Capítulo 6: El Duelo (Parte 2)
Bill no interrumpió su pensamiento cuando sonaron las campanas, pues estaba demasiado ensimismado observando la cruz de madera blanca con las iniciales del nombre de su madre.
—Tu hermano no te lo ha contado, ¿verdad?
—Georg, este sea un buen momento para hablar —dijo depositando las flores sobre la tumba.
—Para mí siempre es un buen momento para hablar de negocios… te esperaré fuera.
Georg se alejó por el camino de tierra entre las cruces torcidas y los cipreses. A su izquierda la iglesia hacía repicar las campanas que espantaron a las escasas aves que se dejaban ver por aquellos lares.
Se sentó sobre sus talones y sintió las espuelas rozarle las posaderas. La respiración se le acompasó con el canto de los pájaros y con la propia voz de Bobby que le hablaba de cosas que para él carecían de importancia ahora que tras diez años volvía a pensar en los pasteles, las canciones de cuna y el dolor que le producía no recordar la voz de ella.
—Ahora no —le espetó. Roberta se calló.
Cerró los ojos para intentar verla, pero solo vio el hogar donde ahora vivía su hermano del cual pudo haberse llevado alguna imagen de su anciana madre consigo, pero que no cogió por un enfado sin sentido que no era suficiente motivo para irse de casa. Cuando su madre murió los herederos de la finca fueron ambos, pero Tom, al contraer nupcias con Ana Rita, la llevó a la casa familiar que pasó a pertenecerle. Subastaron gran parte de los muebles antiguos de la casa que fueron sustituidos por el ajuar de la novia. Los vestidos, los retratos, las lámparas, las cortinas y todos los pequeños detalles que hacían de su casa un hogar, desaparecieron, se perdieron, se rompieron, se vendieron o se tiraron sin que quedase más que una imagen de su madre con quince años, una foto que no le sabía a su madre de manos delicadas pero cansadas por la edad, sonrisa marchita por las desgracias y cabello entrecano por el tiempo. Aquella muchacha se parecía en todo a Elvira y eso le perturbaba, porque no llegaría a ver a su sobrina con la edad de su madre porque sabía que no le tocaba a él morir viejo.
—Ya —le dijo a Roberta, alzando la mirada para ver sus ojos oscuros, pardos, brillantes por el sol de la mañana—. ¿Qué es lo que decía?
—Georg hablaba de un atraco… de atracar un banco…
—¿No te gusta la idea? —dijo mientras ella descendía hasta sentarse a su lado.
—No, Bill. Yo no quiero volver a esa vida.
—Yo no conozco otra, Bobby, así que tendré que hacerlo…
—¡Hay otra opción! —le gritó—. Podemos irnos lejos, a otro lugar, construir una caballa al borde de un desfiladero… solos. Tú y yo.
Bill no la miró mientras hablaba pues solo tenía ojos para la tumba. Pensaba en el cabello cano de su madre y en sus nanas…
—Creo que nos merecemos una mínima estabilidad.
—Por eso mismo deberíamos atracar el banco, Robbie.
—Por eso mismo no deberíamos atracar el banco.
Él levantó los ojos para contemplar la mirada de ella, relampagueante, y sus labios entreabiertos que exhalaban el aire que tanto le costaba tragar.
—No lo entiendes Roberta —le contestó en un suspiro—. Hay razones por las que no me fui contigo.
—Ya lo sé. No puedes dejar solo al patán de tu hermano.
—Mi hermano no es un patán.
Se miraron.
—Ya sabes que me gusta estar en la montaña. Solo.
—Podemos ir a la montaña…
—Solo, Roberta, solo. Soy esclavo de mi propia libertad, la necesito más que a nada en el mundo y cuando estoy con ella me abrumo.
Ella bajó la mirada. La trenza en espiga se le deslizó por el lado contrario cuando se irguió sobre sus pies. Comenzó a andar entre el camino de cipreses, bajo la sombra constante que el sol de las once y diez proyectaba sobre la iglesia blanca de alto campanario.
—Lo pensaré —sentenció. Ella se giró y le contestó:
—No hay nada que pensar, Bill.
Lo mismo que le respondió a ella, le respondió a Georg.
Continuará…
Penúltimo capítulo. Ya falta poco. :3