El beso pilló a Bill desprevenido, jamás hubiera pensando que Tom fuera así de lanzado, o al menos con él. Su plan era jugar un poco, insinuársele para ser él quien hiciera el primer movimiento, pero Tom se le había adelantado para sorpresa suya.
También fue una grata sorpresa saber que besaba muy bien. Lamió su labio inferior hasta que los separó y le dejó paso, sus lenguas juguetearon y por unos momentos se olvidaron de donde estaban y de que podían ser escuchados.
Siguieron besándose profundamente, gimiendo desesperados, más cuando la mano de Tom aferró con firmeza el trasero de Bill y le atrajo más hacia él, haciendo que se frotaran sus entrepiernas. Y hubieran seguido así hasta alcanzar cada uno un orgasmo prolongado, pero alguien llamó con firmeza a la puerta dando bruscamente el beso por finalizado.
— ¡Salid inmediatamente! —gritó el jefe de estudios.
Se separaron con rapidez, mirándose unos segundos con la respiración entrecortada, jadeando sin poderse creer lo que acababa de suceder.
—No me hagáis echar la puerta abajo—advirtió el jefe de estudios al ver que no salían.
Tom fue el primero en moverse, maldijo por lo bajo y tras accionar de la cisterna descorrió el cerrojo y salió primero, rozando su tembloroso cuerpo con el de Bill.
—Kaulitz, no me sorprende verte aquí—gruñó el jefe de estudios fulminándole con la mirada.
Al poco salió Bill y recibió la misma mirada, haciéndole encogerse en el sitio y buscar refugio tras Tom.
— ¿Qué hacíais los dos aquí encerrados? —interrogó el jefe de estudios alzando una ceja.
—Me sentía mal—contestó Tom por los dos—Bill se preocupó por mí y vino a ver si estaba bien.
—Ya—murmuró el jefe de estudio arrugando la nariz— ¿Y de quién fue la idea del porro?
—Mía—contestó esa vez Bill.
—Pues irás a hacerle una visita al director—dijo el jefe de estudios señalando la puerta del baño—Y Tom te acompañará, por si por el camino te pierdes.
Dicho y hecho, Bill y Tom echaron a andar seguidos de cerca por el jefe de estudios. El despacho del director se encontraba en la primera planta y a ella subieron. Se sentaron a esperar en una pequeña sala que había vigilados atentamente por la secretaria mientras que el director era informado de lo sucedido y hacía una llamada a Gordon Kaulitz resoplando.
Minutos después los chicos se encontraban sentados ante su mesa a la espera del padre de Tom, que no tardó más de media hora en llegar.
—Su hijo ha sido descubierto fumando un porro en los baños—explicó el director arrugando la frente.
—El porro era mío—aclaró Bill.
— ¡Me da igual de quien fuera!—-estalló el director—Estáis los dos expulsados 3 días del instituto, y a la vuelta más os vale poneros las pilas. Estoy seguro que os van a caer algunos deberes extras.
—Acepto ese castigo pero no creo que saltarse las clases sea necesario—dijo Gordon mirando fijamente al director.
—Seamos realista, para lo que atienden en ellas no será mucha la pérdida—gruñó el director—Id a recoger vuestras cosas y no os quiero ver el pelo hasta el viernes.
Sabiendo que no había nada más que decir, Bill y Tom se pusieron en pie. Regresaron a la clase en silencio y tras recoger sus libros y mochilas salieron del instituto. Aparcado en la puerta estaba el coche de Gordon, quien les esperaba con el motor en marcha. Subieron al coche y Gordon condujo sin mediar palabra.
Cuando llegaron a casa Simone les esperaba muy seria. Gordon ya le había informado de la llamada del director y no terminaba de creérselo.
— ¿Puede alguien explicarme qué ha pasado? —exigió Simone cuando tuvo a los chicos delante.
—Llevé un porro a clase y me han pillado—explicó Bill encogiéndose de hombros.
— ¿Cómo? —gritó Simone sin querer.
—Los han…expulsados 3 días de clase—murmuró Gordon carraspeando.
— ¿Y a Tom por qué? —interrogó Simone.
Gordon miró a su hijo esperando que contestase, aún no sabía por qué estaba él también castigado. Pero el aludido tenía la mirada clavada en el suelo sin saber que mentira decir para salir de esa. Por suerte Bill era todo un experto mintiendo…
—Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado—dijo Bill sonriendo sin poder evitarlo.
—Borra esa sonrisa de inmediato—ordenó Simone muy seria—Estás castigado, no quiero que salgas de la habitación para nada, ¿me oyes?
Bill asintió con la cabeza resoplando, tampoco es que tuviera donde ir.
—Me has decepcionado mucho Bill—dijo Simone cambiando el tono—Me parecías un buen chico pero mira, tu primer día en casa y ya dando problemas.
Bill sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, la madre de Tom le había caído muy bien y odiaba decepcionarla. Pero más odiaría que se enterara de que su querido hijo era el dueño de ese porro, entonces sería ella quien estuviera a punto de llorar en esos momentos.
—Sube a la habitación y no salgas de ella—pidió Simone—Tom te llevará una bandeja a la hora de comer.
No se lo tuvo que repetir, salió de la cocina y echó a correr escaleras arriba. Se encerró en la que ya era su habitación y se tiró boca abajo en la cama, tragándose esas lágrimas que sentía agolparse en su garganta.
¿Por qué había mentido por Tom si tanto le odiaba? Le habría caído una buena, pero…Simone sufriría, y empezaba a quererla como si fuera esa madre que tanto echaba de menos en esos momentos. Recordaba que nunca le castigaba, también era cierto que no hacía nada para merecerlo, o al menos nada de lo que su madre se enterara.
Sabía que robaba en las tiendas, de hecho ella fue su mejor maestra. Pero…no tenía ni idea de donde salía ese dinero extra. Jamás se lo había contado, sabía que llegaban a fin de mes muy escasos, que el trabajo de camarera de su madre en una cutre cafetería no daba para pagar el alquiler del apartamento donde vivían ni para darlos a ellos de comer.
Por eso cuando cumplió los 15 tomó la decisión de ayudar a su madre llevando dinero a casa, haciendo todo lo necesario. Y cuando decía todo, se refería a «todo»…
Cayó en un profundo sueño del que fue despertado cuando sintió que se abría la puerta de la habitación. Se incorporó y se quedó sentado en la cama, viendo entrar a Tom llevando una bandeja en sus manos.
—La comida—anunció Tom, aunque no era necesario.
Bill se encogió de hombros como respuesta y le vio dejar sobre la mesilla la bandeja. Esperó a que se fuera, pero Tom se quedó quieto en el sitio mirándole fijamente.
— ¿Qué? —preguntó cansado de que le mirase.
— ¿Por qué lo has hecho? —preguntó Tom a su vez.
— ¿Dejar que me besaras? —replicó Bill, alzando una ceja.
—No…lo otro—murmuró Tom desviando la cara.
Bill sonrió al ver ese gesto, había visto como se sonrojaba al mencionarle el beso. Vaya, vaya…así que Tom era de esos que se sonrojaban…
— ¿Por qué has mentido por mí? —preguntó Tom en voz baja.
—Me apetecía—murmuró Bill acomodándose mejor en la cama.
— ¿Te apetecía mentir? —repitió Tom—¿Lo sueles hacer muy a menudo?
La sonrisa de Bill desapareció de sus labios, no le gustaba que Tom supiera que se le daba muy bien mentir, que toda su vida era una cruel mentira.
— ¡Qué más da! —exclamó Bill.
—Me extraña, eso es todo—confesó Tom—Siempre nos hemos llevado mal y de la noche a la mañana compartimos habitación y me salvas el pellejo. No lo entiendo.
— ¿Quieres saber la verdad? —preguntó con cansancio Bill, viéndole asentir con la cabeza—Lo hice por tu madre, me cae muy bien y si supiera del lió en el que te habías metido se habría llevado un buen disgusto.
—Aún así mi madre no se cree del todo que no haya tenido nada que ver y me ha castigado también—explicó Tom resoplando—Llevo todo el tiempo limpiando el garaje y mañana me toca cortar el césped.
—Puedo ayudarte si quieres, no tengo nada mejor que hacer en los próximos 3 días—se ofreció Bill, para sorpresa suya y de Tom.
No lo entendía, odiaba a Tom pero no hacía más que ayudarlo en todo lo que necesitaba. ¿Tanto le había afectado el beso que se habían dado?
—Mi madre quiere que lo haga yo solo—explicó Tom—Además, me dijo que contaste a mi padre que tienes alergia a no sé qué cosas y no quiere verte cerca del jardín.
Bill no podía dejar de pensar en lo considerada que era la madre de Tom, preocupándose de esa manera de él. Así eran las madres normales, se quedaban en casa limpiándola y preparando la comida para cuando regresaran su marido e hijo, preocupándose de que no les faltase de nada.
Su madre también lo hacía, pero más de una tarde Bill había regresado de clase hallando el apartamento vacío. Entonces se encargaba él de la comida y lo limpiaba como podía, llegaba la noche y hacía también la cena. Llegaba la hora de irse a la cama y su madre aún no aparecía, hasta que llegaba un nuevo día y la tenía acostada con él en la cama, abrazándole por la espalda, sintiendo que lloraba de una manera muy amarga…
— ¿Estás bien?
La voz de Tom le hizo pestañear, sintiendo como una lágrima bajaba por su mejilla. Se la limpió con el dorso de la mano, pensar en su madre le hacía echarse a llorar sin poder remediarlo.
—Será mejor que me vaya—dijo Tom carraspeando—Mi madre me espera para que le acompañe al vivero, mañana quiere que le plante unos rosales nuevos.
Bill asintió con la cabeza y Tom se fue dejándole a solas con sus pensamientos. Se pasó el resto de la tarde sin salir de la cama, abrazado a la almohada…suspirando recordando ese beso que Tom le había dado…