Capítulo 5 (Parte 2)
Bill se despertó cuando Tom todavía no había llegado. Postrado en la cama, lo primero que vio con su único ojo fue el techo blanco y desconchado, luego vio una silla donde Elvira hacía un suéter de color rosa mientras se mecía. A su derecha, Ana Rita le colocaba gasas de paño sobre el lado inflamado del rostro.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó en un hilo de voz. Ana Rita se había puesto una camisa de color crema bajo una falda color canela. Llevaba el cabello trenzado en espiga, como solía ponérselo Roberta…
—Sí, me siento bien. —Sonrió—. Hoy, he soñado que una serpiente gigante de casi tres metros con la lengua dividida en la que tenía dos cabezas de vaca en cada lado, me echaba veneno encima para que se me cayese la piel.
Bill se detuvo al ver el rostro pasmado de la mujer.
—La serpiente se rio tanto que se me cayeron casi doscientos fardos de piel…. Tranquila mujer, solo sueño esto cuando algo va a salir bien y por lo que parece, vamos a ser millonarios.
—¡Que Dios te escuche, cuñado! Un poco de dinero no nos vendría mal.
—¿Has hablado con Tom?
La mujer se quedó en silencio, miró al frente, donde Elvira antes bordando, la niña se quedó un momento mirando a su madre, luego observó a Bill. Dejó lo bordado en la mecedora y salió cerrando la puerta tras ella.
—Quiero que se vaya —habló poniéndole las gasas.
—¿Me mandas a buscarlo para luego echarle de casa? ¿Me he destrozado la cara para esto? —Ana Rita dejó de colocarle las vendas y con manos temblorosas sujetó su falda, apretando la tela entre sus manos. —Lo siento, Bill… pero no puedo tenerlo en casa, no otra vez, no para que vuelva a dejarme sola de nuevo.
Bill no podía mirarla, pues tenía el cuello inerte y adolorido por los impactos, además, las gasas se le caerían si lo intentaba, pero por su respiración entrecortado, entendía su consternación.
—Bill… ¿qué te ocurrió?
Bill sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Un intensó dolor se le subió al corazón y del corazón a las sienes que le palpitaron mientras estuvo pensando qué decirle, si la verdad o la mentira.
Ana Rita se arrodilló ante el lecho y comenzó a rezar en baja voz, sin esperar la respuesta del hombre que no había pensado en decírselo a nadie por el hondo pesar que le producía tan solo pensarlo. Cuando despertó en la casa de su hermano, primero se sintió desorientado, pues no recordaba nada más que el dolor que le cubría el rostro y le llegaba desde la frente al esternón, de la nariz a la nuca y de lo corporal al alma. Fue todo tan rápido y al mismo tiempo tan lento. En un momento, pasó de estar acuchillándole la conciencia a su hermano, sin control, sin piedad y sin sentido, y al otro, se halló en el suelo, adolorido, se había mordido la lengua en el golpe, pero era lo que menos le dolía, el dolor en la cabeza fue lo peor, pero no fue más que sentir la fuerza de su hermano a través de su puño en su mandíbula, luego en su ojo, en su mandíbula otra vez y más fuerte. El dolor se propagó rápido y cada vez más intenso, más desgarrador, menos fácil de resistir. No sabía dónde miraba porque todo lo que veía era lágrimas, tierra y sangre… no sabía lo que escuchaba porque el grito gutural de un animal iracundo y herido le había apretado el pecho de tal manera que solo quería huir de él, huir de la bestia, escapar de su hermano. Entonces vino la oscuridad que le sacó de aquella calle emponzoñada por la maldad de sus palabras que fueron respondidas por el gruñido doloroso de los golpes de su hermano.
Pasó un tiempo indescifrable entre el suceso, el viaje y el momento en el que fue consciente de dónde estaba. Al principio no lo supo, pero al escuchar las tiernas voces, se sintió tranquilo. La segunda vez que despertó reconoció las voces pero seguía sin ubicarse, luego se ubicó y durmió tranquilo, la tercera vez supo quién le habla, dónde y lo que implicaba estar en aquella casa.
Ana Rita le estuvo rezando en absoluto silencio, mientras él esperaba pacientemente a que algo sucediese. La serpiente le había vaticinado que sanaría y aquello sosegaba su alma, pero no el dolor, que solo podía ser calmado por el perdón.
Las niñas jugaban en la alberca, riéndose por lo alto, disfrutando del frescor del agua. El sonido de las pocas aves que volaban por ahí le hizo caer en el sopor de la media mañana.
Miró la mantilla a medio tejer escuchando el ronco ladrar del perro trotando con paso torpe hacia la puerta mientras las niñas continuaban removiéndose en el agua.
—¡Tus hijas deben de ser sirenas!
—¿Te molesta el ruido? —preguntó Ana Rita preocupada. Bill negó, pero ella igualmente mandó a las niñas a realizar las tareas domésticas.
Se puso de nuevo de rodillas, pero no duró su Padre Nuestros más de dos versos porque la puerta se abrió repentinamente, llenando del aire de la primavera la estancia cargada por el aroma a cerrazón y mueble viejos. El corazón se le encogió en el pecho al ver a Roberta ante él, mirándole con los ojos negros muy abiertos. Bill quiso ponerse en una postura menos indecente, pues estaba ahí, acostado sobre una cama que apestaba a polvo y humedad, sucio por la tierra que había cogido su ropa cuando cayó al suelo y con la camisa bordaba con su propia sangre ahora seca. Roberta se acercó a él rápidamente, se sentó en la cama con cuidado y le puso una mano en el pecho para que no se moviese.
—El médico está de camino —le dijo—. Encontré a tu hermano en el pueblo y me dijo que estabas aquí…
—¿Qué te ha contado? —balbuceó. Ana Rita salió por la puerta dejándoles solos.
—Nada… solo que estabas herido.
Palpó la gasa arrancándole un leve quejido que le hizo apartar la mano rápidamente. Suspiró sonoramente al ver el rostro de él en aquellas condiciones.
—¿Quién te lo ha hecho, quién? —preguntó consumida por la duda y el enfado.
—Lo solucionaré.
—¿¡Quién!? —preguntó histérica.
—Tranquila…
—¿Y si te hubiese matado?
—No lo ha hecho.
—No puedo verte así…
—Dentro de quince días, un mes o más estaré tal y como me viste ayer.
—¡Eso es lo que me perturba! Seguro que fue por la noche, después de haber estado hablando unas horas antes… ¿cómo en el margen de un día puede pasar esta tragedia?
Bill la miró sonriendo con melancolía, ocultando tras su sonrisa tranquilizadora el trágico pensamiento.
No le siguió hablando, se quedó en silencio mientras ella, acostada a su lado, le observaba. A ratos los ojos le brillaban en un acuoso principio de lágrimas, pero solo se quedaba en el preludio, nunca llegaba a mostrar más que una mirada perturbada por una lágrima de sentimentalismo que era el dolor de su pecho exprimido al máximo en un jugo de dolor causado por el fantasmagórico rostro de él, que le miraba con falsa ternura en una sonrisa desgraciada que lejos de reconfortarla le perturbaba, ya que sabía que muy grande debía haber sido el asunto para que Bill sonriese.
No se fue hasta que el doctor, un hombre viejo de barba canosa, pajosa y larga, rostro enjuto desgastado por la eternidad de su vida, de ojos oscuros, pequeños, redondos y escondidos entre los pliegues de los años, cabello níveo, largo y recogido en una coleta que no era ni de lejos tan sospechosa como el sombrero de paja, comenzó a ejercer su oficio de medicina para el cual solo necesitaba mujeres obedientes, decentes y bien educadas como Ana Rita y Elvira, y no a una prostituta forajida, una niña de doce años o a un hombre.
Los tres quedaron fuera, en el salón, esperando a que todo fuese bien. Roberta miraba la chimenea apagada, desde el sillón, mientras Tom, con Sol sentada en sus rodillas, escuchaba cómo la joven le contaba con pelos y señales lo que le había ocurrido al chucho, cómo había nacido unos cerditos, cuántos huevos había recogido en el último año, qué le sucedió al caballo de la granja vecina, dónde había criado a escondidas unos pollitos y cuándo se dieron cuenta de que un joven pretendía a Elvira.
Pasaron aquel tiempo en el cual el médico sentenció que Bill se mejoraría, charlando padre e hija sobre el pasado. La niña, todavía en tierna infancia, no se mostraba molesta por tres años de abandono, más bien se encontraba feliz por tener a su padre de vuelta. Sol le contó a su padre que Elvira le había dicho que él se encontraba lejos de ahí, trabajando en algo muy importante… Tom no supo si Elvira creía aquello de verdad o se lo había inventado, en cualquiera de los casos, le estaba muy agradecido por mantener viva la llama del amor paterna en el corazón de Sol.
Ana Rita salió para confirmar que Bill sobreviviría, pero que necesitaba atención y vendajes nuevos constantemente. El médico se marchó para no volver hasta dentro de tres días y ahí se quedaron todos salvo Bill, que descansaba.
Todos se quedaron quietos, en silencio, mirándose los unos a los otros. Sol era mecida por la rodilla de su padre sin decir ni pio, la mujer se halla sentada en el sillón sin recostar la espalda, mirando con sus ojos de búho en todas direcciones sin quedarse un momento en el mismo lugar, mientras Ana Rita dirigía una única mirada a su marido, que se la sostenía sin que le temblase el mentón lo cual era complicado ante aquellos ojos de loba con los que su esposa solía mirarle cuando algo le perturbaba.
Elvira, en la cocina, sacaba los cubiertos con una delicadeza maternal, en un intento por no despertar el ruido en aquel silencio vibrante. Se disponía a realizar otra actividad para no entrar en aquel juego de miradas mortales pero nada ocurrió. El tiempo se dilató de una manera que le pareció que los días eran infinitos, aquel calor más seco e insoportable que nunca y el sonido, algo lejano e inexistente. En un lugar donde el agua corría, el molino giraba, las vacas mugían y un cambio sucedía a otro, era increíble aquella quietud conseguida por la venganza, el odio y el dolor.
Llegó un punto en el que juró que sus padres se había hecho de cera, sus pechos se habían dejado de mover y el aire no corría en la sala lo cual hizo que se asfixiase al sentir el vapor de la olla rizándole el cabello. Se distanció de la encimera y se golpeó en la espalda con la madera de la mesa para cortar y pelar verduras, sobre la cual colgaban los casos. Su respiración dejó de ser flexible y se sintió abrumada por los ojos quietos y vacíos de su padre mirando a su madre igual de vacía. Salió de la cocina decidida a quebrar el momento infinito, pero solo consiguió darse cuenta que ella no era la dueña de aquel instante maldito por el tiempo pasado.
Ni si quiera cuando Roberta se levantó, sus padres se movieron. Ni si quiera cuando Sol fue hacia ella y le tiró de la mano en señal de que se rebozaba la cocción, ellos dejaron de mirarse. Fue un momento tan raro e intrigante que María Elvira juraría que nunca había existido, que lo había soñado despierta después de haberle quitado las vendas a su tío y haberle visto el ojo hinchado. Ya con haber presenciado aquello debería haberse mantenido al margen, pero no podía detener su vida porque alguien sufriese.
Se retiró con Sol a la cocina y la puso a quitarle la cáscara a los huevos, contemplando de reojo, mientras metía el cucharón en la cacerola para remover el continente, a su padre levantarse e irse de la sala por la puerta principal. El corazón le saltó en el pecho al verle irse a través de aquel rayo de sol cegador que entraba por la puerta abierta y parecía servir de translucida cortina entre un lado y el otro.
Elvira no recordaba cuando se marchó su padre, en realidad, cuando estaba lo veía muy poco, casi nunca, pero le gustaba sentir en sus mejillas la barba rasposa de él, quien le dejaba las mejillas sonrojadas y adoloridas por el contacto, de tal manera que le gritaba que se afeitase o no volviese a besarla más. Ambos se reían de aquellas palabras que le soltaba Elvira a Tom las mañanas en las que se iba a hacer su labor de resero allende el desierto. En la actualidad, se sorprendía del desparpajo que tuvo, pues jamás le habría dicho nada a su padre de no haber estado envalentonada por la inocencia y la ignorancia. Con los años, dejó de recriminarle que se afeitase, más bien porque no lo hacía nunca o porque no estaba nunca en casa para besarla.
—¿Volverá? —le preguntó a su madre cuando se acercó a ella.
—Sí.
Continuará...
Falta el final que veré si lo subo completo o si lo divido pero del seis no pasa. Gracias por leer. :3