«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo
Capítulo 29: Noche tensa
– Eso es lo que quería escuchar – murmuró amenazante Charly, interrumpiendo la conversación de la rubia y su ex pareja – son un par de basuras.
– ¡Cállate marica! – Gritó Natalie acercándose hasta él – no has oído nada a menos que quieras terminar en el cementerio.
– Cálmate Natie – ordenó el mayor – quédate aquí, déjame hablar con él.
Con furia, lo tomó del brazo empujándolo hasta uno de los oscuros y solitarios pasillos de la empresa.
– Escúchame – le susurró Jörg intentando provocarlo pero el joven se liberó del agarre sin debilitarse.
– Tu vas a escucharme – dijo firme – ¿Cómo podes robarle la felicidad a tu propio hijo? ¡Mierda Jörg es tu hijo! Realmente se nota cuando está mal y sobre todo cuando se debe a Thomas ¿No te das cuenta lo que causas con una de tus putas mentiras? Estás matando la alegría, las ganas de vivir de tu hijo.
– Yo no quiero a un marica como hijo – interrumpió el hombre resoplando – no eres padre, no lo comprenderás.
– ¿Te oyes? – Añadió Charly – no quieres a un marica como hijo ¿Y tu? Que yo sepa has tenido relaciones amorosas y sexuales con hombres, aun cuando tu mujer estaba viva.
– Yo no soy Bill – se excusó – dime cuánto dinero quieres para cerrar tu bocota. ¿Cuánto?
– No soy un chantajista, no te equivoques – negó con la cabeza – jamás me interesó tu dinero, y si realmente quería saber que sucedía aquí era porque me entristecía pensar lo que tramaban tu y ‘ella’. Son un asco, no entiendo como pude enamorarme de una rata como tu.
– No vas a insultarme – murmuró entre dientes para luego darle un puñetazo en el estómago. El muchacho desconcertado se tomó el abdomen como dolor mientras lágrimas de desilusión se asomaban por su clara mirada – y si abres la boca…
– ¡Me importa un cuerno que me amenaces! – Gritó echando a correr – ¡Bill merece ser feliz!
– Maldito idiota – suspiró en voz alta luego de que ‘el zorro’ tomase el ascensor – debí haberme deshecho de tu inmunda persona hace tiempo.
Casa Trümper
El patio de la casa de Tom estaba iluminado por unas enormes farolas. Allí un asador alistaba la cena para los pequeños. Simone había preparado con dedicación una larga mesa de madera en la que ya todos esperaban ansiosos el plato preparado por el fotógrafo. Bill colocaba los vasos a cada niño, mientras podía percibir la mirada de Tom fija en él. Estaba incomodándolo, haciendo que sus manos temblaran.
– ¿Falta mucho? – Preguntó Melisa sentada en uno de los extremos con dos lugares vacíos justo a cada lado – ven Bill, siéntate.
El muchacho de rastas asintió sentándose justo al lado de la pequeña rubia y del pequeño niño de ojos color cielo, que le había mordido su pierna.
– Bueno a ver… – gritó Tom con una bandeja en la mano, su mirada y la del director se encontraron – no se quemen, Bill ¿me ayudas?
De inmediato se colocó junto a él sirviéndole a cada pequeño. Al finalizar los dos jalaron la bandeja como desafiándose un premio.
– La llevo yo, deja ve a sentarte.
– No, la llevo yo.
– Que la dejes, Thomas.
Se quedaron estáticos, sus tristes miradas conseguían que sus pechos doliesen ante el encuentro. Tom asintió caminando hasta la mesa, sonriéndole a Melisa quien captó enseguida que los ojos de su hermano seguían cada movimiento de Bill.
– Hugh ¡Que idiota! – Gritó el pelinegro de rastas bicolores tomándose la mano – Estaba caliente… ¡Qué imbécil!
– ¡Que imbécil! – repitieron un par de niños al mismo tiempo y él siguiéndole la broma caminó hasta su lugar cruzado de brazos con una amplia sonrisa iluminando su rostro.
Al sentarse, miró el bote de hielo y sacó dos pequeños cubos. Lo deslizó por su palma justo cuando unos dedos le arrebataron el pedazo de hielo y lo frotaron contra su mano.
– Lo hacías mal – excusó Tom buscando contacto – estabas dándote más calor.
Se incomodó, sus mejillas ardieron y ante los nervios movió sus piernas colocando sus pies entre las del de trenzas haciéndolo removerse sobre su silla.
– Lo siento – murmuró sin mirarlo, ahora sí quería esfumarse.
– Coman ‘imbéciles’ – ordenó entre risas Melisa, arrodillada sobre su banqueta. Mientras miraba a cada lado pasando de la enamorada mirada de Tom a la cara totalmente ruborizada de su ‘mejor amigo’.
Departamento de Bill
Miraba su novela de cada noche, una la cual seguía hace tiempo únicamente porque le daba esperanzas. La chica de clase media enamorada de su mejor amigo millonario de toda la vida. Él jamás le había dado atención hasta que un día le confesaba su amor. Pero claro, solo pasa en las telenovelas. Secó una lágrima y caminó hasta la cocina aprovechando la tanda comercial, pero el timbre la sacó de sus pensamientos. Frunció el ceño ante la insistencia del llamado y comenzaba a ponerse de muy mal humor.
– ¡Ya va! – gritó apresurando el paso, al llegar a la puerta se encontró con una cara conocida – Buenas impacientes noches.
– Lo siento – susurró el joven – ¿Está Bill?
– ¿Quién lo busca? – preguntó entrecerrando sus ojos.
– Charly, compañero de trabajo – respondió sonriente – Eres Jane ¡Soy tu fan!
– Ah no soy Graciela, sí soy Jane – bromeó – Bill no está, la verdad es que no tengo idea donde diablos se metió ¿Quieres que le deje algún recado?
– ¡No! – Gritó sobresaltándola – no se cuánto tiempo pueda estar acá…yo… ¿Puedés llamarlo a su celular?
– Tranquilo – advirtió Jane – pasa, disca el número.
Charly caminó nervioso respirando agitado, la morena le pasó el telefono y marcó con sus dedos temblorosos el número.
– ¿Sucede algo grave? – susurró la muchacha.
– Mi cabeza está en juego –contestó oyendo el primer tono – pero antes él y su pareja tienen que saber algo muy importante.
Casa Trümper
Pero Bill no iba a responder. Su móvil estaba en silencio en el fondo de su bolso. La tensa cena junto al fotógrafo acaba de terminar. Ahora Simone ayudaba en el cuarto de Melisa a vestir con sus respectivos pijamas a las niñas mientras los pocos niños se colocaban la ropa de dormir en el cuarto de Tom, y éste último lo hacía en el baño. Bill solo esperaba sentado en el sofá pero algo captó su atención o más bien alguien. Un niño de cabello rubio y ojos cafés estaba ya listo para dormir sentado al pie de las escaleras. El pelinegro de rastas caminó hasta él sentándose a su lado, de espaldas al piso superior de la casa.
– ¿Estás bien pequeño? – le susurró acariciándole su pequeña cabeza.
– Extraño a mamá – contestó en un suspiro – ella ahora está en el cielo y la extraño mucho.
– Oh lo siento – añadió sintiéndose identificado – mi mamá también está en el cielo.
Tom asomó su cabeza enternecido ante la situación, mirando emocionado a los dos. Bill se demostraba a la altura del niño hablándole del mismo modo como si también tuviese seis años.
– Pero ahora no solo es tu mamá – le sonrió abrazándolo – ahora también es tu ángel.
– Y papá no me quiere – ahora sí, ese niño era un reflejo suyo – pero no me importa, tienes razón mami es mi ángel.
– Siempre te cuidará – volvió a sonreírle apretándolo entre sus brazos. Pero ambos se pusieron de pie sobresaltados cuando todos los demás niños bajaron entre risas y empujones por las escaleras.
Simone acostó a cada uno y se quedó encargada de ellos mientras Bill subía con la ropa para dormir en sus manos listo para vestirse. Al ver la luz del baño encendida decidió cambiarse en la habitación del fotógrafo. Empujó un poco la puerta y deslizó sobre la cama su remera y su corto pantalón de dormir. De espaldas a la puerta se deshizo de su camiseta y bajó sus jeans justo cuando Tom entró sin previo aviso.
– Lo siento no sabía que estabas aquí – dijo sin poder evitar ver su delgado cuerpo, ese que tanto amaba y deseaba a cada segundo – te dejo tranquilo.
– Tom – llamó mientras se colocaba los pequeños pantalones aún con su torso desnudo – ¿Realmente fue un juego?
Un nudo se formó en su garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas ante el silencio. El de trenzas cerró la puerta y a la luz del velador se acercó a él.
– Claro que no – respondió sonriéndole – estaba celoso, enojado, dolido y quería alejarme. Fue lo primero que se me cruzó. Lo siento no quise lastimarte.
– ¿Aún me amas? – interrumpió en un suspiro, comenzando a temblar.
– Jamás te dejaré de amar, tenía mucho miedo de pedirte perdón y ser rechazado –admitió acariciándole sus desnudos hombros- ¿Me perdonas? Prometo aceptar todo lo que venga, acompañarte en cada cosa que tengas que vivir y no volver a dañarte.
– Jamás me dejes – sollozó acercando su rostro – jamás me dejes Tomi.
– Nunca más. No lo haré – le susurró acortando la distancia de sus labios – te amo.
Y sin resistirse más, llevó una de sus manos a la cintura del pelinegro de rastas atrayéndolo hasta él adueñándose de sus labios, de esa delicada boca, una de sus fatales debilidades. Así mordiéndole suavemente, los entreabrió deslizando su lengua para acariciarle la suya. Poco a poco fue empujándolo hacia atrás, mientras con su mano libre presionaba desde su nuca profundizando aún más el beso, casi casi devorándolo por completo. Sin darse cuenta cayeron sobre la cama, sin romper ese dulce y romántico beso de reconciliación por nada del mundo.
Continuará…