Fic TWC de Shugaresugaru. Temporada II
El heredero 21: Amar es combatir
—Billam quiere irse de aquí.
El asombro en la voz del mas joven de los príncipes era palpable. Estaba de pie, con el pecho desnudo, mirando hacia la noche desde la ventana, en la cual estaba apoyado. Tom, recostado sobre la enorme cama, alzó una ceja. Debería sentirse incrédulo y rabioso, pero su cerebro estaba saturado de endorfinas y los vendajes de su pecho medio manchados de sangre, producto de haber retozado con su hermano hacia un rato, de ese modo que ambos amaban.
—¿Y a donde quiere irse ese mocoso?— Tom ahogó un suspiro de fastidio y estiró la mano hacia su mesa de noche.
—No me lo dijo — Bill se pasó la mano por el espeso cabello negro. Su voz estaba claramente frustrada.
—Y supongo que se irá con ese sujeto despreciable.
—Supones bien ¿viste su actitud esta noche? me ofende particularmente el hecho de que haya estado tan complaciente con el, luego del atrevimiento de haberte herido.
—Billam es apenas un niño ingenuo, manejable e influenciable aún — Tom volvió a suspirar, ahora con cansancio. En sus manos tenía un pequeño frasquito lleno de láudano que Jean le había dado, advirtiéndole que solo podía tomar un par de gotas si es que el dolor era muy fuerte — realmente empieza a cansarme esta situación, Bill. Lo cuidamos. Llamamos a su hermano que por cierto, es Rey. Le asignamos guardias para que ese sujeto no se le acerque, y Billam de un momento a otro lo tiene pegado a él y dándole sonrisas idiotas además.
—Algo esta pasando. No es normal que ese chico actúe así. Su guardia no parece ser alguien de confianza y hasta antes de esta noche, habría jurado que Billam le tenía miedo, pero luego de la cena y esa actitud que vimos, no lo sé…
—¿Dijo algo mas sobre esa absurda idea de irse? — Tom abrió el frasco y le dio un sorbo. En el acto su garganta se impregnó con el amargo sabor del opio mezclado con alcohol puro, sin destilar si quiera.
—No, solo me pidió audiencia para mañana, para despedirse supongo, así que mañana veremos que sucede — entonces Bill se volvió hacia Tom, mirándolo de forma incrédula — creí que no te gustaba la idea de estar drogado.
—¿Como lo…?
—-Puedo sentir la amargura del opio en la punta de la lengua, no puedes engañarme tan fácilmente, hermanito.
Tom sonrió. En su boca ahora danzaba la esencia del azafrán, el clavo y la canela. Ingredientes que daban un sabor no tan fuerte al láudano.
Bill sonrió también y se acercó a la cama, trepando en ella después, y reptando con sinuosidad, como un gatito travieso, llegó hasta Tom y le besó con ardor, metiéndole la lengua muy profundo en la boca, encontrado ese sabor almizclado que sabía que iba a encontrar.
—Pues sí que eres perceptivo — murmuró Tom entre besos. Pronto, ambas bocas quedaron saturadas con el acre sabor de las especias, y al final, Bill se acurrucó en los brazos de su hermano, adormilado por el opio y sintiendo como los últimos retazos del dolor de la herida de Tom se desprendían de su pecho, se quedaron dormidos.
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Por la mañana, cuando mas brillante era la luz del sol, las puertas de la habitación designada al duque de Montpensier se abrieron de forma majestuosa, dándoles paso a los príncipes gemelos.
—Saludos Billam — el menor de los hermanos fue el primero en saludar al joven duque, cuyos ojos se mostraron sorprendidos, pero muy cálidos — espero no seamos inoportunos…
Tom permanecía al lado de su hermano, silencioso y alerta. Sus ojos registraban cada detalle de la situación, y le dedicó al duque una fugaz reverencia con la cabeza.
—De ninguna manera, es un verdadero placer — soltó el duque casi de inmediato. Y era cierto. El muchacho estaba ya vestido con pulcritud, con otro traje a medida hecho en Calabria. Pantalones negros de lino, botas pulidas, camisa de seda, y casaca abierta, y sobre todo aquello, una capa gruesa que claramente era de viaje. Su cabello negro brillaba como el satén y sus ojos azules y cristalinos resaltaban en la palidez de su piel. El chico se veía realmente impresionante.
Sobre la mesa, como vestigio del desayuno, quedaba solamente una taza llena a medias con té, y una tetera, junto a un platón lleno de bocadillos de azúcar de brillantes colores, y decorados con moras y frambuesas frescas.
Los ventanales estaban abiertos y la enorme habitación blanca estaba fresca.
— Por favor, siéntense ¿té?— los invitó, a lo que los príncipes accedieron.
El conjunto de sofás sobre los que se habían sentado ofrecía una vista panorámica del jardín más grande pero Tom echó un vistazo a la gran cama.
—Entonces te vas— sopló, alzando una ceja al ver el atuendo de Billam, y sobre la cama, un gran baúl ya cerrado.
—Me temo que sí, Alteza. Ya hemos abusado bastante de su hospitalidad y su… paciencia— murmuró, bajando la vista hacia el pecho de Tom, donde por debajo de la ropa, estaban los vendajes que protegían la herida que cada día estaba mejor.
—Pero Billam — el príncipe menor había seguido la línea de la mirada del duque, por lo que lo entendió a la perfección — no ha sido ningún abuso, apenas has estado aquí un par de noches… ¿es que acaso nuestro reino no te ha parecido acogedor?
Al escuchar aquello, los ojos de Billam resplandecieron de un modo extraño, totalmente inundados de una emoción muy parecida a la añoranza, pero se recuperó enseguida.
—Desde luego que si príncipe William, pero…
—Además — interrumpió Tom — Valdric está a punto de llegar, muy probablemente esté aquí mañana ¿cual es la prisa? Un día mas pasa rápidamente, y podremos hacer muchas actividades el día de hoy.
Bill asintió efusivamente ante las persuasivas palabras de Tom, e incluso Billam lució un poco tentado, pero al cabo de unos segundos, negó con suavidad.
—En realidad, Altezas, creo que haber llamado a mi hermano está un poco de más — rio con afabilidad, mostrando su impecable dentadura y empequeñeciendo los ojos — además, no es tan seguro que venga.
—Claro que es seguro, los propios informan que ha pasado el estrecho de Gibraltar y que el día de hoy ya esta recorriendo aguas italianas — añadió Bill.
—Insisto en que no tendría mucho sentido — Billam parecía un poco obstinado, pero no perdía para nada la dulzura de sus modos — mi hermano sabía acerca de mi viaje, de mi compañía y de lo largo de mi travesía… — entonces los azules ojos brillaron con astucia — a menos que lo hayan llamado porque desconfíen de mi, y de mi palabra — añadió con sencillez, bajando la mirada hacia sus enjoyadas manos, que reposaban sobre la tela negra de su atuendo.
—En absoluto — soltó Tom de inmediato, listo para lanzar otro de sus dardos venenosos — lo mandamos llamar porque has estado fuera por muchos meses y creímos que te agradaría verlo… ¿acaso no lo echas de menos?
—Mucho— respondió el Duque tras un segundo en el que sus ojos se tornaron vidriosos — pero el sabía que mi viaje sería prolongado, y por lo tanto, nuestro reencuentro será algo muy especial, pero me temo que va a demorar un poquito más. Además, mi hermano siempre tiene mucho trabajo, ocupado en negociar con otros lugares por mejoras en alimentación y materiales para nuestro reino.
No había caso, ni forma al parecer, de convencer al Duque de aplazar su viaje. Bill le lanzó una mirada extraña a su hermano, quien enseguida replicó.
—En realidad, Billam — musitó con seriedad, mientras se inclinaba hacia adelante, con una mirada un tanto siniestra — ese sujeto que te custodia, si nos genera mucha desconfianza.
—No es del porte que un Duque se merece— complementó Bill con la misma seriedad — en realidad pensé que Tom exageraba, pero después de el hecho de que se atreviera a dañar a un príncipe con tanta frialdad… su actitud se ha vuelto francamente cuestionable.
—Reitero mis disculpas en cuanto a las actitudes de mi guardia. En realidad se toma muy enserio su trabajo, aunque en cuanto a esa desatinada pelea, sinceramente creo que solo él y el príncipe Thomas saben cuales fueron los motivos. Mi guardia me ha dicho que era solo por práctica, no se si su Alteza — dirigió sus ojos a Tom, cuyo rostro se había ensombrecido — deba desmentir tal información y por ende, entonces aplicar el debido castigo a Theo.
—No importan las razones — Bill empezaba a impacientarse — lo que importa es semejante atrevimiento.
—Fue únicamente por práctica — afirmó Tom obstinadamente — y tampoco fue para tanto — dijo, agitando el brazo izquierdo con mucha mas firmeza que antes — Jean asegura que mi cicatrización es sorprendente.
—Me alegro en verdad— musitó Billam, tan poco convencido como William acerca de las afirmaciones de Tom, pero como era un príncipe, nadie podía contradecirlo.
—Bueno… si no hay nada que podamos hacer para persuadirte de quedarte… — Bill hablaba con los ojos opacos y los hombros hundidos — al menos espero que puedas despedirte de nuestros padres, y de los otros soberanos hospedados aquí.
—Desde luego — confirmó el duque, aun sonriendo — nunca me iría sin agradecer a mis anfitriones por todas sus delicadezas hacia mí y hacia mi tripulación.
—¿A que hora planean salir?— cuestionó Tom, dándole una hojeada al reloj que estaba pegado en la pared.
—Una hora después del mediodía, antes de que suba demasiado la marea.
—Espero entonces que hayas ordenado una cantidad suficiente de atuendos dignos de tu rango para tu viaje Billam, sabes que puedes disponer de todos los recursos disponibles de Calabria si es que te ayudan en tu viaje.
—Lo mismo en cuanto a provisiones, vino, comida, armas y cuanto necesites— ofreció Tom en cuanto su hermano terminó, a lo que Billam asintió con amabilidad.
—Agradezco enormemente su amabilidad y sus ofrecimientos, los acepto todos con gusto y los honraré como ustedes lo merecen.
—Ojala pudiésemos hacer mas por ti, querido Billam. Sabes que eres bienvenido en Calabria en cuanto desees volver.
Después de agradecerles, el Duque fue acompañado hasta el salón del trono, en donde los reyes de Calabria departían animadamente con sus invitados, quienes se mostraron desconcertados por la intempestiva partida del joven.
Los soberanos de Calabria cuestionaron si había pasado algo que lo incomodara, a lo que el joven noble negó. Los reyes de Mónaco le desearon éxito en su viaje, en tanto los gobernantes de Normandía le hicieron prometer hacerles una pronta visita, asegurándole que grandes fiestas y exquisitos banquetes lo recibirían.
Tanto la princesa Ambrosía, como la princesa Felitza se mostraron un poco descontentas y desanimadas, pues se habían acostumbrado ya a la tranquilizadora y amigable presencia del Duque y disfrutaban de sus agradables charlas y exquisitos modales, y su ausencia significaba una gran disminución en sus actividades diarias, como jugar entre risas al billar, charlar sobre cada reino al cual pertenecían, o cuando se reunían a jugar cartas o a leer al calor de las chimeneas.
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Conforme pasaba el tiempo, el semblante del Duque comenzó a tornarse levemente conflictuado, como si dentro de él lucharan las ganas de irse contra el profundo anhelo de quedarse en la idílica tierra en la que se encontraba.
Salieron del palacio cerca de las once de la mañana en enormes carruajes tirados por caballos imperiales. El Rey de Calabria había instado a sus hijos a despedir al duque directamente en los muelles, de modo que llegaron temprano, y vieron como la tripulación abordaba el barco y le indicaban a los porteadores calabreses en donde podían acomodar tanto los equipajes, como las grandes cantidades de provisiones que Calabria había obsequiado al Duque para que no lo pasaran mal durante el resto de su viaje.
Luego de algunos minutos de observar en silencio las maniobras a bordo de la fragata de Billam, este se acercó a Bill disimuladamente.
—¿Podemos hablar a solas, Alteza?— preguntó el Duque en voz muy baja cerca del oído de Bill, quien asintió luego de darle una ojeada a su hermano. Tom no había escuchado nada, estaba absorto mirando de modo asesino al guardia de Billam, que a su vez estaba atento a lo que sucedía en el barco.
—Desde luego — aceptó el príncipe. Se alejó unos pasos con Billam mientras mandaba con solo una mirada a Lucca y a Nico a no separarse ni cinco centímetros de su hermano. Tenían ordenes claras. Si el tal Theo intentaba acercarse a Tom, debían suprimirlo de inmediato. Bill no iba a arriesgarse nuevamente.
—Es quizá porque se acerca mi partida, que la añoranza empieza a carcomer los bordes de mi alma — se sinceró el joven, mientras ambos caminaban despacio sobre la rocosa orilla que se iba elevando poco a poco de la playa.
—Reitero nuestro ofrecimiento Billam. Sabes que puedes quedarte aquí hasta que te plazca.
—Del mismo modo reitero yo mi profundo agradecimiento, pero… es preciso que continúe con mi viaje— repuso el duque en voz muy baja, con la mirada perdida en el horizonte — debo decir que estoy profundamente complacido y agradecido de saber que alguien como tu, príncipe William, gobierna este lugar que siempre me ha parecido tan enigmático.
Bill no respondió enseguida, pero sus ojos brillaron con agradecimiento.
—Aunque ahora se que fue muy complicado que sucediese — continuó el Duque — me parece que es algo que debía ocurrir…
—Mi camino en la vida ha sido difícil, pero nunca perdí la fe. Estuve a punto de rendirme cuando supe la verdad, mi mente estaba colapsada, y mi espíritu quebrantado, ni hablar de mi cuerpo que se hallaba al límite de sus fuerzas. Pero en esos momentos, tan difíciles y tan oscuros, lo único que me hizo aferrarme a vivir fue el hecho de saber que por fin tenía a Tom, que tenía una familia, de modo que debía luchar por ellos y por la vida que siempre quise vivir. Por la vida que ahora tengo. Y luché con todas mis fuerzas, Billam, nadie iba a volver a quitarme aquello que yo anhelaba con tantas ganas.
Billam escuchaba atentamente, procesando las palabras del príncipe, como tratando de conciliar lo que el muchacho había vivido con su presente, en donde a pesar de las cicatrices y la mirada que a ratos se le perdía, se comportaba a la perfección, centrado y noble.
—Sabias palabras Alteza, propias de quien ha vivido lo que has vivido tú. Realmente, si me atrevo a decir, estas charlas son lo que mas extrañaré— suspiró el duque, y si Bill hubiese sido menos observador, habría obviado el murmullo quebrado en el que el chico habló, como si sus palabras fueran dictadas por un cerebro adoctrinado para hacerlo, y no como un espíritu que desea continuar con su travesía.
Para Bill quedó clara y confirmada la sospecha. Billam no deseaba irse. Pero algo lo obligaba a hacerlo.
—Puedes escribirme, o visitarme cuantas veces desees Billam, espero en verdad no perderte de vista por demasiado tiempo. Las travesías tan largas nunca son buenas. Debes volver a tu reino, y demostrar a tu pueblo ese hermoso y noble carácter que tienes, y que se, que tu hermano debe echar mucho de menos.
Billam no respondió. Sus ojos, tan húmedos como el mar se cerraron con cansancio, y su frente se distorsionó por un segundo en el que el duque pareció decidir algo. Su blanca mano desapareció durante un segundo dentro de la casaca, y después había un pequeño sobre de pesado pergamino entre las manos de William. El príncipe examinó la carta, doblada pulcramente y cerrada con cera y el sello real de Calabria.
El duque detuvo al príncipe justo cuando estaba por abrir el sobre.
—Es solo una nota de agradecimiento, príncipe, y por favor, lo único que pido es que la lea cuando haya serenidad y paz a su alrededor.
Bill le lanzó al duque una mirada un tanto enigmática que culminó con una sonrisa ladeada, antes de guardar el sobre dentro del bolsillo forrado en seda de su chaleco. Aquello se le antojó de mal augurio, pero no dijo nada más.
Mientras el duque y el príncipe emprendían el camino de regreso, Tom seguía de pie en el muelle, rondado por tantos guardias que el efecto empezaba a marearlo. Y las sonrisas cortantes como el filo de una navaja que a ratos le dirigía aquel sujeto, lo ponían de un humor de perros; tanto, que en aquel momento en verdad sintió un poco de odio hacia su hermano por apoyar la absurda decisión de Billam. Mas cuando el ya tenía el cañón principal de Omaggio apuntado a la proa de la negra fragata, aunque después de unos minutos de reflexión, descubrió lo cansado que se sentía, de todo y de todos.
Observó en silencio como el sujeto de ojos grises bajaba de su barco dando un salto triunfal y se dirigía a él en línea recta y sonriendo fanfarronamente; mas a unos metros de Tom, los guardias calabreses, Nico y Lucca le cerraron el paso con las lanzas.
—Se te suele olvidar el estatus muy seguido ¿no es así?— gruñó Nico, tensando la lanza y haciendo sonreír a Tom.
—Oh vamos, solo he venido a agradecerle a su Alteza la hospitalidad.
—Deja que se aproxime — autorizó el príncipe, y con renuencia, los guardas bajaron las lanzas y no se movieron un ápice.
—Se lo dije, mi querido príncipe numero uno, que lástima que los deseos del príncipe numero dos no puedan ser complacidos.
—En realidad no me interesa lo que digas o pienses. Si Billam tiene tantos deseos de ponerse en manos de un infeliz rufián como tu, que lo haga, ya es lo suficientemente mayor para saber lo que esta bien y lo que está mal, y por otro lado, me dará mucha alegría ver que te largas de una buena vez de mi reino, no haces sino contaminarlo todo con tu deshonrosa existencia.
—Oh vamos, no nos adentremos a hablar de lo que esta bien o esta mal, porque no es precisamente un tema que usted domine a la perfección, Alteza.
Tom puso los ojos en blanco al oírlo, se dio la vuelta y caminó lejos de aquel tipo, agradeciendo la presencia de los guardias que volvieron a cruzar las lanzas frente a él, ya que de no estarlo, probablemente ya hubieran desenvainado de nueva cuenta las espadas.
En ese mismo momento, su hermano y el duque estaban regresando del extraño paseo que habían dado, y Tom descubrió con sorpresa, que no quería saber de que habían hablado. Sentía algo de rencor hacia Billam por su afán de irse, casi como si estuviera incómodo en Calabria, además de un leve resabio de celos por el hecho de que el duque le robaba el tiempo con su hermano. En verdad sentía tantos deseos de que se fueran de una vez, como de atacar a cañonazos la fragata y hacer el baile de la victoria mientras se hundía y toda la tripulación de Billam se ahogaba.
La despedida no se prolongó por mucho mas tiempo. El duque y el menor de los príncipes compartieron un abrazo, Tom le estrechó la mano con seriedad y observaron como el ancla era elevada y los amarres soltados del muelle. Poco a poco, navegando con ligereza, el negro navío se alejó de la costa, siendo revoloteado por una bandada de gaviotas.
Los príncipes lo observaron un rato, rodeados de sus guardias y permaneciendo en silencio. Tom se encontraba mucho mas tranquilo ahora que se habían marchado, la herida no le dolía casi nada ya, la brisa danzaba entre su cráneo trenzado y refrescaba sus ropajes, mientras que su hermano contemplaba con calma la iridiscente espuma del mar. En realidad ninguno sentía deseos de volver al palacio, y casi sin darse cuenta, comenzaron a caminar sobre la orilla rocosa, justo donde las olas llegaban a reventar, bañándolos a veces de brisa salada.
—Sabes Tom, siento que algo esta mal…
Tom sentía que todo estaba mal, pero hizo a un lado todos sus pensamientos y sentimientos, y le dedicó su total atención a Bill.
—¿Algo con Billam?— cuestionó. La punta de su bota encontró una piedrecilla suelta y el príncipe le propinó una patada que la hizo salir volando hacia el mar.
—Algo en general — el rostro del mas pequeño de los príncipes se nubló de preocupación mientras seguía con sus ojos la trayectoria de la piedra hasta que se hundió con un ligero plop — no se si llamarlo presentimiento…
Tom miró hacia el mar mientras pensaba y fantaseaba con que siguiendo a Billam, se iba Ambrosía con toda su familia y de paso se llevaban a los soberanos de Normandía, pero no podía tener tanta suerte…
—¿Que fue lo que te dijo Billam antes de irse?— cuestionó Tom con bastante renuencia.
—Nada en concreto realmente— respondió Bill enseguida, luciendo perplejo. Ambos se detuvieron en ese momento, pues un gran grupo de gaviotas estaba armando barullo cerca de la orilla. Tom sabía que a su hermano le gustaban esos pájaros que a él le parecían unos oportunistas con alas — no se porque nos separamos tanto, si solo me comentó que iba a echar de menos nuestro reino, y en verdad lo noté entristecido y hasta algo asustado.
—Pues quizá por el hecho de seguir ese estúpido viaje que no tiene ni pies ni cabeza…
—No Tom, es algo más, estoy seguro… — rebatió Bill con los ojos clavados en un par de gaviotas que se gritaban la una a la otra con fiereza.
Y en ese momento, Bill recordó la nota que el duque le dejó, con instrucciones precisas de leerla cuando estuviera en paz. ¿Que mas paz podría tener que esa misma? estando a solas con Tom, rodeados de mar. No habría mejor momento para leerla. De modo que metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó el pequeño sobre sellado y decorado con los colores imperiales de Calabria. El papel de la nota, sin embargo, se notaba diferente, un poco más envejecido y sin duda mucho más manoseado que el inmaculado sobre, de los cuales, cada habitación del palacio tenía en abundancia.
—¿Que es eso?— cuestionó Tom de inmediato, viendo el papel en la mano de su hermano.
—Una nota de agradecimiento, me la entregó Billam hace un rato.
—Son demasiados agradecimientos ¿no lo crees? — comentó distraidamente el príncipe mayor, alzando una ceja— casi no recuerdo al rey Valdric, pero no creo que haya sido tan adulador como Billam, tendré que preguntarle a nuestro padre.
Pero Bill estaba ya ocupado en abrir la nota como para darle sentido a las palabras de su hermano. Sin embargo no fueron agradecimientos lo que encontró escrito en la carta de Billam. El papel temblequeó en su mano cuando el viento húmedo lo sacudió.
Su corazón se estrujó con tal fuerza en su pecho, que el dolor llegó hasta el pecho de Tom, que se quedó en silencio, contemplando como el horror se cincelaba en la delicadeza de los rasgos de su hermano.
—¿Bill…?— las manos de Tom se encontraron enseguida sobre los hombros de su hermano, apretando con firmeza su piel, como para cerciorarse de que estaba bien, y que estaba ahí —¡¿que sucede?!
—Son piratas Tom — murmuró con la voz ahogada, los ojos vacíos de emoción fijos en Tom — son piratas y Billam es su rehén.
Tom le contempló por un instante sin comprender hasta que el cerebro de Bill pudo reaccionar.
—!Son piratas! — gritó, tendiendo la nota a Tom, que la escaneó en un segundo.
—¡Maldita sea! — gruñó el mayor de los hermanos, estrujando la nota en su puño y volviendo su vulpino rostro hacia los guardias que esperaban tensos a varios metros de distancia. Más al ver la expresión en el rostro del príncipe casi volaron a su encuentro.
—Lucca, que preparen el galeón para pelear, lo quiero lleno de balas y lleno de soldados. ¡Ya mismo!— ordenó con fiereza.
—Omaggio esta listo para la lucha alteza, se encuentra cargado y preparado, daré la instrucción al capitán para que aliste a los soldados y suelte las amarras del barco. — respondió el eficiente guardia. Acto seguido se marchó dejando a Nico y a Marcus convertidos en las sombras de sus soberanos.
—Bien, saldremos en diez minutos — añadió Bill, tan furioso que tenía las aletas de la nariz dilatadas — su guardia, que le rondaba como perro de caza sintió un escalofrío de preocupación.
—¿Por qué demonios Billam no nos dijo nada antes?— bufó Tom mientras caminaba deprisa junto a Bill hacia sus aposentos.
—Porque seguramente lo tiene amenazado, maldita sea, ahora entiendo tanto.
Llegaron a sus habitaciones en ese momento, y de forma rápida se cambiaron los elegantes ropajes por pantalones de algodón negro, camisas blancas y chalecos remachados. Bill se colocó los brazaletes de comandante y Tom enfundó su espada creando un potente sonido de choque metálico.
Sus corazones bombeaban con la emoción y el nerviosismo que un futuro combate trae consigo, y tras colocarse los yelmos bajo el brazo y tomar los arcos y flechas, salieron de nuevo, decidiendo no informar de momento a sus padres. Los reyes se enterarían tarde o temprano y se haría un lío tremendo, pero si les informaban en ese momento, no les permitirían ir tras los piratas, y la sangre de ambos gemelos clamaba por venganza.
—¿Que esta pasando Bill?— increpó de inmediato Georg olvidándose de los modales y los protocolos. Los estaba esperando en el pasillo. Sus ojos verdes ya agitados, se dilataron de pánico al ver a los príncipes con esos atuendos que nunca usaban.
—Esos imbéciles que viajan con Billam no son mas que asquerosos piratas, y Billam es un rehén— bufó Tom mientras los tres caminaban dando largas zancadas. Los tintineos metálicos de los ropajes y armas que llevaban resonaban de modo siniestro.
—¡¿Piratas?!— medio aulló Georg, a quien la comprensión le cayó encima como chorro de agua helada — podrían ser los mismos que atacaron la isla de kefalonia— murmuró de forma pensativa.
—¿Kefalonia? — preguntó Tom con la duda en los ojos, que se habían vuelto dos rendijas.
Bill lo miró de reojo e hizo una mueca de culpabilidad. Un oscuro mechón de cabellos le adornaba la frente y lograba distraer un poco a Tom de su coraje.
—Me lo dijo Georg ayer — dijo, con la voz entrecortada por el hecho de caminar tan deprisa — la mina esta produciendo mucho y puede llegar a ser peligroso. Un grupo de piratas atacó hace poco a Kefalonia y dejaron devastado el poblado de Argostoli.
—Debiste decírmelo — gruñó Tom, aumentando los niveles de culpa de Bill. Georg permanecía callado, caminando y pensando a toda velocidad.
—Lo siento Tom, la verdad es que ya lo había olvidado… con todo lo que esta sucediendo…
Bill no pudo seguir hablando porque salieron por un pasillo un poco angosto y medio escondido en el jardín, donde aguardaban los caballos ya ensillados. Debían portarse discretos hasta abandonar el palacio.
—Espera, Tom, aun no puedes montar — Bill se colocó entre Tom y su caballo, recordando repentinamente que Tom seguía herido y que quizá no podría sostenerse del caballo.
—No digas boberías Bill— declaró el mayor de los príncipes, rodeando a su caballo, revisando la capizana y el guardarriendas que eran de acero puro. Ambos caballos estaban blindados con armaduras en los lugares mas vulnerables del cuerpo — no pienso perderme esto por nada del maldito mundo — dijo cuando había dado una vuelta completa a Aquiles, y tras dar un leve salto, estuvo montado encima de él, resoplando de furia.
Bill lo imitó y montó a su caballo dando un gracil salto, pero sin quitarle el ojo de encima a Tom, por si le fallaban las fuerzas, pero Tom estaba tan furioso que solo sentía el rugir de su sangre corriendo enloquecida por sus venas.
—Geo, por favor, evita que nuestros padres sepan por ahora lo que esta sucediendo.
—¿Estas loco Bill?— Georg manoteaba con furia al hablar, poniendo nerviosos a los caballos — se va a liar la de Dios cuando sepan que tu y tu hermano han ido a enfrentarse con piratas, joder ¡que son unos malditos salvajes!
—Nosotros no somos ningunos estúpidos — bramó Tom, lanzando al de los ojos verdes una mirada de ardiente furia — y esos salvajes de los que hablas tienen a un duque como rehén, así que debemos actuar rápido, además aunque me pusiera de rodillas a suplicarle a Bill que se quede, se que no lo hará, así que haz lo que se te ha pedido y se acabó. ¡Sujétate bien, Bill!
Tras decir aquello, Tom acicateó a Aquiles luego de darle una palmada a capriccio en el lomo, y ambos caballos partieron a todo galope, dejando a un furioso y preocupado consejero detrás.
En el muelle, solo el capitán de las tropas estaba a la espera, de modo que cuando vio crecer una nube de polvo en la lejanía, supo que el momento había llegado.
Los príncipes desmontaron en un segundo, y seguidos por sus guardias, abordaron el enorme galeón, que ya se mecía sobre las inquietas aguas, listo para hacerse a la mar.
—¿Todo listo?— cuestionó Tom al llegar a la cubierta principal, donde el capitán del barco saludaba con una reverencia.
—Estamos preparados, alteza.
Había varios soldados en las cubiertas del enorme barco, todos armados con espadas, escudos y flechas, algunos cargando los cañones principales, otros ajustando los mástiles y las velas y algunos otros entrecerrando los ojos ante la brisa salada, atentos a su alrededor. El enorme barco dio una leve sacudida y con un ondulación que iba creciendo, comenzó a tomar velocidad.
—¿Nuestras ventajas y desventajas?— inquirió Bill en ese momento, parándose al lado de su hermano, aturdiendo al capitán con el desmesurado parecido entre ellos.
—¿Ventajas? prácticamente todas Alteza. Este galeón es una embarcación deslumbrante y poderosa, esta bien artillado y tiene una tripulación a la altura. Quizá la única desventaja sea que por su tamaño es un poco mas lento, pero la fragata en la que huyen esos malditos piratas iba navegando ligera, no va huyendo, de modo que será muy fácil alcanzarla, y teniéndola en la mira, por mucho que aumenten su velocidad, las balas de nuestros cañones la alcanzarán con una precisión casi absoluta.
—Excelente— silbó Tom entre sus mandíbulas apretadas por el coraje —¿cuanto tiempo?
—Un par de horas como mucho alteza, vamos a toda máquina…— murmuró el capitán, cuyo semblante estaba preocupado a pesar de las ventajas que claramente había mencionado hacía unos instantes.
—¿Que sucede?— cuestionó Bill, que gracias a su aguda percepción, notó casi al instante la preocupación en el rostro del capitán.
—Bueno… cuando mencioné las desventajas…
—Dijiste que no había prácticamente, ninguna desventaja — gruñó Tom en un tono peligrosamente contenido.
—Alteza, nuestra mas grande desventaja es que se trata de piratas, las alimañas mas rastreras y traicioneras que han pisado la faz de la tierra, y tienen a ese pobre chico de rehén. Los piratas son como las ratas, primero intentarán huir, y cuando se den cuenta que la huida es imposible entonces atacarán, buscando nuestro punto mas débil, y no creo que se vayan a tocar el corazón para utilizar al duque a como mejor les convenga, les sugiero que se preparen para un resultado no tan satisfactorio para todos nosotros.
Ambos príncipes parpadearon en shock, y experimentaron todo tipo de sensaciones. La mano de Bill apretó aun mas la estropeada nota del duque, mientras que Tom sentía su interior sangrar de rabia al recordar como habían sido engañados por un maldito pirata.
Recordaba a ese infeliz bastardo burlándose de ellos, fanfarroneando como la escoria que era, disfrutando de un lugar y unas atenciones que no se merecía y que no merecería jamás. Se odió a sí mismo por no haberlo matado en todas las cuantiosas oportunidades que había tenido. Habría sido tan fácil como respirar mandar a Lucca a clavarle un puñal en la garganta durante la primera madrugada, y como un imbécil no lo había hecho. Recordó a ese mal nacido luchando contra el, hiriéndolo y hablando de forma burlona y despectiva de su hermano y de la relación que había entre ambos. Tom sentía tanto coraje que se preguntó como es que aun no se le habían saltado los puntos de su herida, la cual en ese momento ni sentía. Solo deseaba que el barco navegase mas rápido y encontrar pronto la fragata de ese infeliz para desbaratarla a cañonazos. Se maldijo muchas veces por estúpido, por no hacer caso a sus instintos, y ahora las cosas estaban extremadamente mal, tanto y a tal grado, que llevaba a su amado hermano a un encuentro con seres infrahumanos, exponiéndolo a algún daño. La vista se le nubló un poco por tantas emociones que hacían pedazos su interior.
Bill podía sentir perfectamente como ardía la rabia en el pecho de su hermano, y con una sensación de profundo fracaso clavada en la garganta, volvió a abrir la nota de Billam, la cual era escueta, pero aterradora.
«A quien encuentre y lea esta carta, os ruego misericordia; he sido prisionero por casi un año entero de una tripulación de piratas, comandados por Barrabás. Clamo piedad y ruego por que este calvario se termine. Mi nombre es Billam I, Duque de Montpensier, hermano del Rey de Francia, Valdric III.»
—Barrabás…— murmuró Bill para sí mismo, y el capitán al escucharlo, se puso pálido.
—Disculpe Alteza… ¿que nombre acaba de mencionar?
—Barrabás, ese es el maldito pirata que tiene secuestrado al Duque.
—¿Ba…Barrabás?
—¿Bueno, es que tu eres sordo?— gruñó Tom, fulminando al capitán con su fulgurante mirada — es Barrabás esa escoria bastarda a la que perseguimos.
—No alteza, pero en este caso, me habría encantado haber escuchado mal…
—Explícate en este momento— la voz de Tom era peligrosamente maligna, tanto, que Bill acortó la distancia y su brazo entró en contacto con el de su hermano, logrando así que recuperase un poco el control.
—Nosotros patrullamos los mares — farfulló el capitán entrecortadamente, temeroso del brillo medio demente en la mirada del mayor de los príncipes — conocemos los puertos y cada isla que hay cerca y lejos de Calabria, y sabemos que ese pirata es el peor que ha navegado los siete mares desde hace mucho tiempo. Es sádico, cruel y tiene un temperamento inhumano.
—Está loco y es sumamente peligroso — agregó un soldado, haciendo una reverencia y aproximándose un paso — y disfruta serlo, goza como ningún otro al causar dolor a las demás personas, y lo hace nada mas que por placer.
—Hemos tratado de capturarlo desde hace mucho tiempo — añadió el capitán — y no solo nosotros, muchos otros lo persiguen, pero nadie, jamás, ha logrado siquiera divisar su rostro mas que a la lejanía. Todos los soldados que se han enfrentado a él, han terminado siendo pasto de tiburones, ni uno solo ha regresado con vida. La destreza que tiene al pelear no tiene casi oponente.
Los príncipes se miraron con extrañeza. ¿Sería el mismo Barrabás de quien hablaban los soldados con tanto rencor?
—Pues no es tan bueno como suelen decir. Luché contra él y lo hice sangrar bastante — murmuró Tom con cara de fastidio al recordar como lo había tenido arrodillado frente a él igual que a un perro sumiso, y en como le había perdonado la vida.
Al escucharlo, los ojos del capitán se abrieron como platos, pero Tom no le dio importancia, porque a cada dato nuevo, mas se enfurecía. Sus instintos no le habían mentido. Desde el primer momento en que vio aquellos ojos grises de demonio y la estampa de aquel malnacido, la opresión en el pecho y la sensación de inminente peligro se habían hecho presentes. Las señales estuvieron ahí. Y las había ignorado todas, queriéndose contagiar por la bondad que regía siempre las maneras de su hermano. Pero es que no se podía ser bondadoso todo el tiempo, y ahora, la furia que ardía en su interior había contagiado a Bill aplastando su bondad, y eso era lo mas triste de todo.
Pero que fallo tan impresionante había tenido.
Los ánimos en el barco estaban encendidos y tras uno rato más de navegar en tenso silencio, el vigía del mástil mas alto dijo a voz en grito.
—¡Piratas a la vista!
—¡Icen el estandarte de guerra!— rugió el capitán, y en el mástil se elevó una gran bandera con los colores imperiales de Calabria, con los dos leones desgarrando vorazmente el tronco de un olivo.
El galeón de Calabria brillaba como un trozo de oro en medio del mar. Los príncipes se acercaron a la proa para tener la mejor vista de sus adversarios. El viento les azotaba el rostro y aunque era fresco no lograba apaciguar lo que sentían. A la distancia, a bordo de la negra fragata, se vio el reflejo del catalejo de los piratas, quienes claramente habían ya divisado el galeón calabres, repleto de soldados y con la bandera de combate ya izada.
—No veo a Billam por ningún lado — resopló Tom, enfocando un par de prismáticos. En el otro barco, solo pululaban un puñado de personas que los miraban con una amalgama de expresiones hostiles. De los ropajes calabreses, elegantes y refinados no quedaba apenas nada. Tom rechinó los dientes pensando en que esa pandilla de sabandijas se habrían divertido destrozando las sedas y brocados y cambiándolas por sus repugnantes ropajes de ladrones.
—No hay tiempo para no herir susceptibilidades, lancen la primera señal, pero no apunten a atacar aún, es Billam el que esta dentro de ese barco, no hay que olvidarlo — gruñó Bill hacia su capitán, quien con un simple movimiento del brazo dio la orden, y el primer cañón disparó una gigantesca bala que pasó rozando la proa de la negra fragata.
Si alguna duda habían tenido los piratas, en el momento en que la bala pasó silbando a dos escasos metros de la proa a estribor, la duda se esfumó. Bill esperaba que les hubiera quedado claro que no venían ni siquiera a pedir explicaciones. Los gemelos iban a rescatar a Billam y a destruir a los piratas en el proceso.
—¡Preparen las metrallas! — aulló el comandante a los soldados que ante el primer estremecimiento del galeón por soltar el primer cañonazo, se desplegaron con una pericia militar sorprendente — ¡arqueros, tensen sus arcos! — era palpable la adrenalina y la emoción que embargaba al capitán, que alzaba la voz en ondulantes gritos, gustoso y embriagado por el poder que los príncipes le habían otorgado. La alegría corría por sus venas al ver, por fin, a Barrabás prácticamente acorralado — lanceros, prepárense. Carguen los tres cañones principales apuntados al mástil mayor, popa y proa. ¡Kamikazes, a sus puestos!
Mientras el capitán ladraba sus ordenes y los soldados se desplegaban, los príncipes no tenían ojos para nada mas que para lo que ocurría en el otro barco. El majestuoso barco de Calabria se acercó rápidamente a la fragata, tan cerca, que ambos hermanos escucharon a la perfección como los piratas se preparaban para contraatacar.
Los ojos de Tom, fijos e hipnóticos como los de una fiera salvaje recorrían con avidez a sus adversarios, hasta que ahí, emergiendo del centro del navío, con cara de profunda rabia y los ojos destellando veneno, el capitán de los ladrones hizo su aparición. Plomo y bronce volvieron a estallar al encontrarse las miradas del príncipe y el pirata. Tom sonrió por medio segundo con suficiencia antes de gritar.
—Se acabó el juego Theo, o quizá deba decir, Barrabás…— enseñaba demasiado los dientes al hablar, y sentía tanto coraje que tenía ganas de saltar de barco a barco para degollar al malnacido que le regresaba la mirada con una rabia igual de fiera que la suya.
La tripulación de piratas que se movía perfectamente sincronizada se pasmó al escuchar que el príncipe conocía perfectamente su muy cuidada y escondida identidad. Los ojos del capitán despidieron chispas.
Bill comprendió enseguida que Barrabás estaba experimentando el shock y el coraje al haber descubierto que Billam lo había traicionado, y su sangre se empapó de temor al recordar las palabras de su capitán, y temió muy seriamente por la vida del Duque, que brillaba por su ausencia. Quizá incluso ya lo habían asesinado. Mas si lo habían hecho, entonces no habría piedad alguna.
Sin embargo, al contrario de lo que pensaba el menor de los príncipes, el duque aún estaba vivo, pues en ese mismo momento apareció en cubierta, siendo sujetado del cuello por Barrabás sin el mas mínimo cuidado. Ambos príncipes se acercaron al barandal con espadas en mano y bufando de coraje e impotencia.
—Ese hijo de perra— sopló Tom, hirviendo de rabia al ver Billam luchando por soltarse del agarre que iba cortando poco a poco su aliento.
—¿Por quién has venido? — la pregunta empapada en burla hizo que Tom sintiera un nuevo subidón de adrenalina —¿Por este cobarde o por mi, Alteza? — cuestionó, agitando al duque como si fuera un muñeco de trapo. El chico hacía intentos desesperados por apartar las manos que lo estrangulaban poco a poco, pero no conseguía absolutamente nada y su rostro fue perdiendo mas y mas color.
Y el ver a Billam luchando tan inútilmente por su vida fue demasiado; en ese mismo momento, el recuerdo azotó sin piedad la mente del príncipe William al recordar como él también había intentado escapar de las garras de un destino que se había ensañado cruelmente con él, cuando las cadenas apresaron sus manos y se ahogaba con su propia sangre. Y esos recuerdos gatillaron un instinto asesino desconocido para él. Nadie intercedió por el en aquel momento, pero el si iba a interceder para salvar a Billam.
Guardó la espada en un segundo y a la fracción de segundo siguiente sujetó su arco remachado en oro, cargó una flecha y la soltó con una calculada pericia, y casi pudo escuchar el sonido de succión cuando se clavó con saña en el pecho del pirata que estaba al lado de Barrabás , que se desplomó enseguida. Tanto Tom, como el capitán de los soldados fueron presas de la conmoción por un segundo, pero ya no había marcha atrás. Bill había comenzado la batalla lanzando un ataque letal que sería correspondido, quizá por eso, tres de los guardias principales cerraron filas en torno al decidido príncipe, cuyos ojos perdieron toda la dulzura y se habían transformado en los de un asesino.
—Entrega al Duque, o el siguiente serás tú — le amenazó, con otra flecha ya apuntada a la garganta del pirata.
Y el pirata, tan inhumano como se los habían advertido, apenas mostró interés al ver caer a su compinche, que hacía ruidos acuosos con la sangre que le manaba a borbollones por la boca mientras moría.
Simplemente cambió de mano en un movimiento rápido, y cobardemente se escudó detrás de Billam, que resollaba como un animal herido. Era insoportable observar aquella situación. Bill tensó aun mas el arco. La parte trasera de la flecha le rozaba la mejilla, sus ojos agudos solo estaban enfocados en la silueta del inmundo sujeto que tenía en la mira. La brisa danzaba entre sus cabellos y jugueteaba con el caprichoso mechón de su frente. El tiro era sencillo para el y su formidable puntería, pero siempre y cuando estuviera en tierra firme. El galeón pese a su envergadura, se bamboleaba sobre el mar y la mas ligera falla sería una lamentable tragedia.
Tom estaba tenso y alerta a su lado, pero mas preocupado quizá por su hermano que por el Duque, temiendo por su seguridad.
Empero Barrabás, aunque se mantenía estoico, empezaba a manifestar claras muestras de descontrol. El filo de su espada presionaba el cuello expuesto de Billam y parecía no temer asesinarlo.
—¡Ordena a todos tus hombres que bajen sus armas si no quieres que lo degolle aquí y ahora!— bramó, comenzando a hacer presión sobre la piel y sobre sus adversarios. — ¡Incluyéndote!
—Os lo dije, maldita sea. Como odio a los piratas — gruñó el capitán — es un inmundo cobarde rastrero.
Tom le lanzó una mirada mordaz al capitán, y suspiró, mirando ahora a su hermano, quien a regañadientes bajó el arco, mas no destensó la flecha.
Sus ojos, brillantes como topacios se encontraron con la mirada aterrorizada de Billam, y la impotencia casi lo dejó sin sentido.
—Es inconcebible — aulló el capitán, hecho una furia — no me enlisté para que una escoria malnacida como tú humille a mis soberanos— gritó hacia los piratas, levantando el brazo derecho.
Los cañones apuntaron a lugares específicos de la fragata y las metrallas hicieron sonoros crujidos metálicos cuando acerrojaron las balas.
Los príncipes realmente sopesaron la situación, que era bastante clara. Tal cual el capitán lo había dicho.
¿Debería Billam convertirse en un lamentable daño colateral para poder acabar con aquella pandilla de inmundos piratas? ¿Valdría la pena? Sus ojos, tan azules como el mar clamaban por piedad, rogaban silenciosos por ser salvados.
La respiración de Tom eran ahora húmedos jadeos, y Bill volvió su afilado rostro para verlo. Su perfil aristocrático y vulpino, fiero y hermoso le hizo estragos en el corazón, y entonces pensó en el Rey Valdric, y en lo que sentiría al saber que su hermano fue mancillado y asesinado por la peor clase de basura que había pisado el planeta. Quiso ponerse en los pies de Valdric por un momento, y su corazón se exprimió de dolor dentro de su cuerpo. No, no podían hacerlo. No podían perder a Billam de aquella manera. Era demasiado valioso para considerarlo un daño colateral.
—Debemos atacar ahora Altezas — urgió el capitán, al parecer ya decidido a sacrificar a Billam, pero ambos príncipes negaron en el acto.
—Hacerlo significaría ver morir a Billam —gruñó Tom.
—Pero limpiaríamos los mares de esas basuras— continuó el capitán, empecinado.
—Hemos dicho que no — amenazó ahora Bill — es el Duque de Montpensier quien esta ahí. ¿Acaso lo olvidas? No podemos arriesgar así su vida. El rey Valdric nos mataría.
Tom volvió sus ojos hacia Barrabás y sus hombres, que permanecían quietos y alerta.
—Podemos estar así por semanas enteras — gritó, a sabiendas qué sus palabras poco o ningún efecto surtirán en aquel inmundo ser— no volverás a tener un segundo de paz en tu asquerosa vida. Salvo que entregues a Billam. De lo contrario, te perseguiremos a donde sea que vayas sin darte tregua.
—Pueden hacer lo que deseen— respondió el pirata, sin emoción en la voz — pero si van a seguir mis pasos, os recomiendo que durante el trayecto vayan recogiendo los pedazos de su amado Duque, porque pienso descuartizarlo.
—Y es muy capaz de hacerlo
— graznó el capitán.
Ambos hermanos observaron el acero de la espada presionar contra la temblorosa piel del cuello del Duque, desde donde manó un delgado hilo de sangre.
—Maldita sea— gruñó Tom. Ardía en deseos de disparar hacia la nave enemiga, pero si lo hacían, sin duda significaría el fin de Billam.
—Maniobren discretamente — cuchicheó el capitán, alejándose de los príncipes un poco para dar ordenes a su primero — lleven a Omaggio discretamente por estribor y bajen la velocidad. Quiero los cañones listos y que el grupo de choque se prepare para el abordaje.
Las ordenes se cumplieron enseguida, pero no lograron tranquilizar a nadie. Los príncipes estaban conscientes de tener una victoria absoluta en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. La ventaja era de mas de diez a uno, pero el riesgo seguía siendo muy elevado y las consecuencias de perder al duque eran aterradoras.
El príncipe mayor observó como el galeón real ajustaba su posición y se acercaba muy sutilmente a la negra fragata de los piratas, en cuyo costado pudo leer algo a lo que antes no le había puesto atención. «Barrakudas» rezaba el nombre escrito en letras negras casi indistinguibles a menos que se les observara muy de cerca.
Los piratas seguían inmóviles, tan inmóviles como los guardias personales de los príncipes. Un par de estatuas tendrían mas vida, pero los guardias no perdían detalle y sus ojos agudos y entrenados captaban todo, y gracias a ese exceso de concentración, fue que uno de ellos se alertó en el momento justo en que el príncipe Thomas se alejaba un par de pasos de su hermano, abriendo un hueco entre las cerradas filas. Nadie mas que él captó el intercambio casi imperceptible de miradas entre el capitán de los piratas y la sabandija que tenía al lado. Pero vio perfectamente la mano que voló a la bota del pirata y que en menos de una fracción de segundo lanzó una afilada y puntiaguda daga al pecho descubierto y vulnerable del príncipe William.
Tom lo notó pero cuando ya era tarde para descaminar los pasos que había dado. Su mente lo registró todo en cámara lenta y no había nada que pudiese hacer para evitar la inminente muerte de su único hermano. La trayectoria de la daga era precisa y letal, se hundiría en línea recta sobre el corazón del príncipe y no había cura ni salvación para eso.
Su grito fue silencioso. Bill apenas se inmutó al mirar de frente su propia muerte, no por falta de interés, sino por falta de tiempo. Pero el golpe no le llegó al pecho, como era de esperarse. Un feroz empujón lo apartó de la línea mortal un segundo antes de que la daga le apagase la vida. Bill cayó de lado, sobre los brazos de Tom casi derribándolo , pero totalmente ileso.
Sin embargo, el ataque del pirata si había cobrado una víctima. Marcus yacía en el piso de la cubierta, con la daga clavada hasta la empuñadura en la garganta. Sitio donde lo había alcanzado al interponer su cuerpo ante el príncipe, salvándole la vida por segunda vez.
Bill se incorporó en ese momento, luego de intercambiar una temerosa mirada con su hermano y vio, presa de la impotencia, como su valioso guardia se desangraba a una velocidad aterradora.
Se arrodilló a su lado mientras una decena de rabiosos soldados cerraba filas en torno a los príncipes para protegerlos de futuros ataques. Pero para Bill todo se detuvo en ese momento. Su fiel guardia se moría frente a él, que nada podía hacer para evitarlo. Su mano enjoyada aferró la mano sudorosa y ensangrentada de Marcus, mientras lo miraba desde las profundidades de sus ojos color caramelo, anegados en dolor. Quería pensar que aquello era irreal, que era una pesadilla. Recordó a Marcus a través de los años, su simpatía cuando lo conoció siendo tan solo el guardián de Ambrosía, y luego, su valentía y su arrojo al salvarlo de las garras de su despiadada abuela, y ahora, todo terminaba de esta miserable manera. Aquel invaluable elemento, asesinado a manos de un nauseabundo pirata.
—Alteza— Marcus apenas podía balbucear, la sangre le dificultaba hablar, y cuando lo intentaba, ríos carmesíes le escurrían desde las comisuras de los labios.
—Shh- le chistó Bill en voz baja — no hables.
—Debo… si debo —el guardia tosió, haciendo gestos de puro dolor. Un diluvio de gotitas de sangre escapó de su rasposa y dolorida voz — debo decirle… — Marcus luchaba a la vez que su voz se apagaba — decirle que… es un honor morir… para salvar… su vida.
Y tras luchar para formar aquella ultima oración, sus pupilas se dilataron hasta que el color ámbar de sus ojos se volvió totalmente negro y la oscilación de su pecho se detuvo al mismo tiempo que su corazón.
Bill seguía observando en silencio, mudo de horror al ver como su leal sirviente ni siquiera había dudado un segundo para morir en su lugar.
Tom estaba inmóvil y sumido en un increíble y rabioso shock, mirando como su hermano no comprendía del todo la rapidez con la que su guardia había muerto.
La rabia bullía en su interior con tanta fuerza que no encontraba su voz.
Lanzó una mirada mortífera hacia los piratas, qué observaban la escena con miradas un tanto fanfarronas, empero Barrabás sentía el mismo coraje que el príncipe al ver que aquel cobarde ataque había fallado de blanco. Barrabas había estado a punto de destruir completamente al mayor de los príncipes sin tocarlo siquiera y era algo que no iba a ser pasado por alto. En aquel momento, ni siquiera el sacrificio del duque le importaba a Tom. Barrabás pagaría caro el atrevimiento de haber querido asesinar a su hermano.
—Llegó la hora de pelear sucio, capitán, que un cañón vuele el mástil principal, pero aun no hundan ese maldito barco hasta que Billam esté a salvo— murmuró el príncipe, a lo que el capitán asintió.
—¡Preparen los cañones de estribor! — aulló el capitán — ¡grupo de choque, preparado para lucha cuerpo a cuerpo!
El gigantesco Omaggio dio una sacudida violenta y la madera se cimbró al colisionar por estribor contra el costado reforzado del barrakudas. Los crujidos sonaron como disparos de cañón, y Tom, con espada en mano y la capa ondeando a su espalda, saltó de su barco a la negra fragata, seguido por su guardia y un grupo de soldados sedientos de sangre y combate.
Los piratas se agruparon y ofrecieron una feroz resistencia. Eran expertos en combatir y el príncipe vio de reojo a muchos soldados caer ahogados en sangre, pero esquivó hábilmente todos los ataques que buscaban detenerlo. Tom solo tenía algo en mente. Asesinar a Barrabás.
Aquel desgraciado cobarde aún se escudaba detrás del Duque, más se le apreciaba enteramente preparado para luchar nuevamente a muerte con el príncipe. Lanzó violentamente a Billam hacia la puerta del camarote principal y cerró con llave apenas un segundo antes de que la espada del príncipe estallara contra su cimitarra, lanzando chispas anaranjadas por los aires.
—¿Te gustó mi regalito, príncipe azul? Fue una verdadera lástima que mi colega haya fallado, habría amado ver como el príncipe número dos se moría frente a tus ojos — se mofó el pirata ahogando una sonrisa nauseabunda que sazonó con un jadeo por el esfuerzo que hizo al apenas contener el golpe que la espada de Tom le había propinado.
—Fue la última canallada que hiciste — resopló Tom, lanzando otro ataque igual de rápido que el anterior. El acero centellante de su espada rasgó el aire e hizo saltar las correas de cuero del chaleco del pirata.
Lucca luchaba a la espalda de Tom, y logró repeler varios ataques a traición que los demás piratas lanzaban contra el príncipe.
—No será la última— vociferó el pirata, lanzando una estocada tras otra con un vigor sorprendente. Empero Tom no permitió que ninguna se le acercase. La herida recién curada de su hombro no le dolía en absoluto pese a que la piel estaba tensa y los puntos a nada de soltarse.
Alrededor de ellos, la lucha era feroz.
De reojo, el príncipe notaba miembros humanos por doquier, la sangre volvía la cubierta negra en una superficie viscosa y resbaladiza, pero todos sus sentidos estaban fijos en la sabandija ponzoñosa contra la que luchaba.
Una bala de cañón cimbró la cubierta de ambos barcos al ser disparada y voló hasta convertir en astillas uno de los mástiles principales del barco pirata, pero ni siquiera ese sonido logró hacer mella en la concentración brutal con la que discurrían las peleas.
Pero si logró sacar de su aturdimiento al príncipe William, quien, con hondo pesar, dejó que la cabeza de su guardia reposara sobre la cubierta encharcada de sangre y se irguió, buscando a su hermano, pensando que estaba a su lado. Pero no, y una nueva descarga de adrenalina le sacudió las neuronas como si fuera un latigazo. A la distancia, Tom luchaba contra Barrabás con una fiereza que, hasta ese momento, Bill desconocía, pues solo había logrado ver a su hermano luchar en prácticas, nunca tan enserio, nunca con tanta ferocidad, nunca a muerte.
Para Bill aquello era casi imposible de mirar, Tom blandía su espada con movimientos expertos, pero el pirata lo hacía de la misma manera, y cuando el arma de Barrabás pasó silbando a tan solo dos centímetros del cuello descubierto de Tom, Bill se volvió sobre sus pasos, andando aprisa sobre la cubierta, con Nicco, que había asumido el papel de Marcus sin ninguna orden previa, siguiéndolo como su sombra.
El más joven de los príncipes llegó casi a la popa de su barco, desató la brida de Capriccio, que se movía nervioso debido a las sacudidas del barco y lo montó de un saltó, haciendo que saliera a todo galope y brincase con gracia del galeón a la fragata.
Tan inmaculadamente blanco era el caballo, como alta y gallarda la silueta del príncipe, que Barrabás, aun luchando contra Tom, sonrió de forma malévola. Su boca sangraba a causa de un puñetazo que el príncipe había logrado asestarle, volviendo la sonrisa rojiza en un gesto tan diabólico que a cualquiera le erizaría el vello de la nuca.
—Mira nada más — resopló Barrabas, mirando a lo lejos, pero sin abandonar la batalla — parece que vuestro querido hermanito viene al rescate, estupendo, tendré que terminar yo mismo lo que mi colega dejó a medias — dijo, sabiendo que ese ardid iba a distraer al príncipe.
Y funcionó. Tom escuchó las potentes pisadas de los cascos de un caballo retumbando sobre la madera oscura de la cubierta de la fragata, y el miedo y la preocupación le nublaron un poco los sentidos. A pesar de estar de espaldas, podía imaginarse perfectamente a Bill andando a todo galope hacia el, y el hecho de tener cerca a su hermano de aquel pirata totalmente hostil al saberse acorralado, le hizo dejar de lanzar ataques, y solo atinó a bloquearlos.
—En ese caso estás totalmente perdido— resolló el príncipe, que tenía las mangas de la camisa totalmente enrojecidas — mi hermano es quizá mejor que yo en lucha.
Y casi le soltó al pirata qué Bill había sido comandante del ejército francés y que había entrenado a un grupo de choque de élite, y que ni siquiera el podría ganarle en un duelo real espadas. Pero el asqueroso pirata no tenía porque enterarse de aquello.
—Eso me tiene sin cuidado— contraatacó el pirata, girando como las manecillas de un reloj, logrando que ambos pudieran tener una buena panorámica de Bill galopando hacia ellos — mis hombres saben lo que tienen que hacer.
Y fue tal cual si el pirata hubiese dado una orden en silencio, ya que uno de los dos piratas que luchaban violentamente contra Lucca abandonó la batalla en cuanto el caballo de Bill estaba ya muy cerca, y con su espada le ocasionó un profundo corte al animal justo en la unión de las armaduras que le protegían las patas delanteras. La espada entró hondo en la blanda carne encima de la rodilla y el caballo se fue al suelo, lanzando al príncipe violentamente contra la cubierta. Empero el entrenamiento de Bill entró en acción en ese momento y amortiguó el golpe rodando y se levantó casi en el acto, lanzando una estocada brutal hacia el pirata que había herido a Capriccio. El inmaculado acero de su espada se tiñó de rojo cuando cortó como si de mantequilla fuese, el brazo de aquel maldito, desde el hombro hasta el codo, sacando sangre a chorros y exponiendo el tejido.
Pero Tom no estaba dispuesto a dejar que su hermano se uniera a ninguna batalla, y lanzándole una mirada de impotencia a Barrabás, empezó a retroceder hacia donde Bill se había enfrascado en una lucha violenta contra el pirata que lo había derribado. Los sonidos a su alrededor le crispaban los nervios. Los choques metálicos de las espadas, las maldiciones y gritos de los combatientes, los relinchos doloridos del caballo blanco que hacía inútiles intentos por levantarse, todo empezaba a parecer demasiado para Tom.
Reculando hacia atrás logró estar casi espalda contra espalda con Bill, que no dejaba de luchar contra el pirata que lo había hecho caer, y a quien ya le había ocasionado dos profundos cortes más.
Barrabás no daba tregua, sabía que mientras más alejados estuvieran los príncipes de Billam, más posibilidades tenía no de una victoria, pero quizá al menos, de una huida.
—Jamás lograrás llegar hasta ese maldito Duque traicionero y cobarde en estas condiciones, mi querido príncipe, ni tu ni tu copia — Barrabas hablaba con mofa, pero su voz denotaba algo de histeria y cansancio — tienes demasiado que perder como para enfrentarte a mi — y para reforzar sus palabras, aquel inmundo cobarde lanzó la punta de su espada contra el poco espacio de espalda envuelta en armaduras que logaba ver del príncipe William, siendo bloqueado en el acto por la espada de Tom, que evitó el golpe apenas por un par de centímetros.
—Maldito infeliz— resolló Tom, ahogándose en su rabia. No, no podía concentrarse teniendo a Bill ahí. Lo estaba subestimando demasiado porque Bill era un experto luchador y un gran estratega, pero sus instintos protectores no le permitirían luchar bien, y todo podía acabar en tragedia. El capitán tenía ordenes claras de no hundir la fragata hasta que Billam estuviera a salvo, pero no había modo de rescatarlo en esas condiciones. Tom no estaba dispuesto a arriesgar más. Bill casi había muerto en sus narices. Habían perdido a Marcus, muchos soldados yacían muertos encima de la cubierta, Capriccio estaba relinchando de agonía en un charco de sangre y Bill luchaba enloquecido de rabia y de dolor. Ya no estaban en condiciones.
El príncipe mayor se sentía acorralado, le soltó un violento puñetazo nacido de la impotencia y la desesperación a Barrabas, tan rápido que el pirata no lo vió y le volteó el cuerpo, de modo que Tom aprovechó ese segundo para girarse hacia Lucca, quien, a pesar de seguir luchando, captó las ordenes de Tom a la perfección.
—Dile al capitán que ordene la retirada y llévense al caballo — bisbiseó. Lucca asintió, empujó con todas sus fuerzas al pirata con el que combatía, haciéndolo caer por la borda y lanzó sus ordenes al grupo de soldados que tenía más cerca.
—¿Así que te vas, príncipe azul? — murmuró el pirata con desdén, luego de lanzar al piso un salivazo enrojecido mientras observaba a Tom retroceder más y más en un intento por proteger a su hermano — Pensé que venías por el Duque de Montpensier. Podrías haber volado mi barco en mil pedazos, pero eres un débil de mierda. Para ganar debes saber perder y sacrificar, incluso si el que debe morir es ese inútil de Billam, o mejor aun, tu adorado hermanito.
—No tienes idea de lo valen esas vidas —Tom maldijo para sus adentros— incluso la vida del caballo vale más que tu y toda tu tripulación junta, pero recuerda esto, nunca tendrás un momento más de paz, así que aprovecha la debilidad que tengo, debo de admitirlo, y piensa en que jamás dejaras de ser perseguido — jadeó Tom, sujetando su espada con ambas manos y respirando entrecortadamente. Barrabas también cesó sus ataques, pero no bajaba ni un milímetro la guardia — por todo lo largo y ancho de los mares te daré caza como a un perro, y créeme, nadie más se detendrá para volar en mil pedazos tu inmundicia de barco con todo y tripulación incluida, bueno, la que te queda— el príncipe sonrió con crueldad y sin nada de alegría.
En ese momento el capitán llegó hasta sus soberanos seguido por varios soldados, quienes remolcaron al herido caballo y rodearon al más joven de los príncipes que intentaba seguir luchando. Tom bajó su espada, infló el pecho y caminó hacia atrás, sin darle la espalda a Barrabas. Sujetó con fuerza a Bill del brazo y tiró de él hasta que ambos estuvieron seguros en la cubierta de su barco.
—Piénsalo— le gritó, desde la cubierta del galeón real.
Bill se soltó violentamente del agarre de su hermano y se alejó hacia donde su caballo estaba tendido, ya mas tranquilo. Estaba endiabladamente furioso.
—Alteza— bufó el capitán, frustrado por tener que retirarse cuando tenían la victoria en sus manos. Del barrakudas no quedaba ni la sombra de lo que era, se incendiaba por la proa y estaba medio ladeado— hay que hacer pedazos ese barco en este momento. Nunca tendremos una mejor oportunidad.
—No, deja que se larguen. Ese infeliz perdió buena parte de su tripulación — gruñó Tom, mirando como la fragata maltrecha y humeante se alejaba poco a poco — perdió la mitad de su asqueroso barco y quedó en ridículo al verse descubierto. Solo espero que funcione mi plan, y ese malnacido sepa que jamás dejaremos de seguirlo. Además, aun tiene a Billam.
Dicho aquello, Tom fue en busca de su hermano, hallándolo agachado sobre su deslumbrante y herido corcel. El príncipe William tenía los ojos llenos de lágrimas de coraje y de decepción, y acariciaba con desolación la perlada frente de Capriccio. Mas al ver a Tom, la mirada que le lanzó fue fulminante. Se enderezó y le retó con ardor.
—¿Por qué demonios ordenaste la retirada Tom? Hemos perdido a Billam. ¿lo has notado?
—Lo sé, pero prefiero perder a Billam mil veces, que pensar siquiera en perderte a ti. Bill, estuvieron a punto de matarte. Ese inmundo animal, Barrabás, te lanzó ataques a traición que apenas alcancé a bloquear. Sabes que si te sucede algo, si dejo que te suceda algo así, todo nuestro reino se desmoronaría, se haría mil pedazos empezando por tus padres, y por mi.
—Pero Billam…— la mandíbula de Bill temblequeó, Tom había reducido sus quejas a humo — y Marcus, y Capri.
—Lo sé, lo se Bill— Tom envolvió a su hermano en un apretado abrazo, y el aroma amaderado de sus cabellos le hizo respirar profundo, agradecido pese a las perdidas, de que Bill estaba a salvo.
—¿Qué vamos a decirle al Rey Valdric? — se lamentó el más joven de los príncipes, hablando con la boca pegada al hombro de su hermano. Y Tom no tuvo respuesta para aquello.
Continúa…
Omaggio = tributo en italiano.
Bueno bueno, no es una broma del día de los inocentes, es un capítulo especialmente largo para compensar la espera y la fidelidad. Es un capítulo inesperado, intenso y lleno de emociones.
La espera ha sido larga pero escribir algo así con Mónica estando en Rusia, con tantas horas de diferencia y muchas cosas más, ha sido realmente una hazaña, más de ella que mía.
Esperemos en verdad que este capítulo les guste, y pronto vendrán más actualizaciones, para saber que pasara después…
Nos vemos muy pronto.
GB~