(laugh at me) Being at my wit’s end
(laugh at me) Even if it’s a forced smile
(laugh at me) Being at my wit’s end

X Japan ~ Vanishing love

Fic TOLL de Aelilim 

Capítulo 3: Gris I (No-vertiginoso)

Los créditos aparecieron en la televisión y Tom bostezó. No podía ser más de las once pero la película había sido tan sosa, lenta y con un final tan predecible que estaba somnoliento. Leah estiró las piernas a su lado y volteó a verlo.

—Estuviste dormitando la mayor parte del tiempo, y yo que pensé que la combinación de tecnología, sangre y mujeres sería lo ideal —dijo divertida al ver cómo se le cerraban los ojos. Tom bostezó, encogiendo los hombros—. Es un hecho que te dejaré elegir lo próximo que veamos.

—Entonces es mejor que te prepares para redescubrir el placer del séptimo arte desde ahora —sentención con una sonrisa. Hablaba por hablar, el cine no era precisamente su afición. En realidad, ya Tom no tenía ninguna afición entretenida… Hasta en eso era aburrido.

Arrugando el entrecejo por el pensamiento, hizo el intento de levantarse, proyectando ir al baño y luego prepararse para dormir pero Leah le detuvo con un brazo e hizo que se quedase en su sitio. Alzó las cejas y ante su mirada interrogativa, su novia se sentó en su regazo, enfrentándole y restregando su fría nariz contra su cuello.

—Hace mucho que no… —susurró ella, interrumpiéndose para besarle detrás de la oreja—. ¿No te apetece?

Tom tenía sueño y no tenía tantos ánimos para un momento íntimo, sin embargo, Leah empezó a balancear sus caderas en un movimiento provocativo y se sintió responder casi de inmediato. Llevó sus manos al cuello femenino y besó con fuerza los labios que se le ofrecían. Sí, tal vez había pasado mucho… Se separó y la chica le ayudó a que le quitara su blusa por la cabeza y sin desabrochar ningún botón; sin haber ningún sujetador, tomó con delicadeza un pezón entre sus labios, incitando a que Leah soltara un pequeño jadeo ahogado. Estaba a punto de incorporarse lo suficiente para echar el talle femenino en el sillón cuando el timbre se escuchó por todo el departamento.

Con un gruñido se separó y le lanzó una mirada fastidiada a madera de la puerta, como si con ese acto si pudiera evaporar a la persona que fastidiaba a esa hora.

—Dios, quién será… —suspiró Leah con cierta decepción antes de ponerse en pie con agilidad y caminar hacia el corredizo que llevaba a las habitaciones, sus pechos al desnudo y una sonrisa mostrándose en sus labios—. Deshazte de quien sea y ven. Rápido.

De nuevo el timbre se escuchó y, de nuevo también, Tom gruñó. Grande fue su sorpresa al ver que era Bill el que tocaba. Bill en la puerta de su departamento con una expresión ilegible, el cabello sujetado en una cola baja y ropa ajustada que marcaba su cuerpo esbelto y delgado. Su erección que empezaba a desvanecerse, dio un salto y Tom gruñó por tercera vez.

—¿Qué haces aquí?… ¿Cómo sabes que vivo aquí? —cuestionó con voz ronca.

—Si sé dónde trabajas y a qué hora es tu receso, ¿por qué no sabría dónde vives? —señaló Bill como si fuera algo muy evidente, su ceño fruncido.

En ocasiones, la incertidumbre pendía acuciante desde la última vez que había estado en la presencia de Bill, dos semanas y unos días atrás, pero Tom nunca le había dado importancia, trasladándola al fondo de su mente y dejándola encerrada ahí. Sin embargo, ya era casi demasiado. Dando un paso afuera del departamento y cerrando la puerta con cuidado, enfrentó a Bill y otra vez le espetó sus preguntas. Esta vez solo recibió un “me provocó verte” que por algún motivo le hizo hervir la sangre. Con violencia empujó al chico contra la pared y lo paralizó poniendo una mano contra su cuello.

—O respondes o… —No completó lo que quería decir porque todo el rostro de Bill se iluminó con un regocijo que en vez de enfurecerlo más, lo dejó atónito.

Bill tenía una expresión de alguien que sabe que puede liberarse con solo quererlo, que se sabe dueño de la situación. Con fuerza irreal para su estrecha figura y sus facciones femeninas, se soltó y, en un cerrar y abrir de ojos, Tom era el que estaba contra la pared y tenía el cuerpo atrapado, sus brazos inmovilizados encima de su cabeza. Y por más que trató de impedirlo, pronto sus labios eran besados con todo excepto delicadeza y una lengua se coló dentro de su boca, todo a la vez que tenía unos ojos marrones incrustados en los suyos.

Cuando Bill se separó, podía sentir el sabor a brillo afrutado e impotencia. Jodida impotencia en cada poro.

—Qué mierda quieres —balbuceó sin aliento.

Bill le soltó, dejando caer sus brazos, y dio con demasiada celeridad unos pasos hacia atrás. Lucía confuso, como si sus palabras hubieran tocado un nervio muy sensible. Una de sus manos se perdió en el bolsillo trasero de su jean y al reaparecer tenía una pequeña libreta que Tom reconoció al instante. Se la entregó abriendo en la última página en la que estaba escrito un número telefónico, obviamente el suyo.

—He decidido que yo también quiero ayudar al destino —explicó en voz baja, y giró, dándole la espalda y yendo hacia el ascensor en el que desapareció.

Tom no le detuvo, limpiándose con el reverso de la mano la boca cuando sus miradas colisionaron una última vez. Una vez cerrada y asegurada la puerta, recién se detuvo a escrudiñar la libreta que pensó que había perdido en una de sus borracheras. La había tenido por mucho tiempo y contenía todos sus datos personales.

Prácticamente escuchó cómo su cerebro hacía clic tras clic encajando las piezas del misterio que representaba Bill. O por lo menos una parte. Que tuviera la libreta explicaba por qué se había aparecido en el receso de su trabajo y ahora en su departamento, incluso daba un motivo relativamente satisfactorio al encuentro que había tenido a afueras de su casa hacía meses con un tipo: el teléfono de sus padres estaba ahí y no tomaba mucho averiguar la dirección.

—¿Tom, está todo bien? Estás tardándote —oyó a Leah. Gritó que ya estaba en camino.

Tal vez todo el “enigma Bill”, a excepción del gran aullido que le había escarapelado de pies a cabeza, se había resuelto… pero en vez de que la fascinación se diluyera, extrañamente había incrementado. Lo más probable era que la misma aura que rodeaba a Bill era la que conllevaba el misterio, lo seductivo. Lo diferente. Tom temía aceptar que la presencia de una persona que tenía la posibilidad de cambiar lo cotidiano, le sobrecogía.

Dejó la libreta a un lado, y aspirando grandes cantidades de aire, fue hacia su dormitorio donde sabía que Leah le esperaba. La única luz prendida, la de la lámpara del velador izquierdo alumbraba el rostro contraído de su novia cuando ingresó al cuarto. Ella se hallaba hablando por teléfono y a mitad de conversación, un par de lágrimas cayeron por sus mejillas.

—Mi abuela Gemma ha fallecido —informó en un murmullo sofocado al colgar—. Ha tenido un infarto, y los doctores no han podido hacer nada. Siquiera no ha sufrido…

Al estrecharla entre sus brazos y acariciar su cabeza en un vano intento de consuelo, sin poder pronunciar simples frases de alivio, Tom no pudo decidir qué era peor, pensar en Bill mientras le hacía el amor a su novia, o pensar en Bill mientras la consolaba por la muerte de su abuela favorita.

Los días que siguieron fueron de peor en peor, siendo la cúspide cuando tuvo que representar el papel de novio perfecto en el entierro al lado de una Leah destrozada y que a cada rato se enjugaba las lágrimas con un pañuelo con manchas negras por su maquillaje.

Y, nuevamente, se repetía que no era que no quisiera a Leah, incluso le agradecía muchas cosas, muchos demonios personales que había enfrentado con su ayuda e incontables momentos de comprensión y amor, pero estaba sofocado; esas cosas no eran para él: una esposa a la que solo le faltaba la ceremonia y el anillo, planes de hijos… familia. La familia no era para él. Pero era un maldito egoísta y un cobarde, y estaba yéndose por el camino trazado y fácil.

Cuando se apartó un poco para fumar un cigarro, buscando paradójicamente aire y alejarse de las condolencias y los parloteos bajos que compartían anécdotas y lo buena y dulce que había sido la muerta, Gustav, que había ido a pedido suyo, le siguió. Curioso, Tom levantó una ceja al escuchar a su amigo querer saber si estaba bien.

—Eso deberías preguntarle a Leah, no a mí. —Se detuvo para torcer su boca en una sonrisa falsa antes de seguir hablando—. Aunque sí, estoy bien. Todo el ambiente me asfixia pero es mi deber permanecer aquí.

Gustav constató que no hubiera nadie que pudiera escucharlos.

—No es tu deber, no te mientas de una forma tan patética, Tom, que tanto tú como yo sabemos que distas mucho de cumplir lo que deberías hacer. Hacer ahora una excepción no cambia demasiado la situación.

Dirigiéndole una breve mirada a su amigo, dio una profunda calada a su cigarro sin contestar. Tenía razón. Pero, ¿y qué? Gustav había estado a su lado desde hacía mucho, desde la escuela y cuando las aventuras de una noche habían dado inicio. Y nunca le había juzgado por engañar a su novia de tantos años. Tom sabía que no le juzgaba, así como también sabía que no entendía por qué seguía adelante con una relación que no le satisfacía.

—Sé que nunca hablamos de esto con seriedad… —Gustav tenía la vista clavada en un lugar y cuando Tom la siguió, comprobó lo que sospechaba: estaba observando a Leah sollozar en el hombro de su madre. La chica se veía tan derrotada y diminuta—. Pero ella no se lo merece.

—Lo sé —fue todo lo que pudo responder.

Lanzó su cigarro a la mitad y lo aplastó, odiando por un instante los zapatos de vestir, el estúpido traje negro incómodo y que se veía fatal con sus rastas, y odiando a Leah y a Gustav y, muy especialmente, odiándose a sí mismo. El resto del funeral estuvo mudo, sintiéndose culpable y decepcionado en secreto.

Esa noche, al acostarse, Leah acurrucada contra él y su respiración pausada e imperturbable, se imaginó contándole todo, volcando su corazón y la oscuridad en la que estaba sumergido. Imaginó la mirada avellana turbia por las lágrimas y el labio inferior trémulo, y los reclamos a viva voz, los “te odio”… No podía ser franco, y menos porque no eran una o dos mentiras las que ensuciaban todo, sino un millón y algo más.

Dos semanas más pasaron, entumecido y más ajeno que siempre. Leah notaba su alejamiento pero no hacía nada, hundida en su pérdida personal y en tratar de sobrellevar su luto para que no afectase su periodo final de estudios. Era un domingo y estaban en su habitación, Tom leyendo una revista de autos y Leah, como ya se había vuelto costumbre, con las narices sumergidas en uno de sus libros.

—¿Um, Tom? —El mencionado apartó la revista. Leah le miraba pensativa—. ¿Recuerdas los dibujos que solías hacer cuando eras un niño?

Tom recordaba. Había sido en esa época que le encontraba significado a respirar y a recibir rayos de sol en el rostro. Después, al hacer amistad con Gustav y su grupo, esa afición se había ido desvaneciendo, sus lápices de colores y carboncillos siendo dejados al olvido al verse cada vez menos inspirado, absorto por cosas mundanas y para gran decepción de su maestro de artes, quien se enorgullecía afirmando que era su mejor pupilo y que si seguía así podría forjarse un futuro prometedor.

Sí, en definitiva Tom recordaba y había ocasiones en las que le invadía cierta ansiedad, cierta picazón en los dedos, sin embargo, las veces que se había atrevido a tocar un carboncillo, la mano se le había puesto rígida y las ideas se habían diluido de su cabeza.

—¿Qué hay con eso? —dijo, intentando no mostrar que acababa de tragar amargo. Leah había llegado a su vida cuando ya era incapaz de dibujar, pero Simone se había encargado de mostrarle su “colección privada”.

—Nada en especial, solo me figuraba lo grandioso que hubiera sido que siguieras dibujando. Oye, cariño, estaba pensando… sabes que amo a tu familia y ellos me aman a mí, ¿verdad? —Tom asintió; era cierto, sus padres querían más a Leah que a él, o por lo menos estaban cerca de hacerlo—. Pero hoy no vayamos a la cena, quedémonos y pidamos algo de comer. ¿Qué dices? Todavía es temprano, y si quieres yo me encargo de avisarles.

Asintió sin premeditaciones. Ir cada dos semanas a la casa en la que había crecido era una tradición que también había entrado en la categoría de cosas que hacía por hacer. Estando de acuerdo, Leah se comunicó por teléfono con Simone y luego le anunció con una sonrisa dulce que la cena familiar quedaba postergada para el próximo domingo.

—¿Qué quieres comer? —preguntó Leah, enderezando su posición unas cuantas horas pasadas. Ya había atardecido. Tom apagó el televisor y se levantó del sillón—. Para ordenar de una vez.

—Yo cocino, ¿mejor? Hace tiempo que no te preparo nada. —Los ojos de su novia brillaron con intensidad, y por un instante, Tom tuvo el presentimiento de que iban a caer dos lagrimones. Para su alivio, no hubo presencia de lágrimas, solo la respuesta: “pasta”—. Pasta será, entonces. Iré a comprar lo que necesito. ¿Quieres alguna salsa en especial? —quiso saber, revisando tener en sus bolsillos sus llaves y calibrando si abrigarse o no.

—¿Napolitana? No, no, mejor Boloñesa. Oh, Tom, decide tú que cualquiera por mí estará bien. ¡Han pasado años desde que probé algo hecho por ti! —Estaba emocionada y esa emoción derritió un poquito la culpabilidad que parecía clavar raíces insondables en su alma. Era un imbécil, sí, pero tampoco era que estuviera hecho de piedra.

No, no estaba hecho de piedra, lo comprobó por centésima vez al salir del edificio y lo primero que hizo fue sacar su teléfono y buscar en su directorio el nombre de la persona que requería. Una persona que podía darle justo lo que necesitaba para alejarse un poco de sí mismo, sospechando que no se haría de rogar. No bastó más que un “¿Bill? Es Tom” para confirmar que no estaba equivocado. Había pasado los últimos días barajando la posibilidad de contactarlo, pero no había terminado de decidirse.
Compró todo lo que necesitaba y cocinó poniendo de su parte para hacerlo bien.
Leah le vio trajinar sin ofrecerse a ayudar con una sonrisa vaga en la boca.

—¿Te molesta si salgo un rato? Quiero… Me hace falta un poco de aire. —Estaban sentados en la mesa, cada uno con su plato delante y un par de copas de vino casi vacías. Leah suspiró—. Recibí una llamada de uno de mis compañeros de trabajo que celebra un ascenso y pensé en ir si no te importaba.

—Querrás despejarte, estos días he estado tan dispersa y… —empezó a decir con culpa. Se detuvo sin completar y sonrió—. Está bien, acabemos esta botella de vino y llama un taxi.

Entre una charla trivial y caricias perezosas, la botella de vino de convirtió en dos y pronto, por el cansancio y la tristeza, Leah quedó dormida en el sillón y Tom le acostó.

—Ya vuelvo —murmuró, a pesar de saber que no le escuchaba.

La noche le recibió fría cuando salió del departamento y comenzó a bajar las escaleras, temblando un poco y sabiendo que era tonto de su parte salir sin abrigo. Llegó al estacionamiento en el sótano del edificio y entró a su camioneta; aunque se sentía ligeramente mareado, no veía para tomar un taxi y no conducir. La conversación con Bill había sido concisa, un hola, soy Tom y quiero verte. Notando en su voz que no estaba para bromas o juegos, le había dicho que estaría en su piso a partir de las 12 y ahora era unos minutos pasada la medianoche.

Técnicamente ya era lunes y tendría que ir a trabajar, pero podría apañárselas con tres o cuatro horas de sueño. Y tampoco era que ir a su trabajo en punto, bien aseado y con predisposición le haría escalar más pronto a un cubículo más espacioso.

Estando por alzar la mano y tocar la puerta de Bill, esta se abrió súbitamente y Tom se encontró frente a frente con una cara familiar, familiar e ingrata, lo cual le hizo arrugar el ceño. Era el mismo extraño que le había saltado encima a las afueras de la casa de sus padres meses atrás.

—Tú —ladró el tipo, sus ojos verdes refulgiendo un muy alto y claro “no eres bienvenido aquí”. Estaba por contestar con aspereza cuando Bill apareció con una pequeña sonrisa.

—No pensaban discutir, ¿verdad?… —Su extrema neutralidad hizo que Tom torciera los labios—. Ustedes dos no deben conocerse, al menos no formalmente. Georg este Tom, Tom este es Georg.

El ambiente pareció distenderse con celeridad asombrosa, incluso el tal Georg hasta le hizo un gesto de saludo que devolvió incrédulo. Bill parecía tener cierto control sobre Georg que, aunque tenía una estatura inferior, era notablemente más fornido que Bill y él juntos. Bueno, cualquiera era más fornido que Bill, aunque no cualquiera podía tener su fuerza…

—Eres un puto enfermo —fue lo último que comentó Georg con hostilidad dirigiéndose a Bill. Le dio una mirada indiferente a Tom y se fue a largos trancos.

—¿Por qué enfermo? —cuestionó antes de poder morderse la lengua. Estaba un poco ebrio, se justificó mentalmente, pero no en voz alta. Sin contestarle, Bill se hizo a un lado y le dejó entrar. Siendo la tercera vez en el piso, lo blanco de cada rincón no le atrajo ni le perturbó por su peculiaridad.

—¿Quieres continuar tomando… —Bill se acercó un poco y olisqueó el aire a su alrededor— vino? Aunque no tengo cabernet.

—¿Cómo sabes eso? —Acordándose de la escena del cenicero, se acercó a uno de los ventanales abiertos y sacando su cigarro y un encendedor, comenzó a fumar. Bill le siguió desde cerca.

—Tengo buen olfato y sé de vinos, nada más. —Tom observó las facciones de Bill, admirándolas al igual que la simple bata negra que cubría su cuerpo. Se preguntó si estaba desnudo—. ¿Qué opinas?

—No, no quiero vino. Quiero algo más fuerte —replicó, finalmente botando el humo por la boca mientras hablaba. Bill contestó un “como quieras”.

Había proyectado tocar, esperar a que Bill le abriera y saltarle encima. Tener sexo apresurado y marcharse sin más. Fin. Sin embargo, el breve encuentro con Georg en la puerta había trastocado su plan a punto de no retorno. Bill apareció con un par de vasos, una pequeña hielera y una botella de Johnny Walker etiqueta dorada que depositó en una mesita para luego tomar asiento en una de las sillas dispuestas en ese lado del piso.
Tom le imitó, y aún estando consciente que no era muy inteligente de su parte buscar embriagarse, al recibir el vaso con una cuarta parte lleno, lo empinó, sintiendo cómo su garganta ardía. Pidió a Bill que le sirviera más.

—No puedes dejarme atrás, no es muy educado de tu parte —exclamó Bill divertido, al ver que el alcohol desapareció otra vez de su vaso con urgencia.

—Mañana tengo que ir al trabajo.

—Lo sé —dijo tomando un trago—. ¿Tienes un cigarro?… Qué pregunto, por supuesto que tienes uno.

Tom rió por lo bajo y sin mucho humor le tendió uno que también encendió cuando Bill lo tuvo entre sus labios. Estuvieron un rato en un silencio que Tom sintió la obligación moral de romper por notar que cenizas caían en el piso blanco, profanándolo. No era ni de cerca tan malo como ensuciar una alfombra blanca, pero aún así.

—¿Y eso? —señaló con la cabeza la pequeña montaña de ceniza a un costado de la silla de Bill, quien soltó una gran carcajada.

—Solo digamos que hoy me siento con ganas de portarme mal, ¿qué tal eso? —dijo Bill al fin con ánimo. Movió su pierna y Tom siguió con los ojos cómo la bata se resbalaba…

—¿Por qué tanto histerismo con el blanco? Provoca escalofríos.

—Me gusta, es como mi propio infierno personal… Me agradó que me llamaras. —Tom sintió que una sonrisa amenazaba con apoderarse de sus labios, así que tomó lo restante de su tercer vaso—. ¿Realmente quieres ponerte ebrio como una cuba o hacer algo más?

Gran parte de los ventanales estaban abiertos, sin embargo, el lugar estaba tibio. Calefacción, dictaminó. Bill seguía mirándole en busca de una respuesta y de nuevo vio los pedazos expuestos de piel.

—Mañana tengo que ir trabajar —remarcó nuevamente y escuchó una risa suave—. Odio tener que ir a trabajar —suspiró audiblemente. Bebió de golpe su cuarto vaso y se aclaró la garganta—. Pero odio más no poder renunciar.

—Lo sé. ¿Eso significa que también tienes ganas de comportarte mal? —Fijándose que Bill ahora sostenía una colilla, Tom le ofreció otro cigarrillo y encendió ese y uno para él.

—Tal vez, a pesar de que ya perdió un poco su gusto por hacerlo tan seguido. Y Leah no se lo merece. —Ante la mención del nombre de su novia, hizo una mueca.

Bill no comentó nada sino hasta pasado unos momentos en los que lo único que se pudo oír fue el tráfico de la avenida no muy lejana y una ocasional bocina.

—Hacemos cosas estúpidas y herimos a las personas, especialmente a las que nos quieren, no es una gran sorpresa. ¿Quieres que te cuente un secreto? —Tom encogió los hombros—. Tengo habilidad especial para herir, por eso prefiero mantenerme alejado.

—¿Y Georg? —Definitivamente, ahora estaba más borracho que antes.

Bill no dijo nada y Tom no se molestó en repetirse. No había caso, además que al final de cuentas, dudaba que Bill se importunara haciendo aclaraciones que no quisiera. Alargó la mano para servirse más whisky, pero fue detenido por un manotazo.

—Vamos a mi cama —dijo Bill con un tono que no dejaba espacio a refutaciones—. Odiarás el trabajo, pero no a Leah, y tienes que volver a tu casa… —agregó por toda explicación mientras se levantaba y avanzaba, dejando caer su bata y mostrando su cuerpo desnudo en toda su gloria.

Tom jadeó ahogadamente y siguió sus pasos.

Continúa…

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