. Vas a sacar a Kaulitz & Asociados adelante y disfrutarás de la fortuna. Envejecerás solo y te convertirás en un pobre millonario. Como tu padre. —Finalizó. Sentí cierta impotencia, pero Georg tenía razón.
— ¿Y qué propones?
— Que vivas como quieres vivir. Te estás amoldando a la realidad, a tus miedos. Te estás resignando. ¿O por qué no está Bill en tus planes?
— ¡Es obvio! Se va mañana.
— ¿Y no vas a hacer nada para impedirlo?
— ¿Qué quieres que haga? No sabes cuánto lo intenté. Ya estoy cansado de suplicar, de rogar, de intentar entablar un diálogo en el que lleguemos a un maldito arreglo.
— Quizás no intentaste lo suficiente.
— No tienes idea. —Volví a sentarme en mi silla y me concentré nuevamente en mi trabajo. Georg se bajó del escritorio y alineó su traje a cuadros Armani color gris—. Él me odia.
— Eso es una mentira.
— No me perdona haberlo dejado por Richael. Siquiera después de enterarse cómo pasaron realmente las cosas. No me perdonará jamás mi falta de confianza.
— No creo que ese siga siendo un motivo importante.
— ¿De qué hablas? —Alcé la mirada hacia sus ojos verdes.
— Hay ahora un factor mucho más importante. Andreas.
— Oh genial… —mascullé volviendo a las hojas.
— Hablo en serio, Trümper. —Se sentó enfrente de mí, al otro lado del escritorio. No pude evitar mostrarme curioso por lo que diría—. Bill olvidó lo de Richael hace rato. Sin embargo, no puedes pretender que todo vuelva a la normalidad, como estaba hace tres meses atrás. Ahora hay alguien involucrado, y ese alguien es Andreas.
— Me tienen hasta las bolas tildando a ese maldito de santo—mascullé enfadado.
— Mira, te diré algo que aparentemente aún no sabes de tu hermano. Hay algo que Bill aprecia mucho más que la hermandad y hasta al mismísimo Jörg. Y eso es la amistad. Bill sería capaz de dar su vida por Andreas o por mí, porque en los momentos verdaderamente complicados, sólo estuvimos nosotros, los amigos. No estuvo su madre por razones obvias, ni estuvo su padre, ni tú. —Bajé la mirada a los papeles, sin mirarlos ya. Sólo escuchaba—. ¿Te das una idea de cuánto perdimos Andreas y yo viajando religiosamente cada fin de semana a Francia para visitarlo? No sólo perdimos dinero, sino trabajo y tiempo para nosotros mismos. Y en cada visita recibíamos una noticia diferente. A veces Marcel nos esperaba para comunicarnos que Bill sufrió nuevos episodios de demencia en los que quiso suicidarse. ¿Lo entiendes, Trümper? —Alcé los ojos casi con temor hacia él. Se lo veía verdaderamente dolido sólo con recordar—. Volvíamos a Alemania con la incertidumbre de si nuestro amigo estaría vivo para la semana siguiente. —Guardamos silencio durante un momento—. Y para su cumpleaños sólo estuvimos nosotros. Fuimos su familia en ese lugar. Sólo Andreas, Marcel y yo, mientras que Jörg nos ordenaba que fuéramos discretos en los viajes. Con todo el respeto que se merecía tu padre; éste se comportó como un desgraciado en esa época—soltó con resentimiento—. Nos exigía que viajáramos en clase turista y nos hospedáramos en hoteles de segunda para no alarmar a la prensa. No quería que supieran que su hijo estaba internado en una clínica para adictos. Bill jamás exageró en sus planteos contra Jörg. Todo lo que le dijo en vida, no fueron reproches impulsivos, cosas que dices sólo de bronca; todo fue con justo fundamento. Todo. Desde el tema Simone, hasta el tema drogas. A Bill lo abandonaron a su suerte. Ustedes. Su familia. Por eso Andreas es tan importante para él. En un primer momento sólo estaba con él por lo físico. Pero luego se metieron en un compromiso y así empezó todo. Andreas se enamoró de Bill desde un primer momento. —Por alguna razón se encontraba sonriendo—. Con todo lo de Richael, Bill se vio de nuevo solo, y la soledad es algo insoportable para él. Volvió a la única persona que jamás lo abandonó. Las cosas pasaron rápido desde entonces. De repente volvieron, organizaron una boda y firmaron las escrituras de su casa en Grecia. ¡Todo muy veloz! Y ahora ya es tarde para echarse atrás. Bill no va a lastimar de esta manera a Andreas ni en el mejor de sus sueños. Sí, Tom. Bill es capaz de posponer tu felicidad y la suya propia por la de Andreas. ¿Y sabes qué? Yo lo abalo. Porque sólo yo sé cuán auténticos son los sentimientos de Andreas por mi amigo. Él es una de las pocas personas en este mundo por las que pongo las manos en el fuego sin dudar. —Dicho eso, nos quedamos mirándonos como esperando que alguno hablara.
— Bien. Lo entendí todo a la perfección. Pero sólo confirmaste mi resignación. No tengo esperanzas.
— No entendiste nada—dijo ladeando la cabeza—. Con todo esto te quise decir que el que tiene la última palabra sobre si Bill se va o no, es el mismísimo Andreas. Ahí tienes que atacar. —Fruncí el ceño—. Tu hermano se quedará sólo si Andreas así lo decide.
— ¡Eso es ridículo! Andreas está muy enamorado y feliz de marcharse de aquí con Bill. Jamás lo dejaría.
— No lo sé—insinuó encogiéndose de hombros y relajándose contra el respaldo de la silla—. Yo renuncié al amor de mi vida por un amigo… Yo creo en que hay sentimientos que barren con la propia felicidad. A veces necesitamos despojarnos del egoísmo y dejar a las otras personas ser libres y decidir por su cuenta. Andreas es un buen tipo, y si de verdad ama a Bill, lo dejará ser.
Claro. Esas fueron sus propias palabas…
Dejé mi mirada fija en sus ojos.
— ¿En qué piensas?
— Tienes razón—dije hundido en mis pensamientos—. Sólo me queda una oportunidad.
— Y…—siseó sin comprender.
— ¿Tienes algo que hacer en el almuerzo?
— No. ¿Qué tienes en mente?
— Necesito que me alcances con tu auto al departamento de Andreas.
— ¿Qué vas a hacer?
— Daré un manotazo de ahogado.
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By Bill
— La verdad que me pone muy mal que te vayas, tío.
— ¡Oye! Eso es lo último que necesito.
— Soy sincero como lo fui siempre. Quiero que te quedes.
— Gustav —sancioné—. Para ya, ¿sí?
— Vale. Como quieras. Sólo espero que no te arrepientas cuando ya estés muy lejos como para volver.
— No lo haré, descuida. —Bebí unos cuantos tragos de la lata de cerveza y la dejé sobre la mesa nuevamente. Estiré mis piernas que bajaban desde el asiento de la silla, hasta extenderse contra las baldosas amarillas de la cocina. Estaba muy cansado.
— Será un niño—dijo por lo bajo. Lo miré expectante y no pudo disimular una sonrisa de felicidad totalmente plena.
— ¡Un niño!
— ¡Un niño, viejo! —Le dimos unos cuantos golpes de puño a la mesa al unísono, desahogando la euforia. Luego reímos por lo chiquilines que estábamos siendo—. ¡Un varoncito! ¡Tendré un varoncito!
— Gracias a Dios por este regalo maravilloso, viejo.
— Sí… Soy otra persona, Bill. No hay otra definición. Me siento otra persona.
— Me alegro muchísimo, tío. Se merecen todo esto. —Su sonrisa se desvaneció un poco.
— Por eso no quiero esperar más. Me interno en una semana—dijo—. Prefiero perderme lo que queda de embarazo y poder disfrutar a mi bebé más tiempo. De todas formas lo veré todos los fines de semana.
— ¿Quién cuidará de Richael?
— Ella recobró la comunicación con su madre. Está feliz. Además está Priscila y su marido. Ellos van a estar muy al pendiente.
— Esa es otra buena noticia. Tienes a tu hermana contigo, viejo. Después de tantos años, de golpe te armaste una hermosa familia.
— Sí… —Otra vez lucía una sonrisa radiante en el rostro. Me alegré de verlo así.
— Dime cómo llevas la abstinencia.
— Mejor de lo que esperaba. Ayer me di dos líneas, pero no volví a inyectarme.
— No te inyectas desde hace tiempo.
— Casi seis meses.
— La heroína fue lo que más me costó dejar —comenté recordando—. En fin. ¡A la mierda eso!
— ¡A la mierda! —Reímos.
— ¿Qué hay de Sam?
— Ya está en el campus.
— Otra buena noticia.
— Exacto. ¿No crees que el tiempo se encargó de poner a cada persona en su justo lugar? —Preguntó en tono ilusionado, casi infantil—. Piensa. Cuatro meses atrás, ¿quién me imaginaba a punto de ser padre y con fecha para rehabilitarme?
— Es cierto.
— Sólo falta que el tiempo te ponga a ti en tu lugar.
— Mañana… Mañana—suspiré volviendo a tomar la lata y dándole unos cuantos tragos.
— De todas formas no creo que ese sea tu destino. Tu destino está aquí, viejo.
— ¿Otra vez con eso? —Lo fulminé con la mirada.
— Lo siento, lo siento. —Meneó la cabeza. Me miró de forma extraña, como si estuviera guardándose algo verdaderamente bueno.
— ¿Qué pasa?
— No me preguntaste algo…
— ¿Qué cosa? No te hagas el misterioso.
— Algo sobre el bebé. —Uní el entrecejo—. El nombre.
— ¡Oh! Lo lamento. Dime, ¿cómo se llamará el futuro príncipe?
— Adivina.
— Sabes que soy pésimo para esas cosas. —Soltó una risotada y volvió a mirarme.
— Bill —dijo—. Se va a llamar Bill.
— ¡Bromeas!
— Para nada. —Yo no me lo creía—. Arriesgaste tu vida por ese pequeño. Merece llamarse como su padrino.
— Oh, no… Me va a dar un infarto. ¡¿Padrino?! — Hice un gesto al cielo, como agradeciendo. Luego me puse de pie y extendí mis brazos hacia él—. ¡Ven aquí, viejo! —Se paró y se acercó riendo. Nos fundimos en un fuerte abrazo—. Muchas gracias, Gus. Me alegraste la vida.
— ¿Ahora entiendes por qué quiero que te quedes aquí? —Susurró—. Nos queda mucho por vivir, amigo. —Sólo quedó un débil rastro de la enorme sonrisa que tenía segundos atrás. Aquello me tocó una fibra sensible.
.
By Tom
— Ahí tienes. Departamento doce—dijo Georg señalando el edificio—. No tardes. Hay que volver al estudio.
— Claro. Quédate, ¿sí?
— Tranquilo, miedoso—manifestó burlonamente mientras apagaba el motor del vehículo. Me desabroché el cinturón de seguridad y bajé por fin del auto. Una vez con mis pies en el suelo, me sentí seguro.
Cuando estuve adentro, me metí en el elevador y marqué el piso donde vivía el rubio. Busqué el departamento número doce y al encontrarlo rogué frente a la puerta que Bill no estuviera dentro. Toqué timbre y esperé.
La puerta se abrió y dejó ver a un Andreas despeinado y con ropa informal. Una imagen a la que no estaba muy acostumbrado.
— Trümper—dijo por la sorpresa—. ¿Qué haces aquí?
— Quiero que hablemos. ¿Estás solo? —Asintió mirándome con recelo.
— ¿Cómo supiste dónde vivo?
— Georg. —Puso los ojos en blanco y luego se hizo a un lado. Me adentré en el rústico departamento, sintiéndome totalmente incómodo. Jamás me imaginé en ese lugar.
Sobre el sofá yacía una maleta y ropa a medio doblar. Empacando para el gran día.
— ¿Gustas algo de beber?
— No, gracias. Quiero ir al grano. —Me quedé de pie en medio de la sala. Él se cruzó de brazos y esperó. Se lo notaba algo a la defensiva. No lo juzgaba—. ¿Eres un hombre de palabra, Markett? —La pregunta lo pilló por sorpresa—. Me refiero a si eres fiel a tus convicciones y posturas.
— Claro que sí. ¿A qué viene eso?
— Bien. Imagino que recordarás nuestra pequeña charla en el hospital, cuando encontramos a Bill medio moribundo en su habitación—continué ignorando su anterior pregunta.
— Podrías ser más específico, Trümper.
— Lo seré. —Aclaré mi voz—. Me diste un bello discurso sobre el amor que sentías por mi hermano. Toda esa cursilería de “dejar ir” y “ser feliz si es feliz”. —Su expresión cambió. Se puso en evidencia—. Percibo que tuviste esas palabras muy presentes en estos días.
— ¿Qué quieres, Trümper? —Cuestionó inquieto.
— Quiero que te mantengas firme en eso. Quiero que pienses seriamente si estás haciendo feliz a Bill con todo esto —respondí entre dientes.
— ¿Qué es “todo esto”? Por si no lo sabes, yo no obligué a tu hermanastro a que aceptara casarse conmigo, no lo estoy obligando a viajar tampoco.
— No hablo de obligar explícitamente. Hablo de una manipulación más implícita.
— ¿Manipulación? —Cuestionó con recelo.
— Sí. Sabes perfectamente que Bill nunca te haría daño. Sabes que piensa en ti antes que en él mismo.
— ¡Yo también lo hago!
— ¿Sí? ¿Lo haces? ¿Estás seguro?
— ¡Muy seguro! —Respondió con la firmeza tambaleante.
— ¡Mientes! —Grité sobre sus palabras—. Tú mismo me dijiste que cuando amas a alguien, debes dejarlo ir si así lo quiere. Debes dejar que su felicidad sea primero, aunque ésta no esté a tu lado. ¡Tú fuiste quién lo dijo!
— ¡¿Adónde quieres llegar, Trümper?! —Cuando me di cuenta, ya estábamos gritando, a escasos centímetros de distancia y mis puños apretados. Yo no quería pelear. Quería apelar a la razón.
Retrocedí y respiré profundo varias veces.
— Sé que eres una buena persona, Andreas. Y por eso estoy aquí—manifesté sereno—. Sólo quiero la felicidad de Bill, tu felicidad y mi felicidad.
— Encárgate sólo de la tuya, Trümper. De las otras dos puedo encargarme perfectamente solo. —No caí en su jueguito de provocación. Lo mío iba más allá de palabras necias.
— Piénsalo. En tu interior sabes que Bill no te ama—sentencié—, y que hace esto sólo por ti. No seas egoísta. Déjalo ir. Libéralo; de lo contrario no tendrá coraje para liberarse solo.
— Yo no lo tengo prisionero.
— Él se aprisiona a sí mismo por el miedo a herirte. —Desvió la mirada a la maleta a medio hacer—. Este es tu sueño, lo sé. Pero tú fuiste el que me enseñó que es más importante ver al amor de tu vida feliz y en otros brazos, que amarrado a ti. —Volví a acercarme, ahora para adosar una mano a su hombro—. Si Bill de verdad te amara, yo guardaría todo este amor que le tengo bajo siete llaves y dejaría que se fuera. Estaría aquí deseándote buena suerte y pidiéndote que lo cuides. Pero no es así, Andreas. —Alejé mi mano. Él callaba. Se descorazonó un poco—. Esta felicidad ficticia que están inventando no durara mucho. —Pasé por su lado y me posicioné frente a la puerta—. Te mereces mucho más que esto, Markett. —Finalmente la abrí y me marché.
Continúa…
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