Fic Twc / Toll escrito por being_destroyed

Capítulo 14: Carpe Diem

Lunes – 13/07/2009

Tom

Eran las seis de la mañana y apenas había pegado ojo. Básicamente porque cada vez que intentaba cerrarlos, la imagen de Bill se me ponía delante, empapado del agua que yo mismo le había tirado por encima, y de cada una de esas gotitas, que iban cayendo hacia al suelo, que goteaban de todas las partes de su cuerpo, del pelo, de la barbilla, de su respingona nariz…

Me empecé a poner muy nervioso cuando noté que empezaba a hiperventilar yo solo, porque sí, respirando cada vez más fuerte, e intentando coger más aire.

Me levantaba de la cama y empezaba dar vueltas en círculos por mi cabaña, intentando evadir esas imágenes clavadas en mi mente.

Encendí la tele mil veces y no daban una mierda. La señal era malísima y apenas se veía algo. Como estaba un poco lejos del resto de cabañas, decidí tocar algo con la guitarra, pero sin quererlo, mis manos tocaban las notas que yo había adivinado aquel día en la cabaña de Bill, con sus canciones. Aún podía sentir la voz de este en mis oídos, deleitándome como jamás una voz femenina (ni masculina, claro está) me había deleitado.

Me estaba poniendo de los putos nervios, porque a medida que más me acordaba de la escena, más se me abultaba el pantalón.

¡¿Cómo me he podido poner tan tonto, cuando he caído encima de él?! ¡Dios, es que creí que me lo comía ahí mismo! Notaba cómo su respiración le hacía agitar el pecho, chocando con el mío cada dos por tres, haciendo que el roce se extendiera de una manera que me hacía notar ese sudor frío que me caía por la nuca y prácticamente por todas partes.

Recuerdo perfectamente esos labios entre abiertos, tan sugerentes y tan… Arg, dios, es que por mucho que lo piense en frio y por muy medio “No borracho” que ya esté, sigo viéndolo muy porno. Dios, sus labios eran puro porno. ¡Y me jodía pensar eso! No era posible que por culpa suya, yo me hubiera puesto cachondo mil veces en una puta noche.

Incluso, sobre las cuatro de la madrugada he encendido el ordenador y he buscado páginas porno por internet… Y no había forma de que una tía con una cien, me excitara más que los labios de Bill, ¡los labios! ¡Sólo los labios! Ni hablar del cuello, o de su pelo… Pero lo peor ha sido, cuando he visto un enlace de una página gay…

En ella, había uno que estaba siendo cruelmente sodomizado por otro, y tenía esa puñetera cara de no haber roto un jodido plato en su vida, ¡como la de Bill!, con casi el mismo rostro.

¡Y… se me ha levantado en seguida la muy jodida!

Me fastidiaba muchísimo eso… ¡No os imagináis cuanto! ¡Arg! ¡Es deprimente, coño!

¡Y es que una y otra vez, una y otra vez! ¿No había forma de que desapareciera su cara de mi vista? No es que no lo quiera ver, pero como mínimo, ¡no quiero verlo cuando no está él realmente! ¡Que me lo imagino a cada paso que doy, empotrado contra la pared, empapado y con ganas de que le…!

Diooss.

Tom, no te lo imagines que te pones malo. ¡Pero enfermísimo! ¡En el sentido de querer potar! ¡De asco! Sí, estoy seguro, no me gusta. NO me gusta.

No me gusta, ¿vale?

-Puf… A quién quiero engañar… – ¿A mi propio pepito grillo? Creo que por mucho que intentara razonar con él, este me pondría en contra, lo mucho que me gustó meterle la lengua hasta el fondo a Bill.

Es que lo recuerdo y me entra calor. Puñetero piercing de la lengua. ¿Cómo se puede tener tal dominio de la boca, y del piercing y de…! ¡Y de mí! A tal grado que si no llego a buscarle tetas me lo follo ahí mismo. Y aunque lleve horas diciéndome a mí mismo que no es así… Sí lo es.

Porque después de haber vomitado toda la mierda, haber tragado agua hasta la saciedad, haber vuelto a vomitar, haberme dado una ducha, y haber pegado una siesta de apenas media hora y haberme vuelto a pasar agua por el cuerpo… Yo creo que ya puedo decir que ando lúcido. Que no ando ni con borrachera ni con… Bueno, un poco de resaca sí, me duele la cabeza y a veces me mareo, pero vamos, creo que los mareos son por culpa de los calores de Bill.

Puto Bill de mierda de los cojones.

Tom… Por mucho que lo insultes no te lo quitarás de la mente.

Tú te cayas, Pepito Grillo gilipollas.

Que no te sirve de nada he dicho.

Que me dejes en paz enano invisible de mierda.

¿Ves? Me da igual que me insultes, que no me voy de tu mente.

¿Pero qué dices? ¿Pero qué te inventas? ¡Si no existes!

¿Y qué? No me hace falta existir para decirte lo muy pillado que te estás de él. Y no me llames pepito grillo, se más original, tío.

Que no que no, Que no flipes. Y te llamaré cómo me salga de los cojones… Pepe.

Vale, ahora de repente, me hallaba hablando solo, con algo que no existía, y que seguramente no habría oído realmente, y que me estaba diciendo exactamente, lo que llevo pensando toda la noche y que me estaba negando en rotundo.

A ver, ¿Por qué cojones, el mundo me odia? ¿Qué coño le he hecho yo al mundo como para que me trate de esta manera? ¿No podía ser un chico normal, con unas vacaciones normales, con un padre con un trabajo normal, con unos alumnos normales y con lo que normalmente un chico de mi edad tiene? ¡No era tan difícil!

Pasé de volverme a duchar por tercera vez en dos horas y fui a buscar ropa para salir fuera del campamento. Algo ligero, fuera de aquí haría temperatura alta y por mucho que lo pase mal ahora, por el gélido aire mañanero, prefería esperarme a llegar al coche y poner en cuanto llegue al aire caliente.

Una camiseta azul clarito y unos vaqueros anchos eran perfectos, una gorra a conjunto y… El móvil, las llaves, la cartera… Sí, todo lo necesario para irme.

¡Hoy veré a Andy y Mario! ¡No puedo rallarme, tío! Va, abre la puerta, dirígete a la zona dónde se aparcan los coches, y no pienses en nada.

Pero lo cierto es que mientras avanzaba hasta allí, mi cabeza seguía con el vicio de recordar la suave piel de Bill, los finos y hábiles labios de este, y… todo él en si, ¿para qué engañarnos?

Esto es tan imposible…

.

En unos diez minutos de congelarme vivo, y sentir cuchillos helados clavarse en mi piel a cada segundo, llegué a mi coche, adorándolo por completo. Me metí enseguida y cerré la puerta bien fuerte, poniendo el seguro, y todo lo que pudiera impedir, que se abriera y volviera a sentir el frio.

Encendí el motor, y nada más hacerlo puse la calefacción a tope, que haría desempañar el cristal y haría que volviese a sentir mis dedos. Coloqué el bluetooth del móvil para conectarlo con el coche y dejé mis cosas en la guantera.

Arranqué y enseguida me coloqué a la altura de la zona ya asfaltada, que daba a la carretera.

La verdad es que la zona del parquing, por llamarla de laguna manera, era bastante chula, porque estaba bastante elevada y se podía ver parte del campamento, de hecho parte de dónde estaba mi cabaña y si te ponías ya justo en la carretera aún lo veías todo mejor. Pero era una distancia perfecta, porque no estabas ni lejos ni cerca, y si veías a alguien por ahí, sólo te hacía falta mirar bien para saber quién era.

Y ahora, ya estaba pisando la carretera, me fijé por última vez en toda la espesor del campamento.

Y maldigo la vez en que lo hice.

Algo, o más bien alguien, se movía por ahí, solo y sin saber seguramente, ni dónde estaba.

Con un cierto mal presentimiento, agudicé la vista y me fijé mejor en cómo era, sabiendo perfectamente, que sí podía distinguirlo. Y efectivamente, ese pelo oscuro y largo… eran de él. Pero no era ese lis perfecto como el de siempre, sino que lo tenía ondulado y alborotado, supongo que ni se habría peinado. Una manta cubría su cuerpo completamente, extrañándome muchísimo. Yo sabía que esa manta la había visto en algún sitio, y cuando me fijé bien, me quedé anonado. ¡Era mía! Era cuadrada y grande, y sus colores me recordaban al estampado de falsa escocesa a grandes y acentuados cuadros, cambiado los amarillos verdes y rojos, por los tonos negros grises y morados. Era gordita y abrigaba mucho, siempre estaba en mi cabaña.

Pero a ver…

¿¡Qué coño hacía Bill, fuera de la cabaña, con una manta mía a las seis y media de la mañana?!

Empecé a sulfurarme y paré el coche, di marcha a tras apenas un par de metros y le miré de nuevo, cómo entornaba la mirada para todos los lados, como si buscara alguien. Como si tuviese prisa.

Respiré profundamente y al cavo de pensármelo un poco decidí picar al claxon, para llamar su atención. Notaba, que de nuevo, me estaba poniendo nervioso. Llevaba evitando pensar en él desde que había pasado lo de su cabaña, y ahora voy y le llamo.

Si no fuera tan tonto el pobre, no estaría en la calle, muriéndose de frio, y yo no estaría esperando a que él supiera de dónde venía el sonido de mi claxon, para ir a recogerlo, meterlo en mi coche, volver a hablar con él y… llevarlo a su cabaña. Por su puesto, ¿qué otra cosa voy a hacer si no?

Bill buscó ese sonido y tardó apenas unos segundos en localizar mi coche, justo encima suyo, en la carretera. A más, mi coche era lo suficientemente grande, como para llamar la atención enseguida.

Miró hacia arriba y alzó las cejas enseguida. Me saludó con la mano y después bajó la cabeza. ¿Me saluda? ¿¡Me saluda?! Este tío es tonto.

Solté aire sonoramente y me preparé para lo que pudiera venir.

Tú simplemente compórtate como si fuese un alumno normal, que se ha perdido y punto. No te preocupes por cosas que has hecho anteriormente.

¡Pues no me habrá pasado veces, que me tiro a tías y al día siguiente, me las encuentro y hago ver que no las conozco! Y lo mejor es que normalmente, no lo hago adrede, si no que no me acuerdo de ellas y punto.

Retrocedí de nuevo y bajé la cuesta asfaltada del parquin, intenté calmar el aceleradísimo latido de mi corazón, a base de frases tranquilizadoras, pero por mucho que lo pensaba no podía dejar de mirar lo jodidamente bien que le quedaba su precioso pelo alborotado, y el maquillaje corrido y difuminado.

¡Y sí! ¡Ya sé qué es un tío! ¡¡Ya lo sé!!

Me puse a su lado y abrí la ventana que daba al copiloto, justo dónde estaba él, gracias a dios, separándonos más o menos, un metro entre los dos. Un aire helado, entró dentro, dándome un escalofrío.

Lo miré, lo más sereno posible y alcé una ceja, simulando más tranquilidad aún.

-¿Qué haces levantado tan temprano? – pregunté, cómo quien no quiere la cosa.

Este sonrió un poco y miró al suelo, cómo avergonzado.

-Te estaba buscando… -admitió, con un hilo de voz casi inaudible. ¿¡Y ni tan solo se lo ha pensado?! ¡Contestado al instante! ¿A este hombre qué le pasa?

Y entonces se me desmontaron todos los esquemas. Me había imaginado cualquier excusa creíble, cualquier cosa que le hiciera estar perdido por medio de la montaña sin saber dónde está, pero… ¡lo último que me había imaginado era que estaba buscándome! ¡Representa que debería estar enfadado, ¿no?! Al fin y al cavo lo dejé plantado ayer noche. Después de casi ahogarnos mutuamente con las lenguas y haber hecho un ademán de desnudarlo y haberlo abandonado totalmente… Debería estar cabreado, ¿no? Aunque bueno lo mismo le pasa lo mismo que a mí.

¡Arg, dios yo que sé!

-¿Me buscabas? –repetí, como un gilipollas, incrédulo.

Este sonrió, tímido y asintió.

-Sisii-si… -tembló, se frotó los brazos y volvió a sonreír, sacando aire por la boca, que pronto se convirtió en vaho. Saqué la cabeza por la ventana que me daba a mi lado y miré al cielo. Había unos nubarrones que se acercaban desde el lado contrario a dónde yo me dirigía pero yendo en mi misma dirección y parecía que se avecinaba una tormenta.

Pero, Bill se estaba congelando. Y creo, que era lo más importante, de las dos cosas que había pensado. ¿Qué más daba si el mundo se acababa hoy? Bill tenía frío, y me parecía más importante que nada.

¿Cuándo me he vuelto yo así?

-Esto… Bill, anda, sube, que te convertirás en un cubito de hielo, y paso de descongelarte…

Vi un pequeño rubor en sus mejillas, supongo que el mismo que el mío cuando de repente, se me cruzaron por la mente, pequeñas y grandes maneras de descongelar a ese cubito de hielo, a base de calor. Joder… Tom, no pienses en eso, no pienses en eso.

Bill movió la mano y automáticamente, quité el seguro de las puertas, antes de que este llegara a abrir y se encontrara con que no podía. Lo consiguió, y más tarde ya estaba subiendo a mi coche. De pronto, reparé de nuevo en algo. Su atuendo, su ropa, mi manta.

-Bill… -dije mientras volvía a poner el motor en marcha, para llevarlo hasta su cabaña de nuevo.

-¿Hm?

-Una cosilla… casi sin importancia. – dije irónicamente. -¿Qué haces con MI manta? –remarqué.

Este abrió los ojos desmesuradamente y se miró la prenda mentada. Después esbozó una sonrisa culpable, y quiso explicarse.

-Bueeno… Es que te he ido a buscar a tu cabaña. Me he congelado de lo que he tardado en llegar, y cuando lo he conseguido ya no estabas y bueno he aprovechado para cogerte alguna cosa tuya. Pero es todo tan feo y tan sumamente grande que he optado por esta manta, es muy graciosa y no sé… ¡Lo siento! ¡Te juro, que si tardaba mucho más en encontrarte, me iba a ir a mi cabaña y me la iba a quitar, pero es que me estaba muriendo de frío! – escuché su relato, excusándose, y después pregunté.

-¿Cuánto has tardado en encontrar mi cabaña? ¿Cómo has entrado? ¿Y a qué hora has salido de la tuya? – creo que jamás había dicho tantas preguntas juntas.

Bill se quedó pensativo.

-Pues… La verdad es que no he dormido en lo que llevaba de noche, y bueno, he vomitado mil veces… – puso cara de mal estado, recordando seguramente lo mismo que yo había vivido esta noche – y después de darme una ducha he visto que no podía dormir por mucho que lo intentase y bueno, dándole vueltas a temas… decidí ir a buscarte para… no sé, para lo que fuese, y pues habré salido sobre las cinco y algo de la mañana. Aún era bastante, por no decir muy oscuro, y llevaba la linterna que te dejaste anoche en mi cabaña. Intenté recordar el camino por el que me llevaste ayer y al final he llegado. Lo que pasa que me he liado a llamar y a llamar pero no salías… Así que bajé las escaleras y miré las ventanas, y la única que era más o menos, no tan peligrosa que el resto, y que no incluyera meterse en la espesura, del bosque… era la de atrás de todo. Así que me he puesto a trepar… Y he entrado. Y como no te he encontrado, me he ido, y bla bla bla… Y el resto ya lo sabes.

-Oye… para ir de resaca, hablas bastante suelto.

-Ya bueno, cuando estoy nervioso, me pongo a hablar demasiado deprisa o demasiado lento, o atrabancándome. Ya sabes que soy raro.

-Ni lo jures.

De nuevo se volvió a crear el silencio. Yo sabía que Bill le estaba dándole vueltas a algo y no sabía qué era, pero me daba miedo preguntarle por si me decía algo, respecto a lo del beso y simplemente observé a tientas cómo movía las manos nerviosamente, como si fuese otro de sus tics nerviosos. Otra duda, me asaltó a la cabeza, justo cuando ya estábamos llegando a su cabaña.

Pero maldita la hora en la que pregunté.

-Oye…

-Diiime – dijo con voz cansina.

-¿Y por qué me buscabas?- mierda mierda, ¡igual de pronto me dice algo inesperado y no sabré qué decirle!

-Ah… -dijo, como quién no quiere la cosa –Hubo un momento, que el alcohol ya me había dejado de afectar, y me estaban volviendo a la mente momentos de ayer… – pum pum, pum pum, pum pum – como… lo de… – pum pum, pum pum, pum pum, ¡va! ¡dilo joder! ¡Que parece que quieras crear tensión adrede! – lo de mi ex, lo de Georg, Ash… – creo que el sonido que desprendí al soltar todo el aire, que había acumulado mientras decía todo esto, hizo que Bill lo notase, notase que me estaba poniendo nervioso, y a más, por todo lo que realmente me estaba poniendo de los nervios. –Y bueno… – continuó. ¡¡Continuó!! ¡¿De qué más te estabas acordando?!- ya sabes… De eso que ayer pas… ¡¡EH!! – y frené de golpe, asustado.

-¡¿Qué?! –contesté, con mi corazón a mil por hora.

Después vi que señala a fuera del coche, y me miraba indignado.

-¿Porqué estamos al lado de mi cabaña? –soltó, casi enfadado.

Lo miré, sin creerme lo que me estaba diciendo.

-¡Joder Bill! ¡Pensé que era importante! ¡No me des esos sustos, coño! – dije, respirando tranquilo, o haciéndolo ver como mínimo. Mi problema mayor seguía en el coche, sin haber acabado de pronunciar su frase -¿Cómo qué que hacemos en tu cabaña? Pues te estoy trayendo, subnormal.

-¿Qué? ¿Por qué? – dijo, lastimero.

-Puees porque… ¿Es tu cabaña? ¿Qué pensabas hacer fuera tú solo? Te tirarías otra hora para volver a encontrarla y he decidido traerte y punto. ¡No te quejes, encima!

-Pepepepero… ¿no me voy contigo? –dijo, con voz de niño pequeño, intentando darme lástima.

Parpadeé unos instantes, esperando a que me dijera “es boma”. Pero no pasó.

Empecé a reírme escandalosamente, y durante un instante se me fueron los nervios de golpe. ¡Qué se viniera conmigo dice! ¡Qué bueno!

-Jajajajajajaja-me reí de buena gana.

-¿De qué te ríes? –dijo cruzándose de brazos. Me entró más la risa – Voy contigo a buscar a Andrio y Mandy o… O cómo se llamen. -Se me cortó la risa en un instante. ¿¡Andrio y Mandy?! ¡pero si eso no debe ni existir!

-Mario y Andy – solté, serio.

-Bueno, perona. Eso… Pero, ¿no me puedo venir?

Esbocé una pequeña sonrisa tristona. Qué gracioso.

-No, mi padre me mataría, piensa que si pasa algo fuera del campamento la responsabilidad cae sobre mi padre, y aunque seáis mayores de edad, tus padres montarían el pollo de la hostia, y nos meterían una denuncia que para qué quieres más. Durante el mes del campamento, tenéis prohibido salir.

-¡Pero da igual! ¡Nadie tiene porqué enterase! A más no pensaba salir de la cabaña. No me hablo con nadie… -dijo, triste.

-Pues podrías reflexionar sobre qué hacer.

-Eh, que tampoco eres mi madre.

-Cómo si lo fuera. Anda, sal del coche – y aparqué al lado de su cabaña.

Salimos ambos y cerré fuerte.

Avanzamos sin decir nada. y este sacó la llave del mismo sitio de dónde la saqué yo el día anterior. Puuff… Entró dentro y yo ni quise ni asomar un pie. Miré dentro y mi vista se dirigió involuntariamente a la puerta el baño, a ese sitio dónde… Bueno… Ahí.

Y Bill se percató. Este miró al mismo sitio y después esbozó una minúscula sonrisa.

Me preguntó con la vista que porqué no entraba.

-Llego tarde – dije, porque sí. Realmente era mentira, cuando llegase a dónde habíamos quedado los tres, me tomaría algo para levantarme un poco… Quizás un café o una coca cola con cafeína… Algo para hacer tiempo. Lo que quería era irme ya.

Bill se dirigió hacia mí.

-Bueno, pues adiós. ¿Cuándo vuelves?

-Pues, lo mismo para la madrugada. Ya estarás durmiendo. – mentí. De hecho para después de comer podría estar aquí perfectamente, pero no quería, me iré a dar una vuelta con los mariconcetes estos antes de volver. Bill puso cara de pena, e infló ligeramente los mofletes, mirando al suelo.

-Bueno… -y me cambió de tema. ¿Pero a este qué coño le pasa hoy? – ¿Te puedo preguntar algo? – soltó, sin querer mírame a la cara. ¿Me quiere preguntar algo? ¿A qué vendrá esto? Joder, esto es mala señal. Una pregunta, una pregunta… No me gustan las preguntas, lo siento.

-Em… ¿Claro? –dije, no muy seguro. ¡Es que no tendría que haber dicho nada!

-¿Seguro, seguro? –preguntó de nuevo.

Tom, es hora de salir corriendo.

-Sí… – dije bajito. ¡No podía irme así porque sí!

Entonces lo vi titubear un segundo y me entró miedo.

Se me acercó repentinamente, y me cogió rápidamente del cuello de la camisa. Me aproximó a él, y en un segundo había unido de nuevo nuestros labios. Colocó las dos manos alrededor de mi propio cuello, notando lo frías que estaban, y el contraste con la temperatura de mi piel. Me acarició con sus yemas, haciendo que me derritiera.

Pero la respiración dejó de funcionarme en cuanto volví a cerciorarme de que me estaba… besando. Aún no me había metido la lengua y yo ya estaba paralítico, sin saber qué hacer, más que petrificado. ¡Me había quedado estático!

Entonces, Bill apoyo su frente con la mía, haciendo que mi gorra se elevara y separó nuestros labios, dándome con su aire gélido en la nariz. Hubo dos veces que le vi un ademan de decir algo, pero en el último instante se callaba y seguía dejando que el silencio hablara por los dos.

Cuando noté que estaba soltando sus manos de mi cuello, dándose por vencido sobre que no le iba a corresponder, alcé las mías y se lo impedí.

De nuevo me estaba metiendo en esa nube gris que no me permitía pensar con claridad, como la noche anterior, como en esos segundos antes, en los que casi no podía pensar, en los que buscaba con desesperación ese “¿por qué estoy actuando así?”. Conseguí que mantuviera sus manos alrededor de mi cuello y lo aproximé a mí cogiéndolo de la cintura. Sí, otra vez volvía a ser yo el que estaba dándole pié al asunto, otra vez volvía a ser yo el que besaba al otro.

Junté nuestros labios y una pequeña descarga eléctrica se desprendió de ambos. Empezamos con lentitud, casi sin creernos lo que estaba pasando.

Yo no había cerrado los ojos, si no que los tenía entreabiertos, y más de una vez le había visto a Bill mirarme y automáticamente haber cerrado los suyos, haciendo un ligero movimiento de cabeza que casi no interrumpía el beso, consiguiendo que le callera el flequillo para taparle y que no se le notara ese rubor de mejillas, tan gracioso que lo volvía aún más encantador, si se podía.

Pero de nuevo volví en mí y nos separé de inmediato. Bueno… Realmente, no le separé del todo, sino de manera que quedáramos a diez centímetros máximo. Haciendo que nuestras respiraciones agitadas chocaran la una con la otra, creando una lucha de vaho.

-Bill, no te confundas… No pienses… cosas que no son. -intenté excusarme, aunque yo mismo sabía, que no tenía excusa. ¿Qué coño ha sido esto? ¡Qué ya no voy borracho, joder! ¡Ahora ya no tengo excusa!

Pero Bill se separó del todo, dando pie a que nuestras miradas se enfrontaran. El moreno estaba sonriente, triunfante. ¿Qué le pasa?

-Esto es divertido. – dijo, intentando esconder una risilla que se le escapaba. Yo alcé una ceja y lo mire, expectante, señalándole que explicara esa determinación – Esta noche me he estado acordando de todo un poco. De cómo nos conocimos y bueno… Recuerdo aquella conversación que tuvimos el primer día.

Un recuerdo fugaz me vino a la mente.

-¿Y ahora qué te pasa?

-¡Me ha tirado del pelo! –exclamó alzando un brazo, señalando a la niña en cuestión.

Miré hacia arriba y noté aún más sus brazos rodearme posesivamente. ¿Estaría celosa de Bill? ¿De que se me hubiera acercado? Empecé a carcajearme enseguida. Cogí la niña y le removí el pelo, se me ocurrió soltar algo en voz alta.

-Muy bien, apartándome a las moscas gays que se han enamorado de mí nada mas verme… – miré a Bill. ¿Pero qué me pasaba? Le estaba picando por… ¿morbo? Por… ¿”jugar”? Dios mío, parece que me esté intentando ligando al gay este.

-¿Perdón? Qué no soy gay, hostia puta ya, joder – tuve que pararme a pensar en todas las palabrotas que había dicho en una frase. ¿Cómo no se traba? -y mucho menos me he enamorado de ti nada más verte… Tss… Pues no tienes el ego alto ni nada. – dijo riéndose. Se mofó de mí unos instantes y después de un silencio de intercambiar miradas soltó una última cosa – más quisieras que yo te fuera detrás.

Abrí la boca indignado, divertido. Esto se ponía interesante, era una especie de “a ver quien dice la última palabra”.

-Antes me quedo con la niña, que contigo… – ojalá no me haya entendido la cría. Bill me dedico una mirada a modo de escáner repasándome de arriba a bajo con una ceja alzada, como si me chuleara.

-Eso no te lo crees ni tú. Que yo tengo un encanto natural. Si me lo curro, acabarás a mis pies antes que se acabe el campamento. – amenazó.

-¡Ja! Yo no soy marica, amigo.

-Yo tampoco. – sonrió.

Un mal presentimiento me recorrió la espina dorsal. ¿Y ahora, qué me quería decir? ¿Qué quería remarcar de aquella conversación? Se me puso el vello de punta.

-Creo que voy ganando la apuesta….–soltó divertido.

-¿Qué? ¡¿Pero qué dices, chaval?! ¡No flipes! –solté alarmado.

-Eh eh, pero no te enfades. – soltó medio serio, dando a entender que realmente no se trataba de un “a ver quién puede más.” -Es un juego, es por diversión. En serio, no quiero que te cabrees – y creo que el entrecejo fruncido se suavizó, de tal manera en que se me enternecieron los rasgos. ¿Un juego? ¿Un puñetero juego? Eso pintaba mejor ¿no?

-No lo conseguirás… De hecho eres tú el que se está pillando por mí. A demás, muy pillado, he dicho. – dije con una sonrisa socarrona, y triunfal.

-Yo no soy el que me empotra contra la pared y me mete mano bajo la camiseta… -me recriminó con una mano alzada. ¿Era su lengua lo que se paseaba lentamente entre sus dientes? Claro… Hubo un segundo que le vi un destello en medio, un piercing, el piercing.

Me quedé callado. Me cago en la puta, me tenía pillado por los huevos. Va, piensa en algo, rápido. ¡No podía ser que una nenaza como Bill te superara en esto!

-El alcohol me puso tonto, y con ese pelo de tía ya no sabía ni a quién tenía delante… ¿No ves que cuando me he dado cuenta que no tenías tetas ha sido cuando he frenado? ¡Qué no sabes interpretar los gestos! Ai, pobre Bill, que se está enamorando de mí… – y le di un golpecito en su nariz.- Qué lástima.

Y dicho esto Bill no contestó nada, pero más que eso, parecía que se estuviese reservando lo que quisiese decir. Algo con lo que contraatacar.

Pero antes de nada, me despedí de verdad.

-Bill, llego tardísimo. Me voy, ya. – y saludé con la mano, diciendo adiós. Pero me vino una idea a la mente que me hizo sonreír… Puse vez melosa y juguetona. – O bueno… ¿Quieres que me despida del palo marido y mujer? “Cariño… ¡me voy a trabajar…! Dame un besoo” –le reté. Lo que no sé es por qué coño le reté. ¿Qué coño espero que me diga? ¿Qué no? ¡Está claro que aceptará! Me maldije mil veces por no pensar antes de actuar y esperé con el rostro encogido la respuesta.

-Anda lárgate, que aún estas delirando… -dijo sonriendo y negando con la cabeza.

Y entonces lo miré sorprendido. ¿Qué? ¿Porqué no me dice que sí? ¡No me lo puedo creer! Creo que… ¿yo estaba refunfuñando? Juro, que pensé que me diría algo en plan “pero si no te atreverías chaval, ahora así en frío… Imposible”. Lo cual, habría secundado yo en mi propia mente, pero que por no quedar mal… Le había vuelto a besar, cerciorándome de que realmente, no era cierto eso que acababa de pensar.

Vale, me he hecho un lio. ¡Ah! ¡Qué alguien me explique lo que pasa!

-¡Espera! ¿Te devuelvo la manta? – he hizo una ademán de quitársela.

Me lo pensé unos instantes.

-Nah… Es muy suave y abriga bien, y a ti te hace más falta que a mí, ya que ahora, no la voy a necesitar, así que… Te la dejo, pero mañana mismo me la devuelves, ¡eh!

-Sí sí.

-Y ahora que estás solo todo el día piensa en cómo puedes hacer para recuperar a tus amigos. – el tono de a voz me cambió por completo, y ahora, es como si le estuviera hablando a uno de esos alumnos que no se dejan hacer nada, y que hay que tratarlos como si fueran especiales, melosamente y con un comportamiento comprensivo. La única diferencia, era que con Bill, me gustaba ser así. – Por lo que me has dicho, lo de tu ex es algo que has de dejar el tiempo, así que tu no la agobies. Déjala que piense, es justo lo que ella te ha pedido. Y sobre Georg… Mira, cuando ensayemos, le preguntaré sutilmente, qué tal está contigo, y ya te digo qué puedes hacer con él, ¿vale? Pero también tienes que dejarle tiempo. No es fácil. Y por último… Ashley. Con ella aún no has hablado que yo sepa, así que ve a hacerlo.- y el rostro de Bill se había oscurecido mientras hablaba, pasé mi dedo por debajo de su barbilla y este me miró, sorprendido – lo último que puedes hacer, es encerrarte como un bicho, sin hacer nada para remediar lo que te pasa.

Bill asintió y sonrió desde un punto bajo. Y casi sin quererlo, le di un beso en la mejilla y le dije adiós. Este me miró de golpe, sorprendido, y se puso una mano allá donde había depositado mis labios. Después se despidió de mi con la otra mano, y le leí en los labios: “hasta mañana”.

Vale, alerta roja total.

¡Me estoy volviendo Maricón! ¡Amariconado del todo!

.

Las ruedas del coche iban devorando cada curva con total facilidad, y mi volante controlaba toda la carretera, sin dificultad, demostrando el precio que tuve que pagar por él, y el tiempo que estuve ahorrando, como un puto crío, en una hucha de esas que para sacar dinero o la rompes o no hay forma (es que si tenía agujero, seguro que habría sacado dinero a la mínima).

Puse mi música a tope e intenté concentrarme en las letras, en cantarlas bien, en la música, ¡en lo que fuera! Algo que no tuviera que ver con nada que no fuese… sí, el pesado de Bill.

Hacía ya una hora que había salido de las carreteras más próximas al campamento y aún no me entraba en la cabeza todo lo que estaba pasando.

Juro que me sentía más perdido que un pingüino en un desierto. ¡Y no quiero poner una expresión graciosa, porque esto es serio! ¡Pero una comparación tan bestia, como para equiparar lo que ahora miso siento no existe, es imposible! Me encantaría saber qué cojones sucede, por qué de repente actúo de esta manera, y porqué, una vez ya haberla cagado, y haberme dado cuenta de que lo he hecho mal, lo repito. Que eso es lo que más me fastidiaba, lo que menos entiendo, lo que más me saca de mis casillas.

Este año pensé que sería otro verano más, con más críos que cuidar, con las mismas babas cayendo de sus caras y con los mismos adolescentes repelentes, que te ponen de los nervios.

Y joder… ha resultado ser casi todo lo contrario. Lo que menos me preocupan ahora son los críos o lo que puedan hacer los adolescentes.

Y de hecho, todo esto es tan surrealista que es ¿atrayente?, a la vez que da miedo. Ya lo digo, esto es imposible atribuirle un nombre a todo esto.

Miré la hora; las nueve menos cuarto.

Estaba a menos de media hora de llegar a Düsseldorf, lugar dónde los iría a buscar.

Ayer, me llamaron diciéndome que los muy gilipollas habían hecho un crucero por el mediterráneo que salía desde Italia y volvía dando la vuelta hasta de nuevo Italia, y para volver tenían que coger un avión hasta Hannover y de ahí un tren hasta Düsseldorf. Hay que ser memos, ¡representa que hay que mirar todos los puntos clave de la ida y de la vuela! No sirve de nada que sea más barato o no el viaje. A saber cuánto les ha costado los dos billetes de tren. Deben de ser unas tres horas, o dos y media. Pero igualmente será caro.

Cómo Düsseldorf me lo conocía perfectamente, decidí aparcar en mi casa (se me hacía muy raro estar en casa en medio de julio) e ir andando hasta la estación, que aunque me pillarla un poco lejos, no me importaba, me iba bien caminar.

Una vez salí por la puerta de mi bloque, con dinero en los bolsillos y el móvil, me compré un refresco en el bar de al lado. De hecho, conocía a todo el mundo, y todos me saludador, también extrañados de vermes por aquí.

Caminé con tranquilidad, de seguro que hasta las once o así, no llegaría su tren, e igualmente me llamarían antes para saber yo, por dónde iban, y en qué vía estaban.

Miré al cielo y me di cuenta que los nubarrones que había visto desde el campamento. Ahora mismo ya habían llegado a mi altura, tapando todo el azul claro del día, entregándonos un color gris oscuro que anunciaba lluvia. Genial, odiaba conducir lloviendo.

Aminoré la velocidad de mis pasos y entristecí el rostro. Después de estar una media hora sin pensar en él, me vino a la cabeza la imagen de Bill, y me pregunté qué podría estar haciendo en estos instantes…

Bill

No era excesivamente pronto, de hecho ya era hora de haber acabado de almorzar… Pero como era evidente, ni se me había pasado por la cabeza ir, no tendría dónde sentarme; No me podía poner en la misma mesa de Georg, ya que quien sabe, igual se le escapa el cuchillo, y la verdad, prefería seguir viviendo un par de añitos más…

El resto de mesas estaban llenas, a excepción del sitio de Tom, que era la mesa de profesores, donde no pintaba una mierda y se me quedarían mirando raro. A más, estaba Dawn.

Así, que o comía en el suelo, o no comía.

De nuevo mi móvil volvió a sonar, sacándome de mis casillas, y poniéndome de los nervios. Era la quinta llamada esta mañana. ¡Y eso que era a primera hora! Ashley me buscaba, estaba seguro. Y yo no… no quería hablar con ella aún. Muy en el fondo, yo no sabía si ella había o no lo había, contado adrede. Aún más de hecho, ni siquiera sabía si había sido ella la que había contado todo, pero como nadie nos vio y era imposible que Georg desconfiara tanto de mí como para poner a Ash de cebo. Sólo cabía la posibilidad, de que ella lo hubiera contado… Y me jodía tanto pensar así de ella. ¿Pero quién sino?

De todas formas, esta mañana, había amanecido nuevo, diferente, sin ser yo realmente. Aunque realmente no se le podía llamar “amanecer” ya que no había dormido, pero igualmente… No sabía que me pasaba, las lagrimas que me había tragado y soltado, el día anterior parecían agua de otro otoño, de hace mucho tiempo.

Y era por culpa de Tom, mi rubio con rastas, me estaba volviendo loco. Lo más increíble era saber que me había besado y rechazado dos veces consecutivas, y yo aún tenía una sonrisa en el rostro al recordarlo.

Ayer a la noche, en cuanto se fue, me cabreé. Me cabreé muchísimo porque me fastidiaba que me hubiera besado. ¡No quería que me besara! ¡Sólo faltaba que encima me pasara esto! Si Tom me besaba, podría llevarme simplemente a estar aún más pillado de él si cabía. Aún me gustaría más y más… ¿Y qué hacía yo, si cada vez me gustaba más y más?

Tenía que olvidarme de él. ¡Me había rechazado! Y a más, claramente. Porque aunque ya hubiese admitido que me gustaba mucho Tom, y no solo eso sino que estaba… e…enamorado… Pupues… Una vez, haberme dado cuenta que él no quería nada de mí, pues no me servía de nada. No quería besarse conmigo, no quería nada de nada.

Pero después le di más y más vueltas al tema, (para variar) y bueno… Llegué a la conclusión de que ¡era él quién me había besado! ¡Yo no le había incitado! ¡Simplemente nos habíamos caído al suelo! No más. Y había sido él. Él había iniciado el beso, él lo había continuado…

Una sensación increíble se revoloteó en la boca del estomago una vez más al recordar su increíbles manos tocándome la cintura, levantándome la camiseta con avidez y con experiencia. Incluso con rudeza, una rudeza muy… muy pero que muy masculina. Y a mi pesar… algo que me puso mucho. Mucho, muchísimo.

Y aunque después, se hubiera dado cuenta de que con quién se estaba besando, no era nada más ni nada menos que con un chico, pues estaba claro que paró.

¡Él pobre está confundido! ¡Seguro! Las palabras que Georg me dijo antes de entrar en el lago, parecían cobrar un sentido que ni yo mismo me habría imaginado nunca que llegarían a tener. Tom está igual que yo.

Y eso me puso feliz esta noche. Tanto que no he podido dormir, ni estar tranquilo, de hecho, creo que no he tenido tiempo ni de sentirme cansado, estaba en las putas nubes soñando con que realmente me podía corresponder.

Y quería comprobarlo. ¡Estaba con la moral por los aires! ¡Y necesitaba saber, si realmente volvería a intentar besarme! ¡Lo necesitaba! ¡Y si no lo hacía ya, no podía esperarme al día siguiente a que viniera con sus amigos! Lo mismo ni siquiera sería capaz de lanzarme delante de ellos, o ni siquiera ni teniéndolos delante! ¡No sería capaz! ¡Habría pasado demasiado tiempo! E imagino, que estas repentinas e inexplicables ganas de estar saltando por toda mi cabaña, se esfumarían en cuanto pensara un poco más. Sí, a veces era mejor actuar sin pensar ¿no?

No me importaba.

Quise volver a saber si me rechazaría, e imaginando que tampoco estaría durmiendo, salí a las cinco de mi cabaña, chocando de golpe con un aire congelado de fuera. La linterna que Tom se había olvidado me sirvió de amiga y de guía hasta que sobre las seis y algo, máximo y diez, ya había llegado y estaba empezado a asomar el alba entre la hojarasca de por encima de los árboles.

Pero me decepcioné tanto cuando después de llamar y llamar no me contestaba.

Creo que me entró rabia, primero por pensar que no me quería abrir. ¡Y segundo por llegar a la conclusión que ya se había ido! ¡¡Necesitaba verle!! Tenía ganas de llorar y todo.

Y tanto lo necesitaba, que me entró de nuevo el Bill suicida que sólo aparece en situaciones extremas, ya sea como para perderse en medio del bosque, como para escalar hasta su ventana al menos unos largos cuatro metros. Que en verdad parece que no es nada, pero joder…

Y mierda… Qué gran chasco al no verlo. Cómo se me ha encogido el corazón (cosa que creo que casi nunca me había pasado) al ver que esa gran cabaña, perfectamente adornada, se encontraba vacía y sin vida.

Pero nada que no me haya impedido entrar en ella, y casi sin poder evitar, olerle las sábanas al meterme en su cama, desecha y aún caliente, e incluso cogerle esa manta que estaba en un cajón medio abierto, y que tenía una pinta de abrigar muy bien.

Pero un ataque repentino de esperanza, hizo que volviera por dónde había venido, con la sensación de que me lo encontraría en algún lugar. Porque algo me decía que aún no se había ido, que seguía caminando entra toda esta tierra seca y oscura llena de hojas y piedras.

Y madre mía, que vuelco me ha dado el corazón cuando he visto ese gran coche, a un nivel encima de mí, en la carretea. ¡Primero saludé porque no sabía ni quién era! Pero más tarde, me di cuenta que se trata de él, sólo de él.

Con unos nervios increíbles, me había subido a su coche, y había ingeniado mil planes suicidas sobre cómo volver a lanzarme encima. ¡Era ahora o nunca! Al menos, yo sabía que tenía bastante tiempo hasta llegar a Düsseldorf, y me daría tiempo de pensar los puntos clave del plan. ¡Pero no pensé que me dejaría de nuevo en mi cabaña! Me entró el pánico y de una manera, casi inimaginable, con una introducción, un tanto extraña, le he besado. ¡Sí, le he besado! ¡Yo a él! ¡¡Aún no me creo que lo haya hecho!! Me parece… increíble.

Pero dios… Me ha correspondido. ¡Lo ha hecho! ¡LO HA HECHO!

¡Tenía unas ganas impresionantes de saltar y de correr, y de dios! ¡Madre mía, de gritarlo por todas partes! ¡Tom! ¡Tom me había correspondido!

Me sentía tan jodidamente libre y pasional y de una manera tan ¡Inexplicable! El corazón me latía fuerte de sólo acordarme de su olor y una descarga eléctrica me llegaba a la entrepierna dejándome con un calentón de par de narices.

De pronto, reparé en la puerta del baño. Todas y cada una de las veces que había entrado en el baño, había visto esa puerta tan pintarrajeada y llena de grafitis y dibujos extraños dónde, seguramente quedaría grabada para siempre, esa huella de todos los que, al igual que yo este año, habían pasado ahí un mes de su vida.

Y se me ocurrió la fantástica idea de coger un rotulador permanente y querer escribir. ¿Por qué no? Era una gran manera, anónima, de expresarme si quisiese, poniendo lo que yo quisiera.

No me anduve con rodeos y cogí de mi estuche, ese gran rotulador negro, y me encaminé hacia la puerta. La abrí y me coloqué dentro del baño, cerrando, y quedando justo en la parte pintada de la puerta. Destapé el artefacto pintor, y escribí en grande: ¡¡Me he liado con Tom!!

Miré mi obra de arte y respiré fuerte, sabiendo que ahí quedarían para siempre los sentimientos de esta mañana tan jodidamente llena de sensaciones, raras e increíbles, que me estaban conduciendo sin previo aviso a la locura más sublime e increíble.

Pero de repente, reparé en el resto de escritos, en el resto de marcas que se habían quedado paradas en el tiempo. Algunos tenían la fecha y todo.

“¡Madre mía, que bueno está el profesor de los pequeños, Tom!”, este era de hacía dos años, “¡¡Casi me follo a Tom!!”. Este de hace tres años, “¡¡DIOS!! ¡¡Me he follado a Tom tres veces!!” del verano pasado. “La madre que lo parió… qué bien folla joder… ¡Puto Tom!” de hace tres años de nuevo.

Mi boca llegaba al suelo. No podía creerme lo que estaba leyendo.

¿¡Pero que coño hacía Tom todos los años?! ¡¡Porque eso de dar clases, lo dudo!! ¡No veas el tío! ¡¡Liándose con todo dios!!

No me lo podía creer. Ahora que lo pensaba, ¿estas cabañas no eran nuevas? ¡¿Porqué mierdas están escritas?!

De pronto me entró vergüenza de mi propio mensaje, del cual hasta hacía menos de dos minutos estaba bien orgulloso y feliz, e inmediatamente quise borrarlo. Toda la alegría que se me había formado en el cuerpo, se me había esfumado como si de una vela se tratara, que recién había sido soplada y apagada.

Lo taché de una forma un tano tonta, porque aunque hubiera una línea oscura por encima, que era mi tachón, que dificultaba la lectura, esta, se leía perfectamente.

Imagino que no quería que desapareciera del todo.

Al fin y al cavo, soy importante, porque fijo que todas estas cosas escritas, estaban hechas por chicas, y que yo era el primer chico, (“y el único” pensé, un tanto ¿celoso?), al que había besado. Y a más a más… ¡¡Correspondido!!

¡Sí, estoy alterado! ¡Y FELIZ! ¡¿Qué pasa?!

¡Tengo ganas de salir volando!

Y después de la euforia, venía la recaída. Ahora… me sentía como un mierda. ¿Qué hacía yo, dando saltos de alegría, cuando no hacía ni un día, que la había cagado tantísimo con Georg? ¿Es que acaso yo no tenía sentimientos realmente? ¿O es que soy tan jodidamente egoísta, que con conseguir todo lo que yo quiero, deja de ser importante el resto de cosas? ¿Es eso lo que soy? ¿Un mierda egoísta que sólo mira por sí mismo?

El problema de Dawn prácticamente ya estaba solucionado. Porque, Tom, me había abierto los ojos en dos segundos. Me había dicho de una manera rapidísima, más o menos lo que podía hacer en cada caso, tanto con Georg, con Ash y con ella… Y ella me pedía tiempo, un espacio de días o incluso de meses para recapacitar y olvidarse de mí. Y yo no era quién para negarle nada.

Me limitaría a mirarla a lo lejos. Echándola de menos como a nadie y esperándola. Pero no más… No más. Al fin y al cavo, era eso lo que ella quería.

Me senté en mi cama, y con lentitud me fui estirado, sintiendo el frío que me daban sus desordenadas sábanas, que aún estarían húmedas.

Nada más haberme calmado un poco desde la ida de Tom después del primer beso, me había metido en la cama, totalmente empapado, y había intentado dormir. Sin conseguir nada.

Os podéis imaginar que me masturbé como un gilipollas, y eso que me había jurado desde el dia de las canciones, que no volverá a hacerlo jamás. Pero la verdad es que ocurrió como unas cuatro o cinco veces… Estaba tan caliente por la fiebre, y tan ido, que la primera vez que me había masturbado esta noche, casi ni la recuerdo.

Una de ellas, fue en los viajes al inodoro; Yo estirado en el baño, viendo salir un poco de agua por esa ducha por la que nos habíamos peleado, y sintiéndome cansado de mi propio movimiento de mano. Respirando con lentitud y con esfuerzo, sonoramente, y con algún espasmo que me hacía retorcerme unos segundos hasta calmarme. Pero después de media hora, volvía a tener un problema entre los pantalones que no me dejaba seguir sin habérmela machacado de nuevo, pensando en Tom, recordando el puñetero juego de esos labios con un piercing en un costado, con ese manejo de todo, y esa… rudeza. Dios, como me ponía estar tan ¿dominado? Vale, acabo de quedar como un puto sometido, sadomasoquista o algo por el estilo pero… ¿Me ha gustado? ¡Sí, me ha gustado!

Tom me estaba controlando como a una puta marioneta. Pero una marioneta que tenía sentimientos y que se le aceleraba el corazón, de solo recordar la firmeza de las manos, de su marionetista rodeándole la cintura… Arg… Puto e increíble Tom.

Cómo te… te…

-Te quiero…-susurré. Tapándome la cara enseguida, avergonzado de solo haberlo dicho en voz “alta” – AAAAHHHH – grité, de los nervios, negando con la cabeza.

Intenté pensar en otra cosa. Pero como era de esperar, no se me venía otra cosa a la cabeza.

¿Qué estaría haciendo ahora? Me encantaría estar con él.

Tom

Estaba dentro de la estación. De hecho, ya llevaba un buen rato ahí metido. Me gustaba la estación de trenes central de Düsseldorf. Era enorme, era un gran edificio de una sola planta, muy ancho, dónde debajo, en una zona subterránea, había decenas de líneas de metro y tren.

Había azafatas, por todas partes, e incluso había tiendas tanto de ropa, como de suvenires. No podían dejar de lado, esos restaurantes de comida rápida, ni esos mini bares dónde sentarse a tomarse el café antes de un largo viaje en tren, hasta dónde quisieras ir, y esos kioscos donde estarían todas y cada una de esas revistas, que te compras habitualmente.

El suelo parecía de mármol, era reluciente y brillaba a causa de todas las luces. Algunas paredes eran de cristal y de una tienda, podías ver la otra. Había bancos dónde se sentaba la gente a esperar, y miles de televisores colgaban del techo, anunciando los trenes que estaba a punto de llegar. Había la zona de trenes de cercanías y la zona de trenes de larga distancia, y las indicaciones de dónde se encontraban las vías estaban en varios idiomas.

Yo, en teoría, no podía bajar a la zona de las vías porque no tenía ni billete ni nada, pero como siempre, yo tenía a un colega que me dejaría bajar a ver a mis maricones.

La verdad es que estaba medio eufórico por verlos, no me podía ni creer que los viera en medio de Julio, y sin embargo aquí estaba, esperando para recogerlos, traerlos de nuevo y enseñarles mi campamento odiado. Y lo más seguro es que les presente a Bill, y que, al menos, a uno de los dos, les guste. Pero bueno, me conformo sabiendo con que están juntos y se quieren demasiado como para separase e ir a por Bill.

Bill solo juega a juegos de maricones conmig… Sí, conmigo. Punto. Y no quiero ni saber porqué pienso esto, pero no hay más.

.

Me encaminé a uno de los múltiples kioscos y rebusqué todo lo que tenía en los bolsillos. Encontré cinco euros en monedas y veinte en billetes de diez. En fin, me sobra para comprarme algo mientras hago tiempo.

Paseé mi vista por todas los productos de lectura que habían y encontré un gran surtido de revistas juveniles, para locas adolescentes, o cosas por el estilo. También encontré revistas de música como la RollingStone, y una gran y tentadora variedad de revistas sobre coches. Periódicos y diarios de mil marcas diferentes, con diferentes opiniones políticas sobre el mismo asunto, revistas de cotilleo, de marujeo total, y de prensa rosa, cosas incluso sobre la natura, las especies en extinción, el National Geographic, y por último… Las revistas, porno, ese apartado que se encontraba en lo más alto del escaparate de revistas, lejos del alcance de los niños y con títulos obscenos, con muchos pechos sueltos y rubias despampanantes en las portadas.

No me lo pensé nada y me pillé tres revistas diferentes, en una salía una pelirroja, en otra salía la típica rubia, y en la última salía una morena, con una nariz respingona como la de Bill.

Se las tendí a la dependienta con una sonrisa en la boca y esta me miró alarmada. Cogió las tres revistas casi con asco y creo que hasta me cobró más. Diez euros casi se lleva la cabrona. Pero bueno, me era igual. Me las puso en una bolsa y con la misma sonrisa con la que se las di, se las cogí, saliendo enseguida de ahí.

Aún me quedaba una hora o incluso más para que llegaran y decidí sentarme en un bar-restaurante a mirarme las revistas.

Me importaba una mierda lo que la gente pensara, ni tan sólo reparé en ponerme en una mesa un tanto alejada, o escondida. La primera que vi libre, la primera que cogí.

Era un sitio de buen ver, así que no te levantabas tú a pedir, sino que te venía el camarero a pedirte nota, aunque solo quisieras una botella de agua. Así que me senté y me quité las gafas de sol (cosa imbécil, que no sabía porque las llevaba, porque estaba nublado), dejándolas sobre la mesa. Miré un poco el local y pude ver que estaba bastante lleno y supuse que la camarera tardaría bastante en llegar, así que no perdí el tiempo, abrí la primera revista, y empecé a mirar. La verdad es que las pelirrojas me ponían bastante, y lo cierto es que la de la portada se merecía un premio, estaba buenísima. A ver quién era el guapo, que le decía que no, pero… pero… ¿Por qué coño le veía peros? El resto de chicas que salían en esa misma revista no eran tan guapas y fogosas como ella. Así que enseguida me fui a la de la rubia. No sabía por qué, pero la de la morena me daba un poco… de tiricia y miedo.

La jodida rubia también estaba de puta madre, y a más esas me ponían que lo flipas. Empecé a pasar páginas y el primer y muy extenso reportaje de fotos era de ella, tenía unos ojazos azules de la hostia y unas tetas que no me cabrían en la mano.

-UUUUUAAAAAAHHHH… – y un bostezo salió de mi boca. ¿Qué? ¿Un bostezo? Nononono… ¡¡Yo no puedo bostezar con una tía semejante delante de mis narices!! – UUUAAAAAAHHH… – y volví a bostezar de una manera más prolongada y larga, que me estaba aponiendo de los nervios, cerrando los ojos y sintiéndolos lagrimosos. Mientras bostezaba, pegaba a la mesa con rabia. ¡Me cago en la puta!

Seguí mirando la rubia mientras me quitaba las mini lágrimas, que se me habían formado en los ojos, y me los froté. La verdad es que parecía gilipollas mirándole las tetas, muy concentrado, con las manos en el paquete, atento a cualquier señal de aumento. Entrecerré los ojos más para concentrarme en los pezones de la tía y me apreté un poco con las manos.

No. Nada.

¡Nada!

-Joder… Joder… – me quejé, desesperado ya.

-Dígame. ¿Qué le pongo? –una voz suave y seductora sonó detrás de mí. Giré la cabeza para ver de quién se trataba, y me encontré con una chica bastante alta, de piel negra y con unas curiosas trenzas larguísimas teñidas de rubio ceniza. Resaltaba muchísimo ese color con el de su piel y se me dibujó una sonrisilla. Esta me miraba con una ceja alzaba y esperaba atenta a ver qué le pedía para tomar.

Pero de repente un repentino y maldito bostezo quiso escapar de mi boca, poniéndome en evidencia, y mantuve la boca cerrada, haciendo seguramente una cara un tanto extraña exhalando mucho aire por la nariz y achinando los ojos.

-Un café – dictaminé enseguida. Otro intento de bostezo mientras me clausuraba los labios a la fuerza – muy muy cargado – finalicé.

Asintió lenta y sensualmente y se alejó con paso tranquilo, dejando marcar un estilazo y un contoneo tan sexy como era el característico de una chica negra.

En cuanto la perdí de vista, cogí sin pensármelo, la última revista.

Respiré hondo cuando vi delante de mí, una chica a gatas en un fondo blanco. Le caía un pelo perfectamente liso y oscuro con alguna que otra mecha rubia y miraba a la cámara con seriedad y sensualismo. Abrí por su reportaje, y me quedé alucinado de lo mucho que me atraía. Y lo jodido era porque en muchos rasgos era parecida a Bill. Tenía la nariz respingona, una graciosa peca bajo el labio, y… la muy jodida estaba plana, realmente plana. ¡Y era la mujer de la portada encima!

Esta vez si me estaba poniendo cachondo. Sobre todo al recordar lo húmedo que llegó a ser el beso de ayer. El puñetero y placentero morbo. Cerré la revista de golpe y la guardé en la bolsa. Creo que me estaba a punto de ir y no sabía porque, pero estaba cogiendo mis gafas y todo como si tuviese intención de salir por la puerta en cualquier momento dado, fruto de los nervios y del estrés.

Pero la camarera, apenas tardó un minuto en aparecer de nuevo con el café. Antes de que se fuera, dedicándome una profunda mirada, le dije que me diera la cuenta enseguida. La volví a ver marcharse y me tragué al cargado y ardiente café en dos sorbos, notando como una adrenalina me subía por el cuerpo.

Me estaba levantando de golpe, y fui yo mismo a caja a pagar. Le pagué lo más rápido que pude.

-Oye… ¿puedes ausentarte del trabajo cinco minutos? – le pregunté acercándome a su oreja. Mi voz era totalmente sensual, provocándola.

Esta me miró con una ceja alzada y bajó los ojos a mis labios directamente.

-Claro… – exclamó de nuevo en un tono sensual.

Me la llevé al baño más cercano y la metí dentro de uno de los cubículos. Casi sin preliminares ni nada yo ya estaba bajándome los pantalones (lo justo) y quitándole las bragas a la camarera. Esta intentaba captar mis labios a cada segundo que podía pero yo la evitaba sutilmente, dejándola que se divirtiera devorándome el cuello.

La penetraba con fuerza y me estaba sintiendo en la puta gloria, pero hubo un segundo que tuve que empezar a taparle la boca a ella porque empezaba a gritar mucho y a gemir demasiado alto. Por fin llegué al ansiado orgasmo y casi se me escapa un puñetero nombre que no debía.

Me fui de allí antes que esta acabara de colocarse bien el sujetador.

.

El teléfono me empezó a sonar y vi en la pantalla el nombre de Mario en grande. Ensanché una gran sonrisa en cuanto lo leí y descolgué enseguida.

-¿Putom? – había echado de menos que me llamara así.

-¡Mario! – casi grité, radiante de oírle.

-¡Putom! ¿Qué tal? ¿Dónde estás? – preguntó, en un tono de voz alegre.

-Ya estoy en la estación tranquilo. Llevo aquí un buen rato.-exclamé, con la voz un tanto de sensación de ocupada. Me estaba colocando bien el cinturón en medio de los grandes pasillos y solo tenía una mano con la que abrochármelo.

-¿Qué haces? Bueh, es igual… ¡Nos acaban de avisar que queda un cuarto de hora para que lleguemos! Nos esperas en la vía ¿no? –preguntó.

-Sisi, tranquilo. Pero dime qué vía es. ¡Esta puta estación de trenes, es enorme, y deben de haber al menos 20 vías! –exclamé, recordando las pocas veces que había bajado a la zona de trenes.

-Es verdad. Espera, que es Andy quien se ha enterando del mensaje, yo estaba durmiendo –dijo riéndose. Puto Mario.

-¡Pues pásamelo! –exclamé.

-Síi… Ya vooooy. -dijo en tono cansino. Escuché unas cuantas voces ininteligibles y la sensación de que el móvil se estaba moviendo por todas partes. Finalmente alguien se puso al teléfono. – ¿Tom? –escuché, de alguien que no tenía nada que ver con el anterior que estaba hablando.

-¡Andy! – volví a alegrarme.

-¿Qué pasa, tío? –saludó, contento. –Nos acaban de decir que llegaremos pues eso, en un cuarto de hora. En la vía catorce.

-¡Ok! Pues ahora nos vemos ahí. – dije, apunto de colgar,

-¡Espera, espera! Pero si en teoría eso te tendría que dar igual, no puedes bajar abajo sin billete.

-Tsk, tengo contactos tío. ¿Te acuerdas de Matt?

-Ajá.

-Hace dos o tres meses que trabaja por aquí, y ya me ha dicho que me baja hasta donde estéis. –mentí, realmente aún no había hablado con él, pero estaba claro que pasaría.

-¿En serio? ¿Matt trabaja por aquí? ¡Vaya! –soltó, sorprendido.

-¡Bueno, nos vemos dentro de nada! –exclamé feliz. Y colgué.

Guardé el móvil en el bolsillo trasero del pantalón y miré hacia arriba. Había millones de carteles señalando dónde estaba cada vía y yo tenía que buscar la número catorce. Avancé unos pasos viendo que las indicaciones decían que a mano derecha tenía la nueve y la diez, así, que teóricamente, más para adelante tendría la trece y la catorce.

Dicho y hecho, una flecha y una indicación en blanco sobre un fondo gris ponía el número de ambas vías. Busqué a Matt con la mirada y lo encontré a penas unos metros más allá.

Estaba para hacerle una foto. Jamás creí que lo vería de traje, con pajarita y con un walkie-talkie agarrado a un cinturón.

Tenía las manos detrás de la espalda cogidas, y miraba a todas partes. El pelo de escarola se lo había cortado y ya no tenía esa melena ondulada tan graciosa. Unas gafas negras le tapaban los ojos y parecía que estuviera observando por si hubiese algún atentado o algo por el estilo.

Silbé fuerte para captar su atención y hasta el segundo intento este no me escuchó. En cuanto me localizó, frunció el ceño y se quitó las gafas, entornó los ojos y me miró bien y en cuanto descubrió que era yo, alzó los brazos, contento.

Se aproximó a mi casi corriendo.

-¡Eh! ¿Qué pasa, Tom?- saludó mientras me tendía la mano. Se la estreché fuerte y me encogí de hombros a modo de respuesta – ¿Qué tal todo? – siguió hablándome.

Un flash de imágenes surcaron por mi mente.

Bill. Beso. Bill. Beso. Bill. Tia de la revista que se parece a Bill. Beso. Bill. Beso.

-De puta madre – mentí como un gilipollas mientras que nos soltábamos la mano y sonreía, intentando convencerle.

-¿Y qué te trae por aquí? – se cruzó de brazos y me miró expectante.

-Nah… Vengo a buscar a los dos maricones, ya sabes, se han ido de crucero y me los traigo al tajo de mi padre un par de semanas. – resumí. – Me preguntaba si me dejarías bajar a ayudarles con el equipaje.

Enseguida deshizo su postura y sonrió.

-Joder, ni se pregunta macho. ¿Son estas dos vías? –señaló al cartel. Asentí. – Eso está hecho. Toqueteó algo en la máquina y las puertas de cristal que impedían el paso se abrieron dejándome libre.

-¡Gracias! Te debo una – y le guiñé un ojo metiéndome por entre las puertas.

–Ale, ¡Nos vemos tío! – y me saludó mientras yo avanzaba hacia delante.

Unas escaleras mecánicas subían y bajaban desde la planta de abajo, y desde donde yo estaba ya podía ver el suelo del andén. Me metí en las escaleras que bajaban y miré la hora. Apenas cinco minutos para que llegaran.

Llegué abajo y no vi a nadie. Un reloj que marcaba menos cinco movía su aguja segundera y marcaba la cuenta atrás. Una pantalla enorme marcaba el próximo tren en llegar, el de ellos y decidí sentarme en uno de los bancos.

Miré hacia delante y me quedé flipando. Todas, absolutamente todas las vías se veían desde mi posición. Era como un subterráneo enorme lleno de andenes y vías de tren que se perdían en la oscuridad si te ponías a mirar fijamente el recorrido de estas.

Atención no crucen las vías, si quieren cambiar de andén utilicen el paso superior. Les recordamos que está totalmente prohibido fumar en zona de vías.

Una voz sonó por todo el espacio y resonó en diferentes sitios. Tenían varios altavoces por donde reproducir los avisos.

Próximo tren, entrando. Dirección Düsseldorf. Última parada, Düsseldorf estación norte.

¡Hey! ¡Ya llega!

Me asomé un poco, pasando el límite de seguridad y observé las luces del tren, incorporándose. Y me puse feliz.

Miré detrás de mí y vi que poco a poco se iba llenando de gente. Seguramente para coger el tren del otro lado, porque este, paraba aquí y no seguía a ningún sitio. El tren de Mario y Andy pasó por delante de mí a una velocidad muy aminorada y cada vez iba frenando más.

El móvil vibró y lo saqué enseguida.

Era un mensaje de Andy. ¿Y ahora que pasaba?

Putom, estamos en el primer vagón, ¡te acabamos de ver por la ventana!

Hostia, ¿en el primer vagón? ¿Desde cuándo se ponen estos hombres en preferente? En fin, dejé de darle vueltas y caminé dirección hacia adelante. Una vez llegué el tren se quedó parado un par de minutos y las puertas se fueron abriendo. Me hizo gracia porque hicieron un sonido un tanto cómico, como cuando en las películas hay un embarco hacia la luna y abren una puerta y sale todo de humo con un sonido de aire liberándose.

Enseguida pasajeros fueron saliendo pero ninguno era ellos. Esperé paciente hasta que alguien con tropecientas maletas asomó entre la multitud. Vi ese color ceniza que tenía Andy por pelo y me quedé pasmado.

-¿¡Pero tío!? ¡¿Cómo llevas todo esto?! – observé las tres maletas que había sacado como podía y miré lo grandes que eran. Joder, Parecía Bill.

-Yo también me alegro de verte. – dijo, una vez dejado todas las maletas en suelo, cruzándose de brazos y alzando una ceja. Dios… me cago en la puta. Eso también lo hacía Bill.

Sacudí la cabeza, quitándomelo de la cabeza y sonreí a uno de mis dos mejores amigos. Abrí los brazos y este mi miró feliz. Me estrechó el abrazo y apretó fuerte.

-Ehh Ehhh ¿Y yo qué? ¡Seréis desgraciados! – una voz ofendida teatreramente hablando sonó detrás de los dos. Y de nuevo un muchacho con el pelo oscuro y con la frente decolorada me miraba expectante. Detrás de él también se extendían más o menos la misma cantidad de maletas que su novio. Rodé los ojos sin podérmelo creer.

-Ven aquí, cabrón… -dije amistosamente, sin llegar a soltar a Andy, haciéndole señas con la mano. Este sonrió y se acercó con la frente gacha. Me pasó un brazo por el cuello y el otro por la cintura de Andy, y nos dimos una especie de abrazo triple. – ¡Tenía ganas de veros! –exclamé, pellizcando al brazo de alguien, no me importó saber de quien era. Pero en cuanto vi a Mario quejarse y mirarme, sonreí divertido.

-Esto nos costará llevarlo… – dijo Andy mirando hacia atrás y rascándose la cabeza, gesto de que estaba pensando.

-Es que joder, cómo se os ocurre traeros tantas cos… – pero de pronto me callé. Vi algo en la cara de Mario. Algo que no pintaba bien. De pronto se le habían abierto los ojos a un tamaño desmesurado, mirando con pánico a algún punto detrás de mí.

Un sonido de frenos oxidados luchando contra un metal invencible, sonó de tras de mí. Un sonido que se me marcó en los tímpanos como un tono prohibido, como una melodía diabólica que se quedaría en mi memoria, para siempre, una danza de chirridos macabra.

Giré la cabeza rápidamente, asustado, y ante la velocidad del momento, apenas acabé a vislumbrar una figura negra. Algo oscuro con apenas unos destellos de luz en algo que parecía de cuero. Una figura oscura que era arrastrada.

Un golpe.

De nuevo el sonido había cambiado y sonó a cataclismo, a estar chafando algo. El arrastre de esa sobra. Cogí aire y no fui capaz de soltarlo.

Un tren que daba a las segundas vías, tocando al otro anden, paró delante de nosotros y se quedo ahí, parado, petrificado.

Una mujer empezó a gritar desesperadamente y salió corriendo. Mi vista, en un estado de shock, siguió la silueta de esa muchacha de máximo unos veinticinco años, con el pelo al viento por lo deprisa que se alejaba de nosotros. Se puso una mano en la boca y subió escaleras arriba, huyendo.

De pronto todo el mundo empezó a murmurar y a mirarse entre ellos. Algo había pasado. Algo había pasado.

Volví a mirar a Mario y este estaba con la vista perdida en algún punto del infinito.

-Mario. –y le zarandeé con la mano, entrando en un estado de nerviosismo. -¡Mario!- le grité. Y este por fin me miró. Tenía pánico en su mirada, tenía miedo y ganas de gritar, se lo leí en cuento sus ojos cruzaron los míos.

-Lo han matado… Lo han matado… – parecía estar cantando una canción satánica, con un timbre fúnebre y repetitivo. – Tom… Tom… Ese hombre. ¡Se ha matado!- y esta vez el tono de su voz era roto, era ronco, como si le costara. Noté que iba a decir algo pero rompió en llanto. Se sentó en el frío y reluciente suelo que reflejaba los fluorescentes colgados del techo que alumbraban, y se tapó la cara.

Automáticamente miré a Andy que tenía el rostro descompuesto, con los mismos síntomas que su novio.

-¿Andy? ¿Qué ha pasado? – mi memoria estaba tan bloqueada que no sabía asociar ninguna imagen con la realidad. ¿Enserio había pasado lo que acababa de pasar? – Andy, contéstame. – Este tenía los ojos brillantes a rebosar de lágrimas que querían escapar de esa prisión y salir a fuera para caer sobre sus mejillas y rodar hacia abajo, trazando un camino suicida, que les llevaría a un acantilado contra el suelo. Su mano tapaba su boca y mientras negaba con la cabeza, iba frunciendo más y más el ceño.

-Un… un tío… Estaba… Intentado papapasar de andén y…

Los murmullos de todo el mundo me estaban empezando a poner nervioso. Algunos se había acercado al límite permitido para ver, otros se habían agachado para ver si veían algo debajo de las ruedas. Otros se habían ido y muchos otros se habían acercado más.

Giré la cabeza de nuevo y vi a mínimo cinco o seis personas llorando. Con los ojos rojos y la mano apartándoles las lágrimas.

Gente que se había quedado parada e intentaba respirar con dificultades. Una niña pequeña que no sabía lo que pasaba y que evitaba el abrazo de su madre con tal de averiguar qué era todo ese calvario.

Volví mi cabeza de nuevo hacia Andy.

-Andy. ¡Explícame exactamente qué ha pasado! – le exigí. Me ponía de los nervios no saber lo que ocurría.

-¡Joder! Pues que un gilipollas subnormal, le ha dado mucho palo subir a las escaleras y cambiarse de andén, ¡Y ha bajado a las vías! –se calmó un poco y siguió. –Se ha dado cuenta que estaba pasando un tren y en vez de saltar y pasar a la otra vía, a intentado volver a dónde estaba… Y joder, lo ha pillado subiendo el muro! ¡¿No se ha dado cuenta que era muy alto?! Lo mínimo que le ha pillado a sido… Pues las piernas o todo el tronco o… Yo que sé, le habrá cortado el cuello. ¡Lo ha aplastado contra la pared! –y calló. Ya no pudo continuar más y me senté al lado de Mario.

Yo seguía sin creerme lo que estaba pasando y parecía que hubieran pasado los justos dos minutos que habían pasado a una velocidad tan reducida que se hacía eterna a la vez que fugaz y pasmosa.

Las grandes vidrieras del tren dejaban ver a gente asomada a las ventanas, morbosos que sólo buscaban ver algo sádico. Entonces entraron muchas azafatas o gente con importancia y fueron indicando la salida, obligando a todos los pasajeros de los vagones a abandonar el tren.

Dios… Era verdad, era verdad.

Algunos no querían salir, no querían dejar de mirar con ojos rojos la sangre que estaría esparcida por el andén.

Y entonces, la puerta del conductor se abrió.

-¡¡Qué salgan todos, coño!!-una voz rota y femenina salió de la garganta del individuo que había salido del tren. Una mujer con coleta señalaba a la salida con histeria, gritando fuerte, nerviosa, con lágrimas en los ojos y tembleque en su brazo, alzado en el aire sin perder la firmeza, señalando las escaleras. -¡¿Que no ven que alguien se ha matado, joder?!

Entonces todos y cada uno de los personajes de dentro del tren salieron prácticamente corriendo, dejando el andén de delante vacío y… muerto.

Yo recién me estaba empezando a dar cuenta de lo que estaba pasando

Esa sombra… esa cosa negra que se movía y era arrastrada era… Era un hombre, que estaba en la vía, que ha sido pillado por el tren… El sonido infernal de los frenos intentando salvar al hombre, el intento fallido de no colisionar con él, el sonido de un cuerpo arrastrado…

Me entró un tembleque en las manos y empecé a parpadear rápidamente, arrugando la nariz y respirando con dificultad.

Había… había alguien debajo de esas ruedas, había alguien…

Me fijé en todos los letreros informáticos que marcaban los trenes que se iban y los que iban a venir con las paradas que estos hacían y cuándo iban a llegar y todos ponían: procesando información. La estación Düsseldorf norte quedará inutilizada temporalmente por problemas técnicos.

¿Problemas técnicos? ¿Así le llaman a la muerte de alguien?

Volví a mirar a mis lados y todas las vías estaban paradas, no venía ningún tren, todo estaba paralizado. Esta estación estaba clausurada.

-Mario… – y sin bajar la cabeza para mirarle le busqué a tientas con la mano mientras me fijaba a saber dónde, con la vista perdida, meditando algo que ni siquiera sabía qué era. Le volví a sacudir, pero este no me hizo caso. Me giré hacia él y lo levanté de un golpe del suelo, casi de cuajo, como si lo hubiera arrancado. -¡Mario, joder! – le grité de pura histeria. Este mi miró con el rostro roto, con los ojos rojos y con los labios temblando. Se me encogió el corazón mientras veía unos gestos lentos y pobres intentando quitarse las lágrimas del rostro. –Mario… – y por tercera vez repetía su nombre en una misma frase, acompañado de un abrazo. –Va, coge tus cosas que nos vamos arriba… – dije separándome.

Con un gesto de cabeza le dije a Andy que hiciera lo mismo y me dirigí a ayudarles. Yo les llevé todas las bolsas pequeñas y una maleta de las grandes a cada uno, dejándoles a ambos solo con una maleta y algo más. Necesitaba pensar en algo para distraerme, y hacer malabarismos con tanto peso y cosas me ayudaba.

Subimos por les escaleras y ya vimos a gente de la estación vestida de uniforme barrándoles el paso a toda la gente que tenía que bajar a bajo, seguramente a coger ese tren que les llevaría a sus hogares, o que de lo contrario, les alejaría de su casa.

Las excusas todo el rato eran simples “Motivos de problemas en la central” o excusas extrañas.

Pasamos los tres con miradas funestes al suelo, y sin decir absolutamente nada, quizás sabiendo que fuera de esas vías, en el piso de arriba, posiblemente nadie se habrá dado cuenta de que alguien acaba de dejar de existir. Que seguramente, ahora cuando salgas a la zona común, verás a una pareja extranjera, haciéndose fotos en la estación para cuando vuelvan a su país, hacer un álbum de recuerdos, sin reparar o cerciorarse de que el mundo se había acabado en el alma de alguien, delante de nuestros ojos.

Les dije de tomarse un refresco o un café o algo por el estilo y sentarnos en algún sitio y estos asintieron. Pero mientras nuestros cuerpos se iban fundiendo con la madera plastificada de las sillas pegadas al suelo, sintiendo placer de doblar las piernas por el abatimiento que acabábamos de sufrir, me di cuenta de que mi coche… Estaba muy lejos como para ir con las maletas hasta mi casa.

-Oye… Quedaros aquí, voy a buscar el coche a casa. No os mováis.

Andy y Mario me miraron enseguida con preocupación.

-Pero… No tardes Tom. – me suplicó uno de ellos.

Bill

Desde la hora de comer, hasta aún ahora, me había recorrido por el cuerpo una desagradable sensación, algo que me atravesó de arriba abajo, dejándome casi sin ganas de hacer nada. Con toda mi inesperada alegría, tirada por los suelos, hecha añicos totalmente.

Me había pasado muchas veces. No se sabía porque, pero había veces que tenía humores extraños, me enfadaba sin quererlo, me ponía triste sin saber porqué, me alegraba y no tenía sentido… Pero esta vez era fuerte. Tenía… Ganas de llorar. Llorar de nuevo. ¿Por qué? No ha quedado suficientemente claro que soy un insensible que no merece amigos? ¿Ahora el cuerpo me dice que debería llorar simplemente por quedar bien o algo? ¡No! ¡Estaba feliz ahora! ¿Por qué de repente… me sentía así?

Deberían llevarme a algún psiquiátrico a ver qué me dicen, porque esto no puede ser.

Pensé en salir a comer algo, ya eran las cuatro pasadas y no habría nadie en el comedor, así que decidí meterme en él, lo mismo las cocineras aún no habían salido y seguían por ahí, con alguna sobra. Una buena excusa y me darían algo para mi estomago vacío.

Apenas tardé unos minutos en llegar, mirando a todos lados, por si me encontraba tanto a Georg, como Dawn, como a Ashley, y en cuanto tuve la puerta del comedor delante, hice unos gestos que me recordaron a los de un detective profesional. Abrí ligeramente y asomé la cabeza un poco, cerciorándome de que realmente no había nadie. Me di cuenta que sólo estaba uno de los amigos de Tom, ese chico que se llamaba… ¿Gustav? Sí, es posible que sí.

Entré poco a poco y el sonido de la puerta oxidada delató mi posición. Este se giró enseguida, sobresaltado, y me miró a través de los cristales de sus gafas de pasta negra. Alzó una ceja con una cara un tanto sonriente y ladeo la cabeza.

-Hola. –dijo simplemente.

Me aproximé con vergüenza y le saludé con la mano.

-Hola –correspondí.

-¿Qué haces tú aquí? –me preguntó.

Primero me fijé en él, y vi que estaba recogiendo todo. Imagino que cada día le tocaría recoger a un profesor diferente, y este día le había tocado a él.

-Es que me he dormido y no he llegado ni a la comida… Y bueno, me preguntaba que si… Podría comer un poco. – mi tono avergonzado no cambiaba, y sin embargo la expresión contenta de este evolucionaba a una risa socarrona, amistosa al fin y al cavo.

-Sí claro, ven, espera que las cocineras no están. – me indicó que le siguiera y pasamos justo por al lado de la mesa de profesores, que hacía esquina justo al lado de la puerta de entrada a la cocina. Sacó un llavero repleto de llaves y buscó la que encajara con la cerradura.

Apenas dos segundos ya la había introducido y la había girado. Un característico “crack” sonó, y con un giro del pomo redondo de la puerta, abrimos.

La cocina era totalmente blanca, llena de azulejos de este color, con electrodomésticos de cocina de color plateado, de aluminio. Un gran horno, unos grandes fogones, unas grandes picas, un gran lavaplatos, etc.

Era muy gracioso ponerse en el agujero rectangular de la pared desde donde se iba poniendo la comida. Se veía todo el comedor y podías tener a todo el mundo controlado.

-Mira, hay un poco de todo, dime qué te gusta y te lo caliento. – miré unas grandes ollas hasta arriba de comida que seguramente se tiraría o se re utilizaría para esta noche. Y una gran cacerola de macarrones totalmente rojos por la salsa de tomate, me hizo la boca agua, haciendo que mis tripas, sonaran fuertemente y yo abriera los ojos. Me tapé la barriga enseguida, pero Gustav ya me había oído.

-Madre mía tío, para haberte levantado tan tarde parece que tienes mucha hambre.

-Ya… – me excusé, ante una situación totalmente irreal y falsa.

-Bueno ¿Qué quieres? –preguntó, dando una palmada repentina y frotándose las manos. Me hizo gracia el gesto y me reí.

-Los macarrones –dije sin pensármelo siquiera.

Este esbozó una gran sonrisa y sacó una sartén pequeña. Y con una gran cucharon casi plano puso unos cuantos macarrones, pegados todos entre ellos.

-¿Quieres más que eso? – preguntó.

-Sí… -dije- si se puede, claro –los modales antes de todo.

-Pues claro –y puso otro gran cucharón de macarrones a recalentar. Puso el fuego y sacó un plato limpio. -¿Quieres comer en el comedor o aquí dentro te sirve?

-Em… Aquí mismo.

Asintió y cogió unos cubiertos y un vaso. Caminó hasta una parte de la cocina que no había visto, con un par de sillas alrededor de una mesa pequeña. Lo colocó todo ahí.

-¿Y cómo te llamas?- me preguntó, mientras le daba vueltas a los macarrones, viendo como su salsa se volvía más liquida y más apetitosa. Un dulce olor a cebolla frita con aceite y especias me invadió la nariz. Adoraba el olor a sofrito.

-Bill. –dije mientras me sentaba.

-Yo soy Gustav. –dijo sin mirarme.

-Sí… Creo que tú eres el amigo de Tom y Georg ¿no? – este me miró sorprendido y sonrió levemente.

-¡Sí! ¿Cómo lo sabes? ¡Hostia! ¿Tú eres ese Bill del que tanto hablan? –soltó con una media sonrisa. Era muy simpático. Pero nada más escuchar eso, me entró un rubor en las mejillas que me estaba haciendo que la cara me ardiera. Joder, ¿Tanto hablaban de mí?

-Sí… Supongo. – respondí avergonzado.

Un par de minutos después se acercó a mí y me puso en mi plato una gran cantidad de macarrones brillantes a rebosar de aceite y de grasa. Mmmm… Se me hacía la boca agua. Dios, ¡qué hambre!

-¡Gracias! – dije enseguida, pinchando ya los primeros macarrones.

-De nada. ¡Buen provecho! Me voy a seguir recogiendo.

Asentí y seguí tragando como un poseso. Sentía el calor de la pasta en mi garganta y estaba dejando de sentir ese punzante dolor en el estomago, del hambre.

En cuanto los hube tragado todos, me levanté, y lo dejé todo en dónde veía que dejaba los platos sucios Gustav, cada vez que venía con una pila de cosas.

Salí de la cocina y me acerqué a él. Sin decirle nada me puse a recoger con él y a seguirle con la vajilla sucia en la mano.

Este me miró y me lo agradeció.

-¿Y ahora tienes clase, tú? –le pregunté, por cortar el silencio.

-Sip. Me toca sustituir a Tom con los niños pequeños. He de ayudarles a hacer esa obra de teatro, Romeo y Julieta. – dijo con cara de no entender muy bien. Con gesto de que le tocaba hacer eso por obligación, y se lo habían explicado un poco por encima.

-¡Anda! ¡Yo he ayudado a Tom un par de veces con los críos, y un poco también con esa obra de teatro! – dije, recordando con una sonrisa de añoranza, esa primera vez que juntamos nuestros labios. Hacía una semana exactamente. Un aleteo me recorrió el esófago por medio del pecho, y bajó hasta mi estomago. Qué dulce, preciosa y extraña sensación.

-¿Enserio? Oye, ¿te importaría hacer la clase conmigo? Así me ayudas un poco con eso de la obra… -exclamó con la cabeza gacha y dibujando una pequeña sonrisa.

-¡Sí, claro! –dije entusiasmado. Realmente no era lo que más me apetecía hacer, pero como mínimo, ya tenía un plan. Ya no me quedaría en mi cabaña toda la tarde.

.

Nos aproximamos al campo de fútbol donde yo había disfrutando viendo a Tom jugar, hablando con mi nuevo amigo, de algo sin importancia, pero pasándonoslo bien.

Vimos a Erik de fondo, hablando con Dawn, y con los niños a su alrededor.

Dawn parecía algo contenta y bueno… Sonreía de las cosas que le decía Erik y que yo no alcanzaba a oír. Me quedé mirándoles e inevitablemente nos fuimos acercando. Pero ninguno de los dos notó nuestra presencia hasta que estuvimos enfrente uno del otro.

-Hola –dijo sonriente Gustav. Los dos se giraron de golpe, y la cara de Dawn en cruzar sus ojos con los míos fue como una patada en el estómago. Puso cara de susto y casi pega un bote. Después se entristeció medio segundo. Mirando al suelo.

-¡Hola! –dijo Erik, dándonos la mano. Yo no pude evitar mirarle un tanto raro, por decirlo de alguna manera. Como si le estuviera diciendo con la mirada “ni la toques”, y creo que Dawn se dio cuenta. Pero de golpe, el móvil de Erik empezó a sonar y con la excusa de que tenía que cogerlo, se largó, dejando a Dawn con nosotros dos. Vi la cara de pánico de esta cuando lo vió partir.

-Ey, ¿os habéis hecho amigos? –le preguntó Gustav. – Pero si al principio no os aguantabais. ¿No era que odiabas que te tirara tanto los trastos encima? Con eso de que tenías novio y eso…

ME CAGO EN LA PUTA. Me entró el nerviosismo de golpe y antes de que pronunciara cualquier frase más, hice ver que lo había pisado sin querer.

-¡Madre mía! ¡Lo siento Gustav! He tenido un pequeño traspiés… -dije, mirando de reojo a mi ex. Esta tenía la cabeza bien alta y esbozó una triste sonrisa.

-Tranquilo tranquilo… -me dijo el rubio.

-Bueno, la verdad es que ayer dejé a mi novio. Y no sé, Erik es majo al fin y al cavo. -dijo mirándolo de reojo, cómo hablaba por el móvil, con una mano sujetándose el artefacto y moviendo la otra, haciendo gestos.

Noté que la sangre me hervía.

-Dawn – la llamé de golpe, sin saber muy bien lo que tenía pensado decirle. Me puse nervioso, y muy tenso. – te acuerdas de que yo… pues… -la cara de Dawn era extraña. Como si tuviera miedo de lo que iba a decir. – que soy amigo de tu ex… – dije, inventándome una historia por completo.

Dawn primero me miró extrañada y con una expresión un tanto triste y confusa. Pero más tarde se le transformó el rostro, como si estuviera analizando algo.

-Emm, sí, sí que me acuerdo. ¿Por qué? –dijo, con un tono de “me interesa”, mientras alzaba una ceja. Yo me debería haber cayado desde un principio, pero el puñetero Erik me estaba tocando lo que no suena.

-Es que ayer hablé con él, y bueno… le comenté que andabas mucho con este tío. – Dawn me miró desafiante desde una mirada baja. –y me ha dicho que te diga, que si te toca o te hace algo, que vendrá él andando si hace falta desde Berlín… A castrarlo. –solté finalmente.

Y de nuevo se le desencajó la cara. Bajo la mirada y le quedó tapada por el flequillo. Pero en cuanto volvió a mirarme, parecía hasta radiante. Qué buena actriz que era ¿no? Se me paró el corazón y todo de ese cambio tan de golpe.

-Dile tú, que lo supere. Y que haré lo que quiera. Gracias por hacer de mensajero Bill, pero dile que no quiero hablar con él, que me deje en paz – y finalmente me revolvió el pelo dejándomelo fatal. -¡Adiós! – se despidió de los dos y se largó.

Mientras, Gustav se iba a pasar lista y comprobar que estuvieran todos los niños, yo observé cómo la figura de Dawn se iba encogiendo más y más, hasta hacer pequeños saltos de hipo, como cuando estás llorando. Caminaba lentamente, y vi un movimiento de su brazo que indicaba que se estaba secando seguramente unas lágrimas. Después de unos segundos le vi un ademán de sacarse algo de dentro del pantalón.

Después me vibró mi móvil.

¿Qué haces Bill?

Era un mensaje de ella.

Y entonces respire fuerte. Dándome cuenta de lo que acababa de hacer. ¡Joder! ¡Me dijo que la dejara en paz! ¿Por qué coño soy incapaz? ¡Porqué soy tan gilipollas!

Puto egoísta de mierda.

Dawn lo siento, de verdad que lo siento. Me ha entrado la rabia y los celos… perdóname.

Te dije que me dejaras tranquila un tiempo… No era tan difícil, joder.

¡Sí! ¡Ya lo sé! Te juro que no lo vuelvo a hacer. No te molesto más. Perdóname por esta vez. Ha sido sin querer.

Y los segundos en los que la vi parada y sin recibir ningún mensaje se me hicieron eternos. Me daba igual si ahora se giraba y me veía observándola directamente. Me daba igual.

Ok

Y su silueta se perdió con el horizonte, viendo como guardaba el móvil de nuevo en su bolsillo, para no ser sacado durante un buen tiempo, como mínimo, no por mi culpa.

Me giré y vi a Gustav mirándome con una ceja alzada, analizando algo. Me puse nervioso, ¿y si había sido muy evidente? ¿Y si ahora descubría lo mío con Dawn? Bueno, lo “ex-mío” con Dawn. Pero cuando me aproximé, me sonrió con la mirada y punto.

Me calmé y respiré hondo.

Y de pronto, apareció ante mí una niña que me llegaría por un poco más arriba de las rodillas que me tiró del pantalón y me indicó que me pusiera a su altura.

-¡Domdo! –dijo con el entrecejo fruncido. Yo ya había visto que era ella, y había pasado olímpicamente de hacerle caso. Por muchos 6 años que tuviese, me caía mal y punto. -¡¡Domdo!!- me llamó de nuevo, que no sé de dónde coño había sacado ese nombre. Y finalmente me tiró más fuerte del pantalón.

Refunfuñando me puse a su altura y la miré con cuidado, observando sus gestos. Parecía una especie de pelea por la manera en la que observaba sus movimientos.

-¿Qué quieres? –le dije con una ceja alzada.

La sentí refunfuñar algo y se cruzó de brazos, inflando mofletes. Entonces miró algo detrás de mí, tanto por un lado como por el otro. Y finalmente me dijo:

-¿Y Dom? –dijo cabreada. -¿Dónde está Dom? –dijo cerrando los ojos fuertemente y frunciendo el ceño aún más, mientras medio gritaba. ¿Y esa era autista? ¡Vamos, y yo soy Brad Pitt!

-No está –le dije tajante. ¡Toma, jódete! – ¿Porqué no te vas con Mike, eh? Que pegáis mucho. – y con una sonrisa falsa de “no te quiero ver, lárgate” le indiqué con las manos como si estuviera barriendo, que se fuera.

Pero Anna puso unos pucheros, y después de pensárselo mucho me dio un abrazo. Me quedé estático, sin saber qué hacer. ¿De verdad me estaba abrazando?

-Yo quiero ver a Dom… -lloriqueó en mi oído.

Respiré hondo, y le correspondí como pude el abrazo, intentando no aplastar ese minúsculo cuerpo con mis largos brazos.

-Y yo, preciosa. Yo también quiero verle. – y de pronto, volví a sentir ese sentimiento que me ponía mal. Esa extraña sensación en mi pecho que me ofuscaba todo lo que tuviera alrededor.

Tom

Miré por la ventana y aún seguía lloviendo. Nada más llegar a casa estos dos se sentaron a ver la tele, con el rostro descompuesto y con el alma carcomida por un fantasma.

Yo, más muerto que nadie, me fui a dormir. Ya saldríamos mañana, pensé. No me sentía con ánimos de coger el coche de nuevo, y mucho menos de hacer un viaje medianamente largo.

Me levanté de mi cama y busqué el paquete de tabaco en seguida. Me había fumado unos cuantos ya del nerviosismo.

Durante el viaje de vuelta, no habíamos dicho nada, y lo único que se oía eran las lloreras de Mario, y el hipo de Andy, al mismo tiempo que intentaba calmarlo.

Era cerrar los ojos y ver esa figura negra una y otra vez. Una imagen enrepeatque me torturaba lentamente. Y el sonido de esos puñeteros frenos era una melodía que se repetía sin cansancio. Joder tío, acababa de ver morir a alguien. Me temblaba el pulso y aún no me lo acaba de creer. Había pasado tan rápido…

Pero haber vivido esta experiencia había sido como una especie de lección. ¿Qué pasaba si ese hombre tenía un montón de cosas que hacer en esta vida? ¿Y si la mitad de esas cosas no las había hecho en su momento por los motivos que fuesen y ahora no las podrá cumplir nunca más? Ahora no hay forma de volver atrás, y rectificar, porque… está muerto.

¡Él debió haberse tirado a la piscina en su momento! ¡No se atrevió! Y ahora es demasiado tarde.

Hay que aprovechar todas y cada una de las cosas que se te ponen delante. Todas. ¿Quién sabe si te mueres un día y no has hecho eso que más ansias? Quizás declararte a la chica que te gusta, quizás no haberte acabado ese libro tan interesante, quizás no haber aceptado aún ese puesto de trabajo… Quizás no haberte enamorado. O incluso peor, no quererte dar cuenta que te has enamorado.

Tirando por la borda ese perfecto romance que se podría producir.

Me puse frente a mis dos amigos, que estaban acurrucados el uno con otro y se abrazan fuertemente.

Ambos me miraron y suspiraron al mismo tiempo. Mario se rió por la coincidencia y miró a Andy mientras lo oprimía más fuerte entre sus brazos.

Pero de nuevo una mueca se le formó en la cara, un puchero que anunciaba llanto.

-Shh… Vamos Mario, ya pasó ¿quieres? Deja de llorar, cariño. -le decía Andy mientras le abrazaba.

-Es que… Andy, yo… yo me muero de sólo pensar que podrías… ¡que podrías haber sido tú! – y se le puso encima casi estrangulándolo de lo fuerte que lo abrazó, llorando en su hombro.

-Pe…Pero… ¿Por qué iba a ser yo, amor? –le preguntó mientras le bajaba y le subía la mano por la espalda.

-No lo sé… Pero me estaba muriendo de sólo pensar que pudieras haber sido tú, o Tom, o mis padres… alguien a quién yo quiero. Me muero Andy, me muero.

¿Imaginarse a alguien que no es? ¿Y si hubiera sido Bill? Un tembleque se apoderó de mi cuerpo en un instante, poniéndome de los nervios. Me entraron unas ganas infinitas de llamar al campamento y preguntar por él. Estaba claro que no le podría haber pasado nada en estas horas que habían pasado, pero imaginármelo hecho polvo en su cabaña, él solo ya me hacía tener una sensación extraña en el estómago.

De todas maneras, la filosofía del Carpe Diem estaba empezando a introducirse en mi cuerpo como si fuera un virus. Vive el momento Tom, no sabes si podrás vivir mañana. ¿Te gusta Bill? Descúbrelo, y sobre todo, no te niegues a intentarlo. Lo de hoy no sólo me servía para pensar que mi vida es incierta, si no la de él mismo, y Mario me lo acababa de demostrar. De nuevo me recorrió la espina dorsal, una horrible sensación, como una descarga eléctrica que me chamuscaba por dentro. ¿Y si hubiera sido Bill? ¿Y si no lo volvía a ver nunca más?

En estos momentos, y desde mi posición en Düsseldorf, sólo tenía un tipo de respuesta ante esta situación.

-Chicos, coged vuestras cosas y ponedlas ya en el maletero del coche. Vámonos cuanto antes.

Continúa…

por administrador

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