FIN 45: Últimas notas

«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo

Capítulo 45: Últimas notas

Narra Bill

– Thomas Trümper y mucho gusto.
– Yo diría una más cerca todavía
– Que estoy enamorado de ti te amo y no puedo arrancarte de mí. Te amo.
– Te amo Bill. Quédate.
– Quiero que hagamos el amor esta noche, te necesito, necesito ser tuyo.
– Claro que sí ¿Eso significa un juntos para siempre?
– Juntos para siempre – repitió con el corazón acelerado.
– ¡Claro que quiero estúpido! ¡Claro que quiero! ¡Te amo, te amo, te amo!
– Mira Bill, el día que yo no esté más…
– No digas eso, no me dejarás nunca Tomi.
– Jamás me dejes, jamás me dejes Tom.
– Nunca más. No lo haré… te amo.
– Nadie nos podrá separar, nadie Tomy, ni la misma muerte podrá separarme de ti.
– Mi a-amor ¡NO! ¡Mi amor! ¡Mi amor! ¡No, no mi amor! ¡No mi amor! ¡No me dejes! ¡Tú no te irás! ¡Lo prometiste! ¡Mantén los ojos abiertos! ¡Mírame Tomi! No hables mi amor, ¡No te despidas Thomas! ¡Cállate, déjame ir por auxilio! ¡Te amo mi amor, no me dejes!

– Es demasiado tarde – la voz del médico penetró en mi mente golpeándome con furia, matándome el alma, destrozando mi corazón, robándome la esperanza – lo siento mucho.
– Calma Bill – pero el llanto de sus padres, de su hermanita… los gritos desgarradores que salieron de mi garganta fueron la señal de que yo a partir de ese día estaría muerto en vida.
– ¡Mentiroso! –grité con furia- ¡Maldito mentiroso! ¡Has roto tu promesa! Me has dejado solo tú también…

Ocho años más tarde
– Sí mi amor, tiene un significado muy especial para mí. Nadie la ha escuchado jamás… a veces deseo, algo tonto pero deseo tocarla cuando mi hermana cumpla quince años;…

Allí estaba, yo el mismo de siempre, vestido de gala, sentando en una banqueta con toda la oscuridad del enorme salón como mi única compañía. Crují mis dedos y cerré los ojos emitiendo un suspiro. Dos años, dos años cada noche había llorado sin consuelo por extrañarlo hasta que asumí que él continuaba a mi lado aunque no pudiera verlo. Volví a abrir mis ojos y di comienzo a esa melodía que él me había enseñado, tan profunda, tan única, tan dura, tan creada desde el alma. Fue inevitable que mis ojos comenzaran a llenarse de lágrimas hasta que levanté la vista sin dejar de tocar y la vi. Melisa se había convertido en una jovencita muy hermosa. Llevaba un vestido blanco, y una gran sonrisa. Esa sonrisa que me provocaba un escalofrío inmenso, esa sonrisa tan idéntica a la de Tom. Cuanto más crecía, más se asemejaba a su hermano. Bajaba lentamente las escaleras del brazo de su padre. Gordon había sido quien nos ayudó a salir adelante, a mí y a Simone. Sus ansiados quince años habían llegado. Y yo cumplía lo que Tom no alcanzó a realizar, tocar esa dulce composición.

Desde aquí podía ver a todos los invitados. Simone lucía muy elegante y el paso del tiempo no había significado nada en ella. Mi hijo, ya tenía casi nueve años. Brandon me preguntaba mucho por su papá y antes de dormir tomaba el retrato de su mesa de luz, le daba un beso empañando el vidrio y me decía que él era su ángel guardián. Yo de eso no tengo ninguna duda. A su lado estaban las gemelas, Julia y Julie. Mis hermanas, las cual he cuidado con esfuerzo y dedicación. A ellas también su madre las había abandonado a pocas horas de nacer, y ahora eran un par de angelitos. Estaban vestidas por mí, llevaban dos pequeños conjuntos amarillos y dos coletas a los costados. Eran rubias claro, con ojos almendra. Brandon las quiere muchísimo y de hecho van al mismo instituto. Jane y Gustav también han asistido. Jane tienen al pequeño Nick de cinco años, un pequeño rebelde sin causa de mejillas esponjosas como su padre. Mi amiga está nuevamente embarazada de cinco meses, aparentemente de una niña. Mis notas comenzaban a llegar a su fin. Moví la cabeza un poco y recordé:

– La voz de un ángel – me dijo Tom totalmente impactado.

Comencé a cantar lentamente, sin micrófono alguno la letra que yo mismo compuse para esa melodía, también para Melisa. Noté como ella se impactaba y luchaba por contener el llanto. Simone se quedó estupefacta y sus labios temblaron. Mi voz… sonaba rota. No musicalmente, rota por mi interior. Di los últimos toques y me puse de pie caminando hasta mi pequeña niña finalizando la canción en el trayecto hacia ella.

– Feliz cumpleaños – le susurré en un hilo de voz tomándole de las manos – te deseo de todo corazón que ahora que comienzas a ser una mujercita, seas la más feliz.

Se lanzó a mis brazos, abrazándome con fuerza y no pude evitarlo más. Dos lágrimas escaparon de mis ojos y sonreí.

– Gracias a ti por marcar mi vida – me dijo besándome la mejilla – gracias mi mejor amigo grande.
La liberé y dejé que atendiera a todos los invitados. La liberé y dejé que atendiera a todos los invitados. Estoy seguro que mi amor estará viéndolo todo desde donde esté.

– Papi – me dijo una voz detrás de mí – no estarás llorando ¿cierto?
Brandon muchas veces me veía llorar, y todas las veces adivinaba el motivo.
– ¿Lloras porque extrañas a papá? – Ahora estaba delante de mí, mirándome con sus ojitos llorosos – Yo también lo extraño, pero papá está feliz. Él me lo dijo.
– Estoy bien mi amor – le contesté tomándole de su pequeño rostro – ve a cuidar de las gemelas, diviértete.
– Está bien – sonrió, pero al rato regresó y me abrazó estrujándome entre sus pequeños brazos – te quiero papi.

Me distraje un poco cuando las amigas de Simone, conocidas y familiares se acercaron a mí encantadas para halagarme. Lo cierto, es que a pesar de todos estos años no he vuelto a enamorarme. Sé que no volveré a hacerlo tampoco. Quiera o no, no existe la persona que desplace a Tom de mi corazón. Melisa anunció que diría unas palabras especiales al micrófono y mi corazón bombeó con fuerza. Puse atención cuando ella carraspeó un poco.

– Se que muchos de ustedes conocieron a mi hermano. Sé que para muchos era una gran persona, un hombre lleno de vida y con gran corazón. Como se también, que tú Thomas estás descansando en paz observándonos feliz. Nada fue ni es, ni será fácil sin él, ni para mí, ni para los que lo aman; pero ya que agradeceré a cada uno de los que están aquí presentes quiero agradecerte a ti por seguir vivo en mi corazón – mi llanto era incesante, mis piernas temblaban. Las palabras de Melisa tenían sabor a dolor y melancolía– agradecerte por protegerme y darme todo de ti. Por cuidarme, por arroparme siete años de mi vida, por leerme un cuento cada noche, por repetirme una y otra vez que el amor no tiene barreras y por darme a conocer a otro ser maravilloso. A ti Bill. Gracias a ustedes dos por formar parte de mi vida, de mí ser.

Todos la aplaudieron sonoramente, mientras le regalé una sonrisa a lo lejos. Sus padres la abrazaron rotos en llanto, totalmente conmocionados. No sabíamos que ella pensara dar un discurso semejante. Tomé aire y me acomodé la camisa. Busqué con la mirada a mi hijo y lo vi entretenido con Nick, por lo que decidí estar un momento a solas conmigo mismo. El salón de la fiesta, poseía una pequeña terraza; así que sin rodeos subí las escaleras sintiendo un peso en mi cuerpo enorme. Al abrir la puerta de madera me encontré con lo que cada noche salía a ver.

-Escúchame; siempre, siempre que sientas que te sumerges en oscuridad allí estaré yo, iluminándote como la luna desde lo alto.

La luna. Busqué en mis bolsillos un cigarro y lo encendí. Caminé sintiendo el frío darme en la cara moviendo mis cabellos, los cuales llevaba hacia abajo. Me senté en el suelo observando los árboles moverse a causa del viento.

Di una calada y expulsé el humo por la boca sumergiéndome en mis pensamientos hacia él una vez más. Te extraño tanto, me haces tanta falta. Extraño verte reír, extraño verte gritar, extraño verte llorar, extraño tus caricias, tus palabras… aun no comprendo cómo sigo vivo sin ti. Todas las noches, absolutamente todas sueño contigo. Que un día despierto y estás en la cama observándome como si todo hubiese sido una pesadilla. Pero la realidad es que ya no te tengo, que jamás volveré a verte. Aunque tengo la seguridad de que algún día nos volveremos a encontrar.
Di la última calada y lancé la colilla a un lado. Tomé mis piernas apretándolas contra mi pecho y alcé la vista. Allí estaba, resplandeciente como siempre. La testigo de nuestro primer beso, la que nos iluminó la primera vez que hicimos el amor y la que presenció cuando me lo arrebataron de mi lado. Allí, colgando en un rincón del cielo, quieta, iluminándome, blanca. ¿Un pequeño círculo perdido detrás de los árboles? No, el reflejo del amor de mi vida. Ese para mí era Tom. Ansiaba la llegada de la noche, así podía salir y hablarle, contarle qué hacía su hijo, cuanta falta nos hacía, el frío que pasaba sin su calor y la necesidad de su protección. Llevé las manos a mi cuello y la saqué del interior de mi camisa. La observé como cada noche lo hacía, ese objeto que simbolizaba nuestra unión, ese objeto que él con esfuerzo y amor me había regalado en nuestra última noche.

Jugueteé con la medalla entre mis dedos, y otra vez leí la frase que tenía grabada. “Siempre te amaré, serás mi sol y yo tu luna”.

Mi luna. Me puse de pie, tenía que regresar a la fiesta. Miré al cielo por última vez, ni una nube a su alrededor, solo pequeños puntos brillantes resplandecían en el cielo; por lo que me dispuse a regresar.

-Recuerda, que siempre te amaré –oí a lo lejos, tal vez el viento. Pero no. Era su voz, su dulce voz. Hacía varias noches que estaba seguro que lo podía oír. Lo oía susurrándome cuanto me amaba y hasta mi cuerpo se estremecía formando un nudo en mi garganta con ganas de gritar que yo también.

Me giré con la esperanza de verlo con los brazos abiertos esperándome pero solo encontré la oscuridad de la noche, no había remedio. Tom estaba en el cielo como siempre, como cada noche. En cambio yo… yo estaba solo, estaría siempre solo.

FIN

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