
Notas: Antepenúltimo capítulo 😉
Capítulo 6: El Duelo (Parte 1)
Besó a su hija en las mejillas. La joven sonrió y se abrazó a su padre con fuerza. Tom la levantó en sus brazos ahora que todavía era pequeña y él soportaba con facilidad su cuerpecito de niña. Sol brilló con la luz del astro rey sobre su cabeza que se comportó como una aureola de ángel, su ángel, su niña, cuya sonrisa le tendría que bastar para hacer de faro que le guiase al hogar.
Tom la depositó en el suelo con delicadeza y la niña corrió junto al chucho para perderse juntos por los montes cercanos. Su Sol se fue alejando de él entre risas, y se juró, por su poco honor, que si algún día volvía a dudar, trataría de recordar aquella sonrisa que le inflamaba el pecho de amor.
Por su parte, María Elvira se encontraba ofuscada, lo notaba en sus viradas de rostro cuando intentaba despedirse de ella, en sus manos trémulas al sujetarse el vestido y sus rugidos cada vez que intentaba preguntarle algo. No entendía qué le había pasado que de la noche a la mañana la niña se le había puesto brava como los toros que domaba y se negaban a pasar bajo su lazo paternal. Tendría que hablar con ella, pero solo de pensarlo se ponía tenso ante la idea de un amorío que le hubiese llevado al embarazo y con ello al altar y luego vuelta a empezar, en un ciclo que no dejaba de girar y se desgastaba lentamente anunciando el final.
Ana Rita estaba tan desconcertada como él por el repentino arranque de su hija que no paraba de mirar con malos ojos a Tom. Parecía que la furia de la madre se le hubiese pasado a la hija, pues Ana Rita se dejaba tratar con mesura. Tom no la forzaba a hablarle, solo intervenía cuando era preciso, para preguntarle por cosas puntuales y, sobre todo, por el estado de su hermano, que tras meses de curas ya estaba casi sanado. Quien no parecía igual era Roberta que andaba más iracunda que otras veces. Ni si quiera cuando se restregó con ella y la besó con ansia, se disgustó tanto al reconocer que él no era Bill. Algo pasaba. Algo malo pasaba y le iba a llover a él encima.
El verano caía sobre la tierra, era tiempo de recoger las cosechas y arrear ganado, trabajo que había conseguido Tom gracias a Georg el cual necesitaba su dinero mal invertido en el despojo humano en el que se había convertido su compañero de correrías.
Thomas White era un hombre opulento, feo, de cara inmensa, redonda, con papada, nariz aplastada, como derrita por el sol, roja, casi amoratada, ojos pequeños, de ratón, negros como el carbón, siempre iba vestido de verde botella, con camisa amarilla y corbata marrón. White no destacaba por sí mismo sino por sus tierras que eran sinónimo de dinero. Nadie quería a aquel viejo gordo, pero todos acudían a él porque tenía lo que a todos le faltaba y por ello Tom se dedicaba a pasearle las escuálidas reses.
En el rancho del Thomas, Georg y Tom se hallaban admirando a un potro negro, recién traído, lanzar vaqueros que caían pesadamente sobre la tierra rojiza, empolvando los rostros de quienes esperaban.
—¡A quien me dome esa bestia le pago la jubilación! —gritaba Thomas.
Georg negaba cada vez que un vaquero caía. Cada vez duraban más, pero no era la pericia del jinete lo que les mantenía a lomos de la vorágine de rebeldía, sino el cansancio del pobre animal que se quejaba por las espuelas.
—¡Ya casi está manso!
—Ese caballo es indomable —aclaró Tom.
—No recuerdo otro como este —añadió Georg.
—Si estuviese aquí el buen Don Segundo ya el caballo estaría trotando al pulso del vaquero.
Los hombres asintieron.
El caballo lanzó por los aires al quinto jinete que volvió a comer la tierra roja ya manchada por las primeras sangres de los domadores. Este pobre, un joven de diecisiete años, se abrió la cabeza contra la arena de tal espeluznante modo que encogió el corazón de Tom al ver al joven tendido boca arriba, inconsciente, con el caballo trotando a su alrededor, todavía bravo, soltando saliva por la boca. Dos hombres sacaron al joven de la arena, mientras un tercero entretenía al caballo. El hombre que había entrado tras el muchacho se subió en un despiste del caballo y todo comenzó de nuevo.
—Tom —le llamó su compañero—, tengo un trabajo para tu hermano y para ti.
—¿Un trabajo?
—Es decir, un trabajo para los cuatro.
Aquellas palabras le produjeron un fuerte escalofrío.
—¿Qué tipo de trabajo?
—Un banco de un pueblo lejano, no te podrán relacionar con tu familia y conseguirías suficiente dinero para pagar tus deudas y retirarte.
Tom dejó de mirar al sexto jinete caído para clavar sus ojos en Georg quien se ajustaba el sombrero marrón sobre la cabeza.
—Suena demasiado perfecto… ¿qué trampa tiene?
—¿Te suena el nombre de Sheriff Wilson?
—No.
—Es el mejor pistolero de estos lares… mejor que Don Segundo.
Tom suspiró.
—No voy a hacerlo.
Georg dejó de mirar al caballo para ver como de serio lo decía, y se llevó una sorpresa al apreciar en cada una de sus facciones la veracidad de su respuesta.
—No sé por qué algo me dice que cederás. Al menos piénsatelo, ¿vale?
—Creí que era Bill quien organizaba los atracos.
—Y por eso te lo digo a ti.
Tom le miró de soslayo, fingiendo estar más interesado en la bravura del semental que en la conversación. La idea era tentadora, tanto que se imaginó con el arma en la mano, la bandana sobre la nariz, sombrero calado y el poncho al viento del desierto. El corazón le palpitó en el pecho al imaginarse cabalgando sobre su caballo, el cual comenzaba a aquejarse de dolores en las patas, y salvo este, solo le quedaba el percherón pintado que tiraba del carro en los días de mercado.
Miró al animal medio agotado corretear por el estrecho espacio, desafiante, a la espera de otro jinete. Bufaba, coceaba, lanzaba la tierra roja en su trotar despreocupado porque todavía se sabía dueño de su libertad. Tom lo miró con lástima.
Se quitó el sombrero y se lo dio a Georg.
—Voy a intentarlo. —Le miró. —Si me pasa algo dile a mi hermano que case a Elvira con el hijo del herrero y a mi mujer que podré haberme metido en la cama de muchas, pero ninguna ha entrado en mi corazón.
Georg rio, y susurró por lo bajo:
—Necio.
Tom saltó la valla tras auparse poniendo la bota sobre la primera tabla de madera. Entró en el cerco donde se mezclaba la sangre de los jinetes con las heces y la saliva del caballo. Seguía coceando. Le miró impertérrito, con las patas separadas entre sí, sus ojos delirantes posados en él que se acercaba lento, con precaución. Era un potrillo joven y malcriado, ajeno al humano durante toda su infancia, por lo que era normal que estuviese entre gallardo y temeroso lo cual le hacía el caballo más peligroso de la cuadra. Si consiguiese domarlo… se imaginó subido a lomos del semental con su hermano al lado, ambos sobre corceles de negros pelajes, estaban en uno de los cañones que circundaban la Casa de Pete que se veía a lo lejos, a la hora en la que Petunia salía a pasearse a lomos de su caballo.
Ambos habían salido airosos de un atraco, el mismo que mencionaba Georg, pero algo le decía que era solo un sueño. Miró las tuneras, las matas rodadoras, el sol al borde de la muerte, las nubes diluirse en el azul oscuro moteado de estrellas, pero no vio nada irreal. Tuvo que mirar a su hermano para darse cuenta. Observó detenidamente cómo los colores del crepúsculo manchaban su faz de sangre, con la misma tonalidad con la que él le cubrió el rostro, sangre que ahora había sido sustituida por una fea cicatriz que le marcaba toda la boca, desde la mejilla hasta las cienes.
Fue en aquel detalle con el cual cayó en la cuenta de que todavía estaba en el rancho de Thomas, a lomos de la bestia negra, con las manos rotas por las riendas y la sangre empapándole los codos, los tejanos y la silla de montar. Poco le había costado en comparación con el muchacho que seguía desmayado, pero poca fue la ganancia de los siete jinetes que domaron a Élite, el nuevo caballo de Thomas White.
—Domar un caballo requiere de tiempo y espuelas, pero al menos ya sabe que yo mando —le dijo Tom el gordo, ofreciéndole un dinero para que fuese al Salón a bebérselo. Por suerte Georg se lo cobró inmediatamente y solo le invitó a un traguito.
Continuará…