«Sold out» Fic TOLL de Tkapitan
Capítulo 1
Tom
München
Noche de sábado/ 4:30AM
—Eh, tío, ¿me estás escuchando?—Andreas me giró la cara por la mandíbula en su dirección, obligándome a mirarle nuevamente. Tenía el ceño algo fruncido y una ceja levantada.
—Que sí, que sí —volví a tomar un trago más del vaso. No le hice ni puto caso, a pesar de que no dejaba de avisarme que me estaba pasando con la bebida. Y sí, no siendo la primera vez, esa noche en especial estaba sobrepasando mi límite. Volví a girar mi cara buscando entre la multitud a alguien a quien hace un rato le había echado el ojo. Todo me iba en cámara lenta y la música de la discoteca me estaba empezando a embotar la cabeza y los oídos.
Ahí estaba. Una tía de pelo negro por los hombros y algo encrespado con algunas mechas rubias; vestida con tejanos oscuros, chaqueta de cuero negra y camiseta roja. Tenía varias alhajas por todo el cuerpo, pulseras, collares, etc. Desde mi posición, podía adivinar que iba maquillada, al menos en los párpados, ya que desde lejos se les veía como un mapache. Era extremadamente delgada, demasiado para mi gusto. Pero joder, sus facciones eran preciosas. Y no sé porqué, pero me sonaba.
—¡Tom! —Andreas me bloqueó la visión poniéndose delante de mí muy enfadado. —¡Tío, que pasas de mí! ¿Qué estás mirando todo el rato? Que no sea una tía porque paso de, dos cosas, una —levantó un dedo—que me dejes tirado para irte a follar, y dos —levantó un segundo dedo —, que te me pires borracho como estás. —Le miré serio de arriba a abajo.
—No estoy tan borracho —le mentí. —Y sí, miro una tía. ¿Qué si no? ¿Una polla como tú lo harías? — alcé una ceja con cinismo. Andreas se mordió el labio.
—Qué puto gilipollas que eres. Ahora me dan ganas de dejarte hacer a ver si te quedas tirado en medio de la acera y que te mee encima un perro o quien sea que vaya igual de capullo que tú.
—¿Ah, sí? —sonreí amplio y con ojos punzantes —. Pues mira como remato tus dos opciones.
Le aparté con la mano separándome de la pared donde estaba apoyado y caminé al frente llevando aún el vaso medio vacío.
—¿A dónde vas? ¡Kaulitz! —levantó ambos brazos a cada lado de sus costados dándome un grito.
—¡Hoy mojo! —le grité algo alto por encima del hombro y volví a darle la espalda, escuchando de lejos como me llamaba y, probablemente, se cagaba en mis putos muertos.
Fui esquivando gente una y otra vez, sin importarme dar algún que otro empujón con tal de abrirme paso rápido.
Poco a poco fui llegando a mi presa, mojándome los labios y moviendo el piercing de bolas que llevaba en ellos con la punta de la lengua, preparándome para «atacar». Estaba de espaldas a mí hablando con un par de tías muy coquetas, o así actuaban por sus movimientos bastantes teatrales y sus risitas de niñas tontas. Sin previo aviso, le agarré del brazo pegándole un estirón y haciendo que se separara de aquel par. Mira, se me antojó hacerlo así de brusco. Ahora que lo veía mejor de cerca, era una puta monada.
—¡Eh! ¡Pero qué coño haces, animal!
Se giró de muy malas maneras y de pronto, al verme, se quedó petrificado y puso ambas manos en su boca como ahogando un grito, como si hubiese visto a un muerto. Me fijé que llevaba una extraña manicura negra y blanca.
Y no fue el único que se quedó de piedra y quiso gritar, olvidando por completo su extraña reacción. Aquella voz no era de una fémina, precisamente.
—¡Joder, si eres un tío! Porque lo eres, ¿no? —Mis ojos estaban abiertos como platos. O el alcohol me la estaba jugando de la peor manera o, ahora que le veía mejor, parecía que sí, que había metido la pata hasta el fondo. Iba a preguntarles a aquellas dos chavalas, pero me ahorraba el bochorno para mí solo, además de que habían desaparecido. El andrógino siguió tapándose la boca, con los ojos tan abiertos e inmóvil que parecía que se había quedado en pausa.
—¿Te has tragado la lengua o qué? ¿Me contestas o lo tengo que averiguarlo yo? —Hice el ademán de meterle mano en la entrepierna, cuando se vio obligado a destapar su boca para tapar su paquete.
—¡No me toques, guarro! —su labio tuvo un tembleque y sus ojos se achinaron con enfado.
—Puaj, ni ganas —le miré con desprecio, más por el puto insulto de esa forma tan nefasta, que por lo que realmente le colgaba.
Me di la vuelta con la intención de volver con Andreas y llevarle mi rechazo a cuestas. Qué mierda, ahora me daría más por culo por ello y seguro que se agrandaría. Eso sí, ni hostias de decirle que era un tío. Volver con las manos vacías ya era un buen palo como para que se riera más en mi cara por tal confusión.
—Espera… —noté una presión en mi hombro. Era su mano intentando pararme. Me giré mirándole de medio lado y con la cabeza alta, así, con chulería.
—Qué.
—Me gustan tus rastas… —alzó la mano para tocarlas, pero se detuvo como con miedo y la retiró antes de llegar. Su cara tenía una expresión triste.
—¿Y? Háztelas —le contesté borde y me quise girar de nuevo para irme.
—¿De verdad no me…? —no acabó la frase.
—No qué, ¿ligarte? —alcé una ceja. Maricón lo era pero seguro.
—No, no… —negó con la cabeza —. No era eso. ¿Te sueno de algo?
Le miré en silencio y muy fijamente. Ahora que lo mencionaba tenía una rara sensación todo el rato de haberlo visto antes, pero estaba seguro de que en mi puta vida había hablado con alguien como él. Vamos, pero seguro.
—No, o sí. Es algo raro —achiné los ojos dudando de mí mismo —. ¿Eres famoso o algo así? Hablar no hemos hablado jamás, a no ser que seas un viejo colega que se ha travestido.
El chaval me miró frunciendo el ceño.
—No soy famoso y… tampoco soy un amigo tuyo. ¡Y no me llames travesti! —se envalentonó a darme un pequeño empujón en el pecho. Joder, ¿por qué mierda me gustaba su cara enfadada? El alcohol, era el alcohol fijo. Dejé el vaso que llevaba en una de las mesas llenas de ellos. No más tragos por hoy.
—Entonces por qué me preguntas chorradas —resoplé girando los ojos en un círculo.
Lo que pasó no me lo esperé ni en mil años. Vi como su labio temblaba casi a punto de llorar. El puchero se iba agrandando y sin darme tiempo a preguntarle por esa reacción, se me abalanzó encima con fuerza rodeándome el cuello con sus brazos. Sus labios chocaron con los míos hasta encajarlos en su máxima perfección. Me quedé helado de pies a cabeza con los ojos que parecía un búho. Noté un calambrazo en el estómago y un calor que me subió hasta las orejas. Me estaba besando y ni siquiera le aparté. Y no fue él quien me metió la lengua, si no que yo se la introduje con fuerza todo lo que pude. Ya dentro de su boca, noté algo frío, como de metal. ¿Un piercing?
De pronto esa sensación me estremeció, como si mi cuerpo recordara algo con aquel frío contacto. Hasta las piernas me temblaron un poco y conseguí tener un pequeño frío en la nuca.
Siguió aferrado a mi cuello y yo le agarré fuerte de la cintura, ladeando ambos la cabeza para encajar mejor nuestras bocas. Nos las comíamos con ganas, como si fuese un reencuentro de dos amantes que no se habían visto en años. Su lengua peleó con la mía buscándola una y otra vez. Joder, besaba bien.
Escuché un murmuro procedente de él casi inaudible por el beso, pero que hubiese jurado que decía mi nombre. No, imposible. Pronto lo descarté de mi cabeza.
Tragué un par de veces su flujo bucal hasta que él mismo se separó de mí con un chasquido húmedo. Yo quería más, pero me frené lamiéndome el labio humedecido mientras que mi mente intentaba buscar respuestas a todas esas raras sensaciones que sentía y me taladraban la cabeza. Los dos nos mirábamos en silencio y sus ojos brillaban llenos de satisfacción. Bien, si Andreas me había visto y no le reconocía como un hombre, y más vale que no fuese así, si no aún sería todo más jodido para mí, yo ya tenía coartada. Ahora ya no sería el rechazado en mi versión, si no el que rechaza.
—Ufff… —salí de mi letargo y me incomodé, bufando y tocándome nervioso la nuca —. Vale, esto… no pienses mal porque no me van los tíos ¿estamos? He bebido demasiado, eso pasa. Y te pareces demasiado a una tía. ¡Confundes!
Pareció reírse por lo bajo ante mi incomodidad, sin molestarse esta vez por lo que le dije.
—Quiero salir a fuera —lo dijo de repente sin venir al tema. Le noté algo ebrio, también.
Su mirada era tímida. Tragó saliva y me dio esta vez él la espalda alejándose de mí. ¿Esperaba que le siguiese? Y, ¿por qué quería ir tras él? Cogí aire, lo aguanté en mis pulmones y di los primeros pasos siguiendo los suyos hasta el exterior.
Al salir del recinto, la música tronante quedó ahogada con el cierre de las grandes puertas del local. Lo agradecí. Fuera había gente charlando, fumando, gritando, hablando o tirada en el suelo por el pelotazo que tenían. Así me vería yo, seguro. Estampado contra el suelo por una sobredosis. La idea no me gustó una mierda y dejé de mirar aquellas escenas, buscando de nuevo a ese chico tan… especial. Caminaba y se daba la vuelta asegurándose de que yo le seguía. Eso hice. Me agarré a la pared con una mano, pues en la amplia calle todo parecía más grande y menos controlado. Sentía que iba en un jodido barco por el mar oleado. El chaval desapareció en una esquina y fruncí el ceño. ¿Dónde quería ir? Ya estábamos bastante lejos de la discoteca y de la muchedumbre y no se veía a nadie en las calles. Al doblarla, le vi apoyado en la pared un poco más lejos, con las manos detrás de su espalda y mirándome cabizbajo.
Al fin llegué, dando tumbos una y otra vez, pero llegué. Traía la cara de mala hostia.
—Eh, deja de moverte. No soy tu perro para que tenga que irte detrás —me coloqué frente a él y me dio un pequeño mareo que me hizo doblarme hacia delante. Me sujeté colocando la palma de mi mano en la pared al lado de su cabeza. Estábamos muy juntos de nuevo.
Alzó la cabeza para mirarme con esos ojos de cachorro. Joder, era precioso. Carraspeé por mis pensamientos.
—¿Y cómo te llamas? —Tanto que había pasado y no sabía ni su nombre.
—Ehm… BIll… —murmuró.
—Pues yo Tom. —Asintió como si lo supiera, o eso me volvió a parecer.
—Vale, Bill. Te repito que no me van los tíos. Así que ahora me las piraré y mejor si no nos volvemos a ver más —le amenacé con darme el piro, aun siendo yo el que había ido tras él por mi propia voluntad.
—Estás muy bebido, Tom. Debería acompañarte a casa…
—¿Tú? Vamos, ¿y qué más? ¿También meterte en mi cama? —Estaba cabreado por la confusión y por ese beso. ¿Cómo me había dejado? Encima me gustó.
—No… yo… es que así no puedes volver solo. Te puede pasar algo —se mordió el labio mirándome con preocupación.
—He venido con un amigo, me iré con él. —Ni sabía si Andreas aún estaba dentro o se había marchado hace rato. Da igual, me arriesgué.
—Dame tu número de teléfono… por- por favor… —lo soltó sin más, como el beso. Lo dijo con miedo en las palabras, quizás por la reacción que yo pudiese tener.
—No. ¡No quiero nada contigo, plasta!
—¡Tom! No es para… tener nada conmigo. —Sentí que mentía.
—El nada significa también nada de amistad. —Apretó los labios y, nuevamente, vi como estaba a punto de llorar.
—Dámelo. No te molestaré, ¿vale? Sólo… quiero tenerlo. Por favor, Tom…
—Que te he dicho que no, maricona.
¡PAF!
Juro por mi puta vida que vi las estrellas, no, una galaxia entera, la vía láctea. El soberano guantazo que aquel niñato me metió en la cara, me la hizo girar al menos tres cuartos en dirección contraria de por donde me vino su mano. Hasta me tambaleé dando un par de pasos a un lado, pero en eso ayudó la borrachera que cargaba. La fui posicionando lentamente en su forma inicial y trayendo una mirada que de poder, le hubiese hecho añicos hasta convertirlo en polvo. La mejilla me comenzaba a escocer y seguro que me la había dejado roja.
—Hijo de pu… —Antes de acabar la frase, apreté los dientes y le agarré de ambos brazos clavándole los dedos en el cuero de la chaqueta. Sus ojos me miraron con pavor, sabiendo que la había cagado. Le di la vuelta con violencia y le dejé aplastado en la pared de un golpe con mi pecho. Le escuché quejarse y sollozar.
—¿Qué te pasa a ti, eh, subnormal? ¿Qué mierda intentas? Quieres que te folle, ¡a que sí! Sí, eso es la mariconada que quieres.
Esta vez no me replicó nada. Ni que lo intentara ahora que estaba viendo mi verdadero carácter de mierda. No iba a ser tan temerario, seguro. Le seguí bloqueando con mi cuerpo y él intentaba forcejearme para escapar sin éxito. Yo tenía al menos dos veces o tres más fuerza que él.
—¡No! ¡Suéltame! —lloriqueaba.
—¿Ahora se te han quitado las ganas? JÁ.
Solté uno de sus brazos para presionarle el cuello con mi mano. Le tenía enganchado de la nuca y le hacía daño a posta.
—¡Quieto, coño! —Me lo estaba poniendo difícil, porque aunque enclenque como era, se me escurría cada dos por tres.
—Me haces -ughh- daño… —absorbió los mocos.
—Si te duele esto, espérate a ver.
Una sonrisa malvada se dibujó en mis labios. Con la mano que me quedaba, la colé por un lado de su cintura rodeándole y buscando la hebilla de su cinturón. En el traqueteo, su culo me golpeaba una y otra vez mi entrepierna. Ahora estaba más cabreado que antes porque… la tenía a reventar.
Continúa…
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