«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo
Capítulo 28: La voz de un ángel
– ¿Qué? – Preguntó Natalie, ya dentro de la oficina del director – Dime, ¿Qué se te antoja saber?
– ¿Por qué no me detuviste? – Murmuró nervioso – ¿Por qué si sabías que esto podía suceder no me detuviste en ese asqueroso momento? ¡Siendo consiente que no te cuidabas! ¿Me querías atar verdad? Y qué mejor forma que con una vida inocente.
– ¿Es necesario escuchar tantas estupideces? Escúchame Bill, si pretendes que regrese el tiempo atrás solo para corregir esto, siento desilusionarte pero no puedo – fingió dolida acariciando su vientre para conmoverlo – si no quieres hacerte cargo ya sabes no te obligo. Pero déjame de hacerme sentir mal, deja de cuestionarme porque si me lastimas, lastimas a tu hijo también.
Con falsas lágrimas en los ojos, lo dejó solo y resoplando. Maldiciéndole por estar tan abatido, por necesitar tanto al amor de su vida. Por sentirse un idiota en medio la nada, sin saber qué hacer, que decir y cómo actuar. Cerró sus ojos en un suspiro rezando que apareciera para que le trajera el trabajo de imagen terminado.
Baño de Hombres
Charly sentado sobre la mesada del lavabo, conversaba con Gustav, quien anonadado y completamente sorprendido lo oía con atención algo incómodo al enterarse que por quien su amigo sufría era nada más ni nada menos que el dueño de la empresa.
– Lo mejor vino después –murmuró con misterio– luego de que Jörg me dijera que iba a tener un hijo, la dejé pasar. Me lo creí completamente y tuve que hacerme el fuerte como si no me interesara lo más mínimo. Pero esta mañana, hace un rato no más estaba yo muy tranquilo en la cocina cuando apareció la rubia fea.
– ¿Le dijiste algo? – interrumpió intrigado el pelinegro de lentes.
– Espérate, ¡no seas chusma! Te pareces a mi abuela – bromeó, y el hombre frunció el ceño ante la comparación – le di el café como me pidió y a los minutos, llegó Bill tomándola del brazo furioso diciéndole que tenían que hablar del bebé.
– De su hermano – afirmó Gustav, tratando de comprender.
– Sí, bueno no – negó – Bill no dijo ‘mi hermano’ dijo: de nuestro hijo.
– ¿Qué? – parpadeó horrorizado más confundido – Charly o sea que… ¿Jörg te mintió?
– No lo sé – contestó con franqueza – sabes…yo siento que aquí el engañado es Bill. Bueno y el fotógrafo también. La verdad es que separar una pareja tan hermosa como esa es de pura envidia.
– Es cierto – suspiró anonadado – ¿Qué harás?
– Averiguar quiero saber quién es el verdadero engañado, por el amor que un día le tuve a mi director favorito me encargaré de que no arruinen su felicidad – añadió sonriente.
– Eres una gran persona – dijo Gustav ante las buenas intenciones de Charly.
Oficina de Bill
Los nervios no le eran de ayuda. Su concentración se escapaba cada dos minutos, resoplaba y escribía. Volvía a borrar y a escribir. Así hasta casi volverse loco, de no ser por unos tímidos toques a la puerta que lo calmaron un poco.
– Adelante – ordenó apagando el computador. Tom cerró la puerta con temor a ser echado violentamente o mínimo a gritos, pero el de rastas bicolores permaneció en silencio – dime.
– Te traje las fotos de las niñas modelos – dijo en voz baja, sin mirarlo a los ojos – las de los comerciales.
– ¡Ah! Déjalas aquí – hizo un lugar sobre su cargado escritorio y el pelinegro de trenzas depositó la carpeta. Se quedó estático quería pedirle disculpas pero tenía miedo. Miedo a ser rechazado – ¿Algo más?
– ¿Irás esta noche? – Añadió con su voz titubeando por los nervios – Melisa está muy ilusionada y yo también.
– Iré – fue lo único que pudo decir, sentía como un nudo se desprendía de su estómago hasta atorarse en su garganta – le dije que iría a las siete para ayudarla. Me dijo que eran muchas niñas y tu madre no podrá sola.
– No sabía que te gustaban mucho los niños – agregó el fotógrafo solo para alargar la conversación – yo de hecho no les tengo demasiada paciencia, cuando son tantos claro.
– Antes de conocer a tu hermana era un tema que jamás pude tocar – admitió sonriendo – pero esa pequeña es un punto débil muy fuerte para mí.
– Es muy bonita – suspiró orgulloso como dándole a entender ‘que el también’ – llegaré a las nueve a casa.
– De acuerdo – asintió como si le diera una explicación – no hay problema, supongo que podré controlarlas yo se como.
– Me alegro que así sea, me quedaré trabajando aquí hasta última hora – continuaban sin sostenerse la mirada y Tom de pie. Bill no podía dejar quietas sus piernas ante el nerviosismo, y el muchacho de ropas anchas frotaba sus manos.
– Bueno nos vemos – murmuró – permiso.
El director volvió a asentir mirando la carpeta que había tomado entre sus manos para no fijar su mirada en él. Al salir echó una triste mirada a la puerta.
– Maldito cobarde – susurró – jamás que me ibas a pedir perdón. Te odio. ¿Qué estoy diciendo? Jamás podría, jamás podría arrancarte de mi corazón.
Y la tarde fue así de fría y distante. Tom quería correr a rogarle que lo perdonara pero ese temor no lo dejaba y poco a poco estaba torturándolo hasta el límite de alterarlo y contestar de mal modo a sus ayudantes. Bill no dejaba de pensar en cómo sería pasar la noche en la casa Trümper, como pasar una noche bajo el mismo techo y no desear acercarse a él. Estaban muriendo por estar juntos pero Jörg estaba saliéndose con la suya o al menos eso creía.
Casa Trümper
Niñas por aquí, niños por allá. Bill se sentía maestro jardinero con tantos pequeños correteando por doquier. Simone estaba al punto de un ataque al corazón persiguiendo a los amigos de Melisa que se colgaban de las cortinas, tiraban sus adornos, desarmaban las camas que ella había armado en la sala y hasta algunos se colgaban de Bill aprovechando su altura, otras se aferraban a sus largas piernas. El reloj marcaba las ocho y media de la noche, la cena venía con retrazo y los gritos de los pequeños eran imparables.
– ¡Niños! – Gritó la madre de Tom – ¡Cálmense! Vean televisión hasta la cena, no me maten al muchacho.
– No se preocupe Simone – sonrió tímidamente el pelinegro – a ver sabandijas.
– ¡Nos dijo sabandijas! – Gritó un pequeño de pecas – ¡todos contra él!
– ¡No! – Rió sonoramente mientras uno de los niños mordía su pierna – ¡Ay suéltame perro!
– Te dijo perro – susurró una dulce niña con vestido azul – ¡Todas a él!
– ¡Ya paren! – Reía a fuertes carcajadas – tengo una idea ¿Levante la mano a quien le gusten las canciones?
Todas las pequeñas manos fueron alzadas, incluso algunos ponían en alto ambas.
– Muy bien – sonrió – siéntense aquí que les cantaré algo.
Las niñas lo rodearon sentándose a su alrededor, Bill subió hasta el respaldo del sillón y los pequeños en el suelo, en medio del desastre sonriéndole ampliamente. Aclaró su garganta y solo pudo cantar la primera canción que vino a su mente.
– Esperando tu llamada, estoy enfermo, enojado, estoy desesperado por oír tu voz, escuchado la canción que solíamos cantar en el carro ¿recuerdas? – Comenzó mirando sus pequeños rostros que se sonreían entre sí ante la dulce voz que estaba ante ellos – Yo nací para decirte que te amo, iré de una vez a hacer lo que debo, para que seas mi amor. Quédate conmigo esta noche…
Simone desde el umbral de la puerta que daba a la cocina estaba totalmente emocionada, esa voz, esa canción le transmitían un sentimiento tan profundo e inigualable. Bill cerró sus ojos, focalizando a Tom en sus pensamientos como si a él fuese a quien le cantara. Jamás imaginó que en ese preciso momento la puerta principal se abría y el fotógrafo se detenía allí maravillado ante tan tierno momento.
– Al desnudo y brillante, soy nuevo, soy fresco, me siento ambicioso, tú y yo, frente a frente porque cada vez que respires cuando estas a mi lado –una lágrima cayó de los ojos del pelinegro de rastas, al mismo tiempo que otra se deslizaba por la mejilla del de trenzas- Haces realidad mis esperanzas mas profundas, cual es tu fantasía? Yo nací para decirte cuanto te amo iré de una vez a hacer lo que debo, para que seas mi amor. Quédate conmigo esta noche.
Abrió sus ojos y al finalizar los pequeños se lanzaron felices contra él apretujándolo con fuerza. Pero entre risas allí lo vio, con su mejilla cubierta de lágrimas sonriéndole.
– La voz de un ángel – dijo Tom totalmente impactado.
Empresa Editorial
Esperó a que todos se fueran, sabía que él y la rubia estaban conversando en la oficina. Se deslizó en silencio. Pocas luces quedaban encendidas y en su mente únicamente estaba el mismo objetivo: saber quién era el engañado. Llegó y cerró sus ojos al darse cuenta que sus pasos emitían un sonoro ruido. Llevó sus manos a su boca evitando el sonido de su respiración.
– Ya los separamos, lo logramos Natie – dijo Jörg del otro lado de la puerta– Bill se ha creído completamente que es su hijo. Unas semanas más y despido al fotógrafo muerto de hambre.
– Y seremos felices – rió ella con ironía.
– Y comerán perdices – continuó el hombre.
Continuará…