Parte I, Capitulo 8
Los días pasaron muy deprisa y cuando Bill quiso darse cuenta su hijo ya tenía tres meses y medio. Aún vivía en casa de sus padres, pero se planteaba la posibilidad de regresar al piso que compartió con Richard y empezar a vivir él solo.
Su hijo recibió la visita de su abuelo paterno, que le trajo una canastilla llena de ropa de primeras necesidades, como bodys, patucos y algún que otro pijama. Pero vino solo, excusó a su mujer aludiendo a su delicado estado de salud y que ver a su nieto le produciría un dolor intenso. Philip corroboró lo mucho que se parecía a su desaparecido hijo y le fue a ver tres veces más, siempre con algún regalo para el bebé.
Llamaba muy a menudo y siempre le preguntaba como estaba él. Su respuesta era siempre la misma, más o menos bien. Se sentía muy feliz viendo crecer a su hijo sano y fuerte, en la última revisión pediátrica le informaron que crecía al ritmo adecuado y ganaba el peso correspondiente cada semana.
Él también se recuperó del parto con rapidez, la doctora Allen le dio el visto bueno y solo tendría que volver para alguna consulta de rutina. Se despidió con un fuerte abrazo de ella, le había cogido mucho cariño y trataba al pequeño Richard con mucha dulzura.
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Ese día se encontraba descansando en el sofá mientras que su hijo dormía la siesta en el cuco que había dejado bien cerca de él. Su madre entró con una bandeja en las manos llevando a su hijo la merienda. Se sentó a su lado tras ponerlo todo en la mesa baja que tenían delante del sofá y sirvió un café para los dos junto con un plato de galletas.
Esperó a que su hijo se lo tomara para abordar cierto delicado tema.
— ¿Estás seguro de querer vivir solo?—preguntó cogiéndole la mano—Sabes que esta siempre será tu casa y no hace falta…
—Mamá, eso ya lo sé—cortó Bill con una sonrisa—Lo hago por mí y el bebé, no puedo esconderme del dolor. Es hora de que me enfrente al pasado. Richard me dejó el piso y en el estaremos bien los dos.
—Pero…estarás solo y puedes empezar a recordar y…
—Entonces te llamaré—le prometió suspirando—Si veo que no puedo vivir allí no me quedará más remedio que venderlo por mucho que me cueste.
Y eso era verdad, mirara donde mirara habría algún detalle que le recordaría a Richard, por no hablar de la gran cama que compartieron todas las noches. Dormir en ella él solo…iba a ser lo más doloroso, no volver a sentir como le abrazaba cada noche hasta quedarse dormido en sus brazos, donde se despertaba con una amplia sonrisa en los labios.
— ¿Y…cuándo te quieres ir?—preguntó Simone viendo que era imposible hacerle cambiar de opinión.
—La semana que viene. Gustav me ayudará con la mudanza, en vista de que Georg anda perdido—comentó con una sonrisa—Desde que se ha echado novia formal no hay quien le vea el pelo.
—Me gusta esa chica que ha elegido—dijo Simone asintiendo—Se la ve muy educada y tiene muy buena mano con Richard.
Bill asintió sonriendo. Georg la había llevado dos veces cuando le vino a ver el último mes. Se llamaba Sonhia y era abogada. En cuanto vio a su hijo, literalmente se le cayó la baba y no dudó en cogerlo en sus brazos y acunarlo, incluso le cambió el pañal ante la asombrada mirada de Georg.
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Los días siguientes los dedicó a desmontar la cuna para que entre su padre y Gustav la volvieran a montar en su piso. También hizo limpieza de toda la ropa que se le había quedado pequeña a su hijo y la guardó en unas cajas para donarla, aunque su madre insistió en guardarla por si acaso…
Pero él dudaba que se volviera a quedar embarazado, nadie podría llenar jamás el hueco que Richard había dejado.
El día en que se mudaba a su piso no pudo evitar llorar en brazos de su madre. Gracias a ella y a su padre no le había faltado de nada a su hijo en esos meses que vivió con ellos, cuando lloraba por las noches su madre le atendía para que él descansara, sobre todo en los primeros días en que se recuperaba del parto. De ahora en adelante tendría que cambiar su estilo de vida.
Lo tenía más o menos planeado, las primeras semanas las dedicaría a adaptar el piso a su hijo. Taparía enchufes y pondría en alto todo lo que estuviera al alcance de sus manitas, aún era muy pronto para que diera sus primeros pasos pero ya quería estar preparado.
Viajó en el asiento trasero del coche de sus padres, su hijo dormía a su lado cómodamente instalado en la sillita que compró su padre para cuando tuviera que llevarle. Su madre iba sentada delante y miraba a su nieto ensimismada por el retrovisor, iba a echar mucho de menos darle el desayuno cada mañana, o bañarlo cada tarde entre risas y juegos.
Llegaron y mientras Gustav ayudaba con el equipaje Bill cogió a su hijo en brazos y recorrió el piso con él. Entró en lo que una vez fue el despacho de Richard, convertido ahora en un cuarto de juegos. De momento la cuna estaba en su habitación, no quería separarse de su hijo aún por las noches.
Según le comentó Gustav, David le echó una mano con el traslado. Todo lo que tenía Richard en su despacho eran papeles del trabajo y él se encargó de llevárselo todo. Solo le dejó el ordenador, en esos momentos instalado en el salón. Todo lo demás, ropas y cualquier objeto no personal habían desaparecido, dejando solo lo que Bill tendría que decidir si quedárselo o tirarlo.
En una caja había miles de recuerdos privados, algún que otro regalo que Bill compró a Richard y que pensaron que le gustaría conservar.
Entró en la cocina y se encontró con la nevera llena gracias a Gustav, incluso le había dejado la cena preparada y esa noche no tendría que cocinar. Acomodó a su hijo en el cuco que dejó en su nueva habitación y echó una mano con su equipaje.
Entre él y su madre colocaron su nueva ropa, descubriendo que la usada durante el embarazo ya no estaba en el armario que en esos momentos tenía para él solo. Usó la parte de Richard para colgar en ella la ropa de su hijo, suspirando al no ver ya colgados todos sus elegantes trajes y corbatas que él mismo le compraba y anudaba sentado sobre la cómoda ya que a Richard era incapaz de hacer el nudo de la corbata.
Recordaba como todas las mañanas se vestía bajo su atenta mirada y le pedía con una amplia sonrisa que el ayudara. Entonces se levantaba de la cama y llevando solo una camiseta amplia tomaba impulso y se sentaba sobre la cómoda para estar a su altura, Richard le sacaba unos 20 centímetros. Mientras que él se dedicaba a anudarle la corbata, Richard aprovechaba para meterle mano. No paraba de acariciar sus desnudos muslos con la yema de los dedos, y una vez terminado el trabajo se dedicaba a mordisquearle el cuello…
Sacudió la cabeza negando con ella. No quería ponerse triste delante de su madre el primer día que pasaba en el piso. Terminó de guardar la ropa y llegó el momento de las despedidas. Sus padres besaron a su nieto y a él le abrazaron con fuerza, haciéndole prometer que si se sentía solo llamara de inmediato, y quedando con él el próximo domingo para comer como en los viejos tiempos.
Se despido de ellos con esfuerzo y se quedó a solas con Gustav, al que invitó a cenar.
— ¿Georg ha quedado con Sonhia?—preguntó una vez sentados a la mesa.
—Si, querían haber venido a echar una mano, pero a Sonhia le surgió un compromiso imposible de cancelar—le explicó Gustav—Pero mañana han prometido venir a veros.
Bill asintió sonriendo, sus amigos eran muy buenos con él. No le dejarían solo en esos difíciles momentos.
Se despidió de Gustav y una vez a solas empezó con la rutina diaria de bañar a su hijo y acostarlo. Una vez con el pijama puesto le acunó en sus brazos hasta que se le cerraron los ojitos. Entonces le acostó en la cuna con cuidado y la arrimó todo lo que pudo a su cama. Se puso él también el pijama y se metió bajo las sábanas. Apagó la luz y se echó de costado fijando la mirada en la cuna. Al fin y al cabo, dormiría con la compañía de Richard….