«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo
Capítulo 20: Sentimiento de culpa
Bill no era corporalmente pesado, por lo que le resultó muy fácil de cargarlo a la rubia hasta donde su blanco automóvil estaba estacionado. Abrió la puerta derecha trasera y lo recostó en el amplio asiento. Entró detrás suyo y cerró encendiendo la pequeña y débil luz de aquel vehículo, junto con la calefacción. Con una amplia sonrisa en su rostro desprendió ambos tiradores retirándole el cabello del rostro. Dormía profundamente, su rostro angelical y su cuerpo puro disponible solamente para ella.
Levantó despacio la camiseta mientras le acariciaba la pálida piel del pecho desde arriba a abajo deteniéndose en la punta de la estrella tatuada que asomaba una de sus puntas. Volvió a subir sus manos levantando el dormido cuerpo del de rastas y le despojó de su prenda dejando su torso desnudo. Luego volvió hasta su cinturón desabrochándolo con esfuerzo arrojándole a la parte delantera del vehículo, así continuó con el dorado botón de sus pantalones bajándoselos rápidamente quitándole el calzado dejándolo únicamente en ropa interior. El mismo procedimiento lo repitió consigo misma, recostándose sobre el cuerpo semidesnudo del director abrazándolo como si acabaran de hacer el amor.
Comisaría de la ciudad
Luego de dejar el dinero que traía en sus bolsillos, su reloj de pulsera y una medalla que llevaba desde niño fue ingresado en una de las pequeñas y frías celdas del establecimiento. Las caras de su alrededor se volteaban a ver al recién llegado y una que otra mano atravesaba una reja solo para tocarlo, para molestarlo. El molesto ruido del portazo de una de esas ‘jaulas’ hizo que su dolor de cabeza fuera más punzante y que su mal humor se incrementara, así inflando su desesperación. Resopló pasando su mano por su sudada frente y se sentó en el húmedo y sucio piso de cemento con una tenue luz dando en parte de su rostro. La noche no lo ayudaba, sus pensamientos tampoco y su pecho estaba contraído como presintiendo otro problema más. Necesitaba saber de Bill, qué estaba haciendo, dónde estaba, con quién. ¿Dormía? ¿Comía? ¿Hablaba? ¿Lloraba? ¿Reía? En tan pocas horas había comenzado a volverse loco.
-¡Hey! – Le gritó uno de los detenidos – ¿Tu no eres el que salió en la revista del Billy?
-El maricón – añadió otro. Acto seguido una risa se propagó por el helado pasillo, como un eco. Todos se reían de él, genial.
-Así que eres el que nos robó a la diva –repitió ese mismo hombre. Él revoleó los ojos y permaneció en silencio– Jonathan tiene un póster de Bill en su celda, ¿No cierto Jhonny?
-Así es – respondió una joven voz – y todas las noches me toco para él.
-Yo también – rió en voz alta otro preso – cuando salgamos, lo secuestraremos y le haremos gemir nuestros nombres.
-¡Basta! – Gritó Tom furioso – déjense de decir idioteces, quiero dormir.
-Uy, uy – se burló – la pequeña se nos enfurece o acaso ¿Quieres que te demos también a vos?
-Imbéciles – murmuró entre dientes.
Casa de Tom
Simone no dejaba de llorar ante la noticia. A su hijo le habían permitido llamarla, explicándole en breves minutos de todo lo sucedido y el porqué de su detención. Su corazón de madre anunciaba que su pequeño era inocente pero realmente temía lo que podría llegar a suceder. Para su suerte, Gordon había comenzado a trabajar de noche y su pequeña hija descansaba en su cuarto. Fue hasta la cocina y preparó unos bocadillos como los que prefería su hijo, junto con unos exquisitos waffles. Los guardó en un recipiente, listos para llevárselos al día siguiente.
No quiso llamar a la pareja de su hijo, no por enojo simplemente porque eran altas horas de la noche por lo que esperó que el día saliese y ahí tomó el teléfono y muy nerviosa discó el número de su celular para que la acompañara a la comisaría.
Nach, estacionamiento.
A lo lejos, casi entre sueños podía oír una melodía muy familiar. Sus ojos pesaban demasiado y no querían abrirse. Se puso de lado para alcanzar su móvil, creyendo que descansaba en su cama y al caer al suelo se dio cuenta de un alfombrado particular. Con dificultad abrió sus ojos y notó un techo gris. Miró a su derecha dos altos asientos ¿Qué hacía en vehículo? ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Por qué su cabeza dolía horrores? Frotó sus ojos esparciendo el oscuro maquillaje y divisó un pie. Su corazón dio un vuelco al recordar a Tom preso y al notar que solo llevaba sus boxers. Antes de levantarse atendió el insistente llamado de la impaciente Simone.
-¿Hola? – Murmuró con su voz ronca- Sí, no hay problema Simone…bueno, em… en dos horas voy hasta su casa, no se preocupe. Gracias…será duro para todos. Adiós.
Desesperado, ya despierto se levantó descubriendo a Natalie durmiendo de espaldas semi desnuda.
-¿¡Qué!? –gritó espantado sobresaltando a la rubia quien lo saludó con una amplia sonrisa en su rostro- ¿Qué mierda haces aquí?
-Es mi auto – respondió naturalmente, y él miró sus alrededores aún más aterrado. Buscó sus pantalones e incómodamente comenzó a colocárselos.
-¿Qué hago aquí? – Preguntó buscando con sus temblorosas manos su camiseta – No recuerdo nada…estabas fumando y bebí algo y…
-Y me besaste, me trajiste hasta aquí y me hiciste tuya – mintió acercándose a él.
-Quítate – agregó molesto con su corazón latiéndole rápido. Quería enterrarse un metro bajo tierra por no recordar. Dos metros por ser Natalie. Tres metros por fallarle a Tom. Cuatro metros por estar casi desnudo con esa mirada sobre él y cinco metros por haber perdido su virginidad justo allí, en ese lugar, en ese momento, con esa persona. Un momento… ¿Por qué su cuerpo no se sentía diferente? ¿Por qué esa sensación de estar intacto? O… ¿Jane era mala consejera sexual o Natalie estaba mintiendo?
Salió del vehículo buscando el suyo con los nervios a flor de piel. Al hallarlo ingresó rápidamente, arrancando desesperado pero un mensaje de texto lo perturbó aún más.
“Que mal educado, anoche eras casi casi un príncipe azul y ahora te comportas como un niño que solo buscaba follar. Que mal agradecido resultaste. De: Natalie Franz”
Resopló; culpa, odio, ira, asco. Un collage de sentimientos que lo estaba torturando y lo peor es que apenas empezaba. Llegó a su casa y de inmediato ingresó en la ducha intentando calmar su dolor de cabeza y alejar la fragancia de la rubia mientras Jane preparaba el almuerzo.
Dejó que la lluvia y el vapor lo relajaran y pensó en Tom, mientras su corazón se contraía ante la posibilidad de haberle sido infiel. Una lágrima escapó de sus ojos al darse cuenta que si realmente había estado con ella, eso que tanto había guardado para él, para esa persona que le robase el corazón Natalie lo había arruinado.
-No – susurró – no hice nada, se que no.
Al salir, recogió sus rastas y se sentó frente a la alta mesada donde Jane le extendió un analgésico y un vaso de agua. Lo conocía demasiado bien.
-¿Dónde dormiste? – Le preguntó desconfiada – supe lo que sucedió, que han culpado a Thomas.
-Es inocente – añadió – dormí fuera.
-¿Donde?
Era su amiga no podía mentirle – en el auto de Natalie.
La morena tragó saliva intentado entender, ¿Natalie? Su ex…
-¿Cómo que en el auto de tu ex? – le gritó haciendo énfasis en las últimas dos palabras – No me digas que… ella y… – tartamudeó mientras inevitablemente sus ojos se llenaban de lágrimas.
-No pasó nada – interrumpió intranquilo – lo siento así, mi cuerpo no se… lo siento intacto. Además no recuerdo absolutamente nada. Estaba bebido y mareado.
Jane permaneció en silencio y solo suspiró.
-Tengo que ir a recoger a Simone – advirtió yendo a su habitación para vestirse – iremos a ver a Tom.
Ella asintió, si emitía una palabra más rompería en llanto. Le dejó un beso en la mejilla y desapareció de su vista. La morena volteó a la cocina y sollozó dejando que otras lágrimas bañaran sus mejillas y más y más dolor perturbara su corazón.
Comisaría, zona de celdas
No había pegado un maldito ojo en toda la noche ya que ese malestar interno no se le quitó ni un instante. Sus ojos ardían horriblemente del cansancio y aún nada diferente sucedía. Los demás, ya comenzaban a fastidiarle. Y solo tenía una opción irremediable: ignorarlos. Su estómago crujía espantosamente, moría de hambre, moría sed, moría por salir, moría porque todo terminara, moría por un beso de Bill.
-Diez minutos, no más – dijo una grave voz a lo lejos y unos pasos se oían cada vez más cerca.
-¿Mamá? – susurró el fotógrafo acercándose a las rejas – perdón mamá, yo no fui.
Simone le extendió la comida, y desesperado abrió el recipiente llevándose a la boca uno de los bocadillos. Hablaron calmadamente unos dos minutos, cuando se percató de una cosa.
-¿Cómo te dejaron pasar? – dijo con la boca llena y su madre, de los nervios y las lágrimas de desesperación solo movió su cabeza en una dirección. Acto seguido, todos los presos silbaron al mismo tiempo.
-¡Diva! – gritó un detenido.
-Mira Jhonny se nos cumplió el sueño.
-Si te agarro te destrozo.
-¡Mira lo que son esas piernas hermosura!
De inmediato, el rostro de Bill se dejó ver aferrando sus delicadas manos a las sucias rejas.
-Mi amor – susurró el de trenzas. Simone no resistía ese lugar, por lo que a los pocos minutos se marchó.
El pelinegro de rastas bicolores, pegó su frente a la de Tom con la celda de por medio tomando sus manos mientras los demás le gritaban cientas de barbaridades.
– Anoche no estabas bien ¿verdad? –preguntó el de trenzas –se que es una pregunta estúpida, pero sacando lo de mi detención y lo de tu madre algo te sucedía. Lo pude sentir mi amor.
Entonces la culpa se apoderó de él y suspiró muy cerca de su boca. Aprovechó la cercanía y el poco tiempo y capturó sus labios besándolos con lenta desesperación.
-Te amo –le susurró acariciándole la mejilla, volvieron a juntar sus labios con dificultad dejando que sus lenguas se acariciaran deliciosamente– saldré pronto y cuidaré de vos como siempre o incluso más que nunca. Sos mío, mío y mío. Me irrita tenerte tanto tiempo lejos.
-Tomy –suspiró abatido– tengo que confesarte algo.
Continuará…