
Fic Twc / Toll escrito por being_destroyed
Capítulo 8: Viernes
Viernes – 3/07/09
Tom
Los primeros rayos de sol entraron por mi ventana, dando de lleno en mi cara, en mis ojos, y por consiguiente, en mi sueño. Ayer por la noche no llegué a colocar bien esa puñetera cortina y se quedó abierta de par en par, haciendo que la luz me atravesara los párpados y me desvelara por completo. Ni tan solo me había sonado el despertador.
Me moví con pereza, con pocas ganas de saber el poco tiempo de sueño que me esperaba.
Con mirada borrosa y legañas en los ojos miré mi reloj. Tuve que esperar un par de segundos a que mi vista se acostumbrara.
Me quedaban diez minutos.
Genial…
No me lo pensé y decidí ponerme ya en marcha. Realmente era lo último que quería, ya no solo por madrugar, ni por aguantar a los críos, ni siquiera por que hoy me tocaba el grupo de los mayores por la tarde… Era simplemente que, no le quería ver.
Llevaba el día de ayer entero esquivándole cuando podía. Notaba como me buscaba con la mirada, como alzaba la cabeza y miraba en todas direcciones por si me vía. Mientras yo me escondía de su campo de visión a cada oportunidad que podía.
No… No lo quería ver, no quería hablar con él. En el poco tiempo que he llegado a estar con él ha habido un… Yo que se. No sé ni cómo llamarlo. ¡No quiero ponerle nombre! Es solo… ¡Dios! ¡Tom! ¡Ya te estás comiendo el coco otra vez!
Pero es que, joder. En la fiesta ya fue algo descomunal. Cada dos por tres intercambiábamos miradas. Miradas que no buscábamos, porque yo se lo notaba, veía como no podía evitar mirarme, por curiosidad, por si yo le miraba… Y viceversa. Erika me hablaba y sentía como si no hablara ni mi idioma. Porque su voz sonaba, pero mis oídos no oían, puesto que mis ojos acaparaban el control del resto del cuerpo, en tal grado que al resto de sentidos los incapacitaba totalmente.
Cuando intercambiábamos miradas era una pequeña descarga eléctrica.
Jamás, y repito, jamás, me había pasado algo por el estilo.
Y muchísimo menos por un tío.
Y eso me cabreaba. Muchísimo. Tanto que me fui de la fiesta de bienvenida antes de que esta acabara. Me echaron la bronca del siglo por no haberme quedado a recoger.
.
Abrí la puerta que me daba a fuera y noté un airecillo, bastante fresco, que me golpeó en la cara. Me despertaría de golpe seguro si seguía haciendo ese frío.
Bajé los peldaños de las escaleras hasta llegar al último, el cual me salté. Y me encaminé con las manos en los bolsillos hacia el punto de encuentro, en el comedor.
Donde estaría Bill.
Ayer ya me las apañé para buscarle a los mayores las mesas más alejadas a la mía en el desayuno.
La mesa de los profesores se hallaba justo al lado de la cocina, y docenas de mesas se extendían a nuestro alrededor, me las ingenié a ultimísima hora para convencer a mi padre que se pusieran los pequeños más cerca de nosotros porque tendrían menos problemas en llegar a nosotros si les pasaba algo, que no a los mayores que se cuidaban solos. A más, Anna estaba entre esos niños, y quisiera o no quisiera, los primeros días, desayunaría, comería y cenaría conmigo.
Total, Bill acabó lo más lejos de mí posible.
Lo que sí es cierto es que al estar la cocina a nuestro lado, los alumnos debían venir hacia nuestra zona para recoger la comida, y si o si, pasarían por nuestro lado.
Ayer noté perfectamente la mirada de Bill fija en mi persona cuando pasó con la bandeja de cereales, esperando a que le mirara. Con una sonrisa en el rostro, que después tuvo que apagar puesto que “no me había dado cuenta de su presencia.”
A la hora de la comida fue peor porque me miró con miedo, no sabía si le respondería o no pero bueno, me miró igualmente. Me jodió no haber podido evitar esa media sonrisa que afloró en mi rostro cuando ya no se podía dar cuenta de ella.
Pero a la hora de la cena no me miró. Ni una triste mirada. Ni siquiera se molestó en fijarse en mí. ¿Estaría enfadado? No lo sé. Solo sé que…
…Me jodía.
Iba apartando alguna que otra hoja que se colaba en mi camino mientras me sumergía de nuevo en un torbellino de pensamientos totalmente contradictorios.
Sin quererlo y sin darme cuenta de ello ya me encontraba frente a la puerta que daba al comedor, donde habría gente, donde posiblemente, estuviese él.
Respiré profundamente y abrí la puerta. Primero miraba al suelo para no mirar hacia otro sitio. Debía evitar por todos los medios existentes que mi vista se dirigiera a las mesas del final, pero… No lo pude evitar. Mis ojos se pasearon fugazmente por toda la estancia y…
No había nadie.
¡Nadie!
Hostia, había llegado el primero.
Debí de haberlo supuesto, me he levantado antes al fin y al cavo. Me encaminé a mi sitio y no di ni un par de pasos más que Erik ya entró por donde yo.
-¡Eh tío! ¿Qué tal? – me saludó, y me giré inmediatamente. Me dio la mano y sonreí amistosamente. Realmente al haber casi ocho años de diferencia entre los dos Erik hablaba más con mi padre que conmigo y apenas teníamos mucha relación.
-Bien, muy bien. – mentí. ¿Qué iba a contestarle? ¿Qué un puto tío me estaba comiendo la olla? ¡Dios mío, si vuelvo a pensar algo sobre él me suicido!
Apreté los puños sin poder evitarlo una vez solté la mano de Erik.
-¿Te pasa algo? –preguntó medio preocupado.
-No, no.
La gente iba apareciendo y yo me iba estresando. Cada vez que oía el sonido de la puerta no podía evitar y mirar quién había entrado. Pero Bill no aparecía.
Cansado de esperar me levanté a por mi desayuno y deslicé la bandeja por la superficie metalizada mientras las cocineras de toda la vida me ponían la leche, los cereales, el pan, la mermelada… En fin, toda esa porquería que se les pone a los críos pequeños y que los adultos hemos de comer igual.
Agarré la bandeja con las manos y apreté bien fuerte, me concentré en el bol de la leche.
Jodida cocinera, me lo había llenado hasta arriba! Joder… A ver cuánto dura sin que se me caiga.
La puerta sonó de nuevo.
E instintivamente volví a mirar.
Unos ojos marrones me miraron de golpe, y yo me paré en seco. Alto, delgado, pelo negro, labios perfectamente finos y definidos, ojos maquillados… Era Bill.
-Eh, cuidado por dónde vas, que casi me das con toda la bandeja. – su voz sonó lo mas borde que pudo. Me miró desde abajo, puesto que al ir tan concentrado en que no se me cayera el bol, yo iba encorvado. Es normal ir demasiado preocupado por no lanzar mi desayuno por el suelo ¿no?. Ya no sé qué está bien y qué está mal.
Busqué el equilibrio necesario y me erguí. ¿De dónde saca los huevos necesarios para encararse conmigo de ese modo?
-Apártate de en medio, ¿no te jode? – vale, bien Tom. ¡Bien! Tienes que pasar de él.
Me miró fijamente, creo que pude diferenciar cada tono de marrón que tenían sus ojos en un instante. Después pasó de mí y le siguieron una chica pelirroja, bajita, graciosa, y un chico más alto que esta pero mucho más bajo que Bill, castaño con el pelo liso, y un tanto musculoso. Pero si tiene amigos y todo. En fin. Tom, has de sudar de Bill. Has de pasar de él. No existe, no existe…
Estábamos todos sentados en nuestros respectivos sitios, y precisamente el mío estaba en diagonal justo con el suyo. La diferencia es que estábamos cada uno en la otra punta. Aun así tuve la tan mala suerte que entre todas las mesas que nos separaban no daba la puñetera casualidad que nadie tapara mi vista, que nadie interpusiera su cabeza en medio del contacto visual. A eso, se le llama tener suerte. Lo que no me pase a mí…
Se levantaron los tres amigos de golpe y avanzaron hacia la puerta, ya que justo al lado estaba la estructura metálica con todas las bandejas y cubiertos que necesitaban para comer. Al otro lado de la barra, estábamos nosotros. Seguí sus movimientos atentamente. Observaba divertido, todas y cada una de las caras que ponía Bill cuando la cocinera le ponía cosas que no eran de su agrado, o como se reía de algún comentario que había soltado la chica pelirroja.
Su cuerpo avanzaba por la barra de metal aproximándose a nuestra mesa. Como un puto gilipollas que soy, noté como mi pulso aumentaba en poco tiempo. No tenía ni ganas de comer los putos cereales, lo único que había probado era un poco de tostada con mantequilla y mermelada.
Bill agarró su bandeja y la elevó en el aire dirigiéndosela a su mesa. Pero antes, me dedico una mirada. Se me cortó la respiración el segundo que compartimos mirándonos, yo medio cohibido y el con una ceja alzada, con aires de superioridad. Me estaba dando a entender que le importaba una mierda estar mal conmigo.
…Y yo debería hacer lo mismo. Joder ¡yo debería hacer lo mismo!
Y en lugar de eso me sentí ¿mal?
Sí, exacto.
.
Eran las diez y el horario de los peques ya había comenzado, habíamos quedado todos en la pista de básquet. En realidad era una superficie arenosa, pero lisa y a la misma altura todo, sin inclinaciones ni agujeros en el suelo. Había dos canastas y justo en los lados contrarios había dos porterías para jugar a fútbol.
Erik antes de empezar con su clase de idiomas se encargaba de llevar a los niños pequeños a la zona que les correspondía mientras el tutor, yo en este caso, preparaba la clase.
Realmente no sabía exactamente qué hacer y el plan de ayer no salió muy bien porque nadie se conocía. Eran pequeños, y estaban en un mundo nuevo, por decirlo de alguna manera, y no conocían a ninguno de sus compañeros. Les decía que empezaran a hacer cosas y no se atrevían… Así que hoy tenía un plan, un tanto improvisado… Aunque no sabía del todo como ejecutarlo.
A lo lejos vi a Erik con una carpeta en la mano dirigiéndose a mi posición. Tras de él había mí grupo de niños. Este no se entretuvo mucho, me dijo hola y se despidió dejándome al cargo de todo.
Me puse delante de todo el grupo y les llamé la atención dando un par de palmadas en el aire.
Poco a poco sus pequeñas cabecitas se fueron girando en mi dirección.
-Vale, a ver, ahora nos vamos a coger todos de las manos y vamos a ponernos en círculo. Cuando estemos todos bien puestos estiramos un poco hacia afuera para abrirlo, y nos sentamos en la tierra, ¿si?
Obtuve el silencio por respuesta. Ojos curiosos me miraban, nerviosos sin saber qué hacer aunque yo lo acabara de contar. Bueno, con miedo de hacerlo. Pero a ver… ¿Qué pasaba aquí?
Busqué a Anna con la vista, que raramente no se me había acercado. La encontré al final de todo, con el dedo en la boca mirándome atentamente. Suspiré fuerte y me aproximé a ella. Cuanto más me acercaba a ella, esta más tenía que mirar hacia arriba para verme. Al llegar me puse de cuclillas para ponerme al mismo nivel que ella.
-Hola princesita… – le dije mientras le tocaba en la mejilla. Sin pensárselo mucho se me lanzó al cuello. – Jode… – ¡Tom coño, que no digas tacos! –digo… Ostras… Qué poco has tardado en abrazarme pequeña.
La aparté y la miré a los ojos.
-A ver, ayúdame ¿vale? Sin tu ayuda no puedo hacer nada. Dame la mano, y dásela a alguien. – en cuanto le tendí mi mano me la estrechó, pero no hizo gesto alguno para alcanzar la de algún compañero. – a ver, cógesela a alguien ¿vale?
Para que se fijara en mí le hablé a otro niño y le dije que fuese mi otro compañero y que este escogiera a otro, y que siguiera la cadena. Anna observó atentamente y con miedo cogió la mano de una niña que se hallaba a su alcance más próximo.
Miré ilusionado y satisfecho de mi esfuerzo, como todos entrelazaban sus diminutas manos y formábamos un gran círculo entre todos. Di dos pasos hacia atrás, y los niños repitieron lo que había hecho. Qué gracia.
Me solté de los agarres a lo que Anna me miró con cara de pena, y me senté en el suelo, en forma de indio.
Todos lo repitieron. Bueno, a excepción de Anna. Madre mía, qué niña. La vi titubear pero en el último momento, justo antes de decirle que se pusiera en el suelo se sentó en mis piernas.
Alcé las cejas sorprendido. Joder con las confianzas ¿no?
-Vaya… Bueno, – vi que ningún niño se sentía mal, ni que yo sintiera favoritismo por ella, así que decidí no mencionar el tema y seguí hablando. Era tan pequeñita que su cabeza me llegaba hasta el pecho, y se me veía perfectamente. – A ver, lo explicaré lo más fácil que pueda. Nos vamos a presentar todos. Empezaré yo, diré cómo me llamo, aunque ya lo sepáis y después diré algo que me gusta… Para que este mes que estamos todos juntos sepamos cosas de los demás ¿vale? – me di cuenta, divertido, como muchos niños asentían sin probablemente entender nada.
Me erguí un poco.
-Bueno, a ver, como todos sabéis me llamo Tom. Y lo que más me gusta es tocar la guitarra, que sea de noche y… – follar, beber – …nada más creo. Y lo que menos me gusta es levantarme pronto.
Los críos se reían y le pasé la palabra a Anna, pero esta, una vez más, no quería participar.
-Bueno, le doy el turno al siguiente, pero al final lo tendrás que decir. – esta simplemente se escondió la cabeza entre las manos.
Los niños respondieron bien al juego, algunos más que otros, y los más vergonzosos apenas se les entendía, pero era divertido. Recordé rostros que había visto en aquella lista, hace ya un mes casi. El chavalín pelirrojo lleno de pecas había sido muy abierto, y enseguida dijo como se llamaba, Helm, y decía que le gustaba mucho nadar.
También aquel chico con las gafas demasiado grandes se hallaba entre los que eran más extrovertidos, aunque tuve que contenerme la risa más de una vez, puesto que se colocaba las gafas hacia arriba cada dos por tres, el pelo castaño lo tenía un poco larguillo, y en cada movimiento de sus gafas, el flequillo se le movía y se lo volvía a recolocar, Daniel decía que le gustaba ir en bici.
Un par de niños después apareció hablando Bruno, sonriente como él solo era el crio que se parecía tanto a Kurt Cobain, nos contó que le gustaba jugar a fútbol. El último chico de los que yo recordaba, era el graciosísimo chavalín de las rastas. Justo le tocaba hablar ahora.
-Emm… Me llamo Mike… y em… Bueno… A mí me gusta ver la tele. – ¡Ja! ¡Uno de los míos! Me reí enseguida, y él miró al suelo, avergonzado.
Ahora el turno pasó a una chica, cuya gota de agua era la niña de su lado, supongo que su hermana gemela… Sí, ya las recordaba. Eran realmente graciosas, tenían el pelo lacio y castaño que les llegaba por el pecho, y llevaban el mismo corte, parecía que se reflejaran en un espejo. Empezó hablando la de la derecha.
-Yo me llamo Marlene. –dijo tímida. – y… tengo un ojo azul. – comentó escondiendo la cabeza. ¿Un ojo azul? ¿Qué quería decir con eso? ¿Tenía un ojo de cada color?
Sin pensármelo quité a Anna de entre mis piernas y me levanté tendiéndole la mano. Nos dirigimos hacia las niñas que justo, estaban enfrente nuestro y nos arrodillamos.
-¿Puedo mirarte los ojos? – le dije acariciándole el pelo. Ella me miró y me quedé impresionado. Era cierto, un ojo era de un azul intenso y el otro verde, casi tan verde como el de los ojos de mi compañera pelinegra. – wuaa… cómo mola. – y le pellizqué la mejilla.
Sonrió tímida.
-¿Y tú cómo te llamas? – le pregunté a su hermana.
-Eva… Pero mi madre casi me llama Mía. – su voz era casi o tan dulce como la de su hermana Marlene. Era adorable.
-¿Enserio? Mi padre siempre me ha dicho que mi madre dudaba entre ponerme Tom o Bi… – me paré en seco. ¡HOSTIA! ¡Casi me llaman Bill! Dios dios dios dios dios diooos… Ni se me había pasado por la cabeza, yo… Jo-deer… No había reparado en ese detalle ¡Ni siquiera me acordaba! –ca-casi me-me llaman B-Bill…
Eva esbozó una sincera sonrisa.
Joder, no había forma humana de quitarme al chico de la acetona de encima.
Era pensar en él constantemente.
Y eso me cabreaba, ¡mucho!
¡Qué no soy maricón, coño!
Bill
Eran las doce de la mañana. Ash, Georg y yo estábamos en las escaleras de entrada al comedor, fumando. Ellos hablaban animadamente pero yo estaba en mi mundo. Totalmente en mi mundo. Oía perfectamente lo que hablaban e incluso me enteraba de lo que decían, pero si me hubieran preguntado habría salido tan de golpe del trance en el que me hallaba, que no habría sabido responder.
Mi mente andaba sumergida en las horas anteriores, y en los dos días anteriores. Un esquema se dibujaba en mi mente, y de los brazos horizontales seguían siguiendo líneas perpendiculares que no encajaban con su inicio.
El cigarro se consumía y ello indicaba que el tiempo pasaba, pero mi pensamiento se había congelado. ¿Qué demonios le pasaba al tío de las rastas? Vale, habíamos empezado mal, después nos hicimos las paces, después hubo un poco de tensión en medio, y después: un juego. Un juego de palabras, de miradas, un juego de insinuaciones.
¿Por qué actué así? No lo sé. Solo sé que… Me salía solo. Lo más sorprendente es que parecía real, que de verdad todo aquello quisiera llegar hasta un lugar, con unas intenciones.
Otra cosa increíble fue que Tom siguiera jugando, que sus palabras tuviesen el mismo tono burlón que el mío, que el desafío de acabar apoderándose del otro al final del verano fuese… real.
Realmente el morbo estaba en el ambiente. Sólo imaginarme de tener al rapero buscándome y comiéndome el culo, se me antojaba jodidamente genial, perfecto. Pero cuando lo pensaba en frío era tan… extraño. ¿De verdad había yo pensado eso? ¿De verdad me hubiera gustado tener a un chico detrás de mí? ¡Por dios, que era un chico!
Pero era tan… No sé, me tentaba.
Pero la cosa cambió porque en la fiesta se esfumó de golpe. Sin más. Habíamos estado toda la ceremonia intercambiando fugaces miradas. Y realmente yo no quería mirarle. ¡No debía…! Pero… Joder, no lo podía evitar. Cuando intercambiábamos miradas se detenía el tiempo. Parecía que habláramos con los ojos, y aunque realmente no sabía que pensaba tenía la sensación de que era algo… ¿bueno? No sé, pero creo que estaba contento.
Una hora como máximo más tarde, su tez cambió radicalmente. Seguía mirándome pero a cada mirada se acentuaba su mal estar, su enfado, su… Odio.
Vale, esa no es la palabra, pero de verdad, que algo le pasaba. ¡Su estado de ánimo cambió totalmente!
Pensé que estaría pensando en algo suyo, ¿no? Por dios, soy tan creído que pensaba que era por mí en esos instantes. Pero después de darle vueltas y analizarlo, pues… Supongo que le habrían dicho algo malo ¿no? Joder, que me acababa de conocer… No tengo porque crearle ese mal estar, no soy tan importante, ni mucho menos.
A la mañana siguiente en el comedor pensé que se le habría pasado, puesto que mientras deslizaba la bandeja por la barra de metal, las cocineras me ponían el desayuno y me aproximaba a él, este sonreía. Se reía con sus amigos, supongo que se le habría pasado el enfado. Pero la decepción me golpeó en la cara cuando pasé por su lado, sonriente, esperando a que este me dijera como mínimo “hola”. Y no sucedió. Al llegar a mi sitio recibí un sms de Dawn exigiéndome porqué no le había saludado cuando había pasado por la mesa de profesores.
Se me cayó el mundo al suelo. ¡Dios santo! ¡Es verdad! ¡Dawn estaba en esa mesa! ¿¡Cómo no me había dado cuenta?!
Por Tom… Después de rayarme un día y medio me he dado cuenta de que sí, es verdad, es por culpa de Tom.
Pensé que no se había dado cuenta de mi presencia cuando pasé con la bandeja.
A la hora de comer sí saludé a Dawn entregándole mi más radiante sonrisa, a la cual ella respondió mordiéndose el labio inferior.
Acto seguido miré inseguro a Tom. ¿Estaría mirando? ¿Me diría algo? Joder… Parecía una puta adolescente encaprichada del chico guapo/nuevo.
Esta vez mi mirada paso por su rostro con inseguridad, como si no esperara realmente que Tom me correspondiera al “intento de saludo”. Y así fue, volvió a pasar de mí.
Por la noche ya ni lo intenté.
Estuve toda la noche dando vueltas por mi cama. Supongo que uno de los principales motivos siempre había sido porque me costaba acostumbrarme a un sitio nuevo, y sobre todo, a una cama nueva. Pero ante todo, me sacaba de quicio su comportamiento. No me había dicho nada en todo el día… Nada de nada.
Y lo peor era que me afectaba. Me afectaba, y estaba de mala leche.
Pero esta mañana ha sido diferente. Al levantarme me he sentido cohibido porque sabía que me tocaría verle de nuevo, volver a enfrentarme al hecho de que pasa de mí, que todas aquellas palabas que intercambiamos el otro día pues serían… nada, nada para él.
También pensé que no podría vivir un mes así. Cohibido, con miedo.
Pero ¿de qué sirve? De nada. Al vestirme decidí que yo sería más que él. No podía influirme ninguna de las cosas que pasaban a mí alrededor que tuvieran que ver con Tom. Me debía preocuparme por él.
Así que hace un par de horas, sostuve mi bandeja en las manos y me encaminé a mi sitio, rozándome con Dawn para que notara que pensaba en ella, pero dirigiendo mi mirada al susodicho, con una ceja alzada, por si las casualidades de la vida, él me mirara.
Y no sé por qué, supongo porque el destino me odia, pero este si me miraba. De hecho… Estaba como… Inseguro, mirándome. Desde una perspectiva baja, escondiendo el cuello y alzando las cejas.
Avancé hasta mi sitio y mis aires de superioridad se habían reducido a la nada.
Joder Tom, ¿por qué has mirado? ¿Por qué coño has tenido que mirar?
El marrón de sus ojos, curiosamente parecido al de los míos, había eclipsado todo aquello que había tenido en mente, derrumbando de un plumazo la barrera anti Tom que estaba intentando forjar…
Y ahora estoy aquí. Intentado desvelar el puñetero misterio que me explique, por qué coño un día pasa de mí, y al otro me presta atención. Mi esquema mental se había roto totalmente, nada encajaba, todo era un lío. Y no sabía qué hacer.
Vale, lo más sensato sería hablar con él. Lo mismo si hablamos y no encajamos podría pasar de él, pero hasta que llegase ese momento podrían pasar muchos días… Lo mismo con el paso de esos días se me pasaba esa extraña y repentina obsesión que se me había creado con el chico de las rastas.
Ahora mismo todo se veía como una puta nebulosa de tiempo que no te permitía moverte, simplemente… Esperar a ver qué podía pasar.
-Bill, ¿te parece si vamos a dar una vuelta? – Ash se dirigió a mí en el momento idóneo al que poder hablarme. Ir a dar una vuelta dice…
-Emm… Claro.
Miré a Georg y este asintió con la cabeza.
Georg.
Yo tenía que hablar con Georg. ¡Tenía que preguntarle cómo estaba con Ashley! El pobre estaba tan increíblemente enamorado de ella… Me pregunté si algún día lo conseguiría, si algún día podría robarle a Ashley, el corazón que yo le rompí. El enamorarse de alguien que no te corresponde debe de ser tan jodido… Tan frustrante… Tan… difícil.
Sí, definitivamente antes de que llegara el fin de semana sacaría tiempo para tener una conversación decente con él.
.
Eran las cuatro de la tarde y estaba en mi cabaña. Tenía pensado estirarme en la cama y dormir un poco, puesto que soy un gran amante del sueño, y después ponerme a hacer mis trabajos, obligados como condición a venir aquí.
Soplaba un notorio pero tranquilo viento, y la luz del sol se reflejaba en una pequeña mesa que había pegada a la pared, como un escritorio, con un taburete y todo.
En la pared reposaba una gran carpeta, llevaba ahí desde que llegué pero jamás había reparado en ella. Supongo que era a esto a lo que se refería Dawn cuando nos dijo que los lienzos y todas esas cosas ya nos las darían ellos.
Me levanté de la cama y me aproximé a cogerla.
Dentro habían tres hojas tamaño metro por setenta, e incluso una escuadra y un cartabón de tamaños parecidos se hallaban entre estas hojas.
Y detrás de la carpeta un lienzo del mismo tamaño. Y bueno, el caballete que nos hicieron comprar al principio de curso también estaba situado a pocos centímetros.
Decidido, después de dormir un rato saldré a hacer los trabajos que tenía asignados.
.
Me levanté, sin necesidad de despertador ni nada, puesto que al ser una siesta el cuerpo ya se me despertaba solo.
Miré a mi reloj de muñeca y la hora marcaba a las 7 y media de la tarde.
Joder.
Pues si que había dormido. Igual sí tendría que haber puesto una alarma. Estúpido Bill.
Me desperecé y estiré los brazos arriba, un bostezo se me escapó de entre los labios y al ponerme en pié me coloqué bien la ropa que se me había descolocado.
Por unos instantes sentí el frío típico por haber salido del trance en el que estaba, y me froté los brazos con las manos, pero enseguida se me pasó. Me encaminé al baño.
-¡La madre que me…! – ¡pero qué pintas llevaba! Madre míaa… Tenía que peinarme antes de salir si no quería que me “pegasen por la calle”… También debía de repasar el maquillaje, lo llevaba todo corrido.
Supongo que el tiempo de experiencia crea velocidad y en un cuarto de hora ya estaba más que listo.
Cogí mi libreta de apuntes y miré todo aquello que debía de hacer de trabajo:
-
- Un trabajo sobre la historia de la montaña o del lago. (Cuenta para la asignatura de Historia)
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- Un dibujo de un compañero a tamaño metro por setenta, utilizando todas técnicas que conozcas aplicando pinturas acrílicas. (Cuenta para la asignatura de dibujo Artístico)
-
- Dibujar el mismo edificio en tres perspectivas diferentes a tamaño DIN A2
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- Hacer un relato de al menos veinte páginas, inventado. (Cuenta para lengua Alemana)
-
- Hacer otro relato de unas diez páginas, en lengua extranjera. (Cuenta para lengua extranjera)
Ufff… Madre míaa… ¡Cinco trabajos! Que estamos en verano. Un poco de piedad macho. Bueno a ver, empecemos por lo que menos me gusta…
Emm, sí, definitivamente dibujo técnico lo odio. Mejor empiezo por eso y así me lo quito de encima.
Me cargué la gran carpeta donde dentro estrían los folios que debería partir por la mitad para tener las láminas A2, y en una mochila metí todas las herramientas necesarias para dibujar.
Cuando abrí la puerta lo primero que pensé fue en Tom. Él estaría por ahí. Joder. Debía buscar un sitio en el que no me pudiese encontrar… Aunque bueno, su padre es el jefe de todo. ¿Qué no debe de conocer de todo el campamento? Nada. Seguramente debe de estar aquí mínimo dos veces al año. Se lo debe de conocer todo.
Bueno, entonces vaya donde vaya habrá las mismas posibilidades que me vea así que…
Sólo piensa en algo fácil de dibujar. Emmm… ¿La fachada del comedor? Sí. ¿Por qué no?
Me las ingenié para llevar de una sola vez todo lo necesario. Incluyendo el caballete.
Lo instalé todo y mi lápiz empezó a hacer un ligero esbozo que después debería perfeccionar a trazo limpio y recto.
Mientras, no debería pensar en que me lo encontraré… No… No… ¿No?
Tom
La clase con los peques ya había acabado, después de comer me había tocado con el grupo de mayores. Estos si se conocían bastante entre sí y me era más fácil. Alguna vez tenía que llamar la atención a alguna chica que se quedaba parada sin hacer nada pero por lo demás… Había ido bien. Pero a las siete y medía le tocaba a Gus estar con ellos mientras que a mí me tocaba tiempo libre, hasta la hora de la cena.
Estaba aburridísimo… ¿Qué coño hacía yo ahora?
No podía ir a mi cabaña porque me moría del asco sin saber qué hacer.
No podía ensayar porque ni Erika ni Gus podían.
No podía tocar la guitarra porque ayer me la dejé en la cabaña de Gus y una vez más, él no estaba para devolvérmela.
¡No podía hacer nada!
Espera.
Sí podía… ¿Para qué me había traído yo mi portátil, mi DVD y todas mis cosas, eh?
Ala, ya sabía que hacer.
Cogí el camino más o menos largo, puesto que ver una peli realmente no era el plan que más quisiera hacer, asique mientras llegaba, pasaba un poco el tiempo.
.
De fondo se veía el edificio del comedor. Bueno, digamos la zona donde están los edificios importantes. El comedor, oficina de mi padre, la sala de juegos de interior, el edificio donde dormían todos los profesores, (a excepción mía).
Me estaba aproximando, y vi una figura intrusa entre tanta pared.
Una figura alta y delgada, movía su brazo de arriba abajo.
¿Un estudiante dibujando? ¿Pero que hace en medio del monte con un caballete? ¿La peña está loca o qué? De pronto recordé que mi padre ya nos había dicho que los mayores eran de arte, y que andarían de aquí para allí con los dibujos, y que no les molestáramos.
Y eso iba a hacer.
Pero cuanto más me aproximaba más se me ponía el bello de punta. Esa figura… ese perfil, ese pelo, ese culo.
O dios. Era Bill. Estaba seguro. Pero había algo diferente en él.
Su pelo. Era como siempre pero… Lo llevaba recogido en una coleta. Una medianamente alta y graciosa coleta, y a más de eso una gorra, negra, para que no le diera el sol en la cara. Algunos mechones de pelo se le asomaban por detrás de las orejas y se fundían con el que no había sido recogido, el del largo flequillo.
Fruncía y se relamía los labios mientras utilizaba con avidez un lápiz desgastado. Se lo colocaba delante de él y hacía medidas con este y después las plasmaba en el gran folio.
Daba un par de pasos hacia atrás, se ponía las manos en la cintura y ladeaba la cabeza, mirando su dibujo y sonriendo con felicidad. Parecía que le estaba quedando de su agrado.
De pronto cogió el dibujo y una carpeta que había en el suelo y se sentó en forma de indio. Justo prácticamente de espaldas a mí, y colocó la carpeta encima de sus piernas, y el dibujo encima de esta. Se había improvisado un soporte con ella.
Vi que de un bolso sacaba unas grandes herramientas de dibujo, reglas con formas triangulares. También buscaba más lápices.
Vale, a ver, Tom. Bill está a diez metros de ti, está a dos segundos de que puedas saludarle… No, no, no, no.
¿Sí?
¡Joder!
A ver, tenía dos opciones.
O ir por otro camino para evitar por todos los medios encontrármelo o… Decirle algo. Quizás toda esta obsesión que tenía era una señal. Una señal de… ¿De qué era buen chaval? ¡¿Pero qué estás pensando Tom?! ¿¡Qué señal ni que mierdas?! Estoy flipando conmigo mismo. Joder, ahora enserio ¿¡Qué hago!? Diooossss… Vale, sí. Ya sé. Hablo con él, si vuelve a pasar lo mismo del otro día le digo que tengo novia y que paso de jueguecitos de maricones y que si quiere que seamos amigos guay, y si no pues nada.
Aunque bueno… Es él el que dice que tiene novia ¿no? Tsé. Este con novia. Pues no tiene fe. Apuesto a que es fea de la hostia. ¡Pero es verdad! ¡Que tiene novia! ¿Entonces porque me estoy comiendo tanto el tarro? ¿Porque coño flirteó conmigo el otro día?
Mejor me voy. Será mejor que me vaya. No puedo ir, no puedo ir, al final me moriré por ser el hombre con más preguntas en la cabeza del mundo y sufriré un ataque de estrés.
Vale, si no voy me quedaré con las preguntas en la cabeza… Y eso no evita mi muerte… Asi que esa frase no tiene sentido.
Joder, joder, y más joder.
Sin darme cuenta ya iba en su dirección. Miraba al suelo y apretaba los puños con nerviosismo. El sonido de alguna que otra hoja muerta que era pisada por mis zapatos era lo único que se oía más fuerte que el sonido de los latidos de mi corazón.
Sí, estoy nervioso. Estoy muy nervioso.
Estaba a menos de un metro y sentía que me iba a ahogar. ¡¿Pero qué me pasa?! Me agaché con sumo cuidado a sus espaldas y di gracias de que el sol viniera justo de cara y no le creara ninguna sombra que delatara mi posición.
Estaba a un centímetro de poder tocarle el cuello con la nariz. Vi que estaba escuchando música y me permití el hecho de aproximarme más. Podía ver por encima de su hombro el dibujo.
Un montón de líneas perfectamente dibujadas hacían honor al comedor.
-Joder… Parece una foto.
Bill se sobresaltó y se quitó los cascos de inmediato. Joder, solo a mí se me ocurre hablar. Su cabeza giró en mi dirección y noté que me miraba. Y digo noté porque mis ojos estaban dirección al suelo, impidiendo por todos los medios que no se cruzaran con los suyos.
Hubo un silencio incómodo que se propagó al menos cinco, duros, estresantes e infinitos segundos.
Bill se había quedado todo pillado y me miraba desconcertado. Y no era para menos.
-Hola – dije sentándome a su lado.
-¿Qué quieres? – de puta madre, empezamos con la bordería. Tom, se amable.
-Pues nada… Ver qué hacías. ¿Puedo?
Me observaba en silencio mientras yo esperaba con la respiración completamente congelada. También jugaba con la tierra del suelo, cogía un puñado y lo soltaba, cogía otro puñado, y lo soltaba… No, desde luego no estaba precisamente lo que se dice tranquilo.
-¿Para qué si mañana vas a pasar de mí olímpicamente? Como ayer, vamos. Qué pasa, esto es del palo un día sí, un día no, un día sí otro día no… ¿no? Lo siento, pero paso de tener amigos como tú. Pensé que podíamos acabar llevándonos bien, pero por lo que parece eres más raro que un perro verde.
Tss… Habló.
En fin. Al menos ha dicho amigo. ¿Por qué estoy obsesionado con el hecho de que quiero que vaya detrás de mí? Parece que quiera que le mole.
-No, es sólo… Ayer estaba liado. Tuve que estar mucho con el grupo de los críos y el de los mayores y después tuve que ir a por mi padre que me tenía que dar unas cosas… Bueno, que ayer no podía estar por nadie. Lo siento. De verdad. – improvisé como más bien pude. Pero después me sentía gilipollas. Madre mía, le conocía de un puto día y ya me pedía exigencias. Esto, definitivamente, no era normal.
Le vi dubitativo pero al final simplemente asintió con la cabeza.
-Está bien. – pero aun diciéndome que no había problema por estar con él se distanció mentalmente de mí y posó toda su concentración de nuevo en el dibujo. Pero tío, no pases de mí.
De pronto me entró la curiosidad. Ahora ya estaba más tranquilo y lo único que debía hacer era relajar más el ambiente y sacarle tema, dejar que el momento fuese menos tenso. Le pregunté.
-¿Oye, porque estas dibujando el comedor? Lo digo porque hay sitios más bonitos de dibujar que el antro este. A más… Que dibujar un edificio no debe de ser muy… ¿entretenido?
Oí que se reía.
-Es un trabajo de clase. Estoy obligado a hacer del mismo sitio tres vistas diferentes. Y bueno, el comedor es lo más sencillo de todo así que…
-Aja… – comenté asintiendo. – dibujas de puta madre.
Me miró al instante, sonriente, y toda su blanca y perfecta sonrisa me iluminó. Después repitió su típico gesto de morderse el labio inferior, cosa que casi me hace suspirar. Sí, ¡SUSPIRAR! Sácale tema, sácale tema, ¡Sácale tema, Tom!
-¿Y em… serías capaz de dibujar personas?
Se rió con superioridad antes de decir:
-Por supuesto. Es lo que mejor se me da. –dijo sacando sus manos del dibujo y posándolas en el suelo, detrás de él, creándole un soporte donde apoyarse. Se quedó en una pose chulesca.
Joder, ¿esto significa que estamos empezando a jugar otra vez? Vale, mal vamos. Definitivamente, ¡Mal vamos! ¡Stop! ¡Hay que parar esto!
-¿Tienes algo aquí para enseñarme? – soy, gilipollas. Con todas las letras.
Bill se rió ante mi frase y alzó una ceja.
-Depende de lo que quieras ver… – contestó con rin tintín.
-Pues tus dibujos.
-¿Acaso habías pensado en otra cosa? Por supuesto que me refería a los dibujos.
Me dejó mudo. Y sonrió de nuevo. ¡Me había llamado salido en toda mi cara!
-¿Pero los tienes o no? – dije nervioso y casi enfadado.
-Que sí, tranquilo. Sólo era una broma… – pronunció mientras sacaba de su bolso un gran bloc lleno de hojas. Las del principio más arrugadas y oscuras mientras que las del final aun restaban limpias y perfectamente blancas.
Me lo tendió.
-Mira todo lo que quieras. Es un bloc medianamente nuevo así que los dibujos no están del todo mal…
Lo miré sorprendido y lo cogí. La primera hoja estaba en blanco, pero la siguiente me dejó sin habla.
Una chica, que parecía ser pelirroja puesto que el único color que había sido utilizado era ese para el pelo, sonreía radiante. Todas y cada una de las sombras estaban perfectamente plasmadas en el dibujo, los brillos eran notorios y la expresión era perfecta.
-Joodeer… – simplemente se me ocurrió decir eso.
La misma chica se repetía una y otra vez. En alguna ocasión salía con un chico con el pelo castaño y liso, pero muy rara vez.
La chica salía posando en todas las poses que se podían imaginar. La verdad es que era guapa. Bastante, y a más parecía que estaba buena. ¿Sería la que siempre va con él? ¿Y… y si era su novia?
-Oye… ¿Esta es la chica que va siempre contigo? –pregunté suspicaz.
-¿Ashley? ¡Ah! ¡Sí! –contestó feliz. Mala señal. ¿Qué digo mala? ¡Es buena! ¡Bu-e-na! ¡Tiene novia y está buena! Es bueno. ¡Sí, ¿vale?!
-¿Es esta tu novia? – pregunté mientras la señalaba en el dibujo.
-¡Qué va!
Me quedé parado.
-¿Y por qué la dibujas tanto?
-Porque me encanta, ella es mi musa, mi inspiración mi… No sé. Pero no, no es mi novia.
-Ajá…
Seguí pasando más páginas y más paginas y ella seguía siendo la protagonista de todos los dibujos de Bill. Salía en cada trazo, y también había veces que ponía su nombre súper bien decorado… Parecía que tuviese una obsesión con esa tan Ashley.
Pero hubo un cambio inesperado. De tener una piel blanca como la nieve, la mujer que posaba para Bill se había vuelto muy morena, como latina.
Enseguida la reconocí. Era su profesora.
-Más de una vez me ha pedido que la dibuje – se excusó.
-Yo he hablado con ella. –dije, casi sin pensarlo.
-¿A sí? –dijo, como interesado por el tema. – ¿Y de qué hablasteis?
Medité durante unos instantes, casi no me acordaba de Dawn. En su primer momento me había impresionado muchísimo, pero después había pasado a cuarto o a quinto plano de un plumazo. Casi ni recordaba la conversación.
Así que dije lo más obvio.
-Me la intenté ligar.
La cara de Bill fue de sorpresa total. ¿Y ahora que le pasaba a este?
-¿Y lo conseguiste…?
-No, pero lo conseguiré. Antes de que acabe el campamento me la follo, fijo. De momento no ha habido nadie que se haya librado de mis encantos – dije seguro de mí mismo. – Nadie. –remarqué. ¿Soy yo o estoy dándole indirectas?
-Eso ya lo veremos.
-¿Enserio?
-Dawn es la mujer más difícil que puede existir en esta tierra. A más tiene novio.
¿Dawn? ¿Quién hablaba de Dawn? … Vale, sí. Hablábamos de ella.
Volvía a intentar conectar con el contexto del diálogo.
-Eso me dijo ella… Y que estaba muy enamorada de su novio. Bah… Yo lo veo una gilipollez enamorarse. La pobre al final acabará mal. Bueno no, acabara en mi cama, y después sí, acabará mal- añadí sonriendo. Es el precio que hay que pagar por enamorarse.
-Yo tampoco creo en el amor.
-¿Pero no tenías novia?
Se rió ante ese comentario.
-Sí. La quiero mucho, pero no estoy enamorado. –una sonrisa se me dibujó en el rostro.
-Claro que no, ella es chica. Y tú llevas escrito en la cara “me gustan las pollas” así que, como ya dije, te enamorarás de mí antes de dejar a tu novia y entonces la dejarás para ir a por mí. Ya te digo que no se me resiste nadie.
…
¿¡Pero que estoy diciendo!? Jodeeer… Pero he de admitir que este juego mola. ¡Dios! ¡Tiene cara de puta! ¡De chuparla bien! ¡Cara de pedir que le follen fuerte!
Buah… En realidad, este juego no está tan mal.
-Pero cómo te lo tienes tan creído, chaval – dijo dándome un pequeño pellizco en el brazo desnudo.
-¡Auch! – me quejé. Este sólo sacó la lengua, como reproche. – Vamos hombre, va medio en coña. Es que me recuerdas a unos amigos míos. Que bueno, los dos son gays y están juntos. No sé, muchos de tus gestos me recuerdan a ellos. Así que tómatelo con humor, ¿vale? No es por ofender ni nada. De hecho son mis mejores amigos, asique no te sientas mal si te llamo maricón de repente o cosas de estas… – dije amigablemente. En cierto punto era una especie de excusa por mi inexplicable comportamiento en contra de todos mis años de reinado heterosexual, pero por otro lado, era verdad. Se comportaba sobre todo como Mario, que era el más femenino de los dos.
Simplemente suspiró con cansancio y negó mirando al suelo.
-Cómo quieras… – dijo resignado. Vi que volvía a coger su bloc de entre mis manos. Enseguida las retiré. No quería el mínimo contacto inocente, ni mierdas de estas. Si había fricción la creaba YO.
-Bueeeno… ¿Y si te digo que dibujes ahora a alguien, o sea, ya, serías capaz?
Meditó durante unos instantes.
-Emm… Sí, supongo que sí.
Sonreí.
-Dibújame. – solté de pronto. El tono me había salido imperativo y sensual al mismo tiempo. Tenía la sensación de que esa escena… Ya la había visto yo en algún sitio.
-¿En serio? ¿Ahora?
-Ahora.
Titubeó mientras movía los labios de un lado a otro. ¿Estaría nervioso? Me estaba empezando a caer realmente bien… Era auténtico. Y hasta le sobraba personalidad, era como realmente él quería ser. No le importaba lo que le dijeran los demás. Y eso era un puto a su favor. Ahora, aún he de descubrir el “un punto a su favor” de ¿qué? ¿De futuro amigo?
-Pero… Es que no sé si me saldrá bien. – se excusó.
Me reí. Era adorable.
-No importa. Inténtalo.- no sé porque estaba tan emocionado, pero me apetecía. Realmente me apetecía que me dibujase. – Va, dime como tengo que ponerme. ¿De perfil? ¿Mirando hacia algún sitio en concreto? ¿Mirándote a ti? –solté.
Se remojaba los labios con nerviosismo.
Vi que volvía a buscar algo en el bolso y sacó una especie de trozo de tela y lo desenrolló. De ahí salieron millones de lápices de diferentes tonalidades y grosores.
-Sólo te dibujaré la cara, ¿vale? Así que… Sí, mejor ponte mirándome a mí.
Asentí y me puse un poquito más lejos, no mucho, quizás medio metro. Giré un poco la cara pero le miré a él, dirigiéndole una mirada baja, penetrante.
Seguía pensando que esa escena me era familiar… Me sonaba de algo.
Seguía sentado con las piernas cruzadas, y encima de estas tenía la gran carpeta que le servía de soporte, donde colocó el bloc de dibujos. Pasó la mano por encima para limpiarlo, cosa que no entendía. Ya estaba limpio, ¿no?
Miró la hoja y después me miró a mí. Cogió uno de los lápices y le sacó punta. Hizo trazos rápidos y bastos en un momento. Miraba hacia mi dirección y hacia el folio en menos de dos segundos. Su vista hacía cortos recorridos de un sitio a otro, y pocas veces se quedaba fijo en uno de los dos. Hacia cosas más raras… No borraba nada de nada, y todo le estaba quedado lleno de líneas sin sentido.
Entonces, si cogió la goma e hizo dos simples pasadas donde borró un par de esos confusos trazos. Cambió de lápiz.
Los trazos comenzaban a ser más céntricos en un sitio y no tan generalizados. La pena es que desde donde estaba yo no se podía distinguir mucho más.
Esta vez lo miré a él. Ahora no apartaba la vista de su creación, y podía ver perfectamente cómo fruncía los labios, cómo pestañeaba, cómo se apartaba el pelo que le molestaba la vista, cómo se rascaba la nariz cuando le picaba, cómo… Cómo todo.
Justo en ese momento se fijó en mi dirección y compartimos miradas. Esta vez, ya no me produjo ningún escalofrío inesperado. Sólo… Bien estar. Me gustaba que me mirara.
Me sostenía la mirada mientras me estudiaba el rostro.
A veces me sonreía y escondía la cara con la carpeta.
-Joder, que vergüenza… -repetía sin parar.
-Vamos… que yo quiero ver ese Dios griego que te estará quedando.
Me miró sorprendido y travieso.
-Si pues no será gracias al modelo…
-Por supuesto que sí.
Se empezó a reír escandalosamente. Se me pegó su risa. No sé que tenía ese sonido que se me pegaba, se me contagiaba. Me daban ganas de reír a mí. Era realmente extraño… Me gustaba. Me encantaba.
.
No se cuanto tiempo había pasado, pero para mí había pasado un segundo. El tiempo pasaba y no había movido ni un musculo. Pero joder, era divertidísimo ver la cara de esfuerzo de Bill. Me estaba descojonando por dentro. A veces se enfadaba y pegaba patadas al suelo. Otras, tiraba el lápiz. Y otras incluso hacía el gesto de querer cargarse el papel.
-Eres brutalmente gracioso. Un día grabaré en vídeo tus caras y las pondré en “repeat” cada vez que me aburra. Dios, será buenísimo. – ese era otro de mis comentarios inesperados, que hacían súper pasajero el tiempo. Y Bill también se reía de ellos. Aunque la mayoría fueran comentarios sobre él.
-Pues yo quiero ver a tu novia. – había soltado yo en un momento de silencio demasiado prolongado.
Su primera respuesta fue una pequeña expiración de aire acompañada de un ligero ruido que se asemejaba el de una risa.
-Dudo que la llegues a ver sabiendo que es ella.
Me quede a cuadros. A putos cuadros.
¿Qué coño había dicho? Por favor, que alguien rebobine, que no me había enterado de una mierda.
-¿Eiiing? – dije sin más.
-jajajajaja Nada nada…
Inflé mofletes, e inmediatamente oí de su voz “¡Que no te muevas Tom!” Respiré hondo. Llevaba repitiendo esa frase todo el puto rato. Pero bueno… Lo podía soportar. Tom podía con todo.
-¿Querrás quedarte el dibujo o me lo quedo yo? – me preguntó de pronto.
Medité.
-Ése quédate lo tú. Cuando me hagas el dibujo a lo currado, me lo quedaré yo. –solté, segurísimo de mis palabras.
-¿Cuándo haga qué? –dijo sátiro.
-Ya lo has oído. – mi sonrisa de suficiencia estaba perfectamente delineada en mi cara.
-Seh… Y de paso te compro un collar en forma de corazón y te pinto desnudo, en un sofá antes de que se hunda el barco ¿no?
Abrí los ojos. ¡Ahora ya sabía de que me sonaba esa escena! ¡TITANIC! La puta película que me hizo tragarme Erika el año pasado, y el otro, y el otro…
¡La madre que lo parió! ¡Que yo estaba haciendo de chica! ¡No no no no no! ¡Eso si que no!
-Si bueno… Más quisieras tú ser DiCaprio. Bueno, ¿te queda mucho? –dije molesto. Cuanto antes dejara el papel de Rose, mejor que mejor.
Hizo un garabato rapidísimo en una esquina y lo giró hacia mí.
-No, de hecho… ¡Voila!
Mi boca llegó al suelo. Parecía que me estuviera mirando en un espejo en blanco y negro. La sombras, las arrugas, los brillos… Todo. Todo estaba en el dibujo. Era perfecto. Era una foto prácticamente.
-Bill… Está increíble.
-No todo el mérito es mío… – cuando pronunció esa frase, él mismo abrió los ojos desmesuradamente. ¿Enserio había dicho eso?
Imposible-
Ahora si que te tenía agarrado de los huevos.
-Acabarás enamoradísimo de mí… Ya te digo que eres gay.
Me miró con la boca abierta, indignado, pero cuando iba a contestarme, de repente le sonó el móvil. Cerré los ojos con rabia. Y después me maldije, por tonto. ¿Qué más da si le llaman y me interrumpen el momento? Vale, así no queda muy bien.
Se lo colocó en la oreja con un gesto que no dejaba a ninguna “Paris Hilton” indiferente.
–¿Hola?– ¿Qué? ¿Qué había dicho? ¿Qué idioma era ese? – ¡Ah! ¡Ashley! ¿Qué, qué? ¿Dónde estáis? ¿En mi cabaña? ¿Por qué? – el silencio se propagó unos instantes.- ¿Enserio ya es casi la hora de cenar? – ese comentario me hizo mirar instintivamente el reloj. ¡Ostia! ¡Las nueve! – Vale, ahora llevo todas mis cosas a mi cabaña. Vosotros id yendo al comedor. Lo mismo nos encontramos y todo en el camino. Guardadme sitio. – dos segundos después había colgado y seguidamente guardado el móvil en su bolsillo.
Le miré interrogante. ¿Se iba? ¿Sin más?
Dos segundos después reparó en mí.
-Ah… Esto… Mis amigos me han llamado. Dicen que me guardan un sitio en el comedor que casi es hora de comer. Aunque bueno… No sé qué sitio me van a coger si nuestras mesas son las de atrás de todas. Nadie me robará sitio. No sé porque coño nos ha tocado tan atrás.
-Ya bueno, misterios de la vida.
-Bueno, pueeess… ¿Me ayudas?
-¿Con qué?
-Con las cosas. El caballete, o la carpeta… No sé, Lo que quieras. Es que antes me las he tenido que ingeniar de mala manera para poder traerlo todo hasta aquí sin morir en el intento.
Asentí.
-Sí, claro.
Bill
Observé como con una sola mano cogía el enormísimo caballete y se lo ponía en la espalda. Como si nada. Como si ese pesado caballete tuviera el peso de una almohada.
Me quedé mirándole. Embobado. Miraba como contoneaba su cuerpo mientras caminaba, hacia delante. Como alguna que otra rasta se balanceaba y como las arrugas de la espalda de su camiseta cambiaban de sentido cada vez que daba un paso. De pronto se paró en seco y miró a los lados. Luego miró hacia atrás, desconcertado.
-¿Bill? ¿Qué coño haces? Te has quedado ahí parado
De pronto volví en mí. Agité la cabeza y como si fuese un movimiento automático cogí la carpeta y mi bolso con todas las cosas ya dentro. ¿Qué me había pasado…?
.
El camino se hizo muy silencioso. Con mucha tensión. A veces sacábamos tema pero enseguida se acababa. Y aunque el camino hacia mi cabaña no fuera largo se me hizo eterno, pero al mismo tiempo sin ganas de que acabara. Pero acabó.
Mi cabaña se des difuminaba del fondo y se nos hacía más nítida a los ojos según nos acercábamos. Joder. Poco a poco nos aproximábamos y al cabo de cuatro segundos ya estábamos parados uno en frente del otro, mirando al suelo.
-Esto… Bueno, nos vemos ahora en el comedor ¿no? – me dijo, inseguro.
-Bueno, eso si me miras y no pasas de mí – vale, lo admito, aún le tengo un poco de rencor. Me había jodido que pasara tanto de mí… Y aunque ahora nos hemos “re reconciliado” seguía sin fiarme mucho. Quién sabe. Lo mismo me sorprendía y todo.
Tom sonrió ampliamente.
-Por supuesto que te saludaré. No lo dudes.
.
Mi bandeja volvía a pasar por encima de la barra metálica. Pero esta vez no era como las demás. Esta vez… Era distinto. Esta vez no estaba tranquilo. Estaba realmente nervioso. El menú era realmente asqueroso ese día pero no me importaba. Estaba más bien pendiente de cómo me las apañaría para coger mi bandeja y que no se me cayera por la mierda pulso que tenía. Llegué al extremo de la barra y respiré hondo. La agarré por los bordes con fuerza, como si fuese lo más sagrado del mundo y la elevé en el aire girándome y encontrándome de pleno la mesa de los profesores.
Tom me miraba sonriente.
O dios… O dios… Se me va a caer, se me caerá ¡Se me va a caer la bandeja! La tenía tan sujeta que no sabía cuál era realidad y cuál era mi imaginación.
Tenía la sensación de que me iba a dar un ataque.
Sonreí tímidamente. Creo que hasta se me iluminó la mirada.
Tom se tocó el piercing con la lengua mientras observaba mis torpes movimientos en los que en vano conseguía aguardar la compostura.
Cómo se mofaba de mí el muy cabronazo… No pude evitar sonreír una vez que mi rostro salió de su campo de visión, y sólo me veía la espalda.
Avancé y llegué a la tan mal situada última mesa, y me senté.
-¡Hola! – saludé radiante.
-Joder Bill, Qué felicidad llevas encima. – soltó Georg.
La sonrisa se me ensanchó mientras me encogía de hombros, sin saber qué contestar exactamente.
Pero enseguida me cambió el rostro.
Nuevo mensaje.
Le di a mostrar.
“Bill… Otra vez no me has saludado…”
Mierda.
¡Dawn!
¡Cómo la lío de esta manera!
Continúa…