«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo
Capítulo 41: Dosis de dolor
Aparcó el automóvil de inmediato y con el corazón latiendo violentamente corrió hasta el desastre. No era capaz de razonar, no sabía si llorar o gritar. Muchas luces comenzaban a cegarla, gente corriendo por doquier y una sirena que aullaba en su oído, una sirena que había llegado demasiado tarde. Cubrieron su cuerpo, roto, quemado, en partes y lo trasladaron. Ella solo era capaz de tomarse la cabeza y negar desesperada con una sola cosa metida en la cabeza: era su culpa.
Casa Trümper
– ¿Tocas el piano? – Preguntó Bill con los ojos brillosos saliendo del cuarto de Melisa a quien acaban de acostar a la fuerza, a fuerza de cosquillas – Eres una caja de sorpresas.
– Tarado, de hecho me gustaría enseñarte – le tomó de la mano y bajaron rápidamente las escaleras. Al notar a Simone muy entretenida en la televisión, abrieron la puerta del patio entrando en una pequeña habitación. Allí Tom pasaba sus momentos de soledad, hacía rato que no iba ya que con Bill a su lado no tenía tiempo para estar triste. Había polvo por todos lados, en los estantes, en las cajas y en las mantas que las cubrían y solo podía estornudar repetitivamente. Tom se acercó y quitó aquella cubierta blanca, y gris por el polvo sacudiéndola violentamente solo para molestarle y se sentó en la pequeña banqueta. Sacudió sus dedos de forma graciosa y respiró profundamente.
Se sentó a su lado mirándolo totalmente arrobado, hipnotizado hasta que la melodía comenzó. Era imposible de describir, pestañeó dos veces. Un escalofrío recorrió por su cuerpo erizándole el vello de la piel. Su corazón comenzó a latir lento, pausado, tranquilo. El de trenzas cerró los ojos y sus dedos lo llevaron solos sin siquiera mirar aquellas notas que hacía tiempo, incluso años que no tenía la necesidad de tocar. Remojó sus labios y continuó tocando. Los ojos de Bill comenzaban a llenarse de lágrimas y por alguna razón una extraña inseguridad empezó a apoderarse de él. Observó atentamente las manos del fotógrafo y comenzó a imitarlo, siguiendo la melodía juntos. Aquella canción… aquella canción que le marcaría la vida.
– ¿Tú, tú la has compuesto? – Preguntó totalmente conmocionado – es… no sé, inexplicablemente me ha hecho doler el alma.
– Sí mi amor – suspiró – tiene un significado muy especial para mí. Nadie la ha escuchado jamás… a veces deseo, algo tonto pero deseo tocarla cuando mi hermana cumpla quince años; me encantaría enseñártela sabes, me gustaría que todos los días practicáramos un poco.
– Para mí sería un placer – sonrió, y fusionó con suavidad sus labios, buscando en un beso la paz para ese inquieto dolor que penetraba en su pecho. Hasta que su móvil sonó desde su bolsillo. Se puso de pie llevándose el celular al oído. Tom lo miraba desde abajo, aún sentado – ¿Hola? Sí soy yo… sí, es mi padre… ¿Cómo? ¿Qué? ¿Cuándo?… Es-está bien, a-ahora iré… iré para allá. Adiós.
Por más odio o asco que sintiera, ahora también se había quedado sin padre. Sin padre y sin madre. No poseía hermanos ni ningún otro pariente. Ahora notaba que se había quedado solo. Agachó su cabeza intentando procesar lo que aquella voz le había comunicado. Tenía que ser mentira, no era posible. Solo… solo no.
– ¿Mi amor? – Susurró Tom acercándose a él al notar como pequeñas gotitas de agua chocaban contra el suelo formando círculos pequeños en el polvo – ¿Mi vida, qué sucede?
– Mi…pa-papá – logró articular y hundió su cabeza en el pecho del de trenzas – mi pa-papá.
– ¿Qué te ha dicho tu padre? – Resopló molesto – ¿Te ha insultado?
– Mi papá tuvo un accidente – contestó mirándolo a los ojos – mi padre me dejó solo… ¡Mi madre me dejó solo! ¡Mis abuelos también lo han hecho! ¿¡Por qué mierda todos me dejan solo!? ¿¡Merezco yo algo así!? ¿Qué les hice? ¿Por qué me abandonan?
Y luego de su ira, rompió en un incesante llanto sobre los hombros de Tom, quien no dejaba de abrazarlo con fuerza.
– Nunca me de-dejes – sollozó – tú eres lo único preciado que me queda ¡Tú nunca me dejes Tom!
– No lo haré – le susurró acariciándole con dulzura la cabeza – jamás lo haré.
Hospital Público
Las noticias no habían parado de volar. Cientos de periodistas esperaban en la puerta del hospital donde, el dueño de la marca más importante mundialmente, había llegado sin vida esa noche. El auto personal de Bill se detuvo en aquel sucio estacionamiento, bajando del brazo del fotógrafo siendo atacado sorpresivamente por cientos de paparazzi’s.
– ¿Bill has visto a tu padre antes del accidente? – él solo se limitó a acomodarse los lentes oscuros.
– ¡Bill, Bill! ¿Es cierto que tú y tu padre estaban distanciados hace tiempo?- Tom comenzaba a sentir como el muchacho se debilitaba.
– ¡Bill! ¿Puedes decirnos que relación mantenía tu padre con la mujer que conducía, aparentemente a la par? ¡Bill! ¡Bill! ¡Bill!
Esos gritos que se hacían eco en su momento produciendo más y más dolor. Tom consiguió que entrara y un policía le extendió la mano acompañándole por seguridad. El fotógrafo se detuvo a la puerta y todos los micrófonos se centraron en él. Flashes, cámaras y miles de ‘chusmas’ hurgando en la vida de los demás.
– ¡¿A ustedes jamás se les falleció un familiar?! –Gritó preguntándoselos a todos– supongo que al menos a la mitad de ustedes se les ha ido un ser querido… ¿No les parece que lo que menos quieres en ese momento es que te molesten? ¿Qué se metan en tu vida? Solo buscas paz en ese momento, contención de quienes te rodean. ¿Pueden ser un poco más humanos? Tomen conciencia y déjenlo en paz al menos hasta que todo esto pase, algún día si quieren preguntarle qué tal le ha caído esta situación, pero no le echen sal a la herida. No sean egoístas aprendan a ponerse en el lugar del otro, y sobre todo respeten el dolor de un hijo.
Sin decir una palabra más ingresó al hospital dejando con la boca abierta a más de un periodista.
Departamento de Bill
– Lo ciento – susurró Jane. Eran casi las cinco de la mañana. Bill había pasado la noche en el hospital con su cabeza en las piernas de Tom llorando sin consuelo, mientras que él dolido solo le acariciaba la espalda y le prometía que todo estaría bien. Ahora su rostro estaba pálido y caído. Sus ojos no emitían más lágrimas, pero llevaban un color rojizo provocado por tanto llanto. Jane les preparó un café y tostadas.
– Come algo – le ordenó Tom con delicadeza – vamos, al menos una tostada.
– Tiene tu jalea favorita – suspiró la morena y pesadamente extendió la mano y se la llevó a la boca dándole una pequeña mordida.
– Saben no quiero pensar tanto, pero no me haré cargo de la empresa. La pondré en venta –agregó con la mirada fija en las vueltas que daba la espuma de café en su taza formando una especie de remolino– esa empresa me traerá miles de recuerdos, no soy capaz de sacarla adelante. Me quedaré con mi vida de modelo.
– No lo hagas –le aconsejó Jane y el de trenzas asintió– es algo preciado, allí están todos los sueños de tu madre y los tuyos.
– Y mucha gente que te adora y que de hecho me han llamado mandándote fuerzas –le sonrió débilmente y solo suspiró– tú puedes llevarla adelante.
– Pero no lo haré – cabeza dura, cuando se le ponía una idea en la cabeza no había nadie quien lo saque de allí – tú lo harás.
– ¿Qué dices? –Rió Tom– yo no puedo llevar una empresa adelante.
– Tú has llevado adelante el número que nos sacó de la banca rota –y por fin sonrió– tú mereces ser el dueño y director.
1 Semana después.
– Adivina quien soy – unas manos le impidieron mirar pero esa voz era irreconocible.
– ¿¡Charly!? –gritó feliz Bill regalándole un cálido abrazo- ¡Hasta que has llegado hombre!
– Perdón, es que mi madre está embarazada y pues tuve que pasar por su casa antes un par de días – añadió.
Se lo veía tan cambiado, su aspecto ahora parecía más juvenil. Su cabello estaba un poco más largo y no había rastro de vello en su mentón – ¡Wow!
Era de sorprenderse. Empleado por empleado había puesto su granito de arena y con esfuerzo y cariño, con permiso de Tom redecoraban la empresa de cada rincón, renovándola.
– ¿Que bonito están dejándola verdad? – Sonrió ampliamente – jamás pensé que detrás de toda esta gente haya personas tan hermosas.
– Falta alguien – murmuró el jovencito recién llegado observando a todos – ¿Derek?
– Lo despedí – añadió – trucaba los números de los ingresos, era un imbécil.
– ¿Qué tal tu vida con Tom? – preguntó Charly guiñándole un ojo con complicidad.
– ¡Oh! Muy bien – dio un suspiro y sus mejillas se tornaron rosadas – esta tarde iré por nuestro bebé. Hemos adoptado uno.
– ¿¡En serio!? – Saltó feliz – ¡Te felicito! ¡Los felicito!
– Y yo te felicito a ti – dijo muy seriamente Bill.
– ¿A mí? ¿Por qué? – sorprendido fue arrastrado hasta la antigua oficina de imagen y diseño.
– Es tuya – le dio una palmada en el hombro – lo mereces.
– No entiendo – su corazón ya latía al extremo.
– Eres el nuevo subdirector de Billy Future -¿Algo más para ser feliz? No necesitaba nada más, tenía al amor de su vida a su lado y a un grupo de personas adorables que lo querían sinceramente.
Casa Hogar
Solo en esa oficina. Un humillo se perdía por el aire, humillo con fragancia a vainilla de un sahumerio y le daba picazón en la nariz. Sus manos comenzaban a sudar ¿Por qué se tardaba tanto? Había decidido ir solo, no le había avisado a su fotógrafo para darle una sorpresa. La puerta se abrió y unos soniditos le llegaron al corazón. Se giró y la monja se lo entregó en los brazos. Estaba cubierto hasta el cuello por una fina manta color celeste y llevaba un pequeño gorrito color blanco que ocultaba su cabello. Tenía los ojos abiertos y no dejaba de mirar a todos lados. Hasta que se encontró con la mirada de su nuevo padre y sus pequeños labiecitos formaron una débil sonrisa enseñando sus encías sin dientes.
– Es la primera vez que lo hace – dijo la monja – las muchachas han pasado horas intentando que sonría y es inútil. Al parecer eres el indicado.
Volvió a mirarle sonriente, y el pequeño volvió a sonreír, dando pequeñas pataditas. Eso se llama felicidad.
Continuará…