22: Encuentro en cuerpo y alma

«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo

Capítulo 22: Encuentro en cuerpo y alma

Su corazón se paralizó. No pudo emitir palabra alguna, tomó al muchacho del brazo y cerró la puerta del departamento, quedando ambos fuera de éste.
-¿Qué decís? – Susurró emocionado – ¿Sabes quién fue? ¿Lo viste?
– Bueno, no se quien es exactamente, pero yo vi a un hombre que…-comenzó a contar Amir pero la amplia sonrisa del de rastas lo desconcertó – ¿qué sucede?
-Ahora mismo iremos a la comisaría, dirás lo que sabes y si es necesario describirás detalle por detalle. Absolutamente todo lo que puedas contar – advirtió Bill, pero él negó atemorizado – ¿Por qué no?
-Tu padre me dijo que me mataría – murmuró sin ocultar el miedo – y yo le prometí guardar silencio.
-No le temas a mi padre – resopló nervioso – mira si hablas, te doy dinero y viajas hasta donde vive tu familia y todos felices ¿qué opinas?
-No lo se – suspiró el chofer – tal vez…
-Mírame – le ordenó en un tema desesperado, triste, angustiado – si no hablas, el amor de mi vida puede quedar encerrado para siempre… ¿te gustaría que te pasara eso a ti?
El muchacho negó con la cabeza y mirándolo a los ojos le sonrió ampliamente para luego darle un cálido abrazo.
-Gracias – añadió Bill emocionado – no sabes cuánto te lo voy a agradecer.

Narra Bill
Si tuviera que describir como me sentí en ese momento, creo que no podría decir nada, pero absolutamente nada. ¿Algo así como cuando sentís en tu pecho un nudo enorme; no sabes si es felicidad o tristeza? Mis emociones estaban en pico: la confesión de Jane, la muerte de mi madre y la felicidad por tener al amor de mi vida fuera. De nuevo a mi lado. Todo como una bomba en la que yo tenía el control. Amir me estaba brindando ese control, el volante para dar un giro en la vida de muchos, un giro sin estrellarme esta vez. Yo dominaba ahora. Así como estaba, con mi corazón palpitando muy fuerte dentro de mi pecho, tomé las llaves de mi vehículo y llamé a mi abogado con mi móvil, mientras conducía hasta la comisaría. En el camino no pude dejar de suspirar, de sonreír, de sentirme inmensamente feliz. Tarareaba una que otra canción y el muchacho se reía de mi enamoramiento juvenil. Sabía que ahora nada ni nadie podrían arruinar mi felicidad. Por un instante me olvidé de los demás, bajé del coche y esperamos a mi abogado quien se encargó junto al chofer de todo, mientras yo esperaba fuera de las celdas, detrás de una gran puerta a que liberaran a Tom. Nervios, mis manos sudaban. No dejaba de morderme el labio, ansias. Y más nervios. Pude oír su voz a lo lejos, estaba quejándose. Algo mencionaba con tono irónico, algo así como “vieron, les dije este asqueroso sitio no es para mí”. Entonces la puerta se abrió y corrí hacia él abrazándolo con fuerza. Entonces con una mirada confusa por la extraña situación y mi corazón latiendo en mi cabeza lo miré a los ojos, recordando el incidente con Natalie. Pestañeó intentando adivinar que me sucedía, pero espanté a la rubia de mis pensamientos y le sonreí ampliamente. Él hizo lo mismo, regalándome esas sonrisas seductoras, dulces y compradoras dedicadas puras y exclusivamente para mí. Busqué sus labios y cerré los ojos al contacto con los míos. Me quedé estático, debido a que sabía que estaban observándonos no pude mover mis labios por la vergüenza. Mis mejillas empezaban a arder de sobremanera. Pude sentir como mordía mi labio inferior intentando separarlos y ante la tentación lo dejé pasar, acariciándome con pasión toda mi boca. Solté un jadeo y tomándome de la cintura me besó la mejilla.
– Llévame a casa – me susurró sensualmente – saludaré a mamá, a Melisa…realmente las extraño mucho.
Asentí con la cabeza, mientras tomaba mi mano entrelazando nuestros dedos. Caminamos hasta la recepción de la comisaría mientras le devolvían sus cosas. Le dí el dinero a Amir, para que esa misma noche se aleje de la ciudad pero sobretodo de las garras de mi padre. Retcher se estaba encargando de la investigación del caso. Todo por fin se aclararía.

Casa Trümper
La tarde fría no era de gran ayuda para Simone, quien como buena ama de casa sacaba al sol la ropa recién lavada. Sus manos estaban congeladas y su hija no hacía más que seguir causando desastres. Algo alterada paseó por el patio, juntando los juguetes de la pequeña justo cuando el timbre resonó en toda la casa.
-¡Hija! – Gritó la mujer – ve a ver quien es.
-¡Ya voy! – resopló desganada corriendo hasta la puerta. Al abrir, sus ojitos se iluminaron – ¡Tomi!
-¡Enana! – Sonrió el de trenzas dejando pasar a Bill – mira a quien traje.
-A mi amigo – rió la pequeña nuevamente en el suelo – ¡Mamá! ¡Vino Tomi!
Simone dejó la cubeta y corrió emocionada hasta la sala casi lanzándose en los brazos de su hijo acariciándolo con furor. Bill suspiró feliz.
-Hijo –lloró la madre mientras se sentaban en el sofá – ¿estás bien? ¿Estás cansado? ¿Sueño? ¿Hambre? ¿Querés tomar un baño?

-Me perdí – bromeó Tom – sí me gustaría tomar una ducha, mientras nos preparas algo de cenar.
-Yo no quiero ser molesto – interrumpió tímidamente el muchacho de rastas bicolores.
-No eres molestia para ninguno de nosotros – añadió Simone sonriéndole agradecida.
-No digas tonterías – advirtió el fotógrafo tomándolo de la mano acariciando uno a uno sus finos y largos dedos.
-Mi hermanito te ama – rió Melisa removiéndose en el regazo de su madre – ¿O no mamá?
Bill sintió como su rostro se volvió completamente rojo, ardía. Un infrenable calor azotó su cuerpo. Para su suerte, Tom se acercó aún más atrapando sus labios con desesperación tomándolo del mentón invadiéndolo con su lengua sin vergüenza alguna.
-Sí – suspiró el pelinegro de trenzas – con todo mi ser.
Y la tarde pasó rápido. Cuando uno se siente a gusto, pareciera que el tiempo vuela. Tom se duchó y cambio de ropa, mientras su madre y el director de la editorial se encargaron de la cena. Su pequeña hermana se encargó de elegirle su enorme camiseta y una bandana combinando a la perfección. Durante la comida, se miraron deseosos muriéndose por estar a solas. Parecían seducirse con los tenedores, sus miradas provocadoras se fijaban en los labios del otro y sus piernas se rozaban peligrosamente por debajo de la mesa.
-Nos vemos mañana muñeca – sonrió Tom a la pequeña rubiecita, quién le hizo un inocente puchero ante su despedida – adiós mamá.

– Cuídense – advirtió Simone con doble sentido guiñándole un ojo a su hijo – y pásenla bonito.
De regreso al departamento, el de rastas no podía resistirse más. Lo había decidido: quería entregarse a Tom esa noche. Ambos permanecieron callados con la música proveniente del estéreo del auto de fondo, melancólica, lentos románticos, baladas. Frenó y suspiró volteándose a mirarlo. Sonrieron tontamente, mientras sus labios comenzaban a buscarse una vez más. Bill llevó sus manos a la nuca del muchacho de trenzas, sintiendo como esa pícara lengua acariciaba por detrás de sus labios y una fría mano se colaba por debajo de su camiseta, acariciando su tibio pecho haciéndolo estremecer. El sonido de sus besos les sacó una sonrisa al mismo tiempo que se separaron pegando sus frentes.
-Quiero que hagamos el amor esta noche – susurró el de rastas embriagado ante el aliento del fotógrafo – necesito ser tuyo.
Su corazón dio un vuelco al escuchar el pedido volviendo a besarlo, esta vez sin delicadeza alguna. Su entrepierna comenzaba a doler mientras prácticamente comía toda la boca de su enamorado. Bajó del vehículo con la respiración entre cortada abriendo la puerta del lado correspondiente a Bill tomándolo del brazo, para apegarlo contra él. Sin separarse, caminaron lentamente devorando sus labios hasta topar contra la puerta del departamento del joven director.
– Te amo – susurró en un jadeo, mientras Tom le besaba el cuello consiguiendo que arqueara su espalda ante el contacto. Sin demorar más, abrió la puerta aún con el fotógrafo aferrado a su cuello. Se sorprendió al encontrar las luces apagadas, evidentemente Jane no estaba. Cerró nuevamente quedando así, el de trenzas con su espalda contra la pared.
El delgado de ropas oscuras sonrió colocando sus manos en los hombros del fotógrafo, pero él cambió su expresión automáticamente.
-Espera Bill – susurró – no te obligo ¿de acuerdo? si preferís esperar a un momento o un lugar especial sabré comprenderte.
-Siempre será especial mientras sea contigo – murmuró atrapando sus labios entregándose por completo – no deseo otra cosa en el mundo, que amarte desmedidamente.
Sin decir ni una palabra más lo presionó contra su cuerpo, demostrándole cuan excitado estaba. Con sus masculinas manos sujetando su cintura, en medio de la oscuridad caminaron hasta la habitación quedándose de pie. Bill abrió los ojos, sintiéndose algo avergonzado y sin rodeos llevó sus manos hasta la bandana blanca del muchacho desatándosela haciéndola caer al suelo. Luego tomó el borde de aquella amplia camiseta tirando hacia arriba mientras Tom alzaba sus brazos dejándose desnudar de a poco. Sonrió embobado, con la luz de la noche dándole en la mitad de su rostro mientras acariciaba el bien formado abdomen del de trenzas. Él no se quedó atrás, soltó el cabello del muchacho delgado mientras dejaba su torso al desnudo. Se rió al recordar el piercing en el pezón y sorprendiéndolo llevó sus labios hasta esa zona, mordiéndolo deseoso mientras sus manos retiraban el dorado cinturón. Bill soltó un gemido ante el contacto de la húmeda lengua con su piel y tiró su cabeza hacia atrás. Sus piernas temblaron notoriamente, cosa que hizo que Tom volviera a su antigua postura.
Le besó sus labios para brindarle tranquilidad mientras con una lentitud placentera le bajaba sus finos pantalones, mientras una notable erección se dejaba notar detrás de aquellos oscuros boxers ajustados.
Lentamente lo empujó hacia atrás consiguiendo que cayera sentado en la cama. Bill lo acercó hasta él tomándolo de la mano mientras con la otra lo despoja de esos anchos y ya molestos pantalones. Ambos semidesnudos volvieron a mirarse enamorados mientras una mano del pelinegro de rastas lo sujetaba de la nuca fusionando sus labios recostándose sobre la cama. Tom se acomodó entre sus piernas, gimiendo al unísono ante el contacto de sus erecciones. Sin separar sus bocas un instante los dedos del fotógrafo sujetaron el extremo del boxer tirando hacia abajo, desnudándolo por completo. El director repitió el procedimiento, sus piernas no dejaban de temblar, su estómago se sentía…tan extraño.
-Soy tuyo – susurró Bill – para siempre.
Y ese momento había llegado. Estaba listo para entregarse a ese amor verdadero que siempre había esperado. Tom le sonrió mientras arrodillado entre las delgadas piernas; acariciaba una de ellas con mucha dedicación mientras que su otra mano se encontraba preparando la entrada del de rastas bicolores. Una vez listo, tomó su doliente miembro y lo restregó con la lista intimidad de Bill.
-No te haré daño – le susurró al oído mientras comenzaba a penetrarlo – tranquilo iré de a poco.
El dolor que estaba experimentando era inimaginable, ardía, quemaba. Lágrimas fueron directo a sus ojos. Pero su pareja lo respetó y una vez ya completamente dentro esperó a que él se acostumbrara a la sensación. Se movió lentamente en pequeños círculos y el rostro de Bill dejó de reflejar dolor para demostrar el más puro placer.
-Aaah – gimió encantando. Así, Tom se recostó sobre él experimentando la más hermosa de todas las sensaciones. Una que jamás había vivido, y que sin Bill jamás hubiese conocido: la maravilla del amor.

Continuará…

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