«A dos bandas» Fic de rubelangeltwc
Capítulo 15
– Cariño, ¿Te encuentras bien? – suspiré, cansado de que mi madre me estuviera preguntando eso todo el puto día cuando lo único que quería era estar solo.
– Hoy tampoco iré – llevaba más de una semana sin ir al instituto, casi dos, no quería ir, pasaba de ir y ver que todos me miraban mal, además de, probablemente, encontrarme con… el pringado.
– Bill vino hace unos días, pero le dije que estabas dormido – bufé con rabia al escuchar que mi madre cerraba la puerta y se adentraba en mi habitación.
Sabía que vendría tarde o temprano, así que le dije a mi madre que sí venía, por nada del mundo le dejará entrar, que se inventara cualquier excusa. No quería verle, ni hoy, ni nunca, ya bastante había destrozado mi vida ese gilipollas. – Cuando vino estaba llorando… ¿Qué ha pasado, Tom?
– Nada, ¿Puedes irte? – cada vez me estaba poniendo mucho más nervioso con sus putas palabras y en cualquier momento, sí no se iba, sabía que iba a terminar gritándole.
– Tom, soy tu madre, por favor.
– Vete, joder – dije una vez más, cansado, sintiendo esa rabia junto al odio de nuevo mezclado en mi pecho, ese puto sentimiento que solo me daban ganas de odiar con fuerzas a Bill y, en ocasiones, de llorar.
– Estos días has estado llorando, Tom, aunque para ti nosotros ahora no seamos importantes, para nosotros tú eres nuestra vida, Tom, y nos hemos dado cuenta de que no estás enfermo, simplemente no quieres ir al instituto y no sé por qué. Y encima hace casi una semana Bill se presentó en la puerta de nuestra casa llorando, pidiéndome que por favor le dejara verte. Así que aunque me grites, de aquí no me voy a mover hasta que me cuentes todo – apreté la mandíbula y dejé que pasaran unos largos segundos, esperando que se cansara y saliera por la puerta de una puta vez, pero no, no lo hizo, entonces mi dolor de cabeza se acentuó, y decidí que sí ella no se iba a ir, yo me iría. Me levanté de la cama y pasé por su lado, yendo hacía la puerta para salir de ahí, pero en cuanto agarré el pomo, escuché que mi madre volvía a hablar.
– Te gusta Bill, ¿No? Es eso, te gusta un chico – mi pecho se removió cuando escuche de nuevo su nombre, ese que había intentado borrar de mí mente y que ahora, mi madre, volvía a recordarme.
– No – dije, porque era la verdad, Bill no me gustaba, ya no, ahora solo sentía odio y rabia hacía él, mucho, muchísimo odio.
– Por eso siempre ibas a su casa, por eso ya no ibas a fiestas para luego venir borracho a casa. Siempre estabas con él, Georg, tu amigo que no me gusta nada, todas las tardes llamaba a casa porque tú no contestabas el móvil. Sé que siempre que ibas con tu amigo ese solo fumabas y a veces bebías, soy tu madre, cariño, sé todo y… Por favor, cuéntamelo, cariño. Cuéntame por que Bill vino llorando y por qué él te ha cambiado tanto.
– Yo no he cambiado, sigo siendo el mismo hijo del que no estás orgullosa – dije apretando cada vez más el pomo de la puerta.
– Dime una sola vez, una, de la que tus amigos esos te hayan apoyado en algo o que se han sentido orgullosos de ti, dime una sola y no volveré a preguntarte nada más – me quedé en silencio, cerré los ojos y me mordí el labio, buscando entre mi oxidada mente algún recuerdo de que Georg se hubiera sentido orgulloso de mi o me hubiera apoyado cuando les dije que me encantaría hacer música, todos se rieron cuando lo dije, a nadie le importó, ellos… Solo me daban dos palmadas en el hombro cuando me follaba a alguna tía, y Bill… Joder, se puso muy contento cuando le dije que saqué muy buenas calificaciones o que me encantaba la música. Volví a apretar más la mano contra el poco, sintiendo que en cualquier momento este se rompería entre mis dedos, el silencio duro unos largos segundos que parecieron horas eternas, en las cuales no me pude ni siquiera inmutar – ¿Y Bill? – preguntó, rompiendo el silencio incómodo que flotaba en la habitación. Bufé una vez más, y quise gritarle y decirle que me dejase en paz, pero la voz me salió muy fina y casi inaudible.
– Se lo que intentas, Ana, pero conmigo no te va a funcionar – miré hacía atrás y con fuerza giré el pomo para poder abrir la puerta, conmigo no iba a utilizar la psicología, era muy fuerte mentalmente.
– Eres cobarde, nunca creí que pudieras ser así – «cobarde» se repitió la palabra millones de veces en mi mente en un bucle infinito, follándome la mente, haciendo que soltara el pomo y la mirará. Había dado justo en la palabra que más me hacía explotar, porque yo, no era un cobarde.
– ¿Con qué puto derecho me llamas a mí cobarde, eh?
– Porque prefieres antes ser popular y tener amigos que realmente no son tus amigos, solo están contigo porque se lo pasan bien, pero te juro que ninguno de tus amigos hubiera venido a esta casa llorando para poder hablar contigo y solucionar las cosas, ninguno, Tom. Dime, ¿Qué harás cuando tengas 40 años? Sin pareja, sin hijos, ¿Seguirás saliendo con esos amigos tuyos de discoteca en discoteca? Nosotros ya estaremos en una tumba, ¿y tú, Tom? ¿Dónde vivirás?
– ¿iQué coño tiene eso que ver con que no me dé la puta gana ir al instituto!? – grité rabioso.
– Porque te importa más un puesto que no te servirá de nada que una persona quién realmente le importas, ¿Es porque es un chico, Tom? ¿Es eso?
– ¡Bill es un pringado, mama! No tiene amigos, todos se burlan de él a sus espaldas y no se da cuenta que siempre se están aprovechando de él porque es el que mejores calificaciones saca, ¡Eso es lo que pasa! ¡Ahora todo el puto mundo se ha enterado que siempre estaba con Bill ! En ese mierda de instituto, si no eres popular, te hunden la vida. Y a mí Bill me la ha hundido, porque por su puta culpa ahora no voy a tener a nadie. Por su puta culpa todos me dejaran de lado como a él! ¡Le odio, joder, le odio!
– ¿Y tú ves eso justo?
– ¡Claro que no! – grité, sintiendo un tic en mi pierna que me hacía moverla involuntariamente mientras respiraba agitado de gritar.
– ¿Y por qué lo haces, Tom? Dime, sí no ves justo que eso pase, por qué lo haces, ¿Te sientes mejor? ¿Te sientes más hombre por joderle la vida a los demás? Ahora sufre las consecuencias, Tom. Y si un puto puesto te importa más que una persona que realmente te quiere, no como Georg o esos putos amigos, entonces tienes un grave problema – nunca la había escuchado hablar así, nunca decía palabrotas, siempre se mantenía en su línea de tranquilidad, así que me impresionó, iba enserio, sabía que iba muy en serio.
– Entonces déjame solo con mis putos problemas – dije, abriéndole la puerta con fuerza, haciendo que chocará contra la pared en un estridente sonido. Señale la salida con el dedo, mirándola con furia contenida.
– ¿Por qué no te das cuenta de en lo que te estás convirtiendo?
– Vete de una puta vez de mi cuarto o salgo por esa puerta y te juro que no vuelvo a pisar esta jodida casa – dije muy enserio, la estuve mirando durante un minuto que resultó el más largo de mi vida, pero el a ni se inmutó, se quedó ahí, parada, con los brazos cruzados y sin miedo, así que me adentré en mi habitación y cogí una sudadera, estaba decidido a no pisar nunca más esta casa. La sostuve entre mis manos y cogí las llaves del coche, para después salir por la puerta de mi cuarto, vi a mi padre subiendo las escaleras mientras intentaba hacerse el nudo de la corbata y yo choqué mi hombro contra el suyo, bajando yo las escaleras.
– ¿Dónde va? – le preguntó a mi madre, quien me miraba seria desde la puerta de mí habitación.
– Ya volverá – le dijo antes de que yo cerrará la puerta de entrada muy fuerte, escuchándose el portazo probablemente hasta el final de la cal e, incluso me extrañó que no saliera ninguna grieta en la pared. Bajé las escaleras y miré el cielo, viendo que comenzaba a oscurecerse a causa de las nubes grises que, sin duda, anunciaban lluvia. Miré el césped, ese que tanto empeño le puse para que viviera, ahora estaba tan vivo… que me recordó a Bill . Sentía tanta rabia que me acerqué a él y comencé a darle patadas para que la tierra saliera. Seguramente parecería un completó imbécil, un loco que se había escapado de un puto manicomio mientras veía cómo el césped lentamente iba convirtiéndose en nada más que tierra a causa de mis patadas, muriendo a mi paso, pero joder, se sintió tan bien descargar todo. Gruñí cuando todo estuvo completamente destrozado, mis pies estaban llenos de tierra y mis pantalones manchados. Me alejé un poco y lo vi desde atrás, viendo que estaba horrible, desastroso… Tanto esfuerzo para nada.
.
– Cuando esté vivo, pondré un árbol para que me dé fruta, estoy cansado de ir a comprarla yo – murmuré, mirando a Bill mientras me secaba la frente.
– Pues róbasela al vecino – me dijo en un susurro para que el vecino, de coña, no se enterara. Ambos reímos y dejé la pala a un lado.
– Tú me podrás robar a mí la fruta – dije.
– ¿Ah sí? – preguntó con una sonrisa.
– Sí, pero te cobraré.
– Entonces para eso ya voy a la frutería – puso una mueca, haciendo que yo me mordiera el labio inferior.
– No, pero solo te cobraré para que me dejes hacerte esa cara que me encanta – me acerqué y puse mis manos en sus mejillas, apretándolas. Dios, me encantaba.
– Entonces vale, es mejor que ir a la frutería – intentó decir, lo cual no le salió muy bien ya que sus labios estaban juntos, pero aún así le entendí.
– Pero también te cobraré con otra cosa – dije acercándome aún más a él.
– ¿El qué? – preguntó, y yo besé sus labios.
– Con esto – susurré, moviendo mis labios encima de los suyos mientras sentía su sonrisa.
Ahora todo estaba en la mierda, ojalá nunca le hubiese besado, ojalá nunca hubiera hecho este césped con él.
Algo se escurría por mi mejilla, así que miré el suelo, esperando ver gotas de lluvia, pero no, no había, era una lágrima que limpié con rabia antes de subirme al descapotable y meter la llave y arrancar, automáticamente se puso ese cassette que me dio Bill para que escucháramos en el coche, le di al botón y lo saqué, haciendo que el silencio reinara. Comencé a sacar con rabia la cinta que había dentro de él, rompiéndolo hasta que vi toda la cinta enredada entre mis manos y la tiré al suelo, apoyando la cabeza sobre el asiento y suspirando, intentando relajarme. Todo me recordaba a él, joder.
Le di un puñetazo al volante, haciendo que sonara el claxon, y justo después lo agarré con fuerza y pisé el acelerador, saliendo rápidamente de allí.
Tenía la mandíbula fuertemente apretada y los ojos enfocados al frente, apretando cada vez mucho más el acelerador, sintiendo que el frío aire podía incluso cortarme la cara. A estas horas de la mañana, aún no había nadie circulando por las calles, solo estudiantes que iban andando al instituto, y ahí iba a ir yo. Nunca más iba a volver a ese puto sitio de mierda, así que tan solo recogería las cosas que había en mi taquilla y me iría de allí, el curdo estaba a punto de acabar, y mis calificaciones no iban a estar suspendidas, así que en el trayecto lo decidí, decidí que nunca iba a pisar ese sitio, decidí que nunca más iba a mirar a Bill, decidí que le iba a odiar.
Giré a la derecha, haciendo que las ruedas patinasen contra el asfalto, cambié de marcha y esta vez conduje mucho más lento ya que estaba dentro de los aparcamientos del instituto, y bueno, no me gustaría ir a la cárcel por atropellar a algún estudiante.
Aparqué en el mismo sitio de siempre, enseguida las voces, susurros, miradas y gente señalándome aparecieron, como esperaba que sucediera si volvía a pisar ese sitio ¿Así se sentía el pringado, todos los días de su vida, cuando venía al instituto?
Suspiré, y escuché que los murmullos de la gente de primer curso, cuando entré por la puerta del instituto, incrementaron. Miré alrededor y me sentí un completo imbécil por haber venido, por haber pisado ese puto sitio, pero yo era más fuerte que todos esos gilipollas provocándome, yo era más fuerte que los susurros.
Entonces, me pregunté qué coño se habrían inventado de mí esas semanas que no había venido.
Aún así seguí andando hacia mi taquilla, y cuando la miré, vi que justo al lado, a la derecha, estaba mi panda de «amigos» apoyados sobre otras cuantas taquillas. Esto no va a salir bien, desde luego que no. Di unos cuantos pasos totalmente decidido hasta llegar a ese sitio, puse esos cuatro dígitos que ya me sabía de memoria y me salían inconscientemente para que se abriera la puerta, y así lo hizo.
Solo hubiera sido un minuto, un solo minuto para coger las cosas e irme, pero fue el minuto más largo de mi jodida vida, esperando que no apareciera Bill y me jodiera el puto día porque, si aparecía, no iba a poder controlarme y los dos íbamos a acabar muy mal.
– Pero mira, si nuestro Tom ha venido al instituto – masculló Georg, riendo como los otros. Agarré los libros uno a uno y los fui dejando encima de la taquilla – ¿Qué tal estas semanas follándote al pringado? – tragué saliva, intentando controlarme en un intento completamente nulo.
– Me he estado follando a tu puta madre – me defendí, afortunadamente no tenían nada más en la taquilla que libros, así que cogí todos de una vez y los dejé encima, enfrentando a Georg con la mirada.
– ¿Te vas a ir? Al final fuiste tú más pringado que ese marica, has caído muy bajo Tom, ¿No te daba asco besarle? Porque estuve apunto de vomitar al imaginárm… – no pude evitarlo, fue un acto reflejo, fue esa rabia contenida durante semanas la que salió a flote y me hizo acercarme a él y darle un puñetazo en la cara con toda la fuerza que en ese instante me salió. Él se tapó la cara, con la nariz rota, y se estampó contra las taquillas.
– Tú y esa panda sois los que me dais asco, nunca fuisteis mis putos amigos, solo estabais conmigo para pasar un buen rato, pero ahora que sabéis que estuve con el puto pringado, me dejáis de lado. Vosotros sois los que me dais asco, gilipollas. Ojalá me hubiera dado cuenta antes lo hijos de puta que sois, no valéis una mierda. Y tú, Georg – dije, cogiéndole del cuello de la camiseta mientras veía una cascada de sangre cayendo por su nariz – me das igual, como si te mueres – mascullé, le solté con fuerza e hice que cayera al suelo. Todo estaba en silencio y sentía las miradas sobre mi nuca, me di media vuelta y saqué el último libro que quedaba, viendo que cayó un sobre en la taquilla, fruncí el ceño y lo cogí, viendo la perfecta caligrafía que ponía simplemente «Tom», una carta, una carta que, sin duda, era de Bill.
Conocía su caligrafía mejor que nadie en el mundo, así que enseguida supe que era de él, y algo en mi pecho se comprimió, algo, más fuerte que el odio, se removió en mi pecho. La apreté contra mis dedos unos rápidos segundos, decidiendo si romperla o leerla, decidiendo si leer seguramente lo único que me quedaba de él, además de recuerdos, o tirarla a la basura.
– Puto marica – escuché que me decía Georg, y justo en ese mismo instante, decidí que no la iba a tirar, pero que probablemente nunca la iba a leer. Suavicé el agarre que tenía contra el sobre y me lo coloqué en la otra mano, junto a los libros. Ni siquiera me giré, no le contesté, no le miré, tan solo di un paso al frente y desde ese, seguí andando, teniendo en mente que nunca más iba a volver, sabiendo mejor que nada en este mundo, que esta iba a ser la última vez.
O quizá no.
– Como vuelvas te juro que te mato, Trümper – gritó Georg antes de que cruzara la puerta.
– Qué miedo – contesté sarcástico, y entonces salí por la puerta, dirigiéndome a mi descapotable, escuchando el timbre que hizo callar los murmullos de la gente, la cual se dirigió ya a clases. Tiré los libros en el asiento y la carta que seguía sujetando, la dejé dentro de la guantera del coche.
Me subí y arranqué, escuchando que todo se quedaba en silencio, tan solo se escuchaba el viento frío que anunciaba lluvia golpear contra los árboles ya que todos ya habían entrado al instituto. Apoyé la cabeza sobre el volante y suspiré, me estaba deshaciendo en suspiros y ni siquiera me deba cuenta de ello.
Ahora a mi panda ni le importaba, sabía perfectamente que eso ocurriría si volvía a verles, pero aún así no pude evitar molestarme y cabrearme porque confié en unos hijos de puta a los que nunca les importé un puto mínimo, estaban conmigo para pasar el rato, para beber y darte un par de palmadas en la espalda cuando te follabas a alguien, por puta conveniencia. Ahora me daba cuenta de todas esas veces que mi madre me decía que ellos eran una mala influencia, siempre lo fueron, estaba tan cegado… Qué gilipollas fui.
¿Tendría también razón con Bill…?
Fue una pregunta tan fugaz y esporádica que en el mismo instante que apareció en mi cabeza, la negué, respondiéndome a mí mismo. Con Bill no tenía razón, a pesar de todo, seguía odiándole, estos putos problemas me los hubiera ahorrado de no ser por él, seguiría siendo el mismo hijo de puta con amigos que no son amigos en realidad, pero al menos tenía algo, y ahora, ahora no tenía nada.
Miré una vez más la guantera, pudiendo ver a través de ella yo mismo que ahí estaba esa carta que me había dejado en la taquilla del instituto, ¿Qué diría? ¿Qué pondría? Quizá me insultaba por romperle el corazón, quizá me pedía perdón por haberme jodido la vida, quizá solo me decía que me quería…
Pero nunca lo iba a saber, nunca leería lo que ponía dentro.
Joder, si estaba tan mal… ¿Por qué se sintió tan bien estar con él? Sus labios, sus ojos, su rostro… Iba a saber imposible sacarme algún día a Bill Kaulitz de mi mente a pesar de odiarle con todas mis fuerzas… ¿No?
Pues sí, nunca iba a olvidar a Bill Kaulitz.
A pesar de que creyera que le odiaba con fuerza.
Y ahora, viéndolo todo con un poco de perspectiva, me doy cuenta de que del amor al odio, solo hay un paso, uno, pero detrás de ese paso, hay muchas puñaladas, mucho dolor.
Y el odio y el amor, solo lo separaba esa carta, la que descansaba en la guantera de mi coche.
Muchas lágrimas que me negué a dejar escapar, el día que la leí, salieron en cascada.
Ojalá la hubiera leído antes.
Ojalá hubiera aprendido a quererte antes.
Hubieras sido mucho más feliz por tener a este imbécil a tu lado.
Y créeme, yo también lo hubiera sido.
¿Quién no iba a quererte, eh?
Yo tuve la suerte de hacerlo.
Pero no sé si tú tuviste la misma suerte que yo, por querer a este idiota.
Continúa…
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Muy triste 😭😭😭😭😭 Bill… tengo recuerdos de esta historia pero no como termina 😭😭😭