5: El Saloon (Parte 1)

Notas: ¡Me lio con los números y el nombre de los capítulos! Esto de partir una historia tiene sus inconvenientes. 

Capítulo 3: El Saloon (Parte 1)

A lomos de su caballo, anduvo por las caminos de tierra prensada del Pueblo, el cual estaba compuesto por un entramado de calles formada por edificaciones de madera desbarnizada con grandes letreros con los nombres de los distintos locales como el banco que estaba junto al ayuntamiento, la tienda de víveres junto a la herrería, el gran salón al que se dirigía en el lado izquierdo de la amplia calle por la que transcurrían carromatos, mujeres, niños, hombres, ganado y un niño de no más de nueve años llevando una potranca… El gran banco dividía en dos la calle, a la izquierda la estación de tres y a su derecha un largo tramo de construcciones que desembocaba en la iglesia.

Se bajó del caballo que dejó atado junto a los demás rocines que aguardaban a sus dueños fuera del Saloon. No reconoció ninguna de las monturas por los colores, y menos la de su hermano que podría haber pasado por cualquiera de aquellos cuatro. Amarró las riendas del caballo al largo poste de madera que conformaba la barandilla del local, y subió los peldaños que separaban el suelo terroso del porche por donde entró a través de una puerta que se abría en ambos sentidos.

Dentro, el ambiente estaba más caldeado que fuera donde ya refrescaba. Miró desde la entrada a los distintos hombres que se agrupaban para jugar al póker y al blackjack, pero no reconoció a su hermano. A la izquierda, una escalera subía hacia la planta superior, donde tras unos arcos se escondían habitaciones donde nadie, pero al mismo tiempo todos, sabían lo que ocurría. Las bailarinas hacían el número del can-can al ritmo de un piano ruinoso. Bajo el escenario, los hombres aplaudían y vitoreaban. Ninguno era su hermano.

Se puso en la barra de caoba tras la cual el cantinero le sirvió  una cerveza. Se quedó mirándole sin saber muy bien si le iba a decir algo o no… parecía reconocerle a pesar de no haber estado ahí en dos años y medio, pero el señor no dijo nada y siguió sirviendo copas. Apoyó los brazos en la barra y el pie en el tubo,  bebió de la jarra a sorbos cortos, distrayéndose en mirar a las cabareteras de vez en cuando y a los jugadores en otros momentos. A ambos lados tenía otros hombres con su misma edad o mayores que él, reconoció a uno de ellos, era a quien llamaban Don Segundo, un hombre de rostro quemado y curtido, cabello oscuro y cortado y ojos negros y profundos, llevaba su clásico sombrero marrón con piedrecillas entorno a la copa y una camisa amarilla que contrastaba con su piel oscura. El señor era un maestro resero de los llanos y experto domador de caballos, pero sus habilidades iban más allá que las de cualquier vaquero, pues se dice que tenía una suerte que le acercaba al diablo.  

Caballero —le llamó un camarero distinto al que le había servido—. No puedo seguir sirviéndole si no me paga.

Bill le dejó lo que le debía por la cerveza pero se olía que aquello no iba acabar ahí…

¡No, Tom, me refiero a todo!

¿Sabe dónde puedo encontrar a Tom? —preguntó Bill entendiéndolo todo—. Si me dice dónde está haré que le devuelva todo el dinero.

El camarero le miró sin saber muy bien cómo reaccionar…

Esta era la tercera vez en el día que le confundían con su hermano, ahora entendía por qué aquella era la Banda de Tom.

No lo sé, hace semanas que no le veo… ¿usted es Bill?

Él asintió.

Cuénteme, ¿qué sabe de mi hermano?

Lo que me han dicho los G’s.

Soy un forastero… no sé quiénes son esos G’s

Entonces siguió el dedo del camarero que le guio hacia dos mesas unidas rodeadas de ocho hombres que jugaban a las cartas. A un extremo encontró a Georg y frente a este a Gustav.

Hubiese preferido mantenerse al margen de las mesas de juegos cuando sabía que en un momento u otro empezarían a gritarse porque uno había hecho trampas, y entonces, tendría que huir por patas antes de llevarse un sillazo.

Una de las chicas del cabaret acariciaba el hombro izquierdo de Georg amigablemente, quien absorto en su jugada, capaz que ni sentía la mano amiga de la jovencita. Gustav, tan concentrado y adusto como de costumbre, tenía la partida ganada, pues jugaban al póker y él era un experto en relajar su expresión facial hasta el punto de hacerla insondable. Se aproximó para ver la jugada de ambos y supo quién iba a ganar de los ocho hombres, a quienes no molestó mientras estuvieron en la mesa, y dado que la partida acaba de empezar, volvió a la barra donde le preguntó al barman lo que quería saber.

Tom llego hará seis meses… se dice de él que es un prófugo. —Se detuvo, pero Bill le asintió para que continuase—. No sé mucho más… la verdad es que bebe bastante y debe mucho dinero, suele estar aquí o en cualquiera de los salones del pueblo, pero normalmente está en los prostíbulos.

Bill apretó el puño al escuchar aquella noticia.

Entonces, escuchó a su rubio amigo lanzar una maldición por todos los aires, al tiempo que saltaba sobre Georg, cuchillo en mano, dispuesto a rebanarle la cara. Se giró al mismo tiempo que todos los presentes. Los violines y el piano comenzaron a tocar con más ánimos. Los presentes se lanzaron a una trifulca sin sentido, que había comenzado porque Georg habría hecho trampa, ya que cuando se aproximó tenía una mano con la que no podría ganar.

Bill salió sin terminarse la birra o hablar con sus camaradas que de poco le servían ahora que estaban luchando a muerte.

Anduvo a pie, jalando de las riendas de su caballo, hacia el prostíbulo más cercano en busca de su hermano. La casa de las señoritas de compañía estaba en la zona este del pueblo, entre unas calles poco transitadas donde se reunían las damas de la noche. Dejó su caballo en el establo próximo, y se introdujo en aquel local regentado por una madame a quien todos parecían tener en muy alta estima. Se paseó por el burdel mirando a cada caballero en busca de rasgos familiares. Si Tom estaba en ese burdel y no otro, lo desconocía, pero debía empezar a buscar por algún lugar, tampoco tenía prisa, pero entre antes encontrase al soplagaitas de su hermano, antes volvería a la montaña.

Dedujo por las cortinas, el champagne y la alta costura de las ropas de las mujeres que aquel era un lugar demasiado refinado para un prófugo que debe cuentas, por eso volvió sobre sus pasos a la salida donde una dama asiática octogenaria pegó un grito al verle.

¡Usted! ¿Cómo se atreve a volver aquí después de lo que le hizo a la pobre Dafne?

Señora, se ha confundido, yo soy Bill y ya me iba…

¿Su hermano idéntico, eh?

Sí, somos gemelos y le aseguro que no volverá a verme —contestó calmado.

La madame le miró con repugnancia, arrugando sus labios ya de por sí surcados por miles de grietas de la edad. Le miró de arriba abajo, luego llamó a Dafne porque no se creía lo que estaba diciendo.

Dafne era una diminuta paloma rubia de ojos azules, mejillas sonrojadas y sonrisa de un cristal que se rompió nada más verle. La pobre muchachita de no más de un metro cincuenta vino en los brazos de un gentil caballero que la portaba como si de oro se tratase, porque ahí, Dafne era la estrella, un diamante pulido que costaba más que su montura y aquello le hizo darse cuenta de lo muy en serio que iba aquella escena que le produjo, hasta el momento, cierta gracia.

¡Es él! —gritó deshaciéndose en lágrimas—. ¡Fue él!

¡No! —bramó—. Me confunden con mi hermano.

En ese momento, dos hombres bien vestido, con un conjunto de chaqueta y pantalón inmaculado, como los señores que habitaban en la ciudad, sin una motita de polvo en las levitas, le comenzaron a rodear.

Señora… yo me marcho de aquí, lo siento mucho por la joven Dafne, pero no quiero saber nada de lo que haya hecho mi hermano y no pienso pagar lo que él ha hecho.

Los hombres le tomaron de los brazos e intentaron llevárselo afuera. La china pedía a grito que le castrasen, mientras la jovencísima Dafne lloriqueaba en las faldas de la señora.

Consiguieron  sacarlo a rastras del local, intentó zafarse del agarre en varias ocasiones, pero eran demasiado fuertes para él… Bill no era tan rudo como su hermano, él solo sabía maquinar planes y disparar con el revólver… Entonces entendió porque la banda era de Tom.

Le pusieron contra la fría madera del local de putas, raspándose la mejilla y el párpado en el contacto. Los grillos sonaban de fondo, junto a los coyotes y la música de los salones. 

Los hombre le tenían postrado sobre sus rodillas, uno sacó un revólver y se lo puso en la cabeza. Intentó mirarle pero solo veía el brillo maléfico de la luna llena arrancarles sombras sobre los rostros. Bill respiraba agitadamente, pensando en su hermano, aferrándose al recuerdo de su hermano en el vagón. La última vez que dieron un golpe, Tom le había salvado la vida y no se lo había agradecido. Recordó el dolor que sintió en el cuello, el ansia de tomar lo único que nadie le había quitado nunca. Fue un dolor tan grande y un miedo tan atroz lo que sintió aquel día, que decidió no bajar de su apacible montaña en tres años. Y en todos aquellos años jamás pensó que Tom estaría vagando de burdel en burdel, follando con prostitutas y dejando a merced de las horas a la pobre Ana Rita…  ¡Había abandonado a su hermano! ¿Pero era culpa suya?

Continuará…

por administrador

Publico con autorización del autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!