Fic Toll de BitchUnleashed
Capítulo 2
En menos de media hora Tom estuvo de regreso con un carrito con dos platos de Spaghetti, dos vasos, una jarra de jugo y una canasta de pan cortado en rodajas
—¿Prefieres comer solo o acompañado?— Preguntó dejando un plato en la mesa de cristal que estaba junto al enorme ventanal. Ya era de noche.
—¿Acompañado por quien?— Preguntó como si no lo supiera. Tom le sonrió.
—Por mí, claro.— Contestó apoyando la jarra y un vaso en la mesa.
—Creo que me da igual.— Contestó esperando que se quedara, no le gustaba comer solo.
—Entonces me voy.— Resolvió muriendo por reír, pero se contuvo.
—Mejor quédate.— Dijo acercándose, maldiciéndose por ser tan tonto.
—De acuerdo.— Sonrió y terminó de dejar todo en la mesa. –Siéntate.— dijo separando la silla de la mesa. Bill tomó asiento en ella y Tom la acomodó caballerosamente. Luego tomó asiento frente a él. –Espero que te guste. Buen provecho.— Sonrió.
Bill asintió tratando de no reír de lo cómico que se le antojaba todo y comenzó a comer. Estaba delicioso.
Cenaron en silencio y tras terminar Tom juntó todo y lo puso en el carrito nuevamente.
—Estaba muy rico.— Dijo Bill tímidamente. Comenzaba a pensar que Tom tenía razón, no tenía porque tratarle mal si él no lo hacía.
—Gracias, le diré a la cocinera.— Asintió sonriendo. –Ahora tengo que irme. Regresaré por la mañana ¿si?— Bill asintió. –Buenas noches.— Le deseó caminando hacia la puerta con el carito.
—Tom…— Este giró. —¿No hay noticias de mi papá o Bob?— Preguntó en voz baja.
Estaba muy preocupado respecto a eso. ¿Por qué tardaban tanto?
—No.— Negó Tom. –Es que hago bien mi trabajo, y mis empleados igual.— Aseguró para que no se pusiera mal, podía ver la decepción en esos ojitos. –Además ellos no saben donde está esta casa. Es nueva.— Sonrió. –Que descanses Bill…— Dijo y se fue volviendo a candar la puerta.
El menor respiró profundamente y suspiró caminando a la puerta. Sonrió suavemente al ver en ella un pijama perfectamente doblado y planchado.
Se lo puso notando que era de su talla y le quedaba como hecho a medida. Luego apagó las luces y sin más se metió a la cama confirmando que si, era muy cómoda.
Pero por más lujos que le diera Tom, no sería lo mismo que estar en su casa. Ya extrañaba a Bob y a su madre. Ella todas las noches lo arropaba y le besaba la frente deseándole los mejores sueños.
Ya no podía esperar por regresar a casa. Y sinceramente no entendía porque se estaban tardando tanto…
.
• Día 2 •
Al día siguiente despertó por los fuertes rayos de sol que entraban desde la gran ventana, la noche anterior había olvidado cerrar las cortinas y ahora estaba despertando a las 8 am.
Bufando y maldiciendo al sol se levantó y se metió al baño para tomar una ducha y ver si lograba despertar del todo y no quedar como bobo.
&
En su habitación el jefe Kaulitz, o sea Tom, tenía una serie de monitores por los cuales controlaba que Bill no se quisiera escapar o no hiciera ninguna estupidez de las que un niño de quince era capaz.
Mientras se vestía se le ocurrió echar un vistazo y casi se cae de bruces al ver a Bill desnudo bajo el agua de la ducha.
Corriendo se sentó frente al monitor y sin sentir pena prestó atención a lo que veía.
—Joder…— Susurró sintiendo cosquillas en su vientre bajo.
Bill no solo tenía un rostro angelical sino que todo su cuerpo también lo era.
Y que bueno que se había puesto terco a la hora de comprar monitores y había elegido unos de alta definición y a todo color…
Podía ver como Bill se aplicaba champú en el cabello y la espuma caía recorriendo todo su cuerpo, perdiéndose en los rincones más pequeños y escondidos de ese pálido cuerpecito.
—Hm, mierda…— Gruñó sintiendo un calor importante.
La cámara del baño estaba bien escondida en el rincón sobre la puerta (y además era diminuta y tenía sistema antivaho), por lo que Bill le daba la espalda y enseñaba su pequeño, redondito y blanco trasero a Tom.
A este casi se le caía un hilito de baba de tan solo verlo… Y ni hablar de que su miembro ya le pedía atención.
El pelinegro menor comenzó a frotar el jabón por su cuerpo. Primero su pecho y hombros, luego su vientre y los costados, y mientras se acercaba a los muslos una mano del trenzado serpenteó a su miembro masajeándolo por encima de la ropa.
El menor dejó el jabón y comenzó a pasar sus manos por todo su talle para quitar el jabón. Tom metió su mano por dentro de su pantalón y empezó a masturbarse mientras Bill se ponía un poco de crema enjuague.
—So maybe tomorrow… I found my way…— Comenzó a cantar el menor mientras esparcía la crema por su larga cabellera.
—Hmm…— Gimió sonriendo al oírle y aumentó el ritmo de su mano.
Tenía una voz muy dulce y no era por pervertido o pedófilo pero ese chiquillo le encantaba… Y le excitaba.
Enseguida Bill cerró la ducha y comenzó a secarse ocultando su bello cuerpo tras la toalla. Entonces Tom cerró los ojos tirando el cuello hacia atrás y jadeando le imaginó como hace instantes, viniéndose finalmente entre sus dedos…
&
—Buenos días.— Sonrió media hora después, ingresando en la habitación de Bill con el carrito y el desayuno sobre él.
Ni bien entró Bill se levantó de la cama, donde estaba sentado, y Tom no pudo evitar recorrerle de arriba con los ojos. Llevaba puesta la misma ropa del día anterior, porque no tenía otra, pero el trenzado ya no veía la ropa. Ahora recordaba su esbelto cuerpo y podía imaginarlo desnudo y hermoso.
—¿Cómo estás?— Preguntó con la garganta ceca. Tenía que controlarse o se iba a poner duro ahí mismo.
—Bien.— Contestó mirando la bandeja. –Ya tenía hambre.— Sonrió.
Tom le devolvió la sonrisa y carraspeando comenzó a dejarle una taza de café, las tostadas y la mermelada en la mesa de cristal.
—Enviaré una mucama.— Señaló la cama desecha.
—¿No te quedarás a desayunar?— Preguntó importándole tres pepinos y un tomate la cama, preocupado porque Tom solo había llevado una taza. Este le miró sonriendo ampliamente y su estómago se revolvió.
—Lo siento, no puedo. Debo ir a entrenar.— Explicó sonriendo.
—¿Entrenar?— Preguntó frunciendo la nariz. Y el de trenzas amó ese gesto.
—Si, estaré en el jardín.— Señaló la ventana. —¿Te gustaría desayunar en la terraza y verme?— Bill asintió de inmediato con una linda sonrisa y el mayor no tardó ni cinco segundos en volver a poner todo en el carro y llevarlo a la mesa de madera que había en la terraza bajo una sombrilla. –Estaré allá.— Señaló al hombre junto a la piscina.
Era un tipo asiático y vestía solo unos pantalones negros, y hacía movimientos con las manos como si estuviera peleando con el hombre invisible.
—¿Tú vas a hacer eso?— Preguntó Bill sin creérselo de verdad.
—Si.— Sonrió Tom abriendo la silla en donde se sentaría el menor. Entonces este comenzó a reír mientras se sentaba y el de trenzas le acercaba la silla.
—Eso no me lo puedo perder.— Dijo aun riendo.
—¿Te parece gracioso?— Preguntó ofendido.
—Muy.— Asintió sonriendo. –Apuesto que no puedes hacer ni una de esas… piruetas.— Tom rió.
—Eso ya lo veremos.— Le guiñó un ojo y le dejó a solas.
Bill comenzó a desayunar y al poco tiempo vio como Tom se acercaba al hombre asiático saludándolo uniendo sus manos e inclinándose, vistiendo nada más un pantalón de chándal blanco, enseñando sus perfectos músculos y ese bronceado de envidia.
No le quedó más que ponerse a reír cuando le vio hacer esas poses de karateka y reía más cuando Tom volteaba a verlo y negaba rolando los ojos.
Terminó su desayuno entre risas y se acercó a la baranda de piedra que rodeaba la terraza cuando Tom y el chino, japonés o coreano, comenzaron a pelear de verdad. O eso parecía, porque no creía que se golpearan en serio, o al menos no muy fuerte. Pero lucía muy real.
Sus ojos destellaron en cuanto el trenzado comenzó a lanzar patadas y golpes largos con los puños. Y más aun cuando logró derribar al asiático y le puso un pie en la garganta en posición de victoria. Entonces Tom volteó a mirarle. Bill le sonrió.
—¿Qué tal?— Dijo Tom dejando al hombre incorporarse. Bill comenzó a reír y a aplaudirle.
El mayor sonrió y negando divertido volvió a entrar a la casa.
.
• Día 4 •
—¡Hm! Ah, ah… ¡Oh, joder!— Exclamaba Bill mientras jugaban al Play Station. –Maldito muñeco gay.— Maldijo a su jugador en pantalla.
Tom rió y apretando un último botón dio por finalizada la pelea de los personajes dándose victoria.
—¡Has hecho trampa!— Exclamó el menor, claro que era mentira. –Además no es justo, este juego no me lo sabía.— El de trenzas volvió a reír.
—Como sea, te gané.— Le acarició una mejilla y el menor se levantó algo incómodo.
—¿No se sabe nada de mi papá o Bob?
—No.— Sonrió Tom y apagó el aparato, ambos salieron del pequeño playroom. El pelilacio suspiró sentándose en la cama.
—¿No me vas a matar? ¿O les has pedido dinero?— Quiso saber.
—Nada de eso. De momento estás aquí.— Explicó sonriendo. Bill asintió y recostándose en la cama encendió la TV, el mayor se sentó a su lado.
—Oye Tom…
—Dime.
—¿Hay alguna manera de que mandes a traerme ropa de mi casa? Es que esta ya da pena…— Bromeó. –Y apesta.— Eso era cierto.
—No, lo siento.— Sonrió negando. Bill infló los cachetes y luego liberó el aire junto con la bronca.
—De acuerdo.— Murmuró y colocó algún canal de música.
—No puedo hacer eso, pero hay otra manera de solucionar el problema.— Explicó acariciándole el cabello. Bill era tan hermoso… Y mucho más cuando le miraba con esos ojitos de gatito de Shrek.
—¿Cómo?— Preguntó sentándose y alejándose de esa mano grande que le acariciaba con tanto cuidado.
—Podemos ir de compras.— Sonrió y las cejas de Bill se fueron al cielo.
—¿Qué?— Sonrió sorprendido. –Estas bromeando…
—Claro que no.— Rió. –Anda dime, ¿a dónde te gusta ir de compras?
—¿Milán?— Sonrió de broma.
—De acuerdo.— Asintió levantándose de la cama. –Alístate, iré a preparar el jet.
—¡¿Qué?!— Exclamó. –No, no. Espera, solo era un chiste. ¿De verdad me vas a llevar a Milán de compras?— Preguntó escéptico.
—Claro bebé.— Asintió sonriendo. —¿No quieres?
—Si, pero…— No lo entendía. —¿Qué no me tienes secuestrado?— Le recordó.
—Digamos que soy un captor… ¿flexible?— Dudó.
—Si, eso creo.— Frunció el ceño.
—En fin, en media hora partimos.— Le sonrió y tomó el pomo de la puerta.
—Oye ¿es en serio?
—¡Si Bill!— Rió y se fue.
El menor tragó saliva y miró a su alrededor. Esto no era posible. “Secuestrado”, por un tipo que le hacía mimitos todo el tiempo, en una mansión de lo más lujosa, y a punto de viajar a una de las capitales de la moda a comprar ropa porque no podían ir a su casa y traerle de la suya…
—Es un lunático.— Susurró con miedo. –O quizás… ¿Le gusto?— Se preguntó a si mismo. Luego hizo una mueca de asco. –Dios mío.— Gimoteó y se sentó en el sofá a mirar tele.
No iba a arreglarse porque no tenía con que. Así que esperó y en 30 minutos exactos Tom estuvo de regreso con una enorme sonrisa.
—¿Vamos?
—¿Seguro que no estás tratando de sacarme del país para matarme y que nadie se entere y no queden rastros de mi cadáver?— Preguntó Bill desconfiando. Tom rió.
—Si no quieres ir me voy solo y ya.— Alzó los hombros sonriendo.
—Nada de eso. Yo también voy.— Sonrió y corrió fuera de la habitación. –Al fin he salido.— Suspiró sonriendo. Tom rió.
—Vámonos. El piloto nos espera.
—¿También tienes un avión privado?— Preguntó mientras bajaban las escaleras. Los Trümper también tenían uno, obvio.
—Si, es un jet.— Sonrió. –Es bonito.— Concedió y salieron al exterior. Entonces Bill respiró profundamente, cual preso lejos de las rejas.
—Oh si…— Gimió y dio una vuelta en su lugar. –Gracias por sacarme.— Rió.
—De nada.— Sonrió Tom y le guiñó un ojo. –Sube.— Dijo abriendo la puerta de copiloto del Audi.
—¿Me vas a tapar los ojos?
—No.— Contestó y cerró la puerta de Bill, rodeando el auto y subiendo al coche, en el asiento de chofer. Enseguida arrancó y pisó el acelerador, en dirección a la izquierda de la mansión.
—¿A dónde vamos? Creí que íbamos en tu jet…
—Si, si. Vamos al hangar.
—Ah… ¿Queda muy lejos?
—No allá está.— Señaló un enorme galpón a un kilómetro de distancia o un poco más.
Bill sonrió y a medida que se acercaban podía distinguir el jet color blanco que salía del hangar. ¡Era increíble que Tom le fuese a llevar a Milán de compras!
Una vez que llegaron bajaron del Audi y se dirigieron directamente al jet. Era realmente grande. Casi más que el propio jet Trümper, pero no iba a decirlo.
—Es nuestro es más grande.— Mintió mientras entraba en el avión. Todo era lujo, con marcos color dorado y paredes de madera tipo roble. –Y mejor.— Mintió otra vez.
—Ya he visto tu jet Bill.— Confesó Tom con cara de circunstancia. Bill maldijo por lo bajo y se sentó en el asiento que el mayor le señalaba.
—Tú me molestas todo el tiempo. ¿Por qué no me dejas hacértelo?— Se quejó.
—Porque tú eres el secuestrado aquí, es decir: la victima. Yo soy el secuestrador, osea: el victimario. Y con esto me refiero a que: yo molesto y tú te jodes.— Sonrió sentándose a su lado.
—Te odio.— Exageró entrecerrando los ojos. –De verdad, te lo digo…— Se cruzó de brazos.
—Y con lo bien que me caes…— Se lamentó riendo. –Permiso.— Sonrió colocándole el cinturón, aprovechando para acariciarle el vientre por encima de la camiseta.
Bill le echó una mirada envenenada, pero de todos modos se dejó hacer, luego Tom se puso su propio cinturón al igual que los guardaespaldas que iban sentados tras ellos y al poco tiempo despegaron.
El pelinegro menor no pudo evitar sentir un cosquilleo de emoción en su estómago. Todo era tan increíble.
Del techo se desplegaron varios plasmas, uno en especial frente a ellos y comenzó una película que no llegaron a terminar de ver porque ya estaban aterrizando en Italia.
—Llegamos.— Sonrió Tom desabrochando su cinturón, una vez en tierra firme.
—Ieiii.— Sonrió Bill emocionado desabrochando el suyo y levantándose del asiento. –Estoy emocionado.— Rió.
—También yo, vamos.— Sonrió Tom y tomándole de la mano tiró de él a la puerta del avión.
Porque por más mafioso que fuera, Tom no dejaba de ser un joven de 23 años que solo quería vivir la vida y disfrutarla al máximo. Y mucho más cuando sostenía la mano del muchachito que habitaba en su mente 25 hs al día.
Entonces bajaron del jet y se montaron a un Cadillac color negro. Tom manejaba, Bill iba a su lado y atrás dos guardaespaldas. Comenzaron a recorrer las calles de Milán y mientras tarareaban la canción de turno en la radio el trenzado estacionó frente a una tienda de Christian Dior.
—Bien, ¿qué dices aquí?— Preguntó directamente a Bill.
—¿Qué?— Preguntó con su mejor cara de bobo, moviendo su cabeza al ritmo de la música.
—¿Te gusta Christian Dior?
—Si, pero…
—Bien, baja.— Ordenó bajando el mismo del coche.
Bill se quedó estático, pensando en si realmente Tom sería capaz de comprarle ropa allí. Aun guardaba las esperanzas de que el trenzado le llevara a algún callejón y le matase a sangre fría.
—Vamos.— Sonrió el mayor abriéndole la puerta. El pelilacio tragó saliva y salió del auto.
Entraron en la tienda y les recibió un empleado todo amable invitándoles a ver la última colección. Eso hicieron y en menos de diez minutos ya tenían una pila de ropa que Bill iba a probarse. El dependiente le guió a la zona de probadores y mientras el menor se cambiaba, Tom se sentó en un sofá frente a los cambiadores con una copa de champaña que le habían servido.
—¿Qué tal?— Sonrió Bill saliendo del probador y posando frente al trenzado.
—Waw.— Se sorprendió. Bill lucía estupendo. –Voltea.— Pidió sonriendo y casi le da un infarto al ver como esos pantalones blancos le marcaban el trasero al menor. –Te queda pintado…— Comentó temiendo que se le escapara una gota de baba.
—Gracias.— Rió nervioso. –Me voy a probar otra cosa.
—¿Eso lo llevas?
—Si dices que me queda bien.— Asintió.
—Ajá, pintado.— Sonrió. Bill rió una vez más y se metió otra vez al cambiador.
Más de media hora después, ambos salieron de la tienda cargados de bolsas que pusieron en el maletero del Cadillac y luego de subirse a él partieron a recorrer un poco la ciudad. Todo era bellísimo. Y aunque ambos ya conocían Milán, no podían dejar de maravillarse.
Pasaban por la puerta de la Catedral cuando Bill recordó algo y se golpeó la frente.
—¿Qué pasa?— Preguntó Tom.
—Es que…— Negó sonrojándose.
—¿Qué?— Sonrió encantado de verle con la mejillas así.
—Nada…— Negó mirando por la ventana.
—Vamos Bill.— Rió. –Nada puede ser tan terrible.— Aseguró sonriendo.
—Es que no he comprado ropa interior.— Explicó sonrojándose mucho más.
Teniendo en cuenta que sospechaba que el mayor le quería para algo más que hablar y molestar a su familia, decirle que necesitaba algo para cubrir sus partes nobles le abochornaba totalmente. Además no quería que Tom pensara que le provocaba, no señor.
—No pasa nada.— Sonrió Tom ampliamente. –Ahora mismo podemos ir a Calvin Klein.— Dijo y dobló en la siguiente esquina, conocía la tienda y no estaban muy lejos.
En cuestión de minutos llegaron y nuevamente bajaron del auto, estaban a punto de entrar a la tienda cuando Bill se detuvo.
—Vamos.— Le sonrió Tom amablemente.
—¿Puedo entrar solo?— Le preguntó con las mejillas encendidas.
Tom suspiró. Le hubiera gustado entrar a esa tienda mucho más que a la anterior, pero si Bill no le precisaba, o no quería precisarle…
—De acuerdo.— Asintió serio. –Estaré en el auto.— Dijo caminando hacia el mismo.
Bill se mordió los labios y entró en la tienda maldiciéndose, se notaba de lejos que a Tom no le agradaba que le despacharan. ¿Pero que otra cosa podía hacer? ¡Se moría de vergüenza! Tom le ponía nervioso…
Continúa…
¿Te gustó el capítulo? Gracias por la visita.
¡POR DIOSSS QUE BUENO ESTA ESTE FANFIC!
Que bueno que te animaste 🙂