
Capítulo 5 (Parte 1)
Ana Rita no le habló ni si quiera cuando despuntó el alba e iluminó con su brillo rosado el rostro de su hermano pegajoso por la sangre. Le quitó los trapos lentamente, emitiendo un sonido agudo a cada húmedo milímetro que se separaba de la carne rota de Bill quien se quejaba en un hilo de voz. Ana Rita dejó las bandanas en la mesilla de noche que estaba al lado de la cama. Todavía la luz era tan débil que los farolillos seguían prendidos incluso cuando un rayo naranja penetró en la habitación que no era más que un rectángulo de paredes blancas en el que no cabía más que el armario, la cama, la mesita y un perchero desnudo.
—Déjame agua —susurró Bill. Ana Rita le acarició el hombro y asintió. Dejó a los gemelos a solas. Tom, sentado delante de Bill, miraba sin mirar a su hermano, postrado en el lecho, inmóvil, con medio rostro amoratado, hinchado y salpicado de sangre.
Bill le miró con su ojo sano, quiso abrir el otro, pero no pudo. Tom se arrodilló ante Bill para mirarlo de cerca, pero no sabía si quería ver más de cerca aquel rostro deforme. Cerró el único ojo y así permaneció hasta que Ana Rita entró con una jarra de agua para lavarle las heridas.
—¿Madre? —Y un escalofrío le azotó la espalda al no reconocer la voz de su propia hija. Tom se giró para ver a la mayor de sus niñas en el marco de la puerta, completamente vestida de gris. Ella le confundió con su hermano, por lo que se acercó al lecho creyendo que era su padre quien se hallaba en él. Tom se levantó y se acercó a María Elvira que no tardó en darse cuenta que era su padre a quien tenía delante. Le miró hirientemente con aquellos grandes ojos verdes que había adquirido de su madre. Con dieciséis años ya estaba hecha toda una mujer y aquello le asustaba. Su hija se lanzó a sus brazos sin esperar a que él dijera una sola palabra. Tom sonrió enternecido por el cariño de su hija, por lo que se dijo que jamás se volvería a ir de su hogar.
Su esposa les miró desde la estancia donde con cuidado limpiaba el rostro de Bill. Ana Rita no mostró nada en aquella estoica mirada que no parecía ni complacida ni disgustada por la reacción de su hija. Tom entendía el recelo de sus ojos porque sabía muy bien en lo que pensaba. Ahora podría parecer a gusto en la vida familiar, pero pronto se cansaría y empezaría a alejarse más del pueblo y cada vez más y más, hasta desaparecer por meses, como solía hacer, o incluso por años, como acaba de hacer.
Sintiendo a su hija Elvira entre sus brazos, Tom no podía estar más alejado del desierto con su arena, cacto y montaña, a donde no quería volver porque su pequeña Sol se acababa de despertar.
En sus ojos dorados no hubo lágrimas, solo una alegría que iluminaba su mirada y dibujaba una amplia sonrisa en su rostro. Ella corrió hacia Tom y se abrazó a él junto con Elvira. Las rodeó a ambas con sus manos y disfrutó de la tierna escena, en la que reposó su mejilla sobre los cabellos de ébano de su hija mayor, sintiendo su respiración cortada por las lágrimas, al mismo tiempo que escuchaba las risas de Sol, que solo fueron moderadas por Ana Rita, quien salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
—Será mejor que vayas a buscar al médico —le dijo en tono adusto, poniendo los brazos en jarra. Las niñas se separaron de Tom y miraron a su madre con ojos suplicantes.
—¡Pero si acaba de volver!
—Volveré con el médico —aclaró besando las cabezas de ellas. Se acercó a Ana Rita y la tomó por el brazo para llevarla hacia la puerta de la entrada. El zarrapastroso chucho estaba en el porche, lugar al que salió el matrimonio.
—¿Qué tal está mi hermano?
—No lo sé, Tom, dejemos que sea el médico quien lo diga.
Ana Rita miró a su marido marcharse de nuevo por las mismas escaleras por las que le observó descender el día antes de que desapareciese. Los ojos se le anegaron de lágrimas, pero no lloró, no para él.
—Volveré lo antes posible —dijo montando el caballo de su hermano. Lo espoleó hasta las escaleras, donde Ana Rita seguía mirándole hecha una estatua, sin moverse nada en ella salvo sus cabellos mecidos por el viento de la mañana—. Traeré al médico y después hablaremos.
—No hay nada que decir. Cuando tu hermano se recupere te marcharás. Creo que merecemos ser felices por nuestra cuenta, ¿no crees?
—¿Cómo mantendrás la granja?
—Como lo he estado haciendo hasta ahora.
—¿Y las niñas?
—Casaré a Elvira con el hijo del herrero… y a Sol cuando llegue el momento.
—¿Y tú, qué? —le preguntó con rabia. Pero ella no respondió.
—Tú has lo que quieras. Eres libre, siempre lo has sido.
—Quiero a mis hijas, ¿sabes? Y también te quiero a ti.
—Y yo no lo dudo, Tom. Pero nos quieres bien poco.
Tom cogió aire para decirle algo más, pero salió por su boca tal y como entró, sin sonido, vacío de significado, pues solo podía mirar a Ana Rita retornando a la casa.
Continuará…