Fic Twc / Toll escrito por being_destroyed
Capítulo 13: I love you – Razorblade Romance
(Parte II)
Georg
El sonido de mi bajo sonaba al compás de la guitarra y la batería del grupo. Eran las cuatro de la tarde y nada más acabar de comer habíamos quedado todos en la cabaña del otro día para ensayar. Y la verdad es que nos estaba saliendo de puta madre. Disfrutaba como un puto niño pequeño y me sentía genial.
Y lo cierto es que habían canciones bastante guapas y para tocarlas estaban de puta madre. No me lo podía estar pasando mejor.
-Hey gente, hagamos un descanso ¿vale? – oí a Tom. Y todos secundamos lo que dijo en seguida, la verdad es que para ser solo las cuatro, llevábamos una hora y media ensayando ya.
Me descolgué el bajo y me senté en el suelo, al lado de Tom, y lo miré, viendo como él hacía lo mismo. Una pequeña sonrisilla se esbozó en mi rostro. Lo cierto es que cada vez que lo miraba me entraba un poco la risilla floja porque me imaginaba a Bill babear por él a todas horas.
Yo no quería que él lo supiera pero… Yo siempre había sabido que a Bill le acabaría gustando un chico. No digo que fuese gay pero al menos sí bisexual. Y la verdad es que tuvo la putísima suerte de enamorar a Dawn y llevar ya medio año juntos, pero igualmente eso no le ha servido de mucho para darse cuenta que también la van los chicos. Y me alegro un poco que haya sido de Tom. Aunque apenas lo conozco y Bill me haya contado las reacciones que había tenido a cada uno de los roces, yo sé que este hombre es “bueno”, por decirlo de alguna manera. Lo que pasa aquí, es que está confundido, igual que el otro.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por el susodicho.
-Eh, Georg – y Tom me puso una mano en el hombro y me apretó de saludo – Oye… me estaba preguntando si… Bueno…
-No. No sé nada de Bill, de hecho iba a ir a verle en cuanto se acabara el ensayo.
Este se quedó parado después de que le contestara incluso antes sin saber la respuesta y al cavo de dos segundos miró al suelo. Avergonzado.
-Oh… Bueno pues… Ya me dirás qué tal está.
Ensanché la sonrisa y le di un apretón de manos fuerte.
-Eso está hecho.
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Cargaba con mi instrumento a la espalda, guardado en su preciosa y cuidada funda y casi no notaba todo lo que pesaba. Me había tirado mucho tiempo haciendo caminos con el bajo a cuestas y ya me había acostumbrado. Había pensando en dejarlo primero en mi cabaña y después ir a ver a mi, nuevamente, desaparecido amigo. Que últimamente le daba por no ir a comer o a desayunar… Está clarísimo que a este, eso de enamorarse le está sentando de una manera que no sabe sobrellevar.
Igualmente, era divertido verle preguntarme cosas sobre el tema, cuando siempre había sido del revés, que yo era quién le preguntaba a él cosas sobre cómo tratar a una chica o gustarle a la susodicha.
Y de pronto vi a lo lejos una figura delgada que se movía a paso lento. Como un fantasma, como si estuviera en estado de trance. Me pregunté quién podía ser, porque de lejos no reconocía ese pelo tan largo y oscuro.
A medida que me iba aproximando, el contorno de su rostro se hacía más claro en mi recuerdo y cuando por fin la tenía suficientemente cerca, descubrí que se trataba nada más y nada menos que de la novia de mi mejor amigo, de mi profesora de historia.
Dawn.
Esta iba con la cabeza gacha, y parecía importarle bien poco si podía o no podía ver por culpa de todo su pelo en la cara. De golpe se paró y respiró hondo.
Ei ei… ¿qué le pasaba?
Me pregunté si sería capaz de contármelo a mí, pero sin importarme mucho la respuesta di un par de pasos alargados y grité su nombre.
Esta se giró enseguida, se quitó el pelo de la cara, recogiéndoselo por detrás de la oreja. Miró hacia mi dirección, bastante confusa, y cuando me localizó se le crispó la cara. Arrugó el entrecejo y desvió la mirada.
Me paré unos instantes, tentado de irme e ir a buscar a Bill para que la consolara o le dijera algo, pero decidí preguntar primero yo, y después optar en ir a buscar al novio desaparecido.
Me acerqué y cuando estuve a medio metro, esta se sentó en la arena, apoyándose en la cabaña que había justo detrás de ella, sin nadie dentro. Dudé un momento antes de sentarme a su lado.
-Ei, Dawn… ¿Qué te pasa? – le pregunté, de una manera un tanto sosa. ¡No sabía cómo decírselo! ¿Y si la cagaba?
-Georg… -pronunció mi nombre, pero después este estuvo acompañado de un silencio.
-Puedes confiar en mí, no se lo contaré a nadie si no quieres. – le prometí. Supongo que no haría falta que se lo contara a Bill puesto que a él ya sería informado por ella.
-¿Confiar? Ja… -me sentí dolido con esas palabras. – La confianza da asco. –soltó seca y con voz más grave que nunca.
-Joder Dawn, no sé qué motivos te he dado para que no confíes en mí, pero macho…
-Ayer lo dejé con Bill. – me interrumpió, y se le quebró la voz cuando pronunció tal frase. Yo me quedé parado, en estado de shock, como si hubiera dicho algo imposible, y más tarde la miré con el ceño fruncido. ¿Qué lo habían dejado? No podía ser… ¿Por eso Bill no había venido ni a desayunar, ni ayer a cenar? – Le dejé yo. – aclaró. Con la garganta reseca y la voz ronca.
Eso ya sí que no tenía sentido. ¡Pero si Dawn lo quería con toda su alma!
-¿Pero… por qué? –me atreví a preguntar.
-Porque era una puta broma todo eso. No me quería, y todo el mundo lo sabía. Incluso yo, pero era tan gilipollas que me daba igual… – en el último momento se serenó y no derramó lágrima alguna, con un gran esfuerzo por su parte.
-Bueno pues, no sé qué decirte, la verdad. Dawn, lo siento mucho… Sabes que aquí tienes un amigo ¿no? Aunque no sea tan atolondrado como Bill, también puedo hacer el tonto para animart…
-Me ha puesto los cuernos. –soltó de pronto. Volviéndome a interrumpir.
-¿¡QUÉ?! –solté incrédulo. ¡NO ME LO PODÍA CREER!
-¿No te ha dicho nada? – dijo, casi sin ningún tipo de sorpresa al respecto. Como si prácticamente fuese evidente. Incluso se podía descubrir un tono da sarcasmo siniestro.
¡¿Por qué coño Bill no me ha contado que se lo había montado con Tom?! ¡¡Joder, entiendo que sea pronto, pero me lo podía haber dicho!! ¡Cuando lo vea lo voy a matar! ¡Le pegaré la hostia del siglo! Menudo chaval. ¡¡Debe de estar saltando por los aires de alegría!!
-Y hoy me enterado de quién era ella… – y se paró el tiempo. Unos instantes en los que intenté averiguar toda la información que acababa de oír. Información que no podía ser verdad… Espera espera… ha dicho ella… ¿¡ha dicho ella?! No me jodas que se lo ha montado con otra tía mientras estaba con Dawn. ¡¡CON OTRA TÍA!! Lo mato, lo mato, lo mato. ¿¡Porqué no me ha contado nada, JODER?! ¡Puede confiar en mí, coño! ¡Que por algo soy su mejor amigo!
-¿Y quién es? –intenté sonar sereno, pero al final me salió un poco el tono de la rabia contenida. Joder Bill, no es tan difícil confiar en mí ¿no? Claro, ahora entiendo a qué venía lo de que la confianza da asco.
-El caso es que no se si decirte quién es… -y de verdad se le veía sufrir por si decírmelo o no. ¿Quién podía ser?
El corazón empezó a latirme con tal fuerza que me estaba entrando el pánico. Un mal presentimiento recorrió mi cuerpo de pies a cabeza y me estaba empezando a poner realmente nervioso. ¿Por qué? ¿Por qué me ponía así? Yo que sé. Sólo sé que necesitaba saber la respuesta, ya, de inmediato.
-Dawn, dímelo…
Esta me miró a los ojos y pude ver lo rojos y hinchados que estaban. Seguramente habría estado desde ayer hasta hoy llorando sin parar a cada segundo. Sentí lástima, pena por ella, por saber que ella era la que siempre salía mal en toda esta mierda da relación. Respiró profundamente y después miró al suelo. Empezó a entrelazar los dedos como si fuese un tic nervioso, y después una vocecilla que sonaba desde su boca empezó un corto relato que se ocupó ella misma de resumir para poder acabarlo sin estallar en lamentos.
-Pues… Estaba en las escalaras de mi cabaña, sin… atreverme a salir de ese perímetro y… Bueno, de pronto, se me ha acercado Ashley a preguntarme que me pasaba, qué simpática. Yo que pensaba que le caía mal. Y bueno, me ha preguntado lo mismo que me has preguntado tú, pero el final ha sido un tanto diferente… Cuando le había dicho que sabía que me había puesto los cuernos, ella se puso muy nerviosa y no tardó nada en preguntarme si sabía con quién. Y joder, yo quería sonsacarle a ella de quién se trataba, así que le dije que sí… Para que ella me lo contara después en algún descuido. Y dios… – Ha dicho Ashley… Ha dicho Ashley… Pero ella no ha sido ¿verdad? ¿verdad que ella no ha sido? No joder ¡ella no ha podido ser! No por favor, mi Ash no… – se ha puesto fatal y a lloriquear conmigo, me ha pedido perdón mil veces… Excusándose que se les había ido de las manos. Que realmente Bill no la quería y que sólo se liaron porque les había entrado un calentón y… – no pudo seguir el relato, el cual en esa misma frase quedó finalizado totalmente. No me hacía falta escuchar nada más. Un sonido en el fondo de mi interior sonó a un golpe de un cristal contra el suelo, un fuerte choque, entre la superficie reflejante y el mismo suelo. Una catástrofe. Y creo… creo que era mi corazón. Que había saltado desde un precipicio, lanzándose al vacío.
La sangre me hervía y tenía ganas de romper algo en pedazos. Tenía ganas de gritar y salir huyendo y partirle la cabeza al hijo de puta de mi supuesto amigo. ¡¡LO MATABA!! ¡¡JURO QUE HOY LO MATABA!! ¡¿CÓMO COÑO SE ATREVE HA HACERME ESTO?!
-No le digas que te lo he dicho yo. No quiero que se enfade conmigo. Ya estoy suficientemente enfada yo con él como para que ahora haya un odio mutuo. No le digas nada… – suplicó.
Asentí con lentitud y me alcé hasta quedar totalmente de pié y erguido.
-¿A dónde vas? –oí debajo de mí.
-A matarlo. – y dicho esto emprendí el camino hacia su cabaña. Dawn no me dijo nada, de hecho de nuevo se había puesto a llorar como una desgraciada y se secaba las lágrimas con las manos, pero era un intento en vano, pues más tarde la saldrían otras que acabarían ahogándola en un mar prácticamente sin escapatoria.
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-¡¡ÁBREME, HIJO DE PUTA!! –chillé tanto como me pudo la garganta. Tenía la rabia a flor de piel y me temblaba todo el cuerpo de las ganas que tenía de… de… de ¡yo que sé! ¡De romper el mundo entero en mil pedazos! – ¡¡QUÉ ME ABRAS, JODER!! – grité aún con el mismo tono.
Oí unos acelerados pasos hasta la puerta y el sonido de esta al abrirse a toda velocidad, más tarde, la figura de Bill con apenas una camiseta bastante grande y negra y sus calcetines a juego aparecieron en el umbral de la puerta, con los ojos súper abiertos por la sorpresa que le estaba dando yo.
-¡¿GEORG?! ¡¿QUÉ PASA?! – me preguntó, alterado, confiado de que le explicaría mi repentino humor.
Adelanté pasos hacia dentro y este tuvo que retroceder. Y aunque yo era bastante más bajito que él, sentía que poco a poco me iba incrementando yo de tamaño, y él iba reduciendo el suyo.
Decidí no andarme con rodeos. Porque ahora que lo tenía delante, y por mil cosas que me hubiera hecho, sabría que no sería capaz de hacerle nada más que una bofetada o un puñetazo, al caso. Y me jodía descubrir eso. Él me había lanzado miles de dagas punzantes hacia el mismo punto de mi pecho, indirectamente, y yo me sentía incapaz de nada ¿¡Por qué!?
-No me puedo creer lo que has hecho… -dije con voz lastimera y amenazante al miso tiempo. Yo tenía la mandíbula apretada y me sentí más tenso que nunca.
Bill me miró desconcertado y buscaba en mi mirada una posible explicación a lo que le estaba acusando, pero no le conté nada.
-¿Qué? ¿Qué he hecho? – me preguntó agitando los brazos fuertemente.
Me fijé un poco en él y también le vi los mismo rasgos que le había descubierto a Dawn en la cara, pálida y con los ojos rojos e hinchados. Qué hijo de puta. Encima había llorado por ella. ¡Pero qué falso!
-¡¡Eres un puto falso de mierda!! ¿¡HAS LLORADO POR LO DE DAWN?! – Este me miró desconcertado, y asombrado – ¡¡SÍ, ME LA HE ENCONTRADO!! – Le pegué un empujón y este casi se cae al suelo – ¡¿TE HA JODIDO QUE TE HAYA DEJADO?! ¿SÍ? – le chillaba con todas mis fuerzas de nuevo, creo que me estaba poniendo rojo – ¿Y YO QUÉ? ¿¡Cuando pensabas decirme que te habías tirado a Ash, EH?! – Me miró, y Bill cerró los ojos con fuerza, tardando mucho en abrirlos de nuevo. Gesto que me secundó lo que me había dicho Dawn al respecto… Sí… Se la había tirado.
Y de pronto la rabia pudo conmigo y me acerqué peligrosamente. Bill me miró con pánico y alzó las manos, intentando protegerse del puñetazo que le di en toda la cara. A Bill se le giró la cabeza hacia un lado de lo fuerte que le había dado y cuando volvió a mirarme tenía la boca con un hilo de sangre que pronto le llegaría a manchar la camiseta. Dirigió su mano hacia su mandíbula, que se le pondría roja y llena de moratones en poco tiempo y puso cara de dolor.
-Aghh… – se quejó. Me reí sarcástico.
-¡¿TE DUELE?! ¡¿TE DUELE?! ¡¡PUES TE JODES!! –solté, tan cabreado como antes, puede que incluso más.
-Georg lo siento…
-Y encima tienes la cara de decirme eso… – por dos segundos se me calmó la voz, pero no el pensamiento – Mira, que te den por culo. – y de pronto me reí de nuevo. – Bueno… para eso no creo que te quede mucho. – solté cínico. Después creí haberme arrepentido de eso, puesto que el dolor físico es mucho más fácil de curar que el dolor psicológico y la cara de Bill fue de mucho dolor… Como si de verdad esas palabras hubieran sido un puñetazo con la fuerza de mil golpes. Pero la puñetera verdad es que se lo merecía.
-Joder, Georg… Te has pasado.
Y lo siguiente lo solté alto y claro, y seguro de mi mismo. Puesto que lo que había hecho él no tenía nombre, no tenía nada, era basura, era mierda, era… No había adjetivo.
-No, yo no me he pasado. ¡¡Eres tú el que se ha pasado!! ¡Diez mil pueblos, chaval! ¿Que no se supone que eres mi mejor amigo? ¿No se supone que después de que te haya confesado durante todos estos AÑOS lo muy colado que estaba yo por Ash para ti es intocable? ¡¿Qué pasa si ahora voy y yo me tiro a Dawn, ehh?! ¡¿O qué pasaría si yo intento juntar a Tom con otra?! ¿¡NO TE JODERÍA!? – y el rostro de Bill se crispó de nuevo, en una mueca de dolor, como si realmente le estuviera pasando eso. – Pues lo mismo digo.
Bill no se atrevía a decir nada. De hecho y una vez más en este día, estaba observando llorar a alguien. Me estaban entrando arcadas de lo falso que podía llegar a ser este niño mal criado y demasiado mimado.
-Me das asco Bill… No me puedo creer que lo hayas hecho. De verdad que no entra en la cabeza… Y a Ashley no le voy a decir nada, porque creo que es verla y bloquearme por completo de todo lo que hay alrededor mío, pero… – arg, Georg, ordena las ideas antes. Y de pronto se me planteó una pregunta, que al acabar de formularla se me había secado la garganta- Porque… ella no sabía que yo la quería para esos entonces ¿no? Bueno… espera. – de nuevo me estaba entrando ganas de arrancar cosas de cuajo – Bill… ¿cuándo fue? –y el tono de pánico y rabia volvió a aflorar en mi voz.
Este cerró los ojos y escondió la cabeza.
-El… el domingo…
Mi mente empezó a hacer cálculos y llegó a un terrible resultado.
-Ella ya sabía que estaba enamorado… Yo ya me había declarado. – me cubrí la cara con las manos y apreté los ojos evitando que mis propias lágrimas, salieran de mis ojos. No podía ser cierto esto que estaba pasando… No podía ser real.
-Joder Georg… déjame que te explique. – me suplicó.
-No. No. No. Y te diré porqué. Porque puedes tener la más grande excusa del mundo, podía haber sido un calentón, podrían haber sido dudas sobre tu hombría, porque te conozco demasiado como para no saltarme esa posibilidad, y podría haber sido cualquier otra cosa… ¿pero sabes qué? Hay más chicas. No solo existía Ashley… Porque te recuerdo que la mitad del instituto te odia, pero la otra mitad son tías… y más de una se muere por ti. Para variar claro, porque el señorito “me voy de diva” las tiene a montones, mientras que el amigo del que nadie se acuerda, solo está de adorno, y para sacarle las castañas del fuego a la diva.
Y no se atrevió a negarme nada.
-La has cagado chaval. La has cagado mucho. – y muy a mi pesar… se me quebró la voz, mostrando mi odiada debilidad. Salí mordiéndome el labio inferior por querer aguantarme las lágrimas.
Y pegué tal portazo que el siguiente sonido que escuché, fue el agitado aleteo de un par de pájaros que habían salido volando del árbol que había próximo a la cabaña de Bill, asustados por el golpe.
Bill
Todo me salía mal. Siempre me salía todo mal, fatal, horroroso. Todos mis planes acababan hechos mierda aunque yo intentara hacer lo posible por evitarlo. Pero ¿Cómo evitar si en muchas ocasiones yo era el puto causante de que todo acabara mal?
Me dolía la cara horrores, y por mucha agua fría que me pusiera no tenía hielo a mi alcance para poder bajarme la hinchazón.
Se me habían gastado todas las ganas de llorar ya que no sólo había estado toda la noche sin parar, si no que desde que Georg había venido, de nuevo el mar de lágrimas no me dejaba ni respirar. Estaba más hecho mierda que nunca. Soy el peor, no tengo remedio, soy repulsivo, no puedo llamarme amigo, ni colega… Es que ni siquiera “conocido” es un buen adjetivo para mí. Lo que he hecho no me será perdonado en la vida. ¡Jamás! ¡Y Georg tiene toda la jodida razón del mundo, coño!
Ahora estaba solo. Georg me odiaba, Dawn no quería saber nada de mí durante un tiempo y también me odiaba, Ashley… Con Ashley tenía que hablar y no sé cómo acabaría la cosa. ¡Qué bocazas era joder! Bueno… Como mínimo ya me había quitado un peso de encima.
Joder, hablo del tema como si se tratara de una cosa menos que hay en la lista de compra. En fin… Con los de mi clase no me llevaba ni un cuarto del cuarto de bien que con los anteriormente citados, y con Tom… Dios Tom. ¿Qué hacía con lo suyo? Me moría de solo pensar que no hablaría más con él por voluntad propia, pero me moría también de saber que por culpa de lo que él me hacía sentir ahora, no me hablaba con ninguno de mis amigos.
Joder, le quería y lo odiaba al mismo tiempo.
Estaba hecho un matojo de nervios y de líos y de todo. Siempre estoy igual. No había forma de cambiar esto ¿o qué?
Vale, Bill, lo que hay que hacer es pensar en frio. Hay que analizar la situación ¡ya! Porque si me tiro una hora más llorando, me dará un chungo.
Diablos, esto era más que difícil. Allá donde miraba, no había manera de encontrar una solución. ¿Qué coño hacía con Georg? ¡Es que no me perdonará!! ¡¡No lo hará! Dawn quiere tiempo. Bueno, quería tiempo antes de saber que le había puesto los cuernos… Ahora también me odia de verdad.
Pero bueno, si no hago nada para solucionarlo no cambiará nada, y aunque no me quieran escuchar, me da igual. ¡He de solucionarlo!
Me levanté y me puse unos vaqueros cualquiera que encontré y unas deportivas. Me cambié la camiseta por la primera que había en mi armario (fijándome en el color, claro) bastante más pequeña que esa y me quedó ceñida, como suelo ir siempre.
Me encaré a la puerta, decidido, pero sabiendo que en cuando pusiera un pié fuera me entraría el miedo e iría inseguro, caminando sin avanzar a penas, y mirando a todas partes, por si me los encontraba. Mi mano se dispuso a abrir el cerrojo…
*Toc, toc, toc..*
Retiré la mano en el primer toc y miré hacia la puerta con los ojos abiertos como platos, con el pulso a mil por hora. Oh dios mío, es Georg, es Georg… ¡¡me quiere matar!! ¡Quiere rematar la faena! ¡¡Mierda, mierda, mierda, mierdaaa!! ¿¡Y ahora qué hago?!
Vale, abro la ventana y salgo por atrás. Sí sí, decidido. ¡Joder, ¿así pienso solucionar las cosas?!
-¡¡Bill!! ¡Ábreme, que sé que estás dentro! – me paré en seco. Retrocedí y dirigí mi vista hacia dónde venía la voz. Una voz que no sonaba para nada enfadada y rencorosa, de hecho era suave y amistosa – ¿No me jodas que otra vez estás durmiendo? ¡Macho, eres una marmota! – soltó… Tom.
Si me pudiera ver a mi mismo juraría que la cara se me cambió a seria y triste.
Tom. Tiene huevos.
Respiré lentamente mientras me dirigía hacia la puerta. Con él si podía hablar, y de hecho podría mandarle a la mierda para que me dejase en paz para siempre. Que se entere de una puta vez que no quiero que seamos ni amigos. Vale, es totalmente contradictorio, cuando ayer mismo pasé la mejor tarde del mundo con él, como… amigos. Pero… La he cagado, por su culpa… Por su culpa.
El golpeteo insistente por parte de la mano de Tom no cesó y cuando notó que estaba abriendo oí un “¡Menos mal!” que me puso de los nervios.
-Encima… si quisiera no te abro. -dije bajito, para mí mismo, cabreado. Y cuando lo tuve delante se me derrumbó uno de los ladrillos que formaban mi escudo anti Tom.
Estaba delante de mí sonriente, y expectante al verme. Iba de blanco y con los vaqueros de rapero más grandes que jamás le había visto puestos. Y le quedaban bien. Muy bien. Demasiado bien. Creo que hasta se dio cuenta de que mi vista se paseó de sus pies hasta su cabeza. Lo diré de una forma más clara; pegándole un repasón.
Después me maldecí a mi mismo por tal gesto.
-¡Hostia! – y el rostro de Tom se crispó. Se acercó a mí y yo retrocedí un paso, dos, tres… Como cinco pasos hasta que me pilló y me cogió de la camiseta dejándome incapaz de alejarme más de él. Dejándonos totalmente dentro de mi cabaña. Le miré directamente a los ojos y después desvié la mirada, cohibido. Con sus manos me pilló el rostro y me lo giró hacia un lado. Me acarició la mandíbula con cuidado y sentí dolor.
-Ah… -me quejé. Incapaz de decirle nada más, ni que se fuera, ni que me dejara en paz, ni que no me tocara… nada. Mis defensas se veían debilitadas y mis intenciones de ser “anti Tom” parecían reírse de mí, como si se tratara de un chiste el hecho de querer evitarle.
-¿Qué te ha pasado? – me preguntó, después de inspeccionarme la herida. No le quise contestar. Y estuvimos en silencio un buen rato. Este no se daba por vencido y continuó preguntándome y diciéndome cosas. – antes he visto a Georg, bastante cabreado… Ni me ha saludado. ¿Qué le pasa? – respiré hondo, decidido a seguir con mi silencio.
Bill, se fuerte joder, por una vez en tu vida se fuerte… No le hables. Tú simplemente no le hables y ya está. Pero Tom estaba subidísimo en el burro y no paraba de seguir dándome conversación. Y lo que más nervioso me ponía es que me inspeccionaba el rostro sin ninguna discreción. Me apartaba el pelo de la cara como si nada y me alzaba la cabeza para mirarme el moratón que tenía. Y la verdad es que me sentía bastante estúpido sin decirle nada y el intentándome ayudar, pero… Pero yo estaba así por su culpa. Sólo por la suya.
-Dios Bill, tienes los ojos rojísimos, hinchados y totalmente… llorosos. – se calló y me separé de su lado. Joder… y cuánto me costaba hacerlo. – ¿Bill has llorado? – Supongo que mi silencio le sirvió de contestación – joder tío, estás hecho una nenaza de verdad. – se rió. ¡Se rió! ¿Pero de que va este chico? – Eso de llorar es de maricones . -siguió con la coña.
-¡Eh, eh! ¿Pero quién te crees que eres para decirme eso? – salté cabreado.
-Por fin consigo que me contestes – dijo sonriente. Después no me soltó de su vista y se sentó en mi cama. Entrelazó las manos y se las puso entre las piernas. – Oye, yo no sé qué te he hecho ahora para que no me hables, pero quiero saber el porqué, no es normal que ayer estuviéramos genial y ahora no me quieras dirigir la palabra. Aunque de hecho debería acostumbrarme ¿no? En lo que llevamos de conocernos me has hecho esto mil veces, hablar, no hablarme, hablarme, dejarme de hablar… Si te ha pasado algo gordo, es por tu culpa, y no por la mía. Yo no he tocado nada tuyo como para que me mires como si yo fuese el culpable.
Me quedé sin habla. Sin saber qué contestar. En un segundo, como si me hubiera leído el pensamiento, me derrumbó mi teoría de culpabilidad. Quizás… quizás tenía razón. Pero igualmente me mantuve erguido. Sin querer darle a entender que había cambiado de parecer.
-Oye… No hace falta que me cuentes lo que te pasa, pero como mínimo cuéntame por qué no me hablas. Si tienes un buen motivo, te juro que me voy. Pero como no lo tengas… te mato a collejas. -me amenazó. Y sin quererlo me salió una pequeña risilla, y me sonrojé cuando me correspondió. Joder, ¿por qué es así de amable?
Vale no… él no tiene la culpa de una mierda. Él, lo único que hace es ser él mismo, esa manera de ser que me está matando de tal manera que me hace hacer cosas, que después acaban de esta manera. Lo odio porque es… genial. ¡Porque me encanta! ¡Oh dios! ¡Miradlo! ¡Sigue aquí, aunque me no me digne a hablar con él! Me sentí avergonzadísimo. Agaché la cabeza y relajé el cuerpo.
-Es que soy gilipollas… Me pasa algo y la pago con todos. Lo siento. – inventé. Bueno, y no tan inventado, puesto que me pasaba con regularidad. – pero gracias igualmente.
-¿Sabes que ahora deberías morir a collejas, no? – me sonrió. Y yo intenté forzar una sonrisa, sin poder alejar de mi pensamiento, ese mar oscuro por el cual estaba atravesando – Oye… ¿quieres un abrazo o algo? – se fue levantando. Y lo miré enseguida, atónito. Iba avanzando poco a poco hacia a mí –la verdad es que yo no sé consolar mucho a la gente cuando les pasa algo, pero… – se rascaba detrás de la gorra, y miraba a otro lado, con un poco de vergüenza. Me mordí el labio sin quererlo – pero bueno, que yo que sé ¿se dan abrazos para dar ánimos, n…?
Y lo abracé yo a él. Fue como un movimiento involuntario que el cuerpo me pedía a gritos. Lo envolví y el dejó de hablar. Me rodeó con los brazos y me estrechó fuerte. No pasaron ni dos segundos que ya me había puesto mal. Se me escapaban las lágrimas por todas partes y ya estaba empezando a llorar en voz alta.
-Ey tio… seguro que hay cosas peores en esta vida. Seguro que no es tan malo ¿no? Oh vamos, yo tengo remedio para todo. Aunque, bueno, mi manera de solucionar mis fregados, son o a hostias, o… a hostias. Pero que vamos, yo encuentro otra manera.
Me reía de todas las tonterías que decía y sentía que poco a poco me iba llevando por dentro. Lo estrujé bien y sentí la dureza de su cuerpo, muy a pesar de la camiseta y de la chaqueta que llevaba y un calor reconfortante me recorrió el cuerpo entero. Exhalé aire de su cuello y un aroma a colonia de hombre me inundó las fosas nasales. Me dio una placentera sacudida que no supe cómo clasificar…
Me separó y me miró, con una sonrisa de lado.
-¿Ya estás mejor?
-Sí… – sonreí.
Y en un momento de despiste me pegó una colleja que no tardé en recriminarle con la mirada.
-¡Oye…! – me quejé.
-Venga chaval, vámonos a fuera a ver si te da el aire. Que lo necesitas. – y hizo un amago de salir corriendo de mi alcance para que no le devolviera la hostia. Y así fue. Como una bala, salió disparado a la puerta y la abrió en un segundo. Salí tras él y perdí tiempo cerrándola.
-¡Eh, vuelve! – chillé. Me sentía como un estúpido y juguetón niño pequeño. Me entró una adrenalina repentina y lo acabé pillando. Lo agarré de la gran chaqueta y lo hice parar. -¡Toma! –vitoreé.
-Ts… me he dejado ganar. – soltó, chulo como él solo.
Me quedé pensativo unos instantes, metido en mi mundo, un mundo que no tenía nada que ver con el contexto de la vida real y solté algo que creo que me salió totalmente solo, sin mi permiso, o de hecho… algo que se moría por salir, y ser explicado.
-Me ha dejado mi novia… – expliqué. De nuevo con la voz apagada, y triste, de luto.
Tom me miró, y alzó las cejas, sorprendido, después meditó un segundo.
-Vaya… – dijo, no muy seguro de sus palabras. –Mierda… no sé qué decirte, yo… Joder, es que nunca me ha pasado… No se qu…
*¡PLAF!*
Le pegué una hostia que lo dejé mirando para Rusia.
-Anda cállate, que aún lo estarás poniendo peor. – dije, medio riéndome, por no ponerme a llorar o hacer cualquier otra gilipollez. Pero después sí que me reí de verdad, sinceramente, viendo las muecas que ponía, mientras se tocaba la mejilla. Viendo cómo deformaba la cara quejándose silenciosamente. Hasta que al final, paró y se dirigió a mí.
-Hombre… no se qué hacer en estos casos… ¡Que no me peques! ¡Que te quiero ayudar! – y bajé la mano que había vuelto a poner en alto – pero creo que tengo una solución momentánea.
Lo miré interrogante y me señaló con la mano que lo siguiera.
-Pero antes de nada, y también que nos es necesario, pasamos por mi cabaña que te pongo hielo en esa cara que tienes, que creo que se te está poniendo morada. Y también me lo pongo en la bofetada que me has pegado… -dijo, volviendo a hacer muecas extrañas. Me reí. – Te has lucido con el golpe.
.
Tardamos como una media hora en llegar a un sitio bastante apartado de lo que era el campamento en sí, y estoy seguro que si tuviera que volver solo, no sabría ni aún llevando un mapa.
El sol estaba a una hora de ponerse y el cielo tenía un color anaranjado precioso. Las nubes estaban pintadas de un color fosforescente que cegaba y a la vez hipnotizaba. Era precioso.
Vi la cabaña de Tom, subida como en una especie de mini colina, donde una de las paredes apuntaba a un precipicio minúsculo pero del que si te caías te llevabas un gran rasguño. Estaba pintarrajeada con un gran grafiti en grande, en que se leía perfectamente Zimmer 483. Quise preguntarle a qué se debían esas palabras, pero cuando me di cuenta, ya había subido unas escaleras bastante improvisadas que daban hasta su puerta.
Subí con un poco de dificultades y pronto me coloqué a su altura, en el mismo momento en que abría y se metía dentro. Me quedé muy sorprendido con el interior. Tenía posters, tenía tele, tenía DVD, tenía un ordenador (por favor que tenga internet…) tenía una alfombra, tenía una estufa enorme, tenía estanterías con CD’s, tenía su guitarra prácticamente en un pedestal de lo bien situada que estaba y dios… Una mini nevera, con un estampado de color rojo, muy retro.
Me quedé parado y este miraba a su cabaña como si fuese algo más, como si se tuviera que conformar con ello.
-Dios… qué pasada Tom. – solté. Incrédulo.
-Bueno… para pasar todos los veranos aquí, no es que haya demasiado. – respondió, seco.
Pero yo pasé de lo que había dicho y miré a todas partes, flipando. Qué pasada.
-¡Eh, Bill! Ven aquí. – sentí por parte del chico de las rastas.
Me giré, y lo encontré al lado de la nevera, con bastante hielo en la mano, que poco a poco se iba fundiendo por el calor que hacía dentro de la cabaña. Empezaba a gotear y en un segundo se me pasaron por la cabeza la imagen de Ash y el hielo en la mano. De nuevo me entristecí.
-Ven coño, que como no te pongas hielo se te va a hinchar la cara más de lo que ya la tienes- y lo miré, saliendo del trance en el que me había metido momentáneamente. Me acerqué con paso normal y pronto llegué a dónde él estaba. –Vale… -y dirigió el liquido congelado a mi mejilla. Miré el hielo con miedo, y cuando supe que pronto me lo pondría sobre la piel, cerré los ojos fuertemente. En un principio lo noté muy frio, pero después se me fue acostumbrando la piel hasta notar que se empezaba a calentar mucho.
-¡Vale, vale! Ve separándolo un poco… – me quejé, apartándole yo mismo su mano de mi cara. Cuando me limpié el agua que había quedado en mi piel, de nuevo fui yo el que me acercó el hielo, tomando el control total de la situación, cogiéndoselo, y poniéndomelo yo.
Noté que el dolor me iba desapareciendo poco a poco, y al cavo de un rato ya dejé de ponérmelo. Vi que el hielo ya estaba prácticamente del todo deshecho y cuando ya solo quedaba el agua que había ido cayendo por mi camiseta, me limpié la cara de nuevo con el brazo, que era prácticamente lo único que estaba seco.
Busqué a mi chico con la mirada.
Lo encontré mirando dentro de la nevera, concentrado, y cuando se dio cuenta que lo estaba mirando, me ordenó que me diera la vuelta y parara de hacerlo. Lo miré interrogante, sin fiarme mucho del asunto, pero finalmente le hice caso.
-Ey, ahora te enseñaré un sitio muy chulo. Creo que te gustará. Pero hasta que no lleguemos no abras los ojos, que si no, pierde el encanto.
-¿Qué? ¿Pero tú estás loco o qué? ¡Qué yo no me sé mover por aquí!
-¿Y qué? Cógete a mí, que yo esto me lo sé de memoria. Pero sobre todo no mires.
Suspiré fuertemente, y le hice caso, cerrando los ojos, extrañado por un sonido raro que oí de fondo. Decidí no darle vueltas y me dejé llevar. Ahora necesitaba dejar de concentrarme. No podría estar pendiente de nada. Ni de mi alrededor, ni de lo que tenía en la cabeza. Si no, acabaría lanzándome por la ventana de Tom.
.
La mano del chico de rastas me rodeaba la cintura y me cogía con cuidado. Yo había pasado mi brazo por sus hombros y lo agarraba con fuerza.
-Oye… Esto de ir en medio de la montaña con los ojos cerrados no me parece algo muy positivo en experiencia, eh- dije, quejándome por enésima vez.
-A ver, tío, no es tan difícil. A más, sólo falta que te lleve subido en mi espalda… Ten un poco más de fe, chaval. Y ya casi hemos llegado. Encima, para bajar ya podrás mirar, y llevo dos linternas. Así que tranquilo.
-¡Hostia! ¡Es verdad! ¡Que para volver será de noche! ¡Que casi se ha ido el sol! Por no decir que ya se ha ido. ¡¡Arrgg!! ¡Qué frustrante es no saber que hay a tu alrededor! – y por inercia, me pegué más a Tom de lo que debería, pegando nuestras caderas por completo. Tom se paró un segundo, supongo que sorprendido y después volvió a indicarme dónde colocar los pies, con la voz algo cortada.
Tardamos un cuarto de hora más o menos en llegar al sitio dónde me llevaba, y hasta que no nos sentamos en el suelo no me dejó mirar.
-Espérate, no los abras aún. Bueno, espera. Mejor nos ponemos de pie.
-Joder tío, decídete, que me estás mareando.
-Shh… Calla. – me cogió la mano y tiró de mí fuertemente hacia arriba. Me colocó delante de él (o eso creo) y empezó a contar – tres… dos…
El corazón se me fue acelerando. No sé qué es lo que podría haber delante de mí como para que Tom se lo tomara tan a pecho y quisiese que fuera algo perfecto, pero sólo de estar con él ya era suficiente como para que fuese increíble. Así que no me sería muy difícil fingir asombro si es que no me gustaba aquello que me quería mostrar.
-Uno.
Abrí los ojos con miedo, sin querer descubrir del todo lo que se extendería a mi alrededor. Pero en cuanto mi vista se quedó fija y me fue fácil ver, quedé impresionado.
-Hostias… – dije, maravillado.
-¿Te gusta? Son mis vistas favoritas de noche. – dijo él, con tono soñador.
Delante de mí, se extendía como una gran sabana negra, toda la montaña y el cielo, que parecían haberse fusionado en un solo conjunto, oscuro y precioso. Pero en el horizonte, se dibujaban pequeñas y relucientes luces. Parecía la vía láctea a ras del suelo, como si cogieses el coche, y condujeras a penas un poco y llegaras a un mar de estrellas que tú mismo podrías tocar.
-¿Qué ciudad es?- pregunté. Aún embelesado.
-Pues la verdad es que no lo sé. Está demasiado cerca como para ser Düsseldorf, pero no me importa mucho la verdad. Simplemente… Me gusta. Y mira, si miras para arriba, verás que el cielo está plagado de estrellas. Es increíble. Me siento tan jodidamente minúsculo ahora. – y mi vista no tardó ni medio segundo en dirigir la vista a dónde me indicaba.
-Vaya… Me encanta. – y por un segundo, me olvidé de toda la mierda que estaba viviendo, de todo lo que me estaba ocurriendo, de que ahora… Mi mejor amigo me odiaba… que mi ex no me quisiera ver…
Suspiré.
Y Tom se dio cuenta.
-Bueno, pero que aparte de traerte aquí, ya te he dicho que tenía una solución momentánea que te haría ponerte mejor un rato ¿no? – dijo, con una sonrisa que me dio mala espina. ¿Y ahora que estaba pensando?
Se giró y rebuscó algo en sus bolsillos, que con lo poco que podía ver a penas divisé aquello que intentaba sacar. Pero finalmente extrajo su mano del bolsillo, con un artefacto que no alcanzaba a saber qué era. Entonces, lo tocó a saber dónde, y una luz se encendió, tanto por detrás como por delante.
Una linterna. Vaya.
La dejó en el suelo y alumbró un poco el espacio.
-Mira, he traído de todo… -y de una caja enorme y blanquecina sacó unos vasos de plástico. Me tendió uno y lo noté congelado. Casi como cuando realmente empieza a hacer frío. Me quedé parado y observé el vaso. ¿Y ahora este qué coño hace? – ¿qué prefieres, vodka, o…? No sé, sírvete tú mismo.- y me pasó la nevera portátil. Me quedé de piedra – hay que emborracharse. En situaciones como estas, uno lo que tiene que hacer es tragar y tragar, y pasarlo bien un rato mientras olvidas la mierda que llevas, y después preocuparte por la resaca y no por otra cosa. Pasas un buen rato entretenido, ¿no crees?
Me quedé mirando el interior de la nevera y me entró la risa floja.
-Madre mía, has traído bebida para diez personas, tío.
-¡He traído todo lo que tenía! Es que como no sé lo que te gusta… Esto lo guardaba para algún botellón que nos montamos los del grupo más el hermano de Erika, pero como mañana no estoy en todo el día que me voy a Düsseldorf a buscar a Mario y Andreas…
-¿No estás en todo el día? – me alarmé, interrumpiendo su relato.
Tom me miró, confuso, después de notar ese timbre de voz tan poco apropiado para “una relación de amigos”.
-Em no… Los voy a buscar, y es largo el camino. Pero tranquilo, que el martes te los presento y fliparás con ellos, te caerán bien enseguida. Y bueno, lo que te decía, como mañana voy a la ciudad, volveré con provisiones de este tipo para todos.
Asentí, no muy energéticamente, por no decir como si estuviera en medio de un funeral, y fui a cogerme un hielo que había por ahí esparcido, enfriando las bebidas. Me monté un vodka con limón y mientras me lo preparaba escuché de nuevo a Tom.
-Eh venga, un brindis por… ¿Qué estás libre? – dijo no muy seguro. Apuesto a que si ya hubiera comenzado a beber, me habría atragantado. – o sea, en el sentido de que ya no tienes a una novia detrás tocando los cojones… ya me entiendes. – intentó aclarar.
Sonreí, divertido, y chocamos nuestros vasos. Y sin pensármelo me tragué prácticamente todo el contenido de una sola vez.
Me ardía la garganta y achiné los ojos, mientras se me escocían de lo fuerte que estaba. Tom fue más prudente y no tragó de esa manera tan bestia. Él se había improvisado un cubata e iba bebiendo poco a poco pero con ritmo.
Estuvimos un rato sin hablar prácticamente, y observando al suelo simplemente. Bueno, él observaba el suelo, yo le observaba a él discretamente, entornado la mirada de vez en cuando, para que no se diera cuenta.
Yo ya estaba llenando mi tercer baso y creo que él hacía lo mismo, y poco a poco ya empezaba a sentir que el ambiente se iba apoderando de un calor agradable, que me gustaba mucho.
-Oye, no es por sacarte el tema pero… Tengo curiosidad, ¿estaba buena tu novia? – me preguntó, evidentemente, sacándome el tema de Dawn. Un increíble suspiro se me escapó de la boca al recordar sus increíbles curvas.
-Ya lo creo… – afirmé, dejándolo clarísimo. Tom asintió con lentitud, adoptando la información adquirida.
-¿Y es del campamento? O sea, ¿Está ella aquí?
Dudé unos instantes en decidir si explicarle quién era ella o no hacerlo. Y supongo opté por la opción errónea.
-No… Ella está en Berlín. –mentí, de una manera demasiado lúcida como para ir por mi tercer vodka.
-Hostias… – soltó. – ¿Entonces te ha dejado por teléfono? – Claro, ahora que lo pienso, me debería de haber dejado por teléfono si hubiera sido así. Me reí de pensarlo.
-Sí… -solté, con un aire irónico.
-Joder, pues qué… puta. –soltó después de pensarse el adjetivo. Lo miré con una ceja alzada y después se empezó a descojonar él solo –¡Oye, que debería ser delito dejar a la gente por teléfono! Bueno… -y empezó a reírse más. – si fuese así yo ya estaría en la cárcel… hip.. y con cadena perpetua.
Se me contagió su risa aunque el significado de sus palabras no me agradaba en nada. ¡Menudo mujeriego!
-Y macho ¿Por qué te ha dejado? ¡Ya sé! ¡Te pilló mirando paginas porno para gays! ¡A que sí! ¡Sabes que sí! – parecía que a él se le había subido mucho el alcohol y empezaba a decir gilipolleces a saco. ¡Y lo peor es que se me contagiaba la risa aún sabiendo que se estaba riendo de mí!
-¡Qué no gilipollas! – Me entraba la risilla floja – es porque no la he llamado yo a ella en todo lo que llevamos de campamento. -dije, alzando un dedo, haciendo ver que iba bien, sereno, y sin quererlo iba soltando sonrisillas.
-¿Porque no la has llamado? Joder tío, qué tiquismiquis ¿no? Bah… es una tía.- dijo, filosofando, o al menos intentándolo. –oye ¿Y todo esto es tu problema? Porque si no la has llamado en toda la semana quiere decir que tampoco era tan importante. Tío, ¿que estoy gastando alcohol por esto? Me pagas las botellas, eeh…
Pero esta vez no pude más que esbozar una media sonrisa de lado.
-Bueno… en realidad el problema es más gordo. En un calentón me acabé tirando a mi mejor amiga y se lo conté a mi nov… a mi ex. Y bueno, mi mejor amiga es Ashley y Georg lleva colado de ella toda la vida prácticamente, y se ha enterado también y bueno… – le señalé el golpe en la cara, y asintió, aunque estaba bastante paralitico por la noticia. Me entró un hipo repentino – ahora, hip, me odian todos… hip
La cara de Tom era de chiste total, como para hacerle una foto.
-Hostias… Esto ya es más chungo. – exclamó, agarrando su vaso bien fuerte y levantándose un poco para ponerse bien a mi lado. – bueno, brindemos por que se solucione. O bueno, bebamos más porque sí… ¡Qué yo quiero más alcohol! – soltó, medio gritando.
Se cogió la botella y me puso a mí y a él tanto que casi se sobresale de los bordes del vaso.
-Jajajajajaaj –yo ya me estaba poniendo contento del todo y el otro estaba a mi mismo nivel. Iba pasando el tiempo y yo me iba olvidando de todos los problemas y sólo me preocupaba de que lo siguiente que soltase fuese algo más gilipollas que lo anterior.
Me preocupaba de oír la risa de Tom, escandalosa y graciosa. Quería reírme por todo, y lo estaba consiguiendo, lo estaba disfrutando.
Tom
Llevaba una cogorza encima que creo que no me podría ni levantar. Me costaba centrar la vista y Bill iba más o menos igual. Habíamos bebido mucho y lo veía todo de colores, por no decir que no veía una mierda.
Tenía ganas de seguir bebiendo pero sabía que si me tragaba un solo sorbo más mi estómago explotaría hasta derramar por todo el campo, todo lo que tenía en el estómago, que estaba rodando y mareándome.
Bill parecía metido en un trance, con el vaso en la comisura de los labios sin llegar a levantarlo lo suficiente como para que el escaso y casi inexistente liquido le llegara a la boca y podérselo tragar.
Lo ayudé un poco y se lo alcé hasta que el agua del hielo que se derretía le tocó en los labios.
-Hmmm… Está fresquito… – dijo tragando.
-Dios… estás fatal Bill… Deberías dejar de beber.
-Ala ala… qué dices. ¡Sí estoy perfectamente! A más, queda demasiado vodka aquí dentro como para no acabármelo. – y le nuez se le fue moviendo de arriba abajo simulando que tragaba un líquido inexistente.
-Joder tío… que no hay nada ahí dentro. -y me entró de nuevo las ganas de reír. – Jajajajjaaj ¡pareces memo!
-SShhh… caya, que estoy concentrado.
-Jajajajajajajaj
¡Dios dios, no podía! ¡No podía dejar de reírme! Esto era buenísimo. ¡Bill estaba muy ciego! ¡Creo que había bebido más que yo!
Lo observe, aún supuestamente bebiendo su bebida imaginaria y decidí recoger ya todo lo que habíamos dejado por ahí. Que aunque apenas subiera por aquí, seguía siendo mi sitio favorito. Metí las botellas y nuestros vasos dentro de la nevera portátil, y la cerré. Lo que me costó quitarle el puñetero vaso…
Le di la mano, y viendo que yo era el que estaba más lúcido, lo agarré bien fuerte y nos dirigí al camino de regreso a la cabaña de Bill.
Pero en cuanto intenté avanzar un par de pasos sentí como si se me cayera un gran cuerpo muerto encima de mí y casi caigo yo al suelo.
Miré qué había pasado y vi a Bill que se había recostado muchísimo en mí, con la cabeza gacha. Me alarmé.
-¿Bill? ¿Bill estás bien? – le pregunté, tocándole la cara.
-Sí… Yo… Tengo mucho calor… Tengo sed. Tengo mucha sed… – se quejó en mi oreja, gimiendo.
-Mierda, mierda… – le estaba dando un ataque de calor. ¿Qué se supe que se tenía que hacer en estos casos? Joder, Joder… Había que darle de beber agua ¿no? Y mojarle el cuello o algo por el estilo ¿no? -¡Joder no tengo agua aquí!
Miré preocupado a Bill, por si había perdido el conocimiento o algo por el estilo.
-Bill, Bill… machote ¿crees que puedes aguantar hasta llegar a tu cabaña? Intento ir lo más deprisa que pueda… -le prometí.
-Vale… -contestó, con esfuerzo – ¿Pero después me darás agua? – dijo, con voz suplicante.
-Claro que sí… – y lo agarré bien fuerte, subiéndomelo a la espalda.
Joder, me dolía la cabeza horrores, y aunque era reciente mi última copa, el efecto del alcohol se me iba bajando rápidamente, no sé si por lo de Bill o porque era normal, pero ahora estaba un poco “mejor” de reflejos que antes, sin contar que ahora en cuanto llegase a mi cama y a mi cabaña me pegaría la sobada del sigo y no me levantaría de mi cama a menos que fuese a vomitar o algo por el estilo.
Iba esquivando piedras, bajando la cuesta con dificultades, con doble peso encima de mí y haciendo equilibrios con la nevera a un lado. La última vez que le dejo que beba tanto, ¡la última!
Anda, que cómo la ha liado con lo de su novia y con lo de Ashley. Joder, no me extraña haber visto a Georg así de cabreado.
-Tom… ¿Falta mucho para llegar? Me arde la garganta… Me arde mucho. – se le notaba la voz reseca y se le escuchaba tragar su propia saliva para hidratarse un poco.
-No Bill… Tranquilo, cinco minutos y estamos en tu puerta. ¿Dónde tienes la llave de tu cabaña? – le pregunté, que así íbamos matando el tiempo y ahorrándolo.
-En el bolsillo de atrás. – exclamó, casi de una manera que me costó entenderlo. Y casi rezando por haberlo entendido mal.
¿Dónde ha dicho? ¿En el culo? Joder… Joder… Y encima se lo tengo que coger yo porque este va tan mamado que casi ni se puede agarrar bien a mí porque no tiene fuerza.
Hice una maniobra extraña y con el brazo que más o menos, tenía libre, me lo pasé por detrás, hasta tocarle la parte baja de la espalda. Fui bajando y al fin alcancé… su culo.
-Madre mía… -solté, para mí mismo. Qué culo.
Palpé con la cara más roja que un tomate, y al final encontré el bulto minúsculo de ese cuerpo metálico. Con decisión metí mi mano por dentro del bolsillo y le saqué la llave en un instante. Evitando el contacto que acababa de tener con él.
A lo lejos ya empezaba a ver su cabaña y se me iluminó el rostro en un segundo.
-¡Eh Bill! ¡Mira, ya hemos llegado!
Pero este emitió un sonido un tanto extraño, así que no le di importancia y seguí avanzando, con un dolor en los brazos que casi me estaba matando. Llegué y en cuanto tuve la puerta delante descargué la mierda de la nevera y puse la llave en la cerradura, peleándome con ella porque no se me abría. ¡Joder, siempre igual! ¡Con los nervios no hay quién se concentre, coño!
Abrí con prisas y enseguida tendí a Bill en la cama, volví a la entrada y recogí del suelo la nevera, que pronto estaría en cualquier sitio de la cabaña. Cerré la puerta para que no entrara el frío de fuera y busqué una botella.
-Bill, Bill, ¿dónde tienes agua? – le pregunté.
Este, al escuchar la palabra mágica, parece que se le encendió una luz y abrió los ojos, con dificultades. Se incorporó, con lentitud, y de pronto me señaló a lado de su cama, una larga botella de agua, que estaba por la mitad.
Avancé rápidamente hasta llegar allí y se la destapé yo mismo. Se la tendí y este la cogió sin dudarlo. Alzó la cabeza y se trago el contenido en un abrir y cerrar de ojos. Parecía que si no bebía se iba a morir, porque tragaba y tragaba con desesperación.
Y cuando me dirigí hacia él, y le toqué la frente, lo noté ardiendo, y sudando.
-Tengo más sed… Tom… Dame más agua. – me suplicó.
-¿Más agua? ¿Dónde tienes más agua? – pregunté, después de mirar por encima la estancia, desde mi posición, pero repasando de arriba abajo todo lo que tenía a vista.
-No sé… Dame agua del grifo, agua… – y nada más darme esa posibilidad fui a por uno de los vasos de cubata que habíamos utilizado ambos y me dirigí a la pica del baño. Lavé el vaso un par de veces y lo llené hasta arriba.
Llegué con las manos empapadas y con el vaso chorreando.
Este, un poco más recuperado que antes, lo cogió nada más ponérselo delante, y tragó de nuevo, como un poseso. Y esta vez, paseó sus manos, mojadas al tocar la superficie de plástico, por el cuello, refrescándose. En cuanto se acabó el agua se paró a respirar profundamente.
-Ey, ¿estás mejor? – le pregunté, esperando a ver su respuesta.
Este asintió con los ojos cerrados, y poco a poco fue esbozando una sonrisa.
-Gracias…
-Ts… Anda ven, que te voy a poner en remojo. – le tendí la mano y este me la cogió sin rechistar. Lo guié hasta su más que conocido baño, que no tenía pérdida alguna y lo coloqué bajo la ducha. Le dije que se encorvara un poco y que agachara la cabeza y así fue. Le preparé un par de toallas.
Le separé su precioso y sedoso pelo de la nuca y apunté con la ducha en su cuello al descubierto.
-Si está muy fría avísame.
-Vale…
Le di al grifo del agua fría y no le puse mucha presión. Le mojé el cuello entero y sentí estremecerse a Bill en mis manos. Estuve un rato así y después, por saber si reaccionaría o no, le di más presión al agua y le mojé el pelo.
Este reaccionó en menos de cero coma, y saltó, apartándose de mí enseguida.
-¿Pero qué haces? –chilló, alarmado.
-Jajajajajajja – me reí – ¡Ves como no estás tan mal! ¡Teatrero!
-¿Teatrero? ¡Teatrero tu padre! ¿Cómo se te ocurre aprovecharse de un chico indefenso con un ataque de calor así como así?
-¿Pero qué indefenso ni que indefenso? ¡Teatrero te digo! ¡Te-a-tre-ro! – le separé en sílabas.
-¡Pero que me estás contando! – dijo, incrédulo. -¡Te vas a enterar, tío! ¡La has cagado!
Y se acercó a mí, primero no supe decir qué era eso que tenía en mente hacer, pero en cuanto vi que alargaba el brazo la saqué de su alcance la ducha. Sin embargo siguió luchando por ella hasta que consiguió ponerle la mano encima y empezó a tirar. Ambos nos empezamos a pelear intentándosela quitar al contrario y estábamos mojando todo el baño. A veces le apuntaba y este acababa empapado, pero más de una vez acabó el agua en mi dirección, llenándome a mí de ese líquido transparente.
-¡Me cago en ti chaval! – grité.
-¡Te jode…! ¡¡AAAHHH!!
Y ambos caímos al suelo.
Bill
Frenando la caía como pude acabé estirado en el suelo mojado, después de habernos resbalado. Me entró miedo al ver a Tom cayéndose encima de mí, pero enseguida también frenó su caída, apoyando las manos en el suelo, hábilmente.
Poco a poco dejó que su cuerpo tocara el mío quedando yo debajo suyo.
Nos habíamos pegado un susto de muerte, y ahora nuestros corazones iban a mil por hora. Me quedé mirando sus ojos miel un buen rato y este miró los míos. No sé qué esperaba descubrir en ellos, pero recé para que no descubriera demasiadas cosas.
-Pensé que te había dado un mareo importante de verdad… – exclamó, sintiendo el aroma a alcohol chocar con mi nariz, que al estar yo tan bebido como él, casi casi se me había pasado por desapercibido. Me quitó el pelo que tenía en la cara, mojado y pegado a esta, y me observó con detenimiento – me he asustado y todo… – reconoció.
Yo desvié la mirada sin poderlo evitar y creo que me sonrojé.
El pulso se me empezó a acelerar de una manera bestial, haciendo que sintiera sus latidos en la mismísima laringe. El pulso me estaba empezando a temblar, como cada vez que me ponía nervioso a más no poder, y sentí que el tiempo empezaba a pararse por completo.
La situación empezó a tomar lentitud y de pronto, algo que me alarmó empezó a suceder. Tom se aproximaba a mí con parsimonia, pensándoselo, frunciendo el entrecejo con preocupación.
La respiración se me empezó a entrecortar a medida que notaba que la suya estaba cada vez más próxima a mí y cuando noté sus labios a dos centímetros de los míos, se me paró el corazón.
Y se me paró el tiempo, los segundos que Tom no avanzó, que se quedó pensativo, mirándome a los labios.
Y entonces, me besó. Me besó con cuidado, con miedo, casi como si no tuviese experiencia. Me daba suaves y simples besos que me encargué yo mismo de corresponder. Ahora tenía el pulso acelerado y sentía que quería más. Me alcé y este siguió mis pasos. Nuestros cuerpos quedaron de tal manera que yo tenía las piernas estiradas pero el cuerpo erguido, apoyándome en las manos, y el a cuatro patas encima de mí. Ahora habíamos separado los labios medio centímetro mientras nos colocábamos y no tardamos nada en volver a juntarlos. De una manera un poco más pasional, abriendo la bocas, sintiendo al otro. Las entreabríamos y cerrábamos y pronto dimos paso a nuestras lenguas.
Un cosquilleo en el estómago se apoderó de mi situación y sonreí en medio del beso, sin quererlo. Tom iba aumentando la velocidad y yo iba adaptándome a su ritmo con facilidad. Cambiábamos la posición las cabezas de vez en cuando ajustando nuestras bocas a la perfección y soltábamos dulces y suaves sonidos húmedos que me estaban poniendo cachondo.
Tom acabó sentándose en mis piernas y me agarró de la cintura, apretándome bien.
Un hilo de saliva se escapó por la comisura de mis labios y descendió por mi cuello, camuflándose con el agua que se estaría evaporando de la temperatura de mi cuerpo. Me daban ganas de comerme su boca casi literalmente y ahora era yo el que imponía la velocidad del beso. Y ahora era él el que me seguía perfectamente.
Un calor, casi comparable al que me había dado cuando estábamos fuera, se fue adentrando en el baño y me dio una descarga eléctrica que vino acompañada de una sacudida en mi entrepierna.
Separábamos nuestras bocas en momentos clave simplemente para respirar y cada exhalación de aire era tan erótica como un beso, puesto que era sonora y húmeda. Respirábamos con fuerza y nos respirábamos en la boca del otro, prácticamente provocándonos.
Nos levantamos del todo, y nos dirigimos a la puerta del baño para salir a fuera y quedarnos en la habitación, pero Tom me empotró con fuerza contra la pared y siguió penetrándome con la lengua hasta el fondo, haciéndome sentir violento y con ganas de follarme a alguien.
Noté sus manos meterse por debajo de mi camiseta y sentí cómo ascendían peligrosamente. Me puse nervioso pero me dejé, muerto de morbo y de placer.
Me remangó la camiseta por debajo de las axilas y me palpó el pecho. Primero pensé que era normal, pero después de unos instantes ya me extrañé. Me tocaba como si estuviera buscando algo, y de pronto se separó de mí, con el entrecejo fruncido y la mirada perdida.
Miró hacia abajo y se fijó en el lugar donde estaban posicionadas sus manos y de pronto las retiró. Se hacía asustado, y se había apartado de mí en un instante.
Lo miré desconcertado y yo mismo salí de un sueño en el que nos habíamos sumergido ambos. Me bajé la camiseta enseguida y este salió del baño por patas.
Me quedé dentro mientras oí cómo cogía sus cosas, la chaqueta y sus llaves.
En el último memento salí a despedirme de él y cuando le iba a saludar con la mano nos miramos fijamente de nuevo, y como si fuese un acto involuntario, ambos hicimos amago de volvernos a besar… Pero no sucedió.
-Esto… adiós Bill… nos vemos. – y salió por la puerta.
Después, me estiré en la cama y me puse a recapitular lo que había pasado instantes antes. Recordé cómo buscaba en mi cuerpo, algo que no teníamos la anatomía de hombres. Me estaba buscando los pechos. Buscaba tetas, buscaba algo que toquetear.
Dios, está claro que esto es más difícil de lo que parece. Incluso yo me he sorprendido de encontrarme con él en cuanto he recuperado “el sentido”. Esto era difícil, era jodidamente difícil y extraño.
Pero era divertido, era agradable… y quería repetir.
Continúa…