
Fic slash de Cosette
Capítulo 5
La reunión con Anis no había diferido demasiado con respecto a las expectativas de Faust: trató de advertir durante la noche, mientras todos se retiraban a sus casas tras el funeral, que un encuentro repentino, sin planes ni la seguridad adecuada iba a acabar en desastre. Así fue, pero aun con cada paso ensayado se habría destruido una parte de los cimientos del imperio.
El grupo entero de mafiosos los acorralaron como una manada de lobos hambrientos. Reclamos, sutiles pero evidentes, insultos y protestas. Podían ser fuertes juntos, pero frente a todos esos asesinos y criminales solo podían caer o destacarse.
Tom sacó su arma y disparó al cielo tres veces: permaneció inmóvil, con el brazo elevado, intercambiando con ellos miradas de advertencia. Cuando el sonido de los disparos dejó de retumbar en sus cabezas, Bill se enderezó, acomodó su chaquete con desprecio y volvió la mirada a Faust, que esperaba detrás de la masa. Cruzado de brazos, sin parpadear, contemplaba la escena con satisfacción.
—No voy a permitir que se nos hable de esa manera —Dio dos pasos hacia adelante, pero nadie retrocedió—. Si tienen un jodido problema, recuerden a quién se enfrentan y midan sus palabras o voy a procurar que les quede grabada su falta de respeto en la cara.
—¿Qué vas a hacer, bonito? —Desafió uno de sus hombres, aproximándose. Apoyó una mano en la mesa, acercando su asqueroso aliento a su cara—. Los rumores dicen que nunca mataste a alguien.
Fue una decisión rápida: antes de que Tom siquiera pensara en alejarlo, Bill desfundó el arma, la hizo girar en sus dedos y golpeó su mano con el mango. El sonido de huesos rompiéndose en varios pedazos llenó la calle, junto con el grito ahogado de sorpresa y dolor. Bill no quitó el arma de la herida, manteniendo la presión.
—No necesito hacerlo.
La costumbre a la violencia fue suficiente como para no sorprenderlos, pero no se imaginaban un lado impulsivo de su andrógino consentido. El resto de los clientes, inocentes pasantes en el bar, solo bajaron la mirada. Sabían perfectamente en qué sector de la ciudad se habían metido y un grito de sufrimiento era lo mínimo que debían soportar a cambio de un café gourmet. La policía ni siquiera tenía poder en ese lugar.
No hubo que decir una sola palabra más. Bill caminó a través de los hombres, que se apartaron para dejarle pasar. Se dirigió directamente a Faust.
—La próxima vez que tengan algo que decir, lo organizan de forma civilizada, en la mansión, con un horario y una buena taza de café para mí, ¿está claro?
—Sí, señor Kaulitz. —Dijo sin ocultar su desprecio.
Consideró esa discusión como una nueva oportunidad para demostrar algo de carácter. Sin embargo, seguía sin matar a nadie frente a ellos y eso le quitaba puntos: ser el orgullo de papá por su elocuencia y control era contraproducente en ese mundo, sin su protección. Solo tenía a Tom.
Siquiera fue conciente de que se alejaba en soledad cuando Georg lo alcanzó. Atrapó el borde inferior de su camisa y tironeó, soltando en seguida, temiendo que alguien viera. Bill no se volteó y continuó su camino, que parecía ser directo a la mansión. Aquellos que pasaban cerca cruzaban la calle o se detenían para dejarlo pasar. Algunos saludaban cordialmente con la cabeza o murmuraban los buenos días.
Él iba a seguirlo, no había duda, pero se ahorraba las palabras para el momento adecuado.
Traspasó la entrada y le pidió a los custodios que se alejaran de allí, que vigilaran más cerca del portón por “precaución”. Pronto el encuentro con Anis se esparciría por la ciudad como una plaga y cada esquina esperaría una guerra en primera fila. Si podían destruirse entre sí los dos grupos criminales principales, la historia cambiaría.
—Hey… —murmuró Georg, tomándolo de la muñeca—. Detente un minuto. No tuviste un segundo para pensar en lo que estás pasando. Pareces ajeno a toda la situación. Tu padre acaba de morir…
—Sí, y no hay nada que pueda hacer —respondió rápidamente—. Si tuviera una forma de traerlo de vuelta para que todo esto no quede en mis hombros, ¡lo haría!
—Entonces, ¿no quieres esto?
—¡Por supuesto que no! —gritó, acercándose un paso, sacudiendo las manos—. Quiero a mi padre de nuevo, no debió dejarme en esto. Tom va a terminar asesinando a alguien que no debe, yo voy a acabar tomando una mala decisión y todos esos perros de la mafia van a comerme vivo y escupirme.
—¿Y Vororte?
—No les temo. Puedo mantenerlos a raya.
—No comprendo cómo mantienes la calma con ellos y no con tu propia mafia.
—Un grupo de pandilleros no va a derribarme —Se apuntó bruscamente a sí mismo a la altura del pecho, erguido como si fuera a enfrentarse con ellos en ese preciso momento y lugar.
Georg notó el cambio de expresión en su rostro: había abierto la puerta de sus pensamientos, estaba al borde del colapso, vomitando todo lo que había ahogado durante horas. Podía aglutinar su mente y Tom entendería cada uno de los mensajes, pero se volvía una bola de emociones que rebotaba entre ellos. Nunca salía de sus cabezas y solo podía explotar cuando era demasiado.
Lo tomó de las muñecas y tiró hacia abajo, pegando estas contra sus costados.
—Deja salir todo, no dejes que te vean así.
Bill se detuvo, respirando agitado, pero se alejó al sentir su brazo rodeando su cintura. Vio la ventana entreabierta. Lo apartó quitando sus brazos de su cuerpo y replicó.
—Puede haber cámaras y…
—No hay cámaras en la casa, lo sabes.
—¡No, no lo sé! —Gritó, perdiendo el control de nuevo.
La casa estaba vacía, las paredes retumbaron.
—¿A qué te refieres? —Inquirió Georg, acercándose.
No debía hablar. Había prometido mantener la boca cerrada, seguir el secreto con Tom, evitar que los rumores se esparcieran. Cualquier palabra fuera de lugar poseía el potencial de destruir una táctica de combate.
—Creemos que hay una rata…
—¿”Creemos”? —repitió Georg—. ¿Los gemelos Kaulitz creen que hay una rata en la familia?
Podía sentir la ira de Tom acumulándose en su pecho y, las palabras “Voy a matarte, hermanito menor” aparecieron en su mente.
—Solo es un presentimiento.
—No trates de arreglarlo ahora —rio como respuesta—. Ya lo dijiste.
—Es todo, no sabemos nada. —Bill sacudió las manos en el aire, en señal de que el tema se acababa allí.
Un silencio incómodo se hizo desde ese momento. Georg no le quitó la mirada de encima, pero Bill simplemente miró al suelo, frotando su sien con los dedos. No estaba pensando cuando se aproximó y guió a su jefe contra la pared. La luz de sol no llegaba a iluminar esa esquina.
Quizás una parte de Bill necesitaba de pasión, pero su lado lógico buscaba una escapatoria: había decidido, horas antes de que su padre fuera asesinado, que no valía la pena continuar con una relación como esa. Bill no estaba hecho para las relaciones. Una violenta pelea de una hora era suficiente para evidenciarlo, razón por la que Georg, tras confesarle que no soportaba una sola noche más siendo su mucama, se fue de la casa para no volver hasta que llegó a sus oídos la noticia de la tragedia. El rechazo definitivo de su jefe,
Sin embargo, esa vez, Bill cedió a los contactos. Se aferró a su chaqueta y clavó las uñas en la tela, sintiendo su pecho contra los nudillos. Se encontró acorralado contra la pared, atrapado por un par de labios ansiosos. Buscó su cuerpo bajo la ropa, tanteando las reacciones bajo sus manos, sin dejar que ninguna palabra se escapara de su boca. Necesitaba recordar la fórmula en la que nada distraería a su pequeño revoltoso.
Olvidando sus problemas, Bill se dejó llevar por el contacto. Necesitaba un punto de paz, algo que le hiciera olvidar quién era, sus responsabilidades y el destino que le esperaba. Georg parecía saberlo, porque encontró el lugar que buscaba tras recorrer su mandíbula con los labios, dejando una mordida justo debajo de la oreja. Un gemido brotó de su garganta y sus dedos se aferraron a los brazos firmes de Georg, quienes buscaban atraerlo y apartarlo a la vez, indecisos. Se encontró atrapado contra la pared, con sus muñecas por encima de su cabeza: Georg lo sostenía sin titubear, evitando darle la oportunidad de dispersarse. Unió sus labios con deseo, a lo que Bill respondía, dándole el pie para continuar.
El pulso aumentaba con cada roce, igual el ansia en el que Bill creía ahogarse. Georg presionaba contra la pared, dificultándole la respiración. En el choque de sus cuerpos Bill solía encontrarse a gusto, a salvo, pero en ese momento cada rasguño lo sofocaba. Soltó un quejido luego de que Georg le quitara la chaqueta a los tirones, haciendo que se volteara contra la pared en el mismo movimiento.
—Necesito despejar la mente —Bill se sobresaltó con un escalofrío, forcejeando—. ¿Podemos salir?
—Bill, vamos… —replicó Georg.
—¡Basta! —insistió en voz baja—. Necesito salir.
—¿Creés que es seguro? —Dijo finalmente, tras un corto titubeo. No temía al exterior, simplemente no comprendía la falta de sutileza e interés que tenía Bill al hartarse de algo. No era algo que pudiera mencionar. Tras el gemido que había escapado de su garganta, estaba convencido de que nada lo distraería: algo lo estaba bloqueando.
—No puedo permanecer encerrado. —Gimoteó, acomodándose la ropa, separándose de la pared.
—Tal vez podríamos subir al auto e irnos lejos por unas horas… —sugirió deseoso, frotando su mejilla con el índice—. Sería más seguro. Puedo usar mi auto, nadie sabría que estás conmigo.
—Sería lindo alejarse de la ciudad por un tiempo. —Cerró los ojos, relajado, imaginando la libertad que un auto podía proporcionarle.
—Podríamos ir a la casa en la playa de…
—¡No! —Gritó Bill repentinamente—. ¿Estás loco? Odio ese lugar, ¡lo odio! ¿Qué te metió esa idea en la cabeza?
—Solo…
—¡No! —Repitió, peinándose nerviosamente el cabello con los dedos—. No, Georg. ¿Cómo pude ser que arruines los momentos constantemente?
—Simplemente pensé… —Trató de solucionar, en vano.
—Pensaste mal —Se abrazó a sí mismo unos momentos pero, reconociendo su error, deslazó sus brazos y se alejó de su amante—. Aun así, quiero salir. No soporto el encierro.
—De acuerdo.
—Esperame abajo, voy a buscar algunas cosas —dijo firmemente, retirándose por las escaleras, dejando a Georg frustrado y con la garganta llena de insultos.
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Frente al bar, vio a su hermano alejarse por la calle, con Georg trotando detrás. No podía cuidar de él las veinticuatro horas del día, debía enfrentarse al mundo si quería ser independiente y recordar las lecciones. Luego de una escena como esa, no podía correr detrás de él como un niño huyendo a refugiarse a su habitación. Un buen golpe podría hacerle entrar en razón.
Ingresó al bar, ignorando al herido que llevaban escoltado a un auto y buscó a Andreja con la mirada; levantaba vasos sucios de la barra. Un breve contacto de ojos y ella supo que debía sacar una botella de buen vodka, de las reservas de Königtum que nadie más podía tocar. Se sentó en la punta más alejada a la puerta y esperó a que ella se aproximara.
—Parecen tener todo bajo control. —Dijo ella, con una mezcla de sinceridad y sarcasmo. Sirvió la bebida frente a él.
—No va a durar.
—Solo hace falta tiempo para que te reconozcan como digno de ellos.
—Digno de mi padre, querrás decir.
—No —aseveró, rápidamente—. Ellos no admiraban a tu padre como nosotros. Ellos querían sangre, destrucción, control total a través de la bestialidad, igual que Vororte. Ven tu potencial, pero te reprimen las enseñanzas de Jörg. Eres uno de ellos, lo saben.
—Tan equivocada —La apuntó con el índice, sosteniendo el vaso y bebió de un solo trago—. Bill y yo somos una persona, dos caras de la misma moneda, por eso nuestros enfoques son tan diferentes pero deseamos lo mismo.
No iba a discutir más al respecto por el momento: estaba alterado y con algunas pocas copas de más podría desatarse la bestia. A pesar de su resistencia al alcohol, cuando comenzaba a beber de angustia, no se detendría hasta llegar al estatus de “ebrio violento”.
—Tal vez, pero no todos en esta mafia quieren lo mismo —advirtió con cautela—. Y eso es un peligro incluso para las dos cabezas.
—¿Qué sabes? —Tom clavó a mirada en sus ojos, manteniendo una conexión irrompible.
—¿Qué? —Trató de apartar la mirada, pero una fuerza la clavó al piso. Frotó compulsivamente uno de los vasos con un trapo.
—Sabes algo… por eso tanto misterio —Estaba calmo, pero no duraría. Utilizaba ese tono de voz negociante previo al sonsacar respuestas con los puños—. Lo único que haces es intentar disuadirme, meterme ideas en la cabeza.
—Solo estoy asumiendo, no hay nada que…
—Andreja, no jodas conmigo —Se levantó, apoyándose en la barra, aparentando ser una fiera a atacar—. Es el momento en el que abras la boca de una vez.
—Tom, ya te dije que no hay nada que tenga que decirte.
Dejó caer el vaso, que se quebró en varios pedazos, cuando Tom la tomó bruscamente del brazo. Tiro de ella hasta la salida de la barra y la arrastró sin vacilar hacia las mesas más alejadas, separadas por pequeñas paredes para evitar la visión desde afuera. Un sofá semicircular rodeaba una mesa de madera, con un cenicero en el centro.
—¡Sacame las manos de encima, Tom! —Se sacudía Andreja.
Ignorando las quejas, la arrojó sobre el asiento y se ubicó a su lado, manteniéndola atrapada con el cuerpo. Si debía encarar una nueva falta de respeto, iba a tener que disparar su arma hacia el primer blanco que se le cruzara.
—No te pongas pasivo-agresiva conmigo —la sacudió del brazo, mientras ella trataba de alejarse—. Si hablaste fue por algo. Escupe.
Ella no dijo una palabra hasta que Tom la soltó. Se acomodó la ropa y se enderezó, respirando profundo.
—Trabajo en la barra, casi todo el día —Jugó con una de las servilletas—. A veces de noche. Por supuesto que sé lo que ocurre por las mentes de todos los que se sientan a ahogar penas y discusiones. Los hombres no son cuidadosos cuando beben —remarcó, mirándolo furtivamente, gesto que Tom dejó pasar—. Podrían llegar a dar sus mayores secretos, confesar los pensamientos más oscuros. ¿Cómo crees que hacía tu padre para mantener el control y los ojos en todos lados? Sabía dónde poner a la gente a escuchar.
—Ahora resulta que eres un espía de papá, ¿debo creer eso? —La tomó de la cara con desprecio—. ¿Una rubia idiota bajo órdenes?
—¡Jodete!
Logró darle una cachetada y se alejó gateando por el asiento, sin llegar demasiado lejos. Tom la aferró de vuelta y la giró, enfrentándola.
—Es la segunda vez que te pones histérica conmigo —Le advirtió, golpeando la mesa con el puño—. La próxima vez no voy a ser tan amable. No voy a repetirlo, ¿qué sabes?
—Podrías hablar como si fueras un jodido caballero —Andreja se quedó helada, esperando un golpe—. Como tu padre, no una bestia.
Tom pensó en golpear esa hermosa cara delicada, herirla hasta que sus problemas se acabaran de una vez. Su expresión de piedra la hacía parecer una estatua de mármol, una de esas hermosas criaturas talladas de tal manera que uno llegaba a temerles. Estaba prohibido resquebrajar esa piel.
La soltó y dejó irse, antes de arrepentirse.
—Traeme la botella de vodka.
Ella fue lo más lento posible y, al regresar, dejó la botella sobre la mesa con fuerza. Una vez más se vio atrapada por el firme puño de su amante.
—No quiero volver a verte hoy pero esta conversación no se acabó.
Andreja se liberó y huyó del bar.
Continuará…