31: Romanticismo

«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo

Capítulo 31: Romanticismo

Impresionado. Impactado. Horrorizado. Confundido ¿Continúo? Bill se sentía un idiota con diploma, medallas; un imbécil con honores. El más ingenuo y estúpido, pero en parte se negaba a creer. Su orgullo le decía que no era tan estúpido como para ser usado de esa manera, entonces le dejaba espacio a la duda. ¿Y si Gustav tenía razón? Entonces debía encontrar a Charly y preguntarle por qué él sabía tanto. Intentó procesarlo pero fue inútil, aquel muchacho no mantenía ninguna relación con Natalie, además era homosexual…a menos que su padre… no era imposible. Jörg es homofóbico.

– Bien – suspiró ahuyentando su hipótesis – esperemos lo que quede de este día Gus, averiguaré en que anda metido mi padre y Natalie ¿Okay? Si Charly no aparece mañana haremos la denuncia.
– Si, si – dijo desesperado – temo mucho, pero escúchame Bill no digas a tu padre que estoy involucrado en esto, no quiero que me despida por favor Bill.
– Está bien tranquilo – añadió acariciándole la espalda – ve a trabajar, deja esto en mis manos.
El muchacho asintió saliendo más ‘aliviado’ de la oficina. Tom cerró la puerta y lo miró frunciendo el ceño. Avanzó unos pasos hasta él.
– ¿Qué se supone que harás? – Preguntó el fotógrafo – ¿Sigues creyéndole a Natalie?
– No lo se – contestó acercándose con un andar sensual – debemos hallar a Charly primero, hay algo que no me cierra. Pero espera, no hablemos de esto por favor, los problemas me saturan.
– Mmm… ¿y de qué quieres hablar? – Sonrió moviendo el adorno metálico de sus labios fijando su mirada en los del director – ¿O quieres que cierre la puerta, corra las cortinas y despeje el escritorio?
– ¡Thomaaas! – Gritó el muchacho de rastas ruborizándose completamente, golpeándole con suavidad el pecho – ¿Qué cosas dices?
– No me parece nada atroz – fingió un serio gesto caminando alrededor de la oficina – tiempo atrás, casi terminamos haciéndolo de pie en los cubículos del baño.
– Cállate – murmuró aún más intimidado, mordiéndose el labio inferior por culpa de la vergüenza.
– Pero nos frenamos por el cague que nos dimos, entró alguien y justo quiso abrir nuestra puerta y nos dijo… – contó animado el pelinegro de trenzas.
– “¿Por qué rayos hay cuatro pies detrás de esta puerta?” – imitó la voz – basta Tom, no me hagas poner así, tenemos que trabajar. ¡Es más! No me has traído las imágenes de la contratapa, así que ¡ya! pero ¡ya! señor trenzas me va a terminar lo que adeuda.
– Hiciste que se me baje – bromeó Tom – hablaste de trabajo y se me bajó.
– ¿Qué? – Cuestionó Bill abriendo los ojos como plato bajando rápidamente su mirada hasta la entrepierna del fotógrafo – ¿Estás…?
– No – rió – yo hablaba de la inspiración, que se me ha bajado la inspiración.
– Ah ¡No! ¡Largo, fuera, a trabajar! – Gritó entre risas empujándolo hasta la puerta – ¡Ahora Trümper! Tiene diez minutos para traerme todo terminado.
– ¿Y qué me das de premio? – Sonrió relajando su cuerpo arrastrando sus pies – ¿Un besito?
– ¡Pero que besito ni que besito! – agregó cerrando la puerta en su cara, sin dejar de reír.
Se apoyó contra ella y suspiró. Que feliz se sentía cuando solo en su mundo existía él.

Galpón, suburbios de la ciudad.
Seguía asustado, nervioso, atado y callado por la fuerza. A lo lejos pudo oír dos risas y un resonar de zapatos de tacón cada vez más cerca.
– Pero qué maravilla – reconoció de inmediato la voz de Natalie – mira como lo tienes, como lo que es: una puta y asquerosa rata.
Charly se removió violentamente pero solo consiguió que el musculoso hombre que lo custodiaba lo golpeara fuertemente. La herida de su muñeca dolía fatalmente, seguramente tenía ya una grave infección.
– Oye Natie – susurró Jörg – esta noche quiero que vayas a casa de Bill y te instales ahí. Solo por esta noche, para no levantar sospechas.
– ¿Es broma? – Rió sonoramente – tu hijo así como llegue me mandará de regreso. No funcionará Jörg.
– ¿Me dejas terminar de explicarte? – le preguntó molesto, toda la situación lo traía alterado. Ella asintió bostezando mientras acariciaba su vientre – le dirás que el médico te ha dicho que estás teniendo problemas en el embarazo y que no puedes estar sola en tu casa. Obviamente le jodes la moral diciéndole que es ‘su deber’ ayudarte.
– Muy bien pensado – admitió – pero qué tal si a él se le ocurre llamar a un médico.
– Sencillo, te daré una tarjeta de un muy amigo mío – sonrió el hombre buscando en el bolsillo interno de su saco – ahora lo pondré al tanto del plan y de paso le pediré que me haga el favor de llevar adelante realmente tu embarazo.
– ¿Sabes algo? – Susurró colgándose de su cuello – siempre logras sorprenderme.
El muchacho volvió a removerse desde donde estaba amarrado, haciendo sonido con su boca solo para llamarles la atención.
– Cállate – le ordenó el hombre – o en vez de impedirte hablar, te cortaré la lengua.

Departamento de Bill
No resistieron. Tanto tiempo sin estar juntos lo estaban matando. La tarde apenas nacía, pero no toleraban estar en la oficina un segundo más. Por más que intentaran concentrarse y trabajar, siempre había una excusa para visitarse en su oficina y devorarse a besos.
Al caer la tarde, cada uno en su respectivo vehículo, marcharon en distintos sentidos para al atardecer encontrarse en el dúplex de Bill. Claro luego de que Tom recogiera a su hermana y la dejara en su casa. Tomará una ducha, saludara a su madre y comiera algo rápidamente.
Mientras tanto el pelinegro de rastas aprovechaba para ponerse cómodo y prepararle algo especial al fotógrafo. Bill nunca había ambientado algo tan romántico, pero por las películas de amor podía guiarse lo suficiente. Fue hasta el cuarto de Jane y sacó unas pequeñas velas aromáticas que ella decía usar para ‘purificar’ la casa. Corrió la mesa de madera junto al sofá dejando ese pequeño espacio rectangular libre. Allí puso una a una las pequeñas velas, algo distanciadas pero marcando notoriamente la forma de un corazón. Luego fue hasta el jardín; ni él ni su mejor amiga tenía plantas así que como pudo se escabulló y le arrancó tres rosas rojas a la anciana que vivía al lado pinchándose las manos con las espinas y casi siendo devorado por el Doberman que custodiaba detrás de las rejas.

Al regresar al departamento le arrancó cuidadosamente los pétalos tirándolos desordenados sobre la alfombra de la sala. Sonrió sintiendo los nervios y las ansias adueñarse de su ser. Dio pequeños saltitos hasta el baño donde olió unas fragancias que usaba para la bañera y roció los almohadones con ellas. Suspiró satisfecho, encendió una a una las velas y bajó las persianas quedando totalmente iluminado por aquella débil y cálida luz. Miró el reloj despertador, justo quince minutos para tomar una ducha y esperarlo.
Vestía una fina camisa blanca y los pantalones que usaba para dormir, justo cuando el timbre resonó. Se miró al espejo por quinta vez y sonrió para si mismo satisfecho; abrió la puerta entusiasmado encontrándose con un risueño Tom. De inmediato presionó sus labios contra los del muchacho de trenzas dando un pequeño salto para enredar sus largas piernas en la cadera del fotógrafo. Tom con una mano cerró la puerta y con la otra seguía sujetándolo sin dejar de morder su labio.
– Que lindo recibimiento – murmuró en busca de aire descubriendo la preparación especial – Que bonito…
– ¿Te gusta? – Añadió con sus ojos brillándoles de emoción – todo para nosotros dos. Para ti y para mí. No existe nadie más.
Tom volvió a sonreír y asintió caminando con él a carga deslizándolo con cuidado sobre la alfombra. Arrodillado lo miró. Era tan delicado, tan precioso, tan deseable.

Separó sus piernas con cuidado recostándose sobre él comenzando a besar desesperadamente su cuello. Bill cerró sus ojos inclinando su cabeza hacia atrás, arqueando levemente su espalda comenzando a sentir su cuerpo envolverse en llamas. Las mismas llamas del placer.
– Te amo – jadeó feliz – te amo tanto Billy.

Narra Tom
Una de mis manos se coló por aquella sedosa y fina camisa acariciando con lentitud ese delicado torso. Dos de mis dedos tomaron el adorno metálico de su pezón tirando de él lentamente consiguiendo que arrancase un gemido dedicado para mí. Sonreí satisfecho mientras subía mi rostro buscando sus labios nuevamente. Pero me detuve. Su rostro demostraba como respondía ante mis caricias: sus mejillas dulcemente sonrojadas, sus ojos cerrados sin maquillaje alguno tan natural como su belleza misma y sus labios apenas entreabiertos. Sus oscuras y blancas rastas esparcidas por toda la alfombra. Era realmente bello, insuperable. Presioné mis labios y busqué su lengua acariciándonos en una danza sensual mutua al compás que comenzábamos a frotar ya nuestras despiertas entrepiernas. Mi mano abandonó su piel y tomó uno a uno los pequeños botones desprendiéndolos ansiosos, realmente lo necesitaba. Una vez toda la camisa blanca desprendida me arrodillé entre sus piernas y ahí abrió los ojos, mirándome sonriendo. Acaricié el costado de sus piernas, mientras lentamente bajaba ese pequeño pantalón que dejaba a ver absolutamente lo que más amaba, sus largas piernas. Con él arrastré su boxer y gimió al darse cuenta que miraba hambriento su erección.
Deseoso me deshice de mi ya molesta ropa, mientras él se arrodillaba frente a mí completamente desnudo.

– Te amo – me susurró antes de sentarse sobre mí, tomando mi miembro para guiarlo a su entrada – eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida.
Sonreí como un idiota, así me ponía él. Como un imbécil, como loco, un loco enamorado. Me aferré fuertemente a su espalda a medida que me sentía rodeado por toda su intimidad. Gemimos al unísono y comenzó a moverse lentamente sobre mí. Yo estaba desvariando. No podíamos parar, somos inagotables. Nuestro amor es incansable. Pero el timbre nos detuvo y di la última embestida derramándome en su interior. Nos miramos exhaustos ¿Quién podría interrumpir justo ahora?
– Bill abre la puerta- insistió Natalie del otro lado – necesito quedarme aquí, mi bebé no está bien.

Continuará…

por administrador

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