
Fic Twc / Toll escrito por being_destroyed
Capítulo 24: Vikingos
Domingo – 26/07/09
Bill
No me podía creer que había acabado convenciéndome para esto.
Cogí aire con mucha fuerza y miré a Tom a los ojos algo frustrado. Es que de verdad, ¡no sé para qué me dejo convencer! Este hombre me puede.
Estábamos en la cabaña diez. En principio es una cabaña normal, si no fuera por que era el lugar de reunión del grupo de mi novio. Sí, exactamente. Esa misma cabaña que tiene un charco de barro enorme en un lateral que parece no extinguirse nunca. ¡Hace un montón de calor y no hay manera de que eso se seque!
Muy bien, el contexto ya está puesto. La pregunta es: ¿Porqué estás aquí, Bill? Muy sencillo. Mi novio es un crack, y a la mínima que me pide algo voy corriendo como un perrito faldero a hacerlo, y le lamo el culo un rato antes. De verdad tío, quien te mira y quién te ve.
-Bill… Lo vas a hacer muy bien, de verdad. A demás sólo te vamos a ver nosotros. Te lo he dicho mil veces. – Erika seguía mala y necesitaban ensayar para el final del campamento, ya que había aquel mini concierto del grupo.
¿Que no me iba a ver nadie? Este se piensa que me chupo el dedo o algo.
-Tom… Ahí fuera está lleno de chicas que cagan hormonas, y que te están mirando mientras suspiran tu nombre. – Ese fue el principal motivo por el que acabé en la ventana de atrás, aquel día… Todo estaba rodeado de féminas ansiosas de carne de hombre. En concreto de la de mi actual hombre.
Éste miró enseguida hacia una de las ventanas y yo seguí su mirada acto seguido a ver qué hacía. Se encontró con un par de chicas que estaban fijas en él, de lejos, casi en un perímetro que parecía ajeno a la cabaña, pero que les delató el haber estado mirando tan fijamente. Se sorprendieron mucho y una posó la vista al suelo avergonzada mientras que la otra, más valiente que su amiga, alzaba una mano y saluda apenas moviendo un par de dedos, muy nerviosa.
Tom sonrió de lado y la saludó también con su mano pero muy enérgicamente. Creo que casi se podía escuchar el chillido de chica fan que hicieron las dos.
Lo miré enseguida, anonadado.
-¿Pero qué haces, tío?
-¿Qué más da? Son crías, Bill. Ni te voy a dejar por ellas, ni me iría con ellas aunque no estuviéramos juntos… – dijo riéndose y poniendo los ojos en blanco. En aquel momento también tuve un pequeño instante de “fan girl”, suspirando su nombre mentalmente, pensando en las palabras “juntos” saliendo de su boca. – Va Bill, vamos a empezar con Reden. ¿Te parece? ¿Crees que ya te la sabes?
Esas palabras me devolvieron a la realidad. Maldita sea.
-Pues claro que me la sé. He tenido que cambiarle la letra casi entera. – dije, recordando la tarde de ayer.
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Día 25/07/09
Estaba intentando ver una película en el ordenador portátil. Sinceramente agradecía habérmelo traído, sobre todo porque sabía que esto me iba a pasar tarde o temprano. Soy una persona a la que le gusta salir y siempre estar en compañía, pero siempre hay una tarde que la necesito para mi solo, para poder pensar y todas esas cosas. Vamos, hacer un poco el perro, y vagar por la habitación un poco. Mi madre casi me mata cuando descubrió que me había llevado el ordenador. No paró de chillarme por teléfono que era un insensato y que a saber qué le podía pasar al aparato. ¡Y que no lo iba a usar!
¡Pues ja! Chúpate esa. Aquí estoy. Aunque cierto es que yo era el primero que pensaba que no lo iba a usar.
Hoy Tom estaba de jornada completa. Por la mañana clase con los niños pequeños en la cascada pequeña, y por la tarde tenían un ensayo importante. Y la verdad que cada ensayo siempre es un acontecimiento. Les encantaba a Mario y Andy, y ahora que Ashley intentaba recuperar la normalidad al máximo con Georg, siempre estaba presente en los ensayos.
A mí también me gustaría ir, pero no soporto ver a esa tal Erika rondando cerca de Tom y yo no poder hacer nada. Primero por que evidentemente, lo llevábamos en secreto, y segundo porque aunque Tom se desharía de ella enseguida, yo aún así, montaría algún numerito estúpido para intentar marcar territorio. Después apuesto que Tom se enfadaría y blablablí blablablá… Paso. Mejor me reservo en mi cabaña intentando disfrutar un poco de la soledad.
Aunque… En el fondo, quedan ya pocos días para irnos. Una semana.
Oh dios, una semana.
Me entró un pequeño ataque al corazón. Me faltó la respiración y el corazón me latía con fuerza.
De pronto entré en el baño como alma que lleva al diablo, me metí bajo la ducha. Fui tan aprisa que sólo tardé media hora en estar listo del todo. En cuanto salí del baño llevaba el pelo mejor arreglado que en toda mi vida, liso pero con un poco de volumen que me había puesto con laca, y había estrenado el mejor maquillaje reservado para ocasiones especiales. Sí, el más caro. Y es que joder, vale que nos íbamos a ver después del campamento, pero ¿cuántas veces se vive un amor de verano y no se disfrutaba al máximo? ¡Es el momento ahora! Va Bill, a la película que le den por culo.
.
Tardé apenas diez minutos en llegar y calculaba que llevarían poco más de veinte minutos con el ensayo así que tampoco me había perdido demasiado.
En cuanto me puse enfrente de la cabaña volví a ver a un corrillo de chicas alrededor de ésta intentando mirar por las ventanas. ¡Y dale! Qué pesadas.
Fui apartándolas con algo de desdén, y una se me quedó mirando de muy mala manera.
-Eh eh, si quieres ver intenta encontrar un hueco, gilipollas. – Me giré a mirarla cual negra americana y con cara de “¿what d’y just said?”.
-¿Perdona?
-Lo que has oído.
La miré fijamente y la verdad es que me arrepentí de lo que le dije después.
-Chúpamela.- casi ni pude ver la cara que me puso porque subí las escaleras enseguida para picar a la puerta. Recé lo que no había rezado en mi vida a la velocidad de la luz para que fuera mi rubio de rastas el que abriera la puerta, y así dejarla aún más hundida. Y efectivamente.
-¡Bill! – dijo entusiasmado – ¡Pasa, pasa!
Le sonreí y cerré yo la puerta, mirando fijamente a la chica de antes, que estaba completamente roja de la rabia. La miré con una sonrisa muy falsa que decía muy sutilmente “Jódete, no hables cuando no tienes ni idea”. Y pegué casi in portazo que tuve que disimular dentro.
-Uoh, ha sido el aire, se me ha escapado la puerta de las manos. – me reí mientras me sentaba en un sofá viejo junto a Ashley, la cual, al igual que el resto, me miraban extrañados.
-Bill, ¿como que has decidido aparecer? – era Mario el que me hablaba.
-He preferido aprovechar el tiempo con vosotros. ¡He llegado a la terrible conclusión de que le queda poco tiempo al verano!
-Pero serás mamón, no saques ese tema tío, que nos deprimes. – saltó Tom. – A la mierda, necesito una cerveza. Voy a por una, ¿quien quiere otra? – dijo mientras se dirigía a una pequeña nevera roja, al lado de un armario que sólo tenía vasos y servilletas. Cómo se notaba que no hacían más que componer, beber y fumar.
Todos nos pronunciamos y Tom hizo la repartición de cervezas en dos grupos, una parte se la quedó él, con tres cervezas aparte de la suya que por proximidad, repartió a Gustav, Georg y Mario, y el otro grupo de cervezas se lo dio a Erika, para que estas las repartiera entre Mario, Ashley y… yo.
Cuando me fue a entregar la cerveza la miré fijamente. Esta me sonrió.
Me cago en la puta, qué buena estaba la condenada. Mi parte hetero salió a la luz en cuanto me di cuenta que estaba un poco sudada de haber estado cantando un rato, y tenía todo el escote brillante.
-Hola Bill. Soy Erika, encantada. – Se me cortó la respiración en cuanto se me acercó a dar dos besos, y por consiguiente, sus pechos también se me acercaron.
-Je… – no sabía qué decir en cuanto se separó. Por un instante me quedé en blanco. – eh eh estooo… ¡Sí sí! Yo también estoy encantado, ii.. igualmente. – y miré al suelo de la vergüenza. Se giró para volver al sitio y creo que me mordí el labio en cuanto me fijé en su culo. ¿Pero qué coño te pasa, Bill? Ayer la odiabas. ¿Qué coño ayer? ¡Hace media hora! Jamás me había fijado que fuera tan… ¿sensual? ¡Lo estaba siendo hasta conmigo!
De pronto vi de fondo la mirada de Tom, fija en mi, con los ojos achinados, intentando entender algo. Vio que yo le miraba y puso cara de “¿qué coño haces?”. Me quedé estático y después desvié la mirada pegándole un gran trago a la cerveza.
-Eh Erika, ¿tú no bebes? – preguntó Georg. Mira el listo, se la quiere pescar. – Veo una cerveza alemana de la hostia en tus manos, y no la has ni mirado, por no decir que aún no está abierta.
-No no, he pasado una noche horrible, y ya tengo la voz suficientemente cascada como para encima ponerme a beber… No sé si debería seguir con el ensayo de hecho. – todos los integrantes del grupo se giraron a mirarla, alertados.
-¡Si hombre! Sin ti no podemos ensayar Erika. – dijo Gustav, con un tono algo elevado.
-Ya lo sé joder, pero si fuerzo hoy demasiado para mañana no voy a poder mejorarme, por lo cual igual para el concierto estoy por los suelos. – hizo una pequeña pausa. – No sé chicos, en este par de canciones me he cansado muchísimo y apenas llevamos un rato. Creo que estoy incubando algo. – Y se sentó conmigo algo apretujada, tanto que los brazos apretaban la camiseta y se le apretaban los pechos. Oh dios mío, no podía apartar la mirada.
-¡BILL!- me llamó Tom de golpe. Me giré sobresaltado y lo vi con cara de enfadado. ¿Cómo? ¡Pero si están Andy, Gustav y Erika delante! ¿Está loco? Vi como se le cambiaba la cara. Intentaba disimular – Bill eh… Esto… ¿Tú podrías cantar sólo por hoy? – su tono aún sonaba algo enfadado. Pero no lo tuve mucho en cuenta ya que sus palabras me descolocaron por completo
-¿Qué qué?
-¡Coño Tom, tienes razón! Bill, necesitamos una voz para guiar la música, es que la parte que más trabajo necesita son los instrumentos y no podemos perder ni un ensayo. – Georg me puso esa voz de mejor amigo que me podía. Será cabrón, sabe perfectamente que tal y como estábamos no podía decirle que no.
-Es que, joder…
-¡Sí Bill, que cantas muy bien! – Ashley esta vez.
-Vale estupendo, ¿estáis todos locos? ¡Pero si no me sé ni una canción!
La figura de Georg se dirigió a la funda de su bajo, de dónde sacó un par de folios llenos de las letras de sus canciones y me las dejó delante de mi cara. Me sonrió con algo de sorna. Las cogí con un poco de violencia mientras le devolvía la sonrisa con el doble de desdén.
Respiré hondo e intenté leérmelas por encima. Cuando me dispuse a leerme una que tenía como título “Der letzte Tag” noté como un peso desaparecía de mi lado. Miré a ver qué pasaba y vi como Erika se iba. Recogió un par de cosas que había en la cabaña y luego se dirigía a Tom. Fruncí el ceño y después me alarmé.
Erika se había inclinado a decirle algo al oído. Vi como esta sonreía mientras le decía lo que fuera, y Tom también sonreía de lado. Después negó con la cabeza y la acompañó a la puerta. ¿Pero qué coño…?
Cuando éste hubo cerrado del todo me miró, y pudo ver perfectamente mi cara de ira. Se encogió de hombros y luego me miró como diciendo “A esto también sé jugar yo”. Pero después me guiñó un ojo, disimuladamente, supongo que para calmar el ambiente y decidí pasar del tema.
-¿Qué te parecen las letras, Bill? – oí decir a Gustav.
-Em, sisi, estoy en ello.
¿Por donde iba? Ah sí, Der Letzte Tag.
…
¿Pero qué mierda era esta? Leí anonadado las letras un par de veces, sin llegar a creérmelo. Tenían exactamente siete canciones propias y no había por donde cogerlas. Yo recuerdo que cuando Tom me cantó un par me encantaron. ¿Pero qué diablos había pasado? Las letras eran malísimas, no rimaba nada con nada, la idea principal de la canción apenas se intuía porque no la sabían explicar del todo… Yo diría que aquel día, estaba tan anonadado mirándole tocar la guitarra y oyéndole intentar cantar, que pasé olímpicamente de la letra.
En silencio y sin darle explicaciones a nadie me levanté y me di una vuelta por la cabaña buscando algo que fue en vano. Todos me miraban extrañados y el que más Georg en cuanto me vio hurgar en los bolsillos de la funda del bajo así sin más. Vi como tuvo intención de acercarse hasta que encontré lo que buscaba y me dirigí a sentarme en el mismo suelo.
¡Por fin había encontrado un lápiz!
Me senté en forma de indio y puse las letras en mis piernas mientras que un codo lo apoyaba en una de las rodillas, y me sujetaba la cabeza con la mano. La otra la tenia ocupada jugando con el lápiz. Me puse leer y enseguida puse tachones por todas partes.
-Esto, es malísimo. – no tuve ningún reparo en decirlo. – ¿Quién lo ha escrito? – dije después de un buen rato. Miré al frente y pude ver una imagen muy graciosa de la que ni me había enterado. Georg y Ashley intentaban aguantar la risa pero es que el resto se estaban casi ahogando mientras que Tom me miraba seriamente. Gus fue el que más se estaba divirtiendo, ya que había apoyado un brazo en el hombro del otro, casi llorando de la risa.
Oh oh.
-Pues son mías. ¿Qué les pasa? – me sentí mal. Creí enseguida que dirían que eran de Erika…
-Pues Tom… No sé, no hay rimas, todo esta… fatal. La letra parece tener buena intención, pero se tuerce sola. – le fui a mostrar lo que había escrito, sólo de la primera canción y se la miró con concentración. – ¿Ves? ¿Están bien los cambios? – mi voz intentó sonar lo más dulce que pude, como si fuera una profesora de un niño que tenía problemas con el resto y necesitara tranquilizar la rabia. Me sabía mal haberle ridiculizado. Vi como fruncía el ceño. -¿No era esto lo que querías transmitir? – igual estaba siendo peor el remedio que la enfermedad. Mierda Bill, ¿quién te manda ir de listo?
-Esto es… -se me paró la respiración- …justo lo que quería transmitir.
Sonreí ampliamente.
-¡Muy bien, tarde de reparación necesaria de letras para el grupo! – oí como Gustav se dirigía a coger una caja enorme y se sentaba encima de ella, justo antes de hablar repicó un poco en ella, era uno de esos cajones flamencos. Creo que estaba hasta incluso emocionado. – Va, que yo también odiaba las letras. Tengo ganas de ver los cambios. – este se frotaba las manos, con expectación máxima.
También observé cómo Georg tomaba la iniciativa y cogía de una de las esquinas de la cabaña dos guitarras acústicas y una se la daba a Tom, justo antes de sentarse junto al batería, pero evidentemente, en una silla. Mi chico tomó el sitio donde estaba antes Erika y yo los observé, algo atontado. ¿Qué estaba pasando?
-¿Qué es todo esto?
-Bueno, es que si no te enseñamos cómo es la música no creo que puedas acabar de entender la canción para hacer los cambios.
-Oh… Entiendo.
-Lo vamos a hacer en acústico para que se haga más fácil y menos ruidoso. Vale, empezamos con Der Letze Tag. Te la tararearé la primera vez para que sepas cuando tienes que empezar tú, y así pillas el tono completamente. En la segunda vez que la toquemos, tararearé igualmente pero puedes intervenir cuando quieras e intentas agregarle la letra directamente, y metes los cambios– Vi como ponía cara de emoción – ¿Te parece?
-Esperad, antes de nada. ¿Alguien se fía de Bill como letrista? Porque igual no sirve de nada todo lo que vamos a hacer… Y no estamos como para perder el tiempo -dijo Gustav, ni corto ni perezoso. – Sin ofender, Bill.
-Sí sí, yo me fío mucho de él. He leído un par de perlas suyas que tela. Son una pasada.
-Lo secundo, llevo años oyéndolo cantar, y además temas propios, y realmente son muy buenos- las palabras de Georg me inundaron el alma. Lo miré con mucha emoción.
-¡Entonces perfecto! Aunque hay que hacer que Erika se las aprenda… Aunque a las malas, podemos dejar que este concierto sea con las letras antiguas para no liarlo demasiado y después ya… Bueno qué mas da. Ya se hablará. – Gus hablaba solo.
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Si el ensayo había empezado a las cuatro y media de la tarde eran casi las diez de la noche. Estuve arreglando la letra prácticamente entera de las siete canciones y mi mente empezaba a colapsarse hasta tal punto que ya no recordaba ni mi nombre. Noté que Tom estaba un poco decepcionado conmigo porque en realidad no llegué a cantar en ningún momento. No como él me había oído. Me había dedicado a entonar las palabras y poco más, y yo sabía que a Tom le hubiera gustado que me metiera del todo en el papel de cantante, pero él casi mejor que nadie, sabe que tengo miedo escénico.
Finalmente, acabamos editando Schrei y sobre las once menos cuarto salimos todos prácticamente corriendo hacia el comedor, más que muertos de hambre.
Al llegar nos encontramos con un edificio completamente cerrado. Tom se quedó pensativo y nos dijo que no nos moviéramos. Al cavo de diez minutos volvió con una llave maestra que nos abría las puertas del paraíso. ¡Qué hambre que había, joder!
Con mucho sigilo enfilamos dentro poco a poco y encendimos sólo un par de luces para que no se viera desde fuera que habíamos entrado. Tom se metió directamente dentro de la cocina saltando por encima de la barra donde se sirve la comida, y el resto hicimos lo mismo. Algunos con más dificultad que otros… Qué desastre estás hecho, Bill.
Comimos lo suficiente para que no se notara nada en falta pero había tantísima comida que no nos hizo falta mucho ni pensar en eso. Al acabar nos quedamos en el suelo de la cocina, casi a reventar.
-¡Perfecto! Todo el mundo a sus posiciones. – Tom se emocionó de golpe. Hasta fue dando saltitos entre tanto cable hasta llegar a su posición.
Me puse de espaldas a ellos. No quería ni mirarles. ¡Y eso que hoy sólo eran los integrantes del grupo! Ashley les había pedido a Mario y Andy que posaran para unos dibujos de la universidad y hoy estaba completamente solo.
La música empezó a sonar y me entraron ganas de llorar.
Y la entrada en 3… 2… 1…
Nada.
No podía
-¿Bill? Ya has de entrar. – dijo Tom, aproximándose. Se le cambió completamente la cara cuando me vio los ojos llorosos. – Eh… ¿Qué te pasa? – su mano se acercó a mi cara y estuvo apunto de acariciármela, pero se quedó a mitad de camino y se posó en un hombro. Del colegueo.
-Ya lo sabes Tom… Que yo, no puedo. No puedo hacerlo.
Tom expiró profundamente y se quedó pensativo. Vi como se rascaba por encima de la gorra y después desaparecía de delante de mí, yendo a buscar vete tú a saber qué. De pronto, empezó a cerrar todas las cortinas de manera que nadie nos pudiera ver fuera. Y la bandana que llevaba en la frente se la bajó hasta los ojos, descolocándole todo el peinado. Se rió ampliamente y separó los brazos, como dándose a mostrar.
-¿Qué te parece? Nadie te ve. – Se giró con una brusquedad que debería haber controlado, ya que al no ver nada casi pierde el equilibrio – ¡Eh!, ¿que me decís?
-¡Vale!- dijeron ambos al unísono. Cada uno fue a buscar un pañuelo y se en vendó los ojos. El pobre Gustav tuvo que requerir mi ayuda para volver a sentarse en la batería sin desmontar nada. ¡Madre mía! ¡Y todo esto por mí!
-¿Preparado? – dijo Tom, mirando a un sitio donde no estaba. Se me ocurrió algo.
-Emm… déjame un segundo y prometo que cantaré. – cuando oyó que mi voz provenía de otro sitio, se giró algo confuso.
Me acerqué peligrosamente a él y sin que se lo esperara le besé en la boca. Primero se apartó un poco, completamente entrado en pánico, hasta que se dio cuenta de la situación. Soltó el mástil de la guitarra mientras sonreía y me acercó hacia él haciéndome presión por el culo. Oh dios, me encanta. Nos besamos el tiempo máximo y suficiente hasta que empezó a ser sospechoso y para acabar le mordí el labio. Éste hizo ademán de hacer lo mismo pero me aparté enseguida.
No me puedo imaginar la frustración de querer seguir con el juego pero estar en la mala situación de no ver nada.
-¿Bill? Empezamos – oí a Gustav.
-Dale. – dije. Esta vez si los estaba mirando. Y verles tan indefensos me hizo, muy a mi pesar, sentirme mejor. Nadie me estaba viendo. Nadie iba a decirme nada porque no lo iban a ver. Esto era justo lo que quería.
Se me torció un poco el mundo cuando volvió a sonar la música pero me tranquilicé contando hasta diez.
Mi voz al principio estaba un poco nerviosa. Temblaba y se quebraba un poco, y lo podía notar en sus caras. Intenté calmarme, meter parte de ese actor que llevo dentro. Meterme dentro de la historia de la canción. Y a demás esta era completamente sensual y atractiva. Algo en mí se activó justo en la frase de…
-Wilkommen im Hotel… – sonó completamente porno y pude ver como Tom sacaba la lengua como si fuera con lujuria. ¡Uhh, me estaba poniendo malo! Empecé a liberarme y a cantar con más entusiasmo. No era como cuando estaba en mi habitación, pero al menos sí como cuando intentaba grabar una de mis canciones, que el solo hecho de estar grabándola me daba vergüenza, pero seguía estando yo solo. Llegábamos al final de la canción ya, y por consiguiente a la mejor parte de todas… – Vor der Tür Alarm, die ganze Welt ruft an. Alle zerren an mir, ich will mit keiner außer Dir- No pude evitar acercarme a él y cantarle esa parte. Es que de hecho, ayer cuando la estábamos cambiando, no podía más que imaginarme la escena sólo con él, y surgió sola. ¡Incluso le estaba señalando con un dedo mientras lo cantaba! ¡Esto de que no me vieran era lo mejor!
Y acabó la canción.
Los tres se quitaron lo que llevaban en los ojos y me miraron anonadados.
-¡Bill! ¿Pero qué coño pasa contigo? ¿Eres un dios o algo? – dijo Gustav, que había bajado y todo hasta donde yo estaba y me había pasado un brazo por los hombros. – Dibujas de puta madre, eres un letrista increíble, ¡y cantas genial! -Estaba tan rojo que no sabía ni qué decir.- Cerveza para to’ cristo otra vez. ¡Ya lo creo!
-¡Eh eh, pero yo sigo necesitando que os tapéis los ojos! – grité enseguida, algo preocupado.
-Sí, tranquilo, somos conscientes. – Tom exclamó esas palabras y apenas se le entendió ni una, ya que como buen simio que era, estaba abriendo la cerveza con la boca. Menudo prehistórico. Me la entregó y luego abrió la suya.
Buscamos un sitio donde sentarnos y fumar un poco, y acabamos inevitablemente en el sofá. Gustav fue tan lento que acabó en la caja flamenca que no había movido aún del sitio.
-¿Alguien más piensa que la voz de Bill es mejor que la de Erika? – Gustav lo soltó, y todos se quedaron en silencio. Yo tenía los ojos tan abiertos del asombro que no podía gesticular palabra.
-Totalmente de acuerdo – Tom.
-Sin duda. – Georg.
-Lo que digáis… – dije rodando los ojos, intentando quitarle importancia al asunto.
-¡De hecho…! – a Tom se le iluminó una bombilla encima de las rastas. A ver qué suelta este ahora. – Sólo tenemos siete canciones, si Bill quisiera podríamos agregar tres suyas más. Yo ya les he puesto música, sólo habría que trabajar vuestra parte. Sólo tres canciones. Y os prometo que con los cambios que ha puesto Bill en el resto de letras, van a parecer nuevas canciones completamente del mismo estilo que las nuestras. Por que en realidad, aunque Bill tiene un estilo más melódico y nosotros un poco más cañero, se combinan perfectamente.
¿PERDON?
Tom me miró, expectante.
-No.
-¡Oohhh vamos! – me puso un puchero. La madre que lo trajo. Sabe que me puede. – Canta Durch den Monsun. Les va a encantar. – No me dejó ni replicar que estaba yendo a buscar de nuevo la guitarra acústica de ayer.
-Que no he dicho. – sentencié.
-Eh si, yo quiero oírlas. – como no, Gustav. Creo que en dos días le he oído hablar más que en todo el puñetero campamento.
-¡Y yo quiero saber qué música le ha puesto Tom! Esa es la mejor que tienes prácticamente.
Tom ni siquiera replicó ya que fue la guitarra la que habló por él. Entonó los primeros acordes, y como si alguien me estuviera silbando en un oído que cantara, hipnotizándome así, no pude evitar hacerlo. Me emocioné si soy sincero. ¿Y porqué? Muy sencillo. Tom se sabía los acordes de memoria. Y sólo la habíamos practicado una tarde. ¿Eso quería decir que lo había estado haciendo él por su cuenta? Probablemente sí, ¿no? Y eso me llenaba el pecho.
-Impresionante, Bill. ¿Qué más tienes?
-Spring nicht – de nuevo, Georg y Tom hablaron al unísono. Estos empezaban a llevarse demasiado bien… Al ver que lo habían dicho al mismo tiempo se miraron, riéndose.
Acabé cantando tres canciones en total. Durch den Monsun, Spring nicht y Rette mich. En todas parecía que Gustav iba a hacerme un homenaje. La verdad es que estaba sintiéndome muy incómodo porque me estaba mostrando como nunca lo había hecho, y es como si estuviera completamente desnudo ahora mismo. No estaba seguro de querer dejarles mis canciones. Y menos si las iba a cantar la otra.
Tom
-¿Qué te pasa Bill?
Estábamos recogiendo, ya eran casi las siete de la tarde y Gustav tenía clase con los pequeños. Los otros dos ya estaban saliendo por la puerta y Bill y yo estábamos un poco rezagados, recogiendo en silencio, y él con demasiada parsimonia. Yo sabía que algo le pasaba.
Nada más decir, que no nos hizo falta ni taparnos los ojos después de oírle cantar las otras canciones. Algo oscuro se había apoderado de su alma, dejándolo completamente ausente de otros sentimientos, como la vergüenza en este caso. Eso me dio rabia, porque me había encantado oírle cantar Reden, sobre todo cuando se había puesto con aquella voz tan potente y sensual.
No, de pronto el ensayo había tomado una forma más monótona y triste. Espero que Gustav se acuerde de la parte buena del ensayo y no de lo último. Quiero realmente proponer que cante Bill en el concierto final. Sé que Erika se lo tomará a mal, pero bueno, merece la pena.
En cuanto dije su nombre, puso sus ojos en mí sin quitar su mirada baja.
-No lo sé la verdad… Me he apagado.
Oírle decir eso me rompió el corazón. No me esperaba para nada esa respuesta. Algo tenía que hacer al respecto.
-Oye, ¿te apetece hacer algo en especial? – Bill alzó una ceja, algo extrañado de esta proposición tan repentina. – Me refiero, algo tú y yo a solas. Y no pienses mal. Me refiero a no sé, cualquier cosa que te apetezca. Dilo. Intentaré hacerlo posible.
Bill me miró con ternura y me sentí un puñetero marica. Pero marica de tener sentimientos y todo eso. Lo otro ya lo he superado. Creo.
-Pues emm… ¿Qué se puede hacer aquí? Me encantaría salir a cenar, ir al cine… No sé, todas esas cosas. Pero aquí no se puede.
-Tsk, el niño pijo…
-¡Tom, cierra tú que Georg y yo ya vamos tirando, que tengo prisa! – Gustav me salvó de la casi hostia que estaba apunto de pegarme Bill.
-¡Vale, vale! ¡Tranquilo! – le respondí, pero acto seguido volví a mirar al moreno, con un poco de cara enojada. – ¿Quieres una cena romántica? – esta vez se puso chulo y asintió enérgicamente. Como si me estuviera retando. – muy bien, pero invitas tú. Yo soy pobre, tío. – este me miró con una cara extraña. Por una parte fruncía el ceño por no entender, y por otra ponía una especie de mueca que se asemejaba a una sonrisa, supongo que se estaba pensando que bromeaba.
-Claro que sí, yo invito. – dijo riéndose.
-Muy bien, en mi cabaña dentro de media hora. Y arréglate, que vamos de cena romántica.
-¿En sólo media hora? Imposible. – me respondió.
-Pues va a tener que ser así, quieras o no quieras. Ya puedes salir corriendo – Y mientras avanzaba hacia la puerta, le di un cachete en el culo. Bill se giró, flipando. Sonreí. – Hasta ahora.
Lo vi andar a paso muy apurado y yo, que tenía la cabaña a un par de minutos, dejé el paso más lento y tranquilo. Estaba improvisando todo un poco, pero me parecía que lo íbamos a hacer nos iba a venir bien a los dos. Si él estaba mal, esto le subiría el ánimo, y yo quizás le acababa contando toda la movida que tenía con mi padre… Él debería saberlo.
Saqué el móvil.
Mario, no iré a la cena, de hecho no sé a que hora podré estar localizable a corto plazo. Cubridme.
.
Pasaban cinco minutos de la hora, y decidí encenderme el único cigarro que me quedaba. Con todo lo pasado, estaba fumando el triple de lo normal y ya había agotado todos paquetes que me había traído para la estancia aquí. Adiós a todas las existencias. No me lo podía creer… Esta ansiedad me iba a matar. Bueno, ahora podía aprovechar para ir a comprar, al menos cuatro paquetes más para acabar de pasar la semana. Estaba claro que en mi estado, lo necesitaba.
En medio de tanto pensamiento, la figura de Bill apareció entre los árboles. Eran las ocho menos veinte y empezaba a oscurecer, pero aún así se le podía ver perfectamente caminar, muy elegantemente hasta mí. Llevaba el pelo completamente liso y brillante. Llevaba unos pitillos grises muy arramblados a su cuerpo, y se le definían perfectamente las delgadas y largas piernas. Arriba llevaba una gabardina negra, por encima de las rodillas, que no me dejaba ver qué se había puesto debajo, pero que vamos, alguna cosa igual de cara y pija que lo que debía llevar puesto. En los zapatos, llevaba unas botas con plataforma y un poco de tacón que me dejaron flipando. ¿Tacones? ¿Enserio? Vale que no eran altos pero… Bueno, mejor cállate Tom. Las manos perfectamente cuidadas con las uñas recién hechas y todo lleno de pulseras y anillos. Qué diva.
Cuando se me acercó me levanté y me puse enfrente suyo.
-¡Madre mía, Tom! ¡¿Qué estoy viendo?! – dijo tan sorprendido que parecía alarmado. Me miró de arriba abajo y después se mordió el labio.
La verdad es que yo me había ensañado un poco para parecer diferente a lo normal. Llevaba tonos muy oscuros, y una ropa no tan… ancha. Había dejado el estilo rapero por una noche y parecía más un roquerillo de estos que se están iniciando en la materia. Llevaba pantalones tejanos pero muy oscuros, que no eran ceñidos en sí, pero se me veía muy diferente a como iba siempre. Encima una camiseta blanca con un estampado oscuro, y una chupa negra que me regaló hace años mi padre y que me encantaba, pero que no sabía cuando ponérmela porque no me pegaba. Ahora era el momento. Y bueno, en el pelo más de lo mismo. Sólo que en vez de llevar una gorra, sólo llevaba uno de esos pañuelos oscuros con estampados en blanco.
Sí, lo admito. No parezco yo.
-¿Te gusta? – le dije, antes de ir a besarle a modo de saludo.
-Mucho… – dijo prácticamente encima de mis labios. Me rodeó el cuello y luego se soltó enseguida. – ¡Bueno, dime! ¿Para qué hemos quedado tan pronto? ¡Estoy nervioso!
-Sígueme.
El camino no nos llevó mucho más de un cuarto de hora y cuando llegamos a Bill casi le da un ataque. O un blancazo. Realmente no sabría decir cual era el estado en el que se quedó el moreno cuando llegamos. Se quedó estático y tardó aún un poco en pronunciar palabra.
-¿Qué…? ¿Qué hacemos en el parking…? – dijo muy pero que muy sorprendido.
-¿No es evidente? No iremos a un restaurante caminando. – la progresión de los ojos de Bill abriéndose hasta el infinito, era para hacer un .gif y que retara a todos los gatitos de internet. ¡Qué cara que estaba poniendo!
-¿Pepepepero…? ¿No está prohibido salir del campamento sin permiso? – dijo, muy bajito, como si el resto de coches aparcados ahí tuvieran oídos y fueran a contárselo a sus respectivos dueños.
-Ya les he dicho a Mario y Andy que me cubran, que no sé a qué hora volveré.
Bill se había quedado sin palabras. Podía ver que gesticulaba con la boca pero no salía nada de ésta. Sí, estaba completamente mudo.
-Esto… Yo…
-La pregunta que hago yo ahora es: ¿Düsseldorf a un restaurante pijo, o te sirve el primer pueblo que quede más cerca? – le ayudé un poco a hablar. Lo vi mirar al suelo un poco pensativo.
-¿A cuanto rato está Düsseldof…? – preguntó, como quien no quiere la cosa. Lo miré, y sentí que me lo comía.
-A una hora en coche.
Sacó ligeramente la lengua entre los diente mientras sacaba una sonrisa radiante.
-Hemos quedado tan pronto porque sabías cual iba a ser mis respuesta, ¿verdad? – le pude ver un brillo en los ojos que hacía merecer todo y más.
-Pues claro que sí baby, sube al coche. – le di al mando a distancia del coche y las luces de los intermitentes brillaron un instante, siendo acompañadas del sonido de los seguros de las puertas abriéndose. Bill se giró, mirando a mi amado tesoro.
-¿Un Cadillac? – dijo algo sorprendido. – ¿El día que fuiste a buscar a Mario y Andy llevabas este mismo coche?.
-Claro.
-Pues ni me di cuenta. – abrió la puerta y se sentó dentro. Noté como tocaba la tapicería y la puerta. Después de observarlo todo abrochó el cinturón, y finalmente se puso a dar palmaditas, de lo contento que estaba.
Me metí en el coche y arranqué mi preciosidad. Le dije a Bill que pusiera lo que quisiera, y empezó a mirar todos los CD’s que tenía en la guantera. Mientras, me preparaba poniéndome el cinturón, lo observaba atentamente. Veía como se retiraba el pelo y se lo colocaba detrás de una oreja, cómo rebuscaba con delicadeza entre todas las carcasas, y cómo se dedicaba a leer todos y cada uno de los títulos de las canciones que venían. Hoy Bill, estaba realmente increíble.
.
Acabamos llegando a las nueve en punto, y yo ya notaba que la barriga iba a estallarme, de hecho juraría haber oído el estómago de mi novio en alguna ocasión. Por fin llegamos a la zona de la ciudad donde estaban los restaurantes pijos. La verdad es que tenía suerte de vivir muy cerca, pero jamás me paseaba por ahí, porque era todo tan caro que casi te cobraban por entrar en los sitios. Fijo que Bill se enamoraba de este sitio.
De hecho, ya tenía un restaurante fichado, tan fichado que mientras me vestía había reservado mesa. Estaba en un edificio antiguo, con antiguo me refiero que era del siglo pasado, pero de los ricachones. Ventanas enormes y muy decoradas, techos altísimos, fachadas detalladas… Pero por dentro, habían acomodado todos los muebles a las nuevas tendencias. Todo era minimalista, y de alto diseño. Allí el plato costaba una barbaridad. Está claro que esta noche iba a quedarme pobre del todo.
Aparqué en el parking de casa, y anduvimos apenas diez minutos. La cara de Bill se transformó completamente en cuanto llegamos al puente que dividía los dos barrios, y pasabas de una zona oscura y poco agradable, aunque no por eso insegura, simplemente era pobre, a de pronto unas calles amplias con luces y enormes escaparates. Bill se paraba en cada uno, y aunque las tiendas ya estuvieran cerradas, los maniquís lucían su ropa las 24 horas del día.
Veía en Bill su verdadero yo. De pronto, mientras caminaba una figura semitransparente se dibujaba encima de la suya; era una diva impotente que se paseaba con abrigos de piel para arriba y abajo, con un cigarro humeante estilo Audrey Hepburn y con unas gafas de sol que lo dejaban casi en el anonimato, mirando por encima del hombro a la gente. No me agradó demasiado lo que estaba viendo, pero recé por que desarrollara esa faceta ya entrado en la edad de más o menos… Cruella DeVil.
De momento era sólo un chico demasiado mimado y enamorado de la moda.
-¿Cuándo llegamos? – me preguntó, ansioso. – La verdad es que me muero de hambre…
-Yo también. Mira, es ese edificio de la esquina.
Bill abrió los ojos como platos y después me miró a mi, cogiéndome de un brazo, al borde del desmayo prácticamente.
-¿Qué qué? ¡Pero eso debe de ser carísimo! – vi en una milésima de segundo, una sonrisilla escaparse por la comisura de sus labios. Tss… pero si se muere de la emoción.
-Sí. ¿No te gusta? – le pregunté, teatralmente.
-Nonono… Me me… Me encanta. – dijo, algo sonrojado.
-Lo sé. – y mientras dije eso, abrí la puerta. Enseguida nos atendió un camarero, bastante parecido a ese típico hombre con coronilla y bigote fino, cara muy alargada y la nariz aún más si cabía. Nos miró de arriba a bajo y luego nos habló.
-Disculpen, ¿tienen reserva? Está todo lleno. – Bill triste.
-Sí, a nombre de Tom Kaulitz. – Bill contento.
-Déjeme comprobarlo… – Bill nervioso. – Ah sí, mesa 327. – Bill muy feliz.
-¿Es en el ático verdad? Insistí mucho en eso. – Bill flipando.
-Sí, efectivamente. Ahora les acompaño al ascensor. – Bill muerto.
El camarero avanzó delante nuestro y yo fui a seguir pero no pude porque Bill se había quedado petrificado en el sitio, sin poder avanzar, y claro, me tenía agarrado del brazo y eso imposibilitaba mi camino.
–¿¡ÁTICO?! –dijo susurrándomelo, muy cerca del oído, completamente anonadado.– ¡¿Pero cuantos pisos tiene esto?!
-Tiene siete…
Lo vi descolocado pero porque tenía tal emoción, que no sabía como contenerla sin que tuviera que anular todos sus sentidos. Tiré tres veces de su brazo y por fin conseguí que se moviera. El camarero nos esperó en el ascensor y subió con nosotros.
El séptimo piso era increíble. Toda la pared, incluyendo el techo eran de cristal, como unas ventanas inmensas que no se acababan nunca y podías ver unas vistas de todo Düsseldorf que te dejaban sin habla. Todas las luces brillando, la ciudad en movimiento, y nosotros viéndolo desde aquí arriba. El hombre nos llevó justo a una mesa que hacía esquina y nos dejaba ver dos fondos distintos, incluso daba algo de vértigo.
Nos sentamos y vimos una cubitera ya en la mesa, llena de hielo, que goteaba por todos lados, brillante y fresquita. Dentro, una botella de cava muy caro. Creo que me estaba empezando a doler la cartera.
El camarero nos sirvió el cava y después se fue, dejándonos la carta en la mesa.
-Oh dios mío, ¡ni siquiera ponen el precio! – dijo Bill, revisándolo todo de arriba a bajo. – Oye, vas a tener un problema con esta botella…
-¿Por qué?
-Porque tienes que conducir. – dijo, como si fuera algo obvio.
-Oh bueno, ya. No te preocupes, si hay que salir más tarde no pasa nada. – y me dispuse a beber cuando Bill me frenó. Al instante levantó su copa y la puso cerca de la mía. Supe enseguida qué quería hacer y chocamos nuestras copas en un brindis.
-Por habernos conocido… – lo dijo muy bajito, y muerto de vergüenza. Casi pude notar como se había puesto muy rojo.
-Serás marica. – dije riéndome. Bill puso cara de indignación y luego dejó la copa en la mesa para pegarme una colleja que sólo pudo darme en un brazo. – Que es broooma… Pero admite que te ha quedado un poco gay. – Me puso una mueca extraña. –Yo también brindo por habernos conocido. De hecho, este verano estuve apunto de no venir, y no sabes lo mucho que me acuerdo de las peleas con mi padre porque él insistía en que tenía que trabajar en el campamento… Y ahora, no quiero ni pensarlo. No quiero ni pensar que jamás nos habríamos conocido.
-Bueno, no precisamente por que no nos habríamos llegado a conocer, para ti no habría cambiado nada. Todo seguiría igual.
-Nah… Seguro notaría el vacío igualmente.
Bill me miró con ternura y se levantó un poco. No supe muy claro lo que iba a hacer hasta que lo tuve a un centímetro. Cogí la respiración de golpe porque no me lo esperaba, y por un instante tuve pánico de que alguien que estuviera por ahí me pudiera reconocer, pero enseguida caí en que estaba en el restaurante más lujoso de toda la ciudad. Nadie de mis conocidos, pasaba siquiera por la misma calle, así que yo también me incorporé un poco y…
Me dejé besar.
Cuanto mariconeo.
.
Al principio pedimos unos platos que no sabíamos ni pronunciar y de hecho no sabíamos ni qué llevaban, pero dada la gran sorpresa, al tercer intento fuimos a lo que nosotros creímos que sería lo seguro.
La verdad es que nuestra cara debió de ser de chiste cuando nos presentaron el primer plato en la mesa. Lo describiré muy fácilmente. Y me referiré al recipiente, y ya más tarde a la comida. Los platos eran de esos que tenían los bordes inmensos y que de pronto, en el centro a alguien se le había ocurrido hacer un agujero chiquitín, donde poner algo. Y digo algo porque la comida no se merecía tal espacio antes de dar su último servicio en la tierra. ¡Eran cuatro centímetros cuadrados! Vaya mierda de cocina contemporánea, alternativa o como la quieran llamar. Y bueno, en si el alimento a ingerir era un solo bocado.
Apenas había una porción mini de comida en cada plato.
Y lo peor de todo, es que habíamos pedido hasta cuatro platos por cabeza y seguíamos con mucha hambre. Eso me cabreaba. Y empezaba a notar que a Bill también, y era totalmente normal.
-¡Tanta pasta para esta mierda!
-Uhh… Creo que te está subiendo el cava – dije, divertido. No creí que realmente fuera a expresar su descontento en voz alta.
Este se rió por el comentario y no me lo negó.
-Puede ser. ¡Pero es que vamos por la segunda botella…! Y yo aún tengo hambre. – me puso un puchero, uno de esos irresistibles.
-Ya te digo, pero como continuamos pidiendo comida, voy a tener que vender algún órgano en el mercado negro para pagar esto…
-Ya te digo. Oye, pide la cuenta, vámonos. – le miré extrañado, pero en el fondo llevábamos ahí por lo menos una hora y media, y como continuáramos así, yo acabaría pidiendo tres platos más.
Llamé con la mano al camarero, y desde lejos le hice una señal para que trajera la factura, y al poco rato, justo para acabarnos la botella, apareció con el papel. Me empezó a palpitar el corazón muy fuerte mientras se acercaba.
Vi una intención en Bill de cogerlo pero rápidamente me adelanté.
-Eeeeh, creía que pagaba yo. – dijo éste.
-Si hombre, ¿de verdad te pensabas que iba enserio? – pero Bill me pilló desprevenido mientras pronunciaba estas palabras ya que en un descuido se levantó y alargó el brazo hacia mí, y me arrebató la cuenta de las manos. – Eeeeehhh – grité, enfadado.
Los ojos de Bill se pusieron como naranjas, y me entró el pánico. Vale vale, sisisi, que pague él.
-Oye tío… Yo haría esto a pachas.
-Que no hombre, me da igual lo que cueste, ya lo pago yo solo. – ¿Cómo puedo decir esto?
-De verdad Tom, hagámoslo a medias. – le pregunté con la mirada y este simplemente me mostró la cifra, aunque después la dijera en voz alta igual – Doscientos cincuenta…
Cogí aire y no lo solté en al menos un minuto entero, por donde se me pasaron mil pensamientos, entre ellos un par que se mantuvieron fijos e inamovibles. El primero era el poder de mi hombría, que debía permanecer intacto, por lo cual debía pagar yo, sí o sí. Y el segundo, era simplemente una súplica a los dioses de que mi padre me pagara más de lo que tenía pensado pagarme. Aunque con todo lo ocurrido, no quería nada que proviniera de ese hombre, y menos que los buenos sentimientos hacia él, fueran comprados con más dinero.
Fuera como fuera, ahora sólo quería pagar yo.
Puse cara de “no te preocupes, yo controlo”, y cogí la cartera. De dentro saqué la tarjeta de crédito y enrollé la cuenta alrededor de esta. Después agarré un billete de diez, y lo dejé como propina. La cara de Bill era de pintura.
-Cuando vengas a Berlín, te invitaré yo a algo, te lo prometo.
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Salimos de ahí tan rápido como pudimos, y nos dirigimos al coche cuando fui consciente de que casi me la pegaba contra una farola.
-Mieeerda… Bill, yo no estoy como para conducir… Y sobre todo con el estómago vacío, que lo único que tengo ahí dentro debe de ser alcohol.
-Vale, pues habrá que ir a algún sitio hasta que se te baje. Bueno, hasta que se nos baje a los dos, porque seguro que al segundo volantazo te vomito dentro del coche.
La cara se me puso tan seria que borró la sonrisa que tenía Bill tras decir eso.
-Ni bromees con eso, una vez Andy… Bueno, ya te imaginas. Aquello olió a vino rancio durante semanas, y al principio me entraban arcadas a mi mismo sólo de entrar. No nos iremos de aquí hasta que estemos seguros de que a los dos, nos de un 0.0 en un hipotético control de alcoholemia.
-Hecho – dijo muy serio. Aunque aquella seriedad le duró un instante ya que de pronto, se le cambió la cara, volviendo a sonreír de nuevo. Aquel cambio de humor fue a consecuencia de algo que vio detrás de mí porque aún seguía con la mira fija en ello así que yo me giré enseguida. – Tom… un KFC, YA.
-¡Hecho! –repetí sus palabras. – Olvídate de Berlín, invítame ahora mismo. ¡Y me apetece cerveza! ¡Tanto pijerío me ha revuelto las tripas, necesito bebida de Vikingo! – el hombre pobre que había dentro mío, que sólo necesitaba cerveza para poder emborracharse, afloró de golpe. Y el pequeño hombre pobre de Bill, parece que también se quiso mostrar.
-¡Si, sí! ¡Voto a lo de la cerveza! ¡A la mierda el control de alcoholemia! ¡Hagamos locuras, vayamos a la cárcel! ¡Tengamos sexo presidiario! – me entró un ataque de risa que no pude ni aguantarme y le pegué una colleja, que lo descolocó.
-Pero qué dices, gilipollas. Nada de cárcel ni sexo presidiario. – me puse a reír otra vez, Bill estaba bastante borracho. Necesitábamos meternos algo en el estomago, ya. – lo del sexo te lo compro, pero en mi casa. – y le guiñé inevitablemente un ojo. Éste me miró, y olvidando la hostia que le acababa de dar, se mordió el labio y me devolvió el guiño.
No quise ni pensar en los problemas que pudieran surgir en cuanto empezáramos el tema así que simplemente, me limité a agarrarlo y meterlo dentro del restaurante de comida rápida. No fui muy consciente de lo que pidió para comer, pero si recuerdo tener tres grandes objetos delante nuestro, una vez sentados en las mesas; un vaso de litro de cerveza para cada uno, y un cubo hasta arriba de alitas de pollo crujientes. Ah, y ahora que lo pienso, también habían patatas fritas.
Ni hablamos, nos dedicamos a engullir toda la comida lo más deprisa que pudimos, y es que eran como las once la noche y creíamos que atracaríamos la cocina del hambre que teníamos. Comí tan deprisa que no toqué la cerveza, lo cual me la dejé entera para bajar la comida, estando ésta aún bien fría.
Una vez acabado todo me apoyé en el respaldo de la silla mientras intentaba recuperar la respiración. Ahora creía que iba a explotar si me metía una patata más. No me entraba ni agua, me relajé mientras miraba a mi chico acabarse lo que tenía. Una vez listo, apoyó su cabeza en mi hombro y lo oí inspirar bien fuerte. Ja, otro con problemas por sobredosis de grasa en su cuerpo y falta de aíre.
Salimos de ahí con mucha parsimonia y con paso muy lento, y sin querer zigzagueando un poco. Mierda Tom, te has pasado con el alcohol, no puedes conducir. Ni te acerques a un volante.
Hurgué en mi bolsillo en busca de tabaco y me acordé de golpe que esta tarde me había quedado sin. Me paré en seco y Bill me miró raro. Me quedé mirándole y alcé un dedo, como intentando decir algo. Cogí aire, y después hablé muy seriamente.
-Tabaco. – el estado de embriaguez cada vez era más fuerte.
-Yo tengo tabaco – dijo Bill, rebuscando en los bolsillos de la gabardina.
-No no no no no… – dije moviendo el dedo de un lado al otro, que aún seguía alzado. – Tengo que comprar tabaco para mí, que ya no tengo nada. –entonces aún con el dedo alzado, dí una vuelta de 90º y me puse a mirar al frente. – ahí hay un bar. – Y una vez lo señalé, ya pude bajar el brazo.
Entré dentro del bar y me alegré mucho de que fuera una de esas máquinas nuevas que aceptaban no sólo billetes, si no indicar el número de paquetes que quería. Metí veinte euros, y saqué cuatro paquetes y un par de céntimos restantes. Dios mío, me estoy quedando pobre.
Me froté la frente y justo escuché los silbidos de unos chicos que parecían dirigidos a algo que había detrás de mí. Me giré de golpe, algo sorprendido y vi como Bill acababa de entrar a ver qué me pasaba.
-Madre mía, mira qué gatita… – el camarero, que llevaba ese típico baso en las manos el cual estaba secando, le lanzó un beso a Bill y luego le guiñó un ojo.
Vi enseguida como Bill iba a replicar pero yo hablé antes que él.
-Eh eh, es mi chica, ni te acerques. – lo agarré por el cuello con un brazo y antes de que me fuera a replicar algo a mí, le di un beso. Yo sabía que mi padre venía por aquí de vez en cuando, pero me daba igual porque mi padre ya se estaba oliendo algo.
Salí de ahí rápido antes de que Bill me pegara de hostias ahí dentro y luego me miró muy enfadado.
-¿Tu chica? ¿Qué mierdas es esto? – dijo, con cara de borracho enfadado.
-Oh vamos, qué más da… – y otra vez, evitando que se pusiera a replicarme nada, volví a besarlo enfrente del bar. Le quise meter las manos dentro de la camiseta, pero la gabardina no me dejaba. Bill me rodeó el cuello y se dejó besar dulcemente. Nos separamos y noté un poco de mareo después de eso.
-Bill, vámonos a mi casa. Pongamos una peli o durmamos un poco, pero yo necesito bajar este pedo que llevo encima…
-¡Siiii! ¡A tu casa! ¡Sexo presidiario! – gritó emocionado. Se separó de mi y luego lo agarré yo a él del cuello, haciendo que no se alejara. Entonces le hablé al oído.
-Bill, no me prometas el cielo, si luego no me vas abrir las piern… puertas. – y le guiñé un ojo. La vedad es que estaba siendo un poco bestia, pero el alcohol me estaba sacando mi lado más sincero. Supuse que se enfadaría. Ya la has cagado otra vez Tom, ¡con lo bien que estaba todo!
-Eeeehhh… Déjame mi ritmo, tío. Chill out – dijo, casi casi poniendo cara de Buda achinando los ojos y poniendo los dedos en modo meditación.
-¡JAJAJAJAJ! ¡Estás loco! – entre tanta risa y comentario prácticamente me acabé pasando la calle del puente que lleva a mi casa. Pegué un tirón de Bill que casi lo tira al suelo y finalmente volvimos a encaminarnos correctamente. La misma calle que antes había generado devoción ahora era una más entre todas las que teníamos que caminar hasta llegar a nuestro destino. – Espero que no esté demasiado sucia… Hace dos semanas que vine, para buscar a Mario y Andy, y creo que lo recogí todo, aunque fuera bastante a prisa… – aquello fue más un pensamiento que un comentario, pero me acabó saliendo en voz alta.
-No te preocupes… – y sonrió achinando los ojos, otra vez. Este necesita algo que le baje el pedo, pero ya mismo. Creo que yo iba un poco mal, pero es que él estaba perdido.
Nos paramos en seco, habíamos llegado a mi casa por fin. Atiné como pude con las llaves y abrí la puerta lo más elegantemente que mi borrachera me lo permitió, dejándole a él el paso primero.
Bill
Intentaba ser lo más consciente posible de la situación, y aunque había llegado a sufrir momentos críticos durante el camino, ahora empezaba a pode estabilizarme un poco. Aunque creo que aún no era capaz de mantener los pies derechos al completo. Como mínimo era un poco consciente de todo lo que pasaba y creo que podía llegar a seguir una conversación decente.
También cabe admitir que en el fondo, me estaba intentando aprovechar de la situación, ya que así quizás me atrevería a hacerlo por fin… Sí, sexo. Lo que no entiendo es porqué las dos veces me ha frenado y encima me ha hecho ese comentario tan descarado. ¿No ve que yo intento ser sutil? Bueno, sutil no es la palabra, pero al menos en principio estoy borracho, cualquier cosa de este estilo se me puede perdonar, ¿no? Y encima le respondo con un “Tranqui tío, chill out”. Soy de lo que no hay.
Nos habíamos sentado en el sofá, y Tom empezó a preparar un café. Yo había comido tanto y bebido tantísimo que no me entraba absolutamente ni un poco de agua, pero me prometió que se me pasaría un poco la borrachera así que acepté.
Me lo quedé mirando, y me lo comía con los ojos. Lo vi agacharse a coger de uno de los armarios bajos de la cocina, la cafetera, que desmontó y limpió un poco antes de usarla. Mientras la secaba buscaba el café y encendía el fuego. Finalmente puso agua y lo dejó que hirviera.
Una vez finalizada esta tarea se puso a buscar tazas muy grandes a las que le puso algo de leche, que por cierto era prácticamente lo único que había en la nevera. Las puso a calentar en el microondas y cuando las sacó estaban humeantes.
La verdad es que por la noche refrescaba un poco y apetecía, pero con todo el alcohol estaba empezando a sonarme desagradable la idea.
Me levanté y miré un poco la casa. Se me hacía extraño estar en la casa de mi chico, pero me sentí de golpe muy cómodo. Era la primera vez que veía cada rincón de la casa y sin embargo es como si ya lo conociera todo. Olía a Tom en casi cada sitio, incluido el sitio donde antes estaba sentado. Aunque ahora, mientras oía el burbujeo del café, éste empezaba a inundar la casa, que daba gusto.
Vi una foto de Tom cuando debía tener unos catorce años, ya que ya tenía las rastas pero que sólo le llegaban a los hombros. Me parecía completamente familiar pero no llegaba a cuadrarme del todo su aspecto. Es como si le faltara algo.
En la foto, Tom posaba con una guitarra que parecía ser nueva, y junto a su padre, que estaba medio agachado a su lado, con un brazo alrededor de los hombros de su hijo. La cogí y me pareció enternecedora. Miré un poco más pero no vi más fotos.
Eso me hizo preguntarme algo que no sé porqué, aún no lo había hecho.
-Tom… ¿Puedo preguntarte algo? – sé que los temas de familia no se deben tocar a menos que el otro lo saque, pero no pude evitarlo.
-Claro. – dijo mientras servía el café. Me miró y me señaló cuantos terrones de azúcar quería, y con los dedos le señalé que dos.
-Emm… ¿Tus padres están separados? O bueno… Me refiero, ¿qué es de tu madre? – igual era una tontería y simplemente veraneaban separados y por eso no la había visto por el campamento, pero eso ya me pareció un poco extraño, el siguiente dato fue no ver absolutamente ninguna foto más en esa casa. ¿Una foto de la boda? ¿De ella? No, no había nada de nada.
Tom se quedó un poco parado cuando lo pregunté y eso hizo que mi corazón fuera a mil por hora. Vale, Bill deberías aprender a cerrar el pico. Después continuó buscando cucharillas en los cajones y las sacó. Puso cada una en una taza diferente y acabó dándome a mí una de ellas, sin mirarme. Se fue a sentar en el sofá y dejó la bebida en la mesa, supongo que esperando a que dejara de quemar tanto.
Me puse muy nervioso por lo que había dicho y me senté a su lado, dejando la taza también encima de la mesa, justo al lado de la suya.
Tom no me respondía. Agarré el mando con prisa y cuando estuve apunto de poner la tele este me agarró por la muñeca y me lo arrebató. Él tenía el poder en su casa, así que le dejé. Puso algo y dejó que permaneciera de fondo porque el volumen de ésta lo dejó tan bajo, que parecía inaudible.
El silencio empezó a hacerme sentir muy culpable.
-Eso me gustaría saber a mí. – dijo con parsimonia, mientras dejaba el control remoto al lado suyo del sofá. Él se giró y me miró fríamente. Sus ojos me helaron completamente.
-Perdona por la pregunta, yo… Es que…
-Tranquilo, no pasa nada. – me cortó. Después de un largo silencio añadió algo. – Es sólo que… Bueno, me has leído la mente. – entonces sus palabras dejaron de ser negras y oscuras a un tono más gris azulado. Como si la vida en sus palabras empezara a surgir de nuevo. – Quería hablarte de esto ahora…
Fruncí el ceño, no entendía muy bien porqué iba a querer contarme esto ahora, y empecé a pensar en qué cosas podrían haber pasado últimamente como para que tuviera que ver con una madre desaparecida. De pronto, la luz se iluminó.
-El miércoles… en el comedor, cuando llegaste tan mal… – todo empezó a pasar como una película de terror en mi cabeza. Recordaba la llamada de teléfono de Mario mientras Tom no aparecía por ningún sitio, y recordaba encontrarnos pocos minutos después en los que me abrazó durante un buen rato, y que simplemente quería la compañía de alguien, y un poco de silencio.
Tom asintió pesadamente mientras cogía por fin su café entre las manos, y se lo acercaba. La verdad es que yo ya no necesitaba el café porque el tema aquel me había llegado a bajar hasta la sangre y ésta no regaba el cerebro ni aun dándome la vuelta. Estaba algo colapsado.
-Pues… Resulta que tetetenngo un he…hermano. – tartamudeó tanto que me dio pena sólo la frase en si. Noté enseguida que de milagro no se le habían atragantado las palabras, porque sus ojos estaban rojos y su mandíbula muy apretada. Espera, ¿¡Ha dicho hermano?!
Me incorporé hacia delante, como si el simple hecho de acercarme más hiciera que las palabras que acababa de oír cobraban más sentido. De nuevo asintió, y no dijo nada más durante un par de instantes que se mi hicieron eternos.
-¿Cómo lo sabes? – no sé si es que necesitaba mi ayuda para continuar con la historia pero quise ayudarle lo máximo posible. Una de las cosas que intenté hacer para tranquilizarle fue cogerle durante un momento la mano, y acariciársela. Igual eso le ayudaba a calmarse y a pensar más fríamente, sin emocionarse.
-El otro día conseguí sonsacarle a mi padre toda la historia. – dijo, como si fuera casi un acto heroico, pero donde habían muerto muchas más personas de las que se esperaba. Como si esa proeza hubiera acabado tan mal, que el resultado te avergonzaba, y te hacía sentir miserable. – Lo… Lo encontré bastante hecho polvo en su oficina, mirando una foto de mi madre y él. – se mofó de ese hecho, y no entendí porqué, supongo que todo me llevaría a describirlo. – ¿Sabes? Mi padre siempre ha esquivado este tema. Yo le preguntaba y siempre me evitaba. Y mira que son años y años de insistencia. Pero jamás me contaba nada al respecto.
-Es jodido hablar de algo tan difícil. – yo había vivido también con una madre sola. Lo comprendía a la perfección.
-Ya, pero al final siempre hay un momento, sobre todo… Con toda la mierda que me llegó a ocultar. – de nuevo se le quebró la voz. Intentó tranquilizarse y sacó uno de los cigarros que recién se había comprado. Me ofreció uno sin mirarme y lo saqué enseguida. Aproveché para coger el café, que si no empezaría a enfriarse. El ambiente se llenó de humo, y me recordó a una de esas películas francesas con un aire un tanto snob, sólo faltaba que yo fuera una chica y únicamente llevara una camiseta de él, justo después de hacerlo. Oh, y un cenicero lleno de cigarros y colillas que narraban historias pasadas. Tom prosiguió. – Resulta que mi versión de los hechos es que simplemente mi madre nos abandonó nada más nacer, y por culpa de mis abuelos, porque se ve que mi padre no era ningún buen partido, al parecer. Yo, teniendo esa única información llegué a tener un odio infinito hacia esa mujer desconocida, e incluso indiferencia a según que edades.
-¿Y… no fue así?
-No. Para nada. Fue… Todo lo contrario.
Ninguno dijo nada hasta que el humo del cigarro se hubo apagado, después de ser aplastado en el cenicero. La verdad es que no sabía muy bien qué decir, y simplemente estuvimos fumando con tranquilidad, saboreando cada calada, y sintiendo el humo dentro de nuestros pulmones, saliendo lentamente hasta fusionarse el uno con el del otro. La verdad es que esa imagen me pareció bastante erótica. De nuevo, Tom habló.
-Se ve que mis padres se conocieron en el campamento. – ambos sonreímos ante eso, y nos miramos con algo de ternura. – Sí, exacto, como nosotros. Incluso no perdieron el contacto al salir, y eso que la comunicación era pésima. Se mudaron a Berlín y tuvieron una vida de pareja, normal y corriente. – en ese momento pensé que desde luego no como la nuestra – Mi padre no llevaba muy bien el negocio y apenas podían vivir con lo puesto. Se ve que mis abuelos maternos estaban forrados y no querían ayudarles.
-¿Y qué decía tu madre? – No podía creer que una hija no tenga el apoyo de sus padres.
-Creo entender que no lo sabía. Que simplemente ponían excusas todo el tiempo para no dejarles dinero. Aunque mi padre lo supo des de el primer momento.
-Supongo que no le dijo nada a tu madre por miedo de que ella reconsiderara la opción de estar con él… El no tener un apoyo por parte de los padres, es muy jodido. – reflexioné. De pronto, los dos dimos una calada a nuestro respectivo cigarro, lo habíamos hecho tan igual que parecíamos dos robots con acciones programadas.
-En pocas palabras, mi madre se quedó embarazada y eso fue un gran golpe, porque si apenas podían vivir con lo que tenían, ¿cómo iban a cuidar a un bebé? –Tom se encogió de hombros con esa pregunta retórica, y continuó con su relato. – Estuvieron ahorrando, y de pronto pasó lo que acabó destrozándolo todo; mi madre tenía gemelos.
Mis ojos se abrieron desmesuradamente y de qué poco no tiré el café al suelo. No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Mi chico tenía un gemelo en el mundo?
-¿¡QUE QUÉÉÉ?! – prácticamente chillé como una mujer, pero es que no me lo esperaba para nada. Era imposible lo que estaba oyendo.
-Sí… Yo me quedé igual. Incluso… Incluso he visto una foto de los dos recién nacidos. – se le quebró la voz, y sonrió con ternura de verlo reflejado en sus recuerdos. Yo seguía aún en el mundo de flipalandia, donde todo lo que estaba oyendo estaba pasando de verdad. – El muy hijo de la gran puta la lleva en la cartera desde siempre. – su voz se tornó en ira pura, en asco y repulsión, incluso parecía que le costaba dirigirse a él incluso con insultos.
Con un movimiento de cabeza le indiqué que continuara con la historia.
>>Cuando mi padre se enteró pensó que supondría la ruina de los cuatro, y se puso a maquinar un plan con mis abuelos. El muy imbécil se pensó que era la mejor solución, y la más heroica. Pero es de lo más cobarde y ruin y… ¡Y de todo! – casi aplastó el cigarro del golpe que dio contra el sofá.
>>Pactaron la vida de un crío por la del otro… – mi cara de pánico creo que fue más que notoria – me refiero, a que hicieron ver la muerte de uno de los dos niños, o sea… yo, y la huida de mi padre. Le escribió una carta diciéndole que no podía soportar la situación de cuidar de más de una persona con el dinero que tenía y que se largaba. Mis abuelos pagaron mucha pasta al hospital y crearon un parte de defunción del niño. Después mi padre se volvió a Düsseldorf e intentó rehacer su vida. Así como si nada. Como si no supiera que en la otra puñetera punta del país había dejado a una mujer en un hospital con un doble noticia, un casi marido que la abandona en el parto de sus gemelos y que uno le nació muerto.
Por mi cabeza empezaron a pasar todas y cada una de las palabras de Tom y se iban transformándose en una película. La podía visualizar perfectamente porque esa historia… Yo ya la había oído antes.
-Mi… Mi madre. – dije. No me salían más palabras, intentaba ordenar todos mis pensamientos.
-¿Qué le pasa a tu madre? – dijo Tom algo extrañado.
-¿Dónde me has dicho que naciste…? – le pregunté, algo descolocado aún.
-En Berlín. – me contestó casi dudándolo, igual la versión de su nacimiento hasta hace pocos días no era esa, y tenía que acostumbrarse a ello.
-Y… ¿Cuándo naciste? – una corazonada me atravesó de golpe.
Antes de contestar, Tom alzó una ceja, sin saber muy bien por dónde iban los tiros.
-El uno de septiembre de 1989 – mi boca llegó al suelo. No me lo podía creer.
-Yo… Dios Tom, estoy flipando. – no sabía ni qué decir.
-¿Qué pasa? – dijo este, con el ceño fruncido, algo preocupado.
-Mi madre es médico, por tu madre. – me reía de decirlo en voz alta, pero era verdad. Sólo podía ser eso. Eran demasiadas coincidencias. La cara de Tom era un cuadro.
-¿Pero qué dices? ¿Aun sigues borracho? ¿Quieres otro café? No me preguntes por el sexo presidiario que ya hemos hablado de eso… – me reí de su comentario, pero no sé como no notó que fue muy fingido. ¿Pero qué le pasa? En fin, pasé del tema.
-No sé cuántas veces mi madre me ha repetido que el día que yo nací, en la cama de al lado, a una mujer se le murió uno de sus dos hijos nada más nacer. – Podía notar como Tom abría más y más los ojos, pero poco a poco, como si el impacto de un golpe se reprodujera muy lentamente. – Yo nací el uno de Septiembre de 1989, en Berlín. Igual era otra mujer que desgraciadamente sufrió lo mismo que tu madre, pero me parecen pocas las posibilidades de algo así…
-Nacimos uno al lado de otro. – Tom hacía un resumen conciso y claro de todo lo que había dicho, aunque lo estaba centrando más en nuestra relación, que en su historia pasada.
-Ella… Siempre repite que tiene pesadillas con el llanto de aquella mujer, que lo que debió de sufrir fue tan fuerte, que la destrozaba. – creo que me había pasado con tanta palabra, pero podía recordar exactamente las expresiones de mi madre sobre ese tema. Siempre la dejaban descolocada. – Decidió estudiar medicina, y al final acabó de comadrona. Dice que ella siempre habría intentado hacer lo posible para salvar a aquel bebé, y que bueno, ya te puedes imaginar, se obsesionó y quiso ponerse a atender partos, asegurándose que ningún bebé moría en sus brazos. Es un poco peliculera.
-Es increíble, Bill. – este seguía ensimismado, procesando las palabras.
-En cuanto llegue a casa le diré que sigues vivo. Eso la dejará flipando. – ese niño que mi madre intentó salvar en tantas ocasiones, pero con otras caras, realmente estaba a salvo. Mientras dije aquello, a Tom se le iluminó la cara.
-¿Crees que tu madre podría dar con ella? – se me acercó tanto que creí que me cogería del cuello de la camisa, con agresividad, pero no, simplemente se acercó. – Aunque bueno, imagino que no, es bastante imposible.
-No te preocupes, ya le preguntaré. Pero… ¿Tu padre no te quiere decir donde están?
-Dice que no lo sabe… Pero yo creo que miente. – se me rompió el corazón aún más si cabía. – Pero ten por seguro que en cuanto salga de aquí iré a buscar a mi madre, y a mi hermano, está claro.
-¿Cómo se llaman? – creo que la curiosidad sobre esta pregunta, estaba latente en todas partes – Ah, y si piensas en irte a Berlín, en mi casa tienes alojamiento. – y no era mera palabrería, Tom tenía las puertas de mi casa abiertas, des de el día en que nos conocimos, en el maletero de un autobús lleno de universitarios. Me sonrió simplemente, supongo que por vergüenza no me acabó contestando a eso último, sólo a lo primero.
-Mi madre se llama Silvia, y bueno… Mi hermano… No se sabe. – puso cara de circunstancias, como si no supiera por qué opción decidirse. – Todo apunta que se llama Tom también… El muy imbécil de mi padre me puso el nombre que quería mi madre, pensándose que eso sería un acto de amor, y no le importó una mierda pensar que probablemente ella, le podría el nombre que le gustaba a ella a su único hijo, y más sabiendo que el padre se acaba de ir, abandonándola.
-O sea, que tienes un hermano que muy probablemente se llame Tom.
-Ajá.
-Y es un hermano gemelo.
-Sí.
-¿Sabes a de bromas que pueden haber en medio? – me miró con una cara de asesino que enseguida cambié esa sonrisa socarrona que había puesto en mi cara. – ¿Tu padre tenía algún nombre específico en mente? – este se lo pensó, y después se rió.
-Bill.
-Dime.
-No no, que a mi padre le gustaba el nombre de Bill… – y se rió un poco.
-¡No me jodas! – no me lo podía ni creer. – Esto es demasiado. El mundo quería que nos encontráramos, está claro. El mundo quiere algo de nosotros.
-El mundo quiere que me ayudes a recuperar a mi familia… – y de pronto, abrió los brazos de par en par, y me invitó a ser abrazado. Lo miré con ternura, y dejé que me rodera, pero poniendo mi espalda en su pecho, de manera que ahora los dos mirábamos al techo de su casa, mientas seguíamos hablando, y su voz hacía que el pelo que estaba cerca de mis orejas, bailara al oírla. -¿Estás mejor? ¿Se te ha pasado un poco la borrachera?
-Sí… – me estaba relajando cuando de pronto algo me asaltó -¡Pero yo no me quiero ir aun, eh!
-Pues claro que no, no nos iremos de aquí hasta por lo menos las 7 de la mañana. Suerte que hasta las doce o así, no tengo clases… – estuvimos un segundo en silencio que enseguida fue interrumpido por Tom otra vez. – Oye… ¿Y qué tal tu familia? – la verdad es que me lo preguntó como si fuera lo más normal, esperándose la típica respuesta.
-Bueno… Estamos más o menos igual, mi padre nos abandonó. – Tom me apartó de él de golpe, como si le diera asco. ¿Pero qué coño…? ¡OOH! ¡NO NO NO! – ¡¡Pero nono, tranquilo!! Yo sí conozco a mi padre – Agité las manos intentando hacerle volver a la tierra porque a Tom casi le había dado un ataque al corazón – Nos abandonó, pero yo tenía siete años. Me acuerdo de él y se quién es, pero se fue sin más, por eso digo que nos abandonó.
-Bill, he estado apunto de morir, ¡que lo sepas! – y creo que cuando fue a coger más tabaco, en vez de sacar dos cigarros, uno para cada uno, los había sacado los dos para él solo. – ¡Me he imaginado lo peor! ¡Demasiadas coincidencias Bill! Las cosas dilas claras desde un principio, joder. – y mientras decía eso, me tendía el cigarro que no dudé en coger. Últimamente estaba fumando más de lo normal, pero porque Tom siempre me estaba invitando.
-Ya, ya… lo siento. No he pensado en lo que estaba diciendo.
-¿No tienes ningún hermano gemelo perdido por ahí, no? – dijo riéndose.
-Jaja, pues no que yo sepa. Aunque pensando en el tuyo… ¿Estará tan bueno como tú? – saqué la lengua, jugueteando con el piercing, imaginándome a dos Toms igualitos, uno al lado del otro, mirándome y comiéndome con la mirada.
-Pues seguro que no tío, yo soy la cosa más increíble en la faz de la tierra, Bill… Bill. ¿Bill? – el chasquido de sus dedos enfrente de mis ojos me sacó de mis pensamientos. ¡Mierda, eran demasiado buenos! – ¿Qué coño estabas imaginando, pervertido? – se rió.
-Pues creo que es evidente… Dos Tom en este mundo… ¡puuft! – y me mordí el labio sin poder evitarlo, y delante de él.
-¿Que no te vale uno solo? – y empezó a acercarse a mi, muy sugerentemente. La distancia que había puesto antes se fue acortando a pasos agigantados, y cuando fui a responder, fue cuando tenía sus labios a apenas un par de centímetros.
-Eso lo sabré, cuando pruebe la mercancía.
Continúa…
Vas a continuar? Es muy bueno este fic 💗
Esta temporada está completa, no te preocupes, será actualizada cada semana.
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