Capítulo 2: El Hogar (Parte 2)
Se apeó del caballo cuando estuvo junto a la valla blanca que cercaba la casita de campo, situada a las afueras del pueblo, compuesta por dos plantas, un porche solitario, un huerto cuidado y un molino recién pintado de azul aciano.
Fue directamente a las caballerizas que estaban fuera de la cerca. Le extrañó encontrar el establo vacío cuando a aquella hora del día esperaba hallar a la familia almorzando.
Paseó por los exteriores admirando una casa que había sido ampliada y reconstruida en los últimos años, de modo que en el porche lucía diferentes arcos barnizados bajo los que crecían arbustos secos.
Subió los breves peldaños hasta hallarse guarecido del sol que daba severo contra su cabeza. Tocó la puerta recubierta por una mosquitera, pero nadie abrió, así que se tomó la libertad de abrirla y pasar dentro. El hogar desprendió su dulce aroma a madera que tanto la caracterizaba. Anduvo por el interior admirando cómo había cambiado en el tiempo que estuvo fuera, ya que ahora había tres grandes mecedoras cubiertas por manteles de punto y ovillos de lana color coñac con varas de tricotar clavadas que esperaban a que sus dueñas volviesen a usarlas. Frente a esta, una mesa llena de papeles de “Se busca”, y a su vez, frente a la mesa, un hogar apagado.
La mesa estaba libre de cubiertos, con solo un mantel descolorido sobre esta. Se apoyó sobre una de las vigas que separaba el salón de la cocina y miró desde allí, una foto familiar que le sacó una sonrisa. A lado del marco de fotos donde estaban las niñas y Ana Rita, estaba la puerta que daba al exterior. Salió a buscarlas y vio al perro zarrapastroso durmiendo la siesta con unas moscas comiéndole las orejas. El huerto estaba sembrado y listo para recoger, las mazorcas se antojaban apetitosas y nada que decir sobre el trigo. Salió del umbral de la puerta y paseó la mirada por el extenso campo trasero que terminaba en una elevación terrosa, en cuya cima se extendía unos árboles enjutos rodeados de matas secas.
Entonces, escuchó el agua escaparse de su contenedor por obra de un ser que se había lanzado a ella. Al principio miro sin sorpresa al chucho que seguía durmiendo, luego escuchó risas y se puso tenso. Buscó entre la colada la alberca donde dos lozanas mozas se echaban agua, jugaban y reían a carcajadas entre el aire de primavera preñado del aroma a polvo, flores secas y estiércol; el susurro del viento que mecía los árboles deshojados y el titilar de los cascabeles que pendían sobre su cabeza.
Caminó mirando a las chicas, escuchando sus risas pero sin verlas, solo mirando las dos sogas cargadas de faldas, vestidos, camisas, enaguas… Apartó una falda blanca con la mano enfundada en negro guante, luego una camisa azul de hombre y entre los huecos de unas sábanas vio a una niña rubia de unos seis años lanzarle con las manos, en forma de cuenco, el agua recogida a la otra chica, regando ya de paso las pobres sábanas. La otra chica de larga melena morena, ojos grandes y verdes, pestañas largas, labios rosa en forma de corazón, mejillas redondeadas, nariz respingona, cuello blanco, enhiesto, pechos redondeados, cintura estrecha, caderas anchas y blanco muslo… le iba a echar agua a su hermana cuando se quedó quieta, pálida, con el cabello chorreando sobre sus pechos, que se le antojaron como dos melocotones maduros, pálidos y redondos, coronados por unos pezones sonrosados y erizados que se imponían aun estando bajo su camisola translucida que debería estar bajo su vestido y no a plena luz del día.
Sus labios se abrieron a medida que lo hacían sus ojos. La otra niña pegó un respingo al verle y no era para menos. La mayor con diferencia salió de la alberca a trompicones dejando que el agua que la cubría se escurriese por su cuerpo, plegándole el vestido sobre su silueta desnuda. Se quedó al otro lado, mirándole sin esconderse, con ambas manos alrededor de su cuerpo, muda, sin poder decir nada porque no sabía qué hacer, cogía aire forzosamente luchando en decir lo que quería o quedarse en silencio, a merced de la intensa mirada de aquel hombre….
—¿¡Papa!? —gritó Elvira con lágrimas en los ojos. A él se le cortó la respiración el momento en el que a la muchacha se le rompía el corazón al verle de nuevo. Se aproximó a él repitiendo con entusiasmo las dulces palabras que de su boca salían “papá”, “papá” “¿Eres tú?” Le abrazó con fuerza, rodeándole con ambos brazos el torso, apoyando el rostro en su pecho. La tomó de la cintura sin quererlo y solo porque escuchó una voz alarmada que gritaba el nombre de las niñas, dijo:
—No, Elvira, soy Bill. —Pero siguió tomándola de la cintura con una mano y de la espalda con la otra. Ella levantó su rostro y le miró con los ojos enrojecidos por la llantina. Él elevó su mano izquierda para acariciar con sus manos encallecidas y agrietadas por las riendas, las mejillas suaves como el terciopelo de ella. La niña quiso rehuir del áspero contacto, pero le soportó la mirada al llanero y con su boquita entreabierta, respirando el mismo aire, escuchó los pasos de su madre a punto de encontrarles.
Ella se separó de él, y cuando Ana Rita llegó, Bill la escrudiñó con la mirada. Ana Rita más perpleja que su hija estuvo a punto de caer en la misma trampa, pero él la detuvo antes de romperle el corazón a madre e hija en un mismo día.
—¿Dónde está Tom? —preguntó. A Ana Rita se le anegaron los ojos de lágrima, pero no lloró, tomó aire y le hizo un gesto con la cabeza para que entraran.
—Niñas… —comenzó a decir con la voz rota— ¡vestíos que está vuestro tío en casa!
La menor rezongó al ver el inminente final de su juego, pero la mayor supo convencerla para que fuesen a su habitación.
Recorrió el mismo camino que había hecho anteriormente pero de vuelta, y se sentó junto a Ana Rita en la mesa de la cocina. La mujer se sentó al otro lado de la mesa, con los pliegues de la falda entre las manos, apretándolo compulsivamente.
—Ya me dirás tú donde está él, porque yo no le he visto en casi tres años.
Bill, que solía aparentar tranquilidad pasase lo que pasase, quebró su expresión adusta y abrió los ojos en sobremanera al entender la gravedad del asunto.
—¿Mi hermano… está… ha muerto? —le preguntó en un hilo de voz quitándose el sombrero, que dejó sobre la mesa. Ana Rita agarró la falda de su vestido azul marino para ir a misa con más fuerza. Agachó la cabeza intentando encontrar las fuerzas para decírselo, pero no sabía cómo…
—No lo sé Bill…. —intentó decirle lo que sabía pero estaba temblando—. No sé qué ha sido de él.
Bill se recostó en la silla suspirando, cogiendo aire y soltándolo lentamente…. No se lo creía… Tom estaba vivo, lo sentía en el pecho, en el alma, en todo su cuerpo, Tom estaba vivo… pero en paradero desconocido.
—No creo que esté muerto —le confesó—. Le buscaré y lo traeré a casa.
Ana Rita le miró con lágrimas surcándole el rostro moreno y curtido, cansado y arrugado por horas bajo el sol cuidando el campo y noches en vela esperando a su marido.
—Prefiero que esté muerto, Bill —se sinceró, provocando que al joven Kaulitz le recorriese entero un escalofrío…
—No digas eso, Ana Rita.
—No soportaría saber que mi marido me ha abandonado, si vive, ¡llévatelo! ¡Llévatelo lejos!
—¿Y si está muerto te lo traigo?
Ana Rita rompió a llorar ante el impasible hombre que con rostro sereno soportaba el llanto como si no estuviese hablando de su propio hermano.
Escuchó unos pasos procedentes del piso de arriba, la mayor bajó las escaleras con su vestido marrón y el cabello suelto.
—¡No digas eso madre! —le suplicó. Se quedó de pie entre ambos, perpleja por lo que acababa de escuchar—. Si vive tiene que volver, tiene que decirnos por qué no ha vuelto…
—¡Calla y sube a tu habitación! Tu hermana estará sola…
María Elvira miró a su abatida madre con pena, luego miró a su tío, quien bebía whisky sin mirarla. Dejó el vaso sobre la mesa y mirándola a los ojos, le pidió que volviese arriba. Ella le obedeció.
—Criar a dos hijas sola… la mayor ya está en edad para casar —dijo entre dientes, viendo a la joven subir las escaleras todavía contemplando la escena.
Ana Rita, intentando reponerse, le miró de una manera que le dejó completamente mudo.
—No sé si quiero que vuelva ya, Bill… no sé si está vivo o muerto… no sé qué o quién es lo que le retiene… ¡No sé qué hacer con la casa, con las niñas o con mi vida! Pero lo peor —le susurró— es que mi hermana, Ana María, afirma haberle visto en el pueblo.
Bill cerró los ojos fuertemente y dejó que el aire saliese de sus pulmones con pesar.
—Si está ahí voy a buscarle, y pase lo que pase, lo traeré aquí, te lo prometo.
Ana Rita se quedó sorprendida por aquella afirmación, pues eran palabras que Bill nunca decía en balde. El hombre se levantó, cogió el sombrero y salió por la puerta sin despedirse. Lo último que vieron Ana Rita y las niñas fue a Bill cabalgar montaña abajo, tal y como sucedió una tarde hace años, pero con Tom.
Continuará…