“Wir Schliessen uns Ein”
Capítulo 4: Un error
A pesar de que el beso lo tomo desprevenido, quiso separarse y recriminarle a Bill, pero algo dentro de sí, provoco que hiciera lo contrario. Lo atrajo más hacia él y continuaron el beso, era lento y pausado, sin llegar a más. Se separaron por la falta de aire, el rubio bajó la cabeza y se abrazó a Tom, este sin saber que hacer correspondió.
Desorientado y con sentimientos encontrados se separó de Bill, y sin mirarlo a los ojos se retiró no sin antes darle una pequeña muestra de cariño alborotándole un poco el cabello, salió de la cocina un poco cabizbajo. Se dirigió a la recamara, necesitaba pensar con claridad, no podía dejarse llevar tan fácil, no por el momento.
Se quitó la camiseta, los zapatos y se recostó en la cama mirando hacia el techo muy pensativo. Dio un gran suspiro y cerró los ojos. Quería dormir, quería pensar que nada de lo anterior había sucedido. Luego de un rato, cayó dormido, en trance.
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Le gustaba estar ahí, en el bosque. Se sentía libre. Sentía que era su sitio, que ahí pertenecía. Desde pequeño le llamaba mucho la atención la naturaleza y ahora que casi cumplía los 16 quería construir una cabañita para él y su querida Atenea. A lo lejos una mujer siempre lo vigilaba, veía cada paso que daba hasta que el chico se retiraba. Pero esta vez, quería conocerlo, saber más de él. Con paso seguro se le acercó, el chico se sobresaltó un poco. Estaba nervioso.
—Hola, pequeño.
—Ho- hola. ¿Quién… eres?
Alexander examinaba a aquella mujer desconocida, la miraba a los ojos y sentía que ya la conocía.
—Mi nombre es Marie. ¿Y el tuyo?
—Solo preguntaba por cortesía, sabia muchas cosas de su familia, de él, y del porque debería estar ahí.
—Alexander. Disculpe que le pregunte pero ¿Es usted de por aquí?
—Si, querido. Yo vivo por estos lugares. No me hables de usted, ya nos conocemos.
Sorprendido ante aquella respuesta, no quiso saber más de ella. Quizás y era un bruja mala, pero Alexander no le veía nada de bruja, al contrario, era una mujer hermosa. De repente cerca de unos árboles frondosos, salió una bella chica.
—¡Atenea! ¿Qué haces aquí?
—Pregunto el joven rubio.
—Oh, Alexander. Yo solo buscaba a mí…
—Pero su respuesta fue interrumpida por un
inmenso aire helado.
Los árboles se movían de un lado a otro. Algunas hojas secas caían con tal fuerza que llegaban a lastimar. Rápidamente Marie se posiciono detrás de ellos para protegerlos. Una bruma amenazaba con acercarse violentamente hacia ellos, pero se detuvo tan solo unos pasos antes. Frente a ellos, aparecieron poco a poco personas con capuchas negras, mirando hacia el suelo. De solo verlas, a Alexander se le erizo la piel.
Una de las personas se intentó acercar, pero Marie lo impidió mostrándole su palma.
—Llegó la hora, Marie. —Decía el sujeto.
—Aún no. Todavía no sabe quién es. —Decía Marie con un gesto de gran preocupación.
—No es de mi incumbencia. Tú y tus semejantes tuvieron el tiempo suficiente. Ahora, aceptas el trato o… nosotros tomamos cartas en el asunto. Piensa rápido, Marie.
Atenea y Marie cruzaron sus miradas. Tramaban algo, pero temían que no funcionara. En un abrir y cerrar de ojos, Atenea ya estaba corriendo junto con Alexander. Mientras Marie los protegía.
—¡¿Por qué estamos corriendo?!
—¡Nunca te lo dije Alex pero, eres uno de nosotros!
—Alexander se soltó de la mano de
Atenea y dejó de correr.
No comprendía nada ¿Por qué huían? ¿Quiénes eran “nosotros”? Atenea volvió a tomarlo de la mano y continuaron con el trote. Llegaron a una vereda, esta daba hacia un pequeño manantial. Agotados se acercaron, tomaban bocanadas de aire y trataban de tranquilizarse. A lo lejos, una especie de estrellitas subían hacia el cielo gris. Los ojos de Atenea comenzaron a aguarse, empezó a decir algo ininteligible para oídos de Alex.
—Nea. Por favor explícame.
—Lo decía con ojos suplicantes.
—Está bien.
—Suspiro. —Cuando te dije que eras unos de nosotros me refería a que tú perteneces a un grupo hermético. Marie… era mi madre, era la jefa de nuestro templo. Nuestra misión era encontrarte y decirte quien eras, pero el tiempo se nos vino encima. Y ahora, estamos huyendo de los malos, ellos te quieren matar, tienes el poder más valioso que ninguno de nosotros posee, ni ellos.
—Eso quiere decir ¿Qué tengo poderes?
—No son poderes exactamente. —Sonrió —. Son dones.
Quizás el estar ahí los mantenía distraídos y en paz. Sigilosamente uno de los sujetos se acercaba con un athame, dispuesto a matar al chico. Atenea sentía la presencia del sujeto, y en un movimiento rápido se interpuso entre Alexander y el sujeto. El hombre sonreía, mientras que Atenea lo miraba con desprecio.
De pronto, detrás del sujeto salían las mismas personas con capuchas negras, con la misma herramienta. Alexander no sabía qué hacer, eran demasiados contra ellos dos.
—Solo tienes dos opciones, Atenea. Uno: entregarnos al chico o dos: morir como tu madre.
—Prefiero morir sabiendo que protegí al amor de mi vida.
—¡Qué romántico! Bueno, ya que decidiste, váyanse despidiendo.
Tan pronto como lo dijo, todos se les vinieron encima. Varios tomaron de las manos a Alexander quien forcejeaba para que soltaran a Atenea.
—¡Suéltenla! ¡Me quieren a mí, no a ella!
—Atenea, en un intento por escapar, golpeo a unos de los que la sostenía y por inercia la atacó clavándole su daga en el corazón. —¡NOO! —El ultimo respiro de Atenea fue su último te amo para Alex, quien con lágrimas en los ojos, vio como las mismas estrellitas se desprendían del cuerpo de Atenea, su más grande amor.
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—Tom. Tom, despierta. —Bill observaba como su gemelo comenzaba a abrir sus ojos acuosos.
—¡Bill!
Tom se abalanzó contra el rubio. Quería desahogarse, sacar todo el sufrimiento por el que pasó en aquella visión. Bill correspondió el abrazo, trataba de calmarlo, pero por más que intentaba, no lo lograba. No quería verlo sufrir, la idea de que el también viera sus vidas pasadas, era un error. Un completo error.
& Continuará &
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