
Fic slash de Cosette
Capítulo 2
Pocos lograron conciliar el sueño esa noche, ni siquiera Tom y su rubia —dándole la espalda, a su lado— hasta el amanecer. Aunque trataron de olvidar sus problemas de la mejor forma que sabían, y funcionara por un tiempo, no era suficiente para aliviar sus mentes. Ella parecía entregada a sus manos, devota hasta para silenciar los jadeos, pero le dio la espalda una vez acabó el momento.
No habían insistido, pero no comprendía por qué le costaba tanto encontrar su mirada esa noche, aun cuando la oscuridad era lo único que los separaba, Tom sabía que sus ojos divagaban, igual sus pensamientos. No tenía el tiempo para preocuparse por eso: una mafia entera descansaba sobre sus hombros, más la responsabilidad de proteger a su hermano. Sin importar que el heredero oficial fuera su hermano, no pensaba dejárselo todo a él. No dudaba de su capacidad para mantener el orden pero, aun así, había crecido en ese mundo y todo indicaba insatisfacción suficiente por parte de los miembros como para ignorar por completo cualquier orden de los más jóvenes y comenzar una revolución asesina.
Una de los grandes cuestionamientos a su padre era su deseo de entregar su puesto directamente a sus hijos, sin importar su edad en el momento de defunción. Era una medida que implementó repentinamente tras la muerte del Consigliere, quien había muerto bajo el ojo de algún francotirador. Jörg confiaba en sus hijos, más aun de lo que confiaba en su hombre más cercano. El señor Listing, como todos lo llamaban, era la mano derecha de su padre. Su muerte repentina causó un gran impacto en él, más del que se permitía mostrar. Las imprudencias cometidas, la falta de atención a los negocios y su nuevo hobbie (beber para engañar al insomnio), se había salido de control. Creían que al caer la ciudad volvería a sus manos, pero estaban equivocados.
—Deberías ocupar el lugar de Bill —murmuró Andreja, cerca del amanecer, sin voltearse a mirarlo—. Eres un líder nato.
Se sorprendió de escucharla luego de tanto tiempo inmóvil: creía que dormía. Volvió a observar el contorno de su hombro recortado por la poca luz blanca que ingresaba en la habitación desde las ranuras de la cortina. Se aferraba a su brazo, que usaba como almohada para su cuello, como si fuera a caer de la cama si Tom no la sostenía. Su cuerpo a penas se alzaba al respirar, temiendo hacerlo bruscamente.
—Papá lo eligió a él por una razón —aclaró, tanto a su rubia como a sí mismo.
—Sí, para que te revelaras…
—¿Qué te hace pensar eso?
—Temo que Bill no tolere la presión —hablaba cautelosamente—. Una simple muestra de debilidad o inseguridad y van a masticarlo para luego escupirlo. Si algo le ocurre a él, caerás a su lado y todos lo saben.
—Recibimos el mismo entrenamiento —El cansancio no le permitía ver cómo Andreja parecía querer guiarlo en su vida—, ¿qué estás diciendo?
—El entrenamiento nada tiene que…
—Basta, Andreja —dijo, levantándose, liberando su brazo—. No sé lo que quieres, pero este tipo de actitud no me sirve de nada.
—Solo trato de ayudar…
—No lo hagas —dijo, cortante—. Solo eres una camarera, ¿qué podrías opinar sobre esto?
Ella volvió a mirarlo con una fría expresión, su piel cálida por la luz matutina. Se quitó las mantas de encima de un solo tirón y buscó su ropa del suelo, poniéndosela desordenadamente. Tom no iba a disculparse porque no creía estar equivocado. La había usado para una noche de descarga, para sentir algo más que el luto. Ella se había entregado a eso con el mismo deseo que él, pero a la mañana siguiente recordó que no era más que una camarera ante sus ojos. La pasión no iba a cambiar eso, algo más tendría que hacerlo.
Con furia silenciosa, abrió la puerta y comprobó el pasillo antes de salir. Las ganas de dar un portazo eran enormes, pero su seguridad era indispensable. No era la cabeza de Tom la que rodaría si la encontraban semidesnuda junto a él. Su relación; si así podía llamarse; era secreta por una cuestión de estatus: él podía encontrarse a una mujer cualquiera en la calle y hacerla una reina, sin importar su pasado, presente o futuro; ella, sin embargo, se había transformado, para todo el que tuviera contacto con la mafia, en nada más que la encargada de preparar un buen Martini. No servía como esposa, un requerimiento tradicional más que excluyente. Era una ironía extremadamente cruel para ella.
Dejó a Tom en su enorme recámara y se encerró en la suya, en el piso inferior. Como encargada del bar, sus oídos eran el centro de todo, aunque nadie lo supiera. Los hombres pierden la lengua con pocos tragos de más y una sonrisa cálida era más que suficiente para resultar de confianza ante un ebrio atormentado por los problemas. Conocía más secretos de los que nadie creería y un día podría usarlos a su favor.
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En la habitación contigua, lleno de culpa y desprecio, Bill trataba de manejar el insomnio. Golpeaba suavemente la frente contra la puerta de vidrio que daba al balcón: quería atravesarla, destruirla en fragmentos filosos de distintos tamaños, fundirse con ellos y que nadie pudiera diferenciarlos. Él tenía su forma de enfrentar esa tristeza, pero su hermano tenía otra en ese momento. Se habían aferrado entre ellos durante toda su infancia y adolescencia, hasta que le llegó la pubertad y Andreja se volvió atractiva.
Fue reemplazado por un par de tetas: ese era el razonamiento y su hermano nunca se lo discutió, aunque compartieran pensamientos, comprobando que era cierto. Tom estaba usando esas sensaciones negativas creciendo en su interior, uniendo las de ambos, para canalizarlas en el cuerpo de su amiga. Él tendría que tolerarlo hasta que la herida dejara de sangrar a chorros. Se preguntó quién era más hombre ante esa situación.
Su balcón estaba oscuro y su vista era completamente privada: sus habitaciones daban a un enorme jardín. Los árboles y los muros eran suficientes para ocultarlo de la vista de curiosos. Era extremadamente complicado hallar un punto de vista que diera a cualquiera de las ventanas Kaulitz. Salió a este y observó las estrellas: no había luna. Mirando hacia abajo, solo podía divisar una impenetrable oscuridad. Tal vez había un pozo sin fondo que pudiera tragárselo. ¿Qué consecuencias podrían acarrear si se dejaba caer? Su hermano lo seguiría y estarían juntos; era todo lo que necesitaba.
Al pasar las horas, no se atrevió siquiera a acercarse a su cama. Había delegado el trabajo de ocuparse del cadáver de su padre a Faust, aunque se arrepentía por el solo hecho de no hacerse responsable en su primera noche como su jefe. Veía de reojo las luces de los autos que iban y venían: los hombres encargados a la misión de esa noche se retiraban a sus casas. Solo tenían que supervisar el intercambio de una gran cantidad de droga con la familia Schäffer, no podían siquiera decir que su padre había muerto en medio de un combate por defender a su gente. Los cobardes le quitaron esa posibilidad.
La noche continuó oscura, la casa silenciosa, hasta que un nuevo auto solitario ingresó en los terrenos. Creía saber quién era pero no se atrevió a tener esperanzas. No iba a pelear en ese momento, no tenía la determinación para hacerlo. Tal vez él no había regresado tras su discusión pocas horas atrás, antes siquiera de subirse a la limusina en camino con su padre y los demás a una ridícula misión.
Georg entró a la habitación. Al encontrarse a Bill de espaldas, en su balcón, comprendía perfectamente lo que estaba pensando. Se aproximó y rozó su espalda con los dedos, algo a lo que él no reaccionó: solo mantuvo la vista fija en su enorme jardín. Comenzó a dar, con cierta timidez, su pésame, pero Bill odiaba expresar sus sentimientos.
—¿Dónde estabas? —Lo interrumpió Bill, con un cierto tono de reproche.
—Pensando —Georg apoyó su frente entre los omóplatos de Bill—. Acabo de enterarme.
—Hace unas horas podía ser un adolescente que se preocupaba por peleas estúpidas—. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las barras de la reja, escondiendo su rostro entre las manos—. Ahora no puedo permitírmelo.
No tuvo respuesta, pero un silencio de entendimiento era suficiente para Bill. Aunque él lo olvidara, Georg comprendía lo que era perder un padre en esa familia.
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Cerca, casi aislado de la ciudad, se encontraba el barrio de Anis. La entrada, claramente marcada por un auto volcado, era reconocida aun en la ignorancia. La ciudad parecía estar siempre impecable, pero ese lugar, cada pared, cada casa, cada esquina estaba cubierta de grafitis, advertencias y amenazadores agujeros de balas. A veces se podían encontrar cuchillos cubiertos de sangre, clavados en los postes de luz. Nadie sabía si eran amenazas, ofrendas o intentos de lápida para recordar a algún caído. El arte en esas calles era impactante, mostraba libertad e independencia, y cada grafiti se expandía como raíces, luchando por conquistar cada esquina, colarse en la ciudad. Las historias en los barrios bajos eran inmortales para sus miembros.
En la mitad de la noche, nadie vio llegar al asesino de Jörg. Cubierto de pies a cabeza, de negro como una sombra, logró entrar a la casa por su puerta secreta, apartada de la vista por una reja oxidada. La llave escondida era tan pequeña que nadie creería que ocultara algún secreto: cualquiera podría pasarla por alto. La entrada, oculta por una monocromática pintura negra, no tenía manija, solo se podía abrir empujando con la llave hacia fuera.
Esa era la confianza que Anis le tenía, permitiendo que entrara a sus dominios sin aviso: no podían comunicarse de otra forma que no fuera cara a cara. Cualquier otra manera, encriptada o escondida, podía ser codificada y sería el final.
Tampoco lo vieron irse velozmente, con más temor que antes por la contraria reacción de su jefe. No era culpable, ¿cómo se atrevía? Pareciera creer que era fácil poner la cara y fingir no temer cada segundo a que la máscara cayera. Mantener la mirada a los ojos de los Kaulitz como si no hubiera nada que ocultar. Esa misma noche, con cada calle vigilada, le sería imposible acercarse a la ciudad sin que los ojos se posaran sobre su nuca.
Anis había heredado el lugar de su padre hacía mucho tiempo. Su imposición había sido aceptada porque era altamente respetado desde su juventud como rebelde: se había ganado el puesto, no lo había recibido por capricho paternal como esos dos gemelos consentidos. Esa era su debilidad y sería su caída.
Su informante acababa de retirarse, en medio de la noche, para no ser descubierto. Anis insistía en que continuara con su trabajo. El asesinato de Jörg no había sido planeado, fue un fallo en los cálculos, pero la alerta de la mafia estaría más alta que antes. Todo apuntaba a ellos y eso era delicado.
Estaba contrariado y desorientado: el plan debía cambiar bruscamente. Perdió las horas hasta el amanecer y continuó trabajando. No iba a dar ninguna información hasta que alguien más de su pandilla se enterara y le comunicara: debía mantenerse en la ignorancia. Ahora más que nunca, debía evitar que descubrieran a su informante. Jamás había estado tan en peligro como en ese momento, y hasta podría imaginarse a cualquiera matándolo en ese mismo momento, esa misma mañana.
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La mañana siguiente, se observó a sí mismo en el espejo: el reflejo devolvía, en ese momento, a una persona fría pero para nada peligrosa. Frágil, joven e inexperto, se podía ver la frescura de su piel quebrada por la tragedia. Nadie lo tomaría en serio. La falta de descanso empeoraba su aspecto, pero en la mañana siguiente de semejante desgracia podría ser ignorado. Solo por una vez.
Su hermano, el que todos esperaban como heredero legítimo, cargaba consigo una adicción: violencia. No podía enfrentarse a los conflictos con la cabeza fría, sino que apuntaba y disparaba antes siquiera de considerar la situación. Su padre, temiendo que esas acciones los sacaran del terreno pacífico al que habían llegado tras enfrentamientos durante décadas, nombró a Bill como la cara de la mafia si algo le ocurría. Estaba en los papeles, firmados y aprobados legalmente, como si eso fuera detener a un grupo de delincuentes organizados: su padre era verdaderamente un soñador.
—¡Bill, Bill! —La puerta se abrió con un golpe; era Andreja—. ¿Bill?
—¿Qué ocurre?
—Faust convocó una reunión —Frunció las cejas con molestia—. Casualmente se olvidó de nosotros. Te está retando.
Bill se levantó, acomodó su chaqueta sobre los hombros y salió por la puerta, apartando a Andreja con una mano sobre su estómago.
—Encuentra a todos. Los quiero en esa reunión.
Asintió y corrió a cumplir la orden, buscando a quienes estuvieran en la casa. Bill se preparó mentalmente: había practicado mucho para ese momento, clave para sus planes y supervivencia. Si algo salía mal, probablemente no tendría más de una hora de vida. Les daría un momento antes de interrumpir, pero no demasiado: cualquier palabra de más podría arruinar todo un imperio.
Al llegar al piso de abajo, abrochó su chaqueta, miró a ambos lados, encontrándose con Georg y Andreas, de su misma generación, amigos desde la infancia. El círculo era cerrado: solo familia, amigos, sus hijos y personas indispensables.
—Es ahora o nunca.
—¿Qué, Bill? —Andreas permanecía con dudas ante la repentina postura de su amigo—. No vas a enfrentarlos solo.
—Por eso los mandé a llamar.
No hubo tiempo de detenerlo y solo pudieron seguirlo. Abrió las puertas y las empujó hasta que chocaron contra las paredes. Un silencio se apoderó del lugar y con una sonrisa, caminó hacia la enorme mesa rectangular en la que los hombres de traje discutían. Pudo apreciar que todos parecían bien descansados y ninguno tenía una gota de maquillaje para ocultar la tristeza por la pérdida de un miembro clave como su padre. Hipócritas.
—No recibimos la noticia de una reunión —Apoyó la yema de los dedos en la superficie de la mesa, en el extremo opuesto en el que Faust había comenzado la sesión—. Puedo ignorarlo si se me provee de una buena excusa.
Nadie pronunció una palabra: el shock era demasiado grande. Un enfrentamiento como ese no había sido esperado: en ese preciso momento se estaba organizando la cima de poder con el legítimo jefe fuera de juego. Bill no era parte de ella, aunque fuera el heredero por derecho. Debía reclamar su posición ante todos desde el principio.
Tom ingresó apresuradamente, sin saber qué ocurría.
—No consideré que les interesara —Comenzó—. Es un tema de…
—¿Adultos? —Interrumpió, rodeando la mesa hacia él—. ¿O profesionales? ¿Acaso depende de la cantidad de personas asesinadas? ¿Cuántos cayeron frente a mi padre, sin contar aquellos de quienes se defendía?
Jörg era reconocido por ser un hombre justo, pero eso no disminuía su respeto, mucho menos el temor que infundaba. Creía en el don de la palabra, pero la violencia y el poder que aportaba un arma y la habilidad de usarla con destreza era suficiente para mantener a raya a aquellos que no supieran negociar pacíficamente.
—De acuerdo, señor Kaulitz —Parecía estar resistiendo las ganas de imponerse—. Discutíamos sobre la situación con los Schäffer.
—¿Qué situación? —Bill regresó algunos pasos, se sentó en el extremo de la mesa, y el resto a su alrededor, mientras que Tom esperó de pie a su lado.
—Parece ser que durante el ataque a su padre —explicó, cauteloso, sin sentarse de vuelta—, el dinero que se estaba pasando de manos no llegó a nosotros. Aun así, la mercancía sí pasó al otro lado. Por supuesto, este tema no tiene importancia en relación con el suceso tan terrible que estamos sufriendo —aclaró, ante la mirada de su nuevo superior—, pero aun así, no podemos permitir, más en este momento, que nos vean expuestos. Es nuestro dinero, nuestro territorio y es una falta de respeto en esta relación tan antigua.
—¿Establecieron contacto para comprender la situación?
—No hay mucho que comprender, señor…
—Por supuesto que no, pero ¿acaso está sugiriendo que deberíamos atacar directamente? —dijo, entrelazando sus dedos en la mesa—. Me parece que darles a entender la comprensión de sus malas intenciones empeoraría esa relación antigua que mantenemos. Ellos estaban en el lugar cuando nuestro padre fue atacado, saben lo que ocurrió. Una invitación formal al funeral sería el lugar perfecto para dejar en claro que, por mucho dolor que estemos transcurriendo, sería arriesgado enfrentarse al luto de la familia que rige a la ciudad, y que nos deben dinero.
—¿Pretende usar el funeral de su padre como una sesión de negociación?
—No voy a permitir que se menosprecie mi duelo—Bill se levantó de un salto, golpeando la mesa con las palmas—. Mucho menos de alguien que organizó una reunión a primera hora de la mañana siguiente a la muerte de su superior, sin el heredero presente, en su casa. Es una falta de respeto a su memoria, a sus decisiones y su buen juicio en vida, sin contar la primera mala impresión ante mí. Ahora, ¿podrías organizar ese encuentro en particular sin cometer otra equivocación?
El silencio reinó en cuando la voz de Bill dejó de retumbar en las paredes: tranquila, pero potente, había demostrado una fortaleza que impactó a todos y cada uno de los involucrados. Parecían compartir el pensamiento: la tensión en el aire llevó a Tom a presionar el mango de su pistola con fuerza. El que se atreviera a fastidiar a su hermano menor se las vería con él.
—Si esas son sus órdenes, así será —Dijo Faust, al fin, sentándose—. La casa funeraria fue advertida anoche y ya se están organizando los preparativos. Solo familiares y amigos cercanos serán invitados, pero hay que advertir a la secretaria quiénes son esas personas.
—¿Usted sabe quiénes son esos invitados?
—Sí, lo sé.
—Entonces, hágalo usted mismo —Bill corrió la silla para poder alejarse de la mesa, muy erguido—. Cuando llamen para indicar hora y día de la ceremonia, llame personalmente a cada uno.
Hasta Tom pareció a punto de golpear a su hermano: ¿denigrar al consigliere a tareas administrativas? Era firmar una carta suicida. Marcar territorio era arriesgado, pero debía hacerse a tiempo, sin sombra de duda. Tal vez los años de conocerse lo ayudarían a sobrevivir allí.
—Asumo que puede manejarlo, ¿cierto? —Incitó, cuando no recibió respuesta una vez más.
—Sí, señor Kaulitz.
—Excelente. —Apremió, y se retiró dándole la espalda a la sala.
Faust iba a darle algo de pie, solo para recuperar su lugar entre ellos. Era una forma denigrante de reclamar su derecho, pero aun sobraba el honor en su familia como para ocuparse de la situación como cualquier otra persona hubiera hecho: dispararle justo entre la cejas y acabar con el problema.
Aquellos que acompañaron a Bill, incluyendo Tom, no pudieron esconder su ansiedad. Salieron detrás de su jefe y apresuraron el paso, temiendo que las balas comenzaran a dispararse en su dirección. Tenían tantas preguntas, insultos, felicitaciones y golpes que darle pero esa actuación, ahí dentro, los dejó tan pasmadas como a los demás.
—¿Estás loco? —Su hermano fue el primero en tomarlo del brazo y tirar de él, hablando lo más bajo posible—. Podrían haberte matado.
—Pero no lo hicieron y, joder, Tom, ahora saben que no somos débiles.—El orgullo podía medirse en su voz.
—Habías expresado el punto, no necesitabas humillar a Faust delante de toda la jodida familia —Señalaba a la habitación con desesperación—. Va a vengarse.
—Puede intentar… —Dijo desafiante, mirándolo de cerca—. ¡Nunca me sentí más vivo, Tom! Nacimos para esto, nos entrenaron para esto y papá estaría orgulloso de mí, lo sé.
—Vas a descubrirlo pronto si seguís así —advirtió su hermano, preocupado—. No soy tu jodido guardaespaldas y no vas a obligarme a serlo poniéndote en riesgo de esta manera. No es mi culpa que seas un idiota y tengas un complejo de poder.
—¿Complejo de poder? —interrumpió Bill, dando un paso adelante—. ¿Tengo que recordarte tus palabras anoche? Porque esa estúpida superioridad al creer que papa estaría vivo si hubieras estado es propia de alguien con problemas de poder. Perderás tu compostura ante la mínima cantidad de estrés, tendrás todo ese músculo y víctimas que te preceden pero eso no te hace mejor que yo.
—El estilo de diva acomplejada no me queda, Bill —Se percató de que aun sostenía el mango de su pistola, así que soltó los dedos suavemente, respirando profundamente por la nariz—. Guardémonos los problemas para nosotros. No pueden vernos pelear.
—Deja eso para Andreja…
Antes de que pudiera esquivarlo, Tom lo golpeó directo en la boca del estómago: lo arrastró fuera de vista y, atrapándolo por la garganta, lo empujó contra la pared. Se observaron de cerca, ambos jadeantes y tensos, Bill casi sin aire.
—No la metas en tus problemas —susurró intensamente, ahogando la ansiedad—. Me estás agotando y ni siquiera pasaron veinticuatro horas de la muerte de papá. Eres un blanco de asesinato, ahora más que nunca. No les des jodidas razones para ahorcarte o meterte una bala por un ojo, porque no voy a enterrarte.
Bill no respondió, pero calmó su actitud por el momento: había conseguido lo que quería, no había más que hacer. Su hermano lo soltó y simplemente se fue, dándole la espalda y sin hablar con nadie. Un portazo hizo eco y el sonido de sus pasos se desvaneció.
Continuará…