8: Celos desesperantes

«Billy Future» Fic de Ignacio Pelozo

Capítulo 8: Celos desesperantes

Dicen que la impresión a primera vista es la que cuenta. Y a Bill esa rubia importante ya le caía como patada al hígado.
– Toma asiento por favor – añadió el pelinegro sentándose en su banqueta junto al escritorio – ya me han llegado tus referencias, y se perfectamente como trabajas pero te procedo a explicar que tenemos más de tres inversionistas en la empresa. No se si eso te molestaría.
– Oh para nada – sonrió intentando… ¿seducirlo? – quién podría negarse a cualquier condición con tal de trabajar en la marca que pisotea a todas globalmente y al director y diseñador más sexy?
– Gracias por el halago – dijo Bill seco y de la manera más fría existente – verás para ponerte a prueba sería bueno que te socialices con la forma de trabajar que tiene mi equipo. Mañana por la tarde iremos al campo a la producción de modelos para el comercial de televisión y las fotos del catálogo ¿Qué te parece?
– Estupendo – respondió Chantelle – déjame felicitarte, la profesionalidad de las fotos del último número fueron increíbles, jamás vi algo semejante. Ni hablar de la nota, se nota que sabes generar un impacto, los medios no pararon de hablar de eso.
-Más que profesional es mi fotógrafo – sonrió ampliamente como un notable enamorado – qué tal si te lo presento?
Y ahí iba Bill a cavarse su propia tumba y hundirse doscientos metros bajo tierra. Muchos decían conocer a Chatelle, catalogarla como trabajadora y responsable; mientras que otros la denominaban como una ventajista, una zorra y ladrona. Había sido despedida de una agencia de modelos por robo de ingresos, tuvo problemas con una editorial de la revista competencia a Billy Future, era la ex pareja del hijo del dueño. La prensa hablaba mucho de ella debido a que había salido con varias celebridades. Pero ahora su blanco no sería Bill, sino Tom. Quería que sea su ligue del momento, lo que le genere impacto para que se hable de ella. Simplemente eso, sin saber el daño y la marca imborrable que dejaría como cicatriz.

-¿Estás lista? – preguntó Bill con una sonrisa de oreja a oreja, como si su simple empleado fuera su tesoro más preciado. Luego se oyeron claramente unos tímidos toques a la puerta – pasa Trümper!
El muchacho de trenzas se dejó ver, saludando con un beso en la mejilla a la rubia inversionista y una sonrisa pícara en su rostro.
-Buenos días -saludó de forma cortez moviendo su piercing disimuladamente. De inmediato fijó su mirada en las piernas de la mujer– Tom, fotógrafo…
-Buenos días, Bill me habló muy bien de usted -añadió la muchacha levantándose de su lugar mientras el de rastas los miraba- mi nombre es Chantelle.
Bill sintió como su corazón empezaba a latir más lento, como su sonrisa se desdibujaba y una dificultad para respirar se adueñaba de su cuerpo.
-¿Qué tal que me muestres como trabajas? –cuestionó ella, tuteándolo como si lo conociera de toda la vida tratándolo como si nada en un tono seductor, y el de trenzas respondió asintiendo con la cabeza muy animado– con permiso Bill, nos vemos en un rato. Cerró los ojos con furia cuando la puerta fue azotada y tiró su cabeza hacia atrás. Celos, sí eso sentía. Estaba seguro que los celos estaban comiéndolo como pequeños Pac-man por todo su interior. Celaba algo que ni siquiera era ni había sido suyo, pero era incontrolable. De algo estaba seguro: no contrataría por nada del mundo a esa mujer.

Oficina de Tom.
-Bueno estos son mis albums, en el computador tengo algunas imágenes y pinturas también retratos – enumeró el de trenzas mientras la rubia le echaba llave a la puerta y él alzó las cejas desconcertado – no creo que sea buena idea encerrarnos.
-Pienso lo contrario – interrumpió sensualmente, caminando hasta él y apoyar ambas manos en sus hombros – ¿Alguna vez te dijeron que eres guapísimo?
-Muchas veces – sonrió de medio lado algo egocéntrico pero seductor, llevando sus manos hasta la cintura de ella. Sin decir más, la rubia juntó sus labios en un profundo y apasionado beso. Tom cerró los ojos, era imposible: la primera vez que una mujer intentaba provocarlo y no le causaba ninguna sensación. Ni una. Hasta que imaginó que los labios que intentaban devorarlo eran los de él, que quien lo sujetaba y lo atrapaba era él.
-Bill… – gimió contra los labios de la rubia y ella se separó abruptamente.
-¿Qué? – preguntó respirando con dificultad algo asustada – qué pasa con Bill?
-Que… él puede venir – mintió acomodando su enorme remera y ella sonrió girando los ojos.
-Almorzamos juntos? – agregó de inmediato la rubia volviendo a besarlo.

Narra Bill
En tan poco tiempo estaba experimentando sentimientos demasiado fuertes. Sentía que en cualquier momento iba a estallar, no podía más. Esperé y esperé a que como todos los mediodías me viniera a avisar que estaba listo para almorzar juntos; desde que había llegado a la empresa era la única forma de conocernos mejor y de cierto modo alimentar mis ilusiones. Salí de la oficina, algo oprimía mi pecho cuando los vi salir a las risas caminando juntos hasta el ascensor. Fue inevitable que mis ojos se llenaran de lágrimas al ver como él pasaba su brazo por su hombro ¿tan rápido lo sedujo? Le avisó a Lily que almorzarían y regresarían. Un momento… ¿Se olvidó que era yo quien le hacía compañía incondicional todos los mediodías? Mi corazón volvió a debilitarse sintiendo como ahora mis mejillas se humedecían y un nudo se atoraba en mi garganta. Chantelle se había encargado de pisar mi empresa para robármelo, para pincharme una a una mis ilusiones y soplar mis sueños como el lobo feroz a la humilde casita del cerdito. Me dí cuenta que todos estaban mirándome y yo estaba llorando desconsolado. Me encerré en mi oficina caminé hasta la ventana y corrí la cortina. Ahí los vi, él le sonreía como jamás me había sonreído, la envidiaba. Hasta que ella lo arrinconó contra su coche y se apoderó de sus labios, esos labios que eran totalmente inalcanzables para los míos. Él le respondió con gusto y ahora mi corazón pasó de estar débil a estar roto. Llevé mi mano a mis labios para no gritar ante la punzada que traspasaba mi pecho y me dejé caer al suelo sollozando eternamente. Cuando dejé de llorar, habían pasado casi dos horas.

Mi cabeza dolía horriblemente, mi maquillaje estaba esparcido por todo mi rostro, suspiré sintiendo ese dolor en mi interior. Me senté en la silla y me dispuse a esperarla y gritarle en la cara que no quería sus malditas inversiones en mi empresa cuando la puerta fue tocada tres veces.
– Pase – dijo Bill en un tono molesto frotándose las sienes con ambos dedos. De inmediato ingresó Chantelle sola esta vez – bien, te estaba esperando.
– ¿Estás bien? – preguntó fingiendo preocupación – te ves mal…
– Cállate –le ordenó bruscamente de un grito– quería comunicarte que no me interesan tus inversiones, no me interesa contratarte así que allí tenes la puerta. Adiós.
Encendió su monitor simulando estar concentrado y la rubia se quedó inmóvil. Resopló en un tono pronunciador y el de rastas la miró arqueando una ceja señalándole la puerta. La inversionista salió echando chispas cruzándose con su nuevo chico de trenzas en los pasillos.
– Me voy – dijo en víctima – llámame Tom.
– ¿Qué pasó? – susurró el de trenzas mirándola fijamente – ¿Chanti?
– Bill es un grosero – respondió antes de irse. El fotógrafo quedó desconcertado y sin más rodeos se dispuso a ir hasta la oficina de su jefe.
Entró sin permiso al notar la puerta entreabierta y se sentó cómodamente.
– ¿Quién te dio permiso para pasar? – murmuró el director con la cabeza baja molesto – y para sentarte.
– Lo siento – suspiró intentando pedirle una explicación – ¿Por qué no has contratado a Chantelle?

– No es de tu incumbencia – se apresuró en contestar dejando a la vista, su pálido rostro con todo su maquillaje corrido. Su mirada reflejaba el dolor de su alma y Tom la pudo sentir.
-¿Qué te pasó? – susurró asustado pero ante el silencio del de rastas comenzó a desesperarse – ¿Bill que pasó?
– ¿Qué me pasó? –sonrió irónicamente Bill– ¿¡Qué no me pasó?! Me dejaste plantado Thomas.
– ¡¿Qué?! – gritó el de trenzas – pero de qué hablas?
– Siempre comemos juntos –respondió sintiendo sus ojos aguarse– y esta vez ni siquiera tuviste la delicadeza de avisarme, no te fuiste con la primer puta que se te cruzó. ¿Cuánto tardó en besarte? ¿O a penas montaron tu coche te la follaste sin vueltas?
-Baja la voz –pidió el pelinegro de ropas anchas avergonzado levantándose de su lugar– diablos, cállate.
-No vas a decirme lo que tengo que hacer –lloró el de rastas– no tu, no. Dios, la odio! Odio todo esto, odio sentir celos, odio tener que pensar y pensar en ilusiones que son solo eso: ilusiones. No aguanto más, maldita la hora en que te miré de otra manera. ¿Entiendes eso? ¿Lo entiendes? No puedo mirarte, no puedo mirarte sin desear que me tomes como a ella, no puedo mirarte y no desear que me beses, que me acaricies o aunque sea me digas una vez un ‘te quiero’, porque mi corazón late de una forma que jamás nadie había conseguido hacer latir. Es mi maldita culpa haberme enamorado de ti.

-¿Qué? – dijo Tom con dificultad retrocediendo un paso mientras Bill no paraba de sollozar.
-Que estoy enamorado de ti –repitió dejando caer más lágrimas– te amo y no puedo arrancarte de mí. Te amo.

Continuará…

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