
Fic Twc / Toll escrito por being_destroyed
Capítulo 16: Favores
Miércoles – 15/07/09
Bill
Me quedé petrificado, aunque yo diría que eso era quedarse corto. Yo, había entrado dentro de su cabaña con toda la ilusión del mundo. ¡De verdad!
Estaba eufórico, estaba… Bueno, enamorado. Ya se sabe, con ganas de caminar por las paredes de emoción y nerviosismo. Sobre todo nerviosismo.
Y… qué rápido se me habían ido todos esos sentimientos.
-¡Andy mira! ¡El chico del comedor! –una voz realmente sorprendida, sonó a mi derecha. Un personaje, sentado en una silla, supongo que leyendo algo, o mirando algo en alguna revista, se me había quedado mirando en mi dirección con los ojos muy abiertos. Como si no se lo creyera, se levantó y pestañeó varias veces.
-¡Hostia! ¡Es verdad! – y esta vez dirigí mi vista hasta ese punto del cual pertenecía la voz. Un chico rubio casi blanquecino estaba sentado en el suelo, apoyado en la pared, con las manos apoyadas en unas rodillas alzadas, con una consola portátil. Postura que deshizo cuando se fijó en mí.
Me quedé estático ahí parado. Mirando a ambos lados, como un gilipollas, sin saber qué decir, totalmente mudo. Durante un instante posé la vista en mi posible salvador, ya que lo mismo le daba por hablar y quitarme de ese mal trago, pero este estaba más o menos como yo, a diferencia de que él tenía en la mano, una puta revista porno. ¡No me lo puedo creer! ¿Eso compra cuando se va a la ciudad? ¡Qué tío!
Conecté con su mirada apenas unos instante y le pedí ayuda de esa manera, pero no hizo nada. Simplemente abrió la boca, con la intención de decir algo y después… calló. Con parsimonia, cerró la revista que tenía una chica morena de portada.
Me entró el pánico en cuanto vi a ambas figuras que no conocía levantarse y hacer el amago de aproximarse a mí. Casi pierdo el equilibrio. ¿Qué hago? ¡Mierda, esto no lo tenía previsto!
Cogí aire, y tal cual había entrado… salí.
Cerré la puerta fuertemente y me apoye en la pared de al lado, respirando fuertemente, como cuando Georg le pidió a Tom de entrar en el grupo. Igual.
Miré al suelo, repasando esa última maniobra que había hecho. Había salido de ahí, sin decir nada, simplemente, deshaciendo los pasos hechos, dejando a los tres con un golpe en las narices. ¡¡Es que, se me había olvidado totalmente que estaban sus amigos!! ¡Y encima se acordaban de mí! ¡Más suerte no se puede tener!
-Oye, ¿a dónde vas? –una voz, peligrosamente cerca de la puerta, sonó detrás de la fuerte madera que me separaba de ellos. Se me aceleró el corazón más si cabía y cerré los ojos, casi rezando para que no abrieran y me pillaran ahí.
¡Es que, ya que estaba fuera, debería salir corriendo! ¡Pero no podía! Ya había hecho suficiente tirando atrás. Se me habían gastado las fuerzas, todo lo que tenía recogido en un gran sentimiento de emoción y de ganas de decirlo todo, se había consumido como una vela a la intemperie en una noche de frío y viento helado.
Entonces, unos pasos muy sonoros descubrieron la posición de alguien que se acercaban demasiado a la puerta.
Mierda.
-¡Bill!
¡Pum! Era Tom… Era Tom… Y yo detrás de la puerta. Si no digo que estoy, ¿Se irá? Se irá seguro. ¡Había quedado fatal!
¿Desde cuándo alguien entra en una casa ajena, te ve todo el mundo, y después sale corriendo? ¡Nunca! Bueno, está claro que yo siempre he sido la excepción.
No debería largarme.
-¿Bill? ¿Cómo que Bill? –de nuevo había sonado la primera voz que sobraba en el contexto – Andy, ¿ha dicho Bill?
-Sí, ¡eso he oído! –y de nuevo la otra voz sobrante. Me sabe mal, pero es que, me han chafado el plan. – Tom, no me jodas que ya lo conocías y no nos habías dicho nada…
-¡Qué fuerte Putom! ¡Dile que entre! ¡Yo quiero conocerlo!
Vale, ahora sí que voy a salir corriendo. ¡Me van a descuartizar entre todos! Nonono… Prefiero morir a manos de gente que conozca.
Muy bien, a la de tres, salgo para el lado del bosque, y si me pierdo… ¡Tengo batería! ¡Esta vez no se me olvidará el móvil! Mierda, ¿Y a quién llamo si me pierdo? A Georg no puedo porque no quiere saber nada de mí. A Ashley… Bueno, sería la excusa perfecta para hablar con ella.
Ok, uno, dos… dos y medio… dos y tres cuartos…
-Bill, sé que estas detrás de la puerta, así que sal dignamente, y no me hagas sacarte que aún quedarías peor.
-¡Sí, sé que ha dicho Bill! ¡Bill! Entra hombre, que somos buena gente.
-Bill, hablo en serio, si giro la puerta y estás, te arrastraré de la oreja.
-Será muy bueno si descubres que hablas solo Tom… -y una voz se empezó a descojonar.
-Tú cállate Andy.
-Admite que sería brutal.
-No sería brutal, además, lo conozco, sé que está ahí detrás.
¿Qué me conoce? ¿Desde cuándo? Ni que hubiéramos estado juntos tanto tiempo como para que se conozca mis movimientos y mis pensamientos.
-¡Que lo conoce dice! Y encima nos lo restriega. ¿Por qué no dijiste nada cuando lo viste?
-Bueno, no es que lo conozca así cien por cien, pero no sé porque… lo conozco. Apuesto a que está pensando en salir corriendo. ¿No es así Bill?
-¡Eh! ¡Deja de leerme la mente! – y abrí la puerta de par en par.
Me volví a quedar parado ahí donde estaba, estático y con los ojos abiertos. Me había descubierto yo solo y ahora ya no sabía qué hacer. Estaba estupefacto. ¡Había flipado con lo que decían de mí, mantenían una conversación sobre mi persona sabiendo que yo estaba tras la madera de la puerta! ¡Y así como si nada! Y para colmo, Tom me lee la mente. ¿Pero qué es esto? Estoy en un campamento de locos. Desde luego, ahora mismo estoy por… ¿convertirme en uno de ellos? Bueno, está claro que podría dejarme llevar.
¿Pero qué digo?
Bill, tú defiéndete. Sobretodo defiéndete.
Miré a las tres caras que se habían quedado paradas, observándome y vi la sonrisa socarrona de triunfo por parte de Tom, la cara de incredulidad del chico rubio que sujetaba a su novio por la cintura, y este, el chico del pelo totalmente negro y con el flequillo de un blanquecino de mis mechas, tenía en la mirada algo que me asustaba, una sonrisilla de lobo hambriento se dibujó en su rostro. Ay dios… Me van a comer entre todos.
¿Y ahora qué digo? ¿Cómo excuso mi aparición, así por las buenas?
-Emm… Hola. -saludé con la mano mientras miraba al suelo, mano de la cual se me veían apenas el final de cuatro dedos, ya que la manga de la chaqueta era larga. Después, me retiré un poco el pelo que se me había puesto en la cara y seguí con la vista hacia abajo.
Después de un segundo intenso, una figura un poco más baja que yo, se separó del chico rubio y se aproximó a mí.
-¡Hola preciosidad! Me llamo Mario – y antes de que me diera tiempo a reaccionar ya me había elevado la cabeza con dos dedos en la barbilla y me había dado dos besos. Creo que me quedé más parado que antes, si cabía.
-¡Hey Bill! Yo soy Andy – y este repitió su gesto. ¿Me están saludando con dos besos? Vale, me muero. Definitivamente me muero. Miré a Tom desconcertado y este miraba a sus amigos con una ceja alzada y con los brazos cruzados.
Y una vez más, me di cuenta que mis brazos no respondían a las órdenes que le mandaba el cerebro, y vaya, la acción no funcionaba ni para las manos, ni las piernas, ni… nada. ¡¿Qué hacía ahora?!
-Bueno, ya basta de presentaciones –cortó éste, apartando al rubio de delante de mí, Andy por lo que parecía. ¡Mierda, Tom! ¡Ese no es el peligroso! ¡Apártame al moreno!
Y hablando del rey de roma… Mario se me aproximó más si cabía y me tocó la cara con la yema de los dedos. Estos se deslizaron por la superficie de mi piel como si fuese de seda, dejando apenas una dulce caricia en el tacto. Me miró fijamente y yo le miré a él.
Agudizó la vista unos instantes y me sentí intimidado, como si estuviera desnudo a sus ojos, tal fue la sensación que me encogí en mí mismo en cuanto su mano dejó de tener contacto conmigo.
-Tienes la piel suave. – y de pronto me vinieron a la mente aquellas palabras que Tom me había formulado el día en que lo conocí. Instintivamente miré a Tom que al escuchar eso también se giró. Intercambiamos una fugaz mirada de recuerdos en donde ambos sonreímos, con nostalgia, como si habláramos de tiempos remotos en donde el mundo aún conservaba algo de paz. – Y joder… ¿Andy, a que es mucho más guapo de cerca? – Se giró a ver a su, como ya me había dicho Tom, novio. El rubio sonrió de lado y asintió, con un simple “ajá” y después se llevó a Mario de delante de mí.
-Anda, ven para aquí que aún te enamoras de él… -dijo Tom interrumpiendo el delicado gesto de Andy, con rudeza y cogiéndolo por la camisa del cuello, llegando al mismo resultado, alejarlo de mí.
-Qué dices Putom, a eso le queda mucho. – y los tres se volvieron a poner en las respectivas posiciones en las que yo le había visto nada más entrar.
Tom miró con recelo a Mario, que este se sentaba en el suelo, con una sonrisilla feliz, que me hizo gracia ya que el pelo se le había puesto totalmente en la cara y apenas se le veía a partir de la mitad de la nariz hacia abajo.
-¿Cómo estás tú tan seguro de eso? Andy, ayúdame, ¡que es tu novio!
-Tom, qué pesado que estás. Ya sé que es mi novio, y por eso le dejo hacer. ¿No ves que no se iría con otro?
-Exacto, a más Bill y yo somos demasiados parecidos, somos… ¿Cómo decirlo? ¿Del mismo extremo de la acera? Sí, más o menos. Yo no pego en nada con él.
Andy se empezó a descojonar y yo me quedé a cuadros. ¿¡Qué coño quería decir eso?! ¡Por dios, a mí habladme en alemán que si no, no me entero! ¿En el mismo lado de la acera? Volví a buscar apoyo en mi chico de las rastas, pero este miraba igual de desconcertado a Mario. Creo que dejaré de mirarle, cada vez que lo hacía me quedaba o con más dudas, o peor de lo que ya estaba.
Por otra parte ya mencionada, el rubio se estaba muriendo de la risa y parecía que su novio no se quedaba corto, le hacía gracia su propio “chiste”.
-No…no entiendo… -solté después de segundos de nerviosismo, sin saber qué decir. Estaba ahí de pie, frente a la puerta de nuevo, con las manos cogidas detrás, en la baja espalda, y moviendo el peso de pierna, para que no me dolieran de tanto tiempo estar sin sentarme. La verdad es que como no sabía muy bien cómo actuar me había quedado ahí parado.
-Sí hombre, sí. Ya sabes, los que somos como Andy tú y yo. Que siempre hay dos tipos. O sea tú y yo…- me hacía gestos con las manos, como intentando evidenciar lo que me decía pero yo seguía sin saber.
Yo le indiqué con las manos que siguiera la frase y que no la dejara a medias. Este puso los ojos en blanco y después se pasó la mano por la cara, sonriendo a medias.
-A ver ¿Cómo te lo diría? Los que están abajo, los que son mandados, los que usan el agujero, los que muerden las almohadas, los… ¿Sometidos? Sí bueno, algo así. Los pasivos si lo prefieres más fino.
Entonces Tom abrió los ojos desmesuradamente y se tapó la boca, gesto que no le sirvió de nada para insonorizarse el estruendoso carcajeo que salió de su boca.
Miré al moreno con las órbitas desencajadas y alucinando como nunca lo había hecho.
-¿QUE QUÉ? –me quedé atónito con lo que acababa de oír.
-Te acaba de llamar maricón con todas las letras, nene –se descojonaba Tom de mí. ¡Puto Tom de mierda! – Ais cielín – se mofó – te queda como un guante, toooodooo lo que ha dicho. Mario, te felicito.
-Tom, -“¡no sé quién es más maricón de los dos!” pensé. Pero me reprimí a los dos segundos. Bill, no le dejes mal delante de sus amigos. ¡Es algo con lo que puedo hacerle chantaje! – Tú cállate o te callo yo.
-Uuuhh… Qué chungo, baby. ¿Cómo me vas a callar? – y me puso morritos desafiantes. Sabiendo perfectamente, que delante de sus amigos y después del bochorno que estaba sufriendo, no iba a hacer nada que incrementaran las ideas que tenía Mario de mí.
Pero lo que sí hice fue mirarle con una ceja alzada, como si le diese a entender que realmente me estaba pesando esa posibilidad, el hecho de ponerme delante de él y silenciarle con mis propios morros.
Y tal fue la cara que puso, que dejó de hacer el gesto para después, disimular un falso tosido para “aclararse la garganta”.
-A ver, ¿qué coño está pasando? –soltó de pronto Andy, que como era normal, no entendía la situación. Miraba de un lado para otro, como si de un partido de tenis se tratara y pedía explicaciones.
-¡Qué no soy gay! –solté enfadado. Bueno, más que enfadado, herido en mi orgullo. Es cierto que ahora me estaba haciendo unas cuantas preguntas existenciales que teóricamente, a los diecinueve años ya debería tener resueltas, como qué sexo es el que prefiero, pero de ahí a que me llamen pasivo… ¡Hay mucho!
Mario me hizo un escáner de arriba abajo, como si no se creyese mis palabras, como si estuviese buscando algún gesto que me delatara.
-Ya, bueno… -soltó irónico – Yo tampoco soy gay. Sólo me gusta un chico, ¿no?– ¡Esto parecía una especie de tortura verbal!
-Yo también decía eso al principio. -soltó el rubio. – ¡Madre mía! ¡Qué confuso estaba la primera vez que me gustó un chico, joder! – soltó, rememorándose en su pasado.
¡¿Y ahora que contesto?!
-Bueno… cambiemos de tema. – pero esta vez, no fui yo el que habló. Tom, mi chico rubio, zanjó el tema y nadie tuvo nada que decirle. Y no entendía por qué quería cambiar ahora de conversación porque en principio se lo debía de estar pasando bien y a mi costa… – ¿A qué has venido Bill? –preguntó mientras se estiraba bien en la cama y se ponía los brazos tras la cabeza, haciéndole un apoyo, y alzando esta para que me pudiera ver bien.
Una vez más, y en menos de cinco minutos me puse nervioso.
Un flash back de porqué había venido me apareció por la mente en menos de dos segundos. Había hablado con Dawn y ella me había apoyado. Me había dado consejos sobre cómo estar con Tom. En pocas palabras, que me declarase.
Que dijera lo que siento, que me pusiera enfrente de él y le contara una a una, todas esas cosas, que hacen que se me remueva el estómago, al tenerlo delante, ese cosquilleo indescriptible cuando se me queda mirando, ese deseo de ver su sonrisa a todas horas, esa especie de ¡De cosa! Tenía que confesarlo. Como mínimo, para que lo supiera. Quería saber sí él me podía ¿corresponder?
-¡Eso Bill, dinos que haces aquí! Y joder, ponte conmigo, o con Tom, con quien quieras, pero siéntate, macho. – habló Mario.
…Pero no podía con sus amigos aquí. Y sí le decía que quería hablar a solas con él seguro que se darían cuenta y sacarían conclusiones y suposicionesacertadas. Joder, todo lo que tenía planeado, toda esa efusividad que tenía en todo, la creencia en mí mismo, en mi potencial, en mi saber actuar, el no ponerme nervioso… A la mierda.
-Nnnonooo… Popopor que sssí… -intenté disimular mi nerviosismo. –mememe… me aburría sosoolo…
Avancé con la cabeza gacha y tras dar un par de pasos me paré. Volví a mirar al frente, o más bien a la zona en la que pudiera estar y vi, que Mario estaba sentado en el suelo, porque tanto la cama, como la silla del escritorio estaban ocupadas. Tom y Andy se preocuparon de suplantar aquellos sitios vacíos. ¿Dónde me ponía? ¿En el suelo? No tío, no puedo sentarme en el suelo, me dará tortícolis de mirar para arriba todo el rato.
Vale, a quién intento engañar, sé que la cama es grande, y que Tom apenas ocupa un poco menos que la mitad. El resto podría ser para mí, ¿no?
Intenté avanzar con lentitud pero al mismo tiempo con seguridad.
Sin apenas decir nada, me posicione en la cama, lo más cercano a Tom y lo más precavido posible. Los tres pares de ojos me siguieron los movimientos, pero los que únicamente me importaban, fueron los de mi rubio con rastas, que una vez yo ya estaba acomodado, persiguieron mi figura fugazmente de los pies a la cabeza. Sonreí orgulloso.
Pero en cuanto hubieron pasado más de los segundos estrictos de silencio normales, este empezó a propagarse de una manera que no me gustó. Odiaba los silencios incómodos, sobre todo con gente a la que no conoces de nada, porque… ¡porque no le puedes contar nada! Se podría decir que yo sobraba un poco, pero ellos mismos me habían dicho que entrara, y yo me moría por hacerlo.
A más, ellos mismos podrían probar de sacar tema ¿No? ¿Por qué he de estar yo comiéndome la cabeza por que no haya tema de conversación?
Miré fugazmente a Tom y éste lo notó. Vi que también giró la cabeza hacia mí un instante.
Inmediatamente me puse rojo, y a sonreír tontamente. El pulso empezaba a bombardearme, después de realmente darme cuenta que estaba a diez centímetros de poder tocarle. Que si alargaba un poco un dedo, este le tocaba la tela del pantalón…
-Bueno, ¿y cómo os conocisteis? –dijo de pronto Andy mirándonos, expectante.
Enseguida saltó Tom.
-¡Eh eh! Qué hablas como si fuésemos pareja… – dijo de pronto, saliendo de su postura y alzándose un poco. Moderó el tono a uno un poco como… enfadado, recriminatorio, pero sólo fueron unos instantes. Después volvió a su postura anterior, pero…
Nos rozábamos los brazos.
Pu pum, pu pum, pu pum, pu pum…
-Va tío, no seas tonto… ¿Cómo que sois amigos? Nosotros tres somos amigos porque lo somos desde pequeños. Y ahora, ¿vuestra historia cual es?
-Pues yo qué sé cómo nos conocimos. -soltó un poco borde. –Pues… – puso cara de circunstancias.
-Me confundió con una chica –dije serio y seguro de mí mismo. Le lancé una mirada recriminatoria que no retiré ni en cuento se giró para replicar. Me crucé de brazos y este no dijo nada. Simplemente alzó una ceja y dejó de mirarme después de un intenso intercambio de chasquidos con el contacto de nuestras miradas. -¡Ves! ¡No lo niegas! ¡Me confundiste con una tía!- el primer día no lo admitió y ahora ¡He ganado yo!
Mario hizo un ruido agudo con la boca, como si aspirara aire y se la tapó.
-¡No me digas! – dijo sin poder creérselo. Por su parte, Andy se mofó – No me lo puedo creer, ¡Pero qué tío!
-Sí, e intentó ligar conmigo… – le recriminé de nuevo.
Esta vez sí que se giró y me señaló con el dedo.
-¡Eso sí que no es verdad! –se indignó Tom.
-¡Hombre! ¡Claro que lo es! ¡Como que me tocaste el culo y todo!
Se volvió a callar.
-Jajajajajajaja ¡¡Pero qué Putom estás hecho!! ¿Le tocaste el culo? ¿Y cómo lo tiene? Puff De infarto ¿no?
-Mario, o te callas o te callo –dijo serio el chico de rastas.
-Jajajajaajajajaja Pero cálmate hombre. Pero si hasta yo creo que pegáis. Os lo juro. ¿A que si Andy? Míralos, son tal para cual. Tom, pásale la mano por el hombro que os hago una foto. ¡Parecéis pareja!
Enseguida miré a Mario con los ojos desorbitados y rojo a más no poder. ¿Que qué? Me encogí en mí mismo enseguida, cortando el contacto mínimo que teníamos y Tom hizo lo mismo. Se me alejó. Y no me enfadé porque realmente yo había hecho lo mismo. ¿Qué diablos decía Mario?
-¿Estás loco tío? – exclamó Tom, viendo cómo su amigo sacaba del bolsillo su móvil ultimísima generación con una cámara brutal. –Anda, guarda eso…
-¡Que no que no, que es una buena idea! ¡Oh vamos, yo quería salir de aquí con un álbum de la cámara lleno de fotos! Ya tengo uno del crucero, pues quiero uno del campamento. Cuando volvamos a Düsselforf, las revelaré y las pondré en un buen book. ¡Va chicos, ayer hicimos unas pocas Andy y yo pero no resultaron del todo… Aunque como mínimo, Tom sale genial de fondo, haciendo clase con los pequeños.
La mirada se me iluminó en un instante y salté de golpe y me levanté.
-¡¿A ver?! –y enseguida me puse cerca de Mario y miré su gran móvil.
-¿¡Qué?! ¿Que tienes qué? Mario, bórralas. Esas fotos no pueden salir a la luz.
-¿Por qué no? En todas sales genial. ¡En serio, hay una que tela! Tenías calor y te estabas quietando el sudor del cuello con la camiseta. Puff… ¡Se te ve toda la tableta de chocolate!
Tom se quedó parado y yo me puse rojo de sólo imaginármelo. He de admitir que hace poco que siento un hormigueo cuando se refiere a cosas del cuerpo de un tío. Yo diría que me ponen.
–Ahora te enseño la foto, pero que no se entere Tom, que me parte en dos…-me susurró Mario al oído. Me quedé parado. Como si este me estuviera leyendo el pensamiento. ¡Eh, que yo realmente quería ver esa foto!
–Em… Yo no…–intenté excusarme.
–Que sí que sí, que se te ve a la legua amigo. No sé si antes te había gustado un chico, pero Tom, te vuelve loco.
-…
–Mira, es esta– me puso el móvil delante y pude ver a la pareja de enamorados en un primer plano, cogidos de la cintura, y haciéndose una foto alejándose lo máximo que el brazo de uno de ellos les permitía. Pero de pronto, el zoom de la imagen se disparó y se fue a una esquina. En ella, un cuerpo moreno y trabajado se asomaba por una camiseta roja. Estaba increíble.
Estaba exactamente como Mario había dicho, quitándose el sudor. Pero a decir verdad no me lo imaginaba tan… porno.
Un pensamiento me cruzó la mente de golpe. Mario lo sabía. Estaba claro.
-¿Mario, qué le estas enseñando? –se le oyó de fondo.
-¡No nada, las fotos del crucero!
Le miré y este alzó una ceja, yo disimulé y secundé asintiendo la cabeza. Este puso los ojos en blanco y después se despistó.
–Mario, perdona… Yo prefiero decírselo a Tom en persona. Que se entere por mí.–pensé que quizás Mario le comentaba algo al respecto, y era yo el que debía decírselo.
Este me miró entre sorprendido y dolido.
–Claro que no le diré nada, no voy a hacer la faena por ti, pero ten cuidado… Este nunca sabrás por dónde cogerlo. Es más raro que un perro verde.– me aconsejó.
–Gracias.–me reí bajito.
Dejó de enseñarme la foto y se fue al menú. De ahí se fue a la cámara, y la puso.
-¡Va, poneos juntos! Enserio, que yo quiero la foto. – Desvié enseguida mi vista a su rostro y lo miré extrañado.
–¿Qué haces? ¿No ves que no quiere?– volví a susurrarle.
–Claro que quiere, solo has de poner de tu parte… ¡Vamos! Poneros juntos, Bill ponte a su lado y cogeros como si fuerais pareja, pero que no parezca muy fingido, si es posible.– y me empujó con el brazo hacia su posición.
-¿Qué? No no, yo ya he dicho que no Mario.
-Vale, me parece bien, vamos Tom, que será divertido. – Tom me miró con pánico casi. Y enseguida me tiré a su lado. Lo cogí de la cintura y obligué a su mano que hiciera lo mismo. Me sorprendió que se quejara pero que no evitara, que lo manejara a mi aire.
-¿Bill, estás loco?
-¡Yo quiero la foto! ¿Se puede encender el ordenador y pasar la foto?
-Em… sí.
-Pues después me la imprimo.
-Bill, volvamos al “¿estás loco?”
-¡Que sí Tom! ¡Que es divertido de verdad!
Mario lo miraba expectante con la cámara en la mano, y con el dedo en el botón de captura.
-Madre mía, entre todos me volveréis locos…- y después agregó – Y entonces ¿Cómo nos ponemos? – me miró interrogante. Yo sonreí ampliamente y después me puse a pensar.
-Bueno, no hace falta que nos comamos mucho el coco por eso. Nos agarramos de la cintura y suficiente. –dije enseguida. Vale que me parecía bien que fingiéramos ser novios en una foto, y que en la foto se notara ese “amor”, pero de salir de la mano, a salir… yo que sé, dándonos un beso, había bastante. -¿Te parece bien? –Este se encogió de hombros y aceptó.
Nos acercamos el uno al otro lo máximo hasta que todo nuestro lateral se tocaba. Le apreté el brazo que tenía en la cintura y lo atraje más a mí si podía. Yo estaba sentado como un indio, y Tom tenía las dos piernas alzadas. Este puso su mano en mi hombro y me rodeó. Ambos miramos a la cámara después.
-¿Bien? –dijimos los dos.
-Emm… No. En vez de mirar al objetivo… miraos entre vosotros. Juntad la cara y quedaos fijos mirando. -dijo Mario -¡Hostia! ¡Ya sé! Bill, encoge las piernas y una de ellas pásala por al lado de él, y tú Putom, cógele del muslo con el brazo con el que no lo rodeas. – dijo este, como si le hubiera dado una inspiración divina de golpe. Me puse rojo de sólo imaginármelo. ¿Qué coño será Putom?
-¿Qué? Yo creo que eso ya es pasarse. –dijo Tom.
-¡Que va que va, es mejor! ¡Lo otro parecía que fuerais grandes amigos! Cómo si se estuviera haciendo una foto conmigo – Miré a Tom y este rodó los ojos, como si lo secundara con desgana. Después me miró y alzó las cejas desde un punto bajo, preguntándome indirectamente. Me lo pensé un segundo. ¿Qué cojones? ¡Ahora mismo!
Como respuesta le pasé una pierna por al lado, y éste, con dificultad por el mero hecho de que no le agradaba del todo la idea, me pasó el brazo por encima, y me agarró la pierna como Mario le había dicho.
-Perfecto, pero le falta algo. -dijo este, no muy seguro.
-No, no le falta nada- se quejó el de las rastas.
-¡Ya sé, ya sé! ¡Bill, con la mano que te queda a ti libre, cógele fuerte de la camiseta y atráelo hacia ti! – lo miré sorprendido y este simplemente agitaba con energía la cabeza, asintiendo. ¡Estaba hasta emocionado!
-Va, hazlo de una puta vez y que haga la foto… -dijo rendido, Tom.
Respiré fuerte y aproximé mi mano a la zona indicada. Creo que me temblaba el pulso.
Le agarré fuerte y pude notar momentáneamente sus pectorales. La atraje hacia mí, y hasta el propio Tom fue arrastrado. Apenas quince o veinte centímetros se tenían de espacio nuestras narices.
-Bien, genial. Ahora miraros bien. – pude notar que Mario se movía por la cabaña porque una figura daba pasos de un lado a otro. Yo estaba cien por cien concentrado en los ojos de Tom y en sus repentinos movimientos de piercing. ¿Estaría nervioso? Empecé a respirar más fuerte, del repentino calor que me vino y esperé paciente a que hiciera la foto. – Vale, no os dejéis de mirar ¿eh? Pero sólo una cosa. Bill, has de poner cara desafiante, de zorrona, de querer decir “Ven, fóllame”. -abrí los ojos desmesuradamente y Tom hizo lo mismo. Creo que ambos nos sonrojamos, y hasta Tom se relamió los labios. –Y tú Tom has de estar sonriente, como si fueras el Putom que eres cuando cazas a tu presa.
Le vi sonreír de lado y soltar aire por la boca a modo de risa. Me puse tan nervioso que creo que el corazón se me iba desbordar. ¿Podría Tom oír mis latidos?
Intenté respirar profundamente y cuando lo tuve hecho, puse en práctica todos los cursillos de teatro que había hecho hasta ahora. He de poner cara sugerente.
Alcé una ceja y le miré con el labio mordido. Le pequé un repasón de arriba abajo, notorio, para que sonara más creíble y creo… que funcionó. Tom me apretaba más en el muslo, subiendo tanto la mano que creo que casi me tocaba a tocar el culo si estiraba los dedos. Sin quererlo estábamos más cerca. Su cara denotaba éxtasis, placer, lujuria, sexo, y calor, mucho calor, sudor, agotamiento, respiraciones fuertes, clímax…
Creo que me iba a dar un ataque ahí mismo.
-Per-fec-to –separó en sílabas, Mario. –Ya podéis dejar de posar. Si queréis, claro… -y se rio.
En cuanto nos cercioramos del mundo exterior nos soltamos enseguida, con el rostro desconcertado y la mente en otra parte. Pero… aún me rodeaba con su mano.
-¡Joder Bill, parecía que de verdad le estuvieras proponiendo algo eh! – soltó Andy, impresionado.
Me enorgullecí.
-Bueno, quiero llegar a ser actor algún día así que… Seguramente me pedirían escenas peores a esta en algún momento. Supongo que me ha servido de entrenamiento. – lo dije sin pensar, con cosas que me venían a la cabeza. Realmente era verdad todo lo que había dicho, pero no aplicable al momento. Yo de verdad que he sentido el puto deseo de tirarme encima suyo.
Pero, de pronto la mano de Tom que aún seguía en contacto conmigo se fue separando poco a poco. Con lentitud, con parsimonia, pero con… decepción. Lo miré, sorprendido y apenado de que dejara de tocarme, y lo vi con el rostro serio. ¿Qué le debería de haber pasado?
-Pues yo creo que te harás famoso si actúas así –dijo este, más seco que un palo.
¡¡No me jodas que le ha sentado mal!! ¡Vaya, estaba celoso! ¡Tom no quería que fingiera!
Pero claro, ahora no podía decirle que realmente no había actuado en esa foto. Bueno, que sufra, que ya le toca.
-Bill, ya estoy encendiendo el ordenador, quieres la foto imprimida ¿no? –oí de fondo, quitándome el tema principal de fondo.
-Em… -me situé en el nuevo contexto – ¡Sí! ¡Sí la quiero! –me levanté de la cama y fui a su posición. Me puse a su lado y éste me habló.
–Yo de t me iba al baño a darme corriendo. Se te nota demasiado el paquete.–se rio.
Instintivamente me puse las manos en la entrepierna y sí, efectivamente… Me había empalmado.
Viernes – 17/07/2009
Tom
Era la hora de cenar, había estado estos dos días hasta arriba de faena y apenas había tenido tiempo de estar ni con los chicos ni mucho menos con Bill. Ayer por la tarde como mucho estuvimos una hora juntos y media juntos, en la que solo hablamos… y encima con interrupciones.
Me acababa de encontrar a Bill por el camino y creo que nunca me había alegrado tanto de ello. Llevaba dando clases y enredado en mil cosas todo el día, y aún me quedaba mucho. Me había puesto una alarma en el móvil para que no se me olvidara que dentro de una hora y medía tenía clase con los mayores todavía. Pero verle sentado, en la zona común del campamento (que hoy, estaba raramente desierta), entre el edificio de profesores, y el comedor, hizo que se me iluminara el rostro. Estaba sentado en el suelo, con un refresco, y con su gran bloc de dibujos entre las manos.
Lo vi enfadarse con el lápiz, o con el papel, y le vi borrar fuertemente con el ceño fruncido.
-Eh, proyecto de futura maricona, ¿qué tal? – le pequé un pequeño golpecito con la punta de mi zapatilla y éste alzó la cabeza.
Me miró sorprendido y a la vez sonriente. Se puso la mano de visera para que no le molestara el sol y después dibujo una preciosa sonrisa en su rostro. Me indicó con la mano que me sentara a su lado y acepté.
No me dijo nada y siguió a lo suyo. La mitad del dibujo estaba borrado y aún estaba ocupado con el resto.
-¿Por qué lo borras? –pregunté. Ahora ya no podía ver qué dibujo era, o que dibujo había sido, pero como mínimo parecía estar bien hecho.
Bill respiró profundamente y después paró con su movimiento de brazo y dejó a la goma descansar. Miró el dibujo y sopló encima para quitar los restos que habían quedado por ahí esparcidos. Después me miró serio.
-No me sale. –dijo simplemente. Como si esa respuesta fuese obvia.
-¿Cómo que no te sale? ¡Pero si de lejos estaba perfecto! –señalé, extrañado. Y era cierto, de lejos era increíble. Bueno, como casi todo lo que hacía.
-Que va… Desde que estoy enfado con Ash y con Georg no me sale una mierda. -suspiró fuertemente y después se apoyó en una de sus manos, encima de su rodilla, tirando el cuerpo hacia delante.
-¿Entonces no lo habéis hablado aún? –dije con voz cansina. -Pero si hace una semana que os enfadasteis, ¿no? – acusé.
-Ya, ya lo sé. Es que joder, no me atrevo. ¡Y mira que es una tontería! Porque es Ash y a ella la quiero como una hermana, pero la verdad es que tengo la cabeza en la otra punta del mundo y me cuesta concentrarme.
-¿Algo más importante que tus mejores amigos? –me sorprendí. – Yo no sé si tengo algo más importante que ellos dos… -era evidente que hablaba de Andy y Mario.
-Joder, no sabía que los querías tanto… -se sorprendió. Después me miró con una mirada profunda, llena de… sentimientos. Sentimientos que me afectaron en lo más hondo. Un algo se conectó. Sentí de pronto que algo iba mal. Algo estaba fuera de contexto. Creo que era mi corazón, que se había incrementado su velocidad.
-Sí bueno, desde bien pequeños hemos sido inseparables, los veo más que a mi propio padre.
-Ajá… – después se puso de nuevo a mirar a su hoja. Acabó de borrar todo el dibujo. – Joder, no tengo inspiración. De verdad, que esto de no estar bien con Ash me afecta. Mañana hablaré con ella. – sentenció.
-¿Pero que hay más importante que lo que te está pasando? No puedo entender que estés en otro mundo, con toda la mierda que llevas encima. – no se me había olvidado de lo que me había dicho. Me había parecido hasta raro. Yo sé que si ahora me enfadara con alguno de mis maricones personales, movería tierra y cielo para que todo estuviera normal, para no estar mal entre nosotros. No podía estar mal con ellos.
Se quedó en silencio, Como si estuviera pensando algo. Como si estuviera reflexionando algo que tenía que decir. Yo creo que la pregunta no era tan difícil como para meditársela ¿no?
Igualmente, esperé paciente. Esperé a que acabara de pensar. Pero con el paso del rato me empecé a dar cuenta, que se estaba poniendo nervioso, se relamía mucho el labio y se toqueteaba los dedos, se frotaba las manos, y bueno, en fin, tenía todo tipo de tics nerviosos.
A veces alternaba su mirada, de un sitio a otro. Me miraba, me dejaba de mirar, se paraba a mirar al suelo, y volvía a fijar sus ojos a mí.
-Oye ¿estás bien? – termine por preguntar.
-¿Qué? Ah… Sisi. – respondió, un tanto ido – Es que… Tom…
-¿Hum? –respondí.
-Bueno… Llevo un par de días, bueno quizás más… Lo mismo llega a la semana o… o incluso a la semana y media…
-Bill, no te enrolles.
-Sí, cierto, perdona. Es que me embalo y digo tonterías y después me desvío del tema totalmente y ya no sé ni por dónde voy, y encima ya no sé cómo retomar la conversación, y claro, eso me pone nervioso, e incluso termino por no decir nada. – nunca había oído tana “y” junta.
-Bill. –sentencié de golpe.
-Mierda. Vale, ya. Bueno… pues eso, que llevo un tiempo, que estoy empezando pues… a notar… que me pasa… algo. No sé si me entiendes. – el chaval estaba sudando la gota gorda de verdad. Ahora ya ni me miraba. Ahora evitaba mis ojos totalmente. Había cogido el bloc de dibujo y estaba empezando a hacer garabatos sin sentido, sin orden aparente. Simplemente por hacer algo con lo que distraer la mente mientras hablaba.
-Bill, dilo ya.
-¡Estoy en ello! No me pongas más nervioso anda… – Los trazos del lápiz se tornaron muy gruesos y fuertes, como si Bill apretara a conciencia.
-Vale Vale…
-Joder, pues que… Creo que yo… Pues que me estoy ena… -pero se cayó.
Lo miré con cara de asesino casi. ¡Me estaba poniendo de los nervios! ¿¡Quería decirme de una puta vez lo que le pasaba?! Pero de pronto lo vi mirando a un punto un poco más allá de nosotros, con la cara de pánico y con ganas de salir corriendo.
Me extrañé y miré en la misma dirección. Un grupo de chavales de su curso estaban a dos metros de nosotros. Alcé una ceja, y después pregunté.
-¿Qué pasa? ¿Son amigos tuyos?
-¡No! ¡Todo lo contrario! ¡Estos me odian!
Ya estaban delante de nosotros cuando se pararon de golpe. Oh, por dios, no me jodas que ahora nos van a decir algo.
-¡Hombre! ¡Sí es la Barbie de la universidad! – el de en medio habló alto y claro. Era un chaval grande, y musculoso. Tenía a tres tíos más a su espalda, y a una tía impresionante que iba de adorno. Me la quedé mirando enseguida y la observé de arriba abajo. Ésta también se había fijado en mí y alzó una ceja en cuanto notó el repaso que le había hecho. Me empecé a toquetear el piering hasta que recibí un codazo. Me giré confuso y vi a Bill con la cabeza gacha. – Mira… si se ha asustado la nena, y todo. – continuó el tío.
-Diego… lárgate. –dijo, con voz temerosa mi moreno. ¿Diego? ¿Entonces este se llama Diego? – Déjame en paz.
-Eh, aquí el que dice lo que se ha de hacer, soy yo. – se aproximó un poco.
Me estaba entrando la risa. ¿Se estaban metiendo con Bill? Qué curioso. Vacilé unos instantes antes de apoyarme en las manos traseras y mirar sin ningún tapujo, cómo estos dos mantenían esta “conversación” tan entretenida. Durante un segundo, el tal Diego me miró sorprendido, pero después centró de nuevo su atención en Bill, el cual también me miró lleno de pánico.
-Didiego… Vete. –repitió, aún menos convincente que la última vez.
-Ay ay ay… Que parece que a la primera no lo pillamos. A ver si te voy a tener que dar otra lección. – ¿Otra? ¿Le habían pegado anteriormente? Entonces se le puso de cuclillas delante de él y Bill se tiró hacia atrás enseguida – Bueno, dime… ¿Dónde está tu “novia”? – Hizo comillas con los dedos y después se rio de su propio comentario – ¿Qué, sigue siendo trabolo? – después se oyeron el coro de risas de fondo y este sacó la lengua con triunfo.
-¡Que me dejes en paz! – Bill se rebotó de golpe y se tiró para adelante. En un segundo había empujado a Diego al suelo con un simple empujón de niño pequeño.
Este cayó al suelo como si le hubiera dado una ventada de aire que lo hubiera desequilibrado y después miró con los ojos muy abiertos hacia Bill.
Yo pensé que no diría nada malo, bueno, malo en el sentido de “mal tono”. Incluso pensé que se volvería a reír en su cara, pero resulta que se cabreó. Se levantó de golpe y frunció el ceño. Cogió aire y antes de que me diera tiempo a reaccionar le dio una patada a Bill en toda la cara.
-¡¡AAHG!! –se quejó Bill, que se tapó la cara y se encogió.
Me levanté de golpe, y ni corto ni perezoso cogí al chaval por el cuello de la camiseta y lo alcé un par de centímetros por encima de mí, ya que era de mi misma altura.
-¡Eh, eh! Te ha pasado chaval. Vuelve a tocarlo y dejo incrustado tu cráneo en el suelo. – entonces lo lancé un metro más allá y por pura suerte cayó de pie. Todos se quedaron cayados y la chica se asustó. – Menudos mierdas estáis hechos todos, que sólo os sabéis meter con tíos que no tienen vuestra fuerza. Tú, vuelve aquí, a ver qué me haces a mí, tío listo.
Su cara era pura rabia en su mejor estado. En su punto máximo. Lo vi avanzar pasos, decidido.
-¿Pero de qué coño vas? ¿Quién te ha dicho que te metas? Que ese maricón es una vergüenza para todos. – dijo señalándolo. Me volteé a mirarlo, y volví a encontrarle encogido en sí mismo con las manos en la mejilla izquierda, tapándosela. Me entró una rabia repentina que no me había entrado en años.
-Tú sí que eres una mierda – y antes de que pudiera decirme nada, le pegué un puñetazo que lo dejó peor que a Bill, y mientras intentaba recolocarse lo amenacé. – teóricamente no te puedo pegar porque soy un profesor, a menos que tenga una excusa muy muy fuerte. Así que no me cabrees chaval, que te puedo echar de aquí cuando quiera.
-¿Te crees que me preocupa largarme de aquí?
-Ni lo sé, ni me importa, pero fuera. Lárgate ahora mismo. Se me pueden ir las manos y dejarte más feo de lo que eres. Y sí, eso es posible. A más, si agredes a un profesor también te echan, y a mí no me harían nada si fuese al contrario. Soy el dueño de este cotarro. – mi padre no me quitaría del negocio, nunca. Por mucho que le pegara a un alumno.
Vi que dos de sus amigos se estaban yendo como unos putos perros cobardes, y que el tercero se lo estaba pensando. Sin embargo la rubia me miraba sin perderse ni un instante. Tsk, esta se me quiere follar.
-Anda, mira, tus amigos se han largado, – solté en cuanto el tercero había desaparecido – te has quedado solo tío, cómo lo siento. – fingí pena. – Ni la rubia te quiere. ¿A qué no, encanto? No sé qué haces con estos mierda… – alcé una mano y le indiqué que se me aproximara. Ni se lo pensó. Se me acercó a paso lento, insinuante y me cogió de la cintura, bueno, del bolsillo del pantalón. La miré con la ceja alzada y ésta se mordió el labio. ¡Perfecto! -¿Ves? – pero en cuanto me giré, ya no había nadie. -¿Diego? ¿No me jodas que ya se ha ido? Eso sí que es ser un marica.
En efecto. El tío se había largado con el resto de sus “compañeros”. Vaya, qué decepción.
En fin, volví a mirar a la rubia y esta se me lanzó a los labios. Me sorprendí de su efusividad, y al cabo de dos segundos ya le estaba metiendo mano por debajo de la camiseta de tirantes, tan jodidamente pequeña y escotada.
-¡Snif…! –un ruido de fondo me desconectó totalmente. Me giré tan rápido que creo que me crujió el cuello. Pero no me dio tiempo de sentir dolor que un placer se me esparció por esa misma superficie en dos segundos. La chica rubia había aprovechado que me había separado de sus labios para morderme en el cuello. Me reí.
Pero me puse pálido en cuanto reparé en Bill. Estaba en el suelo, encogido en sí mismo, con una mano manchada de rojo carmín. ¿Tenía sangre?
¡Oh joder, se me había pasado totalmente! ¡Bill!
Separé a la rubia de mí, enseguida.
-Búscame a la hora de la cena encanto. –la besé con rudeza antes de indicarle que se largara, con un simple movimiento de cabeza.
En cuanto hubo desaparecido me acerqué, casi con miedo al lado del moreno. ¿¡Cómo coño se me ha olvidado que estaba detrás?! Joder, ¿dos putas tetas ya me sacan de mis propios intereses?
Me senté a su lado y le rodeé con los brazos. Lo zarandeé apenas un poco, casi nada, y cuando no contestó… hablé yo.
-¿Bill? Eh, Bill… ¿Estás bien? – mi voz sonó preocupada. Pero aun llamándolo éste seguía sin contestar. Me estaba empezando a poner nervioso y todo. Le quité las manos de la cara y le aparté el pelo.
Bill tenía los ojos cerrados con todo el maquillaje corrido de llorar, y todo el labio hinchado. Un hilo de sangre se le escapó de la boca y cayó por su barbilla. Mierda, mierda…
-Bill, Bill, dime algo joder. ¿Te duele mucho? Vámonos a la enfermería. Dios, lo siento, debería haberme metido en cuanto llegaron esos capullos…
-Arg… Tom. Vete. Creo que alguien te espera. – Su voz fue inaudible y aguda por la llorera, pero seria y firme al mismo tiempo – un coño reclama tu atención. Bárbara te llama. – Pegó una sacudida tan fuerte, que me obligó a que lo soltada. – Ni me toques. – y de nuevo se le escaparon dos lágrimas. No sé si de dolor o de… No sé de qué.
-¿Pero qué dices?
-Eso, que te largues. – apenas se le oía con ese timbre de voz tan agudo, pero sin embargo me estaba enterando de todas y cada una de sus palabras, metiéndose en mi cabeza. Taladrándome.
¿Qué me largue? ¿Con él sangrando? Ni flipando.
Busqué en mi pantalón algo con lo que poder lavarle la sangre seca de las manos y de la barbilla y encontré un paquete de clínex. Saqué uno y busqué algo con lo que mojarlo. De pronto vi el refresco.
Lo cogí sin pensármelo y apreté fuerte la mano de Bill entre las mías. Derramé cola por encima d la mano y después pasé el pañuelo.
-¿Pero qué haces? Esto es asqueroso.
-Sólo te estoy quitando la sangre seca de la mano. No lo voy a hacer con la herida de la boca. – le dije serio. Apenas un minuto después, ya le había desparecido rastro de la mano. – eres un tozudo.
-Y tú una puta. – no tardó nada en contestarme. Después cerró los ojos, como si se maldijera a sí mismo por decir tal cosa.
-Oh, ¿te has puesto celoso? – le desafié.
-Por supuesto que sí –me contestó de nuevo, esta vez seguro de sus palabras y de todo lo que me decía. Una imagen muy distinta a la de antes de aparecer sus “amigos”.
Lo miré serio, agudizando la mirada, y este no fue capaz de aguantar el contacto visual. Decidí no contestarle y me humedecí el dedo con mi propia saliva, y le froté en la barbilla.
-Lo siento –repetí.
Y este tardó en contestar.
-Tranquilo… Gracias por defenderme. – y se levantó, levantándome a mí con él, como si todo lo que él hiciera, supusiera un imán para mí.
Empezó a caminar.
-Bueno, ya te dicho que los amigos son lo más importante. – y después enmudecí. ¿De verdad había dicho yo eso?
Mi moreno me miró enseguida, con una expresión en el rostro indescriptible. Sonrió de pronto, una sonrisa, dulce y pequeña que era para mí, sólo para mí, para nadie más.
Y caminando, llegamos a ser tapados por el comedor, estando en la parte de atrás de todo.
Me… empecé a poner nervioso. Se me acercó y después me cogió del brazo con los dos suyos, cogiéndome fuerte de la mano.
-Un amigo… ¿Con derecho a roce? – dijo asustado. Con miedo, y con lentitud.
-¿Derecho a roce? ¿A qué viene esto ahora? – no entendía muy bien lo que me decía, porque de pronto, el contacto con su piel me había nublado los sentidos y a medida que más se me acercaba más se paraba nuestro paso. Hasta llegar un momento en que ambos nos quedamos quietos. Nos paramos sin decir nada, sin comentar absolutamente nada de nada. Simplemente oyendo la respiración del otro, lenta y constante por parte de ambos.
-¿Quieres ser mi amigo con derecho a roce? – parecía que se había olvidado de lo que acabábamos de vivir, el enfado, la rubia… Y la verdad es que no me desagradó.
No me desagradó nada de nada.
-Creo… – y me aproximé a él más si cabía – que hace una semana… – y le cogí de la cintura – que somos amigos con derecho a roce.
Le besé. No sé cómo ni por qué, pero le besé. Con todas las letras.
Me había aproximado a él y de pronto nuestros labios se habían fusionado en uno solo, sintiéndose, tocándose, lamiéndose… mordiéndose. Había efusividad, había movimiento, desafío, juego, morbo…
Creía que me lo iba a comer ahí mismo.
Nos separamos unos instantes en los que empezamos a jadear ambos. El calor se había incrementado y la temperatura ya era alta en sí. Me entró una especie de vértigo cuando vi que se le había abierto un poco más la herida del labio, no le sangraba pero no le quedaba mucho.
Pero eso no me impidió volver a comerme su boca. Me lancé en cuanto hube respirado un poco y este me correspondió de buena gana. Joder, ¿qué estaba haciendo? Ya ni me conozco.
Estuvimos un rato largo sin separarnos hasta que Bill cortó el beso, y un hilo de saliva se escapó de nosotros.
-Tom… Yo…
-¿Hum?
-Yo…
Pero de pronto, la alarma del móvil sonó. Un sonido estridente que nos asustó a ambos. Maldije por lo bajo a quién parió al móvil y lo fui a buscar al bolsillo. La cara de Bill, era de cuadro, se estaba enfadando a medida que la alarma no paraba de sonar.
Puse el móvil por delante de mis ojos y después le di a “Recordar” en vez de “Apagar”.
-Ven aquí, que tengo sólo cinco minutos antes de que vuelva a sonar.
.
Lo único destacable que pasó después fue que la rubia volvió a mi encuentro a la hora de cenar, pero la rechacé, un cosquilleo en el estómago me decía que mejor no le siguiera el juego a la muchacha.
La gente estaba empezando a irse del comedor, e incluso mis maricones personales ya estaban empezando a recoger. Pero de pronto, los dos se me quedaron mirando. Ya había tenido constancia de que habían estado toda la cena, hablándose a la oreja y cosas de esas, pero imaginaba que eran cosas suyas… Pero vi que no, que estaban… Tramando algo.
-¿Qué queréis? –dije con voz cansina.
Ambos se miraron, fingiendo una sorpresa que en ningún momento llegó a parecer verdadera. Me puse las manos en los bolsillos y espere paciente, con una ceja alzada.
Estos se miraron medio sonrientes y avergonzados.
Andy empezó a hablar.
-Bueno… Verás…
-Lo sabía, sabía que queríais algo.
-¡Putom! ¡Déjanos hablar! –se quejó Mario.
-Vale vale.
-Pues resulta qué bueno, digamos que llevamos desde el domingo pasado… A pan y agua. No sé si me entiendes. Digamos que no hemos hecho absolutamente nada en lo que llevamos de campamento porque, o estábamos mucho contigo, o bueno, lo que fuera. Incluso teníamos miedo de que se repitiera lo de la casa abandonada. ¿Me sigues?
Analicé la información en poco rato. En resumidas palabras, llevaban sin follar desde el domingo ¿no? Vale, hasta ahí lo pillo.
-Te sigo perfectamente. ¿Y qué queréis? – entendía todo eso, pero no sé qué pintaba en sus problemas matrimoniales.
-Puuueeeeees… Nos preguntábamos, si… Bueno, si nos dejabas esta noche la cabaña a nosotros solos. Ya sabes, para hacer cosas a nuestro aire…- esta vez fue Mario.
Esta vez la información tardó en ser analizada.
Espera, espera. ¡¿Me están diciendo que quieren MI cabaña para follar?!
-Pero a ver… ¡Iros al edificio de las habitaciones de los profesores! ¡La habitación libre que hay es la mía!
-Sí, ya lo hemos pensado, pero es que somos muy escándalos, Tom.
-Nos oirían desde la puerta de entrada del edificio. –acabó Andy.
Me quedé en silencio, y solté mucho aire sonoramente. Vale, entiendo que es una putada estar sin follar pero, joder, ¡que es mi cabaña! A demás…
-¿Y dónde coño se supone que debería dormir yo, entonces? – ajá. Esa es una buena pregunta, ¡me quieren echar de la cabaña!
-Puedes irte con… ¿Cómo se llama esa chica profesora? ¿Erika? Seguro que te deja dormir con ella – dijo Andy después de pensar un segundo siquiera. Hombre… No era mala respuesta. A más, si dormíamos juntos seguro que caería polvo. Y a mí también me hacía falta. Hacía ya un par de días que no coincidía con ella y me estaba entrando ya el cosquilleo nervioso. No podía dejar escapar otro polvo así como así.
Pero antes de que pudiera hablar, Mario me interrumpió.
-O te puedes ir a la cabaña de Bill. Es majísimo y os lleváis genial. Apuesto a que él también te deja que te quedes a dormir.
La vista se me movió directamente a la misma mesa en la que el otro día e incluso ayer, estaba el mencionado. Pero… Esta vez no hubo rastro de él. Me sorprendí.
Volví a buscarlo, y lo encontré hablando con Ashley. Menos mal, supongo que lo estarían solucionando de una puñetera vez.
-Bueno, ¿qué nos dices? – ambos me miraron expectantes.
Medité unos instantes. Realmente, me daba un tanto de coraje dejar mi cabaña a solas con estos dos. ¡Se lo iban a montar! Después no podría volver a entrar a esa cabaña como si nada.
Bah… qué más da. Todo sea por ellos dos.
-Voy a enviarle un mensaje a Erika a ver qué dice. – y creo que con ello ya dejé claro que les daba mi permiso.
-¡Oh, gracias Tom! – y ambos me abrazaron como pudieron.
-Tsk… ¡Si prácticamente me estabais obligando! En fin, limpiádmelo TODO en cuanto acabéis, o cuando os levantéis, o como queráis, pero no quiero ni un rastro que delate lo que haya podido pasar.
Ambos se rieron.
-Hecho.
.
Lo siento, es que he ligado con uno de los mayores y me lo llevo a él a la cabaña. Pero si quieres mañana te vienes tú 😉
¡¿Qué?! ¿¡Qué Erika no puede?!
Mierda mierda. ¿Y ahora qué hago?
Un sudor frío me resbaló por la espalda, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar. Me tocaba dormir con Bill. Vale, creo que no me importaba del todo que sea así.
Volví a buscar a mi “amigo con derecho a roce” con la mirada y de nuevo, me lo encontré en la mesa, hablando con Ash, pero ni ahora, ni antes, había estado Georg.
Mierda, no quería interrumpir la conversación. Probablemente, el moreno se enfadaría conmigo si después de tanto tiempo comiéndose la cabeza sobre cómo hablar con ella, ahora voy y les corto el rollo.
Me asesina, seguro que lo hace.
Se me pasó por la cabeza el hecho de esperar a que dejaran de hablar, pero le encontré un fallo. Lo mismo era muy tarde para aquel entonces, y no podría ir a buscar nada de pijama a mi cabaña. De seguro que estarían en plena faena Mario y Andy, y bueno… Sin comentarios.
Es igual, le den por culo. Me espero, y si se van muy tarde ya dormiré en gallumbos o lo mismo me deja algo Bill.
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Y bueno, para qué hablo. Gus me dejó a cargo del comedor, para que lo cerrara yo, y me quedé solo, con estos dos hablando. ¡Nosotros tres en todo el comedor! Y lo peor es que ni se habían dado cuenda de que yo les estaba esperando, ni de que se había largado todo el mundo. Ellos… estaban hablando. Bueno, hablando, llorando (como mínimo por parte de Ash), y bueno, conociendo a Bill, este estaría por el mismo camino.
Yo me había convertido en una figura, apoyada en la pared más alejada de ellos, que estaba esperando, como un alma en pena. Ya eran las once de la noche joder.
Me puse a cerrar las luces de la cocina y a dejarlo todo bien puesto para que en cuanto se dieran cuenta de la hora que era, sólo tuviera que cerrar la puerta del comedor en general y no hacer nada más.
Se oían sus voces un poco, pero era imposible entender algo de lo que decían. Estaba lejos y ellos hablaban bajito, avergonzados y sin saber muy bien qué hacer, supongo.
Joder, me estaba empezando a hartar.
Me saqué el móvil y empecé a jugar un rato. Me volví a apoyar en la misma pared, y… esperé. Me puse a jugar a la serpiente.
-¿Tom? – una voz sonó un par de minutos después. Alcé la cabeza inmediatamente, tras oír a Bill hablar – Hostia… Pero si no hay nadie.
-Si bueno, hace más de media hora que no hay nadie. Me atrevería a decir más de una hora. –dije mientras me guardaba el móvil en el bolsillo, y estos empezaban a recoger sus cosas y a acercarse a mí.
La pelirroja miraba al suelo y seguía a Bill cogiéndolo de la mano bien fuerte. Y éste me miraba a mí entre feliz y radiante. No sé si porque por fin había hablado con Ash, o por algo más, pero no me importó beber de su sonrisa un par de instantes.
-¿Y por qué no nos has dicho nada? ¿Estabas esperando para que pudieras cerrar? ¡Tú eres tonto! ¡Habernos echado! – dijo el moreno, aún sin quitarse la felicidad de la cara. Me pegó un ligero puñetazo en el hombro a modo de saludo. Ash alzó una de las manos y después volvió a ponerla sobre la de Bill.
-Joder yo que sé. ¡No te quejes, que no he interrumpido la conversación! A más, aparte de porque he de cerrar el comedor, estoy aquí porque te estoy esperando a ti. Te tengo que pedir algo, urgente.
-Gracias por esperarte. ¿Y bueno, que es eso que me tienes qué decir? Dispara.
-Emm… después. – y le dejé claro, que delante de Ash, no le diría nada.
Esta se dio por aludida y se separó del moreno.
-Bueno, Bill… Mañana nos vemos, yo ya me voy. – y éste enseguida se giró a mirarla, con cara de pena. La abrazó bien fuerte y después le dio un beso largo en la mejilla.
-Te quiero, Ash.
-Y yo petardo. Esto… Adiós Tom.
-Adiós guapa – le dije, sonriendo.
Ambos la observamos salir del recinto y una vez fuera, lejos de nuestro alcance, nos encaminamos nosotros al mismo sitio. Salimos a la intemperie de la noche y notamos el frío que se nos echaba encima.
-¡Dios! ¡Me voy a congelar! –soltó Bill mientras yo cerraba con llave.
Me giré y me lo encontré frotándose los brazos con fuerza y soltando vaho por la boca. Daba pequeños saltitos para poder entrar en calor y estaba tiritando violentamente. Yo también me froté los brazos para ver si conseguía subir mi temperatura externa, pero no me servía de mucho.
Nos quedamos en silencio.
-Y bububueeno ¿quéqué me titiienes ququue deciir? – castañeó este.
Vale, Tom, no te pongas nervioso y demuestra el hombre que sé que estás hecho. ¡Sólo le voy a pedir un favor a un colega! ¡Nada más! Nada más.
-Verás… -yo aún no había empezado a temblar – Mario y Andy me han pedido que les deje la cabaña para ellos solos esta noche. – alcé las cejas, para ver si me entendía – ¿me sigues no?
-Sisi… – y se puso rojo. Qué adorable.
-Bueno, en resumidas cuentas me preguntaba si me dejabas dormir en tu cabaña…
Me miró con los ojos muy abiertos. Sorprendido y mudo. Después, bajó la cabeza y creo que le vi sonreír levemente, con las mejillas rojas, no sé si del frio o de la vergüenza.
-Claclaro queque tete dedejo… – y esta vez se mordió el labio mirándome directamente.
-Genial. – era evidente que me iba a dejar, pero realmente lo había pasado mal en el rato que había tardado en contestar. Una vez supe la respuesta, respiré profundo, y dejé salir de mi boca una gran nube de vaho que me difuminó a Bill unos instantes.
Empezamos a caminar en dirección a su cabaña, y una vez más se hizo silencio. Odiaba que el silencio se cerniera entre nosotros, pero nos pasaba tan a menudo que lo echaría de menos. Estos momentos de tensión son los que hacen que tengas el estómago cerrado y que se te muera el cuerpo por miles de sentimientos diferentes.
Bill empezó a caminar más despacio si cabía y lo miré interrogante. Este tenía los labios blancos, y el moratón ya estaba prácticamente curado milagrosamente. No sé cómo coño se lo montó, pero el labio que ayer le partió Diego, ya no se le notaba mucho.
Bill se moría de frio.
-Ven aquí – le dije de golpe. Este me miró de sopetón y me vio con los brazos abiertos. Sin pensárselo mucho se me aproximó y lo abracé con fuerza. Le di de mi calor corporal y este hundió su nariz en mi cuello, congelándome por completo. No te quejes Tom. No te quejes. El frío es psicológico.
Llegamos a su cabaña más o menos de esta manera, yo cogiéndolo y cubriéndolo un poco con mi cuerpo. Di gracias que hoy no se había puesto zapatos con plataforma ni nada de eso y era prácticamente igual que yo.
En cuanto llegamos a dentro nos separamos un poco ya que la temperatura era más alta dentro y se agradeció mucho. Bill dejó la chaqueta sobre el escritorio y yo hice lo mismo.
-Eeemmm… Tom, ¿No has traído pijama?
-Nop.
-¿¡Cómo que no?!
-Pues… nop. – que esperaba, ¿Qué le mintiera?
-¿Y cómo vas a dormir? – buena pregunta.
-Pues no sé. Había pensado dormir simplemente con ropa interior, pero visto el frio de fuera, no puedo. Me quedaría hecho un cubito.
-¿Y qué vas a hacer?
-¿Me dejas algo? Lo que sea. De manga larga si es posible.
Bill se quedó parado mirándome. Después paseó sus ojos por mí, alzando una ceja. Como diciéndome, “¿estás seguro de lo que has dicho?” Ay madre.
-Tom es que… No creo que tanga nada de tu talla. –dijo finalmente.
-Bueno… a ver, no hace falta que sea mil tallas más grandes como todo lo que tengo. Tú solo dame una camiseta grande. La más grande que tengas, y unos pantalones de pijama anchos. Y ya está. –le aclaré.
Éste titubeó un poco arrugando el ceño, pero finalmente lo vi caminar hasta el armario. Se agachó y miró en los cajones de abajo una vez los hubo abierto.
Rebuscó mil cosas, y removió todo el armario, pero aun así no encontraba nada.
-Tom, en serio, no te va a gustar nada de lo que tengo. – dijo bajito y triste.
-A ver… -dije con voz cansina, aproximándome y arrodillándome a su lado.
Vale, era cierto que la mitad de cosas que sacaba eran tamaño de barbie, pero bueno, algo encontraré. Pero ciertamente, por mucho que buscara no encontraba más que prendas de tallas inferiores a la S prácticamente. Vaya mierda.
-Ya te lo he dicho… – me dijo, como si me leyera la mente. Y de pronto encontré algo un tanto más grande que el resto. No me quedaría grande pero tampoco arrapado al cuerpo.
-Vale, ya tengo algo para la camiseta. Ahora, ¿dónde están los pantalones?- y Bill me señaló el cajón de más abajo – Ok – y sin pensármelo lo abrí. Lo bueno es que en este, apenas tardé un par de minutos. Los pantalones, eran de pijama normal, la mitad era de un color azul oscuro, y ya de por sí los pantalones de este tipo, son anchos y sueltos, así que los primeros que pillé me servían. – Genial, ya tengo lo que me voy a poner.
-Bueno, mejor. – Éste se cogió lo suyo – me voy al baño a cambiarme.
.
-Tom, estás ridículo.
-Vaya, gracias.
-A ver, que a ti todo te queda bien, pero verte con algo tan pequeño es algo chocante – dijo Bill mientras intentaba disimular la risa.
-Tú mejor cállate, no sea que te lleves una colleja de repente… – le amenacé.
-Vale, vale… – dijo alzando las manos, como si le hubiese detenido un policía. Pero en este gesto, no se le pudo pasar por alto el repentino bostezo que se le escapó de la boca. Después se rascó los ojos que se le habían llenado de lágrimas y finalmente sonrió de lado al ver que lo había observado.
-Venga, vete a dormir… – dije mientras yo pillaba una de las mantas de encima del armario.
Eran realmente gordas, y había cuatro. Puse tres en el suelo y las esparcí, no hacían mucho cuerpo pero bueno, era algo mullido. Después cogí un cojín de recambio y me lo coloqué.
-Tom ¿qué coño estás haciendo? – oí a Bill, que ya estaba metiendo en su cama.
Lo miré incrédulo.
-Pues… hacerme mi cama.
-¿Qué? ¿Tú eres tonto? ¿Para esto me has pedido que te deje dormir conmigo? ¡Vente a mi colchón! – casi me obligó. Pero me negué.
-Bill, es cierto que tu cama es algo más grande de lo normal, pero no cabemos los dos ahí ni flipando. Paso, yo duermo aquí, que no es la primera vez… – recuerdo las múltiples apuestas con Gustav y la de veces que había que tenido que dormir en el suelo como castigo. Debería tener unos doce o trece años en aquel entonces.
-¿Pero estás loco? ¿Qué más da? Nos apretamos y punto.
-Paso, eso es la incomodidad en estado puro. Apretujarse no es lo mismo que estar abrazaditos y eso, y supone ir con cuidado de todos los movimientos y todo eso… Paso. En serio Bill, duérmete, yo estaré bien.
-No, no quiero. Me estoy cabreado. ¡Pues dormimos abrazados! ¿Qué importa? Si ya somos amigos con derecho a roce… – ¡Ala! Me había partido en dos.
-Veo que te está gustado serlo… -dije alzando una ceja.
-Es posible. – sentenció. – Va, vente aquí.
-Que no, que a este paso me violas. – dije de coña. Bill abrió la boca indignado.
-Más quisieras tú…
-Tsk… Anda, buenas noches. – y me estiré en mi cama improvisada, dejando a Bill con un golpe en las narices.
-¡Tom! ¡Arg, mira que eres tozudo! ¿Y si hacemos turnos? Yo duermo aquí un rato, y después duermes tú aquí.
Ahora sí que me giré para mirarle bien.
-Vale, el que se ha vuelto loco ahora, eres tú. ¿Qué te cuesta dormirte y ya está? Es muy fácil, verás, te estiras, te tapas, cierras los ojos y respiras profundamente. Creo que es así como uno se acaba durmiendo… Vamos, o eso dicen. – me mofé en su cara.
-Ja ja – dijo secamente. Dejando claro que no le había hecho nada de gracia. – está bien. Quédate en el suelo. Si mañana te duele la espalda horrores, será tu culpa.
-Sí si… Lo que tú digas. Buenas noches.
-…
-¿Bill?
-Sí… Bueeenaas nooocheees. – dijo casi por obligación.
Pero por mucho que lo intentara, no podía dormirme, no por la mierda cama que me había creado, sino, porque… Sabía que lo tenía cerca de mí. Que estaba a apenas un par de metros de distancia, dormido, con su lenta y sonora respiración. Me imaginaba su pecho subiendo y bajando, tranquilo, sereno, y conforte.
Joder, Bill era increíblemente adorable, era precioso, era… Era increíble. Me había cautivado de mil maneras. De dos mil maneras De tres mil…
Me encantaba.
De pronto, agudicé el oído. Se estaba removiendo en las sabanas, seguramente, estaría dando la vuelta o algo por el estilo. Oh dios, me derretía de sólo pensarlo.
Mierda, parezco una tía hablando. Respiré hondo y cerré los ojos, intentando por enésima vez ya, en lo poco que llevábamos de noche, dormirme.
Pero algo me interrumpió.
-Tom… Tom… – algo me llamó en la oscuridad. Más bien, alguien. Bill.
-¿Sí? –dije bajito.
-No puedo dormirme… -dijo lastimero.
-¿Por qué? – joder, por qué me pregunto yo, pero “el por qué se parece tanto a mí”, era el que me mataba.
-Pues porque estás ahí abajo, y yo aquí. Por favor, vente conmigo. Me estás haciendo sentir muy culpable…
Respiré sonoramente, cansado de la misma historia, pero esta vez no repliqué. Simplemente deshice la postura y me quité la manta de encima.
-Eres un pelma –sentencié.
-Me da igual – y le oí hacerme un sitio. Se tiró lo más próximo a la pared que pudo y me metí con parsimonia, algo incómodo. -¿Contento? – dije cansino.
-Sí… -se acurrucó en mi pecho y después… Después le rodeé todo lo que pude, sintiéndome totalmente embriagado por su aroma, por su largo y sedoso pelo.
Y de golpe, las pocas ganas de dormirme, ese “sentirse incapaz de cerrar los ojos” fue desapareciendo, para convertirse en un peso en los parpados, un sueño y un cansancio indescriptible.
De hecho, la voz que me llamaba de nuevo, no me hizo ningún efecto. Sabía que Bill intentaba llamar de nuevo mi atención, pero ahora… ahora no le podía prestar atención. Ahora estaba repentinamente, hecho mierda.
Creo que soñé con él y con lo que me tenía que decir.
Tom, creo que me he enamorado de ti.
Pero sólo fue un sueño.
Continúa…