2: El Golpe (Parte 2)

Notas: Me he dado cuenta de que el primer capítulo es larguísimo, así que lo he dividido en dos para hacer la lectura más llevadera. 

Capítulo 1: El Golpe (Parte 2)

El vagón temblaba por las sacudidas de la locomotora al impulsar los vehículos sobre las vías. Rezumbaba en sus oídos y en su propia cabeza el metal de las ruedas moverse a vertiginosa rapidez. El pitido del tren, grave y adusto se impuso sobre el trote de los caballos y del propio quejido lastimero que emitía el tren. Aquel pitido solo podía significar una cosa, que el momento había llegado. Tom clavó la estrella en el costado sangrante del animal que relampagueó en un último esfuerzo por acercar a su jinete a la escalerilla que trepaba por la pared exterior de uno de los últimos vagones, el cuarto de ocho. Se agarró con una mano a la escalerilla, sacó ambos pies de los estribos, lanzó la rienda a Gustav que la alcanzó al vuelo y con el corazón tan desbocado como el negro animal que se lanzó allende el desierto en busca de acción, subió la pierna izquierda sobre el lomo, puso el pie derecho sobre el fino metal negro que conformaba un peldaño de la escalerilla, se agarró con la otra mano al mismo peldaño que donde tenía su derecha y finalmente, dejó que su caballo se fuese con Gustav en busca de verdes pastos, mientras él quedaba colgado, suspendido entre el cielo y el suelo que pasaba a toda velocidad bajo sus pies.

El viento le limpiaba el polvo recogido durante la cabalgada, pero lejos de ser una briza amena y saludable, se sentía invadido por una sensación de vertido al estar envuelto por una corriente de aire traicionero que, junto a su escasa estabilidad por las sacudidas del potro de acero y el sudor de sus manos trémulas, podía lanzarle al vacío y ser consumido por las patas de la bestia. Comenzó a subir con precaución, lento, intentando aferrarse a cada peldaño como si fuese su vida cada uno de ellos. Las manos sudadas no le facilitaban la tarea, que junto a sus botas empolvadas hacían la situación más resbaladiza. Secó la derecha en su camisa de cuadros roja, pero lo único que hizo, fue llenarlas de una desagradable tierra que se convirtió en barro que se le metió por las líneas de la mano. Secadas ambas manos, siguió trepando. En la dura escalada, no pudo evitar dedicarle un diminuto pensamiento al hogar, era duro trepar por aquellas barras calientes y rasposas que le formaban callos en las manos, pero más duro era no tener motivos para arriesgar su vida.

Ana Rita, a estas horas, estaría recogiendo la colada en el patio trasero, ahí desde donde vieron por primera vez el molino que acaban de construir girar con el viento. Elvira y Sol se hallarían corriendo por el patio alrededor de su madre, molestando al pobre perro zarrapastroso que su hermano un día arrastró consigo de sus viajes solitarios, al que las niñas cogieron tanto cariño que lo bañaron en la alberca con sus pequeñas manitas… Su izquierda traicionera le falló en el momento menos oportuno, acabada de llegar a la cima y con ambas manos se apoyó en el candente techo del vagón cuarto, que le quemó las yemas de tal manera que se soltó sin previo aviso, y se hubiese caído de no ser porque dejó de rememorar a la familia y se dignó a prestar atención en sus movimiento, y entonces, y solo entonces, se sujetó fuertemente antes de caer al suelo. Estuvo suspendido, con una sola mano agarrada al tren, durante un momento de incoherencia en el que dejó la mente de funcionarle y solo le sirvió para digerir aquella prodigiosa imagen del suelo encarnado pasarle a tan alta velocidad bajo las botas.

Se sujetó con ambas manos y trepó por las últimas barras rápidamente, se aupó sintiendo el dolor del metal quemarle los dedos, pero no se soltó, siguió hasta tener toda su mitad superior sobre el techo, se desplomó sobre esta y se arrastró hasta estar completamente encima del vagó. Poca tregua tuvo Tom sobre el tren, pues no tan lejos, el túnel amenazaba con decapitarle. Gateó hasta una apertura por la que entrar y con las manos quemadas y exhaustas por la carrera y la subida, consiguió abrir la ventanilla y echarse contra el suelo alfombrado del vagón que recibió su frente con los brazos abiertos.

El olor a serrín, lana y coñac era mil veces más reconfortantes que el olor a campo abierto, estiércol de caballo y agua estancada, pero nada mejor que la combinación del coñac con el vinilo que impregnaba el aire con la dulce pasión de la cantante.

Apoyando ambas manos sobre la moqueta, se puso sobre sus rodillas antes de levantarse. Le dolía la cabeza a horrores, pero más le dolía las manos. Las miró y se espantó al verlas encarnadas y con úlceras sangrantes provocadas por las riendas. Tom creyó que era justo que hombre y caballo se hubiesen dañado las zonas que uno utilizaba para conducir las extremidades del otro, pero igualmente, no podía evitar regañarse, al apoyarse sobre la izquierda para ponerse en pie. Se sacudió las ropas con el dorso de las manos, intentando quitarse el máximo de polvo posible sin hacerse el mayor daño, pero solo consiguió quedarse tal como estaba y con las heridas lacradas con el polvo de sus vestiduras.

Giró sobre sí mismo para apreciar el lugar donde se hallaba y no pudo sino sorprenderse, porque hasta el momento no se había percatado de que una locomotora que transportaba el oro de las minas, no podía tener entre sus vagones uno para pasajeros. Observó las ventanas esmaltadas con pintura negra, miró los asientos color esmeralda puestos en dos filas laterales, orientados unos mirando a los otros y con una mesa de madera en el medio, del mismo color que los arcos que enmarcaban las ventanas. En una de dichas mesas, la más próxima a la salida, se hallaba un cenicero de cristal con un cigarrillo prendido en él… aquello no le heló la sangre, pero sí le puso el corazón a trabajar de nuevo. Debió haberse dado cuenta cuando se lanzó por aquella trampilla, de que aquel tren era una trampa para que los incautos como ellos entrasen en la locomotora de la perdición.

Sacó el revólver sabiendo que no tenía suficientes balas como para limpiar aquel tren, pero, ¿le merecía la pena matar a todos aquellos hombres para saber el secreto que guardaban aquellos vagones? Pues, de estar vacíos, poco tenía que hacer.

La punta fría de un arma se le posó en la nuca. Escuchó el terrible sonido del dedo apunto de apretar el gatillo y supo que era su hermano jugando con él una vez más. Fue a girarse para mostrarle a su hermano su desagradado ante la insensible broma, pero no pudo, pues el arma siguió lamiéndole la nuca con su frío glacial que le presionaba sin compasión.

Sheriff, ¿qué ha hecho con mi hermano? —le preguntó Tom en un intento por saber si Bill estaba todavía en este mundo o en el de los descarnados.

Primero, suelta el arma

Tom miró de soslayo a un hombre opulento, de mejillas sonrosadas, bigote del mismo color pelirrojo que sus cabellos, tapados por un sombrero de alas anchas del mismo color que sus ropas. La estrella plateada le brillaba sobre la solapa de su chaqueta, fulgor segador que una vez podría haber sido él quien ostentase de no haber perdido la cordura y la decencia.

Tom dejó caer el arma en el suelo, la cual emitió un ruido pesado al entrar en contacto con la superficie, entonces, el hombre se dignó a contestarle:

Está bien, hijo, no te preocupes por él, te está esperando —dijo. Tom posó su vista durante un momento en la puerta, donde a través del cristal tapado por unas cortinas translúcidas, se apreciaban unas sombras procedentes del quinto vagón acercándose

El pomo de metal martilleó contra la madera del interior, emitiendo un profundo golpe que sobresaltó al joven, que se quedó atónito cuando vio a su hermano precipitarse sobre el suelo. De rodillas, Bill, con la nariz sangrante, el ojo amoratado y el labio partido, le miró con una lágrima pendiendo de sus ojos grandes y marrones. Le miró fijamente, sin miedo, mordiéndose los dientes hasta el punto de tensar tanto la mandíbula que le dolía con solo observarle, pero más le dolía, verle escupir sangre por la boca cada vez que el segundo del sheriff le movía la cabeza hacia la derecha para que hablase.

¿Dónde está Bobby?

¿Quién? —preguntó su hermano arrugando la nariz y la boca, mezclando en el acto la sangre escarlata de la nariz con la de los labios.

El segundo hombre le dio con la empuñadura en la cabeza, para dejar a su hermano a merced de una patada en el costado que le arrancó un grito de dolor que ambos compartieron, porque Tom ya se lanzaba a detenerlo cuando el sheriff le noqueó de tal manera que cayó junto a Bill, y ambos hermanos, mareados, hasta el punto de frisar la náusea, se sacudieron en el suelo, forcejeando con todas sus fuerzas cuando los dos hombres intentaron contenerlos.

Bill miró a Tom de una manera oscura y desconocida, se miraron como dos bandidos que nunca antes se habían encontrado y que solo compartían el oficio. Esos pozos negros asustaron a Tom, pues sabía que solo se miraban así por pocos motivos: dinero, mujeres y venganza.

¡Sé dónde está ese canalla! —habló su hermano.

¡Oh! Sabía, señor Cowlips, que nos lo diría…

Su hermano se puso boca arriba con la ayuda del hombre que lo había golpeado. Desde esa posición, Bill podía maniobrar mejor, pero poco iba a hacer. Tom, todavía asimilaba el golpe, cuando el brillo de su propio revólver escondido entre los asientos del vagón, le distrajo de sus pensamientos inconexos en el que mezclaba el puente que separaba la cabaña del tío Pete con las empeñadillas caseras, el lago amarillo con la ciudad, el molino con sus hijas y un montón de cabareteras desnudas bailando el cancán con su mujer. El arma no parecía estar tan lejos de sus manos entumecidas bajo el peso de su cuerpo, pero el dolor sangrante de su frente se lo impedía. Su hermano, quien tan autoritario hasta el final reclamaba a gritos un poco de dignidad, no le dirigía más miradas cargadas con mensajes indescifrables en sus pupilas, tal vez, porque Tom no estaba en condiciones ni de descifrar su propio pensamiento.  

¡Cowlips! —dijo el sheriff, cogiendo a Tom en sus propios brazos para empujarlo contra la mesa sobre la que cayó de espaldas. Tom sintió el comezón del roce de la áspera madera contra sí, pero no se quejó, solo miró a Bill y luego el arma. Había perdido su oportunidad. Cuando enfocó su vista en el hombre, este ya tenía su arma en sus narices, amenazándole con abrirle un orificio en la frente. El muy bastardo iba a dispararle a quemarropa, pero, Bill, por fin, le transmitió sus planes en una mirada en la cual el odio se mezclaba con la excitación de la revancha. Aquellos ojos negros se pusieron casi blancos en una mirada infernal y delirante, que hizo tragar saliva a Tom. Bill se relamió los labios y mirando el revólver de Tom, se lanzó sin previo aviso hacia este, el otro hombre, lejos de mirar qué hacía Bill, se fijó en Tom mientras el sheriff, avisado de la astucia del joven “Cowlips”, se olvidó de que Tom estaba en plena conciencia de la situación y no tuvo que esperar un segundo más para cerrar el puño derecho y utilizar el impulso de todo su cuerpo irguiéndose potente sobre las piernas para  estallarle los aljófares podridos de la boca que saltaron entre una lluvia de sangre y babas sobre la alfombra. El sheriff, de rodillas en el suelo, había perdido la pistola. Ambos estaban ahora en igualdad de posibilidades, y Tom utilizó bien su oportunidad, pues le sujetó por el pescuezo y con la misma mano hinchada por el golpe, le propinó otro puñetazo en la mejilla, golpe, que solo consiguió aturdirlo más de lo que ya estaba. Ambos en el suelo, Tom, de rodillas sobre el hombre, le aplastó la napia y los bigotes con la mano sangrante, le volvió a golpear en el tabique roto, arrancándole otro lastimero quejido que le rompió los oídos en el mismo instante en el cual el tren anunció mediante un pitido que se acercaban al puente.

Tom levantó la cabeza y buscó a su hermano, quien no había emitido el más leve quejido en toda la reyerta. Se giró rápido, pero fue incapaz de entender lo que miraba. Bill estaba sentado con la espalda apoyada sobre los asientos, con un corpulento macho de más de noventa kilos de puro músculo, aplastándole las costillas y rodeándole con ambas manos su diminuto cuello de petirrojo. Tom se lanzó sobre el hombre para clavarle las manos sobre toda la carne que veía, intentando que soltase a su hermano pequeño al borde de la asfixia. Bill tanteaba el suelo agitando ambos brazos exasperadamente sin conseguir nada más que agotarse, Tom, nervioso, ansioso por quitarle del pecho la pesada carga de la justicia, agarró el revólver que su hermano intentaba agarrar y clavándole la punta metálica entre las costillas, apretó el gatillo sin pensar en nada más.

Tom arrancó los dedos gordos del cuello enrojecido casi a punto de estallar. Bill, una vez liberado de aquel cuerpo, cogió aire a bocanadas, llenándose la boca áspera y seca en respiraciones cortas y agitadas, y se quedó tendido junto al cadáver, mientras Tom se limpiaba convulsivamente las manos sanguinolentas con la bandana que un momento atrás le tapaba el cuello. Se restregó las manos con fuerza, abriéndose las heridas de las manos hasta el punto de no saber cuándo estaba limpiando su sangre o la del otro hombre, quien yacía tendido boca abajo con la cara pálida, los ojos y la boca entreabierta, espirando en el último suspiro de su corta existencia la sentencia que Tom no quería escuchar “culpable”.  

Bill se reincorporó lentamente hasta quedarse sentado. Miró a Tom frotarse las manos con obstinación. Bill agarró el hombro de su hermano que detuvo al instante el movimiento y se giró para verle. Los ojos expresaban un pensamiento sereno, pero su nariz y boca destrozada solo indicaba que los actos precederos les iban a pagar factura, pero lo peor era admirar los hematomas violáceos que se escondían entre su pañuelo rojo… de no haberlo hecho ¿dónde estaría su hermano ahora?

Bill se puso de pie con la ayuda del hombro de su hermano, que tras verle reponerse, volvió a quitarse la sangre de las manos. El más joven de los gemelos se sujetó a la mesa más próxima resoplando adolorido por tragar una saliva que no pasaba de la nuez. La mente se le nubló un momento y se sintió desfallecer sobre los sofás. Un trago de whisky no le sentaría nada mal, pero todavía quedaba trabajo por hacer y palabras que decir.

 

El sheriff todavía vomitaba sangre cuando Bill lo tomó por el hombro para ponerlo boca arriba y mirar su cara torcida por los golpes: el ojo izquierdo amoratado, la nariz rota, la boca mellada y las mejillas salpicadas con el color de la victoria. El fuerte aroma de la sangre le repugnó más en aquel ser que le había dado caza durante los últimos meses, que el joven mozo que había dado su vida por la suya. Clavó una rodilla al lado de la cintura del gordo magullado y dejó el pie rígido al otro lado.

 —Sheriff —suspiró, inclinando levemente el tronco sobre el hombre completamente acostado e incapaz de moverse—, debo decirle que Roberta Bridoux o Bobby, como usted la llama, está en México haciéndose una casita de campo con el dinero del banco de su pueblo…

Bill suspiró agotado por haberlo dicho todo de carrerilla, recuperó el aliento como pudo, empuñó el arma tirada detrás del hombre, cerca de la puerta que daba al otro vagón y se la puso en la frente. El estremecedor frío abrió el ojo sano del hombre, y en una mirada, el joven comprendió que tenía familia, un pueblo al que proteger y que solo estaba haciendo su trabajo.  

Señor… es una pena que este no haya sido el tren que buscaba, porque de serlo… no tendría que decirle que es Kaulitz. —Apretó el gatillo.

Continuará…

🙂

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