Notas: Espero que os guste.
Capítulo 2: El Hogar (Parte 1)
La Cabaña del tío Pete no estaba lejos del Puente que separaba la Ciudad del Desierto, y tal vez por eso lo había mezclado todo en sus pensamientos cuando estuvo tendido en el suelo del tren que a aquellas horas ya estaría entrando en la aldea.
Gustav y Georg les habían guardado los caballos en el tiempo en el cual estuvieron ocupándose del sheriff y el otro hombre. No se pusieron muy contestos al saber que el vagón era una trampa, pero tampoco lo expresaron mucho porque Bill, con su semblante sereno y su impasible silencio, lo decía todo. Su hermano, con sorprender equilibro, montaba al trote intentando aparentar con su forzada erguidez que el dolor de las costillas no le provocaba mareos y el cuello amoratado no le impedía respirar sin dificultad.
Llegaron a la cabaña cerca del atardecer, el tío Pete dormitaba en el porche, carabina en mano, esperando a que su eterno enemigo, un buitre que llevaba desde que el desierto se creó merodeando por los alrededores, apareciera… Su intención no era matarlo, es más, casi que se había convertido en una mascota, comparable con el pulgoso chucho que babeaba junto a las botas del señor, quien, por las marcas de sus brazos, llevaría dormido en la mecedora blanca desconchada, más o menos media hora.
Gustav fue el primero en desmontar. A día de hoy, nadie sabía cómo Gustav había encontrado aquella cabaña alejada de la mano del hombre. Pero se ve que un día, entre las montañas rojas encrestadas, las plantas rodadoras, los saguaros y los conocidos cactus, halló un semi-llano en el que cabía poco más que aquella choza. El agua estaba relativamente lejos, pero Pete siempre se las apañaba para encontrar nuevos pozos. Él decía que sentía el agua en su corazón, porque se crió al lado del mar y el bullir de las olas se lleva en el pecho y nunca salía del alma. No estaba hecho un gran poeta, pero, al menos conseguía mantenerse y cuidar de la indiecita Petunia, secuestrada por los mismos forajidos que tenían como nombre “La Mano Negra”.
Los forajidos, aparte de desalmados, no tenían ni idea de cómo poner nombres a sus bandas hasta el punto de que eran los sheriffs quienes se los ponían. Bill y los chicos creyeron que un buen nombre para ellos sería “California Saloon” porque les encantaba California y siempre estaban en salones bebiendo y sobando mujeres, pero se les conocía como “La Banda de Tom”, no porque Tom fuese el líder, sino porque todo aquel que quería algo iba a Tom, él siempre estaba dispuesto a un atraco por peligroso, estúpido o loco que fuese, mientras que Bill estaba demasiado ensimismado con el cielo azul como para estar pendiente todo el año de lo que pasaba bajo sus pies.
Pete, al escuchar el taconeo de los caballos, se despertó sin previo aviso, exprimió el wínchester entre sus viejas manos amenanzando con soltar su metralla, y luego, cuando reconoció la voz de los muchachos se sentó en la mecedora sin decir ni hola, tomó el banyo y se puso a tocar mientras se balanceaba. Los chicos le saludaron amistosamente en tanto él les asentía sin mirar con el sombrero de paja echado sobre la frente, su rancio peto vaquero sucio por el tiempo y la camisa de cuadros, de color indescifrable, rota por los costados.
Pasaron a su lado sin distraerle, y desfilaros a través del porche del mismo color blanco y madera que la fachada hasta el interior. La casa no tenía más que dos habitaciones y un pequeño comedor-cocina donde Petunia se entretenía calentándoles las judías.
Bill fue el primero en sentarse, presidiendo la mesa, a su izquierda se sentó Gustav, Georg se quedó afuera charlando con Pete sobre el arte de tañer el banyo, mientras Tom se quedó fuera acomodando al potro de su hermano en el establo para que la pobre Petunia no tuviese que vérselas con aquel semental.
El caballo gris de Gustav, el alazán de Georg y su bayo estaban más que domados, pero el negro de Bill no, porque al loco de su dueño le gustaba sentir que bajo sus piernas el animal tenía vida, conciencia de la situación y ganas de desobedecerle… o eso decía Bill. A veces, Tom creía que a su hermano lo único que le gustaba era poder clavarle las espuelas sin sentirse culpable.
La fuerte respiración del caballo cosquilleó las palmas de sus manos, llenas de heridas abiertas, infectadas y sucias. Estuvo ahí, cepillando al animal, durante un largo rato en el que sintió el sopor del calor más fuerte que nunca. Deseaba terminar para poder bañarse en la alberca y comerse las judías del tío Pete, pero todavía tenía que mirar las herraduras.
En cada pie sintió el dolor de estar levantado, en la pierna izquierda sintió la quemazón del golpe que se había dado contra Gustav cuando su caballo se acercó mucho al de él, en la espalda sintió los arañazos que se dio contra la mesa de madera, le molestaba en la frente el golpe con la empuñadura, en las manos las llagas de las riendas, con el añadido en la derecha de haber machacado con los delgados huesos de su mano la calavera del sheriff…
La herradura de la pata delantera izquierda necesitaba ser revisada por un herrero. Se lo comunicó a su hermano, quien en un estado indescriptible, le miró sosteniendo la cuchara, comiendo por cortesía y no por hambre, lo cual le mosqueaba. Se sentó ante su plato de latón donde residía su comida, ya fría. La muchachita, callada como habituaba, se fue de la habitación cuando él entró. La había mirado detenidamente, había observado su comportamiento apacible, sus delicados modales, su beldad sin rival formada por una piel rojiza, rostro cuadrado, acentuado en los pómulos y hundidas las mejillas, ojos alargados y de color negro y todo ello enmarcado por un cabello azabache trenzado.
Notaba que no le gustaba estar con ellos, tal vez sí con el tío Pete, porque era un hombre fácil de tratar y que la quería como a su pobre hija… probablemente, la niña se sentía incómoda ante sus varoniles presencias por el lejano recuerdo de un rapto que le complicó la existencia…
Su hermano fue el primero en retirarse a la alberca, Georg volvió con Pete y Gustav acompañó a Petunia a los establos. Tom no tardó en salir para unirse a su hermano quien se desvestía con suma delicadeza ante la alberca de piedra. Tom, con dos vasos y la botella de licor, se sentó en un banco de piedra junto a un saguaro y miró el inmenso cielo que cubría sus cabezas. La noche se acercaba, y con sus luces pardas y violetas y sombras azules y negras marcaba las construcciones de tierra coronadas con paredes pétreas que la natura, tan caprichosa, había trazado.
Bajo los últimos colores del cielo, Tom creyó que debía haber evitado la muerte del sheriff, ya que al menos la suya no era necesaria. El joven que le acompañaba podía haber matado a su hermano y por ello, se perdonaba, pero el sheriff…. Podría haberlo dejado allí, maltrecho y que lo sacasen en el siguiente pueblo, con suerte se salvaría al fin y al cabo no le había golpeado en ningún sitio vital… pero, Bill lo…
Miró a su hermano, completamente desnudo, remojándose los pies en el agua. Miraba la superficie glauca con el rostro débil y pálido, los cabellos oscuros despeinados, la barba más desaliñada que nunca y las ojeras marcando sus ojos hasta el punto de tornarlos dos gotas oscuras en una piel mortecina. Se dio cuenta de que Tom había dejado de beber y se dignó a mirarlo, deteniéndose en su labor de trazar círculos con la mano.
Bill se frotó los ojos cansados durante un breve minuto, luego siguió sosteniéndole la mirada a espera de que se desnudase, se fuese o siguiese bebiendo. Tom no hizo ninguna de las tres cosas, se levantó para ir al retrete y ahí permaneció mientras Bill se bañaba.
Tom no lo sabía pero él solía visitar a Ana Rita alguna que otra vez, cuando Tom hacía trabajos de resero y pasaba otras tantas jornadas lejos de casa. Bill solo iba a ver cómo crecían sus sobrinas y a escuchar las quejas y lamentos de la virtuosa mujer. En realidad poco le importaba lo que tuviese que decirle la pobre señora, simplemente lo hacía por el gusto de sentirse caliente por las noches, lavarse a gusto en agua fresca, comer comida casera, dormir en un lecho limpio y cambiarse las ropas de vez en cuando.
Las pequeñas Elvira y Sol debían tener catorce y tres años, poco más tenía Petunia. Ana Rita era todavía una mujer joven a sus veintidós años… y… Roberta había cumplido los dieciséis hacía poco. ¡Qué viejo se sentía a sus treinta y cinco años!
El agua parecía calentarse por momentos, y mientras su mitad inferior estaba sumergida y bañada, la superior sudaba. Se sumergió hasta el cuello amoratado y el agua lo mordió sin compasión, lo cual por un momento le hizo estremecerse, hasta que al final sintió cierto alivio. Cerró los ojos tras mirar las primeras estrellas y apoyó su cabeza en la loza de piedra. Escuchó las gotas caer de sus orejas hasta el agua, las plantas rodadoras trazar sus incansables viajes a lo largo y ancho del desierto. Escuchó el gemir de los caballos, el banyo de tío Pete y la risa de Georg sobre la lamentable armónica de Gustav, y todo ello se mezcló con Petunia sacando su yegua pinta a pasear a la luz de las estrellas. La chica chasqueó la lengua para que la yegua trotase y en un galope sencillo se alejó en dirección a la gran montaña roja que dividía el barrando en dos mitades. Desconocía a donde se iba la muchacha. A veces sentía la inquietud de preguntarle si quería volver a casa, pero probablemente no entendía el inglés y probablemente no sabía dónde estaba su casa.
En aquel momento, su hermano se dignó a aparecer. Lo primero que escuchó fue el chasquido de sus espuelas, luego el sonido de sus botas contra la tierra y ya por último, cuando lo tenía a su lado sus resoplidos de impaciencia.
—¿Vas a tardar mucho en salir? —le preguntó, estrujando un periódico comprado el último día en que Pete fue a la ciudad.
Bill abrió los ojos y vio a su hermano, y sobre él, un techo de estrellas.
—¿Por qué te empeñas en mirar ese periódico si no sabes leer? —le preguntó. Tom se encogió de hombros antes de sentarse en el mismo sitio.
—No sé… me gusta ver las imágenes… me encantaría saber qué dice.
—No dirá nada que ya no hayas oído —le contestó saliendo de la alberca. Caminó hacia Tom y dejó un trapo negro sobre el banco. Su hermano lo miró extrañado y luego observó a Bill frotarse la espalda y las nalgas con una mueca de dolor.
Se levantó del banco para traerle una toalla limpia, y luego añadió:
—Tienes a mi esposa lavando toallas todo el día…
—¡Ah, calla, no me tires de la lengua, que al menos nadie se queja de mi olor!
Tom bufó mientras Bill se secaba el cuerpo, entonces comenzó a desvestirse dejando a la derecha de su hermano, sobre el banco donde antes se sentó: la cartuchera, sobre este, el sombrero marrón de ala ancha, luego, toda su ropa. Se metió en la alberca sin jabón ni toalla y ahí permaneció, jugando con la pastilla sucia que usó para frotarse las manos heridas.
—¿Adónde vamos ahora? —le preguntó Tom. Bill respiraba amenamente, apoyado contra la pared de madera de la casa, en un estado de embelesamiento traicionero que se asemejaba al sueño, lo cual le hizo cabecear en varias ocasiones mientras Tom le hablaba.
—Será mejor que nos separemos durante quince días o más —le contestó con la voz rota por el cansancio—. No vayas al pueblo Tom, sé que quieres ver a las niñas y a tu mujer, pero por precaución, date tiempo.
Tom suspiró, entristecido. Podría pasar meses sin volver al pueblo con tal de no estar bajo la mirada de Ana Rita.
—Dejémoslo en un mes —habló—. Y volvamos para rencontrarnos en el Saloon del Pueblo.
Acordaron volver al Pueblo en treinta días los cuales pasó en el pueblo al otro lado del Río, lejos de las lágrimas de sus hijas, las quejas de su esposa, la silueta imponente de su hermano cabalgar a lomos de su caballo, sus compinches músicos riendo y bailando al ritmo de la armónica y el banyo, las prostitutas, los sheriff de otros pueblos próximos al de él elevando el precio de su cabeza y, sobre todo, lejos del estallido que resonaba en su cabeza, como un eco fantasmal, que le traía el recuerdo del disparo desastroso con el que mató al acompañante del sheriff condenándoles al exilio.
Realizó trabajos propios de cowboy durante aquel mes a kilómetros de su hogar. Pasó los días arreando el ganado y las noches calentándose ante la hoguera, pensando en qué estaría haciendo Bill ahora y si ya las niñas estarían dormidas. El salario que ganaba se lo guardaba para el regreso a casa o se lo gastaba en zumo de tarántula para que el fuerte olor de la bebida le sacase de la nariz el aroma de la pólvora mezclado con sangre…
Dejó que pasase el mes, y no se dio prisa en volver. Paseaba de regreso a casa, quedándose días en los pueblos que formaban el linde de la Ciudad, pero no entró en ella, era demasiado grande y él estaba acostumbrado a su pueblo… Se aposentó extramuros de esta y allí pasó otra semana discutiendo con el camarero sobre la muerte del sheriff que mataron. Colling, se llamaba, quien al parecer llevaba años buscando a Bobby…
Vagó al pueblo vecino, volvió hacia atrás, mareó a su caballo y a sí mismo, perdió parte del dinero ahorrado en juegos de naipes, se arrodilló para expulsar el zumo que le emponzoñaba el alma, y acabó perdido en el Lejano Oeste, sin saber dónde estaba, cómo regresar y dudando si quería.
Continuará…
Muchas gracias por leer. :3