12: El Duelo (Parte 3)

Notas: ¡El final!

Capítulo 6: El Duelo (Parte 3)

Jaló a Ana Rita del brazo para que dejase de huir por el corto jardín y se dignase a mirarle a los ojos. La mujer no estaba llorando de pena, sino que se encontraba llorando de enfado que era peor que le mirase de forma hueca o no le dirigiese la palabra, sobre todo porque había pasado ambas fases y ahora que volvía a ganarse su amor tenía que irse de nuevo.

¡Ni tres meses, Tom!

No será como la última vez, lo prometo.

¿Y valen de algo tus promesas?

Elvira cogió a Sol de la mano. La escena de ambas niñas mirarles con los parpados caídos sobre el ojo expresando un completo desconcierto le martilleó el corazón.

Puso los brazos sobre la cintura y miró a su esposa que caminaba entre las cuerdas donde la ropa se mecía con el viento. Las agarraba convulsivamente y las tiraba a la cesta con rabia, intentando conseguir un argumento para que su marido no se fuera.

Se acercó a ella por detrás, tomó a Ana Rita de la cintura y le susurró lo que ambos querían oír.

No es suficiente —le contestó ella.

Yo tampoco quiero que pase lo de la última vez…

¡Pues no te marches!

Volveré, lo juro.

Me dijiste lo mismo la última vez… lo mismo… ¿Por qué no te vas para siempre o te quedas para siempre? ¿Por qué te cuesta tanto decidir si nos quieres o no?

No se trata de una cuestión de amor…

¿Y qué es entonces que te marchas de nuevo?

Ya lo sabes Ana Rita, las deudas…

¿Y qué más da las deudas? ¡Cómo si no fueras a trabajas cada día! Porque… ¿estás trabajando? ¿No te irás al salón a beber, verdad?

Miró a su esposa con reproche y luego le enseñó las manos comidas por las riendas y las sogas que pasaba por entre los cuernos de las reses para llevarlas con el ganado a la siguiente finca.

No sé qué me da más miedo… Si el hecho de que me quieras dejar de nuevo, no confiar en ti como antes, que te pongas escusas vacías para marcharte o no saber qué te impedía volver.

La serpiente le picó en la mano en un parpadeo y el veneno de sus palabras transcurrió por sus venas corroyéndole cada milímetro que abarcaba hasta llegar a su corazón donde la ponzoña le colmó y le hizo trastabillar un momento en el que el pie derecho se le entumeció por la quemazón del tóxico.

Había un hombre… iba a matar a Bill y le disparé. —La sujetó por los codos antes de que ella expresase algún gesto de huida, pero se quedó quieta como una estatua, con los ojos abiertos, mirándole sin mirar. Y Tom temió lo que siempre había temido: que Ana Rita se hubiese dado cuenta de que se había casado con un monstruo y huyese con las niñas lejos de él…

Experimentó en un solo segundo una angustia tan grande que se vio cayendo ante las rodillas de Ana Rita, envuelto en lágrimas, suplicándole a su venerable esposa que no le abandonase… Probablemente no lo hubiese hecho, no iba a hacerlo, pero sí sería capaz de ir allá a donde ellas fuesen para convencerlas… o al menos seguirlas desde lo lejos para no vivir habiendo olvidado los dulces rostros de sus hijas, por el temor de llegar a verlas y no reconocerlas porque ya estarían crecidas.

Todo aquello le pasaba por la mente en el lapso de tiempo de un segundo cuando se dio cuenta de que la expresión de su mujer se truncaba… había entendido por fin que el hombre que ha probado la sangre no dudaría en hacerlo de nuevo.

Puedes marcharte —le dijo en un balbuceo comido por el llanto venidero. Pálida como la cera, trémula como las ramas secas de los árboles y muerta bajo su propia carne, comenzó a andar.

Tom la soltó sin oponerse a que ella huyese con ojos dilatados. La vio marchar hacia la casa, caminando como envuelta en un sueño, apenas sabía por dónde iba, parecía al borde del desmayo, pero no se detuvo, sino que entró en la casa, sin saber cómo, y ahí se perdió de su vista.

Entró tras tropezarse con el chucho zarrapastroso que ni gimió al sentir la punta de su bota entre las costillas. Dentro encontró a su mujer limpiando la mesa de madera con ademán apremiante. Se le abrieron los ojos al verle entrar sucio de tierra mezclada con su propio sudor y el del caballo. Elvira y Sol se habían encerrado en su cuarto de la planta superior, podía escuchar los saltos histéricos de su hija, mientras la mayor la mandaba a acallar intentando escuchar lo que abajo acontecía.

Se acercó a ella lentamente, quien tiró el trapo gris sobre la mesa para luego poner sus brazos en jarra sobre la camisa blanca. Los ojos translúcidos le dañaban la vista tanto o más que el sol que entraba a través de la mosquitera y bañaba con el dorado toda la planta inferior. Se consiguió poner a la altura de su mujer sin que esta se pusiese nerviosa. No lloraba. Solo le miraba impertérrita. Rodeó la mesa hasta tenerla delante de él, la tomó de la mano izquierda que reposaba sobre su cintura y se mantuvo en silencio, admirando sus ojos verdes como las hojas de helecho de la fría Alemania de su niñez, cuando se adentraba al bosque umbrífero junto a su casa y miraba hacia el cielo y ya no veía helechos sino el sol salpicar de dorado las copas verdes de los árboles. Esos eran los ojos de Ana Rita que siempre le recordaban que él no era hijo de América ni de su desierto y pertenecía a la vieja Europa de la que generaciones de su familia habían escapado en busca de un sueño.

Solo respóndeme a una pregunta —dijo Ana Rita—. ¿Si Bill no te hubiese encontrado habrías vuelto?

Asintió lentamente pensando en su respuesta.

Regresé a casa tras pasar un año al otro lado del Río. Los cuatro pactamos no volver hasta que se disipase la investigación del Sheriff asesinado, pero a medida que el tiempo pasaba más difícil era volver.

¿Por qué?

¿Tú qué crees?

Que no me amas, que soy demasiado vieja para ti, que me detestas por haberme quedado preñada y que lo peor que has hecho en tu vida es casarte conmigo.

No es cierto —mintió.

Las palabras de su hermano volvieron a su mente con un brío que había olvidado desde aquella noche de primavera. Escuchaba tan claramente la palabra “cobarde” que juraría que Bill estaba detrás de él susurrándole al oído aquellas palabras.

Debería haber entrado la noche en la que volví al pueblo aunque fuesen once meses más tarde de lo que debería, pero no lo hice.

¿Y qué vas a hacer mañana?

Me iré antes de que salga el alba pero estaré aquí en un mes, no más.

¿Vas a ir con ellos?

No, ellos ya se han ido. Este es un trabajo para el Señor White.

Ana Rita hizo un atisbo de sonreír que fue como ver el sol pasar a través de su mirada en una brisa de aire que el verde de los árboles no pudo soportar. Tom sonrió.

 

Tom se había despertado en plena madrugada al escuchar el inconfundible sonido de un relincho de caballos junto a su taconeo. Se deshizo de una manta beige con motivos geométricos en marrón oscuro. Dejó a su señora durmiendo en la cama, procurando hacer le menor movimiento en su intento por levantarse. La ventana que estaba tras la cama iluminaba la estancia con un brillo azuláceo que le permitía recoger las ropas que anoche se quitaron. Mientras se ponía los pantalones, se asomó a la ventana para ver la figura de un jinete sobre su caballo. No parecía tener la intención de tocar la puerta y juraría que le estaba observando desde la montura, esperándole porque sabía que se había percatado del sonido. Tom terminó de subirse la cremallera, se puso las botas a toda prisa y cogió el cinturón con el revólver cargado por si no era quien temía.

Bajó las escaleras poniéndose la camisa que llevó durante la cena, encendió un farolillo y, arma en mano, salió al exterior. Una gran oscuridad se cernía en el exterior, ya que había luna nueva y el círculo purpúreo en lo alto del cielo apenas era visible. El jinete desmontó, amarró el caballo a la barandilla y el animal comenzó a pacer las flores que sus hijas habían plantado.

Tenemos que irnos —le dijo Bill provocando que un fuerte temblor le azotase el cuerpo entero.

¿Por qué? ¿Y el atraco?

Todos han caído —susurró Bill.

Apenas podía ver a su hermano, la luz era tan escasa que solo iluminaba lo que había ante él que no era más el poste que hacía de arco para la entrada de la casa y las escaleras que descendían. Su hermano estaba al final, se acercó a él y le iluminó el rostro que se le llenó del saludable color del fuego. Todo en su cara parecía intentar evitar expresar lo que había visto, sus labios estaban tan tensos como de costumbre, pero los ojos negros le miraban con una urgencia apremiante digna de un animal a punto de ser cazado…

¿Roberta?

También —pronunció esas palabras con una dejadez paralizadora.

Entonces Tom no quería dejar su casa, dejar de pisar su porche o dejar de cultivar la tierra, se sentía demasiado bien en ella.

¿Y por qué? ¿Qué salió mal?

¡Todo! Nos esperaban y vienen a por mí.

¿Y para qué has venido a mi casa? —elevó Tom la voz por primera vez.

¿Y quién te hubiese avisado si no? Mañana hubiese venido algún oficial y te habrían llevado a la cárcel, te preguntarían por mí, tú no sabrías nada y sería verdad, pero aprovecharían mis crímenes para inculparte.

¡Es una posibilidad! Nadie sabe lo que ocurrió en el tren.

¡Pero saben que tú estabas en él! Y si no te ahorcan, te encerrarían durante años por encubrirme.

Entonces has venido aquí para que huyamos juntos.

¿Se te ocurre otra idea? Somos fugitivos, ni si quiera deberíamos haber vuelto, yo no debería haber vuelto y tú… tampoco… pero teníamos que volver.

Bill se detuvo cuando una sombra se movió en la oscuridad. Tom se giró y la iluminó con el candil. Los ojos de leona de su mujer le atravesaron como una lanza. No dijo nada.

Tom ensilló a su caballo y lo cargó para hacer un largo viaje a través del desierto. Por un momento se preocupó de no ir mañana al trabajo, pero en realidad él siempre supo que aquel no era su trabajo. Montó con rapidez y Bill se adelantó, cabalgando la mismísima noche, hacia la verja abierta.

Ana Rita se arrebujó la capa sobre el camisón de noche, el cabello le caía salvaje sobre los hombros y Tom pudo verlo gracias a la luz que ella sujetaba ante ella, el animal y su marido.

No volveré pero nos encontraremos de nuevo, lo juro.

 

Lo juramos —dijo Bill rompiendo el silencio de la noche. Ana Rita sonrió y ese fue el último recuerdo que tuvo de su venerable mujer: una mirada con las marcas del sueño, brillantes por la separación pero con los labios esbozando una sonrisa de plenitud porque sabía cuánto valía su palabra.

FIN

Muchas gracias a todos los que han seguido la historia y comentado en ella. Sé que es raro leer por aquí el género hetero y más en una época tan remota como esta que he escogido por ello aprecio el voto de confianza que han hecho al atreverse a leer mi historia. 

Esto no será lo último que escriba, pero estaré ausente un tiempo en el que trabajaré en más mini fics y long fics. Probablemente lo próximo que escriba sea época pero en la Edad Media la cual conozco mejor. 

Repito, muchas gracias a todos. 🙂 

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