«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo

Capítulo 11: Te quiero hoy

Narra Tom. No puedo decir si fueron diez, quince o veinte minutos los que me quedé estático de pie en medio de la oficina desolada intentando procesar lo que acaba de suceder. Cerré mis ojos con fuerza y respiré. Aún quedaba el aroma a Bill, abrí los ojos y al ver el escritorio vacío entendí que probablemente jamás lo volvería a ver. Intenté hacerme esa idea y dolió, comencé a sentir los pálpitos de mi corazón calmarse extremadamente, tanto así que los oía cada vez más lejos. Mi móvil vibró dentro de mi bolsillo. Era ella, ella la que inexplicablemente besaba imaginándolo a él, con la que me acosté e inevitablemente lo imaginé a él. Ahora podía comprenderlo, por más que me negara, por más que mi orgullo quisiera pisotear mi corazón me di cuenta que esta no era una simple atracción como todas, no se trataba de un deseo sexual, de una fantasía. No. Por primera vez me había enamorado. Por fin le había encontrado el significado a ese mágico sentimiento, como todos lo llamaban. Bill, solamente él.

Departamento de Bill
El reloj de pared indicó las diez de la noche justo cuando Jane entró cansada encontrándose con cuatro maletas descansando en el sofá. Su corazón se aceleró y se acercó mirando hacia la habitación del director a través de la puerta entreabierta. Allí lo vio, sentado en el suelo en plena oscuridad con una de sus revistas en la mano suspirando mientras la luz de la luna le iluminaba medio rostro.
-¿Bill? –susurró la morena abriendo con cuidado la puerta– ¿Dónde vas?
-Me voy a la sede de suiza – respondió con un nudo en la garganta – en un par de horas.
Su amiga caminó hasta él, sentándose a su lado dejando que una lágrima recorriera su mejilla.
-¿Es por él verdad? – Murmuró con su corazón echo pedazos – es por el fotógrafo…por él abandonas todo, me dejas aquí sola.
-No me lo hagas más difícil – añadió triste abrazándola – por favor, eres mi mejor amiga y te necesito pero conmigo no en mi contra.
-Siempre te apoyaré y lo sabes –suspiró ella mirándolo fijamente– y sabes que lo que más quiero en este mundo es que seas feliz.
Bill mordió su labio abrazándola fuertemente, dejando descansar su mentón sobre la cabeza de la pelinegra. Cerró sus ojos, recordando uno a uno todos los acercamientos que había tenido con el de trenzas, todos los roces, todas las sonrisas…pero todo se caía a pedazos con “no quiero que te ilusiones conmigo”.
-Bill –murmuró su amiga– ¿Nada te convencerá? Te conozco, se que eres un cabeza dura y cuando decís algo lo haces, pero esta vez no hay algo que te haga retractar?
-Una ilusión – respondió destrozado – que él me dijera que me ama haría que yo cancele todo y me quede, pero es imposible…
-Ese hombre es un imbécil – lloró Jane – se está perdiendo al ser más increíble, tiene suerte de haberte tocado lo más profundo de tu corazón.
– Lo tocó para destrozarlo – agregó Bill poniéndose de pie – solo para tomarlo como a una galleta y hacerlo migajas.

Casa Trümper
– Tom está la cena! – lo llamó su madre desde la cocina. Simone estaba acostumbrada a que su hijo le interrumpiera mientras ella elaboraba sus exquisitos platos pero esta vez le llamó la atención que se haya quedado recostado en el sofá solitario y pensativo.
– No voy a cenar – dijo en voz baja, su mirada estaba apagada – me voy a dormir.
-¿Tan temprano? – interrumpió Melisa, pero él no le puso atención y subió rápidamente las escaleras. Se dejó caer pesadamente sobre la cama y miró el pequeño reloj despertador que tenía a su lado. Once y media. Suspiró cerrando los ojos lentamente, justo cuando la puerta de su habitación se abrió y su cama se hundió un poco.
-¿Qué pasa enana? – resopló el de rastas recostándola sobre su pecho – cómo te fue en la escuela?
-Bien – sonrió la niña – pero el que anda triste por aquí, eres tu me parece.
-Lamentablemente…- añadió mirando como su hermana cambiaba su dulce sonrisa a un gesto de sincera preocupación.
-Es el chico lindo…es por eso que estás triste? – Preguntó Melisa con complicidad – sabes que yo no le diré nada a mamá.
-Sí es que, eres muy pequeña para comprenderlo –dijo tímidamente, como excusa– pero él se irá esta noche y no lo volveré a ver, bueno supongo.
-¿Se va lejos? – Gritó asustada y Tom le hizo un gesto para que baje la voz – lo siento, es que no debes dejar que se vaya.
– Pero… – negó el muchacho con la cabeza.
-Pero lo quieres mucho –protestó la pequeña casi como una exigencia– y se nota que te gusta mucho! Yo no dejaría que Pablito se vaya lejos.
-¿Quién es Pablo? –Interrumpió Tom molesto y la pequeña rubia rió con las mejillas sonrojadas– ¿Enana quien es Pablito?
-Nadie –respondió rápidamente tomando un almohadón y cubrirse la cara– habla con el chico lindo, habla con él. Pídele que se quede y dile que te gusta mucho y que lo quieres

-Crees que si yo le digo eso se quedaría? – Susurró con un brillo especial en sus ojos – me dijo que nada lo detendría.
-Dijo nada… y nada es de ‘cosa’- pensó para sus adentros Melisa – mi maestra dice que nada es de cosa y nadie de persona.
-Que inteligente – rió su hermano – piensas que si voy hasta su casa y hablo con él se quedará?
La pequeña asintió sonriente abrazándolo con todas sus fuerzas, dándole ese apoyo único e incondicional. Le besó fuertemente su mejilla para luego darle su campera rayada y las llaves de su coche.
– Tomy – le llamó acostada en su cama y el volteó su cabeza a verla – suerte con el chico lindo.


Narra Tom
Mi corazón seguía latiendo lento y pausado. Saludé a mi madre y me tendió mi campera, me advirtió que el servicio meteorológico anunciaba fuertes tormentas pero sinceramente me daba igual o no llevar un paraguas o pasar algo de frío. Salí de casa y monté mi coche encendiendo de inmediato la calefacción; me costó un poco encender el motor pero al tercer intento ya estaba en marcha partiendo a casa de Bill. En el camino, el silencio de las calles me ayudó para armar en mi mente un discurso pidiéndole disculpas, dándole los motivos por los cuales me quería alejar y confesarle que también lo amaba. Estaba muy nervioso, apurado, alterado no respetaba siquiera un maldito semáforo y casi causo que una anciana vuele por los aires en una esquina.

Llevé mis manos al volante y para despejarme encendí la radio dejándole bajo el volumen hasta que unas gotitas me desconcentraron. Había comenzado a lloviznar y el movimiento del parabrisas me dispersaba. Aceleré al ver como el reloj digital del éstereo indicaban casi las doce de la noche y cinco minutos, a cada segundo los nervios crecían más y más, el miedo al rechazo me quería atrapar y el amor… el amor me estaba devorando entero. Un nudo se formaba en mi garganta mientras comenzaba a llover con más fuerza, pero al llegar a la esquina de su casa mi auto se detuvo. Miré asustado el panel y genial, no tenía batería, el motor había quedado completamente nulo. Genial!, mis nervios se reforzaron y me bajé del auto desesperado. Levanté el capot y pude notar un leve humo gris y un olor a quemado. Me tomé la cabeza con ambas manos y no me quedó más opción: empujé el coche hasta la orilla de la calle y cerré las puertas con llave. Caminé bajo la lluvia hasta el duplex de mi Bill y toqué el timbre impacientemente. Era hora de decirte cuanto te amo bebé.

– Ya va! – Gritó una voz femenina antes de abrir la puerta.
– Hola, buenas noches – dijo tímidamente Tom.
– Buenas noches – saludó Jane espantada al ver al fotógrafo empapado – necesita algo?
– Sí – respondió agitado el de trenzas – necesito a Bill, soy Tom quiero verlo está?
– Hace diez minutos salió rumbo al aeropuerto – respondió la morena dolida – en veinte parte a Suiza.

Tom sintió el cielo caer sobre él, su auto destruido y Bill… Bill a punto de irse. Sin pensarlo dos veces echó a correr bajo la lluvia con todas sus fuerzas. Sus piernas cobraban vida mientras sus pantalones mojados le hacían peso siendo desventaja para su propósito. Sus pies impactaban contra pequeños charcos en las desparejas veredas, causando esa melodía particular. Ni un alma en la calle, la ciudad desierta. Comenzó a llover con más y más fuerza. Si tan solo se cruzara a un taxi o algo…su garganta comenzaba a secarse, una puntada lo mataba bajo su estómago, su respiración sobresaltada no ayudaba, los latidos de su corazón estaban a mil por hora mientras podía sentirlos también en sus sienes causándole un fuerte dolor de cabeza. Las gotas que llegaban hasta sus ojos le impedían ver claramente. Un fuerte trueno resonó en el oscuro cielo seguido de un relámpago que iluminó la noche como un flash de su cámara. Se detuvo en una esquina y tomó una gran bocanada de aire, levantó la vista y el cartel que vio le dio más fuerzas para continuar. La publicidad de la revista, en la que salieron ellos dos a lo alto de un edificio hizo que sus piernas continuaran por si solas. No paró ni un instante, su única meta era alcanzarlo. Miró su reloj de pulsera, cinco minutos. Gritó fuertemente mientras con sus ojos fuertemente cerrados echaba a correr con más fuerza pensando para sus adentros “no te vayas por favor”.

Se alivió, al notar un título en un gran establecimiento dándose cuenta que llegó al aeropuerto y desesperado comenzó a buscarlo. Sus piernas no respondían temblaban demasiado. Sus ojos se movían rápidamente tratando de hallarlo cuando su corazón se debilitó. Miró nuevamente el reloj, era demasiado tarde. La hora del vuelo había llegado.
-Llegué tarde – susurró destrozando viendo a lo lejos un avión despegar en la pista– jamás debí haber dejado todo para un después, debí amarte, debí decírtelo todo, maldito orgullo, puta cabeza que me controló…me odio.
Lágrimas se acumularon en sus ojos y salió nuevamente rumbo a la calle totalmente destrozado, cuando vio a un muchacho a lo lejos vestido sencillamente. Llevaba unos pantalones oscuros, una camiseta suelta y corta color azul al igual que una pequeña gorra de tela que ocultaba sus… ¿rastas? con un paraguas protegiéndose de la tormenta; bajar de un automóvil.
-¿Bill? –susurró para sus adentros y pudo oír a lo lejos “Vuelos con destino a Suiza, Francia y España se encuentran demorados por temporal”- ¡Bill! –gritó corriendo hasta él.
El director giró mirándolo, no quería, no podía, bajó la mirada para contener su llanto.
-Bill –susurró acercándose a él totalmente empapado– no… no te vayas por favor…

-Tom no quiero que me digas nada, bastante lastimado estoy –murmuró el de rastas– por favor vete.
-Te amo Bill –dijo con el último aire que expulsó de sus pulmones. Pero el director no pudo continuar hablando, sus labios fueron atrapados por los de Tom. Sintió como su corazón comenzaba a latir con fuerza y el frío de la noche se disolvía ante el contacto de sus bocas. Liberó el paraguas que no tardó en volar por el viento y rodeó a su fotógrafo por el cuello dejando que la lluvia sea la única testigo de su primer beso y su amor.

Continuará…

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