Capítulo 4: El Reencuentro

Bill había encontrado a Tom o puede que Tom hubiese encontrado a Bill, poco importaba, porque la verdad es que no sabían qué decirse ahora que estaban ambos sobre una pila de heno limpio recuperando el fuelle que perdieron en la huida, con las piernas desnudas y solo Bill con los pies sucios por la tierra.

Bill intentaba mirar a Tom mediante los escasos rayos de luna que se filtraban por una parte del techo exento de teja. Su hermano se encontraba completamente agotado, medio quedándose dormido en la apacible comida de caballos, fría por la noche pero fácilmente calentable por ser un buen aislante. Intentó zarandearlo sin tener que usar la voz y perturbar a los animales que en sus cuadrigas se hallaban reposando. Tom le miró e inmediatamente se quitó las botas para ponerse los pantalones. Bill le imitó, intentando, ambos en vano, alargar el momento en el cual tuviesen que hablarse.

Salieron del lugar sin despertar al cuatrero que “vigilaba” sin éxito a los animales. Bill guio a Tom, inconscientemente, por un estrello pasillo que se abría entre las paredes de madera de los Establos y la Herrería. Tom le siguió entre bostezos y cuando no hubo más camino por el que alejarse de su responsabilidad, se giró precipitadamente para ver el rostro cansado de su hermano gemelo, a quien los años habían tratado peor que a él. Permanecieron así un rato, uno frente al otro, las paredes a ambos lados, barriles y cajas posicionados en las esquinas y la luna cayéndoles en los rostros dibujando sombras fantasmagóricas en ellos. Tom supo, por lo que le contaba sus ojos, que él iba a decirle algo que sus oídos no iban a soportar, por lo que, sin intentar franquear a su hermano, dio media vuelta e intentó irse.

Ana Rita… —Y Tom se detuvo—. ¿Por qué no has vuelto?

Se quedó sin aire, intentaba recuperarlo a bocanadas pero le costaba tranquilizarse. Comenzó a sentirse asfixiado y un calor le quemó las mejillas y el rostro entero. Siguió caminado.

Tom… solo dime que tienes un buen motivo, si me lo cuentas dejaré de buscarte, les diré que has muerto y me iré con… y me iré.

Tom se giró, la luna le afiló los ojos y el brillo de unas lágrimas insipientes despuntó en su mirada.

Dile que estoy muerto…

Dime por qué.

Bill caminó hacia él y Tom se detuvo.

 —¿No las echas de menos?

¡Para! —le amenazó—. No voy a volver.

¿Has visto a tus hijas? —le preguntó mientras se acercaba.

¡Te he dicho que lo dejes, Bill!

Se miraron mutuamente, Bill se mantenía sereno, con las manos extendidas a ambos lados del cuerpo. El frío le mordía la carne descubierta, pero se contuvo a cruzar los brazos sobre su pecho. Tom en cambio no paraba de cambiar de postura, intentaba irse, pero la sola presencia de Bill le hacía detenerse.

Llevan todo el día preguntándome por el dinero… al menos dime cómo vas a pagar todas tus deudas.

No voy a hacerlo.

¡Idiota! ¿Cómo has acabado siendo un borracho? ¿Cómo has acabado encamándote con prostitutas y cabareteras, eh? ¿Y qué me dices de Dafne? Pero… ¡joder! Podría ser tu hija, podría ser María Elvira…

¡Te he dicho que no las menciones! —dijo cogiéndole de la camisa, al mismo tiempo que le ponía contra la pared de las caballerías, golpeándole la cabeza contra la madera.

Bill lo miró sorprendido, vio en sus ojos oscuros la locura del alcohol animándole a comportarse como una bestia. Aquellos ojos marrones ya no eran de su hermano, ya no tenía ese guiño pícaro, ni esa alegría de vivir impresa en el rabillo del ojo. Aquellos ojos no eran de otro sino de un hombre sin decencia, sin cordura y sin honor….

Lo miró a los ojos directamente, viendo aquella mirada colérica impropia de él. Por primera vez sintió miedo de lo que pudiese hacer aquel hombre que se parecía a su hermano.

Vale… no volveré a decir nada…

¡Lo de Dafne… no hubo nada con Dafne! ¡No fui yo! Estaba ahí, no lo evité, lo sé, pero… no lo sé. Ella estaba con ellos, estaban todos juntos. Yo estaba borracho, ellos estaban con ella, no sé quién era. ¿Por qué la china nos gritaba? No sé… a mí me la dejaron pero al final, yo no veía nada… no debí haberlo hecho… ¿Por qué estaba ahí aquella noche?… ¿por qué lo hicieron?

Le apretó el cuello de la camisa cada vez más, empotrándole contra la madera fría, sintiendo la aspereza del material en su cuello y en su cabeza. Elevó las manos y las puso sobre las suyas, Tom bajó la mirada para observar sus muñecas sostenidas por las manos de su hermano. Luego levantó la vista y le observó como con sorpresa, apartándose de él inmediatamente al darse cuenta de lo que hacía. Comenzó a retroceder con el rostro perlado de sudor, los labios entreabiertos, respirando agitadamente y los ojos envueltos en culpabilidad. Se dejó arrinconar en la pared de la Herrería. Bill le miraba sin saber qué decir o tan si quiera sin saber cómo acercarse a él.

Tom… ¿qué te ha pasado? —le susurró. Tom cerró los ojos. Bill comenzó a acercarse a él lentamente mientras su hermano recostaba el cuerpo contra la pared. Se puso ante él.

No lo sé, Bill… quiero volver con ellas, quiero casar a Elvira y devolver todo el dinero que debo, pero no quiero volver a atracar trenes… ni bancos… no quiero ser un delincuente, pero allá donde voy sigo viéndonos en los carteles y mientras esos carteles estén colgados, seguiremos siendo bandidos y sus vidas peligrarán. 

A ellas no les pasará nada mientras estés en casa.

Ya es demasiado tarde.

No lo es…

Para mí sí… si hubiese vuelto a casa hace tres años a lo mejor, pero ahora que las he abandonado… Mis hijas no querrán volver a verme porque yo nunca las he criado, mi mujer merece a un marido mejor, uno que la quiera bien y no le haga promesas para luego abandonarla. ¿Pero cómo iba a volver después del último atraco? ¿Cómo iba a mirar a mi esposa con los mismos ojos que vieron toda esa muerte? ¿Cómo voy a tener pensamientos favorables para mi familia cuando he pensado en robar y en matar toda mi vida? ¿Cómo voy a coger a mis hijas con las mismas manos que pulsaron el gatillo y se llenaron de sangre? ¡No, Bill, no! ¡No puedo volver!

Bill bajó la mirada mientras Tom se sentaba en el suelo de tierra prensada. Permaneció observándole desde la altura hasta que sus pies cansados por la huida le imploraron que se sentase a su lado. Ambos hermanos contemplaron abatidos la pared en la que minutos atrás el mayor contenía al menor y sus rostros estaban tan cerca que Bill vislumbró el salvajismo del desierto en sus arrugas de expresión, en sus labios agrietados, en sus ojos pardos, en su piel morena y curtida… ¡Qué cruel era el desierto con los sueños de los hombres!

 —¿Y qué vas a hacer ahora?

Me iré.

¿No le vas a devolver el dinero a Roberta, ni tan siquiera a los G’s?

No tengo nada más que mi caballo, el revólver y lo que llevo puesto.

¿Cuánto tiempo lleva ella en el pueblo?

¿Bobby? ¿Has hablado con ella? ¿Te lo ha contado?

No… ¿qué te ha dicho?

Me confundió contigo, la dejé hacer…

¿Te acostaste con ella?

Tom negó con la cabeza sin mirarle.

¿Por qué no?

Porque se dio cuenta de que no era tú.

Bill tragó saliva. Levantó el rostro y la luna le cruzó los ojos que con rabia se incrustaron en los de Tom.

¿Hasta ese punto has llegado, eh? Ahora mendigas el amor de cualquiera… incluso de ella….

¿No me digas que estás enfadado?

¡Estoy furioso! ¡Años… años he estado lejos de Roberta, anhelando volver a verla y tú que tienes a tu esposa tras las colinas que salen del pueblo, no vas a verla por miedo, ¡por vergüenza! ¡Cobarde! ¡¡Cobarde!! ¡Tenías razón! —bramó poniéndose sobre sus rodillas, clavando las manos en el polvo para levantarse, al mismo tiempo que Tom se ponía en pie con el rostro contraído por los peligrosos desaires de tu hermano—. ¡¡¡Es demasiado tarde para ti!!! Como no salgas de este pueblo mañana, te juro, Tom Kaulitz, que te mataré yo mismo solo para entregarle un cadáver a tu mujer.

¿Todo esto por Roberta? —le gritó—. ¡Haberte ido con ella! ¡Yo no soy ningún cobarde, maldito bastardo! ¡No les tengo miedo a ellas! ¡No me avergüenzo por lo que he hecho!

¡Mientes! ¡Te contradices!

¡Es que tú no lo entiendes! ¿¡Qué vas a saber tú!? El miedo que tengo no es hacia ellas, no es vergüenza…

¡No intentes engañarte! ¡Ojalá no te hubiese encontrado! Debería haberme ido con Bobby cuando se marchó, debí haberte dejado aquí en este pueblo inmundo…

¡Calla! ¡Vete ahora que la tienes aquí! ¡Márchate! ¡No te necesito ni a ti, ni a Ana Rita, ni a nadie!

Bill carcajeó, acercándose peligrosamente a su hermano, mirándole a los ojos desmesuradamente abiertos, excitados por el malvado juego de palabras que se escupían.

¡Tienes miedo, Tom, admítelo! ¡No quieres que ella te pregunte con cuantas mujeres has estado, no quieres que te pregunte dónde has estado y no quieres que te pregunte por qué la has dejado… porque la verdad, Tom, es que necesitas su perdón, pero no quieres ir a suplicárselo, porque sabes perfectamente que nunca te perdonaría por haberla dejado preñada tan joven y haberla abandonado a su suerte con dos hijas en medio de un páramo desolado, lejos de su familia, desprotegida, a merced de forajidos como nosotros, como tú, que violan cada día mujeres como ella, mujeres como Ana Rita, como María Elvira y María Sol! ¡Y quién sabe si no lo están haciendo ya o lo harán! Y… ¡será por tu culpa!

Tom lo sujetó por los hombros y lo empujó violentamente al suelo. Bill calló golpeándose el costado derecho, la cadera y pierna del mismo lado. Su cabeza impactó contra la tierra en un sonoro golpe que no impidió que Tom se lanzase sobre él y le golpeara el rostro con el puño derecho. Bill lo miro de soslayo, completamente desconcertado, pero no tuvo tiempo a pedir clemencia porque Tom le volvió a golpear en la mandíbula, dejándose los nudillos inflamados y sanguinolentos por el coagulo carmesí que su hermano soltaba por la boca. Le golpeó el lado izquierdo del rostro hasta que Bill perdió el sentido. Dejó de golpearle, solo cuando se le nubló la vista por las lágrimas y las manos le dolieron tanto que creyó que se le partirían si volvía a pegarle. Abrazó a su hermano contra sí, sollozando, escuchando su débil pulso, maldiciéndole por haberse encontrado. Se empapó el rostro con la sangre que manaba de las heridas de su cara, y solo la sangre de su hermano, le hizo entender que si seguía lo mataría.

 

A lo lejos se veía la casa blanca de molino azul con todas las luces apagadas. La respiración del potente caballo de Bill y sus sollozos eran lo único que se escuchaba después del canto los grillos. No recordaba que la casa que construyeron hace casi diecisiete años estuviese tan lejos del pueblo. Ahí el tiempo había pasado como en todos lados y eso fue para él suficiente puñal que digerir, porque no había estado ahí para pintar el molino, reparar el buzón, plantar las flores, ni regar los árboles secos que intentaban crecer en las faldas de las montañas.

Desde ahí, el pueblo se veía diminuto, tanto, tan alejado, que se sorprendió de haber recorrido tan larga distancia en media noche. Las horas habían pasado a su alrededor mientras el sentía a su propia sangre quejarse a lomos del caballo. ¿Por qué le había hecho eso a Bill? Dejó de mirar colina abajo y se fijó en su hermano acostado sobre el caballo, con el rostro vendado con las bandanas, recuperaba la conciencia a ratos para pedirle agua, pero no tenía nada que darle de beber salvo sus lágrimas.

Las estrellas todavía moteaban el cielo pero faltaba muy poco para el amanecer. Miró hacia el horizonte que comenzaba a clarear, el sol saldría, tímidamente, en breve.

El gallo, un animal que no estaba en su granja cuando se fue, comenzó a cantar altivamente en el tejado de un pequeño gallinero que construyó con la ayuda de Bill cuando nació Elvira. También lo había pintado de azul.

Dejó el caballo atado a la barandilla de madera blanca del porche. El rocín hizo de las suyas comiéndose las flores mientras Tom subía los peldaños con pesar. Miró a su hermano antes de tocar y entonces golpeó la puerta cerrada con la mano izquierda, pues la otra, sangrante y palpitante, de poco le servía ahora.

Escuchó un sonido procedente de la planta superior, pero nadie bajó a abrirle. Impaciente, nervioso, aterrado por ver a Ana Rita de nuevo, tocó la puerta con la mano derecha, lastimándosela en el acto. Comenzó a respirar con dificultad al mismo tiempo que su corazón se aceleraba vertiginosamente.

Alguien bajaba por las escaleras, escuchó un susurró y vio una figura asomarse a la ventana con una lamparilla de gasolina prendida. Tom la vio por primera vez en mucho tiempo. Escuchó una llave en la cerradura, giró dos veces y la puerta se abrió. Miró a Ana Rita, despeinada, con un simple recogido hecho, el camisón beige le llegaba hasta los talones sobre este llevaba un mantillo rosa con el que ocultaba el pecho donde aguardaba su rosario. La mujer le miró indiferente, con los ojos cansados, todavía dormida, sin llegar a reconocerle. Mientras, a él se le había encogido el estómago y el corazón le había dado un vuelco en el pecho nada más verla.  

Pasa, Bill —le dijo. Tom la miró tembloroso. Tragó saliva antes de plantearse entrar, entonces, cuando puso un pie dentro de la casa y se posicionó delante de ella, cerca de su contacto, sintiendo el calor que desprendía su cuerpo, le dijo:

Ana Rita. —Ella abrió los ojos de la sorpresa y se puso las manos en la boca, tapándose la nariz también—. Necesito que me ayudes a bajar a Bill del caballo.

Ella dudó en si abrazarle o golpearle. Se quedó en su sitio mirándole a los ojos. Dejó que sus manos se alejasen de ella, movida por un impulso que le llegó del corazón, y por ello se sintió con fuerzas para acariciarle el rostro. Detuvo sus dedos en su barba rizada, sus mejillas hundidas, palpó sus ojeras y, lentamente, se fue acercando a él.

Retiró los dedos de su rostro y los puso bajo sus fuertes brazos para rodearle el pecho, sobre el que apoyó su mejilla, mientras Tom la abrazaba. Ninguno de los dos dijo nada. Ella no le dijo nada. Ninguno lloró, pues los dos estaban atónitos por la presencia del otro. Ana Rita se dejó mecer por los reconfortantes brazos de su marido, hundió sus uñas en su camisa y miró a Bill desmayado sobre el caballo mientras escuchaba lo que el corazón de Tom tenía que decirle.

Continuará…

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